miércoles, 19 de marzo de 2014

Tanta nada

                      Texto incluido en La brújula del deseo (cuentos 1986-2014).




Como era decididamente absurdo pensar que pudieran tener una vida juntos, Karl y Nina decidieron tener una vida juntos.
El problema había sido permitir que se miraran de ese modo.
No se mira impunemente de ese modo.
En cuestión de semanas el asunto estaba listo.
En realidad fueron días y podría decirse que sólo fueron horas, porque menos de tres días es una cuestión de horas.
Bueno, no exageremos, la decisión tomó meses de evasivas y rodeos –a veces parecía que jamás iba a tomarse–, de audacias cautelosas, de negarse a cumplir con los designios de la vida.
Pero en las primeras horas estaba la semilla de lo que sucedería.
Estaba incluso en los primeros diez segundos, a finales de un verano y comienzos del trabajo, cuando fueron presentados y Karl dijo para sí –es decir, pensó, no dijo: “Dios mío, qué hermosura la que has hecho cuando hiciste esta criatura tan divina”.
Quién es quién para decir qué es mucho o poco.
Nina tardó un poco más en saber lo que quería.
Aquella primera vez, miró a Karl, fue cordial, supo que ese viejo era otro más que distendía la mandíbula y ya lo estaba olvidando cuando se despedía.
Nina venía de Alemania y Karl no podía recordar de dónde era.
Habían coincidido en un sitio de la tierra que era extraño para ambos, un poblado despoblado al norte de casi todo.
Karl llevaba algunos años en esa universidad, lo suyo era historia antigua y empezaba poco a poco a volverse imperceptible y a perderse en el paisaje.
Nina venía a investigar para su tesis doctoral, a dictar un seminario sobre Klimt, y a marcharse al final del semestre para no volver jamás.
Karl era feo, era torpe; sus finanzas lo tenían justo al borde del abismo; tenía mucho entendimiento sobre cosas de poquísimo servicio.
Nina era joven y hermosa; llegaba precedida por su fama de precoz y adelantada, y hacía tiempo se sabía la princesa de sí misma.
Veinte años y la idea que tenían del futuro eran parte de las múltiples distancias que se abrían entre ambos.
Pero la vida es la cosa más rara que hay en el mundo.
Dos horas después de que los presentaron, Nina estaba en una reunión donde todos hablaban maravillas de Karl: Karl esto, Karl aquello y Karl lo de más allá.
Al principio le costó unir el olvido con el nombre y con los señalamientos; pero cuando pudo hacerlo ya los dos estaban juntos sin saberlo en el empeño de vivir la vida juntos.
Nina había dejado en Baviera un novio amable y promisorio que, además de recordarle lo que era, le servía de vacuna preventiva contra impulsos insensatos.
Karl venía de una tierra cuyo nombre prefería no recordar.
Escapaba de un pasado tan difícil que al mirarse en el espejo se veía como un muerto al que le habían concedido un tiempo extra, y solía a preguntarse si en verdad quería más vida.
Para Nina aquellos meses serían una experiencia muy valiosa y lucirían muy coquetos en su página de méritos; cuando luego decidiera lo que haría con su vida.
Para Karl aquel trabajo era un hundirse lentamente en el olvido, un suicidio tan pausado y alejado de su origen que ninguno llegaría a lamentarlo.
Todo habría seguido siendo lo que era, Karl cayendo, ella subiendo, si durante aquellos días no se hubieran encontrado más de lo necesario.
Karl y Nina en un pasillo, un auditorio, una oficina, un restaurante: saludándose, mirándose, decidiendo que mejor tomaban algo.
Para Karl esos encuentros querían decir algo.
Le costaba renunciar al viejo vicio de leer en todas partes intenciones y señales.
Para Nina era agradable verse vista por ese hombre tan brillante en tonterías que sólo ella y otros pocos valoraban.
Cuando sólo había pasado un par de días, ya los dos habían hallado intereses compatibles, personajes y períodos que darían para hablar mientras gozaban del placer recién hallado de estar juntos.
Las primeras ocasiones en que tuvo el goce inmenso de perderse en esos ojos diseñados para mirar en la nada, Karl pensó que esa mujer tenía ancestros en los lobos de la estepa siberiana.
Aceptó, como se aceptan los minutos o la lluvia, que amaría con locura y sin palabras.
Decidió que no haría gestos para imponer sus anhelos.
Pensó que Nina no tendría que enterarse de los sueños y suspiros que inspiraba, que las charlas, el estar cerca y mirarse, eran joyas suficientes y excesivas.
Pero pronto fue notoria la insistencia de ambas partes para propiciar encuentros.
Decidida a convencerse de que nada había de malo en esas charlas, de que nada cambiaría en los planes que tenía con su vida, Nina Hunger fue abriéndole las puertas a aquella enviciadora compañía.
Pronto estaban compartiendo almuerzos o tardes muertas.
Pero aún tomaría tiempo que llegaran a encontrarse más allá de las paredes del espacio compartido.
Si todo hay que decirlo, es preciso decir que aquellas noches de las primeras semanas fueron arduas para ambos.
Nina tenía muchas más cosas en qué pensar: la nostalgia de lugares y personas, la agobiante sensación –que solía despertarla a medianoche– de que alguien peligraba por culpa de su abandono; también las exigencias de ese mundo novedoso, y hasta la vaga idea de que algo andaba errático en el rumbo de su vida.
Hundido en la pradera y en la noche, envuelto en el silencio de su casa en la montaña, Karl pensaba en Nina a toda hora.
Dormido o despierto era Nina.
Nina mirando, Nina sonriendo, Nina inclinándose para leer algo y permitirle mirarla desde demasiado cerca, Nina humedeciéndose los labios y mostrando aquellos dientes enormes y perfectos, aquellos colmillos tan agudos hincándose hambrientos, juguetones, negándose a prometer que no harían daño.
Tras un sueño en el que Nina lo besaba con ternura en la mejilla y lo envolvía con sus brazos, Karl se vio dándole alas a la idea de que no era un imposible que sus vidas coincidieran en forma definitiva.
Pensó que no había nada que perder y que podía ganarlo todo y tomó la decisión de ir sembrando poco a poco, sin revelar su apremio, las semillas de ese sueño.


