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viernes, 21 de julio de 2017

Por las tierras del oficio más hermoso del mundo

Así empezaron los talleres de la
Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)

Texto publicado en El Universal de Cartagena, el 4 de abril de 1995.



Cada uno de los actos que componen nuestra vida se llena de sentido con el paso de los años.
La evidencia de este hecho se ve por estos días en la sede de un periódico muy viejo con unas salas enormes llamado El Universal.
Después de un largo viaje de décadas, ha regresado lleno de gloria un hombre que dio sus primeros pasos en este diario, y la vida del periódico y del viejo reportero han adquirido un sentido adicional.

Un poco de historia patria
Uno de los mayores motivos de orgullo que tiene El Universal, en sus 47 años de trayectoria periodística, es el de haber servido de escenario para que Gabriel Gar4cía Márquez –el colombiano más célebre de todos los tiempos– diera sus primeros pasos como periodista y empezara a definir su vocación literaria.
En mayo de 1948, García Márquez llegó a Cartagena huyendo del “bogotazo. Tenía veintiún años y su trayectoria, hasta ese momento, se limitaba a dos cuentos publicados en El Espectador y dos semestres de Derecho cursados en la Universidad nacional de Bogotá. Vino a esta ciudad a seguir sus estudios en la Universidad de Cartagena, pero había un tiempo libre que quería aprovechar.
Joven, flaco e inexperto, García Márquez llegó a El Universal –un periódico nuevo, pequeño y contestatario– el 19 de mayo de 1948. Desde ese momento, y hasta finales de 1949, se vinculó a la vida de ese diario y tuvo allí experiencias primordiales.
En la vieja casona de la Calle San Juan de Dios –donde funcionó el periódico durante 43 años–, Gabriel García Márquez convivió con personas decisivas en su formación, entre ellas el jefe de redacción, Clemente Manuel Zabala.
Al lado de ese hombre reservado, nervioso y excesivamente culto –mezcla de indígena y vasco– García Márquez aprendió a torcerle el cuello al cisne de las viejas retóricas, comprendió más claramente los alcances insospechados que puede tener la realidad –capaz de llegar más lejos que la imaginación–y supo del compromiso vital y artístico que significa hacer buen periodismo.
Pero eso no fue todo. El contacto humano con personas como Héctor Rojas Herazo –un telúrico artista de muchos frentes– y Gustavo Ibarra Merlano –un poeta luminoso y profundo– contribuyó a enriquecer aun más aquella experiencia inicial.
Al lado de seres como esos, en medio del fragor del periodismo, escribiendo columnas de opinión, crónicas, discursos o simples noticias, ese joven estudiante de derecho comprendió que jamás sería abogado, pudo ver con claridad su destino de palabras.
Ahí, en esa casa raquítica de la Calle San Juan de Dios, durante los últimos años de la década del cuarenta, Gabito –como le decían entonces a ese joven alegre y promisorio– asistió a su primera escuela de periodismo.

Ha vuelto Gabito
Ahora Gabito ha regresado a El Universal. Después de un largo viaje de décadas, ha vuelto lleno de gloria ese joven reportero que dio susu primerso pasos en este diario.
Ambos, el hombre y el periódico, han cambiado. El uno ha dejado su frágil anonimato de aquel tiempo para ser uno de los escritores más famosos y respetados del planeta, un hombre con un sitio asegurado en la inmortalidad. El otro, ha cambiado de sede, se ha modernizado y es una próspera empresa. Ambos se  parecen muy poco a lo que eran la primera vez que se encontraron.
Pero el motivo del reencuentro llena de significados esa lejana experiencia compartida, cuando ambos sólo eran proyectos esperanzados.

