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jueves, 9 de febrero de 2023

The Return of G. K. Chesterton

 Imagine What Exists

and other recovered texts

Available in Amazon 


From the editor´s note:


Between 2017 and 2019 I worked in the translation into Spanish of a selection of essays on literature by G. K. Chesterton. For the task, I explored the collections of Chesterton’s papers available at the British Library, the G. K. Chesterton Library (then located at Oxford), and the Harry Ransom Center of the University of Texas, in Austin. As Chesterton’s creative output would suggest, the number of unpublished materials (poems, short stories, essays, and even his characteristic doodles) was impressive. For years, I contemplated the idea of editing a volume with a selection of those materials and, if you have this book in your hands, my procrastination has finally ended.

The texts here included are transcriptions from handwritten essays, notebooks and typescripts encompassing Chesterton’s creative life, since his early years as a member of the Junior Debating Club until weeks before his death. To the best of my knowledge, most of them have never been published. Only a few of the typescripts indicate original publications in newspapers, but none of those has been included in G. K. Chesterton’s collections. Since it is impossible to date most of them, I have opted for a thematic order, building up from excerpts, early writings, considerations on literature and specific authors to Chesterton’s most cherished themes: Catholicism, Distributism and a “Nonsense World.” Any markings or incidental information found in the originals are referenced in the endnotes.

A few comments on some of the texts:

It can be guessed that Chesterton wrote his essay on Walt Whitman in his early twenties (circa 1894), as a prologue to an edition of Whitman’s selected poems which most probably was never published.

“Father Brown in Hollywood” is a letter in which Chesterton expresses his thoughts and expectations about an imminent series of films, in the early 1930s, inspired by his famous priest-detective. The letter could be taken as a reference to appreciate posterior media representations of Father Brown, and to consider how close they are to Chesterton’s vision. In this and other texts without an original title, I have ventured to add descriptive titles.
The essay on Alice Meynell was a fortunate finding, at the Harry Ransom Center (where, by the way, the manuscript of The Man Who Was Thursday is safeguarded). Just a few weeks before, I had reread Chesterton’s Autobiography and found there an intriguing and most praising reference to Mrs. Meynell. This essay confirms Chesterton’s admiration for the today almost forgotten poet and essayist.

The longest essay here included, “By a Roman Convert,” was Chesterton answer to Mr. Arnold Lunn, who in 1924 had published a book criticizing Catholicism by commenting on some prominent converts, such as Cardinal Newman, Hillarie Belloc and G. K. Chesterton. Chesterton’s answer offers an excellent overview of his religious and social ideas, and addresses and dismisses some of the charges some sectors of posterity keep using to impair his legacy. It is not a minor detail —perhaps not completely unrelated to Chesterton’s answer— the fact that Mr. Lunn eventually would convert to Catholicism.

In a few cases, I have reproduced incomplete essays, under the assumption that the surviving fragments are interesting enough. I have done my best effort to decipher Chesterton’s evolving and not always clear penmanship; and, in a couple of articles, I have tried to guess missing words. I have pointed also the very few occasions were guessing would be not only wild, but most probably inaccurate. In a moderate and, hopefully, respectful way I have adjusted punctuation when it seemed necessary. Regarding the images, they speak for themselves.

Table of content:

Editor’s note   9

 

IMAGINE WHAT EXISTS (EXCERPTS FROM NOTEBOOKS)       13

POETRY OF THE PRESENT DAY      27

A POET’S HEART    31

THE SONGS OF A NATION      33

EROS AND PSYCHE, BY ROBERT BRIDGES      35

THE SACREDNESS OF LIBRARIES  39

THE GREAT TRANSLATION   45

THE CLEVER MAN AND THE FAIRY TALES     51

THE SAVAGE AS A POET 55

REALIST AND THE UNREAL   67

THE DISAPPEARANCE OF THE SWORD  73

THE DEFINITION OF THE DRAGON        77

WALT WHITMAN   83

THE BURNS WE LOVE    103

WORDSWORTH     109

A BOOK FOR A DESERT ISLAND     111

DICKENS AND THACKERAY   117

STEVENSON AND THE CULT OF VILLON         123

THE HUMOR OF J. M. BARRIE         129

ALICE MEYNELL   135

FATHER BROWN GOES TO HOLLYWOOD        151

THE MORAL IN MURDER STORIES 157

THE FREEDOM OF MARRIAGE       163

ETIQUETTE AND THE PROFESSORS       167

THE FLAMES OF FREEDOM   173

BY A ROMAN CONVERT 179

A NONSENSE WORLD    205

THE THREE FINGERS    213

 

