Miguel Falquez Certain lee fragmento de su análisis sobre el libro de Gustavo Arango, El origen del mundo. MacNally Bk Store - NYC Junio 2012. Durante la presentación de Hybrido Magazine.
jueves, 14 de junio de 2012
Sobre El origen el origen del mundo
Miguel Falquez Certain lee fragmento de su análisis sobre el libro de Gustavo Arango, El origen del mundo. MacNally Bk Store - NYC Junio 2012. Durante la presentación de Hybrido Magazine.
miércoles, 6 de junio de 2012
Un viejo futuro
Por Wenceslao Triana
El azar televisivo me deparó hace poco una grata sorpresa. Yo andaba a la deriva por entre los canales, cuando hallé algo que llamó mi atención: una película viejísima y querida, Fahrenheit 451.
Siempre me ha fascinado esa novela de Ray Bradbury. Se trata de un libro que cuenta la historia de un hipotético futuro donde los libros han sido prohibidos. En aquel tiempo, también, los incendios ya no existen y la única función de los bomberos es rastrear bibliotecas e incendiarlas. Montag, uno de los bomberos, empieza a sentir curiosidad por esos libros que debe destruir. Su esposa es un sujeto completamente “normal”, que pasa su tiempo pegada a las pantallas que embrutecen a todo el mundo. Pero Montag empieza a ser víctima de la fiebre de los libros, cada vez resulta más intrigado por lo que ocultan esos objetos capaces de llevar a algunos a morir por defenderlos, y decide tomar algunos de los que debía quemar y llevarlos a su casa para leerlos.
En medio del torbellino ideológico de los años sesenta, la novela de Bradbury y su version cinematográfica, pretendieron denunciar el poder alienador de los medios masivos y el interés de todo poder totalitario por abolir cualquier forma de independencia y de pensamiento.
El final de esa historia es de una gran hermosura. Montag es denunciado por su alienada esposa y se ve obligado a huir en medio de una cacería que es televisada para todo el país (uno recuerda esas persecuciones en vivo que hacen las delicias de los televidentes modernos) y, a pesar de que las pantallas muestran el momento en que lo capturan (o mejor, capturan a un doble, para dejar claro que nadie escapa al poder justiciero del sistema), Montag consigue ponerse a salvo y llegar a una colonia en las afueras de la que tuvo noticias a través de una chica también perseguida por tener libros.
Allí Montag se encuentra a un grupo de personas dedicadas a preservar el tesoro de los libros mediante una forma desesperada y sublime: memorizar cada uno un texto distinto, para que puedan disfrutarlo generaciones venideras.
Muchas cosas me ha dado para pensar mi reencuentro con este clásico. La primera, es lo evidente que resulta el comentario que la novela de Bradbury hace sobre nuestro propio tiempo: las pantallas están aquí, embruteciéndonos, los libros (si bien nadie los quema) han sido trivializados, su poder sublevador ha sido sometido.
Pero quizá lo más notorio de la versión cinematográfica es que demuestra, con su precario futurismo, con sus vehículos que ahora se ven ridículos, con esos cascos y vestuarios y cortes de pelo demasiado “años setenta”, que ni el cine, ni la televisión, tendrán nunca el poder de renovarse que tienen las obras literarias.
Quizá sea algo ingenuo pensar, hoy en día, que los libros –en general- significan una defensa contra la alienación. Los libros también han entrado en el juego de adormecer a todo el mundo. Defenderlos a todos sería una actitud ingenua. Pero ver la versión cinematográfica de una historia como la de Bradbury , ver lo ancladas que han quedado esas imágenes en el tiempo en que fueron hechas, ratifica –sin proponérselo- la supremacía incomparable de la palabra escrita. La película envejece sin remedio, mientras el libro parece haber sido escrito esta mañana. Sigue habiendo algo extraño –y potencialmente peligroso- en esa propiedad que la palabra impresa tiene para renovarse cada vez que alguien llega a leerla.
