lunes, 5 de marzo de 2012

El Gabriel García Márquez que cumplió el sueño de escribir


Un texto de Mónica Quintero Restrepo, publicado en El Colombiano, el 4 de marzo de 2012. 

   Ese día, en el viaje que Gabriel García Márquez hizo con su mamá, le dijo, como razón para su papá, que lo único que quería ser era escritor. "Y que lo voy a ser".

  Todavía estaba en los veinte y en sus bolsillos pesaba más la falta de dinero, que las mismas monedas. Lo que Gabo, como muchos prefieren decirle, o Gabito, como le dicen otros de más confianza, dijo, y escribió en Vivir para contarla, era casi una profecía. O no. De todas maneras ya tenía una vida que le daba para escribir.

  "Su gran obra es su propia vida y creo que lo consiguió", cuenta Gustavo Arango , quien escribió el libro Un ramo de no me olvides, en el que cuenta la vida del Nobel cuando estaba joven y era periodista del diario El Universal, de Cartagena.

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viernes, 2 de marzo de 2012

"Me parieron y aquí estoy" La columna de Vivir en El Poblado



Los libros del oscuro Cervantes de nuestro tiempo demuestran que las modas ignoran la buena literatura. En seis décadas, Juan Carlos Onetti fue dejando una obra con los rasgos de los clásicos: una mirada auténtica y un arte que explora territorios sin visitar. Onetti mostró parajes del alma que estaban sin nombrar.

Ya en 1939, con El Pozo, Onetti estaba ampliando horizontes. Las memorias de un cuarentón derrotado anuncian una obra que exige lectores arriesgados. Con El Pozo, Onetti se anticipó a decir lo que Camus y Sartre dirían después en El extranjero y La náusea.

En Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) están los ires y venires entre calles y oficinas, seres frágiles que fingen dureza, almas muertas empeñadas en vivir. Las raíces de nues­tra literatura urbana pueden verse en ese inventario de deses­perados. La exploración de las cavernas del alma ad­quiere su primer punto culminante con La vida breve (1950), la historia de un Juan María Brausen que combate sus miserias viviendo vidas imaginarias. Aquí nace Santa María, el escenario de casi todo lo que sigue. Aquí se perfilan personajes centrales del mundo Onetti: Larsen y Díaz Grey. Los adioses (1953) es una máquina verbal que pone en evidencia la vileza del lector.

Para mí, la mejor novela de Onetti es El astillero (1960), la historia de un viejo proxeneta que regresa a vengarse del pueblo que lo expulsó. He perdido la cuenta de las veces que he leído este libro de una belleza triste. Todos somos ese Larsen que se niega a aceptar la derrota, que saca fuerzas de la nada para engañar al mundo, para tener una casa, una mujer boba, una porción de infierno que pueda llamar suya. Allí está una de las frases más contundentes que ha dado la literatura, las palabras de una mujer flaca y encinta que proclama las únicas certezas que tienen los humanos: “Me parieron y aquí estoy”. Mientras haya seres humanos, El astillero será un libro necesario.

Antes de El astillero, Onetti estaba escribiendo una novela sobre los tiempos en que Larsen se propuso crear el prostíbulo perfecto. Es lugar común decir que Juntacadáveres se resiente por la interrupción (Onetti volvió a ella después de escribir El astillero). Pero fue el mismo Onetti quien nos metió esa idea, quizá para demostrar que los pocos que leen reproducen prejuicios o rumores a la hora de leer. Ofrezco una recompensa a quien me diga cuál es el problema de Juntacadáveres (1964), salvo el de ser uno de los retratos más sinceros que existen del alma de las mujeres.


Dejemos hablar al viento (1979) es la novela de un escritor al que no le importa agradar. Onetti quiso cerrar su obra con la palabra “cuando”, ese adverbio de tiempo que es reflejo de nuestra incertidumbre vital. Cuando entonces (1988) es la novela de quien no puede dejar de retratar derrotados. Cuando ya no importe (1993) es, en cambio, el canto de cisne de un hombre que antes de entregarse a la muerte construye algo sublime como un burdel perfecto o un astillero resucitado. El conjunto resulta inexplicable sin esa novela que Onetti escribió después de los ochenta años. Allí está el suicidio de su personaje principal, allí están la mujer niña, la vejez y la derrota; las señas de identidad. La crítica de la obra de Onetti se quedó detenida en los años ochenta. Cuando lo redescubran, habrá que releer todo su mundo desde la perspectiva de su novela final.


