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martes, 2 de diciembre de 2014

TELONES DE PAPEL. El cine en la obra de Julio Cortázar

Ponencia presentada en el encuentro de críticos de cine organizado en Pereira, en octubre de 1997. Texto incluido en Un tal Cortázar y otros pasos en las huellas.




Antes de entrar a definir el territorio de esta charla, quiero leer un fragmento de ‘Queremos tanto a Glenda’, el cuento que dio nombre al libro de relatos publicado por Julio Cortázar a finales de 1980:
“Uno va al cine o al teatro y vive su noche sin pensar en los que ya han cumplido la misma ceremonia, eligiendo el lugar y la hora, vistiéndose y telefoneando y fila once o cinco, la sombra y la música, la tierra de nadie y de todos allí donde todos son nadie, el hombre o la mujer en su butaca, acaso una palabra para excusarse por llegar tarde, un comentario a media voz que alguien recoge o ignora, casi siempre el silencio, las miradas vertiéndose en la escena o la pantalla, huyendo de lo contiguo, de lo de este lado.”
Quiero aprovechar esta descripción de la fuga, para proponerles -como tantas veces lo hizo Cortázar- que huyamos a lo otro, al otro lado de las relaciones entre el cine y la literatura, y nos instalemos por un momento en el mundo de la palabra escrita.
 Soy consciente de que este lado -el del cine- también daría bastante que decir a propósito de Julio Cortázar. En la memoria de muchos de nosotros aún quedan imágenes de Blow up, la película de Antonioni inspirada en el cuento de Cortázar Las babas del diablo. Larga es la lista de relatos de Cortázar llevados al cine: Circe’, ‘Cartas de mamá’, ‘Continuidad de los parques’, ‘El ídolo de las Cícladas’, ‘El otro cielo’, ‘Pérdida y recuperación del cabello’ y hasta ‘El perseguidor’, con música de Gato Barbieri.


