Una defensa de la novela inédita de Gabriel García Márquez, en Confabulario, el suplemento cultural de El Universal de México
domingo, 17 de julio de 2022
domingo, 26 de junio de 2022
La mujer biblioteca, en la revista virtual Cronopio
Publicada en diciembre de 2021, La mujer biblioteca acaba de recibir una mención de honor, en los International Latino Book Awards, en la categoría de Mejor biografía en español.
En su edición del 24 de junio de 2022, la revista virtual Cronopio ofrece un abrebocas a la novela.
lunes, 11 de abril de 2022
Primeros aullidos
Gustavo Colorado Grisales ha escrito la primera reseña de "La mujer biblioteca", una lectura atenta y generosa de un mamotreto que espera a sus lectures con paciencia.
viernes, 1 de abril de 2022
"Impresionante"
Una reseña de la novela "Individuo errante" de Fredy Téllez, en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República
martes, 25 de enero de 2022
Bernardo Caraballo: El campeón sin corona
Un perfil de Bernardo Caraballo (enero 1, 1942- enero 20, 2022) publicado en El Universal, de Cartagena, en julio de 1992
Bernardo Caraballo
El campeón sin corona
I.
Hay fiesta en casa de los Caraballo
La casa es alegre y
tiene una sala amplia. Está en una calle tranquila llamada La Paz.
En la sala hay un afiche
enmarcado de Pambelé. Al fondo, en el comedor, casi sobre la puerta que da a la
cocina, un cartel nos invita a ver la pelea entre Caraballo y un boxeador de
apellido Chartchai.
Un hijo de Bernardo
Caraballo nos explica que el combate fue en Manila, Filipinas, en el año 64.
En la sala hay dos
cuadros más. Tienen fotos pequeñas. Allí está el dueño de casa joven, vigoroso,
elegante y de sombrero, caminando por calles de Bogotá.
Entonces un Bernardo
Caraballo de cabello blanco se asoma a la puerta de un cuarto y pregunta si
habrá fotos. Al saber que sí, desaparece en el cuarto después de prometer que
volverá.
La casa está llena de
gente. Mujeres sonrientes colocan guirnaldas. Montones de niños desfilan
curiosos. Alguien ha descolgado el cuadro de Pambelé y ha puesto alegres tiras
de papel blanco. Esa tarde habrá fiesta en casa de los Caraballo. Es cuatro de
julio, se celebra un cumpleaños.
Hace
veinticinco años
A las ocho y dieciocho
de la noche del cuatro de julio de mil novecientos sesenta y siete (algo así
como las cinco de la mañana en Colombia), empezó el combate por el título
mundial gallo de la A.M.B entre el campeón –que hacía su cuarta defensa–
Masahiko “Fighting” Harada, del Japón, y el retador –y ligero favorito en las
apuestas– Bernardo Caraballo, de Cartagena, Colombia, un pueblo situado a mucha
distancia de Tokio, Japón.
Harada tenía las de
ganar. Era su país. Era su público el que gritaba su nombre en una de las
tribunas. También era su público ese insólito sector de la concurrencia que
guardaba silencio muy educado y sólo aplaudía al final de cada round.
Si la cifra dada por los
organizadores de la pelea es exacta, de las once mil personas reunidas en el
Nipon Budokan Hall, diez mil novecientas noventa y seis estaban a favor del
japonés y sólo cuatro a favor de Caraballo.
Caraballo besó el Cristo
que colgaba en su pecho, se lo entregó a su second y, después de unos instantes,
el combate comenzó.
En Cartagena, Colombia,
aún no salía el sol. En las calles de la madrugada, grupos de curiosos giraban
como moscas en torno a los dos periódicos de la ciudad y, especialmente, a sus
teletipos, a la espera de conocer el resultado de la pelea.
A esa misma hora,
también, una mujer y sus tres hijos esperaban. Rezaban y esperaban.
Caraballo supo que
estaba en el Japón en una pelea por el título y que había gente esperando que
ganara, cuando un puño de Harada lo conectó en el primer asalto y lo derrumbó.
Eso no le gustó a
Caraballo para nada. Reaccionó con tal violencia que ese round en que cayó para
muchos quedó empatado.
La pelea siguió y
Caraballo bailó, se movió con su agilidad legendaria. Cambió de guardia y peleó
zurdo. Se movía, se agachaba, sorprendía a Harada con la rapidez de sus manos y
sus pies.
Y Harada respondía.
Seguía con su obstinación de japonés, conectando algunos puños rotundos sobre
el baile que tenía al frente, volviendo la cara de Caraballo algo hinchado,
húmedo y amoratado.
Pero Caraballo también
conectaba. Llegaba con su brazo de lanza hasta la cara de piedra del japonés.
La pelea fue la primera
por título mundial, en la historia, que quedaba con siete rounds empatados. Se
dieron que da miedo.
Al final llegó el
momento de escuchar el resultado. Los japoneses se miraban asustados. Los
cuatro colombianos que acompañaban a Caraballo, el Embajador, el Cónsul, Camilo
Morales y Sócrates Cruz, gritaban eufóricos y sudorosos. Le decían: “¡Ganamos!”,
y estaban convencidos de que habían ganado hasta que el presentador leyó la
decisión y el árbitro alzó el brazo de Masahiko “Fighting” Harada.
Una
placa de cobre grabada
Bernardo Caraballo
aparece con una camiseta que tiene estampado un sol.
Como la conversación
gira en torno a fotos y carteles, Bernardo Caraballo va hasta el mueble del
comedor y toma una placa de cobre que está un poco empolvada. Se acerca a la
puerta del patio, quita el polvo con la mano y muestra un montón de trazos
grabados sobre la placa, trazos que anuncian, en un idioma incomprensible, la
pelea por el título mundial en el Nipon Budokan Hall.
Caraballo señala un
grupito de letras a la derecha y dice: “Ese debe ser mi nombre. Éste es el
único recuerdo de esa pelea que me queda”.
Entonces regresa la
placa a su sitio, pasa serio por entre los preparativos de la fiesta y propone
sacar a la terraza un par de mecedoras.
Luego del trasteo,
instalados bajo la fresca sombra de un árbol, Caraballo se apresura a decir:
–Yo le gané a él. Lo
partí en tres partes, las dos cejas y el pómulo. Esa pelea me la quitaron. A mí
sólo me abrió una ceja.
Bernardo Caraballo se
acerca para mostrar la cicatriz, pero no recuerda en qué ojo era. Al final cree
recordar que era el izquierdo y una leve rayita, una cicatriz invisible, es lo
único que le queda de los puños de Masahiko “Fighting” Harada.
Pero Caraballo no
recuerda ese episodio con rabia. Recuerda, más bien, lo feliz que se sintió.
Había terminado exitosamente la primera pelea a quince rounds de su vida.
Cuando el juez levantó la mano de Harada, el mismo Caraballo buscó al japonés y
también se la levantó. “Yo le levanté la mano, sentí emoción, bastante
alegría”.
El japonés devolvió la
atención visitándolo más tarde en el camerino. “Me dijo que yo era muy buen
boxeador, que tenía bastante rapidez de piernas y de manos”.
Fue la última vez que
hablaron. Antes, sólo había conversado con él una vez, cuando los presentaron
en una reunión. “Él tenía intérprete. Me dijo que me daba suerte, pero que él
era el campeón”.
