miércoles, 17 de noviembre de 2021

El rayo verde

 


“Naturalmente, un manuscrito”

Umberto Eco

 

Dicen por ahí que las explicaciones tranquilizan, pero no dejan nada claro. Yo comparto esa opinión. Por eso no explicaré nada sobre el prodigio del que aquí se habla ni sobre la forma como llegó a mis manos el manuscrito del que a continuación trans- cribo los fragmentos menos incoherentes. Poco sé de su autor. Al final de las ciento veinte páginas aparece una fecha, enero de 1907, y un nombre, Julius, que más parece un seudónimo. El escrito comienza con tres citas, sobre cuya autenticidad preferimos no opinar.

 

A manera de epígrafe

 

“¿Ha observado usted alguna vez la puesta del sol en un horizonte de mar? Posiblemente, sí. ¿Ha seguido el astro resplandeciente hasta el momento en que desaparece rozando la línea de agua con la parte superior de su disco? También es posible. Pero, seguramente, usted no se ha fijado nunca en el fenómeno que se produce en el instante mismo en que lanza su último rayo, cuando el cielo, limpio de niebla, ofrece una pureza inmaculada. Pues bien, la primera vez que tenga oportunidad de observar un cielo despejado, no sucederá, como muy bien puede creerse, que hiera su retina un rayo rojo, sino un rayo verde, pero de un verde maravilloso, de un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Si en el paraíso existe el color verde, seguramente es éste, el ver- dadero color verde-esperanza!”

(Artículo del Morning Post, de Glasgow. Sin fecha)

 

 

“...Aquel Rayo Verde estaba estrechamente ligado con una tradición antigua, cuyo sentido último se le había escapado hasta entonces. Se trataba de una tradición inexplicada, como tantas otras en el país de los montañeses, según la cual dicho rayo poseía la virtud de hacer que quien lo viera no se equivocase nunca más en cuestiones sentimentales; su aparición destruía quimeras y mentiras y aquel que tuviera la suerte de verlo, podría ver con claridad en su corazón y en el de los demás.”

(Jules Verne, escritor francés, famoso por sus Viajes extraordinarios)

 

“Ayer, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador, miré una vez más hundirse el sol en el mar. Un amigo mencionó el Rayo Verde y me dolió por adelantado que los niños presentes lo esperaran con la misma ansiedad con que yo lo había deseado en mi absurdo horizonte suburbano. Ahora sería peor, ahora las condiciones estaban dadas y no habría Rayo Verde. Los padres justificarían de cualquier manera el fiasco para consolar a los pequeños. La vida, así la llaman, marcaría otro punto en su camino hacia el conformismo. Del sol quedaba un último frágil segmento anaranjado. Lo vimos desaparecer detrás del perfecto borde del mar, envuelto en el halo que aún duraría algunos minutos y entonces surgió el Rayo Verde. No era un rayo, sino un fulgor, una chispa instantánea en un punto como de fusión alquímica, de solución heracliteana de elementos, era un chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el Rayo Verde, era Jules Verne murmurándome al oído: ‘¡Lo viste al fin, gran tonto!’ ”

(Jules Corátzar, escritor belga, famoso por su novela Oca)

 

Acercamiento al Rayo Verde

 

Corría el año de 1907, eran los primeros días de ese año. Yo había regresado a la ciudad junto al mar, luego de una intensa temporada en las alturas, allá en la ciudad de montañas donde viven mis parientes.

Eran como las cinco y media de la tarde. Hubiera querido ser más lento en mi acercamiento a los hechos, pero el Rayo Verde me llama. En algún punto de mi relato me espera con impaciencia, para verme fugazmente, y yo corro presuroso a su encuentro, al encuentro con la inmejorable posición y actitud visual para mirarlo, corro hacia la tranquilidad con que veía el no mucho menos bello atardecer.

Recuerdo que mientras el sol caía ocupé mi tiempo en leer, en llamar a Nora de su anticipada atención, para que guardara energías que iba a necesitar más tarde, en el momento preciso. Todo estaba tranquilo, las condiciones eran óptimas. Yo recordaba a los dos Jules que me habían hecho embarcar en esa empresa loca de esperar un rayo que podría terminar siendo invención. Sentía que estaba en la antesala de un hecho que bien podría unirnos o separarnos por el resto de nuestras vidas. Bien podría suceder que ellos, los Jules, los escritores, quedaran en su lado de fantasías ancladas en realidades y yo, indefenso, permaneciera en un mundo de completas realidades; pero también era posible que los tres quedáramos del mismo lado, testigos privilegiados de ese milagro llamado el Rayo Verde. De suceder lo último, empujado por mi compulsión de escribirlo todo, yo ten- dría que comunicarle la gran noticia al mundo, gritaría a los cuatro vientos que existe, arrastraría conmigo a una multitud vociferante que querría ver y prostituir al tan famosamente oculto Rayo Verde, de color verde, y no sería capaz de cargar con esa culpa.

Mejor no. Mejor no les cuento nada. Yo no vi nada. No vi el Rayo Verde. Lo busqué, pero no lo vi, os lo juro. No hay tal Rayo Verde. ¡Ja! Verne y Corátzar estaban equivocados. No vi nada. No diré nada.