Notes on the Texts and Pictures 217

domingo, 16 de febrero de 2020

La poesía de las cosas

Un texto de Chesterton en el suplemento Generación de El Colombiano





No hay un tema que no sea interesante. Lo único que puede haber es personas desinteresadas. Necesitamos con urgencia una defensa de los que aburren. Cuando Byron dividió a la humanidad entre los que aburren y los que se aburren, le faltó notar que las cualidades más elevadas están del lado de los primeros y las más bajas del lado de los segundos, entre quienes él mismo se contaba. El que aburre, con su entusiasmo rutilante y su solemne alegría, demuestra que es poético. El que se aburre demuestra que es prosaico.
Puede que nos parezca una molestia contar todas las hojas de hierba o todas las hojas de los árboles; pero esa molestia no se debe a nuestra audacia o nuestra alegría de espíritu, sino a la falta de esos atributos. El que aburre seguirá adelante, con audacia y alegría, y le parecerá que las hojas de hierba son tan maravillosas como las espadas de un ejército. El que aburre es más fuerte y más dichoso que nosotros; es un semidiós —no, es un dios–, porque los dioses son los que no se cansan de la repetición de las cosas; para ellos el anochecer es siempre nuevo, y la última rosa es tan roja como la primera.
El sentimiento de que todo es poético es una cosa sólida y absoluta; no es solo un asunto de fraseología o de persuasión. No solo es cierto, también es verificable. Se puede retar a los hombres a que lo nieguen, a que mencionen algo que no sea material poético. Recuerdo que hace mucho un subeditor sensible se me acercó con un libro cuyo título era El señor Smith o La familia Smith o algo por el estilo. Me dijo: “Te aseguro que no encontrarás aquí nada de tu maldito misticismo”. Me satisface haber demostrado que estaba equivocado; pero la victoria fue muy fácil y obvia. En la mayoría de los casos el nombre no es poético, pero el hecho es poético. En el caso de Smith[1], el nombre es tan poético que debe ser arduo y heroico que un hombre pueda vivir a su altura. Smith es el nombre del único oficio que hasta los reyes respetaban. Un Smith puede reclamar la mitad de la gloria de ese canto de las armas, el arma virumque de los poemas épicos. El espíritu de la herrería es tan cercano al espíritu del canto que se ha mezclado con millones de poemas, y todo herrero es un armonioso herrero.
Hasta los niños del pueblo sienten de manera vaga que el herrero es poético –como no llegan a serlo el verdulero y el zapatero– cuando se regodea en esa danza de chispas y golpes ensordecedores en la caverna de esa violencia creativa. El reposo crudo de la naturaleza, la astucia apasionada del hombre, el más fuerte de los metales terrenales, el más raro de los elementos, el hierro inconquistable subyugado por su único conquistador, la rueda y el arado, la espada y el martillo, la disposición de los ejércitos y toda la leyenda de las armas, todas estas cosas están escritas, ciertamente con brevedad, pero de manera claramente legible, en la tarjeta