Durante mes y medio, Karl y Nina no pararon de mirarse, no pararon de reírse, de buscarse.
Una vez hablaron de refranes.
Nina dijo uno que le gustaba, lo dijo en alemán y no quiso traducirlo, para burlarse de Karl: “Auf deinem lebensweg viel glück/ komm, ich geh mit dir ein shïck!”
Cuando Karl consiguió saber lo que significaba no supo si ponerse alegre o triste.
Otra vez hablaron del destino.
“No eres como nadie que haya conocido”, dijo Nina. “En la constelación de las personas, los encuentros están predestinados. Como tú y yo en este sitio, tan lejos del lugar donde nacimos”.
Karl sintió que esas palabras eran las más hermosas que alguien le hubiera dicho.
Nina preguntaba poco sobre la vida de Karl.
Lo que escuchó el primer día fue suficiente por algún tiempo.
Sólo a veces, para traer un tema, para revelar otra faceta de sí misma, lo apremiaba con preguntas:
“¿Eres religioso? ¿Crees en las coincidencias?”
Y Karl aventuraba respuestas: “Tengo algo de místico”.
Hablaba de prisa, con frases muy cortas, impaciente por callar y escuchar lo que Nina ya tenía para decir.
“El problema no es creer, sino entenderlas”.
Pronto estaban revelándose secretos:
“Te contaré algo que no debes contar a nadie”.
Karl rió, sacó su pluma y le preguntó:
“¿Dónde te firmo?”
Nina dijo que bastaba con ver en su mirada la promesa.
Y la vio.
Le contó una historia difícil de aceptar para una mente demasiado racional.
Nina era quien más hablaba.
Pero no había la sensación de que alguien tomara más.
Al ímpetu inicial le siguieron semanas de altibajos.
Cada uno por su cuenta empezó a considerar si no sería mejor guardar distancias, si acaso no estarían embarcándose en algo disparatado.
Llegaron a buscar los desencuentros como antes propiciaban lo contrario.
Cada uno por su cuenta se propuso sofocar aquel incendio.
Probaron a poner sobre sus rostros la burla o la indiferencia.
Pero siempre terminaban por mirarse el uno al otro como pocos se han mirado.
Los días transcurrieron obedientes y ordenados; nunca hubo un miércoles dispuesto a ser primero que el lunes de la misma semana.
Aquel otoño la naturaleza parecía tener rabia, una rabia inspirada en todo caso, un deseo alocado de mostrar lo inefable.
Todos los matices concebibles y hasta los inconcebibles entre el rojo o el café y el amarillo.
El frío cada vez más afilado redujo la pasión a casi nada.
Durante todo octubre y buena parte de noviembre nada había.
Karl y Nina fueron sólo colegas a quienes la cortesía obligaba a saludarse y ser amables.
No había sueños, ni siquiera pensamientos, en los que habitara el otro.
También quedó abolida aquella sensación de haber perdido alguna cosa en el camino.
Sus vidas transcurrían como estaba previsto antes de haberse visto.
Pero casi en el fondo de la nada volvieron a encontrarse.
Afuera llovía y no tenían ánimos, y ni siquiera testigos, para fingir indiferencia.
Entonces se miraron.
Al final de la lluvia, Nina había dibujado las manos de Karl y él le había hecho un poema a sus ojos diseñados para ver la oscuridad.
Caminaron juntos por un rato, sintiendo los riachuelos de frescura escurriéndose en las calles.
Al decirse adiós aquella noche, frente a la casa donde Nina tenía rentado un cuarto, comprendieron de repente que jamás se habían tocado y pensaron que ya nunca querían separarse.
Y volvieron a alejarse.
Cada uno por su cuenta pensó que lo mejor era prohibirse el goce de estar juntos, que lo mejor era dejar que transcurrieran las últimas semanas de Nina en ese país sin que nada ocurriera, que cada uno volviera a la vida que tenían antes de que se vieran.
Y casi lo lograron.
Pero dos días antes de que Nina se marchara, Karl dejó el ostracismo para ir a una fiesta de final de semestre.
La presencia de otros pareció protegerlos.
Llegaron incluso a intercambiar señales, con la intención usual de no comunicarse.
Pero hay cosas que escapan al entendimiento de los hombres, en verdad casi todas, y un balcón y una luna les cambiaron el ánimo.
“A veces se me ocurren muchas locas locuras”, dijo Karl conmovido.
“Cómo qué, como qué”, preguntó Nina, acercándose a él. “Cómo qué”.
Karl esperó a comprobar que otra vez se miraban como pocos se miran, que no había en el mundo otra cosa que esos ojos oscuros y claros cayendo unos en otros, hundiéndose y perdiéndose, y entonces habló, como si se arrancara el corazón y lo entregara todavía sangriento, todavía palpitando:
“Me preguntó qué ceguera no te deja comprender que hemos sido y que seremos uno solo”.
Nina no gesticuló.
Miró la luna allá afuera y la fiesta que seguía en el interior.
Sintió que su vida entera desfilaba ante sus ojos, que todo lo vivido estaba condensado en ese instante y que la vida sería cualquier cosa menos lo que había previsto.
Entonces decidieron tener una vida juntos.