 

Bajo amenaza es distinto

 

En realidad sí lo vi. Nora y yo habíamos entrado a una librería porque ella quería darme un regalo. Al salir, con la mirada fresca de andar entre libros, vi los balcones al- tos pintados de atardecer. Entonces recordé las menciones recientes al Rayo Verde en las conversaciones con mis dos tres amigos. Habían sido alusiones leves, indiferentes, comentarios como de paso sobre lo escrito por Verne y por Corátzar. En realidad nunca tuve un verdadero empeño por encontrarlo, por andar tras él tarde a tarde a pesar de las halagadoras promesas para quien lo viera; a lo sumo sentía un deseo esbozado de verlo, un “a lo mejor algún día”; además se requerían unas condiciones muy precisas y menos frecuentes de lo que se cree: cielo totalmente despejado en un horizonte de mar. Pero esa tarde el reflejo del sol en los balcones tenía impecables augurios de maravilla. Fue fácil convencer a Nora para que se sumara a la expedición; también ella sabía de la existencia del Rayo Verde, también ella podía entender la importancia que pueden tener ese tipo de cosas. Afortunadamente estábamos cerca del mar, pero mentiría si doy detalles de nuestro recorrido hasta él; sólo puedo decir que algo como un viento de aventura, de inminencia extraordinaria, nos depositó en el lugar

deseado. Ahora sólo quedaba esperar.

Mientras el sol, aún difícil de resistir con la mirada, terminaba de bajar al despejadísimo y nítido mar, le di una hojeada distraída al libro que Nora me regaló. Lo hice para no reventar de ansiedad. Traté de conducirla a hablar del libro y de mi gratitud, pero ella quería no perderse nada de ese espectacular atardecer y de ese lento aproximamiento al, entre nosotros, tan cacareado rayo.

Pero tanto preámbulo me hace pensar si no es- taré llenando de expectativas nocivas a quienes siguen mi relato. Me pregunto si no será mejor que me deje de hacer mención a cierto rayo de cierto color y me respondo que sí, que es lo mejor. Yo no he visto nada. Creo que nunca nadie lo ha hecho.

 

Una extensa pradera repleta de margaritas

 

Lo vi. No lo vi. Aquí no valen medias tintas como el me quiere mucho, poquito y nada que otorga opciones más variables a los pétalos. Aquí, en este caso, las cosas son o no son. El hecho sucede o no sucede. El asunto en mención existe o no, se vio o no.

Si no se hubiera visto por obstáculos en las condiciones para ver el atardecer, quedarían opciones futuras, ya vendrían otros atardeceres. Pero si aún no se ha visto y se han tenido las condiciones requeridas, esplendor sin bruma, y aún así no se ve nada, el sol simplemente se hunde en el mar y se va, ya la suerte estará echada, algo nos separará de ese par de gigantes que se escurren por el mundo con palabras, seremos menos amigos de Verne y de Corátzar, de Jules y de Jules.

Pero si ocurre lo contrario, que en este caso sería lo esperado, si después del naranja irrumpe un sobrenatural verde, entonces habrá que pensar... No lo vi. Lo vi. No vi al Rayo Verde, no es cierto que exista. Vi al Rayo Verde, existe. No lo vi. Lo vi. No lo vi... y una extensa pradera que crece a medida que se la recorre.

 

Razones para no ver el Rayo Verde

 

Nubes en la atmósfera a nivel del horizonte. Obstáculos terrestres. Un edificio. Un auto que pasa por la avenida frente al mar en el momento preciso. Una nube de pájaros espantados por un disparo. La presencia cercana de Aristobulus Ursiclos. Una roca en el sitio justo del horizonte. Algún promontorio. Un navío. Una rotunda isla. Pero también la legión de turistas alelados con sus cámaras, sus rostros despellejados y sus piernas descubiertas y flacas. Las mentes poéticas por ósmosis. La trivialización. La comercialización. La posibilidad de que algún científico idiota intente romper el encanto. El egoísmo. Las elaboraciones sosegadoras de inquietudes. El ruido. La dificultad luego para encontrar un sitio amplio y despejado en el que sea posible la soberbia sensación de que uno es el único que sabe, que las personas que andan por ahí no tienen la menor idea, carecen de una atención educada. La certeza, que ya Nora y yo hemos..., la certeza de que aunque suceda ante sus ojos no lo verán porque no han recibido la sutil y secreta tradición de quienes conocen el Rayo Verde o sueñan con poderlo ver. Ellos, los que no saben, se irán a sus casas horas o minutos más tarde e ignorarán que fueron vistos por una especie de parpadeo divino, que sólo nos fue permitido ver a unos pocos iniciados... No. Mejor no verlo. Mejor no haberlo visto. Lo mejor es que no exista.

 

Detrás de los párpados

 

Esa noche soñé con él. Era verdaderamente importan- te; haberlo soñado le aumentaba su estatura ante mis ojos. Era inmenso, como de telescopio, pero sin ningún artificio de lentes. Estaba ahí, simplemente más cerca, más absoluto, furor de tierra mojada llenando de manera poderosa mis ojos y pensamientos. Fue entonces cuan- do escuché voces, una voz serena que bien podría ser mi voz y me daba consejos que con dificultad recuerdo, como en una sutil y cálida ceremonia de iniciación, de iluminación (¿será pedante llamarme iluminado?). Creo que al traducir al lenguaje de la vigilia me quedé con una rígida fórmula de éxito, tres pasos: identificar, visualizar y actuar, que no atrapaban con propiedad la verdadera magnitud de ese mensaje.

Pero el mensaje permanece allí, al acecho. Como ola que ha reventado en la costa y no se aleja, en espera de otra oportunidad, está ahí, vive como presencia constan- te e importante en mis sueños, en los recuerdos de mis sueños, en un rincón de imágenes tomadas a lo largo de mi vida, que se encuentran cuidadosamente conservadas en la “Galería de Sueños que Recuerdo”...


***

El manuscrito continúa con una prolongada disertación, en la que el autor recuerda los sueños de su vida que más le impresionaron. A medida que avanza, el texto se torna cada vez más impenetrable y dudo que humano alguno pueda entender- lo. Tal hermetismo, sin embargo, no me siento en capacidad de juzgar si obedece a la lucidez que supuestamente confiere la observación del Rayo o a trastornos en la mente de Julius a causa del impacto producido por la intensidad de la visión. En lo que resta del manuscrito se hacen pocas menciones del Rayo Verde y el narrador parece empeñado en entender su vida y la de quienes lo rodean. Por eso suspendo aquí la transcripción.

