Sullivan era solo. Vivía en un edificio de apartamentos pequeños, no muy lejos del centro. El suyo era el último al final del pasillo del segundo piso. Había seis apartamentos en cada piso, excepto en el primero piso y esto es una solemne güevonada y mejor me piso.
miércoles, 18 de julio de 2012
jueves, 5 de julio de 2012
Un negro en la cancha - La columna de Vivir en El Poblado
El fútbol dejó de interesarme cuando en uno de los países
más brutales de que se tiene noticia mataron a un jugador de su selección por
haber hecho un autogol. Si he vuelto a ver partidos es por las emociones, por
las implicaciones, y no por el destino que le espere a la pelota. En las
últimas semanas vi la Eurocopa y me llamó la atención el reflejo en la cancha
de las crisis de Europa. El gran tema de este torneo fue el respeto por la
diversidad. La cosa suena bien, palabras bonitas por todos lados. Pero creo que
nadie hizo tanto por ese tema como un negro que hizo dos goles en la semifinal.
Sólo en tiempos recientes Europa se ha atrevido a dejar
ver el rostro plagado de colores que le dejó su pasado colonial, y no deja de
haber cierta ironía en el asunto. Uno ve a varios negritos marcando los goles
de Inglaterra, mientras en las tribunas fanaticadas impecablemente blancas
celebran como suyas las hazañas. Uno ve a los italianos gesticular complacidos
cuando un negrito adoptivo les ayuda a propinar un garrotazo a los altivos
alemanes. Todo sirve para reivindicar orgullos en esa Europa que se cae a
pedazos, incluso la hipocresía.
Vivimos en un mundo que pasó, en cuarenta años, de la
discriminación más descarada a la inexistencia del color. No son negros, son
afro-esto o aquello. Hoy en día es pecado mencionar el color de la gente. Como
si notar diferencias no fuera la más natural de las actitudes humanas. El
problema es que la farsa se sigue revelando en pequeños detalles: en la
distancia con que los blancos abrazan al negrito que les salvó la jornada, en
el hecho de que países como España no se atrevan todavía a exhibir su pasado de
infamia.
El jueves pasado, Italia aplastó a Alemania gracias a la
inspiración de un jugador alto, negro y fornido al que sus padres adoptivos le
dieron el apellido Balotelli. La celebración de su segundo gol ha sido de las
cosas más extrañas que he visto en una cancha. Como hoy todo se sabe, descubrí
que este hijo de inmigrantes de Ghana tiene 21 años y que está lleno de
problemas disciplinarios. Supe de los intentos de su familia biológica por
recuperarlo y de su afirmación de que mataría si le hacían comentarios
racistas. Basta saber esto y leer los gestos de fiera acorralada para pensar
que le esperan muchos dramas. Balotelli es el Asprilla o el Usuriaga de los
italianos. Es un niño frágil, vulnerable y asustado que quiere mostrar fortaleza.
Es un hombre atormentado que pide sufrimiento.
Pero, con todo y eso, el pasado 28 de junio había algo
sublime en ese gesto suyo tras el segundo gol. Balotelli se quitó la camisa y
se quedó en silencio y detenido, como un ídolo de piedra, tensando orgulloso
los músculos y con un fiero dolor en la mirada. En lugar de correr y de gritar,
sólo hubo un endurecimiento demencial mientras llegaban sus blancos compañeros
a abrazarlo. La amarilla que le dieron por quitarse la camisa ha sido la más
digna que he visto en mucho tiempo. Al exhibir su desnudez en la soledad de la
cancha y enrostrarnos a todos su orgullosa negrura, Balotelli nos dijo que el
respeto no está en ignorar las diferencias, sino en reivindicarlas.
Publicado en Vivir en El Poblado el 5 de julio de 2012.
martes, 3 de julio de 2012
Del relato policial a la ortodoxia
Ensayo escrito para el curso "La ficción paranoica",
dictado por Ricardo Piglia
en Princeton University, Primavera de 2002


Por Gustavo Arango
De los numerosos puntos de
encuentro –de diálogo– que existen entre Jorge Luis Borges y Gilbert K.
