jueves, 7 de mayo de 2015

Vida después de Macondo

La columna de Vivir en El Poblado




Era justo y acertado que el evento editorial más importante del país celebrara la vida y la obra de Gabriel García Márquez: el muchacho de provincia que se salió del molde y que dejó una obra y un legado que perdurarán por siglos. De todos los países invitados a la Feria del Libro de Bogotá —en sus ya veinti­cuatro versiones—, ninguno como Macondo había creado tanto revuelo, ninguno había logrado que la gente sintiera tan suyo el homenaje.

Muchas son las cosas buenas para destacar. Quizá no sea la menos importante el hecho de que el homenaje en la feria estu­vo a cargo de personas del Caribe. La partici­pación de un crítico serio como Ariel Castillo Mier garan­tizó que no se quedara aspecto de la vida de García Márquez sin explorar. La gallera como escenario de tertulia fue un acierto. Pero las críticas no se hicieron esperar.

El espacio destinado a la muestra era demasiado grande y todo lo que se hiciera allí corría el riesgo de quedar empeque­ñecido. Por eso los reproches capitalinos resonaron puntuales: que las filas, que la recocha, que el desorden, que la gallera, que las vitrinas como de colegio, que las campanas debajo de las cuales se podían escuchar los relatos. Era natural que criticaran. Una vez más el Caribe estaba poniendo en evidencia su sobreabundancia creativa, esta vez en la casa misma de los que por siglos se han creído dueños de la cultura y la literatura colombiana. La escena recordaba el episodio de Cien años de soledad en que los habitantes de Macondo salían a conocer su propio pueblo, invadido por las novedades que vinieron con la fiebre del banano.

El mejor homenaje editorial también estuvo a cargo de la gente del Caribe. El gestor cultural Álvaro Suescún y la editorial Collage Editores se lanzaron con una colección de seis libros dedicados a distintos aspectos de la obra del nobel. Ahí apareció un libro póstumo de Jacques Gilard, a quien tanto le debemos por la recuperación de la obra periodística de García Márquez. Hay viejos clásicos, como el estudio con que García Usta abrió las puertas para la revaloración de la experiencia cartagenera de Gabo. Hay miradas frescas de Julio Olaciregui, Gustavo Tatis y Joaquín Mattos Omar.

Pero, con todo y los aciertos, la sensación general es de saturación. Tienen razón los que expresan sus dudas sobre el efecto real que homenajes de estas proporciones puedan tener en el aumento de lectores de García Márquez. Es posible que la insistencia en sus virtudes, en su condición de clásico, de autor imprescindible, aleje de sus libros a varias generaciones. Es la misma distancia que se ha creado en torno a la obra de Cervan­tes. Ya pocos recuer­dan que el Quijote es en esencia un libro muy divertido.

Tampoco hay que pensar que multitudes pintando mari­posas amarillas o repitiendo títulos sean augurio de mejo­res tiempos para la educación y la cultura nacional. No hay que ir muy lejos para comprobar que detrás de la celebración de los libros perdura un desdén general por la lectura. Los organi­zadores mismos de la feria dieron muestras repetidas de no ser buenos lectores. A José Eustasio Rivera lo pusieron Eustacio y a nadie se le ocurrió corregir el error. Una alta directiva de la Feria del Libro describió a Pilar Ternera como una “seductora”. Como si eso fuera poco, uno de los programas más destacados de la Feria, “Leer las mujeres”, proclamó a los cuatro vientos que sus organizadores no saben para qué sirven las preposiciones.

Bueno ha sido celebrar a García Márquez y al Macondo que es solo un episodio de su obra literaria. Demasiado bueno, tal vez, para ser del todo cierto. Queda la sensación de que después de tanto estruendo empieza oficialmente el olvido al que este pueblo de espejos acostumbra condenar a aquellos que se señalan con sus méritos.



Publicado en Vivir en El Poblado el 7 de mayo de 2015.





