sábado, 18 de octubre de 2014

Todo es cortezas y engaños


Todo es cortezas y engaños. Desnudos vinimos y desnudos nos vamos. Nada trajimos a este mundo y de él nada nos llevamos. Falsamente diremos que algo es nuestro mientras aquí nos estamos. Pero hasta los que dicen o creen estar cerca de Dios sucumben a la codicia. Hace apenas unos años, durante mi último viaje a España, estando ya radicado en Santo Domingo, conocí a un clérigo que venía del Perú. Allí alcanzó, o hubo, ciertas esmeraldas, entre las cuales había una que estimaba de manera especial. De verdad era una esmeralda lindísima, rica y limpia y en toda perfección y tamaño como de gruesa avellana con su cáscara. El clérigo decía que no la daría por doce o quince mil ducados, que a darla por tan poco prefería llevarla a Europa, para servir con ella a un gran príncipe o hasta al mismísimo Papa. Estaba flaco y enfermo y, no obstante, se puso en camino. Nos encontramos en la villa de Aranda del Duero, en el año de mil quinientos cuarenta y ocho. Hablamos y me hizo el favor de mostrarme, como amigo y en secreto, la deslumbrante esmeralda. Me rogó que le diera mi parecer. Yo le dije que pensara bien lo que hacía y que cuidase de su persona y salud. También le dije que encomendara todo aquello a nuestro Señor.
Lo veía tan débil que pensé que la salud no le alcanzaba para el camino que quería emprender. Traté de alejarlo de su obsesión. Pero como él estaba determinado a seguir su propósito, puso por obra aquel viaje. Hace poco me enteré de que llegando a Zaragoza de Aragón le tomó la muerte sin conseguir el capelo. En un mesón de camino se acabaron sus desvelos y vanos deseos. Las esmeraldas pararían en manos de alguno de los mozos o del mismo mesonero, que no trabajó para venirlas a buscar allende la equinoccial zona, o zona tórrida, donde el padre ya dicho estuvo granjeando el fin que cultivó. No me creyó. Se pasó la advertencia por la faja. No hizo caso. Partió de Aranda falto de seso y de salud, y su codicia concluyó aquella traza de deseos fundada en esmeraldas y piedras preciosas y vano propósito.
Cuarenta y tres años ha que ando y curso en estas Indias occidentales, y son pocos los hombres que he visto conducirse con provecho de su alma. Aquí los buenos corren peligro. Los más de ellos pierden el decoro, van cediendo y entregan su voluntad a los ministros de Satanás. Obediencia y servicio al Diablo parecen aquí la norma.
Estando en Santa María de la Antigua fui testigo y también supe de infinitos atropellos. En una de las muchas entradas que se hicieron a saquear y a despoblar poblados, un devoto clérigo que cierto capitán Badajoz llevaba consigo (porque era costumbre que con los más de los capitanes que salían a entrar iba un clérigo), una noche, hizo echar a un cacique debajo de su hamaca y, a vista de su marido, tomó a su mujer y durmió con ella o, mejor diciendo, no la dejó dormir ni estar sin entender en su adulterio. Por cierto, este tal clérigo mejor se pudiera llamar onocentauro, porque en griego onos quiere decir asno, y por este nombre es figurada la lujuria, según da testimonio el profeta Ezequiel, diciendo: “las carnes dellos serán así como carnes de asnos”. Si este clérigo tuvo alguna noticia de San Pablo, oído habría que ni los fornicarios, ni los que sirven a los ídolos, ni los adúlteros, poseerán el reino de Dios. 

Fragmento de Santa María del Diablo.





domingo, 12 de octubre de 2014

Un abrebocas

A propósito de lo que se recuerda el 12 de octubre, aquí va un abrebocas de Santa María del Diablo: La delirante y triste historia de la primera ciudad española en Tierra Firme

Publicada por Ediciones B, en su colección de Novela Histórica, Santa María del Diablo estará en librerías la primera semana de noviembre.


                                                          Escudo de armas de Santa María de la Antigua del Darién.

