lunes, 13 de septiembre de 2021

Cita con la nada



En días en que ser humano me pesaba y las voces de la gente me llegaban como desde otro tiempo, en días de cansancio y de tristeza solía hacer mi recorrido por la ciudad fantasma.

Solía mirar su torre envilecida, su plaza sin coches, sus casas repletas de avisos, sus calles llenas de domingo y madrugada.

Caminaba por las calles de la ciudad fantasma sin seguir rumbo fijo. Giraba libremente en las esquinas. Me dejaba llevar por un llamado que no oía, dócil, dejaba que mis pasos pensaran por mí.

A veces la ciudad me rechazaba, me arrojaba hacia las calles de los buses y la gente y me decía que me fuera, que llevará mi tristeza hacia otro lado.

Pero a veces me acogía y me aceptaba. Enviaba a sus olvidos para que me acompañaran. Me mostraba sus calles desiertas hasta el horizonte, su aspecto de ciudad recién abandonada.

Hacía que fijara la mirada en los balcones, que pegara mi rostro a las ventanas, me hacía desear ver mi reflejo en el espejo apagado de una tienda de anticuario.

Pero pronto me cansaba de ese ruido para nadie que brotaba de las calles, de ese coro de lamentos, de esas lenguas enredadas. Poco a poco mi camino se orientaba hacia mi sitio predilecto y, para jugar conmigo, faltando pocas cuadras, las nubes se inventaban una brisa que oponía resistencia, que empujaba con sus dedos en mi pecho.

Pero al final llegaba. Veía en la distancia esa puerta escueta y simple, ese arco entre las piedras agotadas. Pasaba lentamente a ese otro mundo, a ese abrazo milenario, a ese sueño compartido.

El mar, durmiendo con sueño intranquilo. El cielo, temiendo caerse en el mar.

Y allí, en mi sitio predilecto, ese tramo reducido que borraba la ciudad, empezaba a despojarme de todos mis pensamientos.

Pensaba que más allá de esa cortina de piedra seguían los ruidosos balnearios. El ya pasado de moda y el que empezaba a pasar. Pero pronto me olvidaba. Aferraba mi atención a la rotunda soledad de ese lugar. A esa cueva solitaria con paredes de aire y agua y de piedra a mis espaldas.

Entonces me sentaba, seguía descartando pensamientos y temores, recuerdos y obsesiones, seguía devolviéndole a mi mente la quietud de una muralla.

Y entonces olvidaba. Me dejaba llevar por el sueño del mar, por el cielo aperezado, por la piedra con sus labios apretados.

Y dejaba de pensar y dejaba de soñar y dejaba de mirarme en el espejo de mi mente y al final solo quedaba un pequeño objeto más, un guijarro en ese sitio vedado a los humanos, una nada confundida con la nada.

Y más tarde regresaba.


El primer texto de Wenceslao Triana. 

Publicado en el Dominical, de El Universal de Cartagena, algún domingo de 1993








 

 




sábado, 11 de septiembre de 2021

Por algo será

Septiembre de 2001

 Un texto de Wenceslao Triana




El martes pasado, después del ataque al World Trade Center, tuve el impulso de cambiar una columna de prensa que saldría publicada en Colombia al día siguiente. Cómo es posible –me decía– que, en un momento tan histórico, tan doloroso, tan gigantesco, vaya a salir con mis quejas por la pobreza del arte literario en Colombia.

Después me tranquilicé y me dije lo que suelo decirme cuando ocurren cosas que no entiendo: “Por algo será”. Los días siguientes me mostraron que no estaba tan desatinado. Las primeras reacciones de la gente denunciaban justamente la imposibilidad del lenguaje para expresar ciertos sentimientos. Luego, cuando algunos pudieron empezar a modular, lo que hemos presenciado podría ser definido como una pésima novela de buenos y malos, donde la palabra guerra se repite demasiado.

Lo que ha ocurrido me duele profundamente. He llorado mirando las escenas que se repiten de manera escandalosa y anestesiante. Me ha conmovido la terca esperanza de los familiares de las víctimas, con sus fotos sonrientes en las manos, negándose a admitir lo que la lógica y las leyes naturales obligan a admitir. Pero ese dolor no me borra la sensación de que hay tremendas omisiones en lo que dice la televisión, en lo que dicen los gobernantes, en ese fanatismo racial y religioso que ha empezado a activarse en millones de norteamericanos.

Por casualidad, el martes pasado me encontré con un cartel de la película “Aladino”, que Walt Disney estrenó hace como seis años. Tardé poco en descubrir que el rostro del “malo” de la película es el rostro del hombre sobre quien ahora recaen las sospechas. Seguí atando cabos y descubrí que el león malo de la película “El rey león” tiene el tinte de piel y los rasgos que cualquiera relacionaría con un prototipo árabe o musulmán, mientras el león bueno es amarillito. Entonces entendí que la guerra de símbolos, de la que vimos un sangriento episodio la semana pasada, es una guerra que empezó hace rato.

