jueves, 12 de enero de 2012

La faz de la tierra - La columna de Vivir en el Poblado

El pasajero de piernas largas estaba contrariado. Se preguntaba si podría sostener por cinco horas la posición apa­ra­tosa a que lo obligaba la puerta de emergencia del avión. Se disculpó con el hombrecito que se sentó a su lado, por tener que imponerle una rodilla mastodóntica, pero el hombrecito le dijo que no había problema y se dispuso a refugiarse en las páginas de un libro.

Justo cuando anunciaban que el despegue era inmi­nente, al hombrecito se le encendió un bombillo y le pro­puso a su vecino que cambiaran de sitio. Le dijo que con sus piernas cortas no tendría problema para acomo­darse junto a la ventana. El mejor negocio es aquel en que todos salen ganando y los dos ocuparon contentos sus nuevas posiciones. El hombrecito se felicitó en secreto por su ocurrencia porque de inmediato vio toda Nueva York brillando bajo el resplandor de un claro amanecer de invierno. Ahí estaba Manhattan, difícil de discernir para el que no se ha familiarizado con su silueta de ríos. Estaban Brooklyn y Queens, dos ciudades enormes por sí solas. Estaba el Bronx, siempre tan desacreditado. Tomó casi veinte minutos perder de vista aquella enormidad y el hombrecito pensó en el curioso privilegio que tendría de ver desde muy alto una porción inmensa de ese extraño país, desde la costa atlántica hasta el océano Pacífico: un recorrido que dos siglos atrás era impensable.

Pero cuando la urbe empezaba a darle paso a las geometrías rurales, un suelo de nubes borró todo el paisaje y la azafata propuso a los viajeros que bajaran las cubiertas de las ventanas para que el resplandor de la mañana no perturbara a los trasnochados. Como el hombrecito había tenido que madrugar mucho para alcanzar el vuelo, renunció sin mucho drama al paisaje inexistente y se dedicó a roncar con pulmones de caver­nícola extenuado. Despertó un par de veces, levantó la cubierta y vio algo como una planicie cundiboyacense que se extendía hasta el infinito. Así que regresó sin remordi­miento a sus ronquidos.

Después de un rato abrió los ojos a una imagen todavía más improbable que la que acababa de soñar. Abajo se veía la superficie de un planeta abandonado. El mundo era una piel de barro endurecido, fracturada, con las huellas de golpes terribles y sacudidas internas que dejaron visibles viejas capas geológicas. Aquí y allá serpenteaban unos ríos delgados, como un mensaje escrito en letra fina. Era el paisaje que deben ofrecer ahora mismo millones de planetas en todo el universo: una nada fecunda, un lienzo pintado por la furia de las rocas.


El hombrecito pensó en la fragilidad del planeta sobre el que surgieron los humanos, pensó en lo olvidados que viven esos seres de esa fragilidad, en lo simple que sería que todo se borrara en segundos. Pensó que en futuros quizá no muy remotos otros hombres verían en otros lados superficies como ésas buscando la manera de hacer de ellas su hogar. Pero pronto aquella reflexión apoca­líptica quedó suplantada por los bosques encantados de las montañas rocosas, por glaciares sin huellas humanas, por valles desiertos de nieves y pinos que sólo han visitado viajeros obstinados. Estaba pensando en la terquedad humana cuando llegó a sus ojos la tibieza ondulada y vegetal de Seattle bajo la lluvia, su vaivén de embarcaciones y criaturas apacibles, su aire de sueño olvidado. Tenía la sensación de haber viajado millones de años, pero al bajarse del avión y despedirse del gigante se propuso convencerse de que el viaje no había durado tanto.



Publicado en Vivir en El Poblado el 1 de diciembre de 2012.






