miércoles, 21 de agosto de 2013

Los lápices de ahora no son como los de antes

Texto publicado en el suplemento Dominical 
de El Universal, de Cartagena, el 14 de abril de 1991.
  

El tiempo es una cosa misteriosa que toma mucho tiempo comprender. La mayoría hemos tenido vidas tan fugaces, apenas nos hemos percatado de su transcurrir. Pero el tiempo pasa, no se detiene. Viene, nos visita y se va, trayendo y llevando consigo olores y colores, sonidos y olvidos.
Hemos sentido el transcurrir del tiempo en los sutiles cambios de las ciudades, en los vestidos, en las nuevas fisuras de la piel; pero no lo hemos concebido como algo voraz y devorador, algo que arrasa, que destruye y crea, un monstruo que se sacude con violencia a través de los años. Ese concepto del tiempo sólo pueden tenerlo los que han vivido demasiado, los que llevan en el mundo dos o tres veces más que nosotros.
A esa categoría, la de los que lo han visto todo, o por lo menos una mayor parte del todo, pertenece Nicolás Herrera, un hombre que desde hace ochenta años cumple rigurosamente la tarea de sentarse cada día a dibujar.

La teoría del juego

Segunda edición
Español-Inglés.


La teoría del juego es parte de un tesoro de manuscritos hallados en un Mercado de las pulgas cerca de Cooperstown, New York, en noviembre de 2007. Este ensayo, escrito en 1895 por Marilla Waite Freeman, es un viaje literario de millones de años desde el origen de la vida hasta el surgimiento de la poesía, “la expresión más libre y elevada de la vida”.

Marilla Waite Freeman nació en Honeoye Falls (New York), el 21 de febrero de 1870, que murió en White Plains (New York), el 29 de octubre de 1961, y que esos más de noventa años fueron vividos con una intensidad y una sed de entendimiento que rara vez pueden hallarse.

Después de recibir su grado en literatura de la Universidad de Chicago, en 1897, Marilla fue, tres años más tarde, una de las primeras mujeres en los Estados Unidos en recibir el título de bibliotecaria profesional. Ése, el de bibliotecaria, fue el oficio de casi toda su vida. Aunque llegó a ser también una de las primeras mujeres abogadas del país (obtuvo su título en 1921, cuando tenía cincuenta años), nunca ejerció esa profesión. Lo suyo eran los libros, tratar de enriquecer la vida de la gente con la ayuda de los libros.

La labor de Marilla como  bibliotecaria se prolongó por más de sesenta años. Fue una persona siempre en movimiento. Trabajó en numerosas bibliotecas públicas del país: Michigan City (Indiana), Davenport (Iowa), Newark (New Jersey), Louisville (Kentucky), y en el Goodwyn Institute (Memphis, Tennessee). Entre 1922 y 1940 fue la directora de la Biblioteca Pública de Cleveland (Ohio), que en aquel tiempo era la segunda biblioteca pública más grande de los Estados Unidos. Su asombrosa hoja de vida incluye también el cargo de asistente en la biblioteca de Leyes de la Universidad de Harvard, y labores como voluntaria en la base militar de Camp Dix, durante la Primera Guerra Mundial, y en el Hospital de Saint Joseph, en Nueva York, después de su jubilación, en 1940. En todos los lugares donde estuvo, Marilla dejó siempre las huellas de su espíritu libre y entusiasta, la impronta de su personalidad “incendiaria”, como la definió uno de sus amigos.
Marilla Waite Freeman siempre estuvo preocupada por convertir las bibliotecas donde trabajó en centros vivos de sus comunidades. 

Desde finales del siglo XIX, hasta la mitad de los años cincuenta, Marilla produjo una obra admirable que aún se encuentra dispersa en archivos de revistas. Ningún tema parecía ajeno a su interés. Aunque siempre solía escribir sobre bibliotecas (habló de las relaciones de las bibliotecas con las escuelas, el cine, la censura, los hospitales, la guerra y hasta sobre la importancia de las apariencias), la suma de sus ensayos parece, más bien, un manual para la vida. Hay en sus escritos una perspectiva humana y unas dimensiones éticas que no sólo garantizan su vigencia permanente, sino que los hacen cada vez más necesarios.