de visita del señor Smith. Y, sin embargo, nuestros novelistas llaman a su héroe "Aylmer Valence", que no significa nada, o "Vernon Raymond", que tampoco significa nada; cuando podrían haberle dado el sagrado nombre de Smith: un nombre hecho de hierro y fuego. Sería muy natural que cierta altivez, cierta actitud de la cabeza o cierto doblez de labios distinguieran a los que llevan el nombre de Smith. Tal vez lo hacen; confío en que sea así. Todos los demás son advenedizos, pero los Smith nunca lo son. Desde el más oscuro amanecer de la historia este clan ha avanzado hacia la batalla; sus trofeos están en todas las manos; su nombre está en todos lados; es más antiguo que todas las naciones; su símbolo es el martillo de Thor. Pero, como también lo señalé, no suele ser así. Es común que las cosas comunes sean poéticas; pero no es tan común que los nombres comunes sean poéticos. En la mayoría de los casos, el nombre es el obstáculo. Muchas personas piensan que esta declaración –la de que todas las cosas son poéticas– es solo un asunto de ingenio literario, un juego de palabras. Es todo lo contrario. La idea de que algunas cosas no son poéticas es el verdadero juego de palabras, lo verdaderamente literario. La palabra semáforo no tiene nada de poético. Pero la cosa semáforo no carece de poesía: es un lugar donde los hombres, en medio de una agonía de ojos muy abiertos, encienden fuegos del color de la sangre y del agua del mar para salvar a otros hombres de la muerte. Esa es la simple y genuina descripción de un semáforo. La prosa solo aparece con la manera como se le denomina. La palabra buzón no tiene nada de poética. Pero la cosa buzón no carece de poesía: es el espacio al que amigos y amantes le confían sus mensajes, conscientes de que cuando lo hagan serán sagrados, y no podrán ser tocados, no solo por otros, sino también (¡toque sagrado!) por quien acaba de depositarlo. Esa torrecita roja es uno de los últimos templos. Poner una carta y casarse están entre las pocas cosas enteramente románticas que quedan; porque para que una cosa sea romántica debe ser irrevocable. Pensamos que un buzón es prosaico, porque no hay con qué hacerle rima. Pensamos que un buzón es prosaico porque nunca lo hemos visto en un poema. Pero los hechos contundentes se inclinan del lado de la poesía. Un semáforo solo recibe el nombre de semáforo, pero es un lugar de vida o muerte. Un buzón solo recibe el nombre de buzón, pero es un santuario de las palabras humanas. Si piensas que el nombre "Smith" es prosaico, no se debe a que seas práctico y sensible; se debe a que estás muy afectado por refinamientos literarios. El nombre grita en tu rostro la palabra poesía. Si piensas de otro modo, se debe a que estás impregnado y saturado con reminiscencias verbales, a que recuerdas todo lo que se ha escrito en revistas sobre Mr. Smith borracho o Mr. Smith recibiendo cantaleta. Todas estas cosas te fueron concedidas con poesía. Solo a través de un largo y elaborado esfuerzo literario has conseguido hacer que sean prosaicas.