La aparición de objetos como autos en avenidas y cámaras fotográficas en manos de turistas, que para la fecha del escrito no eran comunes, nos hace dudar un poco de la autenticidad del documento; desafortunadamente no habrá forma de comprobar tales sospechas pues, en un acto impulsivo que aún no comprendo, le he prendido fuego al manuscrito y en unos minutos arrojaré sus cenizas al mar.

Por último, creo que está de más decir que, espoleado por las palabras del autor, me he vuelto un visitante asiduo de los atardeceres; pero el mismo recato de Julius se apodera de mí. Algo me dice que debo guardar silencio acerca de si he visto o no el fenómeno, algo me dice que debo mantener la incertidumbre que de manera tan empecinada ha sostenido Julius, que debo poner en torno al Rayo Verde un velo de misterio que sólo descorrerán los espíritus inquietos, aquellos que aún buscan y encuentran en el mundo motivos para seguir despiertos.

 

Cartagena, marzo de 1991

viernes, 15 de octubre de 2021

La epidermis del cielo

 Un texto de Wenceslao Triana sobre Teresa de Ávila




 Todo viaje es un éxtasis. La palabra éxtasis, con todas las grandilocuentes emociones que sugiere, significa también estar fuera de un espacio o designa un espacio por fuera del espacio. Viajar, entonces, suele ser un éxtasis prolongado.

Emprendí hace varios meses mi viaje a la madre patria con la idea de que saldría de mi vida cotidiana y, al hacerlo, me saldría de mí mismo. Quise darle a mi viaje una connotación mística, o al menos transformadora, porque estaba decidido a dejar atrás muchos lastres pesados y a encontrar en el recorrido una imagen de mí mismo más ligera y renovada.

Por eso no es de extrañar que uno de mis principales intereses, mientras estuve allá, fue el de seguir las huellas de místicos y santos, especialmente de aquellos que unieron a su febrilidad el cultivo de las letras.

Dejaré para otro día la historia de mi visita al más santo de todos los poetas y al más poeta de todos los santos. Hoy quiero hablar de una contemporánea y amiga suya, una de las mujeres más influyentes y poderosas de la historia: Teresa de Ávila.

Durante buena parte de mi viaje a España mi centro de operaciones fue Segovia, la antiquísima ciudad que, según la leyenda, fue fundada por Hércules y donde persiste un acueducto romano cuyo origen concreto no ha sido posible precisar. Ávila está muy cerca de allí, a poco menos de una hora, tras un monótono recorrido a través de tierras áridas que lo llevan a uno a preguntarse qué motivación pudieron encontrar tantos pueblos: romanos, árabes, castellanos, para querer tener dominio sobre ese lugar.

El paisaje es el mismo de siglos y milenios atrás. A la izquierda la sierra de Guadarrama, a la derecha un quebrado horizonte de piedra. Lo único distinto es la recta carretera que conduce al risco donde se erigen las murallas de Ávila, otro antiquísimo monumento de origen imprecisable.

Afuera pacen tranquilos los toros de piedra que parecen estar allí desde que la tierra fue creada. Adentro se apiñan siglos de historia, iglesias y calles estrechas, conventos y museos. Pero no es de edificios que quiero hablarles, sino de un hallazgo más pequeño y al mismo tiempo más grande.

Ocurrió cerca del convento que dirigió por muchos años Teresa de Ávila. El convento fue su centro de operaciones, fue el lugar desde donde inició decenas de expediciones a toda la península para hacer sus fundaciones, fue el sitio donde manejó un poder que algunos comparan con el que hoy tiene Bill Gates, fue incluso el lugar donde tuvo éxtasis místicos que la elevaban del suelo, como el éxtasis famoso en el que Cristo la hizo su esposa.

Toda esta información habría sido para mí una simple curiosidad si no acierto a entrar a una pequeña librería que está justo al lado del convento. Allí venden obras de la santa y de su protegido, San Juan de la Cruz. Allí venden toda clase de imágenes y escapularios. Allí es posible comprar regalitos baratos para los allegados.

Como no tenía prisa, me dediqué a hojear libros, a leer placas conmemorativas, a internarme hasta el fondo de la librería. Entonces encontré el dedo disecado de la santa.

Al principio no lo distinguí bien, estaba en una pequeña capsulita de cristal, en medio de un portareliquias ostentoso. Casi estuve a punto de seguir de largo, de entretenerme con el tejido de un látigo antiguo, cuando mi vieja conciencia me golpeó en el hombro y me dijo: "Mira bien, Wenceslao. Pocas veces se tiene el privilegio de verle el dedo a una santa.”

Entonces tuve la primera epifanía de mi viaje. Eso que estaba ante mis ojos, esa garrita sombría y endurecida que parecía estar haciendo un gesto obsceno, ese pedacito de muerta sublime adornado con un anillo enorme, fue alguna vez parte de una mano que había tocado a Dios.

Mis lectores vendrán ahora a aguar la fiesta y el milagro diciendo que no es para tanto, que no fue que Teresa tocó a Dios, sino que sólo creyó verlo de tanto alterarse la conciencia con tisanas de opio, oraciones y autofla­gelaciones.

Y yo les diré: “Claro, sigan creyendo que no creer es más meritorio.”

A mí me bastan tres versos, esos que dicen: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta dicha espero, que muero porque no muero”, me resulta suficiente esa paradoja incomprensible y eterna para saber que la garrita que vi esa tarde, cuando paseaba por Ávila, consiguió darle un rasguño a la epidermis del cielo.

 

Marzo 29, 2006.


lunes, 13 de septiembre de 2021

Cita con la nada



En días en que ser humano me pesaba y las voces de la gente me llegaban como desde otro tiempo, en días de cansancio y de tristeza solía hacer mi recorrido por la ciudad fantasma.