                              Jerónimo de Aguilar


Por Gustavo Arango

A principios de 1519, llegó a la isla de Cozumel, cerca de Yucatán, una expedición al comando de don Hernán Cortés. Por las conversaciones con los indios, Cortés pudo entender que en Tierra Firme, no lejos de allí, había hombres extranjeros de piel pálida y barbas largas. Conjeturó que aquellos hombres eran castellanos perdidos, y les escribió una carta en la que les decía quién era, qué buscaba y a dónde iba. Agregó que quería ponerlos en libertad pero que, por la costa tan mala, no podía hacerlo con toda la armada. Les pidió que regresaran con los indios mensajeros a Cozumel, en un navío que les enviaría hasta la costa. Para que los otros indios no vieran la carta, la escondió entre los cabellos de uno de los mensajeros que tenía trenzas largas.
El capitán Diego de Ordaz partió con veinte ballesteros, llevó a los emisarios hasta la costa y les dijo que esperaría allí ocho días a que volvieran con los extranjeros. Al cumplirse el plazo, nadie había aparecido, y Ordaz ordenó que regresaran a Cozumel. Pocos días después llegaron al campamento en una canoa cuatro hombres en carnes, los cabellos trenzados y revueltos, y con arcos y flechas. Uno de los capitanes de Cortés acometió a los recién llegados, y tres de los indios intentaron regresar a la costa, pero el cuarto los tranquilizó y habló luego a los castellanos en su lengua.
“Señores, cristiano soy”.
Cuando los hombres de Cortés lo reconocieron como uno de los suyos, el hombre blanco, ataviado como indio, cayó de rodillas y se echó a llorar. Preguntó si era miércoles y, cuando se lo confirmaron, soltó una carcajada sin interrumpir el llanto. Les rogó a los que allí estaban que dieran gracias a Dios porque le había puesto de nuevo entre los cristianos. Andrés de la Tapia lo abrazó, y todos los demás hicieron lo mismo y lo consolaron. Llegados los indios a la presencia de Cortes, éste tardó en saber cuál era el castellano, porque su piel quemada no era distinta de la piel de los otros e iba trasquilado a manera de esclavo. Llevaba en la mano un arco y, en los hombros, un carcaj con flechas y una red con comida. Él y sus compañeros untaron de saliva la mano derecha, la pusieron en el suelo y luego en el corazón. Era el signo de reverencia y acatamiento que usaban en esas tierras con los príncipes y señores, dando a entender que se humillaban ante ellos como la tierra que pisaban.
Cortés estaba ansioso por conocer la historia del indio castellano. Quiso abrigarlo con una capa, pero él la rechazó amable. Dijo llamarse Jerónimo de Aguilar, natural de Elcija, en Andalucía. Descubrieron que era pariente del licenciado Marco de Aguilar, a quien Cortés había conocido en La Española. Le preguntaron si sabía leer y escribir, y él respondió que sí. Extrajo un viejo breviario, y explicó que con él había llevado la cuenta de los días. Cortés mandó  darle de comer y de beber, pero él rechazó el ofrecimiento. Explicó que ya había perdido la costumbre de la comida de los españoles, y que le estragaría el estómago. Contó que era ordenado de evangelio, y que por eso nunca quiso casarse, a pesar de que los indios le insistieron en que tomara esposa.
Cortés mandó que lo vistiesen, pero Aguilar dijo que ya estaba habituado a andar desnudo. Contó que había venido a las Indias en uno de los viajes de Colón y que después acompañó a Diego de Nicuesa en su expedición a Tierra Firme. En febrero de 1511, después de haber pasado muchas penurias en Veragua, los pocos sobrevivientes de la expedición de Nicuesa habían terminado en Santa María. Describió la ciudad del Darién como un hermoso caserío entre colinas fértiles, al lado de un río de aguas diáfanas. Allí los castellanos y los indios habían aprendido a convivir en armonía y cordialidad. Salvo por algunas diferencias entre las gentes del pueblo, todos vivían contentos. Los colonos trabajaban en las minas y en las granjas, y en las noches departían entre juegos y música. Todos los domingos iban a misa. Al lado de los padres Andrés de Vera y Pedro Sánchez, había ayudado a levantar la iglesia y había catequizado y bautizado a muchos indios. Cuando Aguilar estaba en Santa María, se tuvieron por primera vez noticias de la existencia del Mar del Sur y de los reinos dorados junto a sus costas. Los colonos vivían bien, soñando con las riquezas que los estaban esperando. Lo único que necesitaban era más hombres, para emprender la expedición. Aguilar salió de Santa María en el viaje de Juan de Valdivia a La Española. Partieron el 11 de enero de 1512, pero jamás llegaron a su destino.
Siete años más tarde, con el testimonio de Aguilar, se tenía por fin noticia cierta de lo que había ocurrido. En Santa María pensaron que Valdivia había escapado con el oro que Balboa y otros colonos le enviaron al Rey. Habían naufragado cerca de Cuba. Los pocos que sobrevivieron fueron a dar a las costas que quedaban al Norte de Veragua, en una zona rica en yucas, llamada Yucatán. Allí los indios los habían engordado para comérselos. Jerónimo de Aguilar y Gonzalo de Guerrero huyeron en una noche oscura, estando ya la tribu sosegada, y encontraron refugio en una poblado rival de los caníbales.
