miércoles, 18 de agosto de 2021

"Eres un literato"

 De "La ciudad de los crepúsculos"



Diciembre 17 de 1997.

Son las doce de la noche, faltan cinco minutos –me dispongo a dormir–. Mañana comienza el taller con Garcia Márquez. Estoy en Barranquilla. Hace mucho no escribía en este cuaderno. Es curioso, escribía más cuando estaba dando las clases en las universidades. Ha aprovechado mejor estas páginas Valentina, que ha hecho unos hermosos dibujos. Yo estoy aterido de frío, voy a bajarle al abanico también –ya antes había apagado el aire–. Estoy en casa de Ariel Castillo. Es un personaje de lecturas enormes. Tiene una cantidad de libros asombrosa. Yo no he querido hacerme muchas expectativas frente al curso que comienza mañana, pero sí alcancé a imaginar algunos asuntos en el bus que me trajo a Barranquilla. Sé, sí, que no debo preguntar locamente, ni hablar sin control. Sé, sí, que tomaré muchos apuntes y que trataré de llevarme un registo exhaustivo de esta jornada que en mi perspectiva vital es un hecho de profundas resonancias. ¿Qué diría el que eras en el 82, si llegaras a contarle que quince años más tarde estarías aprendiendo de ese hombre? Tus primeros textos tienen ya más de quince años. Has recorrido, pero vaya si te falta camino por andar. Acuéstate pensando en la novela.

 



Son las diez y treinta de la noche del 18 de diciembre. Hace dos años salía Un ramo de nomeolvides (mi libro sobre los inicios de Gabriel García Márquez en Cartagena) y hoy he recibido las primeras impresiones del protagonista de ese libro.

Estoy cansado porque el día y la atención prestada a cada gesto y palabra de ese hombre me ha dejado exhausto. He tomado centenares de apuntes y muy probablemente mañana y pasado suceda lo mismo. Pero quiero dejar constancia de unos cuantos gestos y expresiones que son, en cierta forma, todo lo que él puede decirme o darme. Lo demás, todo lo relativo al periodismo y al arte de narrar lo podré escribir en otro momento, y quizá se pueda publicar. Lo otro, lo personal, es bastante subjetivo, consiste en la interpretación –quizá amañada– de unos indicios, y solo a mí y a los míos nos puede interesar.

Cuando hablo de los míos pienso en mis hijos y en los otros seres futuros que puedan existir y que estarán ligados a mí. Pienso también en una película que jamás olvidaré, “Cartas de un hombre muerto”, y en la idea de que esto que escribo para mí sea en cierta forma cartas a mis hijos escritas por otro hombre muerto (paréntesis para agradecer a Valentina la compañía que me hizo con sus dibujos, página tras página, en este cuaderno. Este árbol mano es una belleza). Quizá estos textos que he escrito esporádicamente, estas crónicas que solo a mí interesan, sean un libro –una carpeta– llamada “Cartas de otro hombre muerto”, y aquí va la de hoy:

Queridos hijos:

Hoy estuve con un hombre al que admiro, un hombre que –además– es tan famoso por sus obras literarias que su nombre le sobrevivirá por muchos siglos. Sé que es arriesgado hacer afirmaciones que impliquen al futuro, pero puedo asegurar que, si alguien dirige la mirada a este siglo y a este país, necesariamente verá la notoria presencia del hombre con el que tuve el honor de compartir cuatro horas esta mañana. Hablo de mí a pesar de que la reunión incluía a otras personas: los otros doce participantes en el taller, el director de la Fundación para un Nuevo Periodismo y la sobrina del escritor, quien es su colaboradora personal– porque quiero referirme a las cosas relacionadas conmigo que ocurrieron esta mañana.

La llegada del hombre fue teatral. Los participantes del taller estábamos reunidos en torno a la mesa donde íbamos a trabajar. Escuchábamos al director de la fundación, que nos anunciaba la llegada del maestro, cuando llegó el maestro. Abrió la puerta y dijo: “¿Qué hora es?”, y caminó hacia la mesa.

Pensé en su madre, caminando por un pasillo, segura y enigmática. El director le dijo que eran las nueve y tres y él le dijo: “Está mal tu reloj”. La gente rio. Había roto el hielo que sabe que se forma cuando él llega.

Mientras la gente se acomodaba, habló consigo mismo: “A ver, estas caras qué dicen, qué rollos hay por dentro”. Y, después de un momento, empezó a saludar a uno por uno. Siguió la lista suministrada por la fundación, interesándose brevemente por la experiencia de cada uno. Mientras hacía el recorrido, García Márquez me miró con risa nerviosa, casi podría decir que también con miedo, como si en ese destello de sus ojos admitiera a su pesar que a mí no podría engañarme tan fácil, que sabía lo honda que podía posarse sobre él mi mirada.