Se han hecho versiones cinematográficas en torno a algunos apartes de Rayuela y, como hecho curioso, la televisión colombiana fue testigo de la única versión de Los Premios, la primera novela de Cortázar, una completa tragedia escenográfica en la que lo único rescatables eran las escenas en que Amparo Grisales se bañaba en su camarote de cartón-paja.
Pero, en lugar de proponerles un recorrido por la filmografía cortazariana, quiero invitarlos a un paseo por la obra del escritor argentino, sin duda uno de los autores latinoamericanos que mayor atención han concedido al cine en su obra literaria, al lado del también argentino Manuel Puig, el cubano Guillermo Cabrera Infante y el mexicano Carlos Fuentes.
Un recorrido como éste nos permitirá apreciar un asombroso catálogo de la historia del cine y, al mismo tiempo, servirá como testimonio para entender la forma como el cine se asoma e influye en las demás manifestaciones del arte, específicamente en las obras literarias.
Desde sus primeros relatos, cuando sólo era un modesto profesor de provincia en la Argentina, Cortázar menciona directores de cine para alinderar su propia cultura, que ya entonces era amplia.
En Distante espejo, un relato de 1943, sólo publicado tras la muerte de Cortázar, Gabriel Medrano, el alter-ego de ocasión, describe su vida en Chivilcoy de la siguiente manera:
“Agregaré, para ilustración total del ambiente en que me muevo, lo poco que resta de sus elementos: poemas en abrumadora cantidad, la quinta edición de Noticias Gráficas, una botella de whisky Mountain Cream, un tablero de cartón donde arrojo discretamente el cortaplumas, reproducciones de cuadros de Gauguin, Van Gogh y Giotto (...) y algunas pocas salidas al cine, cuando por inexplicable equivocación la empresa local trae una película de René Clair, de Walt Disney, de Marcel Carné”.
En su primera novela, El examen, una historia marcadamente autobiográfica, escrita en 1950, publicada también después de su muerte, Cortázar recurre al mismo mecanismo para definir sus hallazgos al regresar a Buenos Aires, donde se encontró con corrientes culturales y artísticas que su vida de provincia le había negado.
Allí vemos la primera mención de Chaplin -por quien siempre sintió una deuda de gratitud- y del Acorazado Potemkim, una de las películas preferidas de Cortázar, que reaparecería años después, en “Rayuela”, como la preferida de la Maga.
En 1951, pocos meses después de la publicación de su primer volumen de relatos, Bestiario, Cortázar viajó y se radicó de manera definitiva en París.
Mucho se ha dicho sobre el profundo significado de este viaje en la vida y en la obra de Cortázar. Como él mismo lo expresó, París fue su camino de Damasco y, al caer de su caballo imaginario, Cortázar comprendió que el mundo y el arte eran mucho más amplios y complejos que lo que había podido intuir desde la Argentina.
En Francia, Cortázar tuvo acceso a manifestaciones artísticas definitivas en la evolución de su obra y, a la influencia de la literatura misma, sumó la creciente influencia de la música, la pintura y el cine.
Ya para 1960, año de la publicación de la novela Los Premios, el cine es un tema recurrente en las conversaciones de los personajes. En diversos momentos y circunstancias, hay en Los Premios referencias a Boris Karloff, James Dean, Errol Flyn y, en una de las escenas más divertidas de la novela, la caótica conversación entre Atilio Presutti, la Nelly, doña Rosita y doña Pepa, desfilan -como animales de circo- Esther Williams, Norma Talmadje, Lilian Gish, Marlene Dietrich, Charles Boyer y Lo que el viento se llevó.
Con todo y el desfile, hasta ese momento, la presencia del cine en la obra de Cortázar es sólo referencial. Es en “Rayuela”, la famosa antinovela publicada en 1962, donde el cine ocupa un papel protagónico.
Ya en el primer capítulo del libro podemos leer:
“Y entonces en esos días íbamos a los cineclubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsiva previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien y que Pabst y que Fritz Lang”.
En el capítulo 60, Morelli −el escritor en permanente reflexión sobre su arte– hace una lista de reconocimientos, de deudas de gratitud, que no alcanzó a incorporar en su obra publicada. Allí, en medio de escritores, pintores, músicos y antiguos poemas épicos, aparecen Buñuel, René Clair y hasta Chaplin “tachado con un trazo muy fino, como si fuera demasiado obvio para citarlo”.
En Rayuela, el cine se convierte en herramienta estilística con usos diversos. Por un lado, decenas de títulos de películas aparecen camufladas en diferentes momentos narrativos. Veamos algunos ejemplos. Aquí, en medio del relato, aparece una película de Hitchcock:
“Traveler se asomó al pozo caliente, miró la calle donde un diario abierto se dejaba leer indefenso por un cielo estrellado y como palpable. La ventana del hotel de enfrente parecía más próxima de noche, un gimnasta hubiera podido llegar de un salto. No, no hubiera podido. Tal vez con la muerte en los talones, pero no de otra manera. Ya no quedaban huellas del tablón, ya no había paso.”
Y aquí, en este juego de palabras, una actriz:
“Porque en realidad él no le podía contar nada a Traveler. Si empezaba a tirar del ovillo iba a empezar a salir una hebra de lana, metros de lana, lanada, lanagnórisis, lanatúrner, lannapurna, lanatomía, lanata, lanatalidad, lanacionalidad, lanaturalidad, la lana hasta lanaúsea pero nunca el ovillo”.
También un par de cintas de los hermanos Marx:
“Órbitas aisladas, de vez en cuando dos manos que se estrechan, una charla de cinco minutos, un día en las carreras, una noche en la ópera, un velorio donde todos se sienten un poco más unidos”.
Quizá la presencia más notoria del cine en el estilo de Cortázar, es la utilización de actrices famosas para caracterizar sus personajes. El recurso se utiliza con tanta frecuencia que podría decirse que es un rasgo distintivo del estilo Cortázariano.
En el capítulo 48 de Rayuela, cuando Oliveira regresa a Buenos Aires, encuentra en el puerto a su viejo amigo Traveler y a la esposa de éste, Talita, “con un gato en una canasta y un aire amable y Alida Valli”.
Más adelante, en un patio bonaerense, la Cuca “sacaba una polverita y se arreglaba con un gesto de directora clínica, algo entre Madame Curie y Edwidge Feuillère.
Y en el capítulo 92:
“Pola tocaba a veces la guitarra, recuerdo de un amor de altiplanicies. En su pieza se parecía a Michelle Morgan, pero era resueltamente morocha.”
Pero no es sólo a nivel formal que se da la presencia del cine en Rayuela.
En la pasión con que el doctor Ovejero -el director del manicomio- guarda una foto de Mónica Vitti, podemos ver los principios de un fetichismo que será desarrollado de manera más amplia en obras posteriores.
A partir de Rayuela, el cine deja de ser una referencia o un simple tema de conversación, y pasa a formar parte de las pasiones, obsesiones y fantasmas de los personajes de Cortázar. En el capítulo 32, la Maga le dice a su hijo Rocamadour:
“Horacio me trata de sentimental, de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkim y hay que verlo así se caiga el mundo.”
Ahora el cine se conecta con las obsesiones más íntimas de los personajes. La Maga se conmueve una y otra vez con ese cochecito que rueda sin esperanza por las escalinatas del puerto de Odessa.
Talita, por su parte, “tasca el freno de unos celos puramente artísticos en la oscuridad del cine Presidente Roca”, y lleva a su esposo Traveler a reconciliarse con la vida viendo a Marilyn Monroe.