Publicado en Vivir en El Poblado el 2 de marzo de 2012.





jueves, 23 de febrero de 2012

Mario Donadío: Constructor de Milagros

Un nuevo clavicémbalo alza el vuelo en el taller de un artesano que no vive en este siglo.

Mario Donadío y Marta Arango en el taller del barrio Manila. Foto Róbinson Henao.



Las orejas de Jean Philippe Rameau son sensibles y elásticas. Cobran vida cuando hay música barroca. Los sonidos lo levantan del rincón donde dormita, lo obligan a moverse por maderas onduladas para acodarse luego, complacido y distante, muy cerca del teclado. Sus ojos abisinios parecen reprochar los largos días silenciosos, las eternas jornadas en que el hombre y la mujer se marchan al taller. Mira y escucha como un dios difícil de complacer. 

La mujer tiene movimientos de felino. Es leve y serena. Sonríe y juzga al mundo con ojos muy oscuros. Cuando están en el taller, parece un emisario o una réplica de Jean Philippe Rameau. El hombre es como un niño engrandecido. Lleva pantalón corto y un gesto de asombro que no le abandona el rostro. Aún no sabe si gritar de la alegría o llorar desconsolado. El último clavicémbalo está listo y acaba de recibir la llamada que no quería recibir: la del cliente que pasará a recogerlo.

Nueve meses lleva conviviendo con su último juguete. Ha recogido bosques para unirlos en un solo instrumento, ha procesado huesos de olores ofensivos, ha cortado, ha pegado, ha medido, ha pintado, ha probado, ha sentido, ha soñado y al final ha logrado revivir un milagro que ocurrió hace tres siglos.

“Bach tocó uno como este”, dice. “Los clavicémbalos alemanes son los más elaborados. Había hecho franceses e italianos, pero me faltaba uno como este”.

Todo empezó cuando el hombre tenía diez años y escuchó a Bach. No ha dejado de delirar por la fiebre que lo invadió en ese momento. Se metió a clases de piano y allí conoció a la mujer que es su ángel guardián. Cuando terminó el bachillerato decidió viajar a Boston a estudiar Tecnología de pianos. Su padre le decía que ese trabajo no servía para nada, pero él no le hizo caso. Pronto estaba reparando pianos y aprendiendo un oficio que en el mundo ejercen menos de cien personas. Cuando habla parece en trance. La mujer dice que, a diferencia de otros genios, es tranquilo. “Cuando está construyendo un clavicémbalo es sereno. Trabaja horas y horas sin descanso”.

Si uno quiere que el hombre se impaciente, puede preguntarle por Bach. Se rasca la cabeza, levanta la mirada y al final se resigna a explicar que ha sido lo más grande. “Hizo lo que había que hacer. No ha habido otro músico como él en la historia de la humanidad”. Para ilustrar lo que dice, inventa una melodía que podría ser la obra maestra de nuestro tiempo. Luego toca algo de Bach y el universo todo parece detenerse. “La música moderna no tiene ningún misterio. Es pobre, facilista, no es tonal. Nadie se da cuenta cuando uno se equivoca. Pero con Bach, cualquier error se nota”. Dice que Bach debía tener las manos muy grandes porque sus intervalos requieren teclas muy separadas. Cuenta, como si lo hubiera visto, que sus dedos parecían no levantarse del teclado y que sus pies se movían en los pedales como si fueran manos. 

  


La llegada de un amigo le da pie para volver a destacar las pequeñas maravillas del milagro que acaba de construir: los huesos de vaca que ahora cantan en las teclas blancas, los salteadores y lengüetas marcados cada uno con su nombre y diseñados con precisión maniática, las cuerdas de diámetros finísimos. Explica el toque individual que significa la pintura bajo las cuerdas. Muestra uno a uno los tipos de madera en cada parte del instrumento: el ébano de las teclas, el cedro de la tapa, el guayacán, la caoba, el nogal americano y finlandés, el abeto, el roble, el algarrobo. Señala los sutiles tallados bajo las teclas, para los cuales tuvo que inventar una broca especial. Cuenta que no usó ni clavos ni tornillos, solo pega, y que en el interior del instrumento pone su firma y, en ocasiones, mensajes que “serán leídos dentro de ciento cincuenta años”. Al final, señala dos nudos simétricos en la madera frente al teclado y dice con orgullo: “Son ojos de gato”. 