jueves, 8 de agosto de 2013

El amanecer de los magos


  El amanecer de los magos

Las entrevistas a escritores empiezan a aburrirme. Tal vez me estoy volviendo viejo, pero cuando encuentro al autor de turno diciendo cosas del tipo “yo no busco, encuentro”, “la escritura no sólo es inspiración”, “uno tiene que encontrar su propia voz”, o cualquier otra babo­sada, entiendo y admiro la decisión que tomó Salinger de alejarse del ruido que producen los medios.
Alguna vez quise escribir un tratado sobre la entrevista como género de ficción. Quería demostrar que el autor se inventa a sí mismo frente al entrevistador. También quería decir que la entrevista literaria fue un fenómeno del siglo XX, que tuvo su auge y decadencia en cuestión de pocas décadas. Pero la muerte de Susana —mi cómplice en esa idea— dejó el estudio en veremos o, mejor, en no veremos.
Recordé mi tratado cuando leí en estos días El retorno de los brujos, un libro que toda la vida me había intrigado. Debí verlo cuando niño en la biblioteca de algún primo o vecino. Es seguro que estaba en los catálogos del Círculo de Lectores que recibía cada mes. Pero siempre una mezcla de miedo y de vergüenza me impedía leerlo. Cuando niño me asustaba lo que pudiera decir; más tarde me detuvo la idea de que el libro fuera poco intelectual.
Le Matin des Magiciens fue publicado en Francia por Gallimard, en 1960, y hoy es tanto o más fascinante que cuando acababa de salir. Louis Pauwels y Jacques Berguier se dedican a construir un monumento al mis­terio, a lo inexplicable, a lo críptico, a lo olvidado, a lo que la ciencia no quiere mirar y, lo más importante, a tratar de entender cuál podría y debería ser el destino de la especie humana. Mientras devoraba fascinado las más de quinientas páginas, no podía quitarme la idea de que ese libro había sido una influencia decisiva para algunos conocidos.
No me imagino a García Márquez leyendo tratados enteros de alquimia, pero sí lo veo interesado en los capítulos de este libro sobre el tema: encontrando, en el alquimista que descifra textos, la imagen que necesita, y tomando de allí la idea de adornar a Melquiades con un sombrero de “alas de cuervo”. Es probable que Rayuela no fuera lo que es si Cortázar no hubiera leído este libro. Ahí están los precursores de Ceferino Pirriz, con sus disparates lúcidos. Están las figuras (dice Pauwels: “sueño con escribir una novela en la que todos los encuentros de un hombre, efímeros o importantes, dibujen también figuras, sean lo que tal vez son: un discurso sabiamente elaborado”). Me pregunto si la Maga no será un guiño a ese libro que en francés tiene un nombre más digno.
Ahí viene lo de las entrevistas. ¿Alguien conoce una entrevista en la que García Márquez o Cortázar reco­nozcan su deuda con El amanecer de los magos? Quizá la omisión se deba a que los escritores sólo reconocen las influencias que los hacen ver inteligentes: Joyce, claro; Faulkner, por supuesto; sin olvidar a Virginia Woolf. El libro del que hablamos se puede confundir con las lecturas baratas, al lado de libros sobre ovnis o manuales para interpretar las cartas. Quizá por eso ninguno reconoce esa influencia. Pero todo este asunto tiene otra vuelta de tuerca. El libro de Pauwels y Bergier insiste en la importancia del silencio para las tradiciones ocultas. Quizá ese par de alquimistas que tanto nos gustan se hayan disfrazado de literatos. Tal vez por eso las cosas que decían no parecían babosadas.

Texto publicado en Vivir en El Poblado






miércoles, 7 de agosto de 2013

El Cristo de la Expiración: Madera tallada que muere

La historia del Cristo que acompañó al papa Francisco en Cartagena.
Un texto publicado en El Universal, en septiembre de 1992.