domingo, 18 de diciembre de 2011

La curiosa perspectiva de los muertos

Un relato publicado en el suplemento Generación


La curiosa perspectiva de los muertos
Por Gustavo Arango
¿Un sueño notable? Muy buena pregunta. ¿Qué hará usted con lo que yo pueda contarle? ¿Qué extraña profundidad agregará a nuestro relato? Todos tenemos nuestras propias teorías sobre los sueños. Crecí en un lugar donde la superstición empezaba a compartir sus espacios con la ciencia. Al lado de símbolos rígidos para los que una boda auguraba funerales, y las heces eran oro que llegaba o se marchaba, también aprendí a tomar el mito del inconsciente como si fuera un hecho, a leer los paisajes de la noche como si fueran fruto de esas hambres superpuestas que son los deseos y temores. Me consta que hay cosas que uno puede cambiar en el camino. No muchas, no del todo. Pienso aún que las mariposas enormes y oscuras, que aparecen de no se sabe dónde, auguran visitas o despedidas. Pero mi teoría de los sueños ha cambiado con el tiempo, algunas charlas, unos libros y sueños que transcurren como si ahora mismo estuviera viviéndolos.
No hablaré de la mujer que caminaba en las estrellas, esa imagen de los tiempos en que me descubrí a mí mismo. Ya hablé en otro lado del encuentro en la piscina: el primer súcubo del que tengo memoria. De tanto repetirlo, ha perdido su temblorosa frescura el sueño premonitorio de las tumbas, ese hundirme en la tierra como entre arenas movedizas, ese entender de antemano que los muertos verdaderos son los que sobreviven. Dejaré también de lado el sueño en que caí al abismo y llegué hasta el final y morí por un rato, porque no tengo palabras para explicarlo. Digamos que el sueño más notable que he tenido es aquel que ahora mismo me estremece de manera más intensa, ocurrió hace unas horas y sé que al decir que ocurrió ya lo estoy traicionando.
En el sueño aquel soy una especie de escritor. Me disculpo de antemano si mi sueño no está libre de lugares comunes. La literatura abunda en personajes escritores. La razón es simple: cada uno está escribiendo la historia de su vida. Podría decirse que es una autoría restringida, que ni la tinta, ni el papel, ni el paisaje, ni las condiciones generales de la historia las hemos elegido. Pero, con todo y eso, la gracia del asunto consiste en que una decisión nuestra, por pequeña que sea, transforma la historia de manera dramática. Ceder o no ceder al apremio de un deseo (y habría que preguntarse si es uno el que desea), entrar o no entrar en la vida de un pueblo o una persona, aceptar o no una invitación, pagar un precio o no. Pero las opciones no siempre vienen en pares. Mientras más amplio es el abanico, mayor es la ansiedad al elegir, más inquietante es la libertad, más evidente es el hecho de que nuestro destino se encuentra en nuestras manos. Elegir el sabor de un helado, una ciudad, un vecindario, elegir un color particular, elegir un amante cuando el mundo está lleno de posibilidades… En fin, lo que quiero decir es que también, como usted, he tratado de intervenir en la trama de mi vida y que en el sueño había un hecho que me venía intrigando desde hacía varias semanas. No me pregunte cómo funciona el tiempo allá en los sueños. Esas son cosas que no ha explicado nadie. Lo cierto es que estaba en una especie de stand de feria cuando ya todo había terminado, cuando operarios agotados empezaban a empacar lo que no se vendió.
Recuerdo que me movía entre cajas y montañitas de libros rezagados. Buscaba mi novela. En el sueño yo había escrito una novela. No era que quisiera encontrarla. El éxito del libro consistía en que la gente se hubiera interesado en llevarla. Sentía al mismo tiempo una mezcla de desnudez y de impotencia, como si hubiera estallado en mil pedazos. Ignoro la naturaleza de aquel libro, su título o la anécdota, pero lo que sentía era muy claro: era un libro sincero, yo había puesto partes vivas de mí mismo y saber que ahora estaba en manos desconocidas tenía algo de gozosa pesadilla.
De manera que en el sueño trataba de imaginar a los lectores de aquel libro. Casi podría narrar un capítulo no soñado, el asedio sigiloso días antes, muy cerca del stand, la emoción cuando alguna persona se interesaba en el libro, lo tomaba para leer la reseña, la frustración cuando lo devolvían a su sitio o la alegría cuando se lo llevaban; también las ganas de abordar a esa persona y ofrecerle un autógrafo que ni siquiera esperaba. Mientras comprobaba que no habían quedado copias del libro, comprobaba también que nadie notaba mi presencia en el lugar. La incomodidad que sentí al principio con mi escrutinio, la sensación de que ningún escritor serio se pondría en esas cosas, empezó a disiparse cuando supe que nadie me veía. En ese momento es cuando el sueño se pone de verdad interesante.
Las palabras falsean, distorsionan, nos separan de las cosas. Pero son lo que tenemos, son nuestra hacha de piedra mientras llega el momento de entregarle a otra persona lo que somos. Digamos que cuando uno está soñando se imagina que tiene un cuerpo con dimensiones y formas similares a las del cuerpo que lo transporta cuando está despierto. Imaginé que tenía un cuerpo mientras me movía por entre el desmantelamiento, mirando portadas, títulos llamativos. Pronto comprobé sin sorpresa que mi mirada viajaba de manera más fluida que la que permite un cuerpo. Era una mirada que subía o bajaba, que se acercaba o se alejaba como flotando. Mi mirada se deslizó en el aire hasta el centro del stand, al sitio donde ahora una mujer enorme coordinaba la tarea de empacar. A pesar de lo cerca que estuve de su rostro, no recuerdo haber hablado con ella. Recuerdo la prisa con que me alejé hasta un rincón, la nueva perspectiva desde donde la vi hablar con un hombre que a veces tenía el aspecto que yo mismo reconozco como mío: los movimientos cortos y rápidos, la timidez y el sigilo.
Entonces me marché de aquel lugar, sin decidir marcharme, sin tener adónde ir, sin pensamientos de rechazo o nostalgia por lo que dejaba. Estaba simplemente en las calles, navegando entre rostros, y podía acercarme al que me interesara. Podía oír lo que decían, podía examinar como con lupa cada rasgo, cada gesto elocuente y fugaz. Ignoro cuántas vidas visité. Recuerdo en especial el encuentro que tuve con un hombre mayor. Tendría setenta años. Era pequeño, de cabello corto y blanco, irradiaba poder y se veía saludable. Caminaba acompañado, o mejor rodeado, por un grupo de hombres. Puedo poner otras palabras, pero quizá me equivoque. Los hombres que lo rodean pueden ser escoltas, guardaespaldas, súbditos, empleados. Lo cierto es que el hombre camina rodeado por el grupo y que el poder, la autoridad, emana de lo que dice y lo que hace. Ese hombre fue el único que me vio. Se detuvo de repente, me miró con fijeza, con gesto de quien reconoce a alguien que perdió o dejó de ver hace mucho tiempo. Empezó a hablarme cuando sentí que debía alejarme. No sé si el impulso de alejarme había sido todo mío. A veces pienso que algo detrás de mí me obligó o me persuadió. El alejamiento fue muy rápido y entre mi rostro y el del hombre vi formarse una niebla. Sentí que me alejaba sin querer alejarme. Pensé que así debían ver las cosas los fantasmas cuando desaparecían. No sé si fui yo mismo quien invento el consuelo de que podría volver. Pensé que todo aquello era la manifestación de un extraño poder que siempre había tenido, que ya no iba perder después de haberlo revivido.
Mi encuentro con el hombre me ha hecho pensar que, tal vez, lo que viví fue la curiosa perspectiva de los muertos. Tal vez ahora mismo, mientras me abro ante usted como nadie me ha visto, hay miradas que flotan muy cerca de mi rostro y consiguen entender mejor que yo lo que he vivido. He pensado también que es lo contrario, que aquel sueño que tuve me dejó visitar ese sitio al que nadie vuelve. He pensado otras cosas que no vienen al caso. Lo cierto es que después de aquel encuentro me seguí moviendo por las calles, auscultando a la gente, escuchando el barullo de sus rostros, y que al final llegué a un cuarto de luz amarilla donde transcurría una escena que pronto dejó de interesarme. Ya entonces sabía que en mi sueño podía fijar mi atención en cualquier cosa, que era yo quien conducía aquel vehículo, y decidí acercarme a esa chica delgada de falda tan corta que dejaba ver el panty, traslúcido y breve, la textura agreste y viva de aquel pubis. La chica se volvió y tuve muy cerca de mi rostro una piel tensa, tibia, hermosa como un planeta al que las rocas que pueblan el universo jamás han visitado. Recuerdo el olor. Un olor imposible, un olor que era casi la ausencia de olor. Lo recuerdo y estoy convencido de que podría identificarlo si volviera a encontrarlo. Lo recuerdo porque aún sigo perdido en la embriaguez que me causó.
He olvidado detalles que quizá me llevarían a la locura si llegara a recordarlos. Las historias del hombre y la muchacha, la extraña habilidad para moverme, serían suficientes para hacerlo inquietante. Pero eso no fue todo. Al final del largo vuelo de mis ojos encontré a una mujer que conozco y con quien nunca había tenido la ilusión de estar cerca. En el sueño estamos cerca; más cerca de lo que he estado con cualquier otra mujer. Ella tiene un vestido blanco de encaje, acepta ese abrazo que le impongo y sus ojos admiten que lo ha estado esperando. Ahora mi cuerpo ha vuelto de la nada. La mujer es pequeña, su rostro está a la altura de mi pecho, tiene gesto embriagado, se sabe perdida y no piensa escapar. El sueño termina cuando elevo el brazo y su rostro se hunde en mi axila.