“Dos días después de la
pelea sí me sentí triste”.
Sócrates Cruz, Camilo
Morales y él permanecieron tres días más en el hotel Fairmont, al que habían
llegado quince días antes de la pelea. Luego viajaron a Colombia en un avión de
Pan American que aterrizó en el aeropuerto de Soledad.
Esa noche durmió en
Barranquilla y al día siguiente salió para Cartagena “por vía”.
En el retén de doña
Manuela, a la entrada de la ciudad, había gente que esperaba su llegada.
Acompañaron su carro corriendo detrás de él. Poco a poco la multitud era mayor.
Pronto se formó una enorme caravana que recorrió la ciudad antes de acompañarlo
hasta su casa. En medio del entusiasmo, la gente empezó a llamarlo el Campeón
sin Corona.
“Lo que era la
fanaticada”, dice con su voz leve Bernardo Caraballo. “Todavía soy su campeón
pa’ellos. En la calle me saludan, me dicen: ‘Caraballo, adiós’, ‘Campeón,
adiós’. Gracias a Dios todavía tengo un poco de imagen. Todavía el pueblo no me
ha olvidado”.
Una
carrera
“Hice 124 peleas
profesionales. Perdí diez y empaté como tres. Noquié a más de treinta y pico.
Pelié dos veces por el título. La primera vez fue contra Eder Jofre en Bogotá.
En esa pelea perdí por nocaut en el séptimo round. Era la primera pelea que
perdía en mi vida”.
Y
para terminar una pelea
“El día de esa pelea por
el título, contra Eder Jofre, en Bogotá, me pusieron a rebajar. Cuando me
pesaron, a las doce del día, di 120 libras, o sea dos libras de más. Subí a
Monserrate trotando y después me metieron dos horas en unos baños turcos. Di el
peso necesario, pero me debilité. Fue en el Campín. El estadio estaba lleno.
Llegaron personas de todos los departamentos de Colombia”.
Momentos
“Mi primera pelea como
boxeador fue en Turbaco, en el 58. Era a tres rounds y gané por puntos.
“Empecé a boxear por el
factor económico. Tenía que hacerlo. Me inició Humberto Caraballo, mi hermano.
Él me llevó al gimnasio. El que me enseñó fue Julio Carvajal Salamanca, un
chileno que vivía en la ciudad.
“La última pelea fue en
el 77, en Chile, con Astorga (era el campeón Centroamericano y del Caribe del
peso pluma, pero el título no estaba en disputa). Le gané por decisión. Luego
me retiré porque entré a trabajar a Colpuertos y la señora mía me dijo que no
peliara más, que me dedicara a mi trabajo.
“Luego hice otra pelea
en el Circo–teatro, de exhibición, con el difunto Víctor Cano.
“El boxeador al que más
golpes le he dado fue el Pato Fuentes, de El Salvador, en San Salvador. Le gané
por decisión en diez rounds. Lo tumbé tres veces y terminó los diez rounds
parado, de pie.
“La vez que más
maltratado quedé fue con Chartchai, en Manila, Filipinas. Me cerró el ojo, me
partió la boca y, sin embargo, yo gané por decisión. Figúrese él cómo quedó.
Eso fue una pelea tremenda”.
Y después de esas
palabras, es posible comprender por qué, entre todos los recuerdos, el cartel
de esa pelea es el que con mayor orgullo se conserva en esa casa. Allá en lo
alto de una pared del comedor está el testimonio más elocuente, para la familia
Caraballo, de que los recuerdos más profundos que deja el boxeo son recuerdos
de dolor.
II. Ganadores y perdedores
La charla continúa bajo
la sombra de los árboles que están frente a la casa de Bernardo Caraballo.
Al frente transcurre
tranquila la calle La Paz.
Adentro, en la casa,
siguen los preparativos para la fiesta. Para muchos ha llegado la hora de
bañarse.
Luego de que Caraballo
recordara que el combate en el que más lo habían golpeado fue el que le ganó en
Filipinas a Chartchai, habíamos concluido que tal vez por ese hecho el cartel
de esa pelea era el único que permanecía en las paredes de esa casa, por ser el
que mejor expresa la esencia del boxeo, por ser un elocuente testimonio de
dolor.
Pero hay también placer
en torno a ese dolor.
Bernardo Caraballo
afirma con orgullo que conoció más de cuarenta y ocho países y que uno de sus sueños
es poder regresar.
La
extraordinaria
“Teniendo dinero me
gustaría ir a las partes donde estuve, para recordar”.
“Por eso todos los meses
compro la Extraordinaria, para ver si me la saco para poder viajar”.
“Iría a Manila, a Hawai,
Honolulú, a Los Angeles, a Las Vegas. Me gustaría pasear otra vez por el
Oriente. Esa vaina es bonita, las costumbres son distintas…”. Y entonces
Caraballo se acerca y pregunta casi en secreto: “¿Por qué será que en el
Oriente la gente es más civilizada?”.
“El lugar que más
recuerdo es una playa llamada City Boulevard, en Manila, Filipinas. Son las
siete de la noche y yo estoy tomando gaseosa y comiendo maní con concha”.
Entonces Caraballo se
recuesta, habla como si estuviera viendo lo que menciona. Describe con deleite
un paraíso que el tiempo no le ha podido arrebatar.
“Es una playa larguísima
que es como del aeropuerto al hotel Caribe. Por una avenida pasan unos buses de
dos plantas. Abajo van los esposos y arriba van los novios”.
Caraballo parece
despertar. Regresan sus preguntas sobre Oriente que nadie le ha podido
contestar: “¿Por qué tiene que ser esa cultura así? Nosotros vamos todos
revueltos”.
La
pelea
La vida es una pelea que
se gana o se pierde por puntos o por nocaut. Caraballo parece que la va ganando
y con Knock-down, en el momento en que derrotó a Masahiko “Fighting” Harada y
el peso de una corona no se vino sobre él.
Qué alivio no tener en
la cabeza una corona. Las coronas, el éxito y la gloria embriagan y trastornan.
A unos los hace derrochar lo que obtuvieron con unos cuantos golpes. A otros,
los pone a seguir peleando para proteger una fortuna de los pícaros. Pero a muy
pocos los deja tranquilos, cumplidores del deber y pensando en el futuro de sus
nietos, herederos de su tradición.
El
hijo del panadero
Ahora las manos de
Caraballo no golpean a nadie. Estrechan cariñosas las manos de un muchacho que
se ha acercado con su padre y con un brillo en los ojos repletos de admiración.
El padre del joven le
pregunta a Caraballo que si se acuerda de cuando eran jóvenes y vendían juntos
pan. Caraballo intenta recordar.
Mientras tanto, el
hombre dice que a su hijo le gusta el boxeo, que lo practica y que quería
conocerlo.
Caraballo saluda al
joven con una sonrisa dulce y mirándolo a los ojos. El muchacho tiembla de
orgullo. Está apretando la mano de Caraballo, el primer Campeón Mundial.
El hombre se despide y
se marcha con su hijo, no sin antes recordarle a Caraballo lo del pan.
Caraballo los mira
alejarse y luego se vuelve a decir en secreto: “El crio a sus hijos a su modo y
yo lo hice al mío. Eso es el mundo. Cuando éramos jóvenes vendíamos pan y yo no
tengo ningún problema en saludarlo. No me cuesta nada ser amable y si le hago
un desaire se lleva una mala impresión”.