Foto El Colombiano

A muy pocos les gusta pensar en la muerte; pensar en que todos vamos a morir. Y sin embargo ahí está, misteriosa, solemne y arbitraria, nuestra muerte, esperándonos, saliendo a nuestro encuentro trágica o apaciblemente. La muerte, el instante preciso en que se deja de ser, ese éxtasis abismal que flota hacia lo desconocido, es el tema de una de las obras más misteriosas, y con más leyendas insólitas, que tiene la ciudad.
A primera vista es un Cristo más. Un Cristo como el que tienen todas las iglesias. Pero cuando se le observa con detalle se empieza a descubrir la diferencia. A este Cristo le falta la herida en un costado. No aparece ni la sangre.
Este Cristo ni siquiera tiene gesto humillado. No está cabizbajo. Levanta los ojos lejos de la tierra, lejos de verdugos y quienes le rezan, y entabla un diálogo secreto con algo que, para comprenderlo, habría que estar allí crucificado, ser ese tronco tallado. Corriendo el gran riesgo de pasar por heréticos, podría decirse que el rostro de ese Cristo revela una dicha extraordinaria.

viernes, 2 de agosto de 2013

Carlos Valderrama: El astro rey

El 5 de septiembre de 1993, el fútbol colombiano obtuvo el triunfo más importante de su historia, al vencer en Buenos Aires a la selección Argentina, por cinco goles a cero, durante las eliminatorias para el Mundial de Fútbol de Estados Unidos. Esta entrevista, realizada en colaboración con Víctor Sánchez Rincones, fue la primera concedida en Colombia por Carlos Valderrama después de ese triunfo.
Por Gustavo Arango



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Tal vez la clave de todo esté en ese sol de Santa Marta a las seis de la tarde. En ese sol, en esa arena y en ese mar. Tal vez la explicación de la grandeza de ese hombre se encuentre en lo eterno y mineral. Tal vez sea la mezcla de esa brisa pesada y caliente que llega del mar y esa leve frescura que baja de la Sierra.
De los pliegues de la Sierra Nevada de Santa Marta, ese lugar privilegiado que aglutina en poco espacio todos los pisos térmicos de la tierra, ha salido la gloria de un grupo de personas que con el tiempo se ha llamado Colombia.
En ese sitio nacieron las mariposas amarillas que fueron hasta Estocolmo. Allí se sostuvieron los altivos Arhuacos y Tayronas, viendo caer el mundo. Allí nació el Pibe Valderrama, ese ser liviano como un suspiro que ha hecho que los llantos y los gritos de millones sean de felicidad.

jueves, 1 de agosto de 2013

Ha muerto Herman Melville

Ha muerto Herman Melville
Por Gustavo Arango

Texto publicado originalmente en el suplemento 
Dominical de El Universal de Cartagena, el 15 de septiembre de 1991, 
con motivo del primer centenario de la muerte de Herman Melville. 
Este trabajo formó parte de la serie ganadora del Premio 
Simón Bolívar de Periodismo 1992, al Mejor Trabajo Cultural en Prensa.


“Ha muerto Herman Melville, escritor famoso en otro tiempo”.
The New York Times, septiembre 29 de 1891.

–¿Nombre? – debió preguntar una voz oficial. Cuando la muerte llega siempre hay una voz oficial que pregunta.
Elisabeth dejó que ese nombre se diluyera en miles de recuerdos.
¿Qué significaba para ella la palabra Herman? El primer significado era tristeza. El sentimiento más fuerte que le inspiraba su esposo, ese hombre al lado del que había pasado cuarenta y cuatro años de su vida.

jueves, 25 de julio de 2013

Muere Márai




Qué sería de la vida sin los amigos que conocen nuestra alma y reconocen el tipo de alimento que la nutre. Debo a un amigo, Jorge Núñez, mi encuentro con el último volumen de los diarios del escritor húngaro Sándor Márai: una pequeña joya frente a la que palidecen las piruetas verbales que abundan en nuestro tiempo y hasta las mismas obras de Márai.

Ese lento ejercicio de sinceridad empieza el 7 de enero de 1984 con una referencia inevitable a la novela de George Orwell. Ese día Márai escribe que la profecía no se ha cumplido, pero que a cambio ha llegado la amenaza nuclear. Márai ignoraba que el error sólo fue de fechas y que un día sus diarios serían leídos por seres como el Smith de Orwell, inconformes con los abusos del Gran Hermano.

Los diarios son un libro de su tiempo. Ahí está la política mundial, la guerra fría, la amargura del exiliado que ha pasado media vida alejado de su tierra, la llegada de las nuevas tecnologías: su primera transacción en un cajero automático le despierta una reflexión sombría.