* * *

En la última novela de Cortázar, Libro de Manuel, publicada en 1973, uno de los hilos narrativos principales es un sueño del protagonista que transcurre en un extraño teatro de cine.
El personaje intenta, a lo largo de la obra, encontrarle respuesta al enigma de ese sueño, a la extraña disposición de las sillas en el teatro y al filme de misterio de Fritz Lang que se proyectaba en el telón.
Como un reconocimiento adicional al estrecho vínculo que existe entre el cine y la cultura contemporánea, La Joda, el grupo de la novela, tiene entre sus actos de subversión el sabotaje a las películas que más emoción producen en los espectadores.
“Y entonces justo cuando la Brigitte comienza a convertir la pantalla en uno de los momentos estelares de la humanidad, o más bien en dos y qué dos, che, eso no se impugna ni contesta (...), en ese momento justo Patricio se levanta y produce un espantoso alarido que dura y dura y dura ...”
 El cine reaparece en otro de los clímax de la novela, el momento en que Lonstein encuentra alguien dispuesto a escucharle su elaborada apología de la masturbación:
“Como a mí no me funciona la pareja y las mujeres me salen aburridas en todos los planos, he tenido que crear mi propia dialéctica onanista, mis fantasías todavía no escritas pero tanto o más ricas que la literatura erótica.”
A estas palabras, Andrés Fava, el alter ego de Cortázar responde:
“En fin, cuando yo me masturbaba a los quince o dieciséis años lo hacía imaginándome que tenía en los brazos a Greta Garbo o Marlene Dietrich, cosa que, como ves, no era una pavada, de manera que se me escapa el mérito especial de sus fantasías.”
Escuchemos a Lonstein, antes de dejarlo a solas con su onanismo:
“No es tanto por ese lado, aunque también admite desarrollos más vertiginosos de lo que te imaginas con tus Gretas y tus Marlenes, pero lo que cuenta es la ejecución, y en eso está el arte. Para vos la cosa es una mano bien empleada, ignorás que precisamente el primer peldaño hacia la verdadera cúspide del fortrán consiste en la eliminación de toda ayuda manual.”