Quizá por eso preparó el acercamiento. Al hablar con Carlos Mario, el periodista de el colombiano que me antecedía en la lista y estaba sentado a mi lado, García Márquez le preguntó –mirándome– quién, en ese periódico, era el del lápiz rojo. Carlos Mario tardó un momento en comprender la pregunta, y él aprovechó para decir que su primera columna la escribió completamente su jefe de redacción, en El Universal. Antes de que se largara a contar su historia de El Universal llegó otra señal. Me señaló y dijo: “Este hombre tiene una versión mejor que la mía”. Y contó la historia de los primeros cuentos en Bogotá, del bogotazo, del incendio de la pensión, de su viaje a Cartagena y de su llegada a El Universal: “Había un hombre escribiendo a mano en una baranda y le dije que quería escribir. Le dije mi nombre y, como él había leído los cuentos que me habían publicado en El Espectador, me dijo: ‘Siéntate ahí y escribe’. Cuando le entregué la nota, tachó la primera línea y la reescribió encima, tachó la segunda y la reescribió, y así hizo con el resto. Cuando terminó, la pasó a talleres completamente escrita por él, pero respetando todo lo que quise decir”.

Se extendió en detalles sobre Cartagena: habló del grupo de amigos –dijo que llego a ser muy amigo de Zabala, de Ibarra Merlano y de Rojas Herazo– y me regaló una anécdota completamente inédita. Dijo que Rojas –a quien presentó como un artista múltiple–, según pudo recordarlo hace poco con la ayuda de un amigo, había sido su profesor de dibujo cuando estudiaba en Barranquilla en el Colegio San José. García Márquez recordó la presencia de Rojas cuando era profesor: “Tenía 20 años, usaba sombrero bombín como el de Chaplin, era de una elegancia y una belleza…, era un gran hablador, pero no recuerdo una sola de sus clases”.

Siguió recordando la vida en Cartagena y contó que, como a las 9 de la noche, se iban al mercado donde un cocicnero que se ponía un clavel en la oreja. Dijo no recordar el nombre, pero ese olvido era –en cierta forma– una invitación a que interviniera: “Juan de las Nieves”, le dije y él lo ratificó: “Juan de las Nieves”. Agregó, refiriéndose a mí: “Conoce de mi vida más que yo”.

“A Juan de las Nieves lo tengo en varias novelas: es Catarino el de Cien años de soledad, está en El otoño…”, y concluyó, refiriéndose a las noches con los compañeros del periódico, que “en los alrededores del mercado aprendí lo que sé sobre periodismo y sobre novela”.

Aclaró, también, que no es cierto –como dicen algunos– que había un grupo de Cartagena y uno de Barranquilla: “Lo que había era un solo grupo que iba y venía”.

Después volvió a hablar consigo mismo: “¿Por qué conté todo esto?”, y se respondió de inmediato: “¿Por ganas de acordarme?”.

Entonces miró la lista y vio que seguía mi nombre. Me preguntó qué estaba haciendo. Elogió el suplemento, hizo notar que había aumentado el número de páginas,  contó que el suplemento incluía reportajes, y aprovechó para hacer el que ahora pienso que fue el guiño final (antes habló de la importancia de renunciar a tiempo, de su propia indepedencia a muy temprana edad) por ese día: “El periodismo es un género literario, eres periodista literario. Si lo que quieres es ser un literato, ya eres un literato”.

 


miércoles, 11 de agosto de 2021

Las Pupys

 Un fragmento de "La ciudad de los crepúsculos"



Ahí estaban, como para enloquecer hasta al más frío Humbert Humbert. Siete, quizá ocho; sí, ocho en realidad. Tres en un sofá, cuatro en el otro y una en una silla individual. Ansiosas, inquietas, mujeres ya, fuera de las rutas cotidianas, en la sala de entrevistas de El Liberal, a solas con un hombre que, según su profesora de español, era importante.

Pero la informalidad del traje –tenis blancos y jeans, un sol enorme y bello sobre el pecho y el vientre ya un poco abultado– y la juventud del gesto les hicieron comprender que quizá la tarea de español no sería tan aburrida como habían imaginado.