Márai nació con el siglo y, en 1984, empezaba a despe­dirse de la vida. Los diarios hablan de sus lecturas (Mariana Alcoforado, Virgilio, Cervantes y muchos poetas húngaros), de la muerte constante de parientes y amigos, del trabajo literario cada vez más escaso. También nos hablan del deterioro de su esposa Ilona, del negocio que hacen los médicos con su enfermedad, de las visitas de Márai al hospital para sentir los apretones tenues de su mano, para escuchar el estremecedor monólogo de la mujer agonizante: “Qué lento muero”.

Tras la muerte de Ilona, Márai entra en una especie de delirio que rara vez se encuentra en las páginas de un libro: es un delirio vivo, verdadero, sin artificios. La soledad lo acorrala. Mueren sus hermanos, muere su hijo adoptivo; pasa semanas sin ver a otros seres humanos. Desencantado de la literatura (de su vanidad, de su inutilidad, de que la industria editorial acabe con el arte), Márai teclea obstinado para dar testimonio del descenso a su infierno personal. En una especie de letargo alucinado nos habla —a esa nada que somos para él- de la lectura de los diarios de su esposa (más de cien cuadernos con el registro meticuloso de su vida común), de un “teléfono rojo” a través del que sigue en contacto con la mujer muerta. Habla de sus escasas salidas a las calles de San Diego, del deterioro, de la creciente ceguera, de la sen­sación de absurdo frente a la insensibilidad del universo.

Cuesta leer literatura después de haber leído el diario de Márai. En los últimos meses, las entradas son crudas y esporádicas. Márai habla sin énfasis de la aventura de comprar un arma, de las clases que ha tomado para usarla, de la muerte y sus frías estadísticas. Lo único que parece preocuparle es que la vejez creciente le impida usar el arma, pues no quiere ser víctima de la avaricia médica. A principios de 1989, en la única entrada escrita a mano, dice que espera “el llamamiento a filas”. Así termina el diario. Pocos días después, Márai se pega un tiro. Lo más aterrador que tiene el libro es que, con todo ese dolor que hay en sus páginas, la muerte de Márai es un alivio.



 Texto publicado en Vivir en El Poblado




jueves, 11 de julio de 2013

Cartagena


La semana pasada tuve el gusto de volver a Cartagena. Volví a sentir su tibieza, volví a escuchar su música, volví a ver rostros que hace tiempo eran mi vida cotidiana. Al llegar recordé las palabras de Ramón de Zubiría, quien decía que el aire de Cartagena embriaga tanto que a algunos los deja locos. Doy fe de sus palabras. La locura que me aqueja se debe en buena parte a los diez años que viví respirando el aire de ese lugar.

No fui en plan de turista ni de culebrero fino. Esta vez quería dejar que la ciudad me regalara a su capricho. El primer recorrido estuvo lleno de sonidos: el vaivén de las aguas, la inquietud de los pájaros, los saludos y charlas. Así empecé a entender la deuda que tengo con Cartagena. Años atrás, cuando llegué a vivir a esa ciudad, mi único lenguaje era el acento rústico, golpeado, del lugar donde nací. Cartagena se dispuso a limar asperezas, a enseñarme que el habla es siempre un canto.

Me pregunto si este viaje a Cartagena era una des­pedida o el preludio de un regreso. Peregriné en silencio frente a la casa donde hoy vive un olvido que ocupa sus horas cantando boleros y vallenatos, me puse al día en chismes, vi rostros sonrientes y brillantes de sudor, tuve conversaciones insensatas, participé en tertulias, me fueron reveladas las intrigas de la corte y los dramas menudos de los subalternos, vi la vida transcurriendo como si me llevara de la mano un narrador omnisciente. Esa visión sin obstáculos es otra de las deudas que tengo con Cartagena. Medellín es una ciudad que te confina, te pone una etiqueta y te limita. Cartagena, al menos por mi experiencia, te da acceso a todas las facetas de lo humano.