Publicado en Vivir en El Poblado el 18 de diciembre de 2011.





jueves, 15 de diciembre de 2011

El arte de la incredulidad

En memoria de Willy Caballero



                                                 
Hace como veinte años conocí en Cartagena a Willy Caballero, un hombre de locuacidad maravillosa que era capaz de echarse en los hombros la fiesta más aburrida y convertirla en un éxito, gracias a su capacidad para contar historias. Willy podía tomar las anécdotas más simples: como la del hombre que recorrió Europa con una bolsa del Éxito en la mano,  y transformarlas en gestas quijotescas, llenas de humor y de sentido de lo absurdo, donde el destino de la humanidad estaba en juego. Recuerdo que siempre que Willy se disponía a contar un chisme picante empezaba con una frase que me sigue pareciendo genial. Decía: “No me crean”. Lo curioso es que quienes lo escuchábamos no teníamos otra alternativa que creerle. Su encanto radicaba en que él mismo no se tomaba en serio. Eran tan vivas y divertidas sus historias que resultaba una pena que pudieran no ser ciertas.

Esta semana me acordé de Willy cuando leía un texto donde Borges decía que hay que enseñar en las escuelas el arte de leer los periódicos con incredulidad. Como profesor de literatura me he pasado un buen tiempo enseñando ese arte –aplicado a toda clase de mensajes–, pero esta semana, al juntar las ideas de Borges con el “no me crean” de Willy, he encontrado una revelación adicional.

Pienso que hay gente interesada en que la lectura no sea muy popular. Creo que hay una confabulación que aspira a entregar manadas dóciles a los sedientos de poder. Por eso apenas se enseñan los rudimentos de la lectura, los conocimientos básicos para decodificar letras, el vocabulario justo para que obedezcan; pero no se promueven el sentido crítico ni la incredulidad. A ningún tirano le interesa que la gente piense, que se haga preguntas, que sepa que miente.

Ser crédulos puede ser una cosa bastante peligrosa. “El idiota”, la novela de Dostoievsky, es una reflexión sobre todas las tragedias que pueden sobrevenir cuando alguien cree todo lo que le dicen. Yo mismo me he visto metido en problemas tremendos cuando he aceptado como ciertas las palabras de algunas personas. Ser crédulos no es sólo ejercer la ingenuidad; en ciertos momentos puede ser también una falta grave.

Tengo la idea de que para moverse por el mundo se necesitan herramientas prácticas y ligeras. Después de quemarme las pestañas leyendo teorías, he llegado a la conclusión de que un buen lector sólo debe tratar de responder tres preguntas básicas frente a lo que lee: “¿Qué dice?”, “¿Cómo lo dice?” Y “¿Qué significa?” Las preguntas son básicas, pero las respuestas pueden ser bastante complejas. De hecho, la tercera la estamos respondiendo todo el tiempo y no tiene una única respuesta: las cosas tienen un significado para quien las escribe, para el contexto en que aparecen o se leen, para quien las lee, para el que las utiliza. Toda expresión verbal es un acto y, como tal, debe también responder a la pregunta que el abad Faria invitaba al conde de Montecristo a hacerse frente a los actos de la gente: “¿Quién se beneficia?”. El arte de leer con incredulidad no debe perder de mira esta última pregunta.

Así que al encontrar la frase de Borges, y al recordar las historias de Willy Caballero, llegué a la conclusión de que una de las razones por las que estamos como estamos es justamente por la credulidad que los pastores de borregos llaman opinión pública. Los periódicos, como los cigarrillos, deberían tener una advertencia sobre sus peligros; en especial aquellos medios que protegen y representan grandes intereses. En algún lado deberían decir en letras grandes: “No me crean”.


Oneonta, Marzo de 2010
Texto originalmente publicado en el periódico Centrópolis






Tequatlasupe

Tequatlasupe


Cuenta la leyenda que, en la madrugada del 9 de diciembre de 1531, cerca de la colina de Tepeyac, en el valle de México, un indio converso vivió una experiencia sobrenatural. Primero escuchó un canto exquisito de pájaros que lo hizo perder el sentido de la realidad.  Por un momento pensó que estaba en el cielo. Luego escuchó una voz de dulzura arrobadora que lo llamaba por su nombre.