Chesterton, el interés que ambos manifestaron por el género policial es uno de
los más "misteriosos" y sugestivos.
No fue un interés
circunstancial. Ambos, en algún momento, señalaron la importancia que tenía
para ellos ese género. Borges llamó a la novela policial una "síntesis
superior hegeliana" (La Nación website) y resulta revelador que la haya
elegido como uno de los temas de la serie de conferencias que presentó en la
Universidad de Belgrano, en 1978, reunidas más tarde en el libro Borges oral. Para Borges, los cinco
temas de las conferencias (los libros, el tiempo, la inmortalidad, Emanuel
Swedenborg y la novela policial) "son temas que se relacionan con mi
intimidad, temas que han atareado mi pensamiento" (Borges oral, 101).
Chesterton,
por su parte, afirmó en un ensayo “sobre los ensayos” que encontraba, tal vez,
su más grande placer literario en leer ese tipo de textos, después de
necesidades verdaderamente serias del intelecto "as detective stories and
tracts written by madmen" (On essays, 3)
Para Borges, Chesterton
era el mejor heredero de la tradición policial iniciada por Edgar Allan Poe:
"Chesterton dijo que no se habían escrito cuentos policiales superiores a
los de Poe, pero Chesterton -me parece a mí- es superior a Poe (…). Chesterton
hizo algo distinto, escribió cuentos que son, a la vez, cuentos
fantásticos y que, finalmente, tienen
una solución policial" (Borges oral, 78)
Borges y Chesterton
emprendieron también una caracterización del género policial, con puntos de
encuentro interesantes, como lo relativo a la formación de un tipo de lector
desconfiado, con quien el texto entabla un duelo. Ambos, de algún modo, se
propusieron establecer las reglas del género. Pero sus empeños pueden decirnos
más sobre ellos como lectores, sobre sus propias opiniones y expectativas, que
sobre el género mismo.
Deseo referirme en detalle
a un artículo de Chesterton titulado “How to write a detective story”, incluido
en el libro The Spice of Life. Pero
antes quiero llamar la atención sobre el rasgo esencial que para Borges implica
la novela policial: la idea de orden.
¿Qué podríamos decir como apología del género policial? Hay una que es evidente y cierta: nuestra
literatura tiende hacia lo caótico. Se tiende al verso libre porque es más
fácil que el verso regular; la verdad es que es muy difícil. Se tiende a
suprimir personajes, los argumentos, todo es muy vago. En esta época nuestra,
tan caótica, hay algo que, humildemente, ha mantenido las virtudes clásicas: el
cuento policial. Ya que no se entiende un cuento policial sin principio, sin
medio, sin fin. (…) Yo diría, para defender la novela policial, que no necesita
defensa; leída con cierto desdén ahora, está salvando el orden en una época de
desorden. (80)
El artículo de Chesterton, por su parte, está lleno de paradojas. Su
título mismo le da pie para afirmar que su persistente fracaso a la hora de
escribir le concede la autoridad necesaria para propponer las reglas de una
forma ideal del género: “I have failed a many good times. My authority is therefore practical and
scientific, like that of some great statesman or social thinker dealing with
Unemployment or the Housing Problem” (15).
Chesterton establece varios principios fundamentales que rigen las
buenas historias de detectives. El primero, que el propósito de todas esas
historias, “is not darkness but light” (16).
Para Chesterton estas historias se escriben para el momento en que el
lector entiende, no para los momentos preliminares en que no entiende. Aquí
hace una afirmación categórica sobre las características y funciones del
secreto en el relato policial: no sólo es necesario esconder un secreto,
también es necesario “tener” un secreto y, además, tener un secreto que valga
la pena de ser escondido. Pero las reflexiones de Chesterton sobre el género
parecen estar siempre apuntando a un más allá del lenguaje que sólo puede
vislumbrarse si se consideran otras obras suyas. Al hablar de la luz, como propósito del relato policial, parece estar
insinuando algo que trasciende el género mismo: “It is still permissible to
insist that it is the people who sat in darkness who have seen a great light;
and that the darkness is only valuable in making vivid a great light in the
mind” (17). Añade Chesterton que siempre le ha interesado
la “sorprendente coincidencia” de que las mejores historias de Sherlock Holmes,
como “Silver Blaze” (donde el objeto supuestamente robado, “el caballo”, es al
mismo tiempo el asesino), contienen alusiones al concepto de iluminación.