Solía mirar su torre envilecida, su plaza sin coches, sus casas repletas de avisos, sus calles llenas de domingo y madrugada.

Caminaba por las calles de la ciudad fantasma sin seguir rumbo fijo. Giraba libremente en las esquinas. Me dejaba llevar por un llamado que no oía, dócil, dejaba que mis pasos pensaran por mí.

A veces la ciudad me rechazaba, me arrojaba hacia las calles de los buses y la gente y me decía que me fuera, que llevará mi tristeza hacia otro lado.

Pero a veces me acogía y me aceptaba. Enviaba a sus olvidos para que me acompañaran. Me mostraba sus calles desiertas hasta el horizonte, su aspecto de ciudad recién abandonada.

Hacía que fijara la mirada en los balcones, que pegara mi rostro a las ventanas, me hacía desear ver mi reflejo en el espejo apagado de una tienda de anticuario.

Pero pronto me cansaba de ese ruido para nadie que brotaba de las calles, de ese coro de lamentos, de esas lenguas enredadas. Poco a poco mi camino se orientaba hacia mi sitio predilecto y, para jugar conmigo, faltando pocas cuadras, las nubes se inventaban una brisa que oponía resistencia, que empujaba con sus dedos en mi pecho.

Pero al final llegaba. Veía en la distancia esa puerta escueta y simple, ese arco entre las piedras agotadas. Pasaba lentamente a ese otro mundo, a ese abrazo milenario, a ese sueño compartido.

El mar, durmiendo con sueño intranquilo. El cielo, temiendo caerse en el mar.

Y allí, en mi sitio predilecto, ese tramo reducido que borraba la ciudad, empezaba a despojarme de todos mis pensamientos.

Pensaba que más allá de esa cortina de piedra seguían los ruidosos balnearios. El ya pasado de moda y el que empezaba a pasar. Pero pronto me olvidaba. Aferraba mi atención a la rotunda soledad de ese lugar. A esa cueva solitaria con paredes de aire y agua y de piedra a mis espaldas.

Entonces me sentaba, seguía descartando pensamientos y temores, recuerdos y obsesiones, seguía devolviéndole a mi mente la quietud de una muralla.

Y entonces olvidaba. Me dejaba llevar por el sueño del mar, por el cielo aperezado, por la piedra con sus labios apretados.

Y dejaba de pensar y dejaba de soñar y dejaba de mirarme en el espejo de mi mente y al final solo quedaba un pequeño objeto más, un guijarro en ese sitio vedado a los humanos, una nada confundida con la nada.

Y más tarde regresaba.


El primer texto de Wenceslao Triana. 

Publicado en el Dominical, de El Universal de Cartagena, algún domingo de 1993








 

 




sábado, 11 de septiembre de 2021

Por algo será

Septiembre de 2001

 Un texto de Wenceslao Triana




El martes pasado, después del ataque al World Trade Center, tuve el impulso de cambiar una columna de prensa que saldría publicada en Colombia al día siguiente. Cómo es posible –me decía– que, en un momento tan histórico, tan doloroso, tan gigantesco, vaya a salir con mis quejas por la pobreza del arte literario en Colombia.

Después me tranquilicé y me dije lo que suelo decirme cuando ocurren cosas que no entiendo: “Por algo será”. Los días siguientes me mostraron que no estaba tan desatinado. Las primeras reacciones de la gente denunciaban justamente la imposibilidad del lenguaje para expresar ciertos sentimientos. Luego, cuando algunos pudieron empezar a modular, lo que hemos presenciado podría ser definido como una pésima novela de buenos y malos, donde la palabra guerra se repite demasiado.

Lo que ha ocurrido me duele profundamente. He llorado mirando las escenas que se repiten de manera escandalosa y anestesiante. Me ha conmovido la terca esperanza de los familiares de las víctimas, con sus fotos sonrientes en las manos, negándose a admitir lo que la lógica y las leyes naturales obligan a admitir. Pero ese dolor no me borra la sensación de que hay tremendas omisiones en lo que dice la televisión, en lo que dicen los gobernantes, en ese fanatismo racial y religioso que ha empezado a activarse en millones de norteamericanos.

Por casualidad, el martes pasado me encontré con un cartel de la película “Aladino”, que Walt Disney estrenó hace como seis años. Tardé poco en descubrir que el rostro del “malo” de la película es el rostro del hombre sobre quien ahora recaen las sospechas. Seguí atando cabos y descubrí que el león malo de la película “El rey león” tiene el tinte de piel y los rasgos que cualquiera relacionaría con un prototipo árabe o musulmán, mientras el león bueno es amarillito. Entonces entendí que la guerra de símbolos, de la que vimos un sangriento episodio la semana pasada, es una guerra que empezó hace rato.

La sensación que me ha quedado esta semana es la de que muchos norteamericanos están enceguecidos por la ira y por la idea de que son un poder invulnerable. Sólo en círculos académicos o intelectuales se ha reflexionado sobre la responsabilidad que también les corresponde a los Estados Unidos en los hechos. Pocos han señalado, por ejemplo, que el monstruo que hoy todo el mundo abomina fue apoyado y armado por los Estados Unidos, cuando el enemigo era la Unión Soviética. Pocos han notado que el ataque del martes empieza a ser aprovechado para ocultar los efectos de una crisis económica que se veía venir desde hace meses. Pocos han ido en contra del nacionalismo exacerbado con que se quieren justificar aterradoras inversiones militares que les quitan a muchos el pan de la boca.

Lo que más me preocupa de estos días de pesadilla es el apremio para que los Estados Unidos “hagan algo”, también toda esa rabia circulando por las calles, todo ese dolor politizado. Las consecuencias de ese “hacer algo” pueden ser desastrosas para la humanidad. El mundo se acabó y la gente no entendió. Un momento como éste podría servir para reflexionar si de verdad existe en este mundo alguna cosa que justifique la muerte de un ser humano. Pero en lugar de eso, los gritos de guerra no dejan de sonar.