Cuauhtlatoatzin era un tejedor de tilmas, tenía 57 años y había sido testigo de la invasión de los españoles comandados por Hernán Cortés. En 1525, él y su esposa fueron catequizados y bautizados con los nombres de  Juan Diego y  María Lucía. Después de escuchar un sermón sobre las virtudes de la castidad, la pareja decidió abrazar ese estilo de vida. La esposa de Juan Diego enfermó y murió en 1529. Dos años más tarde, cuando Cuauhtlatoatzin  iba para misa, ocurrió el misterioso episodio.

Perturbado por los sonidos, Cuauhtlatoatzin vio a una mujer hermosísima, como de catorce años, que le habló en náhuatl. Le dijo que era la madre misericordiosa de la humanidad y que estaba allí para para aliviar a todos de sus sufrimientos, de sus necesidades e infortunios. La niña le pidió que fuera donde el obispo de México y le comunicara su deseo de que se le construyera un altar en ese sitio. Cuauhtlatoatzin le respondió que él era un pobre hombre al que el obispo no iba a creerle, pero ella se mantuvo firme en su pedido.  Los días siguientes fueron de infructuosas visitas de Cuauhtlatoatzin al obispo, quien le decía que se dejara de yagés y de mezcales. Al final, el indio decidió dar un rodeo para evitar encontrarse con la niña. Pero ella se le apareció de nuevo y le dijo que recogiera unas raras rosas invernales que había en la colina de Tepeyac y que se las llevara al obispo.  Cuauhtlatoatzin obedeció y, cuando se presentó donde el obispo, ocurrió lo que se conoce como el milagro de las rosas: las flores arrojaron un olor embriagador y en la tilma apareció estampada la imagen de la que con el tiempo se ha conocido como la virgen de Guadalupe.

El pasado 9 de diciembre yo estaba en Manhattan, cansado de los despliegues comerciales de la Navidad. Muy bonitas las vitrinas, muy bonitas las canciones, muy raros los rostros de las multitudes; pero podía decir como Sócrates: “Cuánto hay que no necesito”. Decidí entrar a la iglesia de San Patricio y acercarme a mi rincón favorito, el altar de la virgen de Guadalupe. Siempre me ha intrigado esa virgen, me parece que hay en ella unas fuerzas que no tienen otras vírgenes. Noté con curiosidad que ese día era justo la fecha en que la mujer se le había aparecido a Cuauhtlatoatzin y eso me despertó un interés especial en la imagen y en su historia. Así me enteré de las cosas que he contado.

La imagen de esta virgen cumple con los requisitos básicos de la simbología católica, como el cinturón que es símbolo de preñez, pero tiene también sus cosas raras: unas curiosas cadenas en las manos, una corona de rayos de luz que le rodean todo el cuerpo, un niño o un ángel al que parece estar pisoteando. En un folleto que regalan en la iglesia me enteré del misterio que rodea los materiales con que la imagen fue hecha. Supe también que Cuauhtlatoatzin pasó los últimos años de su vida como ermitaño, dedicado a cuidar el altar de la virgen. Murió en 1548, fue beatificado en 1990 y declarado santo en el 2002. Me marché de la iglesia pensando en la ironía de que la virgen de Guadalupe sea la única manifestación física que acredita la iglesia católica. “La virgen habla en náhuatl”, pensé antes de salir a la calle y olvidarme del asunto. Esa noche, en otro lado, cuando pensaba en el tema para esta columna, sentí que pisaba algo y me incliné a ver qué era. Era una medalla diminuta de la virgen morena.




Publicado en Vivir en El Poblado, el 15 de diciembre de 2011. 







jueves, 1 de diciembre de 2011

Calila y Dimna

Calila y Dimna

(La columna de Vivir en el Poblado)




Dicen que las historias de ese libro tienen cuatro mil años. Fueron y vinieron entre familias y pueblos; viajaron a lomo de mercaderes, en busca de personas que les sacaran provecho. Algunas se adaptaron donde llegaban: “Un muchacho recibía cada día una ración de mante­quilla, miel y pan. El muchacho se comía el pan y guar­daba lo demás en un cántaro colgado en la pared. Un día, el muchacho pensó que con la venta de ese pequeño tesoro podría comprar unas cabras. Calculó que, con los años, su riqueza aumentaría. Más tarde construyó una mansión en el paisaje de sus sueños y consiguió despo­sarse con una mujer hermosa. Pensó que tendría un hijo y que lo educaría con severidad y con cariño: ‘Y si veo que es torpe e ingrato’, dijo levantando un bastón, ‘le daré un golpe así…’ Y al hacerlo golpeó el cántaro y terminó bañado en miel y mantequilla”. En Damasco, la historia habla de un chico que recogía huevos. La versión que llegó a estos parajes habla de una muchacha que llevaba leche al mercado. Mil años antes de Cristo, ya los inquietos fenicios habían traído al Medio Oriente algunos de esos relatos. Esopo no tuvo que esforzarse demasiado para componer sus fábulas; en el siglo 6 antes de Cristo, ya esas historias eran muy viejas.
Por esa misma época, en un reino de la India, había un rey famoso por su crueldad. Sólo pensaba en su interés y en la satisfacción de sus antojos, a expensas de sus súb­ditos y de los reinos vecinos. También en aquel reino vivía un sabio llamado Baidabá. Un día Baidabá reunió a sus discípulos y les dijo que se presentaría ante el rey para tratar de hacerlo cambiar. Los discípulos pensaron que era un error, pero respetaron su decisión. Baidabá fue recibido por el rey, le señaló sus excesos y lo invitó a honrar la memoria de sus antepasados, a ganar el respeto de sus súbditos y a dejar un buen recuerdo tras la muerte. El rey entró en furia y ordenó que lo mataran, pero luego decidió perdonarle la vida y mandarlo a la cárcel. Pasa­ron varios años y, una noche, el rey se desveló mirando las estrellas y tratando de entender los misterios más complejos. Al día siguiente llamó a sus consejeros, pero no le supieron dar respuestas. Entonces, se acordó de Baidabá, quien fue llevado a su presencia y respondió todas sus preguntas. El rey se disculpó por su aspereza y le pidió que escribiera un libro que contuviera la sabiduría de los siglos. Cuando Baidabá y sus discípulos terminaron la tarea, el rey le dijo al sabio: “Pídeme lo que quieras”. Baidabá dio las gracias y dijo que no necesi­taba nada. El libro, por su parte, fue depositado con mucho celo en la biblioteca del reino.
Doce siglos más tarde, un rey persa supo de la existencia de aquel libro y envió a un hombre talentoso para que lo trascri­biera. La misión fue muy larga y arriesgada. El enviado se granjeó la amistad del biblio­tecario del reino y logró lo que buscaba. Años después, en el siglo 7, Abdala Ibn Almokaffa se basó en el texto persa para escribir la versión árabe. Aquella fue la base de las traducciones posteriores: al latín, al castellano (ordenada por Alfonso el Sabio) y a muchas otras lenguas. A comienzos del siglo 20, Antonio Chalita Sfair hizo una versión directa del árabe al castellano moderno y ese libro, cargado de criaturas parlanchinas, siguió su largo viaje. Hace como treinta años, el vendedor de fantasías lo puso en mis manos. Me explicó la importancia de aquellas historias y me dijo que cada ser humano debe conducir su vida como un soberano. Al lado de la vida, ese libro fue su mejor regalo.

