martes, 13 de marzo de 2012

El dios enternecido (Un fragmento de "La risa del muerto")

Con los zancudos era distinto, gozaban de una extraña inmaterialidad, de una fragilidad difícil de considerar: bolsitas flotantes de vida ahítas con nuestra sangre, incapaces de evitar –en medio de su llenura y su ebriedad– que una mano veloz las aplastara.

En cambio las moscas eran seres de mayor entidad. Había en ellas una luctuosa seriedad, un resplandor metálico que parecía burlarse de su torpeza. Cuando quería aplastarlas ya ellas lo sabían (parecían saberlo desde antes de que tomara la decisión) y se marchaban del sitio del impacto con una despreocupación desconcertante. Había que ser más veloz que una mosca para matarla.

Pero había algo todavía más refinado, más heroico que aquella muerte siempre lamentable y repugnante: capturar una con vida. Para conseguirlo resultaba necesario dominar el mundo y sus elementos. Horas de práctica en el piso del patio, golpes y moretones en el meñique y la base del pulgar, cientos de intentos en las largas tardes para fabricar la cápsula perfecta que atraparía la mosca, aquel justo equilibrio entre el aplastamiento y la mano virtuosamente combada y sin fisuras.

La euforia del guerrero se elevaba en el momento de sentir el corrientazo lastimero que tanteaba en la palma de la mano o entre los dedos en busca de algún breve camino hacia la luz.

Entonces había que ir apoyando lentamente la mano, cuidándose de no aplastar la alteración tibia y viscosa, su desconcierto, su risa interrumpida, su frenético considerar alternativas, para después conducirla atontada hasta unas pinzas formadas por el índice y el pulgar, y mirarla, verla batir inútilmente sus alas venosas y nacaradas, ver el horror polifónico de sus ojos y consolarla, hablarle con cariño mientras la pinza de la otra mano arranca cada una de las alas, cerciorándose a cada movimiento de que el daño no es fatal, y ponerla luego en el piso enternecidos, como un dios que acaba de crear una nueva criatura, y verla caminar unos pocos pasos, desconcertada, perdida, considerando rumbos, y verla luego correr por el piso del patio.

Verla correr y correr y correr y no poder volar.




miércoles, 7 de marzo de 2012

La risa del muerto, edición colombiana

Presentaciones:
Marzo 29, Festival del Libro y la Palabra, UPB Laureles, Medellín.
Abril 21, Feria Internacional del Libro de Bogotá