Si algo puedo decirles a quienes sobrevivan al baño de sangre que está por llegar, es que en medio del humo y la tristeza procuren decirse que, si el corazón se obstina en palpitar y la cabeza en pensar, por algo será.







 


miércoles, 8 de septiembre de 2021

El idiota

A propósito del bicentenario de Dostoievski, 

reproduzco una vieja reflexión sobre El idiota 




 

No sabría explicar cuáles pasos me trajeron de regreso a la literatura del siglo XIX. Tal vez fue la sensación de que los seres de nuestro tiempo hemos perdido profundidad y estatura espiritual. Tal vez fue el presentimiento de que en aquellos ladrillos voluminosos se quedaron perdidos y olvidados secretos fundamentales que los hombres de ahora nos vemos obligados a redescubrir penosamente, a pesar de que fueron muy obvios hace tiempo.

Visitando las páginas iniciales de El conde de Montecristo, las maravillosas conversaciones que Edmundo Dantes y el Abad Faría sostuvieron en la cárcel, asistimos por ejemplo al proceso de crecimiento de un sujeto, desde la ingenuidad hasta la conciencia plena de las fuerzas y motivaciones que mueven los actos humanos.

El Conde de Montecristo está lleno del sentido común que le falta a nuestro tiempo. Cuando escucho a alguien decir escandalizado: “¿Cómo es posible que haya gente en el mundo tan egoísta y malvada?”, pienso que esas personas habrían podido ahorrarse el gesto de sorpresa si hubieran leído esos libros en los que se dice sin misterio que todo ser humano es bueno sólo si esa bondad se encuentra en el camino de sus propios beneficios.

La aventura de Dantes está llena de enseñanzas que no es necesario salir a buscar nuevamente. Nos dice que la adversidad es la materia básica para la creación. Nos dice que para hallar el culpable de una vileza sólo hay que preguntarse quién es el más beneficiado. Nos recuerda que los tigres y cocodrilos de dos patas, son infinitamente más peligrosos que los que tienen cuatro. Nos muestra cómo es posible que alguien que no ha hecho nada malo llegue a dudar de su inocencia si las circunstancias y la gente se confabulan para acusarlo. Nos dice, en últimas, que ser inocentes es generalmente un crimen que se paga muy caro.

He dejado la inocencia para el final de la lista, porque es justamente la inocencia el tema central de otra novela del siglo XIX a la que he regresado en estos días, El idiota, de Fedor Dostoievsky.

Hace ya muchos años traté de leer ese mamotreto inmenso, pero me perdí en las larguísimas digresiones sobre el espíritu ruso y las diferencias entre el catolicismo y la iglesia rusa ortodoxa.

He vuelto ahora a esta historia a través de una serie de televisión rusa -en dvd- que trata de seguir el texto con decorosa fidelidad. La tarea no ha sido fácil. Los personajes hablan en ruso, son tan expresivos como en el libro y los subtítulos en inglés toman un buen rato para ser leídos. Así que he tenido que ver la serie con el control remoto en la mano, poniendo pausa cada cinco segundos para poder seguirle el hilo a las conversaciones.

Cada uno de los diez capítulos de una hora me tomó por lo menos tres. Pero el esfuerzo no ha sido en vano. Esta fábula hermosa y siniestra sigue siendo tan válida en nuestro tiempo como lo fue cuando apareció publicada en 1869.

El idiota es la historia de todos los desastres que puede producir la presencia entre la gente de un ser completamente bueno e inocente. El protagonista, el príncipe Myshkin, no juzga mal a nadie, siempre ve lo bueno hasta en los seres más mezquinos. Permite que abusen de él mientras perdona las debilidades de quienes se aprovechan. Se considera indigno de que los más indignos le dirijan la palabra. Se mueve por el mundo convencido de que el mundo desborda de dicha, que la sola forma de los árboles o el surgir apresurado de las hierbas en el piso son razones suficientes para que el corazón desborde de alegría.

Pero el mundo no está preparado para una herejía como esa. La mayoría de la gente lo considera idiota, incapaz de vivir en sociedad. Las mujeres que lo aman oscilan entre las ganas de burlarse de él y la sensación de que no podrían soportar tanta bondad. Al final, como era tristemente de esperarse, todo acaba en tragedia. Unos terminan muertos, otros en la cárcel, otros casados con seres convencionales, y el idiota postrado y en silencio, apabullado por las contradicciones y la maldad del mundo.

La obra de Dostoievski está llena de sutilezas. Hasta el personaje más simple tiene una capacidad para interpretar los actos de los demás que ya quisieran para sí los psicoanalistas de hoy en día. Pero, más allá de la sutileza brilla, enceguecedora y cínica, la idea de que la inocencia en un mundo como el nuestro ha sido y sigue siendo el más horrible de los crímenes.

Abril 26, 2006.



Texto incluido en 

Las profundas cavernas del sentido


Disponible en Amazon




lunes, 6 de septiembre de 2021

Faltan palabras

 



Es un viejo lugar común decir que la distancia nos permite ver mejor el escenario donde transcurren nuestras vidas. Si alguien alguna vez dejó a Medellín por un buen tiempo o para siempre, es muy seguro que haya tenido revelaciones sobre lo que significa haber vivido inmerso en ese valle perdido que sueña con ser el centro de la tierra y el epicentro de muchos heroísmos.

Descubrimientos similares ocurren cuando se abandonan los territorios de la lengua (y esta vez sí quiero hablar de la lengua de la que tanto se ha hablado en las últimas semanas). Basta irse a vivir a Bogotá o a Cartagena para descubrir que las palabras no sirven del mismo modo y que lo que nos parecía universal es tan local que se convierte en jerigonza tras solo unos kilómetros.