*Texto publicado en Vivir en El Poblado, el 1 de diciembre de 2011.







viernes, 18 de noviembre de 2011

Con los ojos abiertos.



Ahora que el tren de la tecnología empieza a dejarme, en medio de mi resistencia a idolatrar vendedores de cacharros, debo reconocer que una de las ventajas de estos tiempos es la posibilidad de acceder a tantas cosas que eran inalcanzables. Imagino el entusiasmo que sentiría Borges en este mundo donde hasta el incunable más recóndito se puede conseguir. Esta ciencia ficción en que vivimos habría hecho las delicias de Luis Alberto Álvarez, el hombre que nos enseñó a todos a ver cine. Álvarez pasó su vida entre rollos de películas, viajó por el mundo persiguiendo festivales, pero nunca gozó del privilegio de ver cualquier película con solo desearlo. Esta suerte, sin embargo, no parece servirnos. Como niños malcriados, nos cuesta apreciar la fortuna que tenemos. Llenamos las memorias abismales de los nuevos aparatos con cosas que jamás disfru­taremos. Con el pan en la boca nos morimos de hambre.

Empecé esta sección con la intención de combatir el culto a las novedades en materia de libros. Quise volver a textos olvidados. La idea era, y sigue siendo, que lo nuevo no es siempre lo mejor. Ahora siento que es preciso expandir el concepto de lectura. Un pasaje de Alberto Manguel me justi­fica: “El astrónomo leyendo un mapa de estrellas que ya no existen; el arquitecto japonés leyendo la tierra en la que se construirá una casa, para protegerla de fuerzas malignas; el zoólogo leyendo los rastros de los animales; el jugador de cartas leyendo los gestos de su rival, antes de jugar la carta ganadora; el público leyendo los movimientos de la bailarina; la tejedora leyendo el intrincado diseño de un tapiz; el organista leyendo en la página las notas en la página; el padre leyendo en el rostro del bebé señales de alegría o miedo o maravilla; el adivino chino leyendo las marcas antiguas en la caparazón de una tortuga; los amantes leyendo a ciegas en la noche sus cuerpos bajo las sábanas; el psiquiatra ayudando a sus pacientes a leer sus propios desconciertos; el pescador hawaiano hundiendo una mano en el agua para leer las corrientes del océano; el granjero leyendo el clima en el cielo —todo esto comparte con los lectores de libros el arte de descifrar y traducir signos”.

En tiempos tan distraídos como estos, quizá sea necesario releer muchas cosas. Por eso he decidido alejar­me en ocasiones de los libros. Hoy, por ejemplo, quiero hablar de una película que ha pasado casi desapercibida. He sido un seguidor de Alejandro Amenábar desde que “Abre los ojos” alteró mi percepción de la realidad. Lo he visto internarse en terrenos peligrosos, y salir de ellos triunfal, como en “Mar adentro” y “Los otros”. La tecnología puso a mi alcance la película más ambiciosa de Amenábar. “Ágora” (2009) es la historia de Hipatia, una sor Juana egipcia del siglo 4, que vivió y murió buscando respuestas a las preguntas esenciales. Alrededor suyo la gente corría enloquecida, enceguecida por las pasiones y fanatismos de aquel tiempo, que no son muy distintos de los de ahora; mientras Hipatia miraba el universo con ojos muy abiertos. Al final pagó cara la osadía de mantenerse despierta. Dicen los que saben de cine que la actuación está en los ojos de los actores. Puedo decir que los ojos de Hipatia, elevados al cielo en el momento de su muerte, son una de las imágenes más bellas que el cine haya podido proyectar.





Publicado en Vivir en El Poblado el 18 de noviembre de 2011.







martes, 15 de noviembre de 2011

Telón de fondo

                                                        Héctor Rojas Herazo, Bogotá 1994.



Telón de fondo
Por Wenceslao Triana

 Los designios de Dios son inescrutables. Nos asomamos a ellos con sentidos propensos al engaño, habituados tan sólo a percibir lo que nos han dicho o permitido que percibamos.

Rara vez vemos el mundo directamente, rara vez extendemos nuestro entendimiento para tocar la vibración inexplicable de la vida. Nos sentimos a gusto adormecidos y rodeados de prejuicios. Estar despiertos al mundo puede ser doloroso y molesto, por eso preferimos evitarlo.

Héctor Rojas Herazo siempre quiso estar despierto, era un artista habituado a frecuentar el misterio, un buceador de abismos, una criatura encendida, repleta de ternura y de fiereza, y en sus libros y pinturas nos dejó el estremecedor testimonio de su vigilia.