miércoles, 6 de mayo de 2015

El abismo


Pocos días después de que Pedrarias llegara a Panamá, el licenciado Espinosa regresó de su expedición por el Sur. Traía cincuenta mil pesos de oro. Pedrarias envió un mensajero a Santa María, para pedirle a Oviedo que fuera a Panamá a supervisar la fundición del oro conseguido por Espinosa, y a coordinar el pago de los porcentajes respectivos. En el mensaje volvió a insinuarle que lo mejor para él y su familia sería mudarse a la costa del Mar del Sur.
Oviedo viajó con Diego Márquez, quien tardó en hacer los preparativos para la partida, pues no tenía intención de regresar y se iba con su esposa y sus bienes a Panamá. El Veedor se obstinó en no abandonar a Santa María. Allí dejó a doña Isabel y a Francisco, su hijo menor. Al marcharse entregó a su mujer los planos y mil quinientos castellanos para la construcción de una enorme casa para la familia. Quería que su hogar sirviera de ejemplo para todos y levantara la moral de la colonia. Isabel de Aguilar coordinó con apacible autoridad las labores de los indios, para la construcción de la vivienda más amplia, cómoda y hermosa que se había hecho hasta entonces en Tierra Firme.
A finales de 1521, Oviedo pudo por fin salir de Panamá para regresar a Santa María. Al despedirse de Pedrarias volvió a insistirle en el peligro de desaparecer que corría Santa María. Pedrarias le dijo que estaba muy ocupado coordinando exploraciones en el Mar del Sur y que, ya que lo quería como a un hijo, le rogaba que aceptara ser su teniente en Santa María. Le aseguró a Oviedo que confiaba plenamente en que bajo su gobierno la ciudad no sufriría perjuicios.
Oviedo no quería aceptar el cargo, porque estaba comisionado por la Corona para limitar la autoridad de Pedrarias, pero los turiferarios del Gobernador le insistieron tanto que aceptó el cargo. Pedrarias firmó de su puño y letra el nombramiento. Oviedo atravesó el istmo, llegó a Nombre de Dios y se embarcó a Santa María.

Llegó el sábado 9 de noviembre de 1521, y encontró a su mujer agonizando. Isabel de Aguilar llevaba diez días enferma, atacada por fiebres terribles. Murió al amanecer del día siguiente, dejando construida la primera mansión  española de Tierra Firme, mucho más amplia y hermosa que la  vivienda de Balboa. Viendo a su mujer muerta, Gonzalo Fernández de Oviedo pensó que perdía el seso. Pasó aquel domingo abrazado al cuerpo yerto. Acariciaba el hermoso rostro mediterráneo de Isabel y le decía que quería morirse para estar junto a ella. En medio de su delirio, alzó los ojos vesánicos y preguntó por qué se le privaba de la dulce compañía de su esposa. Quiso que el cielo le explicara la razón por la cual se le negaba la posibilidad de vivir en matrimonio, como buen cristiano, y no amancebado como algunos vecinos suyos que tenían dos mujeres o más. Se volvió de nuevo al cuerpo ya sin alma, y lo llenó de besos y de lágrimas, y sintió la presencia de una suerte de abismo, un oscuro y terrible y magnético abismo. Besó los labios y sintió el filo de sus dientes. Quiso creer que la mujer se estremecía, y se dejó caer en el abismo. 



Fragmento de Santa María del Diablo. 




Disponible en 


viernes, 1 de mayo de 2015

Feria del Libro de Bogotá 2015



Descripción de un salón




Una entrevista sobre Gabo y el cine
en Actualidad Extereo







Minuto 13:00



La charla sobre los inicios de García Márquez en Cartagena y Barranquilla, con Tita Cepeda, Gustavo Tatis y Alberto Martínez, en el marco de VII Encuentro Internacional de Periodismo (U Externado y Cámara Colombiana del Libro).
En Enjoygram


La charla sobre las novelas periodísticas de García Márquez, en el marco de VII Encuentro Internacional de Periodismo (U Externado y Cámara Colombiana del Libro).

En Twitter

jueves, 30 de abril de 2015

Descripción de un salón

La columna de Vivir en El Poblado



     
 Tiene el nombre bien puesto: José Eustasio Rivera. Como el corazón de la selva, es pequeño, recóndito, difícil de encontrar. El hombre y su amigo lo buscan por pasillos y edificios. Se cono­cieron hace más de treinta años, cuando empezaron juntos la universidad. Desde el prin­cipio supieron que estarían uni­dos por la literatura. Juntos vivieron la aventura de publi­car el primer libro. Van con ellos los hijos de su amigo (ya están gran­­­des; gordos no, pero sí colorados). También hay multi­tudes que van y que vienen, que visitan pabellones, que asisten a espectáculos, que aprietan presupuestos para com­prar­­se algo.

Quedan pocos minutos. A pesar de la altura, y la enor­me barriga que el hombre ha cultivado, se tienen que apurar. Finalmente, lo encuentran. Estaba justo encima del salón princi­pal. Allí, a la misma hora, se está lanzando el libro de una celebridad. El grupito lo ignora, se aleja de las masas, asciende los peldaños y llega al saloncito. El hombre está ago­tado, tiene la lengua afuera, pero pronto se cura cuando ocupa su sitio y observa la audiencia.