El segundo gran principio que Chesterton encuentra en las novelas de
detectives consiste en que no es la complejidad, sino la simplicidad, el alma
de esas historias. “The secret may
appear complex, but it must be simple; and in this also it is a symbol of
higher misteries” (18). Agrega que el escritor debe
explicar el misterio, pero de una manera tan clara que no tenga que explicar la
explicación.
El tercer principio
consiste en que el hecho o la figura que lo explique todo deben ser familiares.
Para Chesterton, el criminal “should be in the foreground, not in the
capacity of criminal, but in some other capacity which nevertheless gives him a
natural right to be in the foreground” (18). En la novela policial perfecta, la
verdad debe ser siempre demasiado simple y obvia. El agente debe ser una figura
familiar en una función poco familiar. La conclusión a la que se llega debe ser
siempre algo que el lector “reconoce”. De lo contrario, no puede haber sorpresa
en lo que es sólo novedad.
A great part of the craft or trick of writing
mystery stories consist in finding a convincing but misleading reason for the
prominence of the criminal, over and above his legitimate business of
committing the crime. (18)
Chesterton concede especial atención al juego
que se entabla entre los autores y lectores de novelas policiales. Para él, el
lector entabla un combate, no contra el criminal, sino contra el autor. El
lector de novelas policiales se está preguntando todo el tiempo por qué el
autor pone a sus personajes en las situaciones en que los pone. Esa misma
actitud desconfiada y alerta por parte del lector es puesta en evidencia por
Borges en su ensayo sobre el cuento policial, cuando dice que el género “ha
creado un tipo especial de lector” (67). Para ese lector, la advertencia de que
un texto cualquiera, por ejemplo El
Quijote, es un texto policial, activará de inmediato una serie de procesos
mentales tendientes a encontrar en cada frase del texto las huellas de un
crimen y un criminal.
La reflexión
sobre el crimen mismo lleva a Chesterton a delinear el cuarto principio de su
manual para escribir novelas policiales: “In the classification of the arts,
mysterious murders belong to the grand and joyful company of the things called
jokes” (20). La
ficción policial se ofrece como una ficción deliberadamente ficticia, como una
forma muy artificial de arte donde el lector entabla con el texto la misma
relación que un niño establece con un juguete. Ante un lector que, además de
inteligente, es denconfiado, Chesterton sostiene que la presencia del criminal
en la historia debe obedecer no sólo a razones realistas, sino también a razones
artísticas.
The ideal mystery story is one in which he is
such a character as the author would have created for his own sake, or for the
sake of making the story move in other necessary matters, and then be found to
be present there, not for the obvious and sufficient reason, bur for a second
and secret one (20)
Chesterton
concluye que toda buena historia de detectives debe estar basada en una verdad;
“and though opium may be added to it, it must not merely be an opium dream”
(21).
Llegados a este punto, conviene aplicar a Borges y a Chesterton la misma desconfianza y perspicacia que ellos le atribuyen a los lectores de historias policiales. Quizá la primera pregunta que podemos hacernos es por qué para ambos este tipo de historias resultan tan importantes. El hecho de que se trate de juegos de intelecto no parece explicar que Borges llame a esas historias una de sus preocupaciones íntimas y que Chesterton las considere como una necesidad.
La respuesta quizá puede
encontrarse en lo que estos dos autores creen encontrar en este tipo de
relatos. Borges, como hemos visto, ve en ellos una noción de orden, una forma
donde lo clásico perdura por encima del caos de lo moderno. Chesterton, por su
parte, ve en los relatos policiales manifestaciones de la luz, de la verdad, de
la simplicidad, así como símbolos de los más altos misterios.
