jueves, 20 de febrero de 2020

Retrato del guerrero

La columna de Vivir en El Poblado




Tiene año y medio y sus ojos ya reflejan abismos. Hay en sus gestos la impronta de saberes recientes.
Hace un par de semanas, su mundo era seguro y predecible. Abría los ojos en su cuna y le bastaba un gemido para que unas manos diligentes de gigante lo elevaran por los aires y lo depositaran en el mundo.
Todo estaba en su sitio. Los muebles y las mesas. Las butacas de asiento giratorio que tanto lo obsesionan. Los juguetes en la caja de plástico: carros, pelotas de diversos tamaños, un libro de texturas, un tablero con botones que al hundirlos emiten sonidos diversos.





domingo, 16 de febrero de 2020

La poesía de las cosas

Un texto de Chesterton en el suplemento Generación de El Colombiano





No hay un tema que no sea interesante. Lo único que puede haber es personas desinteresadas. Necesitamos con urgencia una defensa de los que aburren. Cuando Byron dividió a la humanidad entre los que aburren y los que se aburren, le faltó notar que las cualidades más elevadas están del lado de los primeros y las más bajas del lado de los segundos, entre quienes él mismo se contaba. El que aburre, con su entusiasmo rutilante y su solemne alegría, demuestra que es poético. El que se aburre demuestra que es prosaico.
Puede que nos parezca una molestia contar todas las hojas de hierba o todas las hojas de los árboles; pero esa molestia no se debe a nuestra audacia o nuestra alegría de espíritu, sino a la falta de esos atributos. El que aburre seguirá adelante, con audacia y alegría, y le parecerá que las hojas de hierba son tan maravillosas como las espadas de un ejército. El que aburre es más fuerte y más dichoso que nosotros; es un semidiós —no, es un dios–, porque los dioses son los que no se cansan de la repetición de las cosas; para ellos el anochecer es siempre nuevo, y la última rosa es tan roja como la primera.
El sentimiento de que todo es poético es una cosa sólida y absoluta; no es solo un asunto de fraseología o de persuasión. No solo es cierto, también es verificable. Se puede retar a los hombres a que lo nieguen, a que mencionen algo que no sea material poético. Recuerdo que hace mucho un subeditor sensible se me acercó con un libro cuyo título era El señor Smith o La familia Smith o algo por el estilo. Me dijo: “Te aseguro que no encontrarás aquí nada de tu maldito misticismo”. Me satisface haber demostrado que estaba equivocado; pero la victoria fue muy fácil y obvia. En la mayoría de los casos el nombre no es poético, pero el hecho es poético. En el caso de Smith[1], el nombre es tan poético que debe ser arduo y heroico que un hombre pueda vivir a su altura. Smith es el nombre del único oficio que hasta los reyes respetaban. Un Smith puede reclamar la mitad de la gloria de ese canto de las armas, el arma virumque de los poemas épicos. El espíritu de la herrería es tan cercano al espíritu del canto que se ha mezclado con millones de poemas, y todo herrero es un armonioso herrero.
Hasta los niños del pueblo sienten de manera vaga que el herrero es poético –como no llegan a serlo el verdulero y el zapatero– cuando se regodea en esa danza de chispas y golpes ensordecedores en la caverna de esa violencia creativa. El reposo crudo de la naturaleza, la astucia apasionada del hombre, el más fuerte de los metales terrenales, el más raro de los elementos, el hierro inconquistable subyugado por su único conquistador, la rueda y el arado, la espada y el martillo, la disposición de los ejércitos y toda la leyenda de las armas, todas estas cosas están escritas, ciertamente con brevedad, pero de manera claramente legible, en la tarjeta de visita del señor Smith. Y, sin embargo, nuestros novelistas llaman a su héroe "Aylmer Valence", que no significa nada, o "Vernon Raymond", que tampoco significa nada; cuando podrían haberle dado el sagrado nombre de Smith: un nombre hecho de hierro y fuego. Sería muy natural que cierta altivez, cierta actitud de la cabeza o cierto doblez de labios distinguieran a los que llevan el nombre de Smith. Tal vez lo hacen; confío en que sea así. Todos los demás son advenedizos, pero los Smith nunca lo son. Desde el más oscuro amanecer de la historia este clan ha avanzado hacia la batalla; sus trofeos están en todas las manos; su nombre está en todos lados; es más antiguo que todas las naciones; su símbolo es el martillo de Thor. Pero, como también lo señalé, no suele ser así. Es común que las cosas comunes sean poéticas; pero no es tan común que los nombres comunes sean poéticos. En la mayoría de los casos, el nombre es el obstáculo. Muchas personas piensan que esta declaración –la de que todas las cosas son poéticas– es solo un asunto de ingenio literario, un juego de palabras. Es todo lo contrario. La idea de que algunas cosas no son poéticas es el verdadero juego de palabras, lo verdaderamente literario. La palabra semáforo no tiene nada de poético. Pero la cosa semáforo no carece de poesía: es un lugar donde los hombres, en medio de una agonía de ojos muy abiertos, encienden fuegos del color de la sangre y del agua del mar para salvar a otros hombres de la muerte. Esa es la simple y genuina descripción de un semáforo. La prosa solo aparece con la manera como se le denomina. La palabra buzón no tiene nada de poética. Pero la cosa buzón no carece de poesía: es el espacio al que amigos y amantes le confían sus mensajes, conscientes de que cuando lo hagan serán sagrados, y no podrán ser tocados, no solo por otros, sino también (¡toque sagrado!) por quien acaba de depositarlo. Esa torrecita roja es uno de los últimos templos. Poner una carta y casarse están entre las pocas cosas enteramente románticas que quedan; porque para que una cosa sea romántica debe ser irrevocable. Pensamos que un buzón es prosaico, porque no hay con qué hacerle rima. Pensamos que un buzón es prosaico porque nunca lo hemos visto en un poema. Pero los hechos contundentes se inclinan del lado de la poesía. Un semáforo solo recibe el nombre de semáforo, pero es un lugar de vida o muerte. Un buzón solo recibe el nombre de buzón, pero es un santuario de las palabras humanas. Si piensas que el nombre "Smith" es prosaico, no se debe a que seas práctico y sensible; se debe a que estás muy afectado por refinamientos literarios. El nombre grita en tu rostro la palabra poesía. Si piensas de otro modo, se debe a que estás impregnado y saturado con reminiscencias verbales, a que recuerdas todo lo que se ha escrito en revistas sobre Mr. Smith borracho o Mr. Smith recibiendo cantaleta. Todas estas cosas te fueron concedidas con poesía. Solo a través de un largo y elaborado esfuerzo literario has conseguido hacer que sean prosaicas.