* * *

Y así llegamos a nuestro punto de partida, el cuento Queremos tanto a Glenda, publicado por Cortázar en 1980.
Queremos tanto a Glenda nos cuenta la historia de un núcleo de personas que se encuentran y se unen en torno a su admiración desaforada por la actriz de cine Glenda Garson.
Las películas que se le atribuyen a la actriz idolatrada (El látigo, El fuego en la nieve Los frágiles retornos, El uso de la elegancia) terminan por aclarar que se trata de una versión literaria de la actriz inglesa Glenda Jackson.
Con el paso del tiempo y las películas, el núcleo comprende que su misión va mucho más allá de reunirse después del cine a comentar la actuación de Glenda Garson.
Gracias a la solvencia económica que Cortázar le concede a uno de los personajes (lo hace socio de Howard Hughes en unas minas de estaño en el Paraguay), el núcleo se impone la tarea de recoger todas las copias existentes de las películas menos perfectas de Glenda Garson (aquellas estropeadas por los directores, nunca por Glenda) para arreglarlas haciendo cambios en la edición.
Aquí el relato se parece a Pérdida y recuperación del cabello, un cuento publicado en Historias de cronopios y de famas, ya que los personajes rastrean el mundo entero, llegan incluso a invadir filmotecas privadas en los Emiratos Árabes para recuperar todas las copias de las películas y regresarlas luego modificadas.
Cuando la tarea ha terminado, el Núcleo recibe con alegría la noticia de que Glenda Garson se retira del cine y entienden que ese es el final justo y oportuno para una carrera sin mácula.
Pero la historia cambia de rumbo un año más tarde, cuando la actriz siente nostalgia del cine y decide regresar. Al conocer esta noticia, el Núcleo sostiene la última y más tensa de sus reuniones, al final de la misma tienen claro lo que hay que hacer para impedir que Glenda destruya la perfección alcanzada. Irazusta, el adinerado de la historia y uno de los fundadores del Núcleo, se encargara de todo, y todo, para decirlo en pocas palabras, está prodigiosamente condensado en la última frase del relato:
“Queríamos tanto a Glenda que le ofreceríamos una última perfección inviolable. En la altura intangible donde la habíamos exaltado, la preservaríamos de la caída, sus fieles podrían seguir adorándola sin mengua; no se baja vivo de una cruz”.

Hasta aquí, ‘Queremos tanto a Glenda’ no es más que un cuento en el que Cortázar rinde homenaje al cine y a una actriz amada.
Lo sorprendente, lo que hace de este relato y sus circunstancias algo fuera de lo común, ocurrió dos semanas después de la aparición en México de la primera edición del libro Queremos tanto a Glenda.
Cortázar estaba en San Francisco dictando un curso en la Universidad de Berkeley. Por una circunstancia divertida, que todavía podía llamarse coincidencia, estaba anunciada en un teatro local una película titulada Hopscotch, justamente el título con que había sido publicada en inglés la novela “Rayuela”.
En este punto resulta oportuno subrayar la importancia que Cortázar concedió en su vida a esos extraños encuentros, a esas insólitas figuras que construye la realidad y que la gente llama comúnmente coincidencias.
Para Cortázar, las coincidencias eran algo así como mensajes cifrados que provienen de otros niveles de la realidad. Se negaba a creer que ciertas conexiones fueran un producto gratuito del azar.
Justamente las figuras, como las llamó, son uno de los componentes más poderosos de su obra. En Rayuela, los personajes se mueven por las calles de París atentos a esas señales que casi nadie percibe, a esos instantes fugaces en que otras dimensiones parecen revelarse. Otra novela de Cortázar 62/ Modelo para armar explora de manera exhaustiva la idea de que, más que nuestras pasiones o psicologías, lo que rige la vida de los hombres son movimientos triviales, exteriores a nosotros y casi siempre inexplicables.
 Por eso significó tanto para Cortázar descubrir que la protagonista de la película con el nombre de su novela era, y no podía ser otra, que Glenda Jackson:
“Todo se dio en un segundo, pensé irónicamente que había venido a San Francisco para hacer un cursillo con estudiantes de Berkeley y que íbamos a divertirnos con la coincidencia del título de esa película y el de la novela que sería uno de los temas de trabajo. Entonces, Glenda, vi la fotografía de la protagonista y por primera vez fue el miedo. Haber llegado de México trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar una película que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía ya como una bonita jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así; pero eso no era todo, eso no era nada...”
Dejemos que el mismo Cortázar cuente la historia en Botella al mar, una carta abierta a Glenda Jackson escrita al calor de la emoción y publicada posteriormente en Deshoras, su último libro de relatos:
“Abreviaré un resumen que poco nos interesa ya. En la película usted ama a un espía que se ha puesto a escribir un libro llamado Hopscotch, a fin de denunciar los sucios tráficos de la CIA, del FBI y del KGB, amables oficinas para las que ha trabajado y que ahora se esfuerzan por eliminarlo. Con una lealtad que se alimenta de ternura usted lo ayudará a fraguar el accidente que ha de darlo por muerto frente a sus enemigos; la paz y la seguridad los esperan luego en algún rincón del mundo. Su amigo publica Hopscotch, que aunque no es mi novela deberá llamarse obligadamente Rayuela cuando algún editor de best-sellers la publique en español. Una imagen hacia el final del libro muestra ejemplares del libro en una vitrina, tal como la edición de mi novela debió estar en algunas vitrinas norteamericanas cuando Patheon Books la editó hace años. En el cuento que acaba de salir en México yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscoth. Usted, como siempre, es joven y bella en la película, y su amigo es viejo y escritor como yo. Con mis compañeros del Club entendí que sólo en la desaparición de Glenda Garson se fijaría para siempre la perfección de nuestro amor; usted supo también que su amor exigía la desaparición para cumplirse a salvo. Ahora, al término de esto que he escrito con el vago horror de algo igualmente vago, sé de sobra que en su mensaje no hay venganza sino una incalculablemente hermosa simetría, que el personaje de mi relato acaba de reunirse con el personaje de su película porque usted lo ha querido así, porque sólo ese doble simulacro de muerte por amor podía acercarlos. Allí, en ese territorio fuera de toda brújula usted y yo estamos mirándonos, Glenda, mientras yo aquí termino esta carta y usted en algún lado, pienso que en Londres, se maquilla para entrar en escena o estudia el papel de su próxima película”.