Aparece edición colombiana de “La risa del muerto*
El jueves 29 de marzo, en el marco del Festival del Libro y la Palabra de la Universidad Pontificia Bolivariana, será presentada la primera edición colombiana de la novela La risa del muerto, de Gustavo Arango, incluida dentro de la colección Club de Escritores UPB.
La risa del muerto es la segunda de seis novelas que hasta la fecha ha publicado este escritor colombiano radicado en los Estados Unidos y ganador de varias distinciones internacionales.
El año pasado se editó en Colombia su novela El origen del mundo, publicada originalmente en México, donde recibió el Premio Bicentenario de Novela 2010, convocado por Ediciones B. Ahora la editorial de la Universidad Pontificia Bolivariana edita para Colombia La risa del muerto, que recibió en Nueva York el Premio Marcio Veloz Maggiolo 2003, otorgado a la mejor novela escrita en español en los Estados Unidos.
La anécdota de La risa del muerto parece simple: Un niño ve morir a su abuelo y muchos años después, ya adulto, decide leer lo que ese hombre misterioso dejó escrito en libretas y cuadernos. Pero eso es lo único simple que tiene este libro. La risa del muerto es una novela sobre las huellas que todos dejamos a nuestro paso por la vida. Es una reflexión sobre el amor como obsesión capaz de dar sentido a la existencia. Es, también, una celebración de la escritura como vínculo entre los seres humanos. El escritor argentino Tomás Eloy Martínez destacó de esta novela “la calidad y el lirismo de su prosa”.
Gustavo Arango es profesor de Literatura Latinoamericana de la Universidad del Estado de Nueva York. Fue editor del suplemento literario del diario El Universal de Cartagena (1992-1998) y recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 1992. Es colaborador del periódico Vivir en el Poblado y del suplemento Generación, de Medellín, Colombia.
El Club de Escritores en el Festival del Libro y la Palabra y la Feria del Libro ded Bogotá
La colección Club de Escritores es un ambicioso proyecto editorial que se inicia con siete títulos. La Editorial UPB realizará los días 28, 29 y 30 de marzo el Festival del Libro y la Palabra, en el bulevar del estudiante, sede Laureles. En la muestra bibliográfica participarán más de veinte librerías y editoriales universitarias y comerciales. El evento incluye en cada jornada, a las 10 de la mañana, una sesión de El Coloquio de los Libros, en la Biblioteca Central de la Universidad, para presentar las primeras siete obras de la nueva Colección Club de Escritores.
El miércoles 28 será la presentación de las obras Armada de amores, de Ana Cristina Aristizabal Uribe y Un encuentro con el general Córdova, de Mario Melguizo B. El jueves 29, se presentarán Zürich es una letra aleph, de Memo Ánjel; Cuentos para vaciar el crepúsculo, de María Teresa Ramírez y La risa del muerto, de Gustavo Arango. El viernes 30, en el marco del Coloquio será el lanzamiento de los libros Universidad filológica, de Nikolaos Chalavazis y Vida querida, de Sebastián Fernández Gartner.
Los primeros títulos de la Colección Club de Escritores serán presentados también en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el sábado 21 de abril.
*Boletín de prensa, editorial UPB.










lunes, 5 de marzo de 2012

El Gabriel García Márquez que cumplió el sueño de escribir


Un texto de Mónica Quintero Restrepo, publicado en El Colombiano, el 4 de marzo de 2012. 

   Ese día, en el viaje que Gabriel García Márquez hizo con su mamá, le dijo, como razón para su papá, que lo único que quería ser era escritor. "Y que lo voy a ser".

  Todavía estaba en los veinte y en sus bolsillos pesaba más la falta de dinero, que las mismas monedas. Lo que Gabo, como muchos prefieren decirle, o Gabito, como le dicen otros de más confianza, dijo, y escribió en Vivir para contarla, era casi una profecía. O no. De todas maneras ya tenía una vida que le daba para escribir.

  "Su gran obra es su propia vida y creo que lo consiguió", cuenta Gustavo Arango , quien escribió el libro Un ramo de no me olvides, en el que cuenta la vida del Nobel cuando estaba joven y era periodista del diario El Universal, de Cartagena.

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viernes, 2 de marzo de 2012

"Me parieron y aquí estoy" La columna de Vivir en El Poblado



Los libros del oscuro Cervantes de nuestro tiempo demuestran que las modas ignoran la buena literatura. En seis décadas, Juan Carlos Onetti fue dejando una obra con los rasgos de los clásicos: una mirada auténtica y un arte que explora territorios sin visitar. Onetti mostró parajes del alma que estaban sin nombrar.

Ya en 1939, con El Pozo, Onetti estaba ampliando horizontes. Las memorias de un cuarentón derrotado anuncian una obra que exige lectores arriesgados. Con El Pozo, Onetti se anticipó a decir lo que Camus y Sartre dirían después en El extranjero y La náusea.

En Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) están los ires y venires entre calles y oficinas, seres frágiles que fingen dureza, almas muertas empeñadas en vivir. Las raíces de nues­tra literatura urbana pueden verse en ese inventario de deses­perados. La exploración de las cavernas del alma ad­quiere su primer punto culminante con La vida breve (1950), la historia de un Juan María Brausen que combate sus miserias viviendo vidas imaginarias. Aquí nace Santa María, el escenario de casi todo lo que sigue. Aquí se perfilan personajes centrales del mundo Onetti: Larsen y Díaz Grey. Los adioses (1953) es una máquina verbal que pone en evidencia la vileza del lector.

