domingo, 22 de diciembre de 2013

Hubo un tiempo en que todos se morían


Hubo un tiempo en que todos se morían. Fue jus­to en el momento en que empezaba a ser cons­cien­te de sí mismo. Mucho después, tratando de entender lo que ha­bía significado para él esa temprana familiaridad con la muerte, tratando de precisar lo que sentía a medi­da que las noticias iban llegando y los rostros de piedra se iban sucediendo entre flores y trajes rí­gidos, comparó su desconcierto con el de alguien que llega a una fiesta y es recibido por los anfitrio­nes con la advertencia de que su alegría será efíme­ra y que quizá muy pronto habrá de vérselas con situa­ciones dolorosas.
La muerte había caído sobre su ser reciente como una lluvia que arrecia a cada instante sin dar seña­les de querer agotarse. En medio de la lluvia estaba él, dejándose vestir con ese traje que parecía enco­ger­se contra sus costillas, dejándose arrastrar a esos paseos silenciosos y nocturnos, a esos salones de multitudes calladas, a esas ventanas siniestras donde otro más: un hermano, un vecino, un amigo de su padre, un primo ahogado una semana antes de Navidad, una mujer solitaria que visitaba todos los viernes a su madre para hablarle del único novio que tuvo y para pedirle que buscara en las cenizas de su cigarrillo noticias del hombre perdido... todos con ese rostro ausente de reptil vencido, pintarra­jea­dos como en un amanecer de excesos y de fiesta, pétreos y rígidos en su prisión de madera y de cristal.
En medio de los ires y venires, se sentía endure­cer por la rabia que todo eso le inspiraba. Rabia al recordar la ingenuidad con que aceptó las primeras deserciones, sin poder medir entonces las terribles dimensiones de lo definitivo. Rabia al sentir la ruina que carcomía al mundo a cada instante, trabajando desde siempre las muertes de todos. Rabia e impo­ten­cia al pensar en un mundo sin su padre y su madre, al saber que también Eliseo, Verdín y su abuela tendrían que marcharse hacia un lugar del que nadie jamás había regresado. Rabia también al comprender que ni siquiera era seguro que pudieran reunirse al llegar al otro lado.
En medio de la lluvia —cuando ya la sucesión de ceremonias parecía una lluvia—, empezó a buscar soluciones razonables. Pensó que si todos vivían cien años, lo distante del plazo volvía inaplicable la sentencia. Entonces decidió que la medida para to­dos los que estaban cerca suyo sería de cien años. Les habló mucho de eso, queriendo conven­cerse de que era posible persuadirlos de evitar la imperti­nencia de morirse. Tanto insistió en aquello que incluso las diferencias —el hecho de que algu­nos llegarían primero a los cien años— dejaron de preocuparle. Pero cuando tenía instaurado el nuevo orden, cuando el mundo parecía dispuesto a aceptar sus condiciones, dejó de ver a Eliseo —bebé toda­vía— sin poder despedirse ni darle su beso de buenas noches. Jamás pudo conocer los detalles. Los años se le fueron y la soledad fue rodeándolo mien­tras trataba de entender el confuso tumulto que entró y salió aquella noche de su cuarto, sin conse­guir atraer su mirada distraída, ocupada en alguna otra cosa.
Pero bastó que su padre viniera hacia él, seguido por la mirada culpable de todos, bastó que lo abra­zara y le dijera que Eliseo estaba bien, que se había ido y que el lugar donde estaba era un lugar donde la gente era feliz, para que todo se viniera al suelo con estrépito, como un castillo de dominó que al­guien trata de rehacer mientras se cae, en un intento que termina por hacer mucho más trágica la ruina.
La última vez que trató de oponerse a su enemiga —porque entonces no le quedaban dudas: él era el destinatario de su saña, era a él a quien buscaba y sólo jugaba a acercarse haciendo daños ociosos— pen­só y le prometió a sus padres que todos morirían el mismo día. Se entretenía descri­bién­doles la esce­na: un día, después de cansarse de vivir, cuando ya no les quedara nada por sentir o conocer, arregla­rían la casa y se irían todos a dor­mir en la misma cama. Se besarían, se unirían en un abrazo férreo y suave, cómodo y protector, para luego cerrar todos jun­tos los ojos sin drama.
Entonces murió Verdín.
Verdín siempre había sido alocado, arrebatado por euforias saltarinas y tontas, por intermitentes y enfermizos ataques de alegría —o de terror— que lo obligaban a correr. Sus ataques habían ocasionado varios daños en la casa y se llegó a discutir la posi­bi­lidad de regresárselo a la tía Clara con pala­bras que no la ofendieran ni le hicieran creer que no se valoraba su regalo.
En eso estaban, en decidir la suerte de Verdín, en prometer que los daños no se volverían a presen­tar, en hacerse él mismo responsable por los actos de esa criatura melenuda e irreflexiva que había lleva­do tanto consuelo durante las semanas que llevaba con ellos, cuando murió la tía Clara.
Para un niño la vida está hecha de adultos que murmuran. Fueron necesarias maniobras sigilosas y osadas para entrever la tragedia, la sangrienta e insólita rebelión de sus siete perros, el hallazgo ma­ca­­bro de los vecinos una semana más tarde.
Pensó que él mismo estaba muerto cuando quedó frente al ataúd cerrado, con una corona de flores en el lugar donde debía estar la ventana de cristal. Pensó que eso era la muerte, esa rigidez muda de aquel día, ese calambre general que sólo lo abando­nó una semana más tarde, cuando a Verdín lo atacó su locura justo cuando llegaba su padre a casa y todos creyeron que corría a saludarlo y lo vieron seguir hacia la calle, apurado por cumplirle una cita a unas llantas enormes que volvieron sus huesos como de gelatina.
 También él corrió para abrazar a Verdín y no pudo entender en ese instante el mordisco de ago­nía que le dio en la mano. Sólo sabía que ya era dema­siado, que quería ver cuanto antes a la Muerte para morderla y golpearla y odiarla hasta matarla, pero sólo veía el aturdimiento de la gente que lo rodeaba, el mundo partido en pedazos que entraba por sus ojos incapaces de más llanto, la insistencia de su ma­dre para que entrara a la casa, las convulsiones cada vez más débiles y espaciadas de Verdín y sus ojos opacos.