Nunca lograron explicarse por qué la decisión los obligaba a buscar un lugar diferente a ese paraje desolado donde se conocieron.
En Alemania no podían vivir, Nina no quería dar explicaciones.
Tampoco en Sri Lanka.
Decidieron probar suerte en México.
Cuando iban en camino, el Popocatépetl estaba indispuesto, como si algo que comió estuviera mal.
Eructó un par de veces debajo del avión, quemó un motor y medio, y les dio un susto tremendo.
Cuando el avión tocó tierra se miraron a los ojos grises y negros y se dijeron: “Buen augurio”.
Pero no fue tan bueno, después de todo.
Trataron de vivir en el valle de Anáhuac, pero el aire, con todo y lo transparente, olía y sabía muy mal.
Por las tardes llovía y cuando no estaba resfriada Nina estaba resfriado Karl.
No es fácil vivir juntos cuando uno de los dos o dos de los dos están resfriados, porque hay estornudos y hay también tos y microbios y bacterias que vienen y que van.
Y los ojos de Nina parecían endemoniados cuando el blanco era muy rojo.
Le dolían las lágrimas cuando salía de su cuerpo y su mente se ponía a caminar.
A Karl se le pelaba la nariz de secársela y secársela.
También le disgustaban esos indios de mentiras que bailaban en las plazas.
En Colombia no duraron.
Nina empezó a aficionarse a las telenovelas y Karl a los noticiarios.
A veces pasaban semanas sin mirarse y un día, durante una Navidad, se descubrieron por accidente en la misma sala y después de la sorpresa volvieron a enamorarse y volvieron a mirarse de ese modo que no ha de quedar impune y decidieron que era hora de irse para otro lado.
No les llevó mucho tiempo descubrir que en la Argentina había muchos argentinos y que Chile estaba lleno de chilenos no exiliados.
En Brasil los hombres tenían muchas ganas y Nina empezó a pensar que también tenía ganas y, después de agotar la novedad, descubrió que tenía ganas de no tener ya más ganas, “porque al final nada ganas con ese tipo de ganas”.
Mientras Nina fue y volvió desde el fondo de sus ganas, Karl trató de ser paciente y amoroso, invisible y respetuoso.
Aprendió a jugar al fútbol y a interpretar las maracas… y hasta pudo, algunas veces, explorar sus propias ganas.
Pero cuando estuvieron convencidos de que sólo tenían ganas de estar juntos, decidieron probar suerte en algún otro hemisferio.
En China, ya debéis saberlo queridos amiguitos, el emperador es un chino y los que lo rodean son chinos también.
Y los chinos hablan tan enredado que parecen estar hablando en chino todo el tiempo.
En Hungría, Karl se hizo amigo de una vendedora de manzanas y recibió de ella unas caricias que estremecen de sólo mencionarlas, y eso a Nina no le hizo ninguna gracia.
Mientras iban por el mundo buscando la manera de estar juntos, Karl y Nina conversaban sobre cosas muy diversas.
Ya poco hablaban de arte.
Bueno, al menos de las artes de que hablaban cuando se conocieron.
Un día, cruzando el Cáucaso, Karl le preguntó a Nina cuál era su historia preferida cuando niña.
Como el viaje iba a ser largo y le gustaba la forma como Karl la miraba cuando ella se apoderaba de las palabras, Nina le contó con lujo de detalles y cambió de voces la historia de los siete cabritos.
Cuando era muy niña, jamás se cansaba de pedirle a su nana que volviera a contársela.
“Ahhh, qué inteligente fue el cabrito menor al esconderse en el tiempo”, dijo Nina. “Es el único sitio donde es posible estar a salvo de la muerte”.