“Aquí está mi vida”, piensa mientras espera.

Ahí está la novia primigenia, la de las diez cartas diarias, la de viajes a otras vidas y galaxias. También ella escribía. Tam­bién incluyó cuentos en aquel primer libro cuya impresión pagó el vendedor de fantasías. Ahí están los amigos de la universidad, hermosos y felices, orgullosos del hombre cuyo sueño conocen y han visto germinar. “Seré escritor”, decía. “Me iré a El Universal. Empezaré allí mismo donde empezó Gabito”.

Ahí está Cartagena. Está la periodista que ha empe­zado a alentar su propio sueño de escribir. Con ella viene al hombre el recuerdo de las noches en la redacción desierta, puliendo hasta el final la última crónica, escri­biendo por fin su primera no­vela. En la primera fila, como alumna aplicada, está también la alumna que ahora es profesora y que quizá recuerda las clases nocturnas de veinte años atrás, el hombre sudoroso, sus pasos apu­rados, su afán por irse a casa a seguir escribiendo hasta la madrugada.

Está Bogotá, entregándose de a poco, haciéndose rogar. Está el país del sueño, en ese niño envejecido que manotea cuando habla de su novela selvática. Está también Norue­ga en el vikingo que regala países. Vienen con él los fiordos y gla­ciares, las sagas de los hielos, la certeza de que algunas historias pueden ser milenarias. Está su lectora favorita, la niña que después de leer un cuento suyo trinó que de regalo de cum­pleaños quería todos sus libros. Está Gloria, su gloria, defendiendo como propios los sueños del hombre.

Está el diseñador de la portada. Por meses buscaron, ensa­yaron variantes. El hombre sabía que tarde o tem­prano aquel inspirado daría con el rostro del libro. Está el historiador joven, brillante, que parece personaje del relato. Con palabras cer­teras, le revela a aquel hombre dimensiones de su libro que no había adivinado. Está la selva viva, voraz, seductora. La traen amigos que la han visi­tado. El hombre recuerda los viajes de infancia por aquellos ríos, los periplos mágicos junto con su padre, las piñas sublimes que le daba Chencha, la negra imponente, su primer amor.

Hay luces y cámaras, micrófonos, banners. Hay un cartel rojo que celebra a Macondo, la invención del Gabito que inspiró y dio motivos a la vida del hombre. Dice allí que el nombre de aquel pueblo de espejos fue dictado en un sueño. Está con su influjo también Luz Amalia, su amiga decana, la que hizo el milagro que condujo al hombre hasta esta ocasión. Están reporteros, fotógrafos, técnicos. Están nuevos rostros que le da la vida: Lucía, la poeta de los ojos tristes; Inés y su hija; Diana, Tove y Patricia. Está su corazón emocionado, latiendo enloque­cido de alegría.


Publicado en Vivir en El Poblado el 30 de abril de 2015.






miércoles, 29 de abril de 2015

domingo, 19 de abril de 2015

Gabo Periodista

   La Universidad Externado de Colombia y la Cámara Colombiana del Libro dedican el VII Encuentro Internacional de Periodismo a apreciar la labor y el legado como periodista de Gabriel García Márquez. Las jornadas del evento tendrán lugar del 23 al 25 de abril, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2015. Invito especialmente a mis lectores y amigos a las mesas en que participaré el jueves 23  y el sábado 25.









sábado, 18 de abril de 2015

La casa sin ventanas

En la sección 
"Vidas de artistos",
de la Revista Cronopio,
la vida precoz y misteriosa de
Barbara Newhall Follet



Leer el texto en Revista Cronopio




viernes, 17 de abril de 2015

Escritura Creativa en Español

SUNY Oneonta 
Summer 2015
Escritura Creativa en Español
Curso en línea







Un asunto de tahúres

Una nota sobre el origen de la palabra Macondo
en la edición conmemorativa de El Colombiano.
Abril 17 de 2015.



     Macondo está en boca de todos. El aniversario de la muerte de García Márquez hace que resuene por todos lados el nombre de ese pueblo mítico, heredero de otros pueblos literarios –como el Yoknapatawpha, de Faulkner– pero también de la ardiente y desaforada realidad del Caribe colombiano. Como si fuera poco, la Feria del Libro de Bogotá tendrá a Macondo como “país invitado”.