Para mí, la mejor novela de Onetti es El astillero (1960), la historia de un viejo proxeneta que regresa a vengarse del pueblo que lo expulsó. He perdido la cuenta de las veces que he leído este libro de una belleza triste. Todos somos ese Larsen que se niega a aceptar la derrota, que saca fuerzas de la nada para engañar al mundo, para tener una casa, una mujer boba, una porción de infierno que pueda llamar suya. Allí está una de las frases más contundentes que ha dado la literatura, las palabras de una mujer flaca y encinta que proclama las únicas certezas que tienen los humanos: “Me parieron y aquí estoy”. Mientras haya seres humanos, El astillero será un libro necesario.

Antes de El astillero, Onetti estaba escribiendo una novela sobre los tiempos en que Larsen se propuso crear el prostíbulo perfecto. Es lugar común decir que Juntacadáveres se resiente por la interrupción (Onetti volvió a ella después de escribir El astillero). Pero fue el mismo Onetti quien nos metió esa idea, quizá para demostrar que los pocos que leen reproducen prejuicios o rumores a la hora de leer. Ofrezco una recompensa a quien me diga cuál es el problema de Juntacadáveres (1964), salvo el de ser uno de los retratos más sinceros que existen del alma de las mujeres.


Dejemos hablar al viento (1979) es la novela de un escritor al que no le importa agradar. Onetti quiso cerrar su obra con la palabra “cuando”, ese adverbio de tiempo que es reflejo de nuestra incertidumbre vital. Cuando entonces (1988) es la novela de quien no puede dejar de retratar derrotados. Cuando ya no importe (1993) es, en cambio, el canto de cisne de un hombre que antes de entregarse a la muerte construye algo sublime como un burdel perfecto o un astillero resucitado. El conjunto resulta inexplicable sin esa novela que Onetti escribió después de los ochenta años. Allí está el suicidio de su personaje principal, allí están la mujer niña, la vejez y la derrota; las señas de identidad. La crítica de la obra de Onetti se quedó detenida en los años ochenta. Cuando lo redescubran, habrá que releer todo su mundo desde la perspectiva de su novela final.


Publicado en Vivir en El Poblado el 2 de marzo de 2012.





jueves, 23 de febrero de 2012

Mario Donadío: Constructor de Milagros

Un nuevo clavicémbalo alza el vuelo en el taller de un artesano que no vive en este siglo.

Mario Donadío y Marta Arango en el taller del barrio Manila. Foto Róbinson Henao.



Las orejas de Jean Philippe Rameau son sensibles y elásticas. Cobran vida cuando hay música barroca. Los sonidos lo levantan del rincón donde dormita, lo obligan a moverse por maderas onduladas para acodarse luego, complacido y distante, muy cerca del teclado. Sus ojos abisinios parecen reprochar los largos días silenciosos, las eternas jornadas en que el hombre y la mujer se marchan al taller. Mira y escucha como un dios difícil de complacer. 

La mujer tiene movimientos de felino. Es leve y serena. Sonríe y juzga al mundo con ojos muy oscuros. Cuando están en el taller, parece un emisario o una réplica de Jean Philippe Rameau. El hombre es como un niño engrandecido. Lleva pantalón corto y un gesto de asombro que no le abandona el rostro. Aún no sabe si gritar de la alegría o llorar desconsolado. El último clavicémbalo está listo y acaba de recibir la llamada que no quería recibir: la del cliente que pasará a recogerlo.

Nueve meses lleva conviviendo con su último juguete. Ha recogido bosques para unirlos en un solo instrumento, ha procesado huesos de olores ofensivos, ha cortado, ha pegado, ha medido, ha pintado, ha probado, ha sentido, ha soñado y al final ha logrado revivir un milagro que ocurrió hace tres siglos.

“Bach tocó uno como este”, dice. “Los clavicémbalos alemanes son los más elaborados. Había hecho franceses e italianos, pero me faltaba uno como este”.