La sensación que me ha quedado esta semana es la de que muchos norteamericanos están enceguecidos por la ira y por la idea de que son un poder invulnerable. Sólo en círculos académicos o intelectuales se ha reflexionado sobre la responsabilidad que también les corresponde a los Estados Unidos en los hechos. Pocos han señalado, por ejemplo, que el monstruo que hoy todo el mundo abomina fue apoyado y armado por los Estados Unidos, cuando el enemigo era la Unión Soviética. Pocos han notado que el ataque del martes empieza a ser aprovechado para ocultar los efectos de una crisis económica que se veía venir desde hace meses. Pocos han ido en contra del nacionalismo exacerbado con que se quieren justificar aterradoras inversiones militares que les quitan a muchos el pan de la boca.

Lo que más me preocupa de estos días de pesadilla es el apremio para que los Estados Unidos “hagan algo”, también toda esa rabia circulando por las calles, todo ese dolor politizado. Las consecuencias de ese “hacer algo” pueden ser desastrosas para la humanidad. El mundo se acabó y la gente no entendió. Un momento como éste podría servir para reflexionar si de verdad existe en este mundo alguna cosa que justifique la muerte de un ser humano. Pero en lugar de eso, los gritos de guerra no dejan de sonar.

Si algo puedo decirles a quienes sobrevivan al baño de sangre que está por llegar, es que en medio del humo y la tristeza procuren decirse que, si el corazón se obstina en palpitar y la cabeza en pensar, por algo será.







 


miércoles, 8 de septiembre de 2021

El idiota

A propósito del bicentenario de Dostoievski, 

reproduzco una vieja reflexión sobre El idiota 




 

No sabría explicar cuáles pasos me trajeron de regreso a la literatura del siglo XIX. Tal vez fue la sensación de que los seres de nuestro tiempo hemos perdido profundidad y estatura espiritual. Tal vez fue el presentimiento de que en aquellos ladrillos voluminosos se quedaron perdidos y olvidados secretos fundamentales que los hombres de ahora nos vemos obligados a redescubrir penosamente, a pesar de que fueron muy obvios hace tiempo.

Visitando las páginas iniciales de El conde de Montecristo, las maravillosas conversaciones que Edmundo Dantes y el Abad Faría sostuvieron en la cárcel, asistimos por ejemplo al proceso de crecimiento de un sujeto, desde la ingenuidad hasta la conciencia plena de las fuerzas y motivaciones que mueven los actos humanos.

El Conde de Montecristo está lleno del sentido común que le falta a nuestro tiempo. Cuando escucho a alguien decir escandalizado: “¿Cómo es posible que haya gente en el mundo tan egoísta y malvada?”, pienso que esas personas habrían podido ahorrarse el gesto de sorpresa si hubieran leído esos libros en los que se dice sin misterio que todo ser humano es bueno sólo si esa bondad se encuentra en el camino de sus propios beneficios.

La aventura de Dantes está llena de enseñanzas que no es necesario salir a buscar nuevamente. Nos dice que la adversidad es la materia básica para la creación. Nos dice que para hallar el culpable de una vileza sólo hay que preguntarse quién es el más beneficiado. Nos recuerda que los tigres y cocodrilos de dos patas, son infinitamente más peligrosos que los que tienen cuatro. Nos muestra cómo es posible que alguien que no ha hecho nada malo llegue a dudar de su inocencia si las circunstancias y la gente se confabulan para acusarlo. Nos dice, en últimas, que ser inocentes es generalmente un crimen que se paga muy caro.

He dejado la inocencia para el final de la lista, porque es justamente la inocencia el tema central de otra novela del siglo XIX a la que he regresado en estos días, El idiota, de Fedor Dostoievsky.

Hace ya muchos años traté de leer ese mamotreto inmenso, pero me perdí en las larguísimas digresiones sobre el espíritu ruso y las diferencias entre el catolicismo y la iglesia rusa ortodoxa.

He vuelto ahora a esta historia a través de una serie de televisión rusa -en dvd- que trata de seguir el texto con decorosa fidelidad. La tarea no ha sido fácil. Los personajes hablan en ruso, son tan expresivos como en el libro y los subtítulos en inglés toman un buen rato para ser leídos. Así que he tenido que ver la serie con el control remoto en la mano, poniendo pausa cada cinco segundos para poder seguirle el hilo a las conversaciones.

Cada uno de los diez capítulos de una hora me tomó por lo menos tres. Pero el esfuerzo no ha sido en vano. Esta fábula hermosa y siniestra sigue siendo tan válida en nuestro tiempo como lo fue cuando apareció publicada en 1869.