Quizá una cita, tomada no
muy al azar, donde reaparece ese lenguaje chestertoniano, nos acerque a la
sospecha que subyace en este ensayo.
I felt in my bones; first, that this world does
not explain itself. It may be a miracle with a supernatural explanation; it may
be a conjuring trick, with a natural explanation. But the explanation of the
conjuring trick, if it is to satisfy me, will have to be better than the
natural explanations I have heard. (Orthodoxy, 65).
Este fragmento de Ortodoxia, el libro de ensayos donde
Chesterton desarrolla su visión a favor del criatianismo, nos muestra a un
“lector de relatos policiales” tratando de concebir a un “autor” de la creación
y exigiendo explicaciones y respuestas satisfactorias, verdaderas. Allí
proliferan las mismas figuras de la oscuridad y de la luz, de la simplicidad,
de los altos misterios con que Chesterton caracteriza la novela policial. Quizá
no sea muy aventurado afirmar que, en la novela policial, Chesterton encuentra
el modelo de indagación apropiado para las reflexiones teológicas.
También es posible
encontrar en Borges algo que podríamos llamar una avidez religiosa. No en vano,
al lado de su conferencia sobre el cuento policial, Borges reflexiona sobre la
vida y la obra del místico Emanuel Swedemborg. Esa misma avidez de orden con
que lee los relatos policiales parece ajustarse muy bien a la idea de lo
religioso como restitución (re ligare),
como un "atar cabos" para explicar, para recuperar la unidad, el
orden.
Pero justificar estas
posiciones no es fácil en un tiempo donde lo religioso se encuentra tan
desprestigiado. Sería necesario empezar por discernir entre lo religioso
institucional y la actitud religiosa. Sería un error afirmar que un autor como
Borges defiende una doctrina religiosa determinada o que Chesterton propugna
por ese equívoco general que solemos designar bajo el nombre de catolicismo.
Quizá la prueba de que ese
orden, esa luz, esa verdad que encuentran en los relatos policiales –y en el
pensamiento místico del que esos relatos son modelo- no son los conceptos
domesticados que solemos atribuirle a esos términos, se encuentra en esta
defensa que Chesterton hace de la ortodoxia.
There never was anything so perilous or so
exciting as ortodoxy. It was sanity: and to be sane is more dramatic than to be
mad. It is easy to be a mad man: it is easy to be a heretic. It is always easy
to let the age have his head; the difficult thing is to keep one’s own. It is
always easy to be a modernist; it is easy to be a snob. It is always simple to
fall, there are an infinity of angles at which one falls, only one at which one
stands. (Orthodoxy 101)
Desde esta perspectiva, la verdad, la luz que
se revela al final de los relatos policiales es siempre un hallazgo que
desborda las expectativas generadas por su búsqueda. Detrás del simple juego de
encontrar criminales donde menos se sospecha, este tipo de relatos parece
proponer un tipo de persona capaz de preguntarse todo el tiempo por la trama
secreta que gobierna la realidad. La misma actitud del lector que intenta
adivinar las intenciones de un autor llega por extensión a ser la actitud de
alguien que quiere indagar por los misterios de la más primordial y misteriosas
de todas las creaciones. También del primer crimen que podemos concebir.
Bibliografía
Borges,
Jorge Luis. Borges oral. Buenos
Aires: Emecé Editores/Editorial Belgrano. 1979.
___________.
Otras inquisiciones. Bogotá:
Biblioteca El Tiempo. 2000.
___________.
"Una sentencia del Quijote" Buenos Aires: La Nacion Line. 03/27/02.
(http://www3.lanacion.com.ar/suples/cultura/0213/supl.asp?pag=p01.htm)
Chesterton, Gilbert Keith. Come to think of it. New York: Dodd, 1931.
___________.
Orthodoxy. New York: Doubleday. s.f.
