viernes, 13 de junio de 2014

La brújula del deseo - Cuentos 1986-2014.


A la venta en Universia y en La librería de la U


De la contraportada:

  ¿Narraciones?, ¿relatos?, ¿minificciones?, ¿nouvelles? Las categorías importan poco y la palabra cuento parece capaz de abarcarlo todo. Lo común es la búsqueda expresiva, la modulación de voces, el intento de atrapar con el lenguaje los misterios del amor, la locura y la muerte.

  Más de un cuarto de siglo separa “La venganza del ángel de la guarda” –el primer cuento de esta colección– y “La brújula del deseo” –el cuento que la cierra y le da título. Los casi doscientos textos aquí reunidos –entre ellos “El dolor”, quizá el cuento más breve de la literatura en español– parecen revelar una secreta afinidad: son como  estaciones en el viaje del autor a sus recuerdos, sus ensueños y sus perplejidades.

   Al lado de colecciones ya publicadas –Bajas pasiones (1990), Su última palabra fue silencio (1993) y Unos cuantos tigres azules (2011)– encontramos aquí cuatro nuevas colecciones: Historias del sexto sentido, El dolor (Cuentos desmesuradamente cortos), Juegos de alcoba y La brújula del deseo.

  Algunos de estos cuentos han sido publicados en Alemania, Argentina, Colombia, España, Francia, México y los Estados Unidos. Otros han sido adaptados como obras teatrales. Su autor ha recibido distinciones nacionales e internacionales. 







miércoles, 11 de junio de 2014

Milk


Mi abuelastro fue el primer gringo que conocí. Además de liberada, mi abuela fue pionera. María Carina, digo. Carezco de estadísticas y estudios demográficos, pero casi puedo asegurar que fue una de las primeras de su tronco familiar en casarse con un mono de por allá. Será mejor decir, de por aquí.
Al fin de cuentas la vida me ha traído al país del sueño y todo indica que aquí me piensa dejar.
Hace un poco más de tres semanas volví a pensar en mi abuelastro, Nathan Gobel, después de pasar por el puesto de inmigración en el aeropuerto JFK. Cuando esperaba a que la cinta rotativa me trajera las maletas, vislumbré las dimensiones de mi viaje –“caminante, no hay camino”– y pensé que, si la historia tenía algún comienzo, ese comienzo debía ser la remota primera vez que tuve noticias del país del sueño.
La memoria es imprecisa pero calculo que aquello debió ocurrir cuando tenía unos cinco años. Debió ser por los días en que los astronautas fueron a la luna. No había empezado a ir a la escuela y rara vez salía de la casa de El Palo con Ayacucho donde conocí al mismo tiempo el miedo y la alegría de estar vivo.
En realidad no fue el primer contacto. Ya mi padre había viajado a Nueva York y se había quedado trabajando casi año y medio y concluyó que no quería llevarnos, porque allá –quiero decir, acá– era imposible criar bien a los hijos. Muchas perniciosas influencias.
Ya era habitual que alguien, una tía, las primas, la abuela misma llegara de vez en cuando con lo último en gafas oscuras y pantalones de bota campana, con maletas repletas de chaquetas y regalos. Mi geografía de la época me decía que el mundo lo constituían tres lugares: mi casa, la luna y el país del sueño.
“Milk… milk”, insistía yo en decirle a un ofuscado Nathan Gobel. Acababan de robarle la billetera y nada parecía consolarlo, ni siquiera mi oferta de esa “milk” que tanto le gustaba. Se tomaba dos litros diarios. Estaba tan contrariado que prefirió morirse pronto, en lugar de tener que regresar a visitarnos.




lunes, 9 de junio de 2014

Dejemos hablar a Onetti


  Los veinte años de la muerte de Juan Carlos Onetti llegaron y se fueron sin mucho ruido. El escritor uruguayo no recibió la atención, como de estrella de rock, que en los últimos meses recibieron García Márquez o Cortázar. Nadie recitó de memoria pasajes de sus libros. Nadie va por el mundo con ganas de parecerse a uno de sus personajes. Nadie, ni siquiera, presume de haberlo leído. Salvo el anecdotario sobre su hosquedad a veces dulce, sobre su exilio y su decisión de meterse de por vida en una cama, Onetti permanece en la penumbra. Y es bueno que así sea. 