Aguilar contó que el cacique Taxmar lo tuvo como esclavo por tres años. Fue obligado a cargar leña, agua y pescado, y tenía que obedecer lo que cualquier indio del pueblo le ordenara. Aun si estaba comiendo, debía interrumpirse para hacer lo que pedían. Por su obediencia y diligencia, se ganó la simpatía de todos. Taxmar decidió mejorar la posición de Aguilar en la tribu, y trató de que tomara esposa entre sus hijas. Pero Aguilar se negaba, procurando no ofender. Una vez lo habían enviado a pescar a un río cercano, en compañía de una india hermosa, de catorce años, quien tenía instrucciones de seducirlo. Como debían esperar al amanecer, que era el mejor momento para la pesca, la india colgó la única hamaca que les asignaron, se echó con una manta y empezó a llamar a Aguilar y a pedirle que se acostara con ella. Habló con voz dulce y quejumbrosa. Dijo que tenía frío, y le pidió que la abrazara. Pero Aguilar estaba decidido a cumplir con su voto de castidad. Se puso de rodillas y empezó a combatir con oraciones la terrible tentación. La impúdica damisela siguió empleando ardides y zalamerías luciferinas para quebrantar la voluntad de su acompañante. Cuando vio que no podía vencerlo con cantos de sirena e incitaciones cordiales, se dedicó a insultarlo irritada, a hacer burla de su hombría, a herir su amor propio y sus sentimientos. Pero Aguilar siguió orando de rodillas en la arena. Al otro día, completada la pesca, regresaron al poblado. La muchacha refirió lo ocurrido, y el jefe de la tribu desistió de la idea de casarlo. Pero, como le tenía mucha estima, le confió la guardia de su casa y de sus esposas, sus hijas y toda la servidumbre.
Todos amaban y respetaban a Aguilar. En una ocasión, había un grupo de indios practicando tiro con flechas y uno de ellos le dijo:
“Aguilar, ponte ahí, que queremos ver si podemos atinarte en los ojos”.
“Soy tu esclavo”, respondió. “Puedes hacer conmigo lo que quieras. Pero no creo que quieras perder un esclavo como yo, que tan bien te servirá en lo que mandares”.
El indio soltó una risotada. Le dijo que aquello era otra prueba que Taxmar había pedido que le hicieran. Como su amo estaba enemistado con otros caciques de la comarca, un día Aguilar se ofreció para participar en los combates. El cacique mandó darle rodelas y macanas, arcos y flechas. Al ver la fuerza y determinación del gigante blanco, los adversarios se llenaron de miedo. Era tan exitoso en la batalla que ningún indio se atrevía a enfrentarlo. Uno de los vecinos de Taxmar le dijo al cacique que los dioses estaban enojados con él, por albergar a Aguilar, y que debía sacrificarlo. Taxmar dijo que no pensaba pagar mal a quien tan bien le servía, y que no creía que los dioses miraran con malos ojos a quien tanto favorecían.
Por esos días la carta de Cortés llegó a manos de Jerónimo de Aguilar, quien sintió una enorme alegría. El diácono leyó la carta al jefe de la tribu y le ponderó el poderío de los españoles que estaban cerca y querían llegarse a esas tierras. El cacique quedó espantado y admirado del modo en que se entendían los ausentes. Aguilar hizo seguir el mensaje de Cortés a Gonzalo Guerrero, quien estaba en la vecina población de Chetemal, donde ya era jefe indio y tenía varias mujeres y muchos hijos. Guerrero tenía la piel tatuada y la nariz perforada. Se sentía satisfecho con la vida que llevaba, y declinó la invitación a seguir a las toldas de Cortés. Como Guerrero no aparecía, Aguilar pidió permiso a Taxmar para marcharse. El cacique se llenó de tristeza, pero él y todos en la tribu estuvieron de acuerdo en respetar su decisión. Fue entonces cuando Aguilar salió con los otros tres indios hacia Cozumel.
Cortés decidió ponerlo al tanto de lo acontecido desde su naufragio. Le contó que él mismo pudo haber sido parte de la historia de Santa María, pues estuvo a punto de embarcarse con la expedición de Alonso de Ojeda que partió de La Española, en noviembre de 1509, a tomar posesión de la gobernación de Nueva Andalucía. Cortés no pudo viajar, a causa de una dolencia en una pierna, que lo tenía inutilizado. Entre los hombres de Cortés que recibieron a Jerónimo de Aguilar en Cozumel había uno que vivió cuatro años en la capital del Darién. Su nombre era Bernal Díaz del Castillo, y era natural de Medina del Campo. Bernal Díaz contó a Aguilar detalles de lo acaecido en aquella villa, después de su partida con Valdivia. Le dio noticias de la enorme expedición, comandada por Pedrarias Dávila, que llegó a Santa María en junio de 1514. Le habló de las expectativas de los viajeros y de la decepción cuando no encontraron los castillos, ni los reinos de esplendor que habían imaginado, sino incomodidades y trabajos, y un clima difícil de sobrellevar. Contó cómo las pestilencias dieron cuenta de muchos de los recién llegados. Describió aquel tormento alucinante de la peste de modorra. Habló de la tortura de los mosquitos y de las llagas que se formaban en todas partes del cuerpo. También reveló detalles de las diferencias entre el gobernador Pedrarias y el hidalgo Vasco Núñez de Balboa, hombre rico y antiguo líder de Santa María. Dijo Bernal Díaz que Pedrarias casó a Balboa con una hija suya que se decía doña Fulana Arias de Peñalosa, y luego mandó degollar a su yerno por sospechas de que se quería alzar con unos soldados para irse por la Mar del Sur. Las arbitrariedades de Pedrarias y los enfrentamientos entre sus capitanes hicieron que muchos procuraran marcharse. A eso se sumaba que los soldados llegados con Pedrarias habían arrasado en poco tiempo con aquellas regiones, y no quedaba nada por conquistar. Santa María estaba moribunda cuando Bernal Díaz decidió probar suerte en Cuba, que estaba nuevamente ganada y poblada, bajo el mando de Diego Velásquez. Allí se había unido a la expedición de Hernán Cortés, quien ahora se arrimaba a la región de Yucatán y muy pronto dejaría a Velásquez soplándose las manos.
Jerónimo de Aguilar lamentó la suerte de Santa María y se sumó gustoso a la conquista de lo que en pocos años se conocería como Nueva España. Los caciques se sorprendían y se mostraban más amables cuando descubrían que uno de los blancos hablaba su lengua. Cuentan que la madre de Aguilar  había enloquecido años atrás, cuando creyó que su hijo fue almorzado por caníbales. Cada vez que veía carne en el asador, lanzaba alaridos de dolor y decía que aquella carne era la de su hijo.