___________. The spice of life, and other essays. Beaconsfield, D. Finlayson,
1966.
* Ensayo escrito para el curso "La ficción paranoica", dictado por Ricardo Piglia en Princeton University, Primavera de 2002.
jueves, 21 de junio de 2012
Raimundo y su mundo - La columna de Vivir en El Poblado
Si hubiera nacido en los tiempos en que traducían los
nombres de los escritores, lo habríamos conocido como Raimundo y no habría
faltado quien dijera que en su nombre ya estaba contenido su destino. A Raimundo
ninguna de las cosas de este mundo le resultaba ajena. Su curiosidad era tan
grande que a veces necesitaba de otros mundos. Pero nos ha llegado con algo
como un nombre de músico o boxeador, un sonoro y vistoso conjunto de palabras
que parecen producto de su imaginación.
Chesterton decía que la grandeza de un hombre se aprecia
en el hecho de que sus admiradores no lo entienden y sus opositores lo
tergiversan. En el caso de Ray Bradbury, lo primero es evidente en el hecho de
que nadie ha sabido dónde ubicarlo. Se le etiqueta por lo menos en cuatro
categorías: horror, misterio, ciencia ficción y fantasía. Su aparente falta de
opositores radica en que aquellos a quienes critica no se dan por aludidos,
estamos enceguecidos creyéndonos mejores de lo que somos.
En literatura hay otra prueba de grandeza: el elogio de
Borges. Bradbury fue el último sobreviviente de esa estirpe de admirados. A
Borges le encantaban las Crónicas
marcianas, en especial aquella donde un astronauta llega a una réplica de
su pueblo natal, es recibido por réplicas de su familia y se va a dormir a una
réplica de su cuarto de infancia. Nadie vuelve a acostarse en su cama tranquilo
después de leer esa historia de Bradbury.
Fanrenheit
451 es como la puerta de
entrada al mundo de Raimundo. Hay una belleza majestuosa en esos personajes que
escaparon al embrutecimiento de las pantallas y se dedicaron a mantener con
vida en su memoria los libros destruidos. Las crónicas marcianas nos devuelven
la capacidad de asombro frente a nuestro propio mundo. Uno no vuelve a ver a
esas criaturas de dos ojos y una boca y coronados de plantas como si fueran la
cosa más trivial del universo. Los cuentos, por su parte, son como el
inventario de todos nuestros sueños.
Cada lector de Bradbury puede citar al menos una historia
que le ha cambiado la vida, que lo ha estremecido hasta la médula. Sus libros
tienen la extraña propiedad de contarnos historias que todos hemos vivido,
presenciado, soñado o imaginado. Producen el efecto de lo ya visto. En sus
páginas leer es recordar los misterios esenciales de la vida, los temores y
dichas, la noche eterna a la que asomamos por un instante breve esa mirada
monstruosa que llamamos entendimiento.
Si algún día llegara a ocurrir que hay que salvar a
Bradbury del olvido, yo elijo convertirme en la versión viviente del primer
capítulo de El vino del estío. El momento
en que Douglas se descubre en el mundo es poesía en su estado más puro. Confieso
que en una de mis novelas traté de volver a escribir ese momento en que un
niño se hace consciente de sí mismo, pero la copia salió pálida. Quizá si lo
sigo intentando me saldrá bien algún día. Siento, de todos modos, que fue mi
forma de rendirle un homenaje al gran contador de historias que hizo hasta de
su muerte un hermoso relato; pues se marchó de este mundo a bordo de un planeta
diminuto que tuvo la osadía de querer tapar el sol.
Publicado en Vivir en El Poblado el 21 de junio de 2012.
martes, 19 de junio de 2012
Desde el club de escritores
Una reseña de la colección "Club de Escritores UPB", en el suplemento Generación, de El Colombiano.