Leer el texto completo en la sección Vida y cultura, de El Colombiano.






jueves, 5 de junio de 2014

Los príncipes de Serendipo (1) - La columna de Vivir en El Poblado




En el remoto reino de Serendipo, hace muchísimos años, vivió un rey sabio y magnánimo llamado Giaffer. Tenía tres hijos a quienes quería mucho y, como buen padre, pensaba que debía aprovisionarlos con todas las virtudes que los príncipes necesitan. Mandó a traer los maestros más brillantes de los que hubiera noticia y les pidió que instruyeran a sus hijos en toda clase de artes. Como los chicos eran despiertos y entusiastas, la instruc­ción duró poco. Salvo lo que el mundo enseña, los chicos lo sabían todo.

Queriendo poner a prueba lo aprendido, Giaffer llamó a su hijo mayor y le ofreció que gobernara aquel noble pueblo descendiente de leones. Dijo que se sentía viejo y cansado, que había decidido retirarse a un monasterio a meditar lo vivido. El hijo le habló a su padre de la obediencia que le debía, pero declinó la oferta. Dijo que no sería rey mientras su padre viviera, que esperaba que tuviera larga vida, y que sólo después –en honor suyo– sería un gobernante compasivo. Giaffer hizo la oferta a sus otros dos hijos y también ellos se excusaron. Hablaron del respeto que debían a su padre y sus hermanos. Satisfecho, Giaffer fingió estar disgustado y los expulsó del reino. Quería que aprendieran lo que sólo el mundo enseña. Los chicos emprendieron el camino.

Una de sus aventuras más famosas ocurrió cuando recién empezaban su periplo. Los muchachos estaban descansando a la orilla de un camino cuando vieron a un campesino contra­riado. “Pasó por aquí hace unas horas y cojea”, dijo el primer muchacho. Hablaba de su camello perdido. “¿Lo vieron?”, preguntó el hombre. “Claro que sí”, mintió el según­do. “Está ciego del ojo izquierdo”. El tercero agregó: “Le falta un diente”. El hombre siguió la dirección que los muchachos le indicaron y al rato regresó. “¿Están seguros de que lo vieron?” Los muchachos volvieron a mentir: “Llevaba una carga de mantequilla a la derecha y una de miel al otro lado”, dijo el mayor. “Y una mujer”, dijo el segundo. “Embarazada”, agregó el menor.

El hombre empezó a sospechar que eran ladrones de caminos y decidió denunciarlos. Los muchachos alegaron ino­cencia y dijeron no haber visto el camello, pero fueron encerra­dos. Ya se disponían a ejecutarlos cuando apareció el camello. Entonces, el rey de aquel reino llamó a los muchachos y les pidió explicar por qué conocían tantos detalles. El mayor dijo que la cojera era evidente porque en las huellas del camino se veía que el animal arrastraba una pata. El segundo dijo saber de la ceguera porque la hierba estaba masticada sólo a un lado del camino, aunque era mejor la hierba del otro lado. El tercero explicó que la falta del diente se veía en la irregularidad de los mordiscos.


La sorpresa de todos aumentó cuando siguieron hablando. El mayor supo de la carga de miel y mante­quilla porque a un lado del camino había hormigas y en el otro, moscas. El segundo dijo que en el sitio donde el camello se reclinó vio las huellas de unos pies pequeños. “Supe que eran huellas de mujer porque vi un charco de orina y, al mojar mis dedos y oler, sentí una especie de carnal concupiscencia”. El menor explicó que estaba embarazada porque a al lado de la orina podían verse las huellas de las manos, lo que indicaba el esfuerzo de la mujer para levantarse. Todos quedaron admi­rados. El rey decidió invitarlos a quedarse cuanto tiempo desearan y se dedicó a agasajarlos. Lo que ocurrió después lo contaré en unas semanas.