Cuando se vive en el País del Sueño la cosa se pone más compleja. Por un lado, se tiene el encuentro con las múltiples variedades de la misma lengua: las palabras que cambian de significado (a veces hasta convertirse en groserías), los términos que solo existen en algunas regiones. Por el otro lado está el contacto con el inglés, con su poderosa presencia en las escuelas y los medios, con los riesgos deformadores del spanglish.

Borges decía que lo ideal era que una persona supiera dos o más idiomas. La experiencia de vivir en una región bilingüe me ha hecho comprender las razones del escritor argentino.

Tener más de una lengua nos permite experimentar la realidad de manera más completa. Cuando aprendemos lenguas nuevas es como si nos salieran nuevos ojos para ver el mundo. Algunos sostienen, incluso, que ser políglotas nos permite dejar aflorar facetas de nuestro ser que solo se asoman en lenguas determinadas.

He llegado a concluir que hablar más de una lengua nos permite llenar los vacíos de nuestra lengua nativa. Porque todas las lenguas tienen carencias, puntos flacos, incongruencias. Al inglés, por ejemplo, con su abundancia de palabras monosílabas, le cuesta expresar lo barroco, lo demasiado florido, lo exuberante. El español, por su parte, es torpe para filosofar. Las palabras que designan lo abstracto son tan largas que uno olvida con frecuencia lo que estaba pensando.

He llegado también a identificar algunas palabras que le faltan al español. Cuando una palabra falta, queda silenciada la experiencia que designa, es como si no existiera. El hecho de que no exista un equivalente en nuestra lengua para la palabra inglesa “uncanny”, hace que vivamos privados de un matiz especial del misterio, de lo sobrenatural.

Pero sin duda lo que mejor revela el carácter de los hispanohablantes es la ausencia de un equivalente para lo que en inglés se llama “delusion”. Uno puede buscar en el diccionario y encontrar que a “delusion” lo traducen como engaño o negación. Pero la “delusion” es un tipo de experiencia muy específico: es aquella actitud con la que nos engañamos, nos mentimos, a nosotros mismos para no aceptar la realidad. Quizá no sea casualidad que el tema de la novela más importante de nuestra lengua sea aquello que no sabemos nombrar. La ausencia de una palabra para expresarla es la mejor prueba de nuestra propia “delusion”.

 

Oneonta, abril de 2007.





miércoles, 1 de septiembre de 2021

Sobre Dante y Beatriz

 En el especial sobre Dante de la Agenda Cultural Alma Mater, de la Universidad de Antioquia, mi traducción de un texto de Chesterton y el anuncio de una novedad editorial. 


















miércoles, 18 de agosto de 2021

"Eres un literato"

 De "La ciudad de los crepúsculos"



Diciembre 17 de 1997.

Son las doce de la noche, faltan cinco minutos –me dispongo a dormir–. Mañana comienza el taller con Garcia Márquez. Estoy en Barranquilla. Hace mucho no escribía en este cuaderno. Es curioso, escribía más cuando estaba dando las clases en las universidades. Ha aprovechado mejor estas páginas Valentina, que ha hecho unos hermosos dibujos. Yo estoy aterido de frío, voy a bajarle al abanico también –ya antes había apagado el aire–. Estoy en casa de Ariel Castillo. Es un personaje de lecturas enormes. Tiene una cantidad de libros asombrosa. Yo no he querido hacerme muchas expectativas frente al curso que comienza mañana, pero sí alcancé a imaginar algunos asuntos en el bus que me trajo a Barranquilla. Sé, sí, que no debo preguntar locamente, ni hablar sin control. Sé, sí, que tomaré muchos apuntes y que trataré de llevarme un registo exhaustivo de esta jornada que en mi perspectiva vital es un hecho de profundas resonancias. ¿Qué diría el que eras en el 82, si llegaras a contarle que quince años más tarde estarías aprendiendo de ese hombre? Tus primeros textos tienen ya más de quince años. Has recorrido, pero vaya si te falta camino por andar. Acuéstate pensando en la novela.

 



Son las diez y treinta de la noche del 18 de diciembre. Hace dos años salía Un ramo de nomeolvides (mi libro sobre los inicios de Gabriel García Márquez en Cartagena) y hoy he recibido las primeras impresiones del protagonista de ese libro.

Estoy cansado porque el día y la atención prestada a cada gesto y palabra de ese hombre me ha dejado exhausto. He tomado centenares de apuntes y muy probablemente mañana y pasado suceda lo mismo. Pero quiero dejar constancia de unos cuantos gestos y expresiones que son, en cierta forma, todo lo que él puede decirme o darme. Lo demás, todo lo relativo al periodismo y al arte de narrar lo podré escribir en otro momento, y quizá se pueda publicar. Lo otro, lo personal, es bastante subjetivo, consiste en la interpretación –quizá amañada– de unos indicios, y solo a mí y a los míos nos puede interesar.

Cuando hablo de los míos pienso en mis hijos y en los otros seres futuros que puedan existir y que estarán ligados a mí. Pienso también en una película que jamás olvidaré, “Cartas de un hombre muerto”, y en la idea de que esto que escribo para mí sea en cierta forma cartas a mis hijos escritas por otro hombre muerto (paréntesis para agradecer a Valentina la compañía que me hizo con sus dibujos, página tras página, en este cuaderno. Este árbol mano es una belleza). Quizá estos textos que he escrito esporádicamente, estas crónicas que solo a mí interesan, sean un libro –una carpeta– llamada “Cartas de otro hombre muerto”, y aquí va la de hoy:

Queridos hijos:

Hoy estuve con un hombre al que admiro, un hombre que –además– es tan famoso por sus obras literarias que su nombre le sobrevivirá por muchos siglos. Sé que es arriesgado hacer afirmaciones que impliquen al futuro, pero puedo asegurar que, si alguien dirige la mirada a este siglo y a este país, necesariamente verá la notoria presencia del hombre con el que tuve el honor de compartir cuatro horas esta mañana. Hablo de mí a pesar de que la reunión incluía a otras personas: los otros doce participantes en el taller, el director de la Fundación para un Nuevo Periodismo y la sobrina del escritor, quien es su colaboradora personal– porque quiero referirme a las cosas relacionadas conmigo que ocurrieron esta mañana.