Poe nos enseñó que lo más evidente es lo menos visible. La sabiduría popular suele decir que es muy frecuente que los árboles no nos dejen ver el bosque. A mí me parece natural y explicable que un artista tan grande pasara casi desapercibido para un país tan mezquino.

Un periodista se quejaba porque al entierro de Rojas sólo fueron treinta y seis personas. Se me ocurre que fueron demasiadas. Decía también que era triste que el gobierno no hubiera estado representado. A mí me parece un alivio. No quiero imaginar lo que habría sido –y quizá sea- ver a los oportunistas y los cínicos utilizando su memoria.

Rojas merecía que lo dejaran tranquilo. Merece que lo póstumo no sea desvergonzadamente opuesto a la indiferencia con que se le trató cuando vivía. La vida de sus obras será larga y ojalá siga alejada de la vulgaridad y los equívocos de la fama.

Siempre he creído que en el título bajó el cual publicó por varias décadas sus columnas de prensa, “Telón de fondo”, se encontraba resumida la esencia de su poética. La suya era una vocación de inmensidad, de profundidad, también de totalidad. En el teatro de nuestra vida artística, Rojas era un telón de fondo, inmenso, omnipresente, un paisaje necesario y repleto de colores ardientes, al que su propia grandeza volvía a veces invisible.

Nunca supimos valorarlo porque los actores en el escenario nos robaban la atención. De vez en cuando alguien decía: “Pero miren, observen, que maravilla de telón”. Pero los actores intensificaban sus peripecias, apremiaban la voz al decir sus parlamentos y volvíamos a olvidarlo, a dejarlo con toda su belleza, con su hondura profunda en el fondo de todo.

Siempre tuve la sensación –y creo que él lo sabía y solía resignarse a que así fuera– de que su obra no podía ser valorada en su momento, que tampoco sería nunca del gusto de multitudes. Era demasiado verdadero para ser popular. Por eso padeció con estoicismo que sus escritos y pinturas, uno de los más admirables conjuntos que se han creado en Cruelombia (pregúntenselo al siglo XXIII), soportarán humillaciones, ostracismos, sabotajes.

“Somos energía padeciente”, le oí decir un día. “El mundo es materia que fluye y que ruge todo el tiempo”, y al decirlo su voz y sus manos rugían, mostraban el fluir a borbotones de la vida. Así frecuentaba día a día los vértigos del misterio.

Nos deja la lección inolvidable de que el arte no es –no tiene por qué ser– un afán desmedido de riqueza o de gloria, una patética manifestación del arribismo; que puede y debe ser –en cambio– una forma de lo sagrado.

Spinoza decía que las cosas se esfuerzan por ser lo que son, que la piedra se obstina en ser piedra y el insecto procura ser insecto. Héctor Rojas Herazo llevó muy lejos su esfuerzo por ser humano. Era una mezcla de santo y de guerrero. Era una obra maestra de la vida.


El Universal, miércoles 17 de abril de 2002.







jueves, 10 de noviembre de 2011

Álvaro Mutis: “Lo que no hagas por amor pertenece a la muerte”






Álvaro Mutis

“Lo que no hagas por amor pertenece a la muerte”

Juvenil y vigoroso, se mueve por el cuarto del hotel. Dice que es mejor hablar allí para evitar la interrupción de los intelectuales. Sonríe. Se cambia una camiseta amarilla por una camisa de marinero que compró en Saint  Maló —tiene un velero bordado cerca del corazón—  y, dentro de ella, Mutis se siente como en su casa. Dice a su hijo Santiago que no le deje olvidar La Nieve del Almirante que le va a regalar a María Luisa Bemberg. Se pone cómodo y habla: “Bueno muchachos”, con una voz rotunda, áspera y serena, como el primer trueno de una tempestad.



Dolor y alegría

El momento más doloroso ha sido para mí, hasta ahora, la muerte de mi hermano, Leopoldo, que fue durante toda la vida como un cómplice secreto de mi vida y de lo que yo escribía.

El hecho más espléndido, para mí, son los años de mi niñez que viví en Bélgica y, paralelamente, durante las vacaciones, los años que viví en una finca de mi madre y de mi abuelo que se llamaba Coello, en el Tolima. Una finca de café y caña. Los días que pasé en Coello sencillamente fueron para mí los días del paraíso.

A mí no me tienen que mostrar dónde queda y cómo es el paraíso, porque yo ya lo conozco. La finca está en la carretera entre Ibagué y Armenia, a doce kilómetros de Ibagué. Por eso fuimos con Santiago, cuando murió mi hermano, a echar sus cenizas en el río Coello y espero que se haga lo mismo con las mías, para regresar, aunque sea en forma simbólica, al sitio donde he sido más feliz.

Por eso muchas veces me dicen que soy tolimense y yo nunca lo rectifico, porque en el fondo tengo tal amor por esa tierra que pienso que eso, que es un error de tipo biográfico, es una verdad profunda.

Maqroll

Cuando comencé a publicar los primeros poemas que yo creí que eran publicables (que por cierto eran poemas en prosa, como uno que se llama La corriente), yo sentí que escribía una poesía de un escepticismo, de una desesperanza, tan grande que no iba con mi edad, con la edad de un muchacho de dieciocho o diecinueve años que liquida de repente toda esperanza y todo sentido frente a lo que hacen los hombres durante su paso por la tierra.

Entonces pensé que la voz de otro que sí tuviera experiencia y, atrás, un dolor ya sufrido y un cono­cimiento del mundo ya probado, le daría ver­dad a esa poesía. Y así nació Maqroll.

Ahora, lo que pasa —y siempre lo aclaro— , es que la vida ya alcanzó a Maqroll y ya he pasado yo por pruebas, viajes, andanzas que me permiten ha­blar así. Pero yo sigo teniendo un gran cariño al gavie­ro y, además, él es ya hoy un personaje con su propia vida, con su propio pasado, con sus propios inte­re­ses, con sus propias relaciones con sus ami­gos: hechos que voy narrando y que le van dando cada vez más peso y más verdad. Ya Maqroll es un ser vivo que me hace la vida a veces imposible.