Todo empezó cuando el hombre tenía diez años y escuchó a Bach. No ha dejado de delirar por la fiebre que lo invadió en ese momento. Se metió a clases de piano y allí conoció a la mujer que es su ángel guardián. Cuando terminó el bachillerato decidió viajar a Boston a estudiar Tecnología de pianos. Su padre le decía que ese trabajo no servía para nada, pero él no le hizo caso. Pronto estaba reparando pianos y aprendiendo un oficio que en el mundo ejercen menos de cien personas. Cuando habla parece en trance. La mujer dice que, a diferencia de otros genios, es tranquilo. “Cuando está construyendo un clavicémbalo es sereno. Trabaja horas y horas sin descanso”.

Si uno quiere que el hombre se impaciente, puede preguntarle por Bach. Se rasca la cabeza, levanta la mirada y al final se resigna a explicar que ha sido lo más grande. “Hizo lo que había que hacer. No ha habido otro músico como él en la historia de la humanidad”. Para ilustrar lo que dice, inventa una melodía que podría ser la obra maestra de nuestro tiempo. Luego toca algo de Bach y el universo todo parece detenerse. “La música moderna no tiene ningún misterio. Es pobre, facilista, no es tonal. Nadie se da cuenta cuando uno se equivoca. Pero con Bach, cualquier error se nota”. Dice que Bach debía tener las manos muy grandes porque sus intervalos requieren teclas muy separadas. Cuenta, como si lo hubiera visto, que sus dedos parecían no levantarse del teclado y que sus pies se movían en los pedales como si fueran manos. 

  


La llegada de un amigo le da pie para volver a destacar las pequeñas maravillas del milagro que acaba de construir: los huesos de vaca que ahora cantan en las teclas blancas, los salteadores y lengüetas marcados cada uno con su nombre y diseñados con precisión maniática, las cuerdas de diámetros finísimos. Explica el toque individual que significa la pintura bajo las cuerdas. Muestra uno a uno los tipos de madera en cada parte del instrumento: el ébano de las teclas, el cedro de la tapa, el guayacán, la caoba, el nogal americano y finlandés, el abeto, el roble, el algarrobo. Señala los sutiles tallados bajo las teclas, para los cuales tuvo que inventar una broca especial. Cuenta que no usó ni clavos ni tornillos, solo pega, y que en el interior del instrumento pone su firma y, en ocasiones, mensajes que “serán leídos dentro de ciento cincuenta años”. Al final, señala dos nudos simétricos en la madera frente al teclado y dice con orgullo: “Son ojos de gato”. 


La mujer mira y sonríe con ojos oscuros. Más tarde, alejada del taller, hablará del talento de su esposo para cocinar y dirá que ya es hora de tomar unas vacaciones en las montañas o en el mar. Convencida de que la belleza viene de algún lado, contará que el hombre es ateo y que unas tías le han dicho que ofrezca a Dios lo que hace su marido. Al final, hablará con deleite de Jean Philippe Rameau, de sus orejas sensibles, de los gestos complacidos de ese “animal perfecto”, y en su forma de contarlo uno puede imaginar a esa deidad que estira el lomo, que se aleja estremecida con la música barroca en sus nervios de felino.


Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado.







Detrás de la cámara





Ocurrió hace muchos años. Yo había dejado la tranquilidad de la academia para regresar por unas sema­nas al periodismo. Ya había escrito la nota que me sentía orgulloso de firmar, ya había propiciado el gesto heroico que salvó una página. Empe­zaba a acomodarme, a pesar de que muy pronto me tendría que marchar.

Un día llegó a mi mesa la editora general. Venía entusias­mada. El escritor más popular de aquellas tierras estaba de visita en la ciudad. Mi primera respuesta fue: “No”. Llevaba años entablando una lucha callada contra lo que ese hombre representaba. Me irritaban sus trucos, su pose, su escandalizar beaterías para que los medios le hicieran eco a su negocio. Sé también que en el rechazo había celos profesionales. En aquel tiempo yo me las daba de escritor y me dolía ver que mis libros se movían con dificultad. Eran tiempos en que la gente no leía y, si leía, no entendía. De manera que los libros se vendían con la reacción del lector incorporada.