* * *

Así, con esa incalculablemente hermosa simetría, con ese viejo escritor que se mira a los ojos con la actriz amada en otro nivel de realidad, llega a su punto culminante la presencia del cine en la obra de Julio Cortázar.
El cine fue referencia constante, guiño, metáfora, pasaje (la oscuridad del teatro fue un camino para llegar a lo otro: como los puentes, el metro o los tablones) y, lo más importante, el cine se instaló en la obra de Cortázar como uno de sus fantasmas principales, centro de sus obsesiones y figura protagónica en esa película de perseguidores y perseguidos que fue toda su obra.
Quizá ningún otro escritor latinoamericano entendió como él, que el cine es una prodigiosa extensión de los mismos sueños, las mismas fantasías, los mismos horrores que por siempre han estremecido al hombre cada vez que se ha quedado a solas consigo mismo en la tierra de nadie, allí donde todos son nadie.








domingo, 23 de junio de 2013

Rayuela: El destino de un clásico


Leer el texto en Generación

Por Gustavo Arango

Si la imitación y el plagio son virtudes, Julio Cortázar es un gran escritor. Así empezaba la primera crítica que recibió Rayuela poco después de ser publicada por la editorial Sudamericana de Buenos Aires, con un tiraje de 5 mil ejemplares, en junio de 1963. Así empezó su aventura entre los lectores y la crítica una novela que llegaría a ser símbolo de la literatura latinoamericana. Una afortunada confluencia de factores contribuyó a convertir en un clásico la novela de Cortázar. Pero el libro del que ahora se celebra medio siglo es distinto al que leyeron las generaciones del pasado.