Harada
me debe recordar
“No sé qué será de la
vida de Harada. La últimas vez que hablamos fue después de la pelea, en el
camerino”.
“Me imagino yo acá que
debe estar bien. Fue campeón mundial mosca, gallo y pluma y, donde quiera que
esté, se debe acordar de mí”.
La
campana
Hoy en día Caraballo
piensa en su jubilación. Trabaja en el Terminal, donde sigue trayendo y
llevando mensajes.
La casa en que vive la
compró con la plata que se ganó peleando con Mimún Ben Alí, al que le ganó por
decisión, a comienzos de 1967, en Bogotá. De esa pelea recuerda con orgullo que
entre el público estaba “el presidente de la República de Colombia, Guillermo
León Valencia”.
La casa la compró por 16
mil pesos. “Este barrio era de gente bien. Aquí vivían los Caballero, los
Guarriza, los Chalela, que ahora están viviendo en Bocagrande”.
Caraballo construyó seis
piezas al lado de la casa y se burla porque ahora a las piezas les dicen
apartamentos.
En cuatro de las piezas
que Caraballo construyó viven cuatro de sus cinco hijos, cada uno con una prole
considerable.
Caraballo tiene 12
nietos y está feliz. No tiene mucho dinero, pero lo que tiene le basta para
abrigar la esperanza de que educará a sus nietos y seguirá al frente de esa
familia y esa casa, siempre con una buena guardia, esperando sin prisa el
momento en que suene la campana.
Los
compadres
El tiempo le ha enseñado
a Caraballo a no juzgar. Al hablar de Pambelé, dice que cada cabeza es un
mundo. “Él hizo lo que él pensó hacer”.
Caraballo habla de
Pambelé con cariño y con orgullo, con el mismo orgullo con el que su imagen
cuelga en la sala de su casa y sólo ha sido removido por un rato para colocar
unas guirnaldas.
“Además somos compadres.
Yo le cargué su primer hijo, Manuel”.
Caraballo recuerda a
Rocky Valdés. Dice que en otra parte de la casa hay una foto de él. “También
somos compadres, él bautizó al mayor de mis nietos, Bernardo Fabio, que ya
tiene trece años.
“Rodrigo Valdés está muy
bien. Tiene varios apartamentos y, sin embargo, no ha perdido la humildad. No
sale del mercado. Ese tipo es un amigo. Cuando estaba comenzando estuvimos en
una misma velada en Bogotá”.
De
los de ahora
De los boxeadores éstos
que están ahora, el que más me emociona es Chicanero Mendoza.
Futuro
“Cuando me jubile voy a
ser entrenador”
Un
nieto
“Cada semana llevo a mi
nieto, Bernardo Fabio, a entrenar a la playa temprano en la mañana y echo una
trotadita de quince o veinte minutos. Físicamente me siento bien”.
El
ganador
Caraballo es un hombre
afortunado. Es afortunado porque, a los cincuenta años, levanta los brazos,
entrelaza los dedos en su nuca y afirma suspirando: “Gracias a Dios estoy bien.
Así como estoy me siento bastante bien”.
Y queda la sensación de que, aunque en su casa
no existe el lujo de una corona, la pelea de la vida Caraballo la ganó.
Y Caraballo sonríe, mira
a la cámara y dice: “Esta foto que me tomo con mis nietos es la más
importante”.
Y en la sala de su casa
se despierta, con la música, la fiesta para un niño que está cumpliendo tres
años; un niño que aún ignora los momentos más notables de un pasado que también
le corresponde, un niño que algún día irá a contarle a sus hijos y a sus
nietos, con orgullo, que su abuelo fue Bernardo Caraballo, el hombre que fue
campeón sin serlo, hace muchos… muchos años, por la fecha de su cumpleaños.
El Universal, Julio 6 y 13 de 1992
Disponible en Amazon
domingo, 23 de enero de 2022
El sueño de Sócrates
Después de "Vidas de artistos", viene "Entre líneas",
una nueva sección en la revista Cronopio,
que ha llegado a su edición númro 90.
Pocos
sabemos con certeza de la vida de Sócrates: que nació en Atenas alrededor del
470 antes de nuestra era, que fue hijo de un picapedrero y una partera, que era
feo y tenía una esposa de temperamento explosivo, que aceptó con aparente
frialdad la noticia de la muerte de dos de sus tres hijos y que murió en
prisión, en el año 399, condenado a beber la cicuta por «corromper la juventud
y querer introducir nuevas deidades».
Leer el texto completo en Cronopio
miércoles, 12 de enero de 2022
"Estar allí del todo"
"La mujer biblioteca" es, entre otras cosas, un manual para el manejo de toda clase de bibliotecas, desde la más modesta en un pueblecito perdido hasta la biblioteca pública de la ciudad más grande. A lo largo de su carrera, Marilla Waite Freeman dejó toda clase de lecciones sobre su oficio que son también lecciones para una vida bien vivida. Marilla escribió sobre la creación y organización de la biblioteca, sus finanzas, sus relaciones con la comunidad, la psicología de su oficio, los programas especiales, la invitación y orientación a los lectores, las bibliotecas y la guerra, las bibliotecas frente a la censura, la educación para adultos y hasta las lecturas que hay que ofrecerle al moribundo.
Este fragmento incluye pasajes de "Ideales en el servicio de referencia", publicado durante la Gran Depresión y uno de sus textos más influyentes. Allí brilla de manera muy clara su filosofía de vida.
Marilla
y McDonald volverían a coincidir años después en Nueva York. Esta historia he
podido contarla gracias a esa cercanía. Por lo pronto diré
que, para él, “Ideales en el trabajo de referencia”, publicado en diciembre de
1932 en el Wilson Bulletin, era uno de sus textos de Marilla favoritos.
El artículo está basado en una charla que había ofrecido en la Escuela de
Bibliotecología de la Universidad Western Reserve, de Cleveland, que mantenía
una relación estrecha con la biblioteca pública. El texto se nutre de viejas
convicciones, pero también permite apreciar la fluidez y claridad que Marilla
había alcanzado a la altura de los sesenta y dos años.
Marilla
empieza por decir que se propone “hablar un poco sobre la idea general del
servicio de referencia y sobre la idea personal al interior de esa idea
general”. Define el servicio como la recepción y manejo de todo tipo de
preguntas o solicitudes de información o materiales, a diferencia del proceso
regular de circulación y préstamo de libros.
Deja claro desde el principio que el ideal del servicio de referencia
debe ser que a nadie se le puede permitir que se marche de la biblioteca sin
antes haber recibido la información por la que vino o la orientación suficiente
para encontrarla: “En el vocabulario de las bibliotecas no deben existir las
palabras negativas. Las palabras ‘No’, ‘No lo tenemos’ o ‘No lo sé’ nunca deben
ser pronunciadas, al menos no como respuesta completa y final”.
Es posible que pensemos: “Este hombre ha venido al lugar equivocado.
Esta no es una agencia de empleo, o una clínica para almas lastimadas”. Pues
bien, déjenme decirles que nuestro espíritu para el servicio de referencia o,
en sentido más amplio, para el servicio de bibliotecas, casi puede medirse con
precisión por el grado en que somos conscientes, y nos comportamos en
concordancia con esa consciencia, de que ningún hombre ha llegado al lugar
equivocado cuando ha llegado a la biblioteca pública. Para eso es justamente que estamos –nosotros
y nuestro servicio de referencia– para desempeñarnos como el centro de
procesamiento de todos los conocimientos. Queremos que la gente piense en
nosotros cuando hay algo, cualquier cosa, que quiere saber.