Tres semanas más tarde, su madre le contó que su padre se había puesto furioso porque lloró la muerte de Verdín y no la de su tía Clara. Ya para entonces había adquirido la dureza, el aire ausente que habría de acompañarlo por el resto de su vida. Entonces deseó, sin dolor y casi sin esperanza, que durante algún momento de aquellas tres semanas, quizá en aquel instante en que supo con horror que se marchaba, el hombre que fue su padre hubiera comprendido las distancias insalvables que hay a veces entre el llanto y el dolor.


De "Criatura perdida"

jueves, 19 de diciembre de 2013

Sangre sabia

 Flannery O'Connor
  


Hazel Motes es un hombre descontento (o quizá fuera mejor: enfurecido). Anda por los veintitantos, el cráneo que lleva dentro parece querer salirse y un lector con agudeza no tarda en comprender que su nombre le viene de esos ojos avellana (hazel) que miran con desprecio. En el tren que lo conduce hasta el pueblo que ha elegido su capricho, Hazel Motes se dedica a irritar al operario y a inspirar miradas diabólicas cada vez que le pregunta a algún viajero si de veras se ha creído el viejo cuento de que Cristo lo ha redimido.

El viaje en tren es largo y minucioso como la historia de las muertes que han venido sitiando al personaje: la de su abuelo, las de sus padres, también las de sus hermanos. Para abreviar, diré que Hazel Motes no tiene a nadie en el mundo. Por eso no es de extrañar que su primer encuentro en aquel pueblo sea con la dama complaciente cuyo nombre y dirección halló en la pared de un baño de la estación de trenes.

Pocos días después de llegar, Hazel tiene el impulso de comprarse un automóvil y el capital le alcanza para hacerse a una carcacha. Entonces, con un aire de superio­ridad, se dedica a observar a los curiosos personajes de ese pueblo perdido: un astuto culebrero, un hombre de alma simiesca al que su sangre le dicta cosas raras, un ciego y una niña que reparten volantes con el mensaje de Cristo.

En momentos cuyo orden he olvidado, Hazel Motes abandona a la mujer de afecto fácil, se muda a la pensión donde viven el ciego y la niña, decide que conquistará a la niña para hacerle daño al ciego y empieza a predicar en las calles la llegada de una iglesia libre de Cristo. Porque Cristo, para él, es el pecado.

Muchas cosas oscuras se encuentran a lo largo de ese viaje al abismo que es Wise Blood (Sangre Sabia), la primera novela de Flannery O’Connor (1925-1964): unos seres que dan risa y que dan lástima, una niña con más mundo y más malicia que ese hombre que quería conquis­tarla, unos gestos sin sentido y hasta un hombre reducido a un tercio de su tamaño con los métodos usados por tribus primitivas.