Estaba a punto de cerrar el asunto, cuando el entu­siasmo de la editora se coló por entre mis defensas y apeló al periodista que llevo dentro, el curioso insaciable que empezaba a despertarse de una modorra de años. “Está bien”, me oí responderle. “Pero voy de fotó­grafo”.



El asunto se arregló en pocos minutos. En menos de una hora estaba en casa de la familia del escritor, un templo de decadente aristocracia, con la cámara en la mano y un gesto de “no me miren, yo aquí no soy persona... sigan ustedes con su charla que yo ni me entero de lo que están hablando”.


Hablaron como una hora. El escritor se negó a conce­der una entrevista y, más bien, se dedicó a entrevistar a la periodista. Habían sido vecinos. Cuando él era un mucha­cho, ella era una niña perceptiva que guardó en su memoria momentos e imágenes. El escritor tomó nota de nombres y detalles, mantuvo la charla en el terreno de la visita. Sólo muy de vez en cuando dejó salir respuestas que eran como de entrevista.



Mientras ellos hablaban, yo miraba. Cuando entramos a la casa, su cuñada me había dicho en secreto que estaba cansado de entrevistas. Yo conseguí disipar con rapidez la sensación de culpa, me olvidé de la idea de que era un impostor que estaba allí para fines distintos a los que proclamaba, y me puse a mirarlo. Me sorprendió su sua­vidad, el contraste de esa amabi­lidad con la aspereza de su figura pública. En la invisibilidad de la sala, me dio por pensar que aquello era el símbolo de toda una cultura: amable, dulce, atenta, pero llena de infiernos que rara vez se asoman. Lo vi desplegar una esgrima elegante para evitar preguntas de entrevista. Lo vi esbozar un gesto de dolor cuando escuchó la historia de un ternero que sufría. Lo vi cubrirse el rostro para descansar del gesto amable. Vi detrás de la cortina de las manos una cara de profundo agotamiento.


Al final me marché reconciliado. Había podido com­pren­der que lo que tanto me irritaba no era el hombre sino la máscara que había, y le habían, creado. Supe que aquel viejo cansado lo único que hacía era lo que todo escritor haría en casos similares: aprovechar las oportu­nidades para que sus libros lleguen a muchas manos. Le perdoné su falta de com­pasión por el más indefenso de los ani­males. Salí de su casa convencido de que jamás iba a leerlo, porque en esos minutos ya lo había leído dema­siado. Salí de su casa pensando qué precio ponerle a mi vida.











UNA CONVERSACIÓN DE AMOR CON FERNANDO VALLEJO

Viaje a los recuerdos con un Fernando Vallejo que no ha dejado de ser como siempre fue: sensible, cálido y gozón.

Un texto de Luz María Montoya
Fotos de Gustavo Arango




Publicado en Vivir en El Poblado el 23 de febrero de 2012.








jueves, 9 de febrero de 2012

Dios te salve, Sofía


De Sofía conservo recuerdos remotos. Me parece estar viéndola, hace casi treinta años, un día de playa y de arena caliente y de sol de verano. Sofía quería llegar a algún lado, pero la arena ardía como ascuas. Caminar sin calzado le habría quemado los pies. Pero como Sofía no se vara, encontró una solución providencial, no sólo para ella sino para la multitud que la miraba. Empezó a despojarse de las pequeñas piezas del vestido de baño y fue caminando sobre ellas hasta llegar a esa burbujeante y helada bebida carbonatada que había sido el objeto de su viaje. Sofía era divina, Sofía era muy buena. Aún me pregunto por qué de aquella escena lo único que recuerdo es su rostro ligero de sutilezas árabes.