Es cierto que no somos una agencia de empleo; pero, cuando alguien ha
llegado al límite de la desesperación, podemos conducir a un humano desamparado
hacia el hombre de la organización que lo pondrá de pie. Tal vez no seamos una
clínica para las almas lastimadas –no estoy por completo segura de que no lo
seamos– pero la sabiduría de todos los tiempos se cristaliza en nuestros
anaqueles, y el mínimo de simpatía humana, comprensión e inteligencia puede
hacer venir la palabra impresa o hablada apropiadas para enfrentar el momento
de crisis en una vida humana.
Si asumimos como nuestro motto las palabras de Terencio:
“Humani nihil a me alienum puto” (“Nada humano me es ajeno”) descubriremos que
todos los elementos de la dramática, emocionante y satisfactoria experiencia
humana pueden hallarse en el servicio de referencia de cualquier biblioteca,
pública o de otro tipo, donde los seres humanos se congregan.
De algún modo, no puedo escapar a la superstición –si acaso es
superstición–, de que cualquier persona cuya vida toca la mía, así solo sea por
un momento, establece, así solo sea por ese momento, una cierta relación, una
cierta obligación. A esa persona no puedo decirle a la ligera: “No tengo nada
para ti”. Debo darle lo que pueda y, cuando ya se aleja, decirle: “Regresa a
contarme como salió todo”. A menudo, como los que trabajamos en bibliotecas lo
sabemos, esa persona nunca regresa: tal vez solo fue una embarcación que pasó
frente a nosotros en la noche –y le dimos todo lo que necesitaba mientras
pasaba–; pero, si hemos dejado abierta la comunicación, con esa expresión
amigable, habremos al menos cumplido con nuestra obligación, habremos
completado y dado cierre a nuestro servicio.
“Allí del todo”
Como pueden ver, el ideal general del servicio de referencia se
superpone de manera muy íntima con el ideal personal; pero, desde la
perspectiva puramente personal, hay otro ángulo para acercarse al tema. En uno
de sus estimulantes ensayos, el juez Troward dice: “Nuestro objetivo debe ser
expresar todo lo que somos en cada acto”. Piensen en eso por un momento:
“Expresar todo lo que somos en cada acto”. Piensen en la manera superficial
como realizamos la mayoría de nuestros actos –podría decirse que desde la
superficie propia– con una presencia a medias en lo que hacemos. Piensen en lo
que significaría para nosotros y para la persona a quien estamos ayudando, si
concentráramos todos nuestros poderes en cada pequeño acto de servicio. Piensen
en el tipo de visión intensificada con que deberíamos ver a cada persona, la
manera tan plena como deberíamos entrar en su manera de ver las cosas –la
esencial– y estar allí del todo en el acto de ver lo que esa persona quiere
saber y en el de proporcionárselo de la manera más rápida y efectiva. Aquí es
donde entra en juego toda la psicología del trabajo de referencia y su técnica:
en ver que la persona que pregunta tenga una silla, que la ley de la atención
haya sido aplicada para darle algo que capte su atención –así sea el índice del
Almanaque Mundial–, donde pueda buscar ayuda por sí misma, mientras
usted le consigue “la droga efectiva”. El tiempo es esencial –como la ley lo
afirma de manera sucinta– cuando se trata de un hombre ocupado. Si están allí
del todo, en el trabajo, y le ponen algo, cualquier cosa, frente a los ojos,
para evitar que lo moleste el vuelo de los minutos mientras ustedes trabajan,
sentirá que ha recibido un servicio rápido.
Es probable que tengamos que atender a varias personas al mismo
tiempo. Tendrán que estar tan “allí del todo” –algo así como con las múltiples
cabezas de la hidra–, de manera que puedan hacerle saber a cada uno, con un
gesto o sonrisa o una mirada rápida o un “solo un momento”, que saben que está
allí y que lo atenderán lo más pronto posible. Por supuesto que su experto
artista de la referencia puede darle a cada uno un resumen estadístico o una
guía del lector o el Manual de Moody o el Quién es quién o un
volumen de enciclopedia abierto justo donde está el tema buscado, todo de una
vez, como en una carrera de relevos, y mantenerlo ocupado y satisfecho… Supongo
que la psicología del asunto sería que, si nuestro objetivo fuera el de
expresar todo lo que somos en cada acto, entonces cada acto ha de ser exitoso,
y una sucesión de tales actos constituirá un día exitoso, y una sucesión de
tales días constituirá un exitoso bibliotecario de referencia –entre los cuales
no puede haber uno más feliz.
Disponible en Amazon
domingo, 12 de diciembre de 2021
La mujer biblioteca
El hallazgo de unos viejos manuscritos nos abre las puertas al paisaje de América, desde sus primitivos habitantes hasta el siglo XXI, pasando por los peregrinos del Mayflower, la Guerra Civil, la lucha por los derechos civiles, la Gran Depresión y las dos grandes guerras del siglo XX.
Marilla Waite Freeman, la luz que ilumina el relato, viene del más allá.
Su
mensaje de amor por los libros y por la vida bien vivida sigue siendo vigente y
necesario.
The Great American Novel has been written in Spanish”
(No la vimos venir. La gran novela americana ha sido escrita en español”).
Stephen Bishop. Worldview Today.
Cleveland y New York son dos de los escenarios de las últimas décadas de su vida.
Después, el olvido hace su parte para mantener oculta por un tiempo a la “cazadora de cabezas”.
Pero su brillo resulta inocultable y, con el tiempo, encuentra su camino
hasta nosotros.
“Marilla es un tremendo personaje. ¡Una estrella de Rock! Deberíamos llevar
camisetas estampadas con su imagen”.
Margaret Baughman
domingo, 5 de diciembre de 2021
Ya viene Marilla
El libro sobre Marilla Waite Freeman tenía
que aparecer en el año de Dante y las bibliotecas. También tenía que aparecer
en dos tomos, porque recortarlo más sería una insensatez.
Ediciones El
Pozo publicará muy pronto La mujer biblioteca, la historia de esta
"diosa adorable e infinitamente maternal", como la llamaría Floyd Dell.
De la contraportada del Tomo 1
El hallazgo de unos viejos manuscritos nos abre las puertas al paisaje de
América, desde sus primitivos habitantes hasta el siglo XXI, pasando por los
peregrinos del Mayflower, la Guerra Civil, la lucha por los derechos civiles,
la Gran Depresión y las dos grandes guerras del siglo XX.
Marilla Waite Freeman, la luz que ilumina el relato, viene del más allá. Su mensaje de amor por los libros y por la vida bien vivida sigue siendo vigente y necesario.
De la contraportada del Tomo 2
Cleveland y New York son los dos grandes escenarios de las últimas décadas de la vida de Marilla. Después, el olvido hace su parte para mantener oculta por un tiempo a la “cazadora de cabezas”.