Tardaron en hacer la primera pregunta. Reían nerviosas, se dirigían miradas cargadas de intención. El hombre aprovechó la indecisión y el protocolo para verlas, una a una, desde la silla rodante que había dispuesto frente a la formación en herradura.  Empezó por su izquierda, por la de los ojos claros y los retenedores en los dientes. La claridad de los ojos la salvaba de la intrascendencia. Era evidente que usaba esa diferencia para ejercer liderazgo frente a sus compañeras. Fue ella quien grabó la presentación:

“Muy buenos días, somos la Pupys, estamos con el famoso escritor Agustín Heredia, autor de la novela Plegaria y la colección de relatos Qué ajenos a mí tus sueños. Muy gentilmente, el señor Heredia ha accedido a responder las preguntas que le haremos”.

Eran las preguntas de un famoso cuestionario que solía asociarse con Marcel Proust. El color preferido, el músico, el héroe real o literario, la heroína, las cualidades y los defectos, las frustraciones y los sueños, los pintores, las flores, los pájaros. Las chicas se turnaron para hacer las preguntas y, como había algo de rigidez en el proceso, Heredia procuró darles vida a las respuestas. Dijo que su pájaro predilecto era el cuervo, por incomprendido. Dudó al hablar de su heroína y pidió a la de ojos claros que apagara un momento la grabadora para pensar. Al final recordó a Juana de Asbaje y les dijo que podrían ser como ella. Aprovechó para elogiar a esa inquieta multitud que lo escuchaba, a esa turba de niñas mujeres impacientes por vivir. A medida que hablaba, Heredia leía sus gestos, su aprobación y su estupor, la aquiescencia al escucharlo, las verdades ya intuidas, y sentía que eso –ese fervor nuevo y limpio, esas hojas en blanco– lo llenaban de vida.

El resto de ese día y los días siguientes recordó aquel insólito episodio, el regocijo y la entrega a medida que la entrevista transcurría.

Al final del cuestionario de treinta preguntas hubo un vacío triste en la sala. Todo había ocurrido demasiado rápido. Pero ya ambos, él y ellas, habían ideado una manera de alargar la charla. Alentándose entre ellas nombraron a la chica de ojos claros para que le pidiera a Heredia permiso para hacerle preguntas personales. Heredia aceptó halagado, pero les pidió permiso para retirarse de la sala por un momento. Necesitaba respirar y buscar sus libros, para no ser ante ellas un escritor sin libros. Sintió que también ellas necesitaban ponerse de acuerdo. Al salir de la salita vio correr apurada y múltiple la frase: “Pregúntale si es casado”. Esa fue la primera pregunta que le hicieron cuando regresó.

La hizo la que ocupaba la silla individual, la que cerraba la herradura: coqueta, piel canela y rasgos hermosos y pulidos, con un enternecedor aire de mujer que aparenta que ya sabe algo de hombres.

La respuesta produjo un coro de desencantos frente al que Heredia tuvo que hacer un esfuerzo de oratoria para reponer los ánimos. La chica en el centro de la herradura hizo la nueva pregunta.

“¿Ha sufrido por amor a una mujer?”

Heredia sintió que en ese instante vislumbraba las profundas dimensiones de ese encuentro, lo definitiva que podía ser para ellas –en la flor de la vida, algunas ya víctimas de las fiebres del amor– la posibilidad de conocer respuestas al misterio que es el hombre.

“Sí”, dijo Heredia, aliviado, purificado por esa charla en la que decidió no escamotear nada.

Y les habló del dolor irrepetible que nos llega con el primer amor, del sufrimiento que padece todo aquel que siente amor y de la imposibilidad de renunciar a sentir eso sin lo que no se puede transitar por la vida.

Y vio el brillo agradecido en los ojos de esos seres de belleza inabarcable, en esas madres y abuelas que aprendían a querer a sus hijos en el inconsciente esplendor de sus quince años, añorando y anhelando el vanidoso y sensual juego del amor.

Al final de las preguntas, al final de los latidos más expuestos y sinceros, una de ellas, la última del sofá donde había cuatro, la séptima en el orden que empezaba con la de los ojos claros, venció un temblor emocionado en la garganta, contuvo la humedad exaltada de sus ojos y le dijo, con una pureza y una transparencia que Heredia jamás olvidaría:

“Agustín, quiero decirte que eres una nota”.

La emoción la hizo callar y detenerse en un gesto casi amargo, como si quisiera estar completamente sola para dejar salir el llanto dulce de la felicidad.

Heredia no supo qué decir.

Agradeció a la mujer emocionada, agradeció a esa multitud que había llegado a renovarle la alegría cuando ya se le extinguía, agradeció a la vida el regalo de ese instante.