[1] “Smith”, cuya traducción es “Herrero”, suele usarse en inglés como ejemplo de apellido muy común, como Pérez o García en español.




jueves, 13 de febrero de 2020

Mensaje que no vas a leer





Me pregunto qué sentido tiene escribir un mensaje que no vas a leer. Porque no lo vas a leerlo, ¿cierto? Dijiste: “Yo voy a cerrar este email y no voy a leer tu respuesta”.
De manera que estoy escribiendo para nadie… o sí, para ti; pero como no vas a leer lo que estoy escribiendo –como no lo estás leyendo–, es como si escribiera para nadie, a pesar de que tengo cosas para decir que a lo mejor diga, y a lo mejor no, porque si a uno no le van a leer los mensajes que envía qué sentido tiene que envíe los mensajes y, lo que es más absurdo, qué sentido tiene que los escriba.
Hace unos días, en Manhattan, hablaba justamente de eso con una chica a la que conocí en una librería. Bueno, no propiamente de este mensaje que tú no estás leyendo… No lo estás leyendo, ¿cierto?... hablábamos de que todo el que escribe alienta la esperanza de ser leído. La noción de cantidad no es importante –no debería ser importante–, aunque no falta quien tenga un número preciso de lectores en mente, a veces un número muy grande. En cuanto a la calidad, supongo que uno aspira a que sea decente… la de la lectura, digo. Tampoco falta el que tenga en mente a las personas específicas a quienes quiere que les llegue lo que escribe. Yo por ejemplo te tengo en mente mientras escribo este mensaje, a pesar de que sé que no lo vas a leer… Porque no lo vas a leer, ¿cierto?
¿No lo estás leyendo?... Qué tonto soy, hasta me detengo a esperar respuesta, como si la palabra escrita hablara... respondiera. La palabra escrita sólo habla… bueno, es un decir, simula decir e ignora a su interlocutor. No creo que lo ignore por grosería, lo ignora por cuestiones prácticas, porque rara vez aquel a quien se habla, tenga o no nombre propio, sea la cantidad grande o pequeña, se encuentra presente cuando se le escribe. En ese caso, en el caso de que estuviera presente, no tendría sentido que se le escribiera. Aunque, casos se han visto. Digo, casos de gente que le escribe a otra cuando muy bien podría alzar la cabeza y hablarle directamente a quien se dirige.
El ejemplo que he dado es el más simple y el más civilizado. También he visto casos de gente que escribe "en" la persona a quien se dirige y escribe de tal modo que, por más que lo intente, la persona a quien se dirige (y habría que preguntarse si de veras se dirige a esa persona o sólo la usa como papel… mágico, grimorial, ceremonial; pero papel al fin y al cabo) es incapaz de leer lo que le ha sido escrito, porque las palabras de tinta húmeda e intimante se encuentran en parajes del cuerpo donde los propios ojos no llegan por más que lo intente, por más piruetas que pretenda hacer con espejos… Nada. Mensaje recibido, pero no recibido. Recibido de otro modo. Recibido, no por los ojos, sino por ósmosis de zonas de piel bastante sensibles, leído por el inconsciente, mucho más eficaz por el uso de ese atajo de células para alcanzar la esencia: en el más profundo centro, como diría Juan de Yepes.
Pero, en fin. He perdido el hilo y ni siquiera estoy seguro de que haya dicho lo que te quería decir... y, ahora que lo pienso, ni siquiera es necesario que te lo diga, porque si no lo vas a leer… No lo estás leyendo, ¿cierto?... da igual que te escriba lo que te quería decir.
Quizá sea suficiente que lo piense, que sería como escribirlo en la piel del viento, y esperar a que haga su camino hasta tu más íntimo ser, ese que entiende sin saber, ese que observa sin mirar, ese que tiene en cierto modo la curiosa perspectiva de lo eterno.