Pero su brillo resulta inocultable y, con el tiempo, encuentra su camino
hasta nosotros.
sábado, 4 de diciembre de 2021
El espermatozoide peripatético
Cuando hacía mi investigación para escribir Un ramo de nomeolvides, el testimonio de Carlos Alemán Zabaleta me ofreció una rica variedad de detalles sobre los inicios de García Márquez en Cartagena de Indias. Con este fragmento celebro agradecido su vida bien vivida.
Años después, frente a la turba
enfurecida que acabaría con su vida y con la de su padre, el poeta Óscar
Delgado había de recordar la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Santa Ana era un pueblo en decadencia
desde el momento en que el río comenzó a marcharse. Tal como sucedía con
Mompox, Santa Ana había visto secarse ese brazo de agua que por años le había
traído noticias, personalidades y vestidos, espejos de cristal de roca y
vitrolas que en las noches empezaron a acobardar a los grillos.
En pocos años Mompox y Santa Ana
serían poblaciones encalladas en el tiempo. Ya a sus puertos no llegaban
siquiera los grandes inventos. Había que mandarlos a traer de una Magangué
ahora próspera y sorprendida ante el enriquecimiento del brazo de río que le
correspondía.
Sintiendo ya el aliento de la
muerte, esa joven promesa de las letras lloró de tristeza por la vida, por el
odio, por el fuego, por el ciego y furioso país que le había correspondido. Y
recordó la frustración de aquella tarde lejana en que su padre lo llevó a
conocer el hielo y no pudo conocerlo.
Recordó la mañana y los
preparativos. El orgullo de su padre, el patricio don Temístocles Delgado,
frente al espejo, cuidando cada detalle de su mejor traje.
Recordó la terrible expectativa
de todos frente al agua. La ansiedad por ver llegar la lancha con el más grande
invento de todos los tiempos, un mágico misterio al que llamaban el hielo.
Las personas que esperaban en la
orilla estuvieron a punto de irse de bruces al agua cuando la lancha se asomó
en el extremo del río.
Pronto supieron que aquello, lo
que fuera, ese invento mezclado con brujería, estaba en la única caja que venía
en la lancha. Cuatro hombres bajaron la caja y esperaron nuevas órdenes sin ponerla
en el suelo.
Don Temístocles Delgado se abrió
paso entre la muchedumbre, sonriente y erguido, y siguió hasta la plaza
principal, saludando a todo el que encontró a su paso, seguido por los hombres
de la caja. A la entrada del Concejo Municipal de Santa Ana dio instrucciones
para que llevaran la caja al patio y esperó la llegada de sus invitados.
El soldado que estaba junto a la
puerta tenía órdenes de no dejar entrar curiosos por el momento. Le habían
dicho que sólo entrarían las personas importantes. A un lado de la puerta, don
Temístocles saludó con deferencia a las autoridades civiles, militares y
eclesiásticas, quienes no se habían hecho esperar. Cuando todos entraron, don
Temístocles acarició el cabello de su hijo y lo empujó suavemente en la espalda
para que entrara a la casa.
Óscar Delgado nunca olvidó la
tensa solemnidad con que todos esos hombres esperaron el momento de abrir la
caja. Antes de abrirla, su padre improvisó un lento discurso para jugar con los
nervios de su distinguido público.
“Señores”, había dicho. “Si Santa
Ana no va al progreso, que el progreso venga a Santa Ana”.
El grupo miraba desconcertado la
caja. Óscar Delgado observó la quietud presta al salto del obrero que la
abriría en cuanto lo ordenara don Temístocles. Pensó en ese misterio agazapado
y siguió las palabras de su padre.
“Mi gran amigo, don David
Puccini, de la Casa importadora ‘Puccini y Puccini’, de la vecina población de
Magangué, acaba de hacerme llegar el más grande invento de la humanidad. Su
nombre es ‘hielo’ y enseguida lo veremos”.
Don Temístocles hizo un gesto a
su empleado y éste procedió a abrir la caja. Como rompiendo briznas de hierba,
el hombre arrancó las tres tablas de la parte de arriba y empezó a retirar
manotadas de aserrín, primero secas, después mojadas.
El empleado estuvo arrojando
aserrín mojado hasta que llegó al final de la caja. Tanteó el fondo por todos
sus rincones y se volvió triste y avergonzado.
Todos, incluido don Temístocles,
lo miraron con ojos desconcertados.
El hombre tardó en decir:
“Don Temi, tengo algo que
decirle. Ese maldito animal se mió y se fue”.
Poco antes del momento de su
muerte, Óscar Delgado recordó los detalles de esa tarde. Doblegado por los
golpes, comprendió que no sería el escritor que había soñado, que no hablaría
de la vida con sus versos encantados.
* * *
“Don Temístocles Delgado era un
hombre del carajo”.
Carlos Alemán está de pie, frente
al bar-biblioteca de su apartamento en Bogotá. Tiene en la mano una botella de
whisky y llena dos vasos. Su aspecto es el más desenfadado y sus canas las más
blancas.
“Tenía inteligencia y pantalones.
Era bravo, la bravura lo llevó a la muerte. Murió el mismo día que su hijo
Óscar. ¿Con agua o con hielo?”.
“Con agua”.
Carlos Alemán vuelve a sentarse
en la silla de la sala, entrega un vaso al periodista, sonríe, bebe un sorbo,
se pone cómodo y sigue recordando.
“Gabito se reía mucho cuando yo
le contaba la historia del hielo. Después aprovechó, en parte, esa historia. La
novela es eso, lo que produce el pueblo”.
Carlos Alemán es un hombre de
feliz anonimato. Si de algo se enorgullece en su vida es de haber contribuido a
preservar la obra del joven poeta Óscar Delgado.
“Delgado murió el 11 de abril de 1937. Una
turbamulta los asesinó a él y a su padre. Ahí empezó la violencia liberal.
“Óscar era un genio. Cuando
murió, Hernando Téllez se preguntaba cómo es posible que un pueblo que dura 200
años queriendo forjar un hombre, cuando lo consigue lo asesina.
“Gabito tiene una inmensa
admiración por Óscar, lo ha leído”.
La noche bogotana es menos fría
con un whisky entre pecho y espalda. Es el primer encuentro personal y Carlos
Alemán se siente a gusto recordando viejos tiempos.
* * *
La primera conversación fue por
teléfono. La voz es ronca y amena.
“A Gabito lo conocí en Sucre –su
pueblo de adopción–, en desarrollo de una campaña política, la última que
permitió el gobierno dictatorial de Ospina Pérez. Recordemos que ese mandatario
cerró brutalmente el Congreso y la Asamblea, a finales del 49.
“En asocio con Argemiro Martínez
Vega, Ramiro De la Espriella, Felipe Paz y Jacobo Casij, llegamos en varias
lanchas hasta esa población. En medio de la multitud que saludaba nuestro
arribo desde las barracas, se destacaba un hombre de exótica vestimenta: tenía
albarcas trespuntás, un pantalón negro y una camisa amarilla. Yo le pregunté a
Ramiro: ‘Quién es ese papagayo’, y él me contestó: ‘Es Gabito’.
“Así fue como lo conocí, desde
lejos. Era muy notorio con esa indumentaria, todo el mundo con vestido caqui y
camisas de dril y él con un pantalón negro, tal vez vestigio de su indumentaria
bogotana, una camisa amarilla y unas albarcas.