jueves, 9 de octubre de 2014

Lanza del Vasto - La columna de Vivir en El Poblado




Cuando era muy joven, el escritor y místico franco-italiano Lanza del Vasto llegó a la biblioteca de su universidad y, con un aire optimista y decidido, le dijo al bibliotecario: “Quiero leer a Santo Tomás”.
El bibliotecario lo miró con una mezcla de sorna e incredulidad.
“¿Está usted seguro?”, le preguntó.
“Sí”, dijo Lanza del Vasto.
El bibliotecario lo condujo a un cuarto y movió su mano en dirección a una enorme estantería:
“Todo esto es Santo Tomás”.
Para ocultar su desconcierto, Lanza del Vasto agregó: “Quiero la Summa Teológica”.
El bibliotecario siguió sonriendo y le mostró una hilera de treinta libros.
“Quiero el volumen dedicado a la Santísima Trinidad”.
Cuando tuvo el libro en las manos, Lanza del Vasto leyó la primera línea de la primera página, aquella que dice “Dios es relación, pero no es relativo”. Luego suspiró, cerró el libro y lo entregó agradecido.
“¿No es lo que busca? ¿Desea algo distinto?”, preguntó el bibliotecario, quien ya empezaba a tenerle simpatía a ese joven osado que se atrevía a leer un libro que muy pocos leían en aquel tiempo y muchos menos leen hoy en día.
Entonces, Lanza del Vasto le respondió: “Con lo que acabo de leer, me alcanza para toda la vida”.
Y de hecho le alcanzó. A pesar de que no es un autor muy famoso en el mundo de los best sellers, Lanza del Vasto goza de una enorme reputación entre los especialistas europeos en lite­ra­tura del siglo XX. Algunos afirman que su obra Peregrinación a las fuentes, que narra su viaje a la India para encontrarse con Gandhi, es una de las obras literarias más importantes de ese siglo.
Lanza del Vasto sería conocido también con el nombre de Shantidas -Servidor de la paz- que le dio el Mahatma Gandhi. Abandonó la poesía, que cultivó cuando joven con mucho éxito, porque sentía que el rigor de la creación artística lo alejaba de Dios.
Fue músico, cantante, tallista admirable. Fundó la Comu­nidad del Arca, dedicada a promover la no-vio­lencia, la cual desapareció poco después de su muerte, por falta de interés entre los jóvenes por su estilo de vida austero y falto de comida y de adrenalina.
Ayunó para protestar contra las torturas en la guerra de Argelia, ayunó en el Vaticano, para pedirle al Papa que asumiera una posición contra la guerra, hizo protestas en la India, Argentina y Francia. Un par de veces visitó Colombia, pero muy pocas personas fueron a escucharlo y, entre los que fueron, muchos procuraron no prestarle oídos, porque ese “apóstol de la no-violencia” —como también lo llamaron— habló de cosas que en Colombia rara vez se han entendido.
Lanza del Vasto Nació en Italia en 1901 y murió en España, en 1981. Poco antes de morir, declaró en una entrevista: “Las civilizaciones se han sucedido una tras otra como olas; han traído la sangre y el fuego. La nuestra está en extremo peligro. Hemos acumulado todos los medios necesarios para destruir lo que hemos hecho y a nosotros mismos. No hay nada más urgente que encontrar otro modo de fundar la vida sobre el mundo”.
Si algún efecto ha producido entre nosotros su mensaje es que los canales de televisión colombiana no se están peleando por los derechos para hacer una serie sobre su vida.