Publicado en Vivir en El Poblado el 5 de junio de 2014.








jueves, 22 de mayo de 2014

El último capítulo

Texto publicado en Vivir en El Poblado


A finales de 1973 la vida de Sherwin Nuland estaba en crisis. Tenía un poco más de cuarenta años. Había logrado emerger de una infancia difícil en el Bronx hasta una posición distinguida como cirujano y profesor de medicina en la Universidad de Yale, pero su vida personal era un desastre. Tenía dos hijos y estaba atrapado en un matrimonio que “sería benévolo llamar malo”. El fin de aquel matrimonio era inevitable y el drama de la separación lo llevó a la depresión. Se aisló, se sentía anómalo. Le costaba salir de la cama y fue incapaz de cumplir con su deber profesional. Se obsesionó con coincidencias y números, hasta que el mundo le pareció intolerable y fue internado en un hospital psiquiátrico. Nuland mencionaba “El alarido”, la pintura de Edvard Munch, para explicar aquel tiempo. “Cada instante era un alarido”.
Quisieron hacerle una lobotomía —la cual habría sido el final de su carrera— pero un amigo suyo propuso intentar un tratamiento de electro-shocks. Los médicos aceptaron incrédulos y burlones; pensaban que lo único que había que perder era el tiempo que tomara el tratamiento. Pero, después de veinte sesiones, Nuland llegó a sentir que tenía fuerza suficiente para combatir la depresión. La recuperación empezó en 1974. Su canto de batalla fue la expresión: “Fuck it!”, que usaba cada vez que se sentía a punto de recaer. Volvió a ejercer su carrera. Tres años después se volvió a casar y trajo a su nuevo hogar los dos hijos del primer matrimonio. Tuvo dos hijos más y se dedicó a escribir. Con el tiempo llegaría a ser uno de los médicos más respetados de los Estados Unidos. Su acercamiento humanista a la profesión, su idea de que la medicina no era una ciencia sino un arte, pero sobre todo su labor de divulgación científica lo hicieron una celebridad. Su libro Cómo morimos: reflexiones sobre el último capítulo de la vida ganó el National Book Award en 1994. Es un libro necesario si uno quiere que el último capítulo lo encuentre preparado.
A principios de 1999 conocí a Sherwin Nuland. Yo tenía treinta y cuatro años y acababa de abandonar una Colombia donde no tenía futuro. Estaba atrapado en un matrimonio que sería benévolo llamar malo y, salvo por los hijos y el estudio, mi vida era miserable. Estaba en la ruina, me faltaba el sueño —dormía dos o tres horas— y convivía con la hostilidad y la falta de consideración. El sueño de hacer literatura se diluía. Pensaba que me había metido en una trampa.
Una mañana de primavera conocí a Sherwin Nuland. La madre de mis hijos limpiaba su casa en Hamden, Connecticut, y cuando la esposa de Nuland se enteró de que yo había escrito algunos libros insistió en presen­tarnos. El saludo de Nuland fue efusivo. Me preguntó por lo que hacía y me llevó a ver su estudio: un inmenso salón blanco, arrobador, una especie de nube donde escribir debía ser un goce celestial. Me regaló sus libros más recientes y me habló con tal respeto y aprecio que yo sentía que todo aquello era un error.
Sherwin Nuland murió de cáncer hace unas semanas. Tenía ochenta y tres años. Ahora que conozco pormenores de su vida he podido apreciar mucho mejor aquel encuentro. Su libro sobre la muerte me reconcilió con mi tragedia. La hermosura de su estudio me inspiró. Mi sueño agonizante de ser un escritor volvió a vivir porque aquel hombre —que había ido al infierno y regresado— pudo reconocer y celebrar la dignidad del creador en esa sombra fatigada que era yo. 








jueves, 8 de mayo de 2014

"Un tal Cortázar" en "Cortázar de la A a la Z"

Publicado en 1987, Un tal Cortázar fue la primera biografía de Julio Cortázar.

El libro está incluído en "Cortázar de la A a la Z" (2014)






La segunda edición ampliada de Un tal Cortázar fue publicada en 2012 por la editorial UPB.