La mujer mira y sonríe con ojos oscuros. Más tarde, alejada del taller, hablará del talento de su esposo para cocinar y dirá que ya es hora de tomar unas vacaciones en las montañas o en el mar. Convencida de que la belleza viene de algún lado, contará que el hombre es ateo y que unas tías le han dicho que ofrezca a Dios lo que hace su marido. Al final, hablará con deleite de Jean Philippe Rameau, de sus orejas sensibles, de los gestos complacidos de ese “animal perfecto”, y en su forma de contarlo uno puede imaginar a esa deidad que estira el lomo, que se aleja estremecida con la música barroca en sus nervios de felino.


Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado.







Detrás de la cámara





Ocurrió hace muchos años. Yo había dejado la tranquilidad de la academia para regresar por unas sema­nas al periodismo. Ya había escrito la nota que me sentía orgulloso de firmar, ya había propiciado el gesto heroico que salvó una página. Empe­zaba a acomodarme, a pesar de que muy pronto me tendría que marchar.

Un día llegó a mi mesa la editora general. Venía entusias­mada. El escritor más popular de aquellas tierras estaba de visita en la ciudad. Mi primera respuesta fue: “No”. Llevaba años entablando una lucha callada contra lo que ese hombre representaba. Me irritaban sus trucos, su pose, su escandalizar beaterías para que los medios le hicieran eco a su negocio. Sé también que en el rechazo había celos profesionales. En aquel tiempo yo me las daba de escritor y me dolía ver que mis libros se movían con dificultad. Eran tiempos en que la gente no leía y, si leía, no entendía. De manera que los libros se vendían con la reacción del lector incorporada.

Estaba a punto de cerrar el asunto, cuando el entu­siasmo de la editora se coló por entre mis defensas y apeló al periodista que llevo dentro, el curioso insaciable que empezaba a despertarse de una modorra de años. “Está bien”, me oí responderle. “Pero voy de fotó­grafo”.



El asunto se arregló en pocos minutos. En menos de una hora estaba en casa de la familia del escritor, un templo de decadente aristocracia, con la cámara en la mano y un gesto de “no me miren, yo aquí no soy persona... sigan ustedes con su charla que yo ni me entero de lo que están hablando”.


Hablaron como una hora. El escritor se negó a conce­der una entrevista y, más bien, se dedicó a entrevistar a la periodista. Habían sido vecinos. Cuando él era un mucha­cho, ella era una niña perceptiva que guardó en su memoria momentos e imágenes. El escritor tomó nota de nombres y detalles, mantuvo la charla en el terreno de la visita. Sólo muy de vez en cuando dejó salir respuestas que eran como de entrevista.



Mientras ellos hablaban, yo miraba. Cuando entramos a la casa, su cuñada me había dicho en secreto que estaba cansado de entrevistas. Yo conseguí disipar con rapidez la sensación de culpa, me olvidé de la idea de que era un impostor que estaba allí para fines distintos a los que proclamaba, y me puse a mirarlo. Me sorprendió su sua­vidad, el contraste de esa amabi­lidad con la aspereza de su figura pública. En la invisibilidad de la sala, me dio por pensar que aquello era el símbolo de toda una cultura: amable, dulce, atenta, pero llena de infiernos que rara vez se asoman. Lo vi desplegar una esgrima elegante para evitar preguntas de entrevista. Lo vi esbozar un gesto de dolor cuando escuchó la historia de un ternero que sufría. Lo vi cubrirse el rostro para descansar del gesto amable. Vi detrás de la cortina de las manos una cara de profundo agotamiento.


Al final me marché reconciliado. Había podido com­pren­der que lo que tanto me irritaba no era el hombre sino la máscara que había, y le habían, creado. Supe que aquel viejo cansado lo único que hacía era lo que todo escritor haría en casos similares: aprovechar las oportu­nidades para que sus libros lleguen a muchas manos. Le perdoné su falta de com­pasión por el más indefenso de los ani­males. Salí de su casa convencido de que jamás iba a leerlo, porque en esos minutos ya lo había leído dema­siado. Salí de su casa pensando qué precio ponerle a mi vida.











UNA CONVERSACIÓN DE AMOR CON FERNANDO VALLEJO

Viaje a los recuerdos con un Fernando Vallejo que no ha dejado de ser como siempre fue: sensible, cálido y gozón.