Publicado en Vivir en El Poblado el 9 de octubre de 2014.





miércoles, 24 de septiembre de 2014

La más perendeca - La columna de Vivir en El Poblado

Calle Barbacoas-Medellín. Foto El Tiempo. 


Empeñada en ser la primera del mundo en todo —así sea contratando desocupados virtuales para que la ciudad tenga más votos que habitantes—, Medellín reaccionó con compren­sible nerviosismo al título de “burdel más grande del mundo” concedido por uno de sus habitantes —que a lo mejor sabe de lo que habla— y ratificado por un medio de comuni­cación euro­peo —que a lo mejor investiga lo que divulga. La reacción oficial no se hizo esperar. Las autoridades dijeron que los perio­distas extranjeros habían sido tendenciosos. En un aná­lisis digno de doctores en letras, señalaron que el testigo que inspiró el título en realidad no dijo que Medellín fuera el burdel más grande del mundo. Según los doctos doctores, la frase textual era que “si a Medellín le pusieran un techo sería el burdel más grande del mundo”, por lo que —según ellos—mientras no tenga techo, Medellín no puede recibir ese título.

Se ha dicho que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo y agradecería mucho a quien me explicara las razones que hay detrás de ese dicho. Lo que sí me queda claro es que el tema está por todos lados. Para no ir muy lejos, casi todos los autores hispanoamericanos destacados se han referido en algún momento a las prostitutas, dándole al tema diferentes tratamientos. Uno de los capítulos más festivos de Cien años de soledad se refiere a la llegada a Macondo de unas francesas que introdujeron refinamientos y cambiaron para siempre los apa­rea­­mientos simples de los habitantes del pueblo. Pero esa es sólo una de las muchas apariciones de las perendecas en la obra de García Márquez. Las vemos en El amor en los tiempos del cólera, pues Florentino pasa una temporada viviendo en el hotel de las “pajaritas”. Las vemos en Memorias de mis putas tristes, con una variedad del oficio inspirada por el escritor japonés Yasunari Kawabata. También están en las memorias del autor, quien como Faulkner sostenía que un prostíbulo era el mejor lugar del mundo para un escritor.

Juan Rulfo señala en el tema su relación con la pobreza. En el cuento “Es que somos muy pobres”, el gran temor de la familia, tras la inundación que ahogó la vaca de Tacha, es que la niña termine siendo “piruja” como sus hermanas. Vargas Llosa, dedicó varias novelas al tema de la prostitución: La casa verde, Pantaleón y las visitadoras. Borges lo tocó de refilón en “Emma Zunz”, con la curiosa variante de que Emma se deshizo del dinero que recibió del marinero que la desfloró. Pero sin duda el que mejor ha auscultado el alma de la prostitución ha sido Juan Carlos Onetti, en particular en El Pozo y en Juntacadáveres, donde se hace evidente la hipocresía social que rodea la compra y la venta de seres humanos.


El debate sobre el nuevo “honor” para Medellín ha procu­rado estrechar el concepto de prostitución, para mos­trarlo como un problema aislado. Pero si ampliamos la perspectiva, la prostitución puede ser sólo un síntoma visible de una socie­dad en la que, de muchas maneras, se compran y se venden los cuerpos y las almas de las personas. Prostituto no es sólo el que se vende porque no tiene dinero, sino también el que lo hace porque no tiene principios. Prostituto es todo aquel que no es dueño de su vida y de sus decisiones, pero también lo son el político corrupto, el constructor tramposo, el médico negociante o el periodista vendido. Prostituto es el empleado explotado y el desempleado abusado. Prostituto será también el ingeniero verraco que se le mida a hacerle el techo a Medellín y acepte poner en riesgo la seguridad de tanto puto, haciendo trampa con los materiales utilizados.



Publicado en Vivir en El Poblado el 24 de septiembre de 2014.






viernes, 19 de septiembre de 2014

Sobre Vargas Vila en España


Incluye mi ensayo:

Vargas Vila en España. Preparativos para la inmortalidad.