[1] “Smith”, cuya traducción es “Herrero”, suele usarse en inglés como ejemplo de apellido muy común, como Pérez o García en español.




miércoles, 15 de marzo de 2017

El héroe y las convenciones


El héroe y las convenciones

Por Gilbert K. Chesterton

Los cínicos (hermosos corderitos) nos dicen que la experiencia y el privilegio que vienen con los años nos enseñan el vacío y la artificialidad de las cosas. Cuando jóvenes, dicen ellos, nos imaginamos entre rosas, pero al arrancarlas descubrimos  que son sólo papel rojo. Ahora bien, creo que cualquiera que esté vivo estará también de acuerdo en que la verdad es justamente lo contrario. Es cierto que la edad nos vuelve conservadores. Pero no llegamos a ese punto porque hayamos descubierto la falsedad de muchas cosas nuevas. Nos volvemos conservadores porque el tiempo nos revela lo genuinas que son muchas cosas viejas. Al principio pensamos que todas las convenciones, todas las tradiciones, son falsas y carecen de sentido. Luego, una convención detrás de otra, una tradición detrás de otra, empiezan a explicarse a sí mismas, empiezan a palpitar llenas de vida en nuestras manos.  Pensábamos que esas cosas sólo estaban pegadas a la existencia humana, pero luego descubrimos que echaban raíz en ella. Creíamos que era sólo una norma molesta tener que quitarnos el sombrero frente a nuestra dama; luego descubrimos que en ese gesto palpitaba el ideal caballeresco y el esplendor de Occidente. Pensábamos que vestirnos con elegancia para cenar era un artificio; pero luego descubrimos que la idea festiva, la idea del atuendo de bodas, era más natural que la Naturaleza misma. Como digo, la verdad es lo opuesto a la afirmación cínica. Nuestra ardiente juventud considera que ciertas cosas están muertas; pero la grave adultez descubre que estaban vivas. Nos despertamos a la infancia pensando que nos rodea papel rojo. Entonces lo arrancamos y descubrimos que son rosas.
Podemos encontrar un buen ejemplo en el caso de ese gran hombre que ha sido el único soporte espiritual que muchos hemos tenido, y seguirá siendo un soporte principal. Walt Whitman es, supongo, de manera incuestionable el hombre más capaz que América ha producido. También es, de paso, uno de los grandes hombres del siglo diecinueve. Ibsen está muy bien, Zola está muy bien y Maeterlinck está muy bien; pero ya hemos empezado a ver el ocaso de todos ellos. Y aún no hemos visto ni el comienzo de Whitman. El egoísmo del que los hombres lo acusan es esa humana divinidad que no ha sentido nadie desde Cristo. La simpleza de que los hombres lo acusan no es más que el esplendor de una expresión casual que ningún sabio ha tenido desde Cristo. Pero, de todas maneras, este gradual y luminoso conservatismo que crece en todos nosotros a medida que vivimos es lo que nos lleva a sentir que justo en aquellos puntos en que violó las normas centrales de la poesía, tan sólo en esos puntos, estaba equivocado.  Se equivocó al abandonar la métrica en la poesía; no porque abandonara algún aspecto ornamental o civilizado, como creyó que hacía. Al abandonar la métrica estaba abandonando algo muy bárbaro y salvaje, algo tan instintivo como la rabia y tan necesario como la carne. Olvidó que todas las cosas reales se mueven con un ritmo, que el corazón palpita con armonía, que las mareas y el reflujo tienen armonía. Olvidó que todo niño que grita lo hace con algún tipo de repetición y de asonancia, que la danza más salvaje es en el fondo monótona. La Naturaleza toda se mueve con música recurrente; es sólo tras un esfuerzo considerable de la civilización que hemos logrado ser algo distinto a musicales. El mundo entero habla poesía; somos nosotros los únicos que, con ingenio elaborado, hemos logrado hablar prosa.
Lo que es cierto sobre el error de Whitman al violar la métrica, también es cierto –aunque en menor medida– sobre su violación de lo que comúnmente se conoce como modestia. El decoro por sí mismo tiene poco valor social; a veces es signo de decadencia. El decoro es la moral de las sociedades inmorales. La gente que se interesa más por la modestia es a menudo la que menos se preocupa por la castidad; no pueden darse mejores ejemplos que los de las cortes orientales o los salones del West-end en Londres. Pero de todas maneras Whitman estaba equivocado. Estaba equivocado porque en el fondo de su cabeza tenía la noción de que la modestia y la decencia eran en sí mismas una cosa artificial. Este es un gran error. Las raíces de la modestia, como las raíces de la compasión o las de cualquier otra virtud tradicional se encuentran en las cosas fieras y primitivas. Una timidez salvaje, un dominio fugitivo, son patrimonio de las criaturas simples. Lo poseen los niños; pertenece a los salvajes; incluso, a los animales.
Ocultar algo es la primera de las lecciones de la Naturaleza; es mucho menos elaborada que explicarlo todo. Y si las mujeres son, como ciertamente lo son, más dignas y más modestas que los hombres, si son más reticentes y, en la expresión de moda “son más contenidas en sí mismas”, la razón es muy simple; es porque las mujeres son más fieras y salvajes que los hombres. Llegar a ser inmodestos por completo es un asunto elaborado en exceso. Para exponer por completo lo que somos es preciso que tengamos conciencia completa de lo que somos. Es por eso que, mientras desde el principio del mundo los hombres han tenido las filosofías y normas sociales más exquisitas, nadie pensó en la indecencia completa, la indecencia como principio, sino cuando llegamos a los niveles más elevados y complejos de civilización. Esconder era tan natural para nosotros como comer pan. Hablar abiertamente sobre todo apareció cuando alcanzamos la era del automóvil.

De “Lunacy and Letters”
Traducción de Gustavo Arango

       




domingo, 27 de noviembre de 2016