Un texto de Luz María Montoya
Fotos de Gustavo Arango




Publicado en Vivir en El Poblado el 23 de febrero de 2012.








jueves, 9 de febrero de 2012

Dios te salve, Sofía


De Sofía conservo recuerdos remotos. Me parece estar viéndola, hace casi treinta años, un día de playa y de arena caliente y de sol de verano. Sofía quería llegar a algún lado, pero la arena ardía como ascuas. Caminar sin calzado le habría quemado los pies. Pero como Sofía no se vara, encontró una solución providencial, no sólo para ella sino para la multitud que la miraba. Empezó a despojarse de las pequeñas piezas del vestido de baño y fue caminando sobre ellas hasta llegar a esa burbujeante y helada bebida carbonatada que había sido el objeto de su viaje. Sofía era divina, Sofía era muy buena. Aún me pregunto por qué de aquella escena lo único que recuerdo es su rostro ligero de sutilezas árabes.

Dejé de verla por muchísimos años. La escena de la playa fue un recuerdo bonito que volvía a la memoria sólo muy de vez en cuando. Después me enteré de que Sofía empezaba a abrirse paso como actriz en el País del Sueño. “Muy bueno para ella”, fue lo único que pensé sobre el asunto y volví a mi distracción general, a la indiferencia casi constante que me inspiran las noticias de farándula.

Pero el nombre de Sofía regresaba. Empecé a ver su nombre y su imagen con insistencia: como actriz de reparto en películas, como presentadora de espectáculos de primer orden, como estrella de televisión cada vez más reconocida. Los últimos meses han estado llenos de Sofía.

Volví a prestarle atención en diciembre pasado, cuando vi una película romántica llena de actores y actri­ces de prestigio: Michelle Pfeiffer, Hilary Swank, Robert de Niro, Ashton Kutcher, Sarah Jessica Parker... y siga contando. Lo curioso es que, de todos los personajes de la película, el que mayores simpatías despertaba en el público del teatro era el de Sofía Vergara. Fue entonces cuando me dije: “Aquí está pasando algo”.

No soy muy buen amigo de las tiendas de ropa. Si por mi consumo fuera, ése sería un reglón inexistente de la economía. Pero a veces uno acompaña a la gente a saludar de mano las prendas de moda y así descubrí que hoy en día ya existe una marca de ropa llamada “Sofía Vergara”.

Todo indica que el huracán Sofía apenas está empe­zando. Se robó el show en la entrega de los Globos de Oro, no sólo por su belleza, más refinada que la de hace treinta años, sino también por el atrevimiento de hacer su discurso en español. Sofía parece a veces una mezcla de Lucille Ball y Desi Arnaz, en una sola mujer monumental. Ha hecho de la debilidad de los inmigrantes, de sus acentos discriminados, una fortaleza arrolladora. Se ha instalado en el Olimpo del cine y la televisión con una propiedad que sólo puede inspirar respeto y admiración.

Hace apenas quince días encontré la prueba definitiva de que el fenómeno Sofía llegó para perdurar. Pasaba por Times Square, ese ombligo del mundo repleto de anuncios y de luces de neón, cuando de repente alcé la vista y descubrí que una cuadra entera estaba llena de enormes fotos suyas. Allí estaba mi recuerdo de adolescencia, del tamaño de tres catedrales y un Taj Majal, besando su bebida carbonatada. Ninguna otra persona oriunda del País de los Colombios ha tenido un despliegue visual semejante. El mérito de aquello es que Sofía lo logró sin tinturarse, sin borrar su identidad. Me mantuve por casi media hora con la boca abierta ante esa desmesura. Recordé los primeros pasitos de Sofía en la arena caliente y pensé que ya entonces se anunciaba aquel infierno en el que ahora se ha metido. Dios quiera que Sofía siempre encuentre la manera de seguir por su camino sin quemarse.



Publicado en Vivir en El Poblado el 9 de febrero de 2012.






La mirada de Aguirre

Fotografía de Alberto Aguirre



Un documental sobre Alberto Aguirre revela una faceta suya poco conocida, la de fotógrafo de la vida cotidiana de Medellín y de los pueblos antioqueños.