Propuso leerles un cuento para que también quedara en la grabación. Entonces vio que la segunda, la más tranquila de todas, la que había alargado el brazo cuando entró con los libros, la más bella para él, le entregaba el libro abierto y le pedía que leyera un cuento que ella acababa de elegir.

Heredia había pensado leer otro, pero accedió a su solicitud y leyó casi sin equivocarse.

Mientras leía pudo ver por el rabillo del ojo que la tercera, la soberana en la sombra, la que días atrás había hecho el contacto telefónico con una seguridad de mujer mayor habituada al trato con los hombres, les indicó a todas que aplaudieran cuando terminara la lectura.

Y aplaudieron y Heredia sintió un bochorno que no llegaba a ser desagradable, pero hizo lo posible para que no se prolongara.

Entonces comprendieron que era el momento de separarse.

Prometieron volver a verse –pronto y diez años más tarde– y expresaron regocijo por haberse conocido. Una que había hablado poco le agradeció por no ser un viejo amargo.

La que Heredia había elegido fue la última en despedirse. Le preguntó el significado de otro cuento que acababa de leer.

Él la invito a pensar, a encontrar por ella misma lo que significaba. Le propuso que hablaran del asunto si algún día volvían a encontrarse.

De “La ciudad de los crepúsculos”

martes, 27 de julio de 2021

Una fiesta que se apaga

 Una reseña de "Caminos divergentes: Una mirada alternativa a la obra de Gabo",

en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República




Gabriel García Márquez sigue siendo un autor pleno de vigencia. El país olvida a sus autores con facilidad, los recuerda cuando hay aniversarios y los devuelve a la oscuridad, donde unos pocos lectores y estudiosos se adentran para valorarlos. Pero con García Márquez es distinto. Además del Premio Nobel, sus múltiples aportes al cine y al periodismo latinoamericanos, así como su condición de figura pública internacional, permiten suponer que se seguirá hablando de él mientras exista esa ficción que llamamos Colombia. Es posible que el interés oscile con el tiempo, que vengan generaciones cansadas de su nombre y otras que lo redescubran. Pero lo cierto es que se seguirá hablando de él y de su obra, como se habla de Shakespeare o Cervantes. Para quienes tuvimos el privilegio de ser sus contemporáneos, ahora empieza un raro período de balances, de miradas panorámicas en las que su vida muestra un perfil definitivo...


Sigue este enlace para leer el texto completo









Una buena novela y un mal chiste

 Una reseña de la novela "La matrioshka", de Rubén Orozco

en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República




La novela es el testimonio eterno de una joven con alma de niña, Anastasia Mijáilovna, cuya madre acaba de morir y está a punto de morir. La historia tiene lugar en las estepas siberianas, muy blancas y frías, con casas distantes unas de otras, con una estación de tren desolada. La luna es presencia constante: sus ciclos resaltan la circularidad del relato, su delirio. El silencio es otra forma de la blancura: “No digo nada; nada respondo”, repite la protagonista. Hay un cerdo llamado Félix y unos pocos personajes que son como sombras o espejismos: el padre Alekséi, el telegrafista, la loca del pueblo con una muñeca que cree su bebé, la triste pareja formada por Tatiana Filípovna y Fiódor Andreievich, quien abusa de su esposa y de la protagonista...





lunes, 26 de julio de 2021

Un golpe de autoridad

De "Un ramo de nomeolvides; García Márquez en El Universal


La hoja del machete rasgó el viento y fue a dar de plano en las nalgas descubiertas de un hombre al que varios policías tenían inmovilizado.

Estaban en el patio de una casa grande y vieja de un pueblo ribereño.

El hombre al que golpeaban trabajaba en un pequeño periódico de oposición que se editaba en la capital del departamento. Días atrás había llegado a ese pueblo por una calamidad doméstica. Ahora estaba de bruces en el patio y recibía desconcertado e impotente una paliza por culpa de su trabajo.

La casa estaba custodiada por policías junto a la puerta cerrada y en los tejados y balcones. Por mucho que el hombre gritara, nadie vendría a ayudarlo.

Desde una silla situada en un pasillo del patio, el alcalde del pueblo daba órdenes al policía que aplicaba el castigo.

“Pregúntele al señor si es el autor de estos escritos en mi contra”.

El hombre de la silla exhibió un arrugado ejemplar de El Universal.

El policía tomó el periódico, volvió al centro del patio y pegó el papel impreso a la nariz del torturado.

“¿Escribió usted esto?”, preguntó el policía con una sonrisa que esperaba una respuesta positiva.

El hombre no podía decir nada, sólo trataba de entender lo que pasaba.