“Yo ya tenía idea de quién era
Gabito porque me habían hablado mucho de él como escritor, sobre todo un amigo
de Sucre, hoy médico, Domingo Vega. Así que, cuando Ramiro me dijo que era él,
nos bajamos de la lancha y nos abrazamos. Gabito era un hombre de una
avasallante simpatía. Era un muchacho, tenía 21 años y era muy vivo y
extrovertido.
“En esa época había una gran
mística liberal. Ese día en Sucre hubo manifestaciones, comidas, y al día
siguiente partimos, acompañados por Gabito, por toda la Mojana, hasta llegar a
Majagual. Eso fue una cosa sensacional, porque el río no estaba muy crecido y
los campesinos dejaban sus cultivos y se acercaban a las orillas para saludar,
con machetes y banderas liberales, el paso de las lanchas. Llevábamos tres
lanchas y en cada una iba una papayera. Llevábamos trago. Llevábamos banderas.
Eso fue sensacional.
“La violencia la vivíamos en
forma despreocupada. Nos rondaba y nosotros la tomábamos con sentido deportivo.
No nos dábamos cuenta de que estábamos en el filo de la navaja.
“En Majagual nos atendió el jefe
político, Alipio Quintero, un hombre muy rico que tenía una segadora de arroz.
En nuestro honor hizo una gran comida y un baile en su casa y, para el pueblo,
un fandango en la plaza.
“Ramiro sacó una vieja del
fandango y la coronó reina, con discurso y todo. Eso fue como en abril o mayo,
porque las elecciones fueron en junio.
“Con el equipo hay una anécdota.
Argemiro Martínez, Ramiro De la Espriella, Felipe S. Paz, Gabito y yo fuimos a
pedirle garantías al gobernador Ramón P. de Hoyos. Salimos con el rabo entre
las piernas. Nos dijo: ‘Ustedes lo que están es nerviosos’.
“Después, cuando vinieron las
elecciones y quedé como diputado, yo me fui para Bogotá. Regresé a Cartagena en
octubre, a la instalación de sesiones. Allí me volví a encontrar con Gabito.
Estaba trabajando en El Universal y nuestra amistad se consolidó más, sobre
todo a través de Óscar De la Espriella, porque Ramiro estaba en Bogotá.
“A mi regreso a Cartagena
solíamos reunirnos en el hotel Virrey. Ése se acabó, era de unos señores
Bechara. Ahí nos reuníamos y hacíamos tertulias a la hora del almuerzo,
encabezadas siempre por el maestro Zabala. Zabala vivía en otro hotel, pero en
el Virrey ‘tomaba los alimentos’, como se decía en esa época. El dueño lo
recibía con mucho respeto.
“Zabala era, más que un
periodista, un erudito y, sobre todo, un gran melómano. Influyó mucho en
Gabito, en su estilo y en el rigor de la palabra y la gramática. Era un
educador levantado en el periodismo, primero en el Diario Nacional, del general
Herrera, y después en La Nación de Barranquilla.
“La prosa de Zabala era una cosa
extraordinaria. Físicamente era un indio, un hombre gordo, de mediana estatura
y muy parco en el hablar, pero cuando lanzaba un juicio era profundo, no se
disipaba en conceptos. Zabala, más que todo, escuchaba. Tal vez por su misma
timidez el viejo ha permanecido desconocido.
“Recuerdo que, alrededor de
Zabala, nos reuníamos Óscar, Rojas Herazo, Ibarra Merlano, Gabito y yo. Como
era una etapa de mucha agitación política, el tema principal era la política.
“Después, yo me fui para donde mi
familia en Barranquilla. Gabito llegó unos días después y empezó a escribir
unas columnas en El Heraldo. En Barranquilla nos encontrábamos en el café Happy
–que fue el embrión de la Cueva– y allí nos reuníamos con el maestro José Félix
Fuenmayor –autor de Cosme, la primera novela urbana del país– , su hijo
Alfonso, Ramón Vinyes, Bob Prieto –que es un poco olvidado cuando mencionan a
los personajes de la Cueva, un ser extraordinario, erudito, gran pianista, se
suicidó–, Rafael Marriaga, Alejandro Gutiérrez Ripoll y ‘Figurita’, un pintor
que hizo parte del Grupo de Barranquilla. Pero, más que de literatura, en esas
reuniones se hablaba de política; como ya había comenzado la dictadura de
Ospina, entonces el tema era ese.
“Como en mayo del 50, yo regresé a Bogotá. Ese mismo año
Gabito me escribió una carta que todavía conservo, allí está la génesis de toda
su novelística. Esa carta yo se la regalé a Mario Alario Di Filippo, un jurista
momposino que fue miembro de la Corte Suprema de Justicia y profesor de Gabito
en los pocos meses que estuvo estudiando Derecho en Cartagena. Se la regalé el
Jueves Santo de 1951 en Mompox. Di Filippo la tuvo como quince años y un día me
la regresó, me dijo que era yo quien debía tenerla. Murió muy joven, apenas
maduro.
“Esa carta… Un momentico a ver si la encuentro por aquí”.
Carlos Alemán se aleja del teléfono. Es una sensación extraña
oír los ruidos de un lugar que no se conoce. En la oscuridad de los oídos
alguien abre cajones, revisa papeles.
Como la búsqueda se prolonga, Carlos Alemán vuelve al
teléfono.
“Esa carta...”, dice. “Un momentico a ver si me la encuentro
por aquí. Yo esa carta la conservo. Sí… sí, aquí la tengo. Eso fue en el 50, él
me la mandó aquí a Bogotá, está escrita sin punto y sin coma.
“La vaina es que Gabito ahora dice que sus cartas las están
vendiendo y que él no vuelve a escribir porque las han convertido en
mercancías. Yo no quiero que de pronto venga a creer... Es una carta
extraordinaria. Yo te mando una copia.
“Mario Alario era un intelectual connotadísimo, hablaba varios
idiomas, conocía toda la literatura, sobre todo la del Siglo de Oro, tuvo un
gran aprecio por Gabito. Creo que fue el único profesor que lo apreció en
Cartagena. El profesor de Derecho, Augusto Tinoco, lo hostigaba; otro profesor,
de Derecho Civil, Nacho Vélez, también lo perseguía”.
Gabito no iba mucho a clase pero hablaba mucho afuera con
Alario, especialmente en la heladería Americana. Alario tenía una gran
admiración por Gabito. Un día que me encontré con Mario en Mompox le regalé
esta carta con una dedicatoria al respaldo, dice: ‘Mario...’ ”, Carlos Alemán
se interrumpe, agrega: “No entiendo ni mi letra: ‘Mario, tú eres quien merece
tener esta carta’. La tuvo como quince o veinte años”.
* * *
“Como te digo, en Cartagena Óscar
fue el más amigo de Gabito. Nos reuníamos en su casa de la calle Segunda de
Badillo –ellos tenían una magnífica biblioteca– y allí se encerraba Gabito a
leer, leía mucho sobre la historia del país.
“Por ahí tengo una carta de Óscar
–si la encuentro te la mando–, en la que habla de un episodio que vivimos con
Gabito, con una vieja.
“El ex amante de la dueña del
prostíbulo llegó a reclamarle el hijo. Pero ella tenía de amante en ese momento
a un ‘chulavita’. El padre del niño iba a formar un abaleo y todos salimos
corriendo de la casa: Gabito –que es más cobarde que el carajo–, la caravana de
putas, Óscar y yo.