Desde esa perspectiva no hay problema, no es necesario mensaje, ni palabras, ni papel, porque todo es claro, siempre lo ha sido. Allá no llegan los engaños y autoengaños con los que acomodamos los asuntos de este mundo para que no estorben o duelan… engaños y autoengaños con los que acomodamos la imagen de la gente a nuestro amaño… Esto casi que rima: engaños con amaños. Me estoy poniendo poético, o al menos musical, y es verdaderamente absurdo ponerse uno poético cuando no lo van a leer… Porque no me estás leyendo, ¿cierto? Leerme sería contradecirte, romper tu propia palabra –y tienes palabra, ¿cierto?–, y además sería una pérdida de tiempo, porque he decidido que al fin no te digo lo que pensaba decirte. Pues, qué sentido tiene, si no vas a leerlo.








jueves, 6 de febrero de 2020

Julio César

Prólogo del libro Regreso al centro
que reúne mis columnas publicadas en el periódico Centrópolis, de Medellín


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La columnas de Centrópolis


Nos conocimos el primer día de clases en primero de primaria y desde ese momento nos habituamos a la presencia del otro sin sobresaltos, sin ser invasivos, sin querer apurarnos, como si ya supiéramos que la amistad sería larga. De aquellos días recuerdo su melena abundante y ondulada, que con el tiempo asocié con la melena de Beethoven. Su apariencia y su actitud eran las de un genio inquieto que aún no había descubierto en qué consistía su genialidad. Estudiamos en el mismo colegio la primaria y el bachillerato. Hicimos la misma carrera de comunicación social. Nos apasionaban cosas similares: el cine, la literatura, el periodismo.
Después de graduarnos nos perdimos la pista durante casi veinte años. Por conversaciones con amigos comunes me enteré de que Julio César Posada había finalmente encontrado qué hacer con su genialidad: un día de crisis existencial se había sentado a pensar lo que haría con el resto de su vida, pensó en las cosas que le gustaban, en las que no le gustaban (como trabajar para uno de los periódicos de Medellín), pensó en las cosas que se podían hacer y en las que parecían imposibles pero que él creía que se podían hacer. Así empezó una revolución en el periodismo colombiano que todavía nadie se ha atrevido a reconocer y valorar.
Julio  César decidió que en lugar de hacer periódicos dirigidos a países enteros, a departamentos o a ciudades, habría que pensar en periódicos dirigidos a comunidades específicas: a barrios, a sectores dentro de una ciudad; medios que le hablaran a la gente del verdadero mundo en que vivían, de las personas que se cruzaban al salir de sus casas, de las actividades de las que podían formar parte, del negocio de la esquina o de dos cuadras más allá. Pero la revolución no terminó allí. A Julio también se le ocurrió que, en lugar de cobrarles a los lectores, el periódico llegaría gratis a las casas y locales, a hoteles, bibliotecas, hospitales, a todos los lugares donde pudiera haber alguien interesado en su contenido; los anunciantes correrían con los costos. La aventura ya lleva veinte años y las cosas no han sido fáciles, pero tendremos que esperar a que el mismo Julio César escriba sus memorias, o un Plutarco se le mida a la tarea, para conocer los detalles de esa historia.
Por lo pronto quiero decir que hace como tres años Julio y yo volvimos a encontrarnos, gracias a la magia del internet, y que muy pronto estábamos planeando la manera de que yo escribiera columnas de opinión en Centrópolis, el periódico del centro de Medellín. Fue fácil encontrarle un valor simbólico al asunto: abrí los ojos al mundo en el centro de Medellín y, a pesar de los desplazamientos y los años, sigo siendo ese niño que era cuando vivía allí. Escribir columnas de opinión, por otra parte, se me ha vuelto con el tiempo una cosa natural. Al lado de la lenta gestación de los textos literarios, escribir columnas de prensa permite una salida rápida, fresca y directa hacia el mundo, un contacto muy cercano con numerosos lectores. Yo llevaba casi quince años escribiendo columnas de opinión en periódicos de Cartagena, con el seudónimo de un anciano; pero la oportunidad que Julio me daba en Centrópolis implicaba empezar a opinar con mi propio nombre, despojarme de la máscara y encontrar mi propia voz. 
Las columnas que aquí se reúnen son el testimonio de esa búsqueda. También son, en cierto modo, el regreso a ese centro que sigue siendo el centro de casi todas mis búsquedas.

Oneonta, agosto de 2009.