Yo muchas páginas las estoy escribiendo con la presión del personaje muy evidente y muy sentida sobre mí. Algunas veces, por ejemplo, se me ocurre de­cir: “Bueno, ahora voy a escribir un viaje de Maqroll a tal parte” y me doy cuenta de que él va para otro lugar, con otro fin y a buscar otras cosas ya por su cuenta. Entonces tengo que parar mucho la oreja , antes de escribir, porque él está ahí.



Un solo libro

Cuando yo escribí La nieve del almirante lo hice simple y sencillamente para darme una idea de si —a partir de un poema en prosa del mismo nombre—, lo que yo vi como el fragmento de una novela, en verdad podía ser una novela. Cuando terminé, dije: ‘Bueno, sí es una novela; lo voy a publicar y con esto termina el experimento’.

Eso creía yo. Pero inmediatamente empezó la presión de los personajes y empezaron a reclamar espacio y a pedir cancha, para decirlo en una forma un poco familiar. Creo que todas las novelas son en realidad un solo libro. Y sí, en verdad, yo he pen­sado que se pueden publicar las novelas como un solo volumen.



Lo inexplicable

Me doy cuenta cada vez más de que lo inexpli­cable, lo inefable, el lado oscuro en el destino de los hombres, me interesa profundamente y creo que existe, creo que hay una parte nuestra y en nuestro destino que es indescifrable.

Cuando me preguntan si creo en Dios, siempre contesto una cosa que parece una paradoja y que es lo que me sale contestar: lo que me sucede es que no entiendo cómo se puede no creer en Dios. Para mí el gran misterio que hay es ser ateo: el tipo que de veras puede vivir un minuto en la vida pensando que es el dueño y el autor de todo lo que le rodea, y que atrás y encima de él y antes de él no hay nada. Eso es una conclusión tan absurda que si yo llegara un día a esa conclusión me pegaría un tiro.

Entonces sí hay un interés muy grande en precisar y denunciar la presencia de ese otro lado nuestro que no tiene nombre. Podría decirse que, en buena parte, mis personajes vienen de ese otro lado, sobre todo los personajes femeninos. Mis personajes femeninos vienen de una zona que yo mismo no conozco. En Flor Estévez, por ejemplo, evidentemente hay un trasfondo de misterio.



El regreso de los muertos

La muerte de mis personajes es algo que me han cobrado mucho con un personaje que yo quiero mucho, y al que las lectoras le tienen gran cariño, que es Ilona. La verdad es que a mí se me murió Ilona de repente, yo no tenía proyecto de matarla.

Abdul, por ejemplo, a pesar de que murió, vuelve a salir y se prolonga. Como mis libros no tienen una secuencia cronológica, yo puedo volver a Abdul y, en efecto, en Adbul Bashur soñador de navíos está Ilona de nuevo.



Yo aquí escribiendo

A mí nunca me ha dado por escribir novela. Para mí, cada novela es la continuación de un poema y el ambiente que yo siento, la tensión interior que yo siento cuando estoy escribiendo una novela es la que siento cuando estoy escribiendo un poema.

Tal vez por eso, lo reconozco con franqueza, las novelas tengan ciertos puntos flacos —como nove­las, como estructura novelística—, pero eso a mí ni me interesa, no me importa. Lo que me interesa es que esa condición de poesía y esa esencia poética siga corriendo por esas páginas como corre por mis libros de poesía.

En Europa, eso los tiene muy intrigados. Como los franceses, gracias a Descartes, y al carácter racionalista, no resisten una situación así, es muy curioso conversar con ellos porque lo que me dicen es que eso no es posible: o se es poeta o se es novelista. Y entonces yo siempre contesto: ‘Ni soy poeta ni soy novelista’.

Yo no me siento en la máquina y digo yo poeta voy a escribir. Es más, yo he evitado siempre, me parece profundamente abusivo y además de muy mal gusto, decir el “yo poeta” que aparecía tanto en la poesía romántica, la de los simbolistas y los modernistas.

¿Yo poeta? Uno no puede darse un título que le corresponde a alguien como el Dante o Baudelaire o a alguien como Keats o como Ezra Pound. Me parece una confianza un poquito abusiva.

Yo no me atrevo y no puedo decir “yo novelista”, mucho menos. Para mí novelista es Tolstoy o Dickens.

Diría: “Yo aquí escribiendo, yo aquí luchando a brazo partido con las palabras”.

Cada vez me cuesta más trabajo escribir, mucha dificultad. Pero ahí voy, cumpliendo con un destino. Escribo todos los días.



El destino

Es una vocación evidente que no la ves al comienzo. Al comienzo la ves como el gusto por las letras y, desde luego, en mi caso, la condición de lector devorante, insaciable, te ha llevado a escribir y de repente te das cuenta de que has tomado una responsabilidad, y de que ésa es tu vida.

La responsabilidad es contigo. Con ese otro que esta allá adentro queriendo decir una serie de cosas, sintiendo que el decirlas es su destino, y yo, que he vivido en realidad dos vidas completamente distintas, lo sé muy bien, he puesto a prueba esa vocación.

Yo jamás he vivido de mis libros, jamás he vivido de la pluma, jamás he colaborado en un periódico en forma continua, para vivir. No es que me parezca mal, y no lo digo por ustedes que están sentados ahí, pero una de las cosas que admiro más en García Márquez, fuera de las muchas que admiro en la persona y en el escritor, es que jamás ha hecho ni ha vivido de otra cosa que de su escritura.

Esa es una condición muy bella, casi parecida a la del santo. Yo no, yo fui más cobarde y, para poder vivir más cómodamente y tratar de que mi familia viviera con cierta facilidad, acepté desde muy joven puestos que nunca tuvieron que ver nada con la literatura.



Un camino de salvación

La literatura sería un camino de salvación. Yo insisto mucho en lo que llamo “el poder de salvación de la poesía”. Hay una bella página de Jorge Zalamea sobre eso.