La risa del muerto es el número 4 de la colección.
jueves, 14 de junio de 2012
Sobre El origen el origen del mundo
Miguel Falquez Certain lee fragmento de su análisis sobre el libro de Gustavo Arango, El origen del mundo. MacNally Bk Store - NYC Junio 2012. Durante la presentación de Hybrido Magazine.
miércoles, 6 de junio de 2012
Un viejo futuro
Por Wenceslao Triana
El azar televisivo me deparó hace poco una grata sorpresa. Yo andaba a la deriva por entre los canales, cuando hallé algo que llamó mi atención: una película viejísima y querida, Fahrenheit 451.
Siempre me ha fascinado esa novela de Ray Bradbury. Se trata de un libro que cuenta la historia de un hipotético futuro donde los libros han sido prohibidos. En aquel tiempo, también, los incendios ya no existen y la única función de los bomberos es rastrear bibliotecas e incendiarlas. Montag, uno de los bomberos, empieza a sentir curiosidad por esos libros que debe destruir. Su esposa es un sujeto completamente “normal”, que pasa su tiempo pegada a las pantallas que embrutecen a todo el mundo. Pero Montag empieza a ser víctima de la fiebre de los libros, cada vez resulta más intrigado por lo que ocultan esos objetos capaces de llevar a algunos a morir por defenderlos, y decide tomar algunos de los que debía quemar y llevarlos a su casa para leerlos.
En medio del torbellino ideológico de los años sesenta, la novela de Bradbury y su version cinematográfica, pretendieron denunciar el poder alienador de los medios masivos y el interés de todo poder totalitario por abolir cualquier forma de independencia y de pensamiento.
El final de esa historia es de una gran hermosura. Montag es denunciado por su alienada esposa y se ve obligado a huir en medio de una cacería que es televisada para todo el país (uno recuerda esas persecuciones en vivo que hacen las delicias de los televidentes modernos) y, a pesar de que las pantallas muestran el momento en que lo capturan (o mejor, capturan a un doble, para dejar claro que nadie escapa al poder justiciero del sistema), Montag consigue ponerse a salvo y llegar a una colonia en las afueras de la que tuvo noticias a través de una chica también perseguida por tener libros.
Allí Montag se encuentra a un grupo de personas dedicadas a preservar el tesoro de los libros mediante una forma desesperada y sublime: memorizar cada uno un texto distinto, para que puedan disfrutarlo generaciones venideras.
Muchas cosas me ha dado para pensar mi reencuentro con este clásico. La primera, es lo evidente que resulta el comentario que la novela de Bradbury hace sobre nuestro propio tiempo: las pantallas están aquí, embruteciéndonos, los libros (si bien nadie los quema) han sido trivializados, su poder sublevador ha sido sometido.
Pero quizá lo más notorio de la versión cinematográfica es que demuestra, con su precario futurismo, con sus vehículos que ahora se ven ridículos, con esos cascos y vestuarios y cortes de pelo demasiado “años setenta”, que ni el cine, ni la televisión, tendrán nunca el poder de renovarse que tienen las obras literarias.
Quizá sea algo ingenuo pensar, hoy en día, que los libros –en general- significan una defensa contra la alienación. Los libros también han entrado en el juego de adormecer a todo el mundo. Defenderlos a todos sería una actitud ingenua. Pero ver la versión cinematográfica de una historia como la de Bradbury , ver lo ancladas que han quedado esas imágenes en el tiempo en que fueron hechas, ratifica –sin proponérselo- la supremacía incomparable de la palabra escrita. La película envejece sin remedio, mientras el libro parece haber sido escrito esta mañana. Sigue habiendo algo extraño –y potencialmente peligroso- en esa propiedad que la palabra impresa tiene para renovarse cada vez que alguien llega a leerla.
Julio 3 del 2002
lunes, 4 de junio de 2012
El país de los árboles locos
Fragmento de la novela
publicado por el suplemento
Generación, de El Colombiano.
Buscando la locura de los árboles visité muchos países y comprobé que no hay criatura más extraña en este mundo que los seres humanos. Otra noche, mi ángel, te hablaré de los humanos. Leer más
La Unidad
Cuento finalista del Premio Juan Rodríguez Freyle, 2001.