Uno de los episodios más curiosos del viaje fue mi visita a Juan Gossaín. El cronista y exdirector de noticias de RCN goza de buen retiro en Cartagena, dedicado a leer y escribir, a organizar tertulias con amigos. Gossaín ha sido uno de los lectores más entusiastas de Un ramo de nomeolvides, mi libro sobre los inicios de Gabriel García Márquez. Hace unos años, Gossaín me regaló una anécdota que atesoro. Un día del 2007, García Márquez le pidió prestado mi libro. Cuando volvieron a verse, se lo arrancó de las manos, se lo entregó a Mercedes y se volvió a decirle: “Considéralo perdido”. A principios de este año, cuando se reeditó Un ramo de nomeolvides, Gossaín me escribió que le avisara cuando fuera a Cartagena. Así llegué a ese enorme apartamento-biblioteca, de cara a la bahía, donde hoy disfruta de una comodidad conquistada a costa de muchas madrugadas. Tardé en hacerme a la idea de que estaba con el hombre y no con un radio de gafas oscuras. Hablamos de libros, de escritores, de episodios menudos de la historia de Cartagena. A él le debo otra de las revelaciones de mi viaje.

Gossaín ha vivido intrigado por algo a lo que llama el “perrateo”, una curiosa forma de la informalidad y de la envidia que hace que en Cartagena nadie respete los logros ajenos. Allí no hay Nobel ni carrera brillante que valga para evitar que cualquiera te ponga la mano en el hombro y te trate como igual y hasta con aire de supe­rioridad. Ignoro si aquello es bueno o malo; con Gossaín no pudimos llegar a una conclu­sión. Por lo pronto se me antoja que hay algo de hermosa democracia en esa forma sonriente y cantora que tiene Cartagena de bajarle los humos hasta al más encumbrado.



Publicado originalmente en Vivir en El Poblado






lunes, 1 de julio de 2013

La perrilla


La Perrilla

José Manuel Marroquín





Es flaca sobremanera
toda humana previsión,
pues en más de una ocasión 
sale lo que no se espera. 

Salió al campo una mañana 
un experto cazador,
el más hábil y el mejor
alumno que tuvo Diana.

Seguíale gran cuadrilla
de ejercitados monteros,
de ojeadores, ballesteros
y de mozos de traílla.

Van todos apercibidos
con las armas necesarias,
y llevan de castas varias
perros diestros y atrevidos,

caballos de noble raza,
cornetas de monte, en fin,
cuanto exige Moratin
en su poema La Caza.

Levantan pronto una pieza,
un jabalí corpulento,
que huye veloz, rabo al viento,
y rompiendo la maleza.

Todos siguen con gran bulla
tras la cerdosa alimaña;
pero ella se da tal maña
que a todos los aturulla;

y aunque gastan todo el día
en paradas, idas, vueltas,
y carreras y revueltas,
es vana tanta porfía.

Ahora que los lectores
han visto de qué manera
pudo burlarse la fiera
de los tales cazadores,

oigan lo que aconteció,
y aunque es suceso que admira,
no piensen, no, que es mentira,
que lo cuenta quien lo vio,

Al pie de uno de los cerros
que batieron aquel día,
una viejilla vivía,
que oyó ladrar a los perros;

y con gana de saber
en qué paraba la fiesta,
iba subiendo la cuesta
a eso del anochecer. 

Con ella iba una perrilla,
mas, sin pasar adelante,
es preciso que un instante
gastemos en describilla: 

perra de canes decana
y entre perras protoperra,
era tenida en su tierra
por perra antediluviana; 

flaco era el animalejo,
el más flaco de los canes,
era el rastro, eran los manes
de un cuasi-semi-ex-gozquejo;

sarnosa era, digo mal,
no era una perra sarnosa,
era una sarna perrosa,
y en figura de animal;

era, otrosí, derrengada;
la derribaba un resuello;
puede decirse que aquello
no era perra ni era nada.

A ver pues la batahola
la vieja al cerro subía,
de la perra en compañía,
que era lo mismo que ir sola.

Por donde iba, hizo la suerte
que se hubiese el jabalí
escondido, por si así
se libraba de la muerte.

Empero, sintiendo luégo
que por ahí andaba gente,
tuvo por cosa prudente
tomar las de Villadiego.

La vieja entonces, al ver
que escapaba por la loma,
¡sus! dijo por pura broma,
y la perra echó a correr.

Y aquella perra extenuada,
sombra de perra que fue,
de la cual se dijo que
no era perra ni era nada,

aquella perrilla, sí,
cosa es de volverse loco,
no pudo co.ger tampoco
al maldito jabalí.