“¿Trabaja usted en El Universal? ¿Su nombre es Jorge Franco Múnera?”

En medio del dolor, el hombre pudo recordar que había llegado hasta ese pueblo porque allí vivía la madre de su esposa, que estaba enferma. Recordó que el primer día no se asomó ni a la puerta de la casa. Recordó el encuentro con Pellito Padilla, al día siguiente, y la extrañeza de éste al verlo. Recordó la irrupción de los agentes en su casa y la forma de traerlo. Recordó todo eso y no pudo decir nada. Se limitó a mirar al alcalde, sentado en el borde de su silla.

“Dale, dale duro”, decía con rabia placentera. A cada golpe del machete daba un leve brinquito en su silla.

El alcalde sacó su revólver y muchos de los policías que asistían a la escena pensaron que la diversión había terminado. Pero no se decidía a levantarse de su silla y disparar. Seguía alentando al verdugo después de cada golpe.

“Dale duro. No dejes de darle”.

Cuando la hoja del machete golpeó por trigesimasegunda vez su piel sanguinolenta, el hombre cayó extenuado y siguió repitiendo el mismo número en los golpes siguientes.

Antes de pensar que se había muerto, Jorge Franco Múnera vio al alcalde ponerse de pie y caminar hasta pegar la punta del zapato contra su cara. Un policía levantó su cabeza tirándolo salvajemente del cabello.

El alcalde le puso el cañón de su arma contra las fosas nasales y le dijo con voz satisfecha por el desahogo de los golpes:

“Si usted vuelve a publicar otra cosa contra mí en ese periódico, le doy un tiro, sépalo, un tiro”.

Y se retiró jadeante y dando gritos a los cuatro vientos.



Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal 

Disponible en Amazon



miércoles, 21 de julio de 2021

"Prontuario del pasado"

 Un fragmento de La ciudad de los crepúsculos




El filósofo Wencesla Triana, famoso por su estudio sobre el derrotero de las nubes, fue un domingo al mercado. Los domingos eran su día de descanso y Wenceslao descansaba comprando en el mercado. Cambiaba la ruta habitual hasta las aireacondicionadas oficinas de la revista “Ay”.

Tan habituado estaba al recorrido hasta la revista que, cuando se bajaba del bus en el mercado, era como si sus pensamientos no se hubieran bajado. Seguía mentalmente el recorrido hasta el centro, se veía caminar por esas calles en las que ya empezaba a dejar surcos y entraba al edificio ultramoderno y empezaba a trabajar.

Mirando a las señoras con canastas, a los niños con carritos para transportar mercados, a los vendedores de limones y de bolsas: “los limones son a diez”, su mente estaba lejos, encendiendo la pantalla, levantando los librotes empolvados en busca de noticias impactantes para la popular sección: “Prontuario del pasado”.

Los días que trabajaba añoraba el mercado. Su mente se bajaba en el mercado y el cuerpo que su mente imaginaba continuaba en el bus y llegaba a la oficina y buscaba las noticias asombrosas que hacían tan exitosa a la sección de viejos cuentos reencauchados.

Pero ese domingo en particular, el último domingo de mercado, sus pensamientos tomaron un derrotero excepcional. En su viaje mental al edificio entró con pasos decididos. No saludó a la amable recepcionista, que iba siendo una de las pocas personas en la revista que aún lo trataba con amabilidad. Subió las escalas cruzándose con gente a la que decidió no mirar ni saludar. Llegó hasta su escritorio, le dio un punetazo a la pantalla y compró cinco docenas de limones.

El vendedor pensó que estaba enojado con él. Wenceslao pagó, se quedó unos minutos petrificado en el río de gente y de mercado, incapaz de seguir internándose en la colmena de almacenes en busca del puesto de cebollas y tomates.

Su mente buscó su escritorio en la revista y lo vio salir volando por la ventana. Luego volvió a buscarse al mercado y se descubrió perdido bajo un sol criminal que empezaba a insolarlo, con la mirada perdida en un aviso, incapaz de seguir, aturdido de presente y de tristeza, y se obligó a regresar, a tomar un bus a casa, a ver a los niños jugando en el antejardín, a saludar de paso a Edith en la cocina, a encerrarse en su cuarto, a sentarse en su taburete, atónito, nuevamente estático, con la bolsa de limones en la mano.

La puerta se abrió. Por supuesto, era Edith. Tenía puesta una bata de dormir, un mechón de pelo negro le caía sobre el ojo izquierdo. Hacía un batido de claras de huevo. No tuvo que preguntar nada para saber que algo grave pasaba, algo rotundo y decisivo.

