Texto publicado en El Universal el 13 y
14 de abril 1993
Foto: María Paula Escobar Olarte
I. Al calor de los muertos
Poco a poco, a medida que la noche se
acomoda, el fuego se apodera de las tumbas.
Cuando el día aún era día, numerosos
vendedores se instalaron en la puerta. Con las sombras fue aumentando el
desfile de personas, todas llevando en sus manos velas, cirios y velones. Una
extraña procesión se ha derramado de las casas, se ha escurrido por las calles
y ha llegado al Cementerio. Esa noche se celebra una fiesta paradójica y
extraña.
Es Miércoles Santo, la Semana Mayor es
un hecho. Ya pasó “el paso robado”. Ya hubo Procesión de Ramos. Ha llegado el
momento de hacer la visita nocturna a los muertos, de encenderles un fuego, de
orar ante sus tumbas, de hablar y recordar, de volver a encender velas que se
apagan, de dejar transcurrir lentamente la noche, evocando caricias o timbres
de voces, releyendo inscripciones, observando con dulce nostalgia las llamas.