Julio 3 del 2002
lunes, 4 de junio de 2012
El país de los árboles locos
Fragmento de la novela
publicado por el suplemento
Generación, de El Colombiano.
Buscando la locura de los árboles visité muchos países y comprobé que no hay criatura más extraña en este mundo que los seres humanos. Otra noche, mi ángel, te hablaré de los humanos. Leer más
La Unidad
Cuento finalista del Premio Juan Rodríguez Freyle, 2001.
El hombre encargado de buscar la unidad pasó por peligros terribles pero consiguió encontrarla. Llamó del aeropuerto y dijo que vendría sin demora, dijo que tomaría un taxi de inmediato. Se nos ocurre ahora que fue una imprudencia dejarlo tomar un taxi.
viernes, 1 de junio de 2012
Falta de tuercas - La columna de Vivir en El Poblado
Siempre he desconfiado de los biopics, esas películas que
pretenden mostrarnos en menos de dos horas el alma de una persona. Si cada
uno de nosotros es un misterio para sí mismo, cómo podemos esperar que un
director y sus guionistas puedan saber cómo era alguien, qué rasgos lo
definían, qué pensaba, qué cosas lo movían o aterraban, cuáles fueron los
momentos de su vida de veras importantes.
Borges decía que una persona puede ser representada de
maneras muy distintas, como si fuera varias personas, si cambiamos las
anécdotas que elegimos para contar su vida. Las canalladas y cobardías
mostrarán a alguien que inspira desprecio o compasión. Los heroísmos y emociones
elevadas invitarán a que se pida la canonización. Es claro que hay rasgos
demasiado notorios: una nariz peculiar, una expresión repetida, un hecho en el
que coinciden todos los testigos. Sobre esa precaria base se justifican las
películas biográficas, su garantía de que dicen la verdad.
Una buena película sobre los problemas de las biografías
fue una falsa biografía. En Citizen Kane,
Orson Welles mostró el recorrido de un hombre desde sus orígenes humildes
hasta la muerte solitaria en su mansión de millonario. La película es una
pesquisa para descifrar el enigma de su última palabra: “Rosebud”. Al final podemos
comprender que era la inscripción que tenía su juguete más simple y temprano,
un deslizador de madera que le dio más felicidad que todas las riquezas que
llegó a acumular. Toda película es una búsqueda del Rosebud del personaje, pero
termina mostrando el Rosebud del director. Toda biografía es autobiografía. Es
una especie de secuestro de la imagen del biografiado que le permite a un
artista explorar su propia vida.
He vuelto a pensar en el asunto raíz de un par de biopics
que he visto en las últimas semanas. La primera, J. Edgar, me había negado a verla. Con toda la admiración que me
despierta Clint Eastwood, me parecía un poco exagerado pensar que figuras como
Howard Hughes y Edgar Hoover tuvieran ambos la cara y el tono neutro de un
mesero del Titanic. Pero el avión no ofrecía muchas opciones y me dediqué a ver
esa historia de un homosexual reprimido que se dedicó a reprimir y a querer
ajustar la realidad a su capricho. La biografía abunda en silencios y ése es,
quizá, su mayor acierto. Sugiere cosas sin llegar a asegurarlas: como que
Hoover fue el santo patrono de los creadores de “falsos positivos”. La
película se salva porque no pretende decir la última palabra sobre el
personaje. Pero sigo a la espera de otra película de Eastwood. No sería justo
que cerrara su obra con ese biopic.
La otra película no deja de indignarme. Me acuerdo de
ella y me da rabia. La elección de John Cusack para encarnar a Poe sería uno de
los errores de casting más graves en la historia del cine, si la película de la
que hablo, El cuervo, no fuera ni
mereciera pasar lo más pronto posible al olvido. Un grupo de guionistas
probablemente borrachos y presumiblemente drogados se dedicaron a acumular
disparates para llenar los últimos días de Poe, ese misterio que nadie ha
podido descifrar. Nunca vi a Poe, no sé cómo era su voz o cómo se movía, pero
de una cosa estoy seguro: el Poe de la película no tiene nada que ver con Poe. No
sé qué tiene Edgar Allan que invita a que la gente le tenga compasión. Con todo
y que fue el inventor de la literatura moderna, es común la tendencia mirarlo
como a un borrachito al que le faltaban tuercas. Con esta pobre película, esa
imagen sigue viva: a los que hicieron ese desastre también les faltaban
tuercas.