Una ciudad en la ciudad



    No ha pasado mucha agua bajo los puentes. Hace cinco años, cuando se iniciaron las primeras demoliciones, pocos tenían la sospecha del efecto que el proyecto Ciudad del Río tendría sobre el barrio Villa Carlota, en el Poblado, y sobre la ciudad. Aún ahora, cuando el conjunto residencial y comercial es parte activa y protagónica de nuestra vida diaria, es difícil calcular la importancia que tendrá ese centro urbano cuando llegue a su completo desarrollo. Solo empezaremos a apreciar esa influencia dentro de veinte años, cuando espacios que hoy ocupa el sector industrial empiecen a darles paso a las últimas etapas, y los trescientos mil metros cuadrados del proyecto tengan una vida activa.

jueves, 26 de enero de 2012

Jane Eyre.... La columna de Vivir en el Poblado

La columna de Vivir en El Poblado

     Hace un par de semanas llegó a mi correo virtual una encuesta promovida por una agencia de noticias literarias. Buscaba encontrar las razones y los medios que llevan a la gente a comprar ciertos libros. Ahora que lo pienso, la pregunta no era sobre la lectura sino sobre la compra de esos libros. Pero ese es otro asunto. Querían saber qué motivaba a la gente a comprar los libros que compraba. Las opciones que ofrecían me parecieron incompletas, pero me dediqué a considerarlas. a considerarlas.


viernes, 13 de enero de 2012

Charlote Brontë


By G K Chesterton

    Objection is often raised against realistic biography because it reveals so much that is important and even sacred about a man's life. The real objection to it will rather be found in the fact that it reveals about a man the precise points which are unimportant. It reveals and asserts and insists on exactly those things in a man's life of which the man himself is wholly unconscious; his exact class in society, the circumstances of his ancestry, the place of his present location. These are things which do not, properly speaking, ever arise before the human vision. They do not occur to a man's mind; it may be said, with almost equal truth, that they do not occur in a man's life. A man no more thinks about himself as the inhabitant of the third house in a row of Brixton villas than he thinks about himself as a strange animal with two legs. What a man's name was, what his income was, whom he married, where he lived, these are not sanctities; they are irrelevancies.

   A very strong case of this is the case of the Brontës. The Brontë is in the position of the mad lady in a country village; her eccentricities form an endless source of innocent conversation to that exceedingly mild and bucolic circle, the literary world. The truly glorious gossips of literature, like Mr Augustine Birrell and Mr Andrew Lang, never tire of collecting all the glimpses and anecdotes and sermons and side-lights and sticks and straws which will go to make a Brontë museum. They are the most personally discussed of all Victorian authors, and the limelight of biography has left few darkened corners in the dark old Yorkshire house. And yet the whole of this biographical investigation, though natural and picturesque, is not wholly suitable to the Brontës. For the Brontë genius was above all things deputed to assert the supreme unimportance of externals. Up to that point truth had always been conceived as existing more or less in the novel of manners. Charlotte Brontë electrified the world by showing that an infinitely older and more elemental truth could be conveyed by a novel in which no person, good or bad, had any manners at all. Her work represents the first great assertion that the humdrum life of modern civilization is a disguise as tawdry and deceptive as the costume of a 'bal masqué.' She showed that abysses may exist inside a governess and eternities inside a manufacturer; her heroine is the commonplace spinster, with the dress of merino and the soul of flame. It is significant to notice that Charlotte Brontë, following consciously or unconsciously the great trend of her genius, was the first to take away from the heroine not only the artificial gold and diamonds of wealth and fashion, but even the natural gold and diamonds of physical beauty and grace. Instinctively she felt that the whole of the exterior must be made ugly that the whole of the interior might be made sublime. She chose the ugliest of women in the ugliest of centuries, and revealed within them all the hells and heavens of Dante.

   It may, therefore, I think, be legitimately said that the externals of the Brontës' life, though singularly picturesque in themselves, matter less than the externals of almost any other writers. It is interesting to know whether Jane Austen had any knowledge of the lives of the officers and women of fashion whom she introduced into her masterpieces. It is interesting to know whether Dickens had ever seen a shipwreck or been inside a workhouse. For in these authors much of the conviction is conveyed, not always by adherence to facts, but always by grasp of them. But the whole aim and purport and meaning of the work of the Brontës is that the most futile thing in the whole universe is fact. Such a story as 'Jane Eyre' is in itself so monstrous a fable that it ought to be excluded from a book of fairy tales. The characters do not do what they ought to do, nor what they would do, nor, it might be said, such is the insanity of the atmosphere, not even what they intend to do. The conduct of Rochester is so primevally and superhumanly caddish that Bret Harte in his admirable travesty scarcely exaggerated it. 'Then, resuming his usual manner, he threw his boots at my head and withdrew,' does perhaps reach to something resembling caricature. The scene in which Rochester dresses up as an old gipsy has something in it which is really not to be found in any other branch of art, except in the end of the pantomime, where the Emperor turns into a pantaloon. Yet, despite this vast nightmare of illusion and morbidity and ignorance of the world, 'Jane Eyre' is perhaps the truest book that was ever written. Its essential truth to life sometimes makes one catch one's breath. For it is not true to manners, which are constantly false, or to facts, which are almost always false; it is true to the only existing thing which is true, emotion, the irreducible minimum, the indestructible germ. It would not matter a single straw if a Brontë story were a hundred times more moonstruck and improbable than 'Jane Eyre,' or a hundred times more moonstruck and improbable than 'Wuthering Heights.' It would not matter if George Read stood on his head, and Mrs Read rode on a dragon, if Fairfax Rochester had four eyes and St John Rivers three legs, the story would still remain the truest story in the world. The typical Brontë character is, indeed, a kind of monster. Everything in him except the essential is dislocated. His hands are on his legs and his feet on his arms, his nose is above his eyes, but his heart is in the right place.