“Eso era lejísimos, amanecimos
caminando y Gabito llevaba en su brazo el perrito de su compañera. En la carta,
Óscar me prometía que iba a escribir una novela con eso. Todo eso fue un
episodio que hoy se ve risible pero que en su momento fue miedoso.
“El otro cuento fue una vez, en
otro establecimiento de esos, también con Óscar y Gabito. Como yo era diputado
a la asamblea y tenía buenos emolumentos contraté a unos músicos para que
tocaran cien piezas bailables. Los músicos no sabían lo que les esperaba. Como
en la canción 85 querían darse por vencidos pero nosotros insistimos en que
siguieran. Al final terminamos cantando nosotros. Gabito era el que mejor
cantaba, tenía muy buena voz.
“Después de vernos
esporádicamente en Barranquilla, dejamos de vernos por largo tiempo. Antes del
premio Nobel me encontré con él en una reunión de solidaridad con los
salvadoreños. Después del Nobel lo encontré en un acto académico, cuando le
dieron a Otto Morales su distinción como miembro de la Academia de la Lengua,
pero Gabito iba rodeado de detectives y de guardaespaldas. Nos saludamos desde
lejos. Él empleó una vieja expresión del grupo de Barranquilla: ‘Cómo están de
viejos los jóvenes Alemanes’.
“La historia de esa frase es que,
por allá en el cincuenta, en Barranquilla, íbamos los tres hermanos Alemán
–Alejandro, Rafael Enrique y yo– caminando con Gabito y nos cruzamos con un
momposino de apellido Acuña. Al vernos tan canosos –porque fuimos canosos desde
muy jóvenes– Acuña dijo: ‘Cómo están de viejos los jóvenes Alemanes’. Esa vaina
a Gabito le hizo mucha gracia y la repite cada vez que volvemos a encontrarnos.
“No es que la amistad haya
terminado, sino que ha languidecido, desde luego, por razones obvias”.
* * *
Bogotá, diciembre 19\94
Anexo la carta de Gabito de 1950. Próximamente si consigo un
soneto que le dedicó a Hernando Mathieu, un amigo de su cuerda sucreña, te lo
remitiré. Es una verdadera primicia. Ojalá desde su altura olímpica no lance
rayos de admonición contra quienes escrutan su juventud.
Abrazos.
Carlos Alemán
* * *
La carta tiene un encabezamiento
manuscrito:
notengoladireccióndejuanbteenvíounacartaparaél.
El resto está escrito a máquina.
alemán escribo para contestarte el disparate epistolar que a
tu vez me escribiste como estoy demasiado ocupado creo que no tendré tiempo de
poner puntos comas puntoycomas y demas signos ortograficos en esta carta
dificilmente tengo tiempo para poner las letras lastima que no exista la
telepatia para contestarte por telepatico correo que debe ser el mejor puesto
que no podria estar sometido a la censura como ya sabes estamos
semanalmentehaciendocronica lo que no nos da tiempo para hacer incursiones en
busca de yerbajos estupefacientes así que por lo pronto vas a tener que
conformarte con picha de caiman común y corriente mientras quiebra cronica y
podemos regresar a nuestros predios del hijo de la noche aurelianobuendía te
manda saludes igualmente su hija remedios medio puta que se salió al fin con el
vendedor de maquinas singer el otro hijo tobias tambien se metió a policía y
los mataron así que solo queda la niña que no tiene nombre ni lo tendra sino a
quien todos llamaran simplemente la niña todo el dia sentada en su mecedor
oyendo el gramafono que como todas las cosas de este mundo se dañó y ahora se
creo el problema en la casa porque lo único que sabe de herrería en el pueblo
es un zapatero italiano que nunca en su vida ha visto un gramofono zapatero va
a la casa y trata de martillarcomponerremendar cuerda inutilmente mientras
tanto muchachito del agua yendoentrandoechandoaguasilbandopiezas gramofo en
cada casa a ido diciendogramofonocoronel aureliano se dañó esa misma tarde
gente ha corrido vestirsecerrapuertasponersezapatospeinarse para ir a casa
del coronel éste por su parte no esperaba visita pues gente del pueblo no había
vuelto a su casa en quince años desde cuando se negaron enterrar cadaver
gregorio por miedo a la policía y coronel insulto curas pueblo copartidarios
retirose concejo y encerrose en su casa de tal suerte que solo quince años
despues cuando se dañarevientacuerda el gramofono la gente vuelve a la casa y
coge al coronel y a su esposa doña soledad completamente desprevenidos para
que niña no llore tiene que cantarle toda la gente del pueblo las canciónes del
gramofono y doña soledad se sorprende que todo el mundo sepa las piezas del
gramofono sin haber ido a la casa y se descubre que era muchachito del agua
quien había ido de casa en casa silbandocantando piezas para que todo el mundo
las aprendiera también se sabe otras mujeres casavecineando–poniendooido contra
paredes casa coronel lograron oir piezas gramofo y aprenderlas tu sabes que
quince años nadie habia querido enterrar a gregorio que era esclavo del coronel
y éste lo enterró solo en el patio bajo el almendro mitadvivomitadmuerto cuando
ya el muerto se le habia podrido dentro de la casa pero cerro puertas y gritó
cuando alguien venga a esta casa le daré agua envenenada para cuando llegaran
atrevidas visitas como nadie fue la casa se llenó con el silencio que en quince
años guardaron dentro de ella todas las gentes del pueblo que no fueron y
coronel ha jurado nunca saldrá de su casa y cuando la casa se estaba cayendo su
esposa le dijo aureliano salgamos que la casa se está derrumbando y ál dijo no
se derrumbará mientras yo esté vivo y su esposa dijo pero si está cayendose y
el volvió a decir no se caerá mientras yo este vivo y se muere y lo llevan a
enterrar y cuando ya la gente venia de regreso del cementerio la casa se cayó y
eso está muy bien son vainas durante toda la noche en que se daña el gramofono
la gente habla de cosas dentro de la casa y es eso lo que hace que la casa se
caiga porque el silencio era tan viejo que estaba duro y lo suficientemente
fuerte como para no permitir el paso de los ruidos y entonces como los ruidos
eran de mucha gente se estableció una lucha y se rompieron las paredes entre la
gente que está en la casa hay dos carpinteros que discuten a lo largo de
cuarenta y siete páginas sobre cómo se debe hacer una jaula y hay una mujer a
quien doña soledad la esposa del coronel no conoce y cada vez que va a hablarle
alguien se interpone entonces sucede que la mujer pasa toda la noche en un
rincón sin hablar con nadie y cuando doña soledad apenada logra llegar donde
ella ya está amaneciendo y la gente se vá está bueno son vainas son vainas tu
sabes que como el hijo se mete a policía cuando la policía trae el entierro del
hijo del coronel éste está sentado a la puerta como todos los días y cuando ve
venir el entierro le tira las puertas en la casa está bueno son vainas es como
si eso sucediera en mompos bueno eso es para que veas como va el novelon en
cuanto a lo demas te dire que german alfonso figurita pasamos la vida
hablandoescribiendopensandohaciendocronica pero no ya como antes
bebiendoputeandofumandocigarrillos–yerba porque la vida no puede ser esa si
no te gusta virginia te vas al carajo a ramiro le gusta y sabe de novela más
que tu así que te vas al carajo dile a ramiro que yo le debo carta pero que me
escriba que en diciembre pido vacaciones en cronica y me tiene que guardar
puesto en el apartamento don ramón se fue y escribió todos estamos bien tito
brinqueit eduard putieit veijo fuenmayor hecho un berraco todos te saludamos y
te deseamos felicespascuasprospero año nuevo tu amigo que mucho te estima
gabito
* * *
“Esa vaina sobre el silencio es
una verraquera”.