Publicado en Vivir en El Poblado el 1 de junio de 2012.
jueves, 10 de mayo de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
On reader's opinions
An excerpt from "Letter to B", By Edgar Allan Poe
It has been said that a good critique on a poem may be written by one who is no poet himself. This, according to your idea and mine of poetry, I feel to be false — the less poetical the critic, the less just the critique, and the converse. On this account, and because there are but few B——’s in the world, I would be as much ashamed of the world’s good opinion as proud of your own. Another than yourself might here observe, “Shakspeare is in possession of the world’s good opinion, and yet Shakspeare is the greatest of poets. It appears then that the world judge correctly, why should you be ashamed of their favorable judgment?” The difficulty lies in the interpretation of the word “judgment” or “opinion.” The opinion is the world’s, truly, but it may be called theirs as a man would call a book his, having bought it; he did not write the book, but it is his; they did not originate the opinion, but it is theirs. A fool, for example, thinks Shakspeare a great poet — yet the fool has never read Shakspeare. But the fool’s neighbor, who is a step higher on the Andes of the mind, whose head (that is to say his more exalted thought) is too far above the fool to be seen or understood, but whose feet (by which I mean his every-day actions) are sufficiently near to be discerned, and by means of which that superiority is ascertained, which but for them would never have been discovered — this neighbor asserts that Shakspeare is a great poet — the fool believes him, and it is henceforward his opinion. This neighbor’s own opinion has, in like manner, been adopted from one above him, and so, ascendingly, to a few gifted individuals, who kneel around the summit, beholding, face to face, the master spirit who stands upon the pinnacle.
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You are aware of the great barrier in the path of an American writer. He is read, if at all, in preference to the combined and established wit of the world. I say established; for it is with literature as with law or empire — an established name is an estate in tenure, or a throne in possession. Besides, one might suppose that books, like their authors, improve by travel — their having crossed the sea is, with us, so great a distinction. Our antiquaries abandon time for distance; our very fops glance from the binding to the bottom of the title-page, where the mystic characters which spell London, Paris, or Genoa, are precisely so many letters of recommendation.
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I mentioned just now a vulgar error as regards criticism. I think the notion that no poet can form a correct estimate of his own writings is another. I remarked before, that in proportion to the poetical talent, would be the justice of a critique upon poetry. Therefore, a bad poet would, I grant, make a false critique, and his self-love would infallibly bias his little judgment in his favor; but a poet, who is indeed a poet, could not, I think, fail of making a just critique. Whatever should be deducted on the score of self-love, might be replaced on account of his intimate acquaintance with the subject; in short, we have more instances of false criticism than of just, where one’s own writings are the test, simply because we have more bad poets than good.
martes, 8 de mayo de 2012
La literatura como refugio en La risa del muerto
La literatura como refugio en La risa del muerto,
del colombiano
Gustavo Arango
Artículo publicado en el número 31 de la revista Espéculo, de la Universidad Complutense de Madrid.
Por Erasmo Hernández González
Con este
ensayo pretendo estudiar las reflexiones metaliterarias, el paso del tiempo, los
recuerdos, el amor y el absurdo vital en la novela La risa del muerto
(2003), del interesante escritor colombiano Gustavo Arango (1964), con la que
ganó el Premio Internacional Marcio Veloz Maggiolo, en 2002, de la Casa
de la Cultura Dominicana de New York.
lunes, 7 de mayo de 2012
La risa del vivo
Una nota de El Espectador, sobre La risa del muerto. Diciembre 22 de 2002. La edición colombiana de la novela acaba de ser publicada por la editorial UPB.
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