La llegada del hombre fue teatral. Los participantes del taller estábamos reunidos en torno a la mesa donde íbamos a trabajar. Escuchábamos al director de la fundación, que nos anunciaba la llegada del maestro, cuando llegó el maestro. Abrió la puerta y dijo: “¿Qué hora es?”, y caminó hacia la mesa.

Pensé en su madre, caminando por un pasillo, segura y enigmática. El director le dijo que eran las nueve y tres y él le dijo: “Está mal tu reloj”. La gente rio. Había roto el hielo que sabe que se forma cuando él llega.

Mientras la gente se acomodaba, habló consigo mismo: “A ver, estas caras qué dicen, qué rollos hay por dentro”. Y, después de un momento, empezó a saludar a uno por uno. Siguió la lista suministrada por la fundación, interesándose brevemente por la experiencia de cada uno. Mientras hacía el recorrido, García Márquez me miró con risa nerviosa, casi podría decir que también con miedo, como si en ese destello de sus ojos admitiera a su pesar que a mí no podría engañarme tan fácil, que sabía lo honda que podía posarse sobre él mi mirada.

Quizá por eso preparó el acercamiento. Al hablar con Carlos Mario, el periodista de el colombiano que me antecedía en la lista y estaba sentado a mi lado, García Márquez le preguntó –mirándome– quién, en ese periódico, era el del lápiz rojo. Carlos Mario tardó un momento en comprender la pregunta, y él aprovechó para decir que su primera columna la escribió completamente su jefe de redacción, en El Universal. Antes de que se largara a contar su historia de El Universal llegó otra señal. Me señaló y dijo: “Este hombre tiene una versión mejor que la mía”. Y contó la historia de los primeros cuentos en Bogotá, del bogotazo, del incendio de la pensión, de su viaje a Cartagena y de su llegada a El Universal: “Había un hombre escribiendo a mano en una baranda y le dije que quería escribir. Le dije mi nombre y, como él había leído los cuentos que me habían publicado en El Espectador, me dijo: ‘Siéntate ahí y escribe’. Cuando le entregué la nota, tachó la primera línea y la reescribió encima, tachó la segunda y la reescribió, y así hizo con el resto. Cuando terminó, la pasó a talleres completamente escrita por él, pero respetando todo lo que quise decir”.

Se extendió en detalles sobre Cartagena: habló del grupo de amigos –dijo que llego a ser muy amigo de Zabala, de Ibarra Merlano y de Rojas Herazo– y me regaló una anécdota completamente inédita. Dijo que Rojas –a quien presentó como un artista múltiple–, según pudo recordarlo hace poco con la ayuda de un amigo, había sido su profesor de dibujo cuando estudiaba en Barranquilla en el Colegio San José. García Márquez recordó la presencia de Rojas cuando era profesor: “Tenía 20 años, usaba sombrero bombín como el de Chaplin, era de una elegancia y una belleza…, era un gran hablador, pero no recuerdo una sola de sus clases”.

Siguió recordando la vida en Cartagena y contó que, como a las 9 de la noche, se iban al mercado donde un cocicnero que se ponía un clavel en la oreja. Dijo no recordar el nombre, pero ese olvido era –en cierta forma– una invitación a que interviniera: “Juan de las Nieves”, le dije y él lo ratificó: “Juan de las Nieves”. Agregó, refiriéndose a mí: “Conoce de mi vida más que yo”.

“A Juan de las Nieves lo tengo en varias novelas: es Catarino el de Cien años de soledad, está en El otoño…”, y concluyó, refiriéndose a las noches con los compañeros del periódico, que “en los alrededores del mercado aprendí lo que sé sobre periodismo y sobre novela”.

Aclaró, también, que no es cierto –como dicen algunos– que había un grupo de Cartagena y uno de Barranquilla: “Lo que había era un solo grupo que iba y venía”.

Después volvió a hablar consigo mismo: “¿Por qué conté todo esto?”, y se respondió de inmediato: “¿Por ganas de acordarme?”.

Entonces miró la lista y vio que seguía mi nombre. Me preguntó qué estaba haciendo. Elogió el suplemento, hizo notar que había aumentado el número de páginas,  contó que el suplemento incluía reportajes, y aprovechó para hacer el que ahora pienso que fue el guiño final (antes habló de la importancia de renunciar a tiempo, de su propia indepedencia a muy temprana edad) por ese día: “El periodismo es un género literario, eres periodista literario. Si lo que quieres es ser un literato, ya eres un literato”.

 


miércoles, 11 de agosto de 2021

Las Pupys

 Un fragmento de "La ciudad de los crepúsculos"



Ahí estaban, como para enloquecer hasta al más frío Humbert Humbert. Siete, quizá ocho; sí, ocho en realidad. Tres en un sofá, cuatro en el otro y una en una silla individual. Ansiosas, inquietas, mujeres ya, fuera de las rutas cotidianas, en la sala de entrevistas de El Liberal, a solas con un hombre que, según su profesora de español, era importante.

Pero la informalidad del traje –tenis blancos y jeans, un sol enorme y bello sobre el pecho y el vientre ya un poco abultado– y la juventud del gesto les hicieron comprender que quizá la tarea de español no sería tan aburrida como habían imaginado.