Una escuela de periodismo
En 1994, Gabriel García Márquez volvió a sorprender al mundo al anunciar la creación de una Escuela de Periodismo. En esa ocasión recordó su trayectoria en el que ha denominado 'el oficio más hermoso del mundo' y recalcó la importancia de ese oficio en su carrera literaria.
El anuncio de que la Escuela de Periodismo tendría como sede a la ciudad de Cartagena, se sumó a una serie de actividades y proyectos que Gabriel García Márquez ha adelantado, en los últimos años, con la ciudad como epicentro.
La construcción de la casa de sus sueños, la colaboración incondicional con el Festival de Cine y el hecho de que la ciudad sea escenario, total o parcial, de sus tres últimas novelas, habla de un verdadero romance, del escritor hoy consagrado, con la ciudad que fue testigo de sus primeros pasos.
Ahora la Escuela de Periodismo ha comenzado a trabajar.
Por circunstancias que tal vez nadie consiga explicar completamente, el primer curso de la Escuela se viene realizando en el periódico donde Gabriel García Márquez aprendió a hacer periodismo. Un círculo extraño y enorme de tiempo se ha cerrado en el momento en que ese joven reportero ha regresado, ahora convertido en el maestro.
En la mañana del primer lunes de abril de 1995, ha llegado un grupo de reporteros jóvenes y tímidos –de diferentes partes del país– a recibir las enseñanzas que él quiere proporcionarles.
Muchos de ellos han visto por primera vez de cerca a ese hombre mítico y famoso, han escuchado su voz de hombre satisfecho con la vida que ha forjado.
Y en el fondo de todo eso, rebosante de sentido, cargado de profundas resonancias, está un día remoto de hace cuarenta y siete años, cuando este maestro era un joven tan perdido como ellos que cruzó lleno de susto y de esperanza la puerta de un periódico, ignorando que el secreto que buscaba en ese sitio se veía claramente encima de la puerta que acababa de cruzar.


El Universal, martes 4 de abril de 1995, página cinco.

viernes, 20 de marzo de 2015

Alex Grijelmo: “Las palabras también tienen cromosomas”.

A propósito de los veinte años de la FNPI, 
la crónica de un taller con Alex Grijelmo, en octubre de 1997.
Texto publicado en El Dominical, de El Universal 


Aquello era cosa de locos.
Durante tres días –en el lugar donde solían reunirse, recorriendo lugares históricos, comiendo o tomando cervezas– a ese grupo de lunáticos sólo se le ocurrió hablar de aquello con lo que se habla.
El señor que venía de Cali dijo que a las mujeres con el pecho descubierto era mejor llamarlas torsidesnudas, en lugar de emplear la palabra inglesa topless. La señora argentina decía que no podía imaginarse la vida sin la palabra Marketing. Las chicas mexicanas sostenían que escribir no era lo mismo desde que empezó a sonar el Ejército Zapatista. El señor uruguayo que trabaja en el BID elogió la sinergía de ese grupo, pero el señor Abello se apresuró a decir que prefería la sinergia, y volvió a protestar con humor por la nefasta influencia de la AFP en el español. Alguien contó que su hija había empleado una expresión que lo dejó desconcertado: después de salir de las olas, la niña saboreó su brazo y proclamó contenta: “Sé a mar”. Los locos legaron al consenso de que sí era posible decir una cosa como esa y que “sé” es la conjugación correcta cuando uno proclama su sabor.
Uno de los más entusiastas era el seños de Bogotá. Fue él quien propuso que el encuentro continuara a pesar de la distancia y que entre todos siguieran defendiendo la belleza del idioma.
Y era tanta la pasión y era tanta la obsesión que esa gente parecía una pandilla de Quijotes elogiando a Dulcinea.

El Quijote mayor
El más loco de todos –¿o el más cuerdo?– era el coordinador de aquel asunto: un taller de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (la de García Márquez), dedicada esta vez a los manuales de estilo en los medios de comunicación.
Su nombre es Alex Grijelmo, y es autor de dos obras de consulta obligatoria para cualquier periodista: el Manual de Estilo de El País, de Madrid, y El estilo del periodista, una biblia del idioma que analiza los problemas  e lenguaje más frecuentes en el periodismo y sugiere alternativas que permiten emplear un lenguaje más eficaz.
 Más allá de su preocupación diaria por que en El País se emplee un correcto español, Alex Grijelmo es un hombre que se mueve por el mundo y por la vida pensando en la defensa del idioma. Lo exasperan los eufemismos del comercio (una vez quiso quejarse en un almacén y, como le dieron un formulario de sugerencias, pasó varias horas explicando que no es lo mismo quejarse que sugerir), lo irritan hasta la úlcera  las personas que quieren pasar por cultas y refinadas creando monstruos multisilábicos, y vive a la caza de los gazapos de la prensa de su país (tiene una colección de errores increíbles que podrían exhibirse en una exposición itinerante). Su sueño primordial consiste en conseguir que el idioma no se deforme por el mal uso, por influencias de otros idiomas y, fundamentalmente, que no se disuelva  la unidad que el español brinda a cientos de millones de personas en América y Europa.
Algunos dicen que tarde o temprano, quiéralo o no, será miembro de la Academia Española de la Lengua, y sabe tanto, habla de su tema con tanta pasión, que si no llega a ser académico, peor para la Academia.