    Poco importa que aquel pueblo de espejos haya desaparecido a mitad de la carrera literaria de Gabo, para dar paso a la innombrada “Ciudad de los Virreyes” y a otros lugares reales como Medellín, Barranquilla, Santa Marta o Bogotá.  Con el tiempo, Macondo se ha vuelto y será el espacio representativo de la vida y la obra de nuestro nobel, así como su símbolo serán las mariposas amarillas que, dicho sea de paso, no son un elemento sustancial de su legado.


Leer el texto completo en la página web de El Colombiano








jueves, 16 de abril de 2015

Minas, mulas y mujeres

La columna de Vivir en El Poblado.



 La historia comienza algún día de hace setenta años. Donde ocurren los hechos siempre es primavera. El sol se oculta detrás del Nutibara y “los últimos reflejos áureos tiñen el Morro de Pandeazúcar”. Suenan las campanas de Nuestra Señora de la Candelaria. Hay un viento suave. El suelo lo tapizan flores de guayacán. Los “cachaquitos” se agolpan en las esquinas y las puertas de los cafés a ver pasar las muchachas. Las empleadas del comercio, las señoritas de la aristocracia, las solteras, las solteronas y las casadas, con su esplendor y natural coquetería se apo­deran del Parque de Berrío, de las calles Junín, Ayacucho, Boyacá y Bolívar; se toman el Ley, invaden el Astor y La Fuente. “Unas contemplan vitrinas; otras levantan novio, y están todas animadas con esa gracia, donaire y elegancia únicos y exclusivos de la mujer medellinense, que, dicho sea entre paréntesis, es la más hermosa y más mujer del mundo entero”.

Con este paisaje impresionista empieza la novela Minas, mulas y mujeres, de Bernardo Toro, publicada en Medellín, en 1943, por la Tipografía Industrial y, para Juan Hincapié, una novela tan mala que no me la quiso cobrar. Quizá sea mi tendencia a llevar la contraria, pero ha sido una de las lecturas más placenteras que he tenido en años. El encanto de este libro está en su falta de pretensiones. Cuenta la historia de Paco Miraflores, un hombre honesto, educado, pero ingenuo para entender las mañas de la mujer que ha decidido engatusarlo. Paco está tan enamorado de Dolly que, aunque no le gusta bailar, es capaz de pagar por las fiestas que ella inventa para agasajar a su corte de amigos y pretendientes. Si el bobo de Paco no se pliega a sus caprichos, Dolly finge un enojo casi siempre efectivo.

El destino de Paco parece sellado. A pesar de las reser­vas que tiene su familia, todo indica que se casará con Dolly. Pero la Providencia interviene para enviarlo a trabajar en unas minas. Así aparecen las otras dos “emes” contra las que el difunto padre de Paco le aconsejaba cuidarse: las tercas mulas —que no a todos obedecen— y las impredecibles minas —que por igual arruinan o enri­quecen.

A juzgar por el título, se podría pensar que esta novela es parte de la milenaria tradición misógina a la que la misma Biblia pertenece. Pero a mitad de camino en la historia se produce una curiosa transformación. Las tres emes dan lugar a una reflexión sobre el valor pedagógico de la experiencia y la adversidad. Al regresar a Medellín, nuestro héroe descubre que su novia lo ha estado engañando y decide romper con ella. De nada sirven los intentos de la coqueta para volver a enlazarlo. Tras unos pocos días de dolor, Paco empieza a fijarse en Rocío, una chica cercana a la familia, buena, hermosa e inteligente, a la que conocía desde niña. La novela concluye con unos deliciosos cuadros de costumbres donde podemos apreciar en detalle las navidades de principios de los años cuarenta. 

Quizá el final feliz de esta historia le reste puntos en un país donde preferimos las estirpes condenadas y los amores imposibles. Es posible que el par de prólogos elogiosos pro­duzca un efecto contrario al deseado. Pero lo cierto es que esta obra de Bernardo Toro debería ser leída y estudiada como una de las pioneras de nuestra novela urbana y de los géneros hí­bri­dos entre el periodismo y la ficción. En ella abundan personajes reales de una ciudad que hace mucho dejó de existir. Su lenguaje es fino, rescata joyas verbales. Sus escenas son bien logradas. Si no es una obra maestra es porque nunca se propuso serlo. Seamos justos, mi querido don Juan, compa­rada con la prosa “entelerida” que hoy en día nos quieren meter por literatura, Minas, mulas y mujeres es un verdadero clásico. 







Publicado en Vivir en El Poblado en abril 16 de 2015.