Trans-Atlántico. Literaturas. Vol. 7
Directeur de collection : Norah Dei Cas-Giraldi

Publicado por Peter Lang Publishing Group - Switzerland







jueves, 11 de septiembre de 2014

Recuerdos de lo no visto



Hay historias que reaparecen con el rostro cambiado, pero con la esencia intacta. He conocido tres versiones distintas de la que para nosotros es la historia de la lechera: la chica que caminaba al mercado mientras imaginaba lo que haría con el dinero que obtendría y, por andar distraída, tropezó y rompió el cántaro y perdió toda la leche que llevaba. De esa historia he encontrado una versión árabe y otra hindú, con muchachos que se disponen a vender miel o aceite, y cuyos sueños también terminan derramados.

He encontrado dos versiones muy distintas de otra historia cuyo origen puede ser tan antiguo como la humanidad. La primera versión se la escuché a una nativa de estas tierras. Tiene que ver con navegantes de las aguas del Pacífico. Cuentan que, no hace mucho, un grupo de muchachos se propuso rescatar la sabiduría de sus ancestros para navegar. Construyeron una embarcación, según el modelo antiguo, y pidieron al más viejo marinero que les enseñara el arte de navegar con la ayuda de las estrellas y a sortear los peligros del mar. Pero el viejo marinero se negó a ayudarles. Los mucha­chos le insis­tieron, le rogaron, pero el viejo marinero perma­neció impá­vido. Al final, lograron que accediera a acompa­ñarlos en una travesía. Pero, antes de embarcarse, el hombre dejó claro que no les enseñaría nada.

No tardaron mucho en encontrar una tormenta que amenazaba con hundir la embarcación. Pidieron ayuda al viejo, pero este se cruzó de brazos y no moduló palabra. Mientras intentaban sortear las dificultades, los muchachos se volvían a lanzarle reproches. Le pregun­taban a gritos que si era tan estúpido que los dejaría morir a todos —y moriría también él mismo— por su obstinación de no enseñar lo que sabía. Pero el hombre siguió sin darles ninguna indicación. Luego ocurrió el milagro. Los muchachos empezaron a “saber” exacta­mente lo que debían hacer. El conocimiento ances­tral se encendió dentro de ellos y pudieron sortear aquel peligro como si fueran marineros veteranos. Una sabiduría que llegó por misteriosos caminos apareció disponible para ellos cuando la necesitaron.

Pocos días después de escuchar aquella historia me crucé con una hermosa película de Tarkovsky, titulada Andrei Rublev. La había visto hace muchos años y no había prestado demasiada atención a una anécdota pequeña en medio de la trama principal. El campanero más reputado del pueblo ha muerto y al parecer se ha llevado consigo su secreto. Pronto surge la necesidad de hacer una nueva campana y el hijo del campanero les miente a los del pueblo: les dice que su padre, antes de morir, le había revelado su secreto. Así consigue que lo contraten. El muchacho está asustado porque piensa que lo van a castigar cuando se enteren de que mentía, pero de todos modos se proponer seguir adelante en la fundición de la campana. Al final, de manera misteriosa, el secreto de su padre se ilumina en el espíritu del muchacho y éste construye la campana más hermosa que se ha visto por aquellas comarcas.

Un tema común tienen estos relatos de gente que re­cuer­­da lo que nunca había visto o aprendido. Nos despiertan al mis­terio que rodea nuestras vidas y que los fanáticos de la razón no se atreven a mirar. También recuerdan la idea platónica de que aprender es recordar. Tienen algo de advertencia para quienes sostienen que el arte puede ser enseñado. Nos revelan también que los humanos tenemos vínculos ocultos y que las palabras suelen ser la forma más precaria que tenemos de comunicarnos.



      Publicado en Vivir en El Poblado el 11 de septiembre de 2014.





jueves, 4 de septiembre de 2014

Éramos muy buenos niños



Las vecinas no dejaban de felicitar a mi mamá por lo bien que nos manejábamos.
Ella asentía en silencio.
Nosotros aprovechábamos la amabilidad que le imponía la visita, la mirábamos con ojitos brillantes de lo dulces, y le pedíamos permiso para jugar en el altillo.
Prometíamos portarnos muy juiciosos.
Mientras uno de los dos la distraía, el otro se pertrechaba.
Prometíamos subir y bajar la escalera con muchísimo cuidado.
Es seguro que agradecía esos momentos de silencio o de conversación con las vecinas.
Mientras Camilo y yo nos olvidábamos del mundo, mirando los frijolitos que Dios había pintado.
Eran rojos, bonitos.
Jugábamos con ellos a armar casitas, los contábamos como si fueran monedas, nos proponíamos traer más cuando volviéramos al altillo.
Una noche, reunidos en la mesa, mi mamá le dijo a mi papá que se habían acabado los frijolitos, que el bulto que él traía no duraba como antes.
Mi papá dejó de hacernos las caras que nos hacían reír, la miró y dijo sin preocuparse: “Mañana traigo más”.
El segundo bulto de frijolitos tampoco duró nada.
La cosa se la habrían atribuido a los fantasmas, si Eleazar no hubiera subido al altillo y si no hubiera descubierto nuestro tesoro.
También esa vez mi mamá dejó la puerta abierta mientras nos sirvió el almuerzo y mientras lo comimos con muy buenos modales.
Luego cerró la puerta, se acercó con el fuete entre las manos y nos dio nuestro merecido.