Otra cosa sobre la que insisto muchísimo es que la poesía o es visionaria o no es poesía, es otra cosa, es prosa, es un mensaje político, es un panfleto, no me importa cómo se pueda llamar. Pero la poesía tiene en su esencia la condición de visionaria, eso quiere decir que es una visión que trasciende el marco de la realidad que nos están dando nuestros sentidos, es el otro lado también de las cosas, del mundo y de los hechos, ese lado que se ha quedado sin descifrar. La poesía intenta descifrarlo. En los grandes poetas, como el Dante, como Antonio Machado, lo descifra.

Al vuelo

La poesía la he escrito en todos los instantes que me dejaba libre el trabajo. Libros enteros como Los emisarios, como Caravansarí, como el Homenaje y siete nocturnos, los he escrito en aeropuertos.

El avión es el método más lento de viajar que ha logrado inventar el hombre. La cantidad de tiempo que se pierde en demoras y, después, a cantidad de tiempo que se pierde volando en esa especie de nada que es el tiempo dentro de un avión, a mí me ha servido para escribir.



La desesperanza

Yo creo que hay que tener gran atención a lo que dicen y narran los vencidos, entre otras cosas por­que no hay vencedores. No existen los vencedores, todos terminamos vencidos.

El diálogo de Belem do Pará: “Procura que tu propia muerte la hayas esculpido y la hayas modelado tú mismo y no los demás. En eso no dejes que los demás se metan”. No es fácil, puede venir el azar y destruirte, destruir ese sueño y esa posibilidad. Si es así, mala suerte; hay cosas en las que tú no puedes intervenir. Pero procura, es lo que digo yo, procura que lo sea. Si no fue posible, pues en fin.



La política

A mí me interesa la política cuando ya han pasado trescientos años por lo menos. Ahora empieza a interesarme la batalla de Lepanto, por ejemplo.

Y jamás he firmado un manifiesto. Jamás. Jamás he votado. Jamás he emitido una opinión política, porque sencillamente ni entiendo, ni me he ocupado de eso, ni hablo de lo que no sé... Ahora, del golpe de estado de Napoleón sí podemos hablar varias horas, si quieren.



La isla desierta

Yo leo muy poca literatura latinoamericana ya, muy poca.

Yo llevaría, desde luego, a la isla desierta, las memorias de Saint Simón porque, claro, son veinti­tantos tomos y son divertidísimas, y mientras tanto espero que ya me hayan rescatado.

La obra de Valery Larbaud, su obra en prosa y poesía. Todo Dickens, que me deslumbra y me encan­ta. Y, desde luego, el que yo llamo EL LIBRO, con mayúsculas, que es el Quijote, para caer en el lugar común absoluto. Pero, cómo decía en las palabras que tuve que decir en la Alcaldía, yo reco­miendo un regreso a los lugares comunes y no des­car­­tarlos tan rápidamente, porque por algo han sobre­vi­vido a muchas cosas que resultaron bastan­te más tontas que los lugares comunes.

El libro Don Quijote, para mí, en mi experiencia personal de lector, no se agota jamás, tienen una novedad permanente.

El otro día, arreglando los libros, en una edición grande, presuntuosa que no sé quién me regaló o dónde me robé (ilustrada con unos dibujos horri­bles de Dalí), abrí totalmente al azar el capítulo de la muerte de Don Quijote y se me llenaron los ojos de lágrimas y volví a sentir eso: ‘Se murió este loco, ahora qué hago yo, solo en el mundo. Se me murió este hombre, carajo’.

Ese sí que era un lúcido. No hay tal locura en Don Quijote, sino el poder maravilloso de trans­for­mar el mundo y de hacer del mundo un lugar de poesía.



Los niños

Ponle cuidado a los niños porque son absolu­tamente impresionantes. Yo tengo ahora un nieto que cada día me deja más asombrado. La certeza con que el niño va hacia el mundo, va dominando y va escogiendo su parcela de realidad es asombro­samente maravillosa. Luego la pierde con la razón, cuando empieza a pensar. Así se pierde todo.

La forma como los mayores nos comportamos con los niños es absolutamente grotesca. Los niños a veces se nos quedan mirando, como diciendo: ‘¿a usted qué le pasó?, ¿se volvió loco?’ Porque el niño ya vio cómo es la vaina.

El niño no parte de la realidad, parte precisa­mente de donde debe partir el poeta que es de la condición visionaria. Ellos van kilómetros adelante.

Yo tengo con Nicolás, mi nieto, unos cuidados y un respeto que desgraciadamente no tuve con estos hijos queridísimos. Yo tengo aquí tres hijos: María Cristina, que es fisioterapeuta; Santiago, que ése sí es poeta, y Jorge Manuel, que estudió cine en Londres. Tengo otra hija en Chile, de otro matri­monio, y sólo ahora me doy cuenta de la infinita torpeza con que uno se acerca a ese misterio extra­or­dinario.

De niño yo era muy travieso, insoportable, inaguantable. Todavía mis primas a veces me dicen: ‘Usted era invivible’. Interrumpía a los ma­yores, echaba mis cuentos. Era muy inquieto.



El miedo

Yo a lo que le tengo miedo es a lo que pudié­ramos llamar el deterioro de la mente: cuando la mente no te sirve para lo que te ha servido siempre. A eso le tengo temor, a la muerte no. No es que me guste, pero ahí está.



El amor

No hay otra cosa que el amor. Acuérdate siem­pre de un verso de Walt Whitman (lo digo siem­pre en la traducción de León Felipe, que encuen­tro muy bella aunque no se ajusta exac­tamente a las palabras): “El que camina una sola legua sin amor, camina directamente hacia su pro­pio funeral”.

Lo que no hagas por amor pertenece a la muerte.

Cartagena, marzo de 1992
La entrevista a Álvaro Mutis se realizó en colaboración con el periodista Gustavo Tatis Guerra. El texto apareció publicado originalmente en el suplemento Dominical, de El Universal, de Cartagena.