Un año después de la publicación de Rayuela, en una carta dirigida a Roberto Fernández Retamar, Cortázar destacó la presencia, por primera vez, de un público lector que distinguía a sus propios autores en vez de relegarlos y dejarse llevar por el snobismo del escritor europeo o yanqui de moda. Cortázar era consciente de la trascendencia de los cambios que se estaban dando: Cuando yo tenía 20 años, un escritor argentino llamado Borges vendía apenas 500 ejemplares de algún maravilloso tomo de cuentos. Hoy cualquier buen novelista o cuentista rioplatense tiene la seguridad de que un público inteligente y numeroso va a leerlo y juzgarlo”.
Para Cortázar lo más importante de Rayuela fue su recepción entusiasta entre los jóvenes. Había escrito la novela que su tiempo pedía. América Latina era sacudida por vientos de cambio, de búsqueda de identidad, motivados en buena parte por la revolución cubana. “La idea de Rayuela es una especie de petición de autenticidad total del hombre, que deje caer, por un mecanismo de autocrítica y de auto-revisión despiadada, todas las ideas recibidas, toda la herencia cultural, no para prescindir de ella, sino para criticarla.
Parte del éxito de Rayuela está en que trascendió el ámbito latinoamericano. En abril de 1967, un año después de la publicación de Hopscotch (la traducción al inglés de Rayuela hecha por Gregory Rabassa), Cortázar recibió en Estados Unidos uno de los recién creados National Book Awards para traducciones. En otoño de ese año, en la revista Novel, apareció por primera vez en ese país un estudio extenso sobre su obra. James Irby, el autor del estudio, vinculaba a Cortázar con Cervantes y afirmaba que Rayuela era una meritoria renovación de la empresa loca propuesta hace siglos en España por el más grande de los antinovelistas. Un reseñista de The New Republic llamó a Rayuela la más poderosa enciclopedia de emociones y visiones que ha emergido de la generación de escritores internacionales de la posguerra. No todo fueron elogios. En The New York Review of Books, John Wain calificó a Rayuela como “monumentalmente aburrida”. Pero el hecho de que la literatura latinoamericana despertara interés en los Estados Unidos contribuyó al interés de los latinoamericanos por sus propios autores.
Uno de los hechos decisivos en la valoración de Rayuela fue la defensa que Carlos Fuentes hizo del libro. En A demanding novel” (Una novela exigente), una reseña publicada en la revista norteamericana Commentary, Fuentes destacó que el Times Literary Supplement de Londres había calificado a Rayuela comola primera gran novela de Hispanoamérica. La reseña era una respuesta a John Wain, quien también había dicho que Rayuelanarra una vida vacía de significancia, incapaz de atrapar la atención de un lector de novelas. Para Fuentes, ese mismo vacío, ahora con un sentido profundamente latinoamericano, era el que podía apreciarse en las películas de Buster Keaton o en personajes como el Mersault de Albert Camus y el Roquentín de Jean Paul Sartre.
Rayuela despertó más interés en Estados Unidos que en Francia, donde Roger Caillois un promotor de la literatura latinoamericana y el primero en divulgar a Borges en ese país se negó a publicarla con Gallimard por considerarla una obra cosmopolita que no refleja ni la situación ni la sensibilidad específica del homo latinoamericanus”. En 1967, cuando por fin salió la edición en francés, con el título de Marelle, los críticos no mostraron entusiasmo. Según Ugnë Karvelis, la segunda esposa de Cortázar, los franceses no reconocieron el “homenaje sofisticado a la literatura francesa”, ni apreciaron “uno de los más bellos libros contemporáneos que se han escrito sobre París.
Con todo y las inconsistencias de la crítica, Francia y Estados Unidos fueron decisivos en el éxito de Rayuela y en la perspectiva latinoamericana que llegó a tener el Boom. En 1966 apareció en París la revista Mundo Nuevo, dirigida por Emir Rodríguez Monegal, y su primer número incluía una entrevista a Carlos Fuentes titulada Situación del Escritor en América Latina. Al final de una reflexión sobre su obra y sobre los nuevos aires del arte en América Latina, Fuentes declaraba: Mis viajes recientes por los Estados Unidos y Europa me han confirmado que hay una apertura de los editores, de los críticos y de los lectores hacia la literatura hispanoamericana”. Fuentes mencionó a Octavio Paz y a Cortázar como los autores más importantes del momento y reconoció los méritos de Vargas Llosa, García Márquez (Acabo de leer las primeras 75 páginas de Cien años de soledad… Son absolutamente magistrales), Rulfo y Borges (a quien reconoce los méritos literarios y reprocha la actitud política). Pero fue Cortázar quien se llevó sus mayores elogios. Cortázar es para mí casi un Bolívar de la literatura latinoamericana.
Al autor de Rayuela lo tenía sin cuidado el futuro de su obra. En una entrevista con Rosa Montero, dijo: “Me pregunto cuál será el destino del libro. Dudo que sea algo más que un inmenso archivo de microfilmes para los historiadores…y anda tú a leer a Rayuela en microfilme. A quién le va a importar. Sería fácil pensar que Cortázar se equivocó en su predicción. Cincuenta años después de su publicación, Rayuela es una novela de culto. Lo que ha desaparecido son los microfilmes. Nuevas generaciones de lectores se identifican con la Maga y Oliveira, y repiten de memoria pasajes como el del beso (“Toco tu boca…”). Pero hay razones para sospechar que pocos exploran a fondo ese libro del que tanto se habla y se hablará por estos días.
Resulta irónico que el éxito que hoy tiene Rayuela se deba en buena parte a las modas y el snobismo. Hoy Rayuela es un libro “importante”, de esos que “hay que leer”, o al menos decir que se leyó, un asunto inevitable al que la gente le da “like”. Pero el espíritu rebelde que le dio origen ha quedado reducido a militancias de redes sociales. Los “lectores inteligentes” y con criterio son de nuevo minoría frente a las multitudes que compran obedientes las novedades que las editoriales, en complicidad con los medios, les imponen. Los buenos escritores enfrentan el dilema entre aceptar las implacables exigencias del mercado o resignarse a la inexistencia. Las dispersas criaturas del futuro, que a Cortázar teníamos sin cuidado, elevamos su Rayuela al pedestal de los clásicos, allá donde se exhiben y se olvidan los libros que quizá podrían salvarnos.