Nina sentía nostalgia dolorida por sus seres queridos.
Temía que estar lejos de ellos los dejara vulnerables.
Por más a gusto que estuviera en un lugar, aquella sensación no la dejaba ser feliz del todo.
En un agotador fin de semana, lloró como jamás había llorado.
Vio un recuerdo que no era de esta vida.
Se vio llevada al vientre de su alma gemela, se vio llamada a defenderla del padre que la había violado, pero también se vio arrancada con violencia.
Cuando pudo aceptar que no podría ayudar, cuando pidió perdón y dijo adiós a ese dolor y esa oportunidad perdida, pudo también quitarse al fin el peso agotador de esa nostalgia culpable.

Cuando estaban en Venecia, Nina dijo que aceptaría que Karl sintiera algún apetito por otras damas, pero que no se enamorara.
“¿Por qué?”, preguntó Karl genuinamente interesado.
“¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?”, dijo Nina imitando la voz atolondrada. “Siempre preguntas por qué”.
Karl esperó que después de la ofuscación viniera la respuesta a su pregunta y, tal vez, la respuesta sí llegó cuando ella dijo, tras mirar el entorno como quien maquina algo:
“Porque sí, porque no y porque nada”.
Y se marchó de Venecia sin decir adónde iba.
Karl casi se muere de la tristeza.
Mientras Nina… mientras Nina nada, de Nina no sabemos nada en aquel tiempo; es una pena que ignoremos tanta nada.
El mundo, ya debéis saberlo queridos amiguitos, es muy grande para buscar a alguien.
Pero después de algunos meses se encontraron en Alaska y Karl le hizo entender a Nina que era imposible que existiera otra mujer de la que él se enamorara.
La miró de tal modo mientras se lo decía que las dudas de Nina se disiparon.
Y siguieron buscando un lugar en el mundo donde fuera posible tener una vida juntos.
Pero los viajes cansaban y el mundo era incómodo y lleno de gente y no había lugar para dos que se amaran de ese modo.

Un día ocurrió lo inevitable.
Nina enfermó, murió y Karl casi vuelve a morirse de la tristeza.
De pie frente a la tumba, con unas flores tristes en las manos, Karl habló conmovido:
“Nina mía, lo lamento. No pudimos darle alas a ese sueño”.
Karl salió del cementerio y fue en busca de unas piedras y un océano.
Puso las piedras en sus bolsillos y se internó en el océano.
Tras mucho respirar agua ya no respiraba nada.
Y los dos se reencarnaron y siguieron en las mismas por los siglos de los siglos.



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