La relación entre Hazel y la niña hace que Lolita, de Nabokov, parezca una película de Disney. Lo que ocurre con un hombre que quiso hacer negocio con las prédicas de Hazel es simple y llanamente horripilante. El esfuerzo de la dueña de la pensión, para disfrazar como afecto su interés en el dinero de Hazel, es un retrato perfecto de la hipocresía humana. Al final tampoco es de extrañar que Hazel decida quemarse los ojos y guardar un silencio insondable; pues quien acepta los términos de este libro los acepta hasta sus consecuencias más extremas. 

Flannery O’Connor vivió treinta y nueve años —diez de ellos reducida por un lupus eritematoso. Siempre fue amante de las aves de corral. A los cinco años se hizo famosa porque tenía un pollo que caminaba con igual elegancia hacia adelante y hacia atrás. Lamentó no haber tenido nunca una gallina que tuviera un ojo de un color y otro de otro. Pasó casi toda su vida en su natal Georgia y al final estaba rodeada de pavos reales. Escribió dos novelas y treinta y dos cuentos que perdurarán por siglos. Pocos libros han llegado a producirme el pavor que me produjo la lectura de Wise Blood. Muchos menos han logra­do que me sienta tan cerca de la gracia.


Publicado en Vivir en El Poblado el 19 de diciembre de 2013.






miércoles, 18 de diciembre de 2013

Mejoría

de 'El Dolor: Cuentos desmesuradamente cortos'

 Mouth Monster, de Emily Schubert.

          

Mis dos bocas bostezaron a la vez, una por hambre y la otra por cansancio. Me cubrí con dos de mis manos derechas para no importunar a los invitados con el feo espectáculo de mis deterioradas primeras filas de dientes. Recuerdo que a tres de mis oídos llegaron pedazos de una dulce melodía y por ello, en parte, se disipó el cansancio. Entonces, sólo una de mis bocas bostezó.







viernes, 13 de diciembre de 2013

Adiós a Carl Sagan: “Somos polvo de estrellas”, solía decir

Texto publicado en El Universal de Cartagena, en diciembre de 1996.



  Carl Sagan estaba seguro de que el Universo es un lugar desbordante de vida. Dedicó muchos años a tratar de establecer contacto con inteligencias de otros mundos y es posible que al morir –el pasado viernes 20 de diciembre– haya aceptado ese regreso al Cosmos con la satisfacción de haber recibido la respuesta que buscaba.

  “Preferiría que se descubriera vida fuera de la Tierra durante mi vida”, había declarado Sagan hace poco al Washington Post. “Odio morir y no saberlo nunca”.

  Lo asombroso es que tres días antes de su muerte las agencias internacionales difundieron la noticia de unas misteriosas señales de rayos gamma, provenientes de distancias superiores a los mil millones de años luz, que tienen en jaque a la comunidad científica.

  Los científicos tardarán años en debatir el origen de esas señales, cuya frecuencia sólo parece posible con la intervención de algún tipo de inteligencia. Pero quizá para Sagan, en su lecho de muerte, ese guiño luminoso  era la señal tanto tiempo esperada, la prueba de que algún día –y en buena parte gracias a él– los inquietos pobladores de la tierra podrán hablar con otras formas misteriosas de la vida.

Sagan

  Pocos, como Carl Sagan, han logrado conjugar la precisión de la ciencia con el poder de la poesía. Además de su activa participación en misiones espaciales de la NASA (Mariner, Viking, Voyager y Galileo), Sagan es autor de una extensa y profunda obra dedicada a explorar los interrogantes esenciales de la especie humana.

  Entre sus más de veinte títulos figuran Dragones del Edén, Cerebro de Brocca, Contacto, Sombras de antepasados olvidados  y Cosmos, su obra más conocida, que antes de aparecer publicada en forma de libro fue una de las series de televisión con mayor número de espectadores en el mundo.

  Con una inusual capacidad para enseñar lo más complejo a través de lo más simple, Sagan logró que cientos de millones de personas entendieran el momento crucial que hoy vive la “joven” especie humana, poco antes de zarpar hacia “el océano cósmico”.

  Puso al alcance de todos la suma de los más importantes conocimientos acopiados  por el hombre durante milenios. “Nadie ha tenido el éxito en expresar las maravillas, el entusiasmo y al alegría de la ciencia de forma tan amplia como Carl Sagan”, dijo la Academia Nacional de Ciencias al darle su más alto honor en 1994.

  Sagan también recibió, entre otras distinciones, el premio Pulitzer y la animadversión de algunos grupos científicos que no aceptaron las críticas formuladas por él a la ciencia bélica.