miércoles, 22 de agosto de 2012

Un tal Cortázar, en la Fiesta del Libro de Medellín

La presentación será el domingo 9 de septiembre, a las 7 p.m, en el Salón Linneo del Jardín Botánico.



De la contraportada:

  La obra de Julio Cortázar produjo un efecto liberador en la literatura de nuestro continente. A casi treinta años de su muerte, el escritor argentino sigue cautivando lectores inconformes que buscan escapar de “la gran costumbre”  para saltar a una realidad más verdadera y más enigmática. Personajes como Oliveira, la Maga y los cronopios son ya el patrimonio de varias generaciones y siguen siendo el símbolo de la juventud de espíritu.
Un tal Cortázar tiene el honor de haber sido la primera biografía del  escritor argentino.  Desde su publicación original, en octubre de 1987, este libro ha recibido el aprecio de estudiantes de periodismo y amantes de la literatura.  Para la Facultad de Comunicación Social y la Editorial de la Universidad Pontifica Bolivariana es un motivo de orgullo presentar esta nueva edición ampliada de la obra de uno de nuestros egresados. Este homenaje de un lector agradecido, a uno de sus escritores favoritos, es como una carta de navegación para internarse en el complejo mundo creativo del autor de Rayuela, “El perseguidor” y muchos otros textos que ya son verdaderos clásicos.
Un Tal Cortázar y otros pasos en las huellas incluye crónicas, ensayos y relatos que enriquecen el texto original y nos ofrecen una mirada más completa a la vida y la obra de Julio Cortázar. Los cincuenta años de la publicación de Rayuela y los veinticinco de Un tal Cortázar son una ocasión propicia para volver a asomarnos al mundo fantástico y lúcido del cronopio mayor.

   Para Gustavo Arango, la escritura de Un tal Cortázar fue el inicio de una exitosa carrera en el periodismo, la literatura y los estudios literarios.  Autor de numerosos libros, entre ellos un estudio imprescindible sobre los inicios de Gabriel García Márquez, Arango ha recibido distinciones entre las que se cuentan el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (1992) y el Premio Bicentenario de Novela (México, 2010).Fue editor del suplemento literario del diario El Universal, de Cartagena, y es profesor de literatura latinoamericana de la Universidad del Estado de Nueva York (SUNY), en Oneonta.