  The great and abiding truth for which the Brontë cycle of fiction stands is a certain most important truth about the enduring spirit of youth, the truth of the near kinship between terror and joy. The Brontë heroine, dingily dressed, badly educated, hampered by a humiliating inexperience, a kind of ugly innocence, is yet, by the very fact of her solitude and her gaucherie, full of the greatest delight that is possible to a human being, the delight of expectation, the delight of an ardent and flamboyant ignorance. She serves to show how futile it is of humanity to suppose that pleasure can be attained chiefly by putting on evening dress every evening, and having a box at the theatre every first night. It is not the man of pleasure who has pleasure; it is not the man of the world who appreciates the world. The man who has learnt to do all conventional things perfectly has at the same time learnt to do them prosaically. It is the awkward man, whose evening dress does not fit him, whose gloves will not go on, whose compliments will not come off, who is really full of the ancient ecstasies of youth. He is frightened enough of society actually to enjoy his triumphs. He has that element of fear which is one of the eternal ingredients of joy. This spirit is the central spirit of the Brontë novel. It is the epic of the exhilaration of the shy man. As such it is of incalculable value in our time, of which the curse is that it does not take joy reverently because it does not take it fearfully. The shabby and inconspicuous governess of Charlotte Brontë, with the small outlook and the small creed, had more commerce with the awful and elemental forces which drive the world than a legion of lawless minor poets. She approached the universe with real simplicity, and, consequently, with real fear and delight. She was, so to speak, shy before the multitude of the stars, and in this she had possessed herself of the only force which can prevent enjoyment being as black and barren as routine. The faculty of being shy is the first and the most delicate of the powers of enjoyment. The fear of the Lord is the beginning of pleasure.

   Upon the whole, therefore, I think it may justifiably be said that the dark wild youth of the Brontës in their dark wild Yorkshire home has been somewhat exaggerated as a necessary factor in their work and their conception. The emotions with which they dealt were universal emotions, emotions of the morning of existence, the springtide joy and the springtide terror. Every one of us as a boy or girl has had some midnight dream of nameless obstacle and unutterable menace, in which there was, under whatever imbecile forms, all the deadly stress and panic of 'Wuthering Heights.' Every one of us has had a day-dream of our own potential destiny not one atom more reasonable than 'Jane Eyre.' And the truth which the Brontës came to tell us is the truth that many waters cannot quench love, and that suburban respectability cannot touch or damp a secret enthusiasm. Clapham, like every other earthly city, is built upon a volcano. Thousands of people go to and fro in the wilderness of bricks and mortar, earning mean wages, professing a mean religion, wearing a mean attire, thousands of women who have never found any expression for their exaltation or their tragedy but to go on working harder and yet harder at dull and automatic employments, at scolding children or stitching shirts. But out of all these silent ones one suddenly became articulate, and spoke a resonant testimony, and her name was Charlotte Brontë. Spreading around us upon every side to-day like a huge and radiating geometrical figure are the endless branches of the great city. There are times when we are almost stricken crazy, as well we may be, by the multiplicity of those appalling perspectives, the frantic arithmetic of that unthinkable population. But this thought of ours is in truth nothing but a fancy. There are no chains of houses; there are no crowds of men. The colossal diagram of streets and houses is an illusion, the opium dream of a speculative builder. Each of these men is supremely solitary and supremely important to himself. Each of these houses stands in the centre of the world. There is no single house of all those millions which has not seemed to some one at some time the heart of all things and the end of travel.

From “Varied types”