domingo, 21 de abril de 2013

Salcedo, el divertido


Alberto Salcedo Ramos acaba de ganar en España el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. 
Reproduzco una nota que escribí sobre él, en Centrópolis, en junio de 2011.




Salcedo, el divertido

  Conocí a Alberto Salcedo hace ya veinte años, cuando se cumplió mi sueño de trabajar en El Universal de Cartagena, el periódico donde García Márquez había comenzado. Por esos días, Salcedo fue nombrado jefe de redacción y siempre fue generoso en sus comentarios sobre los textos que yo empezaba a publicar en el suplemento Dominical.  Yo nunca me atreví a elogiar los suyos, aunque no dejaba de leerlos con una mezcla de envidia y admiración. Pronto nos dimos cuenta de que nuestros caminos eran similares, que para ambos la escritura era el sentido de la vida.


  Algunos sábados por la tarde, cuando la sala de redacción se quedaba desierta, nos quedábamos hablando de fútbol, de mujeres y de literatura. En aquel tiempo yo era hincha del Nacional, mientras él sobrellevaba la cruz que nunca ha abandonado de ser hincha del Junior, y nos dedicábamos a refinar el arte de atacarnos verbalmente por esas debilidades.  Era el duelo de un juglar con un apurado trovador paisa. Solía darme sopa y seco en esos duelos, pero yo me defendía y alcancé a replicar un par de veces a la altura de mi adversario. También hablamos mucho de literatura, de su amado Borges, de lo que creíamos que debía ser el buen periodismo.  Aunque Salcedo se marchó pronto para Bogotá, tuvimos tiempo para consolidar una amistad a la que el tiempo no le ha hecho mella. Desde entonces hemos sido “hermanazos”.

  Salcedo es un prodigio de la naturaleza. Es un contador de historias natural que se apodera sin violencia de cualquier reunión y la vuelve una experiencia inolvidable. Es una suerte enorme que además escriba, pero como con Borges uno queda con la sensación de que su obra escrita es sólo una mínima parte de todo su talento. Alguna vez será preciso que alguien, o mucha gente, se dedique a recopilar los testimonios de las cosas que decía “ese man”.

  Guardo como joyas las cartas que Salcedo me escribió desde Bogotá. Aunque ya el correo electrónico empezaba a liquidar para siempre la experiencia epistolar, Salcedo  me escribía unas largas pastorales en las que me hablaba de sus peripecias para abrirse camino, se burlaba de mis exiguos méritos amatorios y agregaba un nuevo capítulo a nuestro eterno duelo futbolístico. Siempre que el regresaba a Cartagena, o yo iba a Bogotá, buscábamos la manera de hablar un rato. Salcedo logró imponer su talento en la capital, yo seguí el camino del destierro, y aún buscamos la manera de vernos de vez en cuando.

  Nunca me he considerado aburrido o falto de interés, pero al lado de Salcedo suelo resignarme a parecer como un funeral en noche de invierno. Recuerdo una vez que Salcedo estuvo de visita en mi casa y no paró de hablar y de hacernos reír durante horas. Como a la medianoche, antes de irse obligada a dormir, mi hija Valentina se acercó para despedirse y le lanzó a Salcedo una pregunta fulminante:

Oye, Salcedo. ¿Tú por qué eres tan divertido?

  Salcedo soltó una de esas risotadas que parece que lo van a descoser y desde entonces no ha parado de contar esa anécdota que en cierto modo resume lo que es él. Ahora acaba de ser publicado La eterna parranda, un libro de Salcedo que reúne una selección de sus mejores crónicas. Elogiarlo me parece una perogrullada. Quienes no han tenido la suerte de conocer a Salcedo, podrán asomarse a lo maravilloso que es ese tipo a través de su mirada y sus palabras pulidas como filigranas. Las crónicas de Salcedo son como ceremonias religiosas, uno sale de ellas transformado.  Yo, por mi parte, agradezco la suerte de habérmelo cruzado por la vida. Lo único que lamento es no poder gozar con más frecuencia de esa eterna parranda que es su maravillosa compañía.
Oneonta, Nueva York, junio de 2011.


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