Tardaron en hacer la primera pregunta. Reían nerviosas, se dirigían miradas cargadas de intención. El hombre aprovechó la indecisión y el protocolo para verlas, una a una, desde la silla rodante que había dispuesto frente a la formación en herradura.  Empezó por su izquierda, por la de los ojos claros y los retenedores en los dientes. La claridad de los ojos la salvaba de la intrascendencia. Era evidente que usaba esa diferencia para ejercer liderazgo frente a sus compañeras. Fue ella quien grabó la presentación:

“Muy buenos días, somos la Pupys, estamos con el famoso escritor Agustín Heredia, autor de la novela Plegaria y la colección de relatos Qué ajenos a mí tus sueños. Muy gentilmente, el señor Heredia ha accedido a responder las preguntas que le haremos”.

Eran las preguntas de un famoso cuestionario que solía asociarse con Marcel Proust. El color preferido, el músico, el héroe real o literario, la heroína, las cualidades y los defectos, las frustraciones y los sueños, los pintores, las flores, los pájaros. Las chicas se turnaron para hacer las preguntas y, como había algo de rigidez en el proceso, Heredia procuró darles vida a las respuestas. Dijo que su pájaro predilecto era el cuervo, por incomprendido. Dudó al hablar de su heroína y pidió a la de ojos claros que apagara un momento la grabadora para pensar. Al final recordó a Juana de Asbaje y les dijo que podrían ser como ella. Aprovechó para elogiar a esa inquieta multitud que lo escuchaba, a esa turba de niñas mujeres impacientes por vivir. A medida que hablaba, Heredia leía sus gestos, su aprobación y su estupor, la aquiescencia al escucharlo, las verdades ya intuidas, y sentía que eso –ese fervor nuevo y limpio, esas hojas en blanco– lo llenaban de vida.

El resto de ese día y los días siguientes recordó aquel insólito episodio, el regocijo y la entrega a medida que la entrevista transcurría.

Al final del cuestionario de treinta preguntas hubo un vacío triste en la sala. Todo había ocurrido demasiado rápido. Pero ya ambos, él y ellas, habían ideado una manera de alargar la charla. Alentándose entre ellas nombraron a la chica de ojos claros para que le pidiera a Heredia permiso para hacerle preguntas personales. Heredia aceptó halagado, pero les pidió permiso para retirarse de la sala por un momento. Necesitaba respirar y buscar sus libros, para no ser ante ellas un escritor sin libros. Sintió que también ellas necesitaban ponerse de acuerdo. Al salir de la salita vio correr apurada y múltiple la frase: “Pregúntale si es casado”. Esa fue la primera pregunta que le hicieron cuando regresó.

La hizo la que ocupaba la silla individual, la que cerraba la herradura: coqueta, piel canela y rasgos hermosos y pulidos, con un enternecedor aire de mujer que aparenta que ya sabe algo de hombres.

La respuesta produjo un coro de desencantos frente al que Heredia tuvo que hacer un esfuerzo de oratoria para reponer los ánimos. La chica en el centro de la herradura hizo la nueva pregunta.

“¿Ha sufrido por amor a una mujer?”

Heredia sintió que en ese instante vislumbraba las profundas dimensiones de ese encuentro, lo definitiva que podía ser para ellas –en la flor de la vida, algunas ya víctimas de las fiebres del amor– la posibilidad de conocer respuestas al misterio que es el hombre.

“Sí”, dijo Heredia, aliviado, purificado por esa charla en la que decidió no escamotear nada.

Y les habló del dolor irrepetible que nos llega con el primer amor, del sufrimiento que padece todo aquel que siente amor y de la imposibilidad de renunciar a sentir eso sin lo que no se puede transitar por la vida.

Y vio el brillo agradecido en los ojos de esos seres de belleza inabarcable, en esas madres y abuelas que aprendían a querer a sus hijos en el inconsciente esplendor de sus quince años, añorando y anhelando el vanidoso y sensual juego del amor.

Al final de las preguntas, al final de los latidos más expuestos y sinceros, una de ellas, la última del sofá donde había cuatro, la séptima en el orden que empezaba con la de los ojos claros, venció un temblor emocionado en la garganta, contuvo la humedad exaltada de sus ojos y le dijo, con una pureza y una transparencia que Heredia jamás olvidaría:

“Agustín, quiero decirte que eres una nota”.

La emoción la hizo callar y detenerse en un gesto casi amargo, como si quisiera estar completamente sola para dejar salir el llanto dulce de la felicidad.

Heredia no supo qué decir.

Agradeció a la mujer emocionada, agradeció a esa multitud que había llegado a renovarle la alegría cuando ya se le extinguía, agradeció a la vida el regalo de ese instante.

Propuso leerles un cuento para que también quedara en la grabación. Entonces vio que la segunda, la más tranquila de todas, la que había alargado el brazo cuando entró con los libros, la más bella para él, le entregaba el libro abierto y le pedía que leyera un cuento que ella acababa de elegir.

Heredia había pensado leer otro, pero accedió a su solicitud y leyó casi sin equivocarse.

Mientras leía pudo ver por el rabillo del ojo que la tercera, la soberana en la sombra, la que días atrás había hecho el contacto telefónico con una seguridad de mujer mayor habituada al trato con los hombres, les indicó a todas que aplaudieran cuando terminara la lectura.

Y aplaudieron y Heredia sintió un bochorno que no llegaba a ser desagradable, pero hizo lo posible para que no se prolongara.

Entonces comprendieron que era el momento de separarse.

Prometieron volver a verse –pronto y diez años más tarde– y expresaron regocijo por haberse conocido. Una que había hablado poco le agradeció por no ser un viejo amargo.

La que Heredia había elegido fue la última en despedirse. Le preguntó el significado de otro cuento que acababa de leer.

Él la invito a pensar, a encontrar por ella misma lo que significaba. Le propuso que hablaran del asunto si algún día volvían a encontrarse.

De “La ciudad de los crepúsculos”