El idiota es la historia de todos los desastres que puede producir la presencia entre la gente de un ser completamente bueno e inocente. El protagonista, el príncipe Myshkin, no juzga mal a nadie, siempre ve lo bueno hasta en los seres más mezquinos. Permite que abusen de él mientras perdona las debilidades de quienes se aprovechan. Se considera indigno de que los más indignos le dirijan la palabra. Se mueve por el mundo convencido de que el mundo desborda de dicha, que la sola forma de los árboles o el surgir apresurado de las hierbas en el piso son razones suficientes para que el corazón desborde de alegría.

Pero el mundo no está preparado para una herejía como esa. La mayoría de la gente lo considera idiota, incapaz de vivir en sociedad. Las mujeres que lo aman oscilan entre las ganas de burlarse de él y la sensación de que no podrían soportar tanta bondad. Al final, como era tristemente de esperarse, todo acaba en tragedia. Unos terminan muertos, otros en la cárcel, otros casados con seres convencionales, y el idiota postrado y en silencio, apabullado por las contradicciones y la maldad del mundo.

La obra de Dostoievski está llena de sutilezas. Hasta el personaje más simple tiene una capacidad para interpretar los actos de los demás que ya quisieran para sí los psicoanalistas de hoy en día. Pero, más allá de la sutileza brilla, enceguecedora y cínica, la idea de que la inocencia en un mundo como el nuestro ha sido y sigue siendo el más horrible de los crímenes.

Abril 26, 2006.



Texto incluido en 

Las profundas cavernas del sentido


Disponible en Amazon




lunes, 6 de septiembre de 2021

Faltan palabras

 



Es un viejo lugar común decir que la distancia nos permite ver mejor el escenario donde transcurren nuestras vidas. Si alguien alguna vez dejó a Medellín por un buen tiempo o para siempre, es muy seguro que haya tenido revelaciones sobre lo que significa haber vivido inmerso en ese valle perdido que sueña con ser el centro de la tierra y el epicentro de muchos heroísmos.

Descubrimientos similares ocurren cuando se abandonan los territorios de la lengua (y esta vez sí quiero hablar de la lengua de la que tanto se ha hablado en las últimas semanas). Basta irse a vivir a Bogotá o a Cartagena para descubrir que las palabras no sirven del mismo modo y que lo que nos parecía universal es tan local que se convierte en jerigonza tras solo unos kilómetros.

Cuando se vive en el País del Sueño la cosa se pone más compleja. Por un lado, se tiene el encuentro con las múltiples variedades de la misma lengua: las palabras que cambian de significado (a veces hasta convertirse en groserías), los términos que solo existen en algunas regiones. Por el otro lado está el contacto con el inglés, con su poderosa presencia en las escuelas y los medios, con los riesgos deformadores del spanglish.

Borges decía que lo ideal era que una persona supiera dos o más idiomas. La experiencia de vivir en una región bilingüe me ha hecho comprender las razones del escritor argentino.

Tener más de una lengua nos permite experimentar la realidad de manera más completa. Cuando aprendemos lenguas nuevas es como si nos salieran nuevos ojos para ver el mundo. Algunos sostienen, incluso, que ser políglotas nos permite dejar aflorar facetas de nuestro ser que solo se asoman en lenguas determinadas.

He llegado a concluir que hablar más de una lengua nos permite llenar los vacíos de nuestra lengua nativa. Porque todas las lenguas tienen carencias, puntos flacos, incongruencias. Al inglés, por ejemplo, con su abundancia de palabras monosílabas, le cuesta expresar lo barroco, lo demasiado florido, lo exuberante. El español, por su parte, es torpe para filosofar. Las palabras que designan lo abstracto son tan largas que uno olvida con frecuencia lo que estaba pensando.

He llegado también a identificar algunas palabras que le faltan al español. Cuando una palabra falta, queda silenciada la experiencia que designa, es como si no existiera. El hecho de que no exista un equivalente en nuestra lengua para la palabra inglesa “uncanny”, hace que vivamos privados de un matiz especial del misterio, de lo sobrenatural.

Pero sin duda lo que mejor revela el carácter de los hispanohablantes es la ausencia de un equivalente para lo que en inglés se llama “delusion”. Uno puede buscar en el diccionario y encontrar que a “delusion” lo traducen como engaño o negación. Pero la “delusion” es un tipo de experiencia muy específico: es aquella actitud con la que nos engañamos, nos mentimos, a nosotros mismos para no aceptar la realidad. Quizá no sea casualidad que el tema de la novela más importante de nuestra lengua sea aquello que no sabemos nombrar. La ausencia de una palabra para expresarla es la mejor prueba de nuestra propia “delusion”.

 

Oneonta, abril de 2007.





miércoles, 1 de septiembre de 2021

Sobre Dante y Beatriz

 En el especial sobre Dante de la Agenda Cultural Alma Mater, de la Universidad de Antioquia, mi traducción de un texto de Chesterton y el anuncio de una novedad editorial.