  Una de sus obras más extrañas –y de trascendencia más incalculable– fue la elaboración en equipo con un colega de la Universidad de Cornell, de unos discos metálicos que actualmente  viajan a través del espacio en las naves Pioneer 10 y 11. Cada disco incluye información básica, en forma de símbolos, sobre la ubicación de la tierra en el sistema solar y la vía láctea, sobre la anatomía de la especie humana, y grabaciones con sonidos de animales y voces humanas.

  Esa botella arrojada al océano cósmico busca alguna civilización extraterrestre –relativamente avanzada–que pueda hacer contacto con la tierra y con los hombres. “Ojalá la humanidad aún exista cuando el mensaje sea hallado”, decía Sagan, preocupado por el frenesí con que el hombre se empeña en destruirse.

De Brooklyn al Cosmos

  Sagan nación en Brooklyn en 1934. Era hijo de un inmigrante ucraniano trabajador en fábricas de ropa y de una madre austro-húngara. Descubrió la astronomía a edad muy temprana, por medio de la Biblioteca Pública de Nueva York, y a los veintiséis años tenía un doctorado en Astrofísica de la Universidad de Chicago.

  Sus clases en la universidad de Cornell, en Ithaca (New York), gozaban de un prestigio especial entre la comunidad estudiantil. Vivía con su tercera esposa, Anne Druyan –colaboradora suya en muchos proyectos, incluido Cosmos–, y con sus tres hijos.

  A pesar de estar enfermo, trabajó intensamente hasta el final y dejó listos dos libros que serán publicados de manera póstuma: The Demon Haunted World, una polémica contra la pseudociencia, y Billones y billones, una colección de ensayos cuyo título recuerda una de sus expresiones predilectas para referirse al universo.

  Murió de una extraña enfermedad, similar a la leucemia. La noticia divulgada tres días antes de su muerte quizá era la respuesta que esperó toda su vida. Su muerte fue tranquila y , quizá, feliz. “Somos polvo de estrellas”, solía decir.






domingo, 8 de diciembre de 2013

"El bebedor de vientos", de La brújula del deseo.


Qué parecido al vuelo.  Sobre una negrura que salta alegremente, que se esfuerza al límite sin que lo fustiguen, sin que haya que proponérselo siquiera.
Temiendo respirar, por la fuerza del viento. Pero finalmente respirando en el último momento e inhalando el huracán rasgado por los rostros frenéticos.
En cuclillas, sobre una explosión de músculos y sangre que devora praderas, que huele a sudor, a anhelante sosiego.
Atrapando las riendas como si fueran un rosario que le sirve para repetir ese nombre.
Repitiendo ese nombre.

Y bebiéndose el viento.



viernes, 6 de diciembre de 2013

El hombre del balcón




Los ojos del caballero no miran nada porque todo lo miran. No sienten nada porque todo lo sienten. No anhelan nada porque todo lo anhelan. Pero algo tiembla en su boca de rictus apagados. Algo que lo estremece y lo desgarra, en su aparente mutismo, como el grito que rompe el corazón de la montaña.
Héctor Rojas Herazo

 I

Sin alegría supo que vería amanecer.
Siempre había considerado más meritorios los amaneceres, más secretos, más exclusivos, inten­sos e irreales. Pero en sus jerarquías, dormir era más importante, casi de vida o muerte. En los momentos próximos a la explosión, dormir había sido su última salida, el último reflujo de sus llantos, el reducto de su equilibrio, la tregua que no lo dejaba desfallecer. Tal vez por eso había visto tan pocos amaneceres y a eso se debía que los considerara tan secretos, tan exclusivos, tan etcétera y etcétera.
En otras circunstancias, ver amanecer sería el acontecimiento más inspirador, la corroboración silenciosa y majestuosa de la eternidad, de la inmen­­sidad de rocas que danzan ante fogatas. A alguien que sentía ya no ser, esa mañana que se filtraba milimétrica e incontenible entre las sombras lo habría entusiasmado. Ya unas manchas de intenso rosado brotaban en el lado opuesto del cráter. Porque el abrigado valle donde se despertaba su ciudad era un cráter, aunque sólo ahora lo descubriera, preguntándose por qué no había notado algo tan obvio.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Amelia




“¿Por qué cuando vivía nadie le paraba bolas y ahora que está muerto todo el mundo quiere preguntar por él?” Tiene razón Amelia, la empleada de la casa; somos muchos los buitres. Doce años después de aquella charla, pienso que fue Amelia quien me disuadió de escribir un libro sobre Andrés Caicedo.