Wenceslao la miró. La luz que entraba por la ventana producía sombras duras  en su cara, en sus pómulos salidos, en su barbilla torpemente afeitada.

–No más –dijo, sin fuerza, si preocuparse siquiera por que se escuchara.

Edith dejó de mirarlo. Siguió batiendo y mirando el estante de los libros. Hubiera querido decirle a ese hombre en ruinas que no se preocupara, que todo saldría bien, que encontrarían la manera de seguir, que ella trabajaría y él se quedaría con los niños, que podría escribir sus tratados, que algún día recibiría lo que hasta ese momento le habían negado; pero no dijo nada.





 


lunes, 19 de julio de 2021

El sueño

 



Soñé que me levantaba. Que me bañaba y que me vestía.

Soñé que salía a la calle y encontraba a una mujer.

También soñé que le hablaba y que la amaba.

Luego soñé que pasaba el tiempo y que dejaba de quererla y de buscarla.

Más tarde soñé que moría de amor por otra mujer.

Y, en efecto, morí.

Y aquí estoy en esta oscura tumba de aire enrarecido tratando de despertarme de ese sueño que comenzaba cuando yo me levantaba.


De "Historias del sexto sentido" (La brújula del deseo)


Disponible en La librería de la U


jueves, 15 de julio de 2021

Entre Mary Gossy y Ricardo Piglia

 Un fragmento de Morir en Sri Lanka





“Explora la influencia de San Ignacio de Loyola en el marqués de Sade”, dice Mary Gossy, mi madre superiora. “Lo revolucionario en Sade es el lenguaje, pero el lector no puede ver el lenguaje a causa del tema. El texto sádico no quiere no decir. Leer a Sade es una experiencia de sadismo. El masoquismo hace posible el placer para quienes tienen problemas de culpa. La vida nos ofrece muchas posibilidades de ser castigados. El sádico quiere crear un sistema cerrado y perfecto”.

“There is crime in nothing”, sostiene el marqués.

“La televisión es un tableau sádico”, agrega Mary Gossy, enorme y sonriente, los ojos dementes y claros. “Es un mundo cerrado: gente con dinero, que vive bien, que tiene placeres perversos. ¿De dónde viene el dinero? Sex and the City y El casamiento engañoso. Nada ha cambiado desde 1615”.

“Las mujeres tienen un falo. Más pequeño, that’s it”. Mary Gossy dixit.

“You have to laugh because we are generating a lot of erotic tension”.

Entonces, Piglia.

Mirando desde lejos puedo ver el privilegio que tenía. Las semanas transcurrían entre Raritan City y Princeton. Entre Mary Gossy y Ricardo Piglia.

“Los grandes héroes de la cultura moderna son lectores”, comienza Piglia.

Siendo Piglia un afamado escritor argentino que ahora enseña en Princeton. Aquí enseñó Einstein. Aquí enseñó Eliot. Aquí enseñan Toni Morrison y Joyce Carol Oates. Un convenio venturoso me permite ser alumno de esta clase.

Pocos meses más tarde, Escritor también enseñaría en ese lugar.

“Para mí, el detective es el último intelectual”, agrega Piglia. Tiene gesto desconfiado, aire de conspirador.

“En Borges, el que dice la verdad es el que mata. Un miedo a la experiencia insuficiente puede llevar a la avidez de información. En la lectura paranoica hay una sensación de ser manipulado o inducido. La sensación de que hay un nudo, un secreto, que alguien tiene y que no se conoce. Mientras más se lee, se busca más información, crece la sensación y viene el exceso de interpretación. Me parece divertido que el género empiece en una biblioteca y termine con el matrimonio de Marlowe, cuando ella le regala un libro de Eliot. El intelectual, para ser crítico, tiene que estar fuera de la sociedad que critica. ¿Cómo criticarla, si forma parte de ella? El detective no está ligado. Los detectives suelen ser célibes o desligados. Tienen una relación distante con el dinero, con la estructura familiar, con estructuras de sentimiento. Tienen un elemento excesivo: Holmes, cocaína; Marlowe, alcohol; Dupin, mundo de la noche, relación extraña. Una noción de diferencia o distancia, sin ser delincuentes o sujetos ajenos a la ley”.

Sombra oscuridad acumulada que se derrama y dice, que se hace delgadez y trazo y línea y dice: falta poco, también, para el final de esta página y gimo… para el final de esta página y flor… para el final de esta noche y suspiro y lágrima y flaqueza. Falta poco, y vuelvo a decir y digo, para el final de esta vida y luz oscura y verde, para el final de este dolor y sonrisa: para el final de este final que ya termina.