El segundo whisky empieza a
menguar. Carlos Alemán ha traído el original de la carta, está entre
protectores de plástico. Es un papel muy delgado. Las palabras manuscritas
fueron hechas con lápiz.
“Lo de picha e' caimán era porque
así le decíamos al Pielroja. Tito Brinqueit era Tito Fuenmayor, que cuando se
sentía engañado decía: ‘Me siento brinqueit’. El ‘Hijo de la noche’ era una
casa de putas”.
Deja la carta en la mesa de la sala.
Vuelve a ponerse cómodo.
“Mario Alario decía, a fines del
49, que Gabito era un genio. Él fue quien le dio la plata para irse a
Barranquilla.
“Alario Di Filippo era un hombre
bien plantado, fornido, de padres italianos. Murió en Mompox, donde había llegado
a pasar vacaciones. Fue el último momposino importante. Era gran orador,
filósofo, fue miembro de la Academia de la Lengua, fue magistrado de la Corte.
Hablaba latín, italiano, traducía del inglés y del francés, era un purista del
lenguaje. Era esquivo a los grupos.
“Después de quince años, cuando
me devolvió la carta de Gabito que yo le había regalado, me dijo: ‘Te fijas,
Carmán, que Gabito va a ser lo que decíamos’”.
Carlos Alemán sonríe, intenta
ponerse de pie, el whisky ya va ganando.
“Perdón”, dice. “Voy, como dicen
los De la Espriella, a deshidratar”.
Y se pierde bamboleante por el
pasillo de su casa.
* * *
Saludo a Carlos Alemán
Después de permanecer algún tiempo en Bogotá, en uso de sus
merecidas vacaciones políticas llegó ayer a Cartagena el doctor Carlos Alemán.
Sea bienvenido, como lo hemos deseado siempre, con mayor razón ahora que por
primera vez nos visita en calidad de diputado a la Asamblea de Bolívar.
El doctor Alemán hace parte del cuadro liberal que integrará
la mayoría en nuestra Asamblea y que, a no dudarlo, defenderá sin reservas, los
intereses populares, tan olvidados en las actuales horas. Porque es necesario
asegurar que los diputados mayoritarios estén dispuestos a poner toda su
capacidad de servicio al lado de quienes depositaron en ellos su más amplia
confianza.
Como miembro electo de nuestra asamblea, el doctor Alemán es
un síntoma vivo del sentimiento que anima a la diputación liberal, para rendir,
en el período que se avecina, una labor meritoria y, por demás, necesaria en
los actuales momentos para el logro de la tranquilidad que tanto merece y tanto
se le ha negado al pueblo de este departamento. Del trabajo coordinado,
armónico, de los diputados liberales, depende en gran parte el que esa justa
aspiración de nuestro conglomerado social quede plenamente realizada.
El doctor Alemán llega a tiempo para aclimatarse a la
atmósfera de las necesidades departamentales. Sus amigos de esta casa, donde se
le precia tan altamente como lo merece su justo valor, nos anticipamos a saludar
en él a otro de los ejemplares puros de la raza liberal.
El Universal, lunes 27 de agosto
de 1949, página cuarta, sección ‘Comentarios’.
* * *
“Usaba una indumentaria rarísima.
En Cartagena lo hostilizaban mucho, pero él no le paraba bolas a la gente,
decía que los de Cartagena eran los cachacos de la Costa”.
Los últimos tragos que dio la
botella ya están emprendiendo su viaje.
“Cuando íbamos donde las putas
terminábamos donde el marica Juan De las Nieves. Le decíamos: ‘Juan de las
Nieves, fiame un bisté, negro maricón’. Era un marica chiquito”.
Un periodista ebrio toma nota.
“Una vez me encontré con el papá
de Gabito. Me dijo que su hijo era un ingrato, que ni le escribía a la mamá.
Cuando nos despedimos me dijo: ‘Si lo ve, salúdeme a ese espermatozoide
peripatético’”.
Carlos Alemán consigue ponerse en
pie. Va a la cocina y regresa con una carpeta de papeles. Se sienta, recuerda,
busca.
“Tengo que ayudarte a conseguir
los sonetos que Gabito le escribió a su amigo Hernando Mathieu. Después,
hablando con Hernando, decía que Gabito se había vuelto pretencioso.
“Toda esa gente lo quería mucho,
después se les volvió genio. Vamos a ver si conseguimos esa vaina, para joder a
Gabito”.
Encuentra unos textos de Ramiro
De la Espriella:
“Ramiro ya debía ser ex presidente”.
Cierra la carpeta y la pone sobre
la mesa.
“Cuando Gabito se fue de
Cartagena, Mercedes ya estaba en Barranquilla. El papá de ella tenía una
farmacia en el barrio Boston. Gabito vivía pendiente de ella, la visitaba
constantemente. Él se fue de Cartagena porque le pagaban mejor en Barranquilla
y por Mercedes”.
Rubicundo bajo su cabello blanco,
Carlos Alemán es un hombre feliz que ha tomado unos whiskies y está recordando.
“De Barranquilla recuerdo más.
Vivía jodido, le prestaba los originales de su novela al portero del edificio
donde vivían las prostitutas. Recuerdo que tenían unos puercos en la azotea.
“Él ya tenía en la cabeza toda su
obra. Cuando se le venía una vaina a la cabeza se metía unas entusiasmadas del
carajo. Metía unos brincos tremendos y decía que la iba a escribir”.
Entre los hielos aún quedan unos
sorbos de licor.
“Es un snob. Ahora eligió a
Cartagena para vivir porque quiere codearse, por fin, con la tradición y el
abolengo que no tiene”.
Ahora sólo hay hielo sin licor.
“Él y Rojas no se quieren. Nunca
se han querido. La exuberancia de Rojas es insoportable”.
“Es una lástima”, piensa el
periodista al comprender que el trago, como la entrevista, ha terminado. “Se
estaba tan bien aquí. Hace tanto frío afuera”.
“Léete Antes del desayuno de
Eugenio O'Neill”, dice Carlos Alemán. Verás puntos coincidentes con la
Diatriba”.
Se levanta. Pide que lo espere un
momento. Regresa de un cuarto con unas llaves en la mano. Caminamos a la
puerta.
“La influencia que tiene de
Mompox es de su mujer, que estudió allá, y de mí”.
Baja con pasos firmes los dos
pisos.
“La diferencia es que él es un
genio y yo soy un güevón”, dice ebrio y divertido Carlos Alemán durante el
último tramo de la escalera.
Ahora, un pasillo en medio de un
parqueadero nos conduce hasta la puerta del edificio.
“Hablé con Ramiro De la Espriella
esta mañana. Le dije que usted vendría. Me dijo que ya estaba bueno de Gabito”.
“No más Gabito”, dice, sin ningún
resentimiento, como quien sólo pide un poco de quietud para el pasado.
En la esquina dice adiós y se
pierde por una empinada calle bogotana en busca de un buen trago de licor.