Mi papá recogía caucho en las montañas.
Se perdía por días, cortaba los tallos de los árboles y ponía junto al corte las vasijas en las que recogía la leche pegajosa de los árboles.
Después de unos días volvía.
En uno de sus viajes a buscar caucho, mi papá llegó a una posada.
Era la primera vez que la veía.
Puso una moneda en el mostrador y le dijo a la mujer que le diera el caldo de huevo que esa moneda pudiera comprar.
Luego se sentó a esperar.
Mi papá era el hombre más hermoso de este mundo.
Mono, alto, fornido; tenía unos ojos azulitos que enloquecían a las mujeres cuando lo veían.
Una muchacha de ojos negros y mirada maliciosa le trajo agua de panela.
Se quedó junto a la mesa mientras mi papá pasaba los primeros tragos. Esperó a que notara su presencia y le dijo:
–¿Para dónde va?
Mi papá le dijo “Voy para tal parte”.
–Tendrá que quedarse. Hoy no va a llegar.
–Pero si está aquí mismo, a medio tabaco.
–No va a llegar. Mejor le armamos un rincón donde acomodarse.
Mi padre no supo qué decir. La insistencia parecía innecesaria.
–¿Ya estará la sopa?
–Le pondremos un catre aquí mismo. En la noche las sillas van sobre la mesa.
Mi papá miró hacia la cocina y la muchacha fue a traerle la sopa.
Cuando terminó, dio las gracias y salió.
Pero al dar dos pasos más allá de la puerta, comprobó que el camino no estaba.
Quiso abrirse paso entre la súbita maleza, pero lo detenía como si fuera un pared.
Al final se dio por vencido.
Dos días más tarde, cuando nos despertamos, lo vimos tendido en la cama con la cara llena de arañazos.
Mi mamá fue quien contó lo que pasó:
–La muchacha trató de besar a su papá, pero se dedicó a atacarlo cuando vio que no podía.

A mi papá le pasaron muchas cosas cuando salía de correría.
Una vez lo agarró una lluvia.
Mi papá buscó uno de los cobertizos que los caucheros usaban para esos casos y se dedicó a esperar a que escampara.
Entonces vio llegar a un hombre alto y muy flaco que se sentó junto al fuego.
El hombre se veía agobiado. Miraba las llamas como si les suplicara que lo calentaran.
Por más que papá lo mirara y lo mirara, el hombre parecía no notarlo.
Quiso hablarle, pero le daba miedo causarle más pena que la que parecía estar sintiendo.
Le llamó la atención el tamaño de las piernas dobladas.
Mi papá durmió poco esa noche. El hombre flaco no parecía amenazante, pero era mejor velar por si acaso.
Cuando clareaba el día dejó de llover y el hombre se levantó y se fue estirando mientras se movía para salir.
Cuando estuvo fuera, estiró por completo las piernas y su cabeza se fue perdiendo entre las copas de los árboles, de lo alto que era.
Cuenta mi papá que el hombre se marchó despacio con sus piernas gigantes de tronco de árbol.


Otro día, unos indios invitaron a mi papá a almorzar.
Le hicieron gestos de llevarse algo a la boca y le señalaron un tronco caído donde podría sentarse.
Mi papá estaba cansado y aceptó la bebida que le dieron.
Pero, después del primer sorbo, el mundo empezó a moverse más rápido.
Mi papá veía la imagen ondulante de los indios arrojando bastimento en una olla gigante.
A veces le parecía que los indios estaban muy cerca y creía verles los poros y las perlas de sudor.
Pero al instante los veía en la distancia.
Lo mismo con las voces.
Por momentos eran ruidos muy lejanos, como cantos de pájaros, y después los oía justo al lado de su oído: canciones que sonaban al ritmo con que agitaban las verduras en el agua ya dispuesta.
Lo que al fin salvó la vida de mi padre fue que en medio del mareo consiguió entender la lengua de los indios y darse cuenta de sus planes de incluirlo en el almuerzo.
Corrió como nadie ha corrido en esas selvas.