“El silencio o la demora puede ser la respuesta”, dice Mary Gossy. “Escuchar se convierte en la respuesta. Es como el genio del sistema. Divine vacuum. La ausencia de respuesta es el significado más fuerte. Lo inefable: la falta de una marca, de una palabra, de una respuesta, equivale al momento más lleno de Dios.

“Los ejercicios espirituales buscan producir más deseo de Dios, nutrir el deseo. Una pregunta famosa del Siglo de Oro: ¿Por qué en el género más importante, la comedia, no aparece la madre? Santa Teresa tiene problemas con la madre; la madre leía novelas de caballería y eso era un vicio. La cosa más valiosa: el momento sin la palabra. Los intersticios del lenguaje”.

Un libro lleno de intersticios, visibles, sonoros.

“Es muy difícil no hacer nada, ocupar un espacio de indiferencia”, prosigue Mary Gossy. “Deseo vivir en el presente: deseo absoluto. Deseo relativo: tengo hambre. El sufrimiento es el deseo de escapar de la tensión conflictiva del momento; no es la tensión. Deseo de escapar, deseo de morir, drugs… oblivion, olvido. Ulysses: los lotófagos comen lotos para olvidar. San Ignacio está tratando de mediar este conflicto. El método: establecer un lenguaje cerrado, entrar en un estado de indiferencia. Creo posible decir que la mística de San Ignacio es una mística de la indiferencia; en lugar de una mística de lo inefable. Lo no dicho no equivale a lo inefable; da un espacio limitado donde inventamos nuestra propia narrativa. Culpa: este sistema se conecta con nuestros padres. Prohibir se conecta con el sobrevivir. La idea es que el no es un sí. Éxtasis: to stand outside, fuera de los espacios cerrados”.

Creo haber comprendido lo que es el inconsciente. Quiero decir que es “lo que no es”, porque aquello a lo que se le confiere, asigna, la condición de ser ha dejado de ser lo que no es, ha abandonado el espacio de lo inconsciente y se ha hecho consciente. El concepto de inconsciente lo tenemos en el consciente, de ahí su precariedad.

La metáfora de la sopa caliente cuya superficie se endurece, se hace nata. Rompes la nata, abres un hueco donde es posible ver lo tibio y más líquido de abajo. Pero ese mismo movimiento supone la natificación de lo expuesto. Ya es superficie, cada vez más espesa, endurecida, menos sopa caliente.

Tres años y cuatro meses. Una muela me tiene doliendo hasta el alma. Además, está el cansancio y la ruina moral.

Abril 7. Cambia el horario. Nos adelantamos una hora. Curioso que ese distanciarse frente a la hora del país de los colombios sea también un distanciarse real con alguien a quien quizá sea mejor poner en lugar seguro por los tiempos que vienen.

Hablo de Luz. No hay casi vestigios de nuestro primer encuentro. El dos del dos del dos mil dos. Los dos. Ya duele la distancia.

April 11. Trabajo en las historias de Fa Hsien y de Merton.

“Borges no busca percibir la realidad en la ficción, sino la ficción en la realidad”, dice Piglia. “Borges en la Embajada de Rusia. Lo invitaron a dar una conferencia sobre Dostoievski. Dijo: ‘Como no me gusta Dostoievski, les voy a hablar de Dante’”.

Momentos en que no se sabe quién es qué, cuándo es cómo, quién es cuándo.

Qué soledad tan fría y sin embargo.

“Onetti construye un policial con enigma, pero no lo resuelve o lo resuelve ambiguamente. Es un relato construido alrededor de un vacío”.

La vida tiene sus vueltas raras y uno puede terminar sentado en las mesas más insospechadas.

Fue en un restaurante de Princeton.

Una vez convencidos de que ni Borges, ni Florencio, ni Bioy Casares eran eternos, les ha llegado el turno a nuevas generaciones que ya no son tan nuevas después de todo, que peinan canas y que pueden soportar con estoicismo ese equívoco supremo que es el reconocimiento.

Piglia no habla de sí mismo. Habla de sus maestros, del más maestro de todos.

Piglia era estudiante de la Universidad de la Plata, su ciudad natal, cuando conoció a Borges. Cómo él y un grupo de amigos eran los que tenían las iniciativas, consiguieron dinero para invitar a Borges a dar una conferencia.

El primer contacto fue por teléfono.

Cómo está, maestro, mi nombre es este y este, lo llamo a esto y esto.