Manuales de estilo
Así como defender el buen uso del idioma es más que hablar de gramática y ortografía (es una tarea de defensa y fortalecimiento cultural), así mismo los manuales de estilo son mucho más que pautas con las cuales se elaboran los periódicos.
“El manual de estilo es la defensa del espíritu profesional del periodista, es también un contrato con el lector, nuestra ‘Constitución’, y una de las razones para divulgarlo es que los lectores mismos puedan reclamar cuando sientan que el periódico no está cumpliendo con los principios que proclama en el Manual”.
Detrás de un libro de estilo debe haber alguien que vigile su cumplimiento. No es fácil hacer el Manual (Grijelmo repartió borradores entre los periodistas y muy pocos lo leyeron), tampoco es fácil conseguir que los periodistas se habitúen a consultarlo, ni que acepten que los corrijan, pero es un reto que hay que asumir, una tarea ingrata que alguien tiene que cumplir.
El Manual de Estilo de El País incluye un capítulo dedicado a definir los principios generales de ese diario (en su caso, la independencia es una de sus características primordiales). Otro capítulo se dedica a precisar la definición de los géneros periodísticos (noticia, crónica, reportaje), los demás definen elementos de titulación, tipos de letra, manejo de fotos y gráficos, uso de la firma (“buscamos que firmar un artículo sea un honor, una de las sanciones más frecuentes es quitarle la firma al redactor”), tratamiento y protocolo (no reproducir rumores, rectificar con la mayor presteza), uso de nombres propios (especialmente con los nombres extranjeros se necesita unificar la manera de escribirlos), abreviaciones, números, signos ortográficos, normas gramaticales y hasta publicidad (“porque muchas veces los avisos publicitarios plantean problemas que es necesario tener previstos”).
“La idea es que todas las consultas que se le ocurran al periodista pueda hacerlas en el Manual”, concluye Alex Grijelmo.
Cada edición (el Manual de El País va por la edición número 13) incluye nuevas precisiones cuya necesidad ha sido planteada por el mismo trabajo diario. Pero, por encima de los casos particulares, , en la base de este documento imprescindible en los medios actuales se encuentra la idea de que hasta el más pequeño problema de lenguaje, hasta el más inadvertido error de ortografía, es un problema ético donde está en juego el respeto por los lectores.

El Genio del idioma
Entre los momentos más apasionantes de los días del taller estuvieron aquellos en los que se habló de las bellezas del idioma que nos ha correspondido.
“Las palabras cortas son calientes y las largas, frías”, decía Alex Grijelmo.
“Las metáforas son cometas, siempre hay un hilo que las sostiene”.
Muchas veces habló de “el genio del idioma”, ese espíritu que hace del español una cosa viva, que respira y siente, que va resolviendo las dudas a medida que el mismo idioma crece, evoluciona, se adapta a las mentalidades y geografías. “Las palabras también tienen cromosomas”, decía Grijelmo. “Si conocemos y respetamos la genética de la palabra, podemos entendernos a pesar de la diversidad. Una de las cosas maravillosas del encuentro entre personas de diferentes países es que, a pesar de tener palabras distintas para muchas cosas, conseguimos entendernos. Esa afinidad es obra del  “genio”.
Y en medio de esas charlas desatadas era posible imaginarse a ese ser omnipresente y sagaz, inventando palabras, manteniendo las cosas en orden para que millones de personas pudieran contarse sus sueños.

No diga, diga
Buena parte del taller fue dedicada a resolver casos concretos, a intentar aclarar las dudas más frecuentes que plantea el lenguaje periodístico.
Se habló, por ejemplo, de la lucha que hoy en día se adelanta contra las palabras sexistas (no es lo mismo tipo que tipa) y contra la información discriminatoria (de las noticias que aparecen, sólo el 9 por ciento corresponde a mujeres, y las mujeres que aparecen casi todas trabajan en el mundo del espectáculo).
Se habló de los eufemismos, de como las palabras, sin mentir, deforman, y así, por ejemplo, se le dice reajuste a lo que fue un alza en los precios.
También estuvieron en la mira las “falsas amigas”: evento, chequeo, confrontación, evidencias, nominado, sofisticado, privacidad, todas ellas muy comunes en el lenguaje periodístico, a pesar de que se usan consentido equivocado.
Fueron criticados los que creen que alargándolas palabras se consigue ganar algo, aquellos que prefieren intencionalidad en lugar de intención, señalizar en lugar de señalar, finalidad en lugar del rotundo y monosilábico fin.