Un día mi mamá nos dio un purgante y nos pasó una cosa muy rara.
Ella tenía que ir a hacer unas diligencias y esperamos impacientes a que se fuera.
Cuando la vimos alejarse corrimos a buscar un machete y la emprendimos contra las matas de la huerta.
No quedó ninguna en pie.
No sé por qué hicimos ese desastre.
Creo que el diablo se nos metió adentro.
Sólo al final de ese arrebato nos dimos cuenta de la cosa tan horrible que habíamos hecho.
Cuando vimos que mi mamá ya venía de regreso, el pavor nos invadió.
Mi mamá era una negra hermosa y elegante.
Daba gusto verla caminar.
Cuando salía a la calle siempre iba con zapatos de tacón alto.
Pero en aquel momento su belleza poco nos interesaba.
Antes de que viera lo que hicimos, corrimos a un árbol que estaba al final del patio y nos encaramamos.
Empezamos a rezar y a pedirle al Niño Dios que arreglara las matas.
Pero el Niño Dios no las arregló.
Mi mamá se puso furiosa cuando vio lo que habíamos hecho.
Pero sólo nos bajamos del árbol cuando llegó mi papá.
Corrimos a agarrarnos de sus piernas y a decirle que no dejara que nos pegaran.
–¿Qué paso? –le preguntó a mi mamá mientras caminaba con cada uno en una pierna.
Mi mamá le mostró la destrucción de las matas.
Cuando quiso arrancarnos de sus piernas, mi papá le dijo con voz muy suave:
–No les pegue a mis niños. Déjeme yo los castigo.
Mi mamá dudó un momento y mi papá ahí mismo nos dijo:
–A ver, las manos.
Pusimos las manos con las palmas hacia arriba y mi papá nos dio unos golpecitos suaves.
–Pam, pam. Eso no se hace.
Corrimos al patio a darnos golpecitos en las palmas de las manos y a reír y a decir “Pam, pam. Eso no se hace”.
–Mire esos muchachos –dijo mi mamá–. El problema es que usted no se hace respetar.


Esas cosas recuerdo.
Creo en Dios, pero no creo que haya niños buenos.


Recuerdo cuando me fui de mi casa.
Yo ya estaba mayorcita y acepté un puesto de enfermera en Gómez Plata.
Lloré toda la noche, antes de soltarles la noticia a mis papás.
Allá en ese pueblo empezó a pretenderme el hijo de un hombre rico.
Pero un día intentó propasarse y le di una cachetada.
Todo el mundo tuvo que ver con el asunto.
Cuando mi mamá llegó a visitarme, la dueña de la pensión le contó la historia.
Puso la misma cara que ponía cuando las vecinas le decían que éramos unos niños muy buenos.


Pero si quiero avanzar en el tiempo, casi no recuerdo nada.
Ahora mismo no recuerdo lo que he hecho esta semana.
Me gusta estar sentada en esta cama porque veo ese árbol.
Al final de la tarde, los pájaros lo cubren como hojas que regresaron.
A veces se espantan y vuelan al mismo tiempo y las ramas del árbol vuelven a quedar limpias.
Veo la gente que camina, que viene y que va.


Una vez estaba en misa con Tony y con Ofelia y nos tocó sentarnos en bancas separadas.
Como me advirtieron que no los perdiera de vista, les presté más atención a ellos que a la misa.
Pero cuando acabó la ceremonia toda la gente empezó a moverse y dejé de verlos.
Pensé que tal vez ya estaban afuera y me fui a buscarlos.
Como no los vi a la entrada de la iglesia, pensé que se habían venido sin mí para la casa y decidí seguir caminando.
Me cuentan que pasé por esta esquina sin inmutarme, que seguí por la calle hasta que se acabó contra el muro de la autopista.
La policía tardó seis horas para encontrarme.

Cuando mi papá estaba en la casa sabíamos que no iban a pegarnos.
Un día que faltaba leña, mi mamá rompió el violín de mi papá y lo arrojó a la candela.
Mi papá no dijo nada.
Cuando no andaba de viaje, se pasaba las tardes en casa tocando el violín.
Tocar violín era su placer y su descanso.
Lo vio convertirse en ceniza sin modular palabra.


Éramos muy buenos niños.
Cuando el diablo se nos metía en el cuerpo, mi mamá nos sentaba a la mesa y nos daba de comer.
Se aseguraba de que estuviéramos llenos y, cuando terminábamos de relamernos, cerraba la puerta para que las vecinas no vieran la paliza tan tremenda que nos daba.
Pasábamos semanas portándonos muy bien.

Mi papá era un ángel.
Una noche, no sé por qué, teníamos miedo y esperamos despiertos a que llegara.
Cuando por fin estaba en la casa, seguimos sus movimientos en la oscuridad.
Lo vimos llegar a la cama sin hacer mucho ruido.
Mi mamá estaba dormida o fingía estar durmiendo.
No sé porque teníamos miedo de que esa noche mi papá se pusiera violento.
Respiramos tranquilos cuando lo oímos roncar.
Al otro día estaba juguetón y muy sonriente.


Cuando alguien me dice que un niño es muy bueno, me río y recuerdo las cosas que hicimos cuando éramos niños.



* * *


Texto incluido en La brujula del deseo - Cuentos 1986-2014.