Borges contribuyó a la charla con una anécdota de infancia. Un día fue a visitar a su padre un poeta de La Plata cuyo nombre no recuerdo –hubo vino aquella noche en esa mesa. Cómo era la hora de la siesta, y la siesta del padre de Borges era sagrada, le dijeron al poeta que volviera un poco más tarde. Pero el poeta insistió y al final no hubo otra opción que despertar al señor de la casa. Al día siguiente el poeta se suicidó.

Pero volvamos a la historia que les estaba contando.

Cuando Piglia le dijo a Borges la cantidad que pensaban ofrecerle por la conferencia (algo así como ochocientos dólares de hoy), Borges dijo que no, que era imposible, que por esa suma no.

Un silencio en la línea del teléfono contribuyó a crear el suspenso necesario: “Mejor me pagan la mitad de ese dinero”.

Piglia no olvida la sonrisa de Borges cuando terminó la conferencia, le estrechó la mano y dijo, cómplice, divertido: “Buena la rebaja que les conseguí, ¿cierto?”

La anécdota ocurrió cuarenta años atrás y Piglia no ha podido olvidarla.

Recuerda el silencio en el teléfono, la sensación que tuvo de estar ofreciendo poco y la sorpresa posterior.

Se ha pasado la vida tratando de entender esa actitud y ha llegado a una conclusión: “Ese hombre era capaz de perder cuatrocientos dólares con tal de crear una anécdota que lo hiciera inolvidable. Me ha obligado a contar esta historia toda mi vida”.









lunes, 12 de julio de 2021

La calle larga

 


La calle estaba desierta. ¿Quién sería el primero que usó esa palabra para hablar de lugares vacíos?

Unas cuantas personas en el segundo piso de una casa muy vieja: ocasionales asomos al balcón para ver a esos dos que hablan y hablan.

Están sentados en una acera. Ella acaricia su pelo. Toma mechones largos y delgados. Juega a ensortijarlos. Usa el cabello como una cortina.

Él está nervioso y fuma, pero también está contento. Habla, gesticula. Los ojos le brillan.

Ella le ha preguntado si sabe leer los ojos.

Él ha dicho que no. Sabe que lo está provocando.

Ella lo mira con gesto de estar pensando algo.

Él cree saber lo que está pensando.

–Veo una A –dice.

Ella sonríe.

–Veo una M.

Cree saber para donde va.

–Veo una B.

El desconcierto le arruga la frente. Él se apresura a completar la palabra.

–Una I, una G, una U con diéresis, una E, una D una A una D.

Ella no alcanza a formar la palabra. Busca un lapicero y le pide que diga las letras nuevamente.

Él vuelve a deletrear la palabra ambigüedad.

Ella dice que no, que no era eso lo que decían sus ojos.

Él pregunta en qué se ha equivocado.

Ella empieza a tachar letras. Solo quedan la I, la U sin diéresis y la E.

Él propone jugar al ahorcado. 

Ella escribe ocho líneas. La E en la segunda y la sexta casillas. La U y la I en la cuarta y la quinta.

Él se equivoca de manera intencional, hasta que se encuentra a punto de morir.

Luego dice las letras necesarias.


De "La ciudad de los crepúsculos"


 


domingo, 11 de julio de 2021

Has visto muchas películas

 



En un parque muy lindo, dos niños jugaban a los vaqueros.

Por entre las ramas de los verdes árboles se asomaban para dispararse con sus pistolas imaginarias.

“Pam”, “Pun”, “Bang”, sonaban los sonidos de los disparos que hacían los dos juguetones niños.

Resulta que, por esas cosas de los juegos y la guerra, quedaron los dos en un campo abierto.

El más rápido sería el ganador.

Uno de ellos, de cabello negro y algo ensortijado, disparó antes que su rubio rival.

El rubio rival se llevó una mano al pecho. Como un enorme árbol a punto de derrumbarse, comenzó a bambolearse.

Caminó con dificultad, llevándose ambas manos al corazón y con cara de dolor y de angustia.

Casi arrastrándose, terminó de llegar a una roca.

Dejó el arma a un lado y, con respiración agitada y cada vez menos fuerzas, comenzó a tratar de hablar.

Antes de cerrar los ojos y dejar caer la cara a un lado, dijo que regresaría para vengarse.

El de cabello ensortijado se acercó al amiguito que fingía estar muerto.

Observó el esfuerzo que hacía por detener el aliento, los ojos entrecerrados de pestañas que vibraban contenidas.  

Se dedicó a mirarlo, con desdén y sin prisa, hasta ver que empezaba a ponerse morado.

Poco antes de marcharse hacia su casa, le dijo con desprecio:

–El problema es que has visto muchas películas.


De "La ciudad de los crepúsculos".