Bisbiseo le ha ganado a triquiñuela
Al final –poco antes de despedirse, cuando cada uno se preguntaba con quién podría seguir hablando de ese modo–Alex Grijelmo hizo un memorable elogio del idioma.
“Me gusta la riqueza expresiva del español, sus matices. No es lo mismo oír que escuchar. No es lo mismo empezar, emprender o acometer.
Las palabras que más me gustan son las onomatopéyicas, las que en su sonido contiene lo que expresan. Durante un viaje al África, con un grupo de colegas, hicimos un concurso para encontrar la palabra más bella. Yo gané injustamente con bisbiseo. Otra persona propuso triquiñuela, que me gusta más.
“De español me gusta también la sutileza de los verbos: ‘Si quieres mañana voy a verte’ no es lo mismo que ‘Si quisieras mañana iría a verte’
“Los mismo sonidos del idioma tienen su genética: lo pequeño suele estar lleno de letras i, el sonido de la u es dulce, las cosas grandes suelen ir con la a.
“Ese genio, ese espíritu del idioma, me parece apasionante. Que un continente entero hable una misma lengua, eso es invaluable. No sabemos el tesoro que tenemos”.





viernes, 13 de marzo de 2015

Por las tierras del oficio más hermoso del mundo

La crónica de cuando empezó la FNPI,
la Fundación de Gabo
  El Universal, martes 4 de abril de 1995, página cinco.


Por Gustavo Arango

Cada uno de los actos que componen nuestra vida se llena de sentido con el paso de los años. La evidencia de este hecho se ve por estos días en la sede de un periódico muy viejo con unas salas enormes llamado El Universal.
Después de un largo viaje de décadas, ha regresado lleno de gloria un hombre que dio sus primeros pasos en este diario, y la vida del periódico y del viejo reportero han adquirido un sentido adicional.
Ambos, el hombre y el periódico, han cambiado. El uno ha dejado su frágil anonimato de aquel tiempo para ser uno de los escritores más famosos y respetados del planeta, un hombre con un sitio asegurado en la inmortalidad. El otro, ha cambiado de sede, se ha modernizado y es una próspera empresa. Ambos se parecen muy poco a lo que eran la primera vez que se encontraron.
Pero el motivo del reencuentro llena de significados esa lejana experiencia compartida, cuando ambos sólo eran proyectos esperanzados.

Una escuela de periodismo
En 1994, Gabriel García Márquez volvió a sorprender al mundo al anunciar la creación de una Escuela de Periodismo. En esa ocasión recordó su trayectoria en el que ha denominado ‘el oficio más hermoso del mundo’ y recalcó la importancia de ese oficio en su carrera literaria.
El anuncio de que la Escuela de Periodismo tendría como sede la ciudad de Cartagena, se sumó a una serie de actividades y proyectos que Gabriel García Márquez ha adelantado, en los últimos años, con la ciudad como epicentro.
La construcción de la casa de sus sueños, la colaboración incondicional con el Festival de Cine y el hecho de que la ciudad sea escenario, total o parcial, de sus tres últimas novelas, habla de un verdadero romance, del escritor hoy consagrado, con la ciudad que fue testigo de sus primeros pasos.
Ahora la Escuela de Periodismo ha comenzado a trabajar.
Por circunstancias que tal vez nadie consiga explicar completamente, el primer curso de la Escuela se viene realizando en el periódico donde Gabriel García Márquez aprendió a hacer periodismo. Un círculo extraño y enorme de tiempo se ha cerrado en el momento en que ese joven reportero ha regresado, ahora convertido en el maestro.
En la mañana del primer lunes de abril de 1995, ha llegado un grupo de reporteros jóvenes y tímidos –de diferentes partes del país– a recibir las enseñanzas que él quiere proporcionarles.
Muchos de ellos han visto por primera vez de cerca a ese hombre mítico y famoso, han escuchado su voz de hombre satisfecho con la vida que ha forjado.
Y en el fondo de todo eso, rebosante de sentido, cargado de profundas resonancias, está un día remoto de hace cuarenta y siete años, cuando este maestro era un joven tan perdido como ellos que cruzó lleno de susto y de esperanza la puerta de un periódico, ignorando que el secreto que buscaba en ese sitio se veía claramente encima de la puerta que acababa de cruzar.