Dejé de verla por muchísimos años. La escena de la playa fue un recuerdo bonito que volvía a la memoria sólo muy de vez en cuando. Después me enteré de que Sofía empezaba a abrirse paso como actriz en el País del Sueño. “Muy bueno para ella”, fue lo único que pensé sobre el asunto y volví a mi distracción general, a la indiferencia casi constante que me inspiran las noticias de farándula.

Pero el nombre de Sofía regresaba. Empecé a ver su nombre y su imagen con insistencia: como actriz de reparto en películas, como presentadora de espectáculos de primer orden, como estrella de televisión cada vez más reconocida. Los últimos meses han estado llenos de Sofía.

Volví a prestarle atención en diciembre pasado, cuando vi una película romántica llena de actores y actri­ces de prestigio: Michelle Pfeiffer, Hilary Swank, Robert de Niro, Ashton Kutcher, Sarah Jessica Parker... y siga contando. Lo curioso es que, de todos los personajes de la película, el que mayores simpatías despertaba en el público del teatro era el de Sofía Vergara. Fue entonces cuando me dije: “Aquí está pasando algo”.

No soy muy buen amigo de las tiendas de ropa. Si por mi consumo fuera, ése sería un reglón inexistente de la economía. Pero a veces uno acompaña a la gente a saludar de mano las prendas de moda y así descubrí que hoy en día ya existe una marca de ropa llamada “Sofía Vergara”.

Todo indica que el huracán Sofía apenas está empe­zando. Se robó el show en la entrega de los Globos de Oro, no sólo por su belleza, más refinada que la de hace treinta años, sino también por el atrevimiento de hacer su discurso en español. Sofía parece a veces una mezcla de Lucille Ball y Desi Arnaz, en una sola mujer monumental. Ha hecho de la debilidad de los inmigrantes, de sus acentos discriminados, una fortaleza arrolladora. Se ha instalado en el Olimpo del cine y la televisión con una propiedad que sólo puede inspirar respeto y admiración.

Hace apenas quince días encontré la prueba definitiva de que el fenómeno Sofía llegó para perdurar. Pasaba por Times Square, ese ombligo del mundo repleto de anuncios y de luces de neón, cuando de repente alcé la vista y descubrí que una cuadra entera estaba llena de enormes fotos suyas. Allí estaba mi recuerdo de adolescencia, del tamaño de tres catedrales y un Taj Majal, besando su bebida carbonatada. Ninguna otra persona oriunda del País de los Colombios ha tenido un despliegue visual semejante. El mérito de aquello es que Sofía lo logró sin tinturarse, sin borrar su identidad. Me mantuve por casi media hora con la boca abierta ante esa desmesura. Recordé los primeros pasitos de Sofía en la arena caliente y pensé que ya entonces se anunciaba aquel infierno en el que ahora se ha metido. Dios quiera que Sofía siempre encuentre la manera de seguir por su camino sin quemarse.



Publicado en Vivir en El Poblado el 9 de febrero de 2012.






La mirada de Aguirre

Fotografía de Alberto Aguirre



Un documental sobre Alberto Aguirre revela una faceta suya poco conocida, la de fotógrafo de la vida cotidiana de Medellín y de los pueblos antioqueños.











Una ciudad en la ciudad



    No ha pasado mucha agua bajo los puentes. Hace cinco años, cuando se iniciaron las primeras demoliciones, pocos tenían la sospecha del efecto que el proyecto Ciudad del Río tendría sobre el barrio Villa Carlota, en el Poblado, y sobre la ciudad. Aún ahora, cuando el conjunto residencial y comercial es parte activa y protagónica de nuestra vida diaria, es difícil calcular la importancia que tendrá ese centro urbano cuando llegue a su completo desarrollo. Solo empezaremos a apreciar esa influencia dentro de veinte años, cuando espacios que hoy ocupa el sector industrial empiecen a darles paso a las últimas etapas, y los trescientos mil metros cuadrados del proyecto tengan una vida activa.