El hombre encargado de buscar la unidad pasó por peligros terribles pero consiguió encontrarla. Llamó del aeropuerto y dijo que vendría sin demora, dijo que tomaría un taxi de inmediato. Se nos ocurre ahora que fue una imprudencia dejarlo tomar un taxi.
viernes, 1 de junio de 2012
Falta de tuercas - La columna de Vivir en El Poblado
Siempre he desconfiado de los biopics, esas películas que
pretenden mostrarnos en menos de dos horas el alma de una persona. Si cada
uno de nosotros es un misterio para sí mismo, cómo podemos esperar que un
director y sus guionistas puedan saber cómo era alguien, qué rasgos lo
definían, qué pensaba, qué cosas lo movían o aterraban, cuáles fueron los
momentos de su vida de veras importantes.
Borges decía que una persona puede ser representada de
maneras muy distintas, como si fuera varias personas, si cambiamos las
anécdotas que elegimos para contar su vida. Las canalladas y cobardías
mostrarán a alguien que inspira desprecio o compasión. Los heroísmos y emociones
elevadas invitarán a que se pida la canonización. Es claro que hay rasgos
demasiado notorios: una nariz peculiar, una expresión repetida, un hecho en el
que coinciden todos los testigos. Sobre esa precaria base se justifican las
películas biográficas, su garantía de que dicen la verdad.
Una buena película sobre los problemas de las biografías
fue una falsa biografía. En Citizen Kane,
Orson Welles mostró el recorrido de un hombre desde sus orígenes humildes
hasta la muerte solitaria en su mansión de millonario. La película es una
pesquisa para descifrar el enigma de su última palabra: “Rosebud”. Al final podemos
comprender que era la inscripción que tenía su juguete más simple y temprano,
un deslizador de madera que le dio más felicidad que todas las riquezas que
llegó a acumular. Toda película es una búsqueda del Rosebud del personaje, pero
termina mostrando el Rosebud del director. Toda biografía es autobiografía. Es
una especie de secuestro de la imagen del biografiado que le permite a un
artista explorar su propia vida.
He vuelto a pensar en el asunto raíz de un par de biopics
que he visto en las últimas semanas. La primera, J. Edgar, me había negado a verla. Con toda la admiración que me
despierta Clint Eastwood, me parecía un poco exagerado pensar que figuras como
Howard Hughes y Edgar Hoover tuvieran ambos la cara y el tono neutro de un
mesero del Titanic. Pero el avión no ofrecía muchas opciones y me dediqué a ver
esa historia de un homosexual reprimido que se dedicó a reprimir y a querer
ajustar la realidad a su capricho. La biografía abunda en silencios y ése es,
quizá, su mayor acierto. Sugiere cosas sin llegar a asegurarlas: como que
Hoover fue el santo patrono de los creadores de “falsos positivos”. La
película se salva porque no pretende decir la última palabra sobre el
personaje. Pero sigo a la espera de otra película de Eastwood. No sería justo
que cerrara su obra con ese biopic.
La otra película no deja de indignarme. Me acuerdo de
ella y me da rabia. La elección de John Cusack para encarnar a Poe sería uno de
los errores de casting más graves en la historia del cine, si la película de la
que hablo, El cuervo, no fuera ni
mereciera pasar lo más pronto posible al olvido. Un grupo de guionistas
probablemente borrachos y presumiblemente drogados se dedicaron a acumular
disparates para llenar los últimos días de Poe, ese misterio que nadie ha
podido descifrar. Nunca vi a Poe, no sé cómo era su voz o cómo se movía, pero
de una cosa estoy seguro: el Poe de la película no tiene nada que ver con Poe. No
sé qué tiene Edgar Allan que invita a que la gente le tenga compasión. Con todo
y que fue el inventor de la literatura moderna, es común la tendencia mirarlo
como a un borrachito al que le faltaban tuercas. Con esta pobre película, esa
imagen sigue viva: a los que hicieron ese desastre también les faltaban
tuercas.
Publicado en Vivir en El Poblado el 1 de junio de 2012.
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