Del prólogo a la nueva edición del libro:




Hace un cuarto de siglo comenzó una fiebre que aún no termina. A mis veintidós años, la publicación de Un tal Cortázar parecía el momento culminante de la vida; me costaba imaginar que algún día volvería a vivir una alegría semejante. Pero la pasión por escribir, por publicar libros, apenas empezaba.

El sueño de ser escritor había nacido muy temprano, indeciso, improbable como el sueño de ser astronauta. Con un grupo de amigos de la universidad había publicado Y vaya uno a saber por qué, un folleto de cuentos que nos hizo sentir por primera vez la emoción de ver nuestro nombre y nuestros sueños impresos. Pero fue al terminar de escribir Un tal Cortázar cuando comprendí que el resto de mi vida la pasaría escribiendo.

Ahora puedo admitir que Cortázar, en aquel tiempo, era casi mi única influencia literaria. Después he encontrado otros autores cuyas obras resuenan en mis obras. He pasado largas temporadas sin volver a leer los libros de Cortázar. Ni siquiera he leído completa su obra póstuma. Pero no he dejado de escribir sobre él, de agregar páginas y páginas a ese pequeño libro con que empezó mi vida de escritor.

Un tal Cortázar y otros pasos en las huellas incluye textos que he escrito durante los últimos veinticinco años: crónicas de viaje, investigaciones en archivos, relatos y algunos trabajos críticos. En cierto modo, esos textos posteriores son notas al margen, recorridos por territorios ya vislumbrados en el texto inicial. La versión de Un tal Cortázar que aquí se ofrece tiene algunos ajustes compasivos por parte del autor que ha vivido y ha escrito más.

Tanto para el texto original, como para los escritos posteriores, recibí la colaboración de muchas personas e instituciones. Por su apoyo y consejos durante la escritura de Un tal Cortázar, agradezco a Hernán Escobar Roldán, Mariluz Vallejo y Federico Medina Cano; también, a Juan José García Posada y Eugenia Vélez de González (QEPD), por esas lecturas entusiastas y decisivas de hace veinticinco años. A la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Pontificia Bolivariana, por haber creído y seguir creyendo en el valor de este trabajo. Agradezco a las directivas del diario El Universal, de Cartagena, por darle alas a mi ejercicio del periodismo literario y por permitirme hacer el viaje a París que esta búsqueda necesitaba. A Tomás Eloy Martínez (QEPD), por concederme el honor inmenso de enseñar a su lado y por alentarme a escribir la historia de la recepción de Rayuela. Agradezco también  a la Agencia Española de Cooperación Internacional, por la beca de investigación que me permitió viajar a Madrid y dedicar un buen tiempo a revisar los libros de la Biblioteca Cortázar, en la Fundación Juan March.

La obra de Cortázar abunda en advertencias sobre los riesgos que corren quienes escriben biografías o quienes admiran demasiado. “El perseguidor”, “Los pasos en las huellas” y “Queremos tanto a Glenda” son alarmas contra esa forma del parasitismo y la vanidad. Quizá esta crónica de viaje tras las huellas de Cortázar sólo sea el testimonio del esfuerzo de un sujeto empeñado en aprender esa lección.

Oneonta (Nueva York), agosto de 2012

Contenido 


Una flor amarilla en Montparnasse
Un recorrido por París tras las huellas de Cortázar.

Un tal Cortázar
Reedición del texto original de 1987.

Un lector entusiasta
Una crónica sobre los hallazgos hechos en la Biblioteca Cortázar, en Madrid.
1. Manuscrito hallado en otro bolsillo
2. Opiniones de un lector
3. Todos los sueños el sueño
4. Un texto muy inédito
5. Milagro en la biblioteca
De otros ‘otros lados’  


Telones de papel: El cine en la obra de Julio Cortázar
Rayuela: Entre el cielo y el infierno
Figurando figuras
El sueño de Ariana


Otros libros disponibles en la Fiesta del Libro y la Cultura:


La risa del muerto, Editorial UPB.


El origen del mundo, Ediciones B.


Unos cuantos tigres azules, Ediciones Pluma de Mompox.


El más absurdo de todos los personajes:
Escritores y creación escrita en la narrativa hispanoamericana.
Editorial UPB.