Meses atrás, en Connecticut, el seguro azar me había puesto en contacto con Rosario Caicedo. Andrés y Rosario eran cómplices; su relación era muy cercana. Rosario me presentó a su padre, don Carlos; disfruté largas charlas con ese sonriente octogenario marcado para siempre por el gesto de su hijo. En Cali hablé con otra hermana que ha decidido el destino de los manuscritos. Pude ver libros y cartas: comprobé que la aventura de Hollywood terminó sin empezar, porque el inglés de los guiones era ilegible. Pero sólo con Amelia sentí que me ofrecían un testimonio que no estaba gastado de tanto repetirlo.

La casa no es la misma donde vivía la familia cuando murió Andrés. Don Carlos ha puesto el documental sobre su vida. Me pregunto cuántas veces lo habrá visto. Una mujer de rasgos indígenas se asoma desde la cocina. Mira hacia la pantalla. Tiene los ojos tristes. Don Carlos sale a buscar algo y ella se acerca, lanza el reproche en forma de pregunta. Acepto la culpa y la invito a que hable. Tiene la edad que tendría Andrés. “Yo era de septiembre y él era de marzo”.

“Cuando había revoluciones en la universidad, se iba a filmar. Un día dejó la filmadora y me mandó por ella. Yo tenía que ir. Yo tenía que hacer todo lo que él me dijera”.
“Clarisol era el diablo. El abuelo la odiaba”. El abuelo es don Carlos. “Andrés era el hombre más desprendido. Varias veces llegó a la casa sin camisa, sin chaqueta. Decía: ‘Un tipo me atracó, pero le pedí que me dejara los libros’. Cuando conoció al hijo de su hermana se puso a llorar. Pen¬saba en su hermano, Francisco José, que era hidro-cefálico y murió de tres años. Andrés salía con el papá a pasearlo y los niños se burlaban. Sufrió mucho cuando su hermano murió. No decía mucho. Le dio un temblor”.

¿Cómo era? “Qué le dijera… “, los ojos de Amelia brillan enrojecidos. “Tenía ojos azules. Era alto, flaco, desgarbado, tartamudo, de gafas. Cuando llegaba tarde en la noche, me tocaba la puerta para que le hiciera comida. Me decía: ‘No se deje preñar’. Todo lo decía de frente. Tenía un cuarto en la parte de abajo de la casa, con una entrada aparte. La ropa se conserva. La señora no dejó tocar el cuarto”.

 “Yo lo oía teclear a toda hora y le preguntaba: ‘¿Usted qué es tanto lo que escribe?’ ‘Pues, lo que pienso…’, decía. A veces me volaba a ver las películas que presentaba en el cineclub. De sus libros sólo leí Angelitos empantanados”.

¿Si pudiera hablar con él qué le diría? “¿Qué le diría? Que la vida es hermosa, bonita. Él decía que se iba a desa-parecer a los veinticinco. Yo no imaginaba que hablaba de suicidio. Cuando supe que estaba muerto no quise decírselo a la señora. Si él estuviera vivo, la señora estaría viva. Él era la adoración de ella. No volvió a ser la misma. Odiaba a Patricia Restrepo. No entiendo cómo no lo llevó a la Clínica de Occidente. La primera vez que se suicidó lo salvaron”.

¿Hubiera querido ser su novia? Amelia mira hacia el piso, se ruboriza, aprieta los labios.

Nunca le contó a la familia que una noche, cuando Andrés ya estaba muerto, se levantó dormida y le preparó la comida.


Publicado en Vivir en El Poblado (Diciembre 5, 2013)


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Lucrecia

 

Mi nombre es Lucrecia. Tengo nueve años y un brazo partido. El izquierdo, menos mal.También tengo a Papallita, triste y callado, sentado a mi lado, y unas vacaciones por delante que no serán lo que creía que serían.
Si quisiera hacer un inventario detallado, también tendría que mencionar media vela, una ramito de astromelias, una caja de fósforos, tres botellas de vino sin vino y con corcho, un cuaderno con diez hojas en blanco, un lápiz, una piedra blanca y grande y hasta un río, porque desde esta piedra que sólo yo conozco parece que hasta el río fuera mío.

martes, 3 de diciembre de 2013

Una charla con Rojas Herazo

Una Charla de Héctor Rojas Herazo con Germán Mendoza Diago, Rubén Darío Álvarez, Gustavo Tatis Guerra y Gustavo Arango, en el diario El Universal, de Cartagena. Mayo de 1998.