jueves, 4 de diciembre de 2014

Razones por las que releo

La columna "Relecturas", de Vivir en El Poblado.

  
   Estaba buscando las gafas y las tenía puestas. ¿Alguien necesita otra prueba de senilidad? Me disponía a escribir la columna de Vivir en El Poblado —y apenas caigo en la cuenta de que la estoy escribiendo—, porque se me ocurrió algo para decir y lo mejor será que lo diga, comenzando en el párrafo que está aquí no más abajito.

Si los lectores supieran la alegría que sienten los columnistas cuando alguno les escribe, soltarían el periódico que leen y escribirían. El drama nacional se titula “El colum­nista no tiene quien le escriba”, porque entre otras cosas nos estamos llenando de columnistas. Están los eruditos, los seudo eruditos, los moralistas, los pugnaces, los que todo lo enjuician, los que todo lo saben, los ilegibles, los que escriben a chorritos, los que hacen y piden favores, los que lisonjean y los que amenazan (¿ya compraron mi libro?), los que disfrutan con minucias del mundo o del idioma, y los que ven y entienden países y continentes. Todos, sin excepción, se alegran cuando alguien les escribe. También se asustan cuando alguien los amenaza y los deja monotemáticos. Pero en general hay alegría, mucha dicha, cuando alguien nos escribe.

La vez pasada hablé de Eric Blair, más conocido como George Orwell, y mencioné sus libros más pedagógicos y también más conocidos. Esta semana me llegó una carta del señor Don Bernardo Mora. Me llamaba Don Gustavo y con tono irreconocible proseguía a decirme: “Hay dos obras de George Orwell que vale la pena leer: Que no muera la aspidistra y Los días de Birmania”. A continuación, hacía una disertación que me eximía de mi ignorancia: “Generalmente las obras iniciales de un escritor pasan desapercibidas y son opacadas por genialidades como 1984 y Rebelión en la granja”.

“No me diga”, pensé mientras veía el nombre de mi corres­ponsal, pero no veía la menor cortesía.

Recordé uno de mis cuentos favoritos, uno que me ha sido más útil en la vida que Rayuela o Cien años de soledad: la historia del viejo y el niño que viajaban con un burro. No sé si se la saben. La he contado muchas veces y ya me cansé de hablar con sordos. Está en dos o tres de mis obras iniciales.

Releo porque lo normal es que lo que pase desaper­cibido sean las genialidades, incluso cuando parecen haber tenido éxito. Ahora mismo me muevo con horror por los pantanosos caminos de un tratado sobre las tumbas escrito por Thomas Browne (“Diuturnity is a dream and folly of expectation”); pero claro, estoy soslayando Religio Medici. Degusto noche a noche deliciosas cucharadas de Tom Jones y me asombro con ese cono­cimiento de los seres humanos. El capítulo 6 del segundo libro es una profunda reflexión sobre el escándalo de Bill Cosby, y en otro lado hay un consejo que le vendría como anillo al dedo a un presidente que conozco: “Una de las máximas que el Diablo dejó a sus discípulos, en una visita reciente a la tierra, fue que una vez conseguido lo que se busca es preciso deshacerse cuanto antes del amigo que nos ayudó a conseguirlo”. Cada noche también leo un poema del mejor libro de Chesterton y bebo un poco de rabia de los hermanos Karamazov. Me gozo mi melancolía con la Anatomía de la melancolía y me muevo con cautela por los últimos cuentos de Joyce Carol Oates, siempre preguntándome por qué a esa mujer se le permiten perversiones que a nadie más le permitirían.

Gracias al señor Bernardo Mora por su carta. La alegría sigue siendo muy inmensa. La próxima vez que me escriba, por lo menos dígame estimado.


Publicado en Vivir en El Poblado el 4 de diciembre de 2014.





El cielo no muda su sentencia

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La mujer de garabato

                                                                                           Foto Leo Matiz

Al lado de la gallina telegrafista y de Vargas el averiguador, el planeta de la infancia lo habitaba un montón de criaturas extrañas entre las que se encontraba la mujer de garabato. He vuelto a recordar esta semana a la mujer de garabato, a raíz de un intercambio epistolar que he sostenido con una de mis lectoras de Vivir en el poblado.  La semana pasada empecé mi columna de por allá diciendo que “el internet” era una cosa agridulce. Al día siguiente recibí un mensaje en el que se me informaba que no se decía “el internet”, sino  “la internet”, porque se trata de una red, y que en mi posición tenía el deber de dar un buen ejemplo a los lectores.
Confieso que mi primera reacción fue sentirme culpable. Pero luego se me ocurrió que la precisión era más o menos imprecisa. Le agradecí a la lectora el  comentario y, en mi defensa, le dije que todo el concepto internet también se podía traducir como “sistema”, con toda esa familia de palabras masculinas de remoto origen griego terminadas en “ma”, como poema o esquema o problema. También le aseguré que no tenía la intención de menospreciar al género femenino, que me despierta toda clase de simpatías. Poco después recibí un mensaje suyo en el que me decía que apreciaba mi respuesta y que le parecía correcta. Esa noche me fui a dormir tranquilo, pensando en la dulzura de mi amada. Dormí como un lirón, a pierna suelta, pero después me levanté convertido de nuevo en un peligro social. La lectora había consultado a un amigo suyo ingeniero de sistemas, quien había dictaminado que el internet era mujer. Cuando logré sacudirme la culpa pude responder:
“No dudo que tu amigo ingeniero de sistemas sabe lo que es un sistema. Pero, como soy casi tan terco como tú, pienso que aún puedo defenderme. Lo que en el mundo hispano se suele llamar “la red” viene del término inglés “net”, que en su lengua original no tiene género. De manera que nuestro atrevimiento de ponerle falda o pantalones al internet viene de la traducción más frecuente que hacemos de net, esto es “red”, que en nuestro mixto lenguaje, no lo discuto, es una palabra femenina. Pero, qué tal si en lugar de la palabra red, la que predominara fuera “trasmallo”, por ejemplo, que es una hermosa denominación que en los pueblos del Caribe le dan a lo que  los angloparlantes llaman “net”. Como ves, el hecho de que llamemos red a la red es una cosa cultural y hasta socioeconómica. Si los costeños fueran una potencia mundial, todos estaríamos hablando del trasmallo: ‘se me cayó la conexión del trasmallo’, ‘voy a revisar mis mensajes en el trasmallo’.
La lectora y yo somos ahora grandes amigos. Pero he vuelto a recordar esa historia incompleta que misia Nubia mencionaba a cada rato: “este mugroso es más terco que la mujer de garabato”. Recuerdo que una vez le pregunté en qué consistía la terquedad de la mujer de garabato y lo único que me dijo es que, al morir ahogada, la mujer sacó el último dedito por fuera del agua y dibujo un garabato.  La historia es de una ambigüedad moral inquietante: ¿por qué murió ahogada?, ¿qué papel jugó garabato en esa muerte?, ¿cuáles fueron esas otras manifestaciones de su terquedad?  Me temo que nunca sabré la respuesta a esas preguntas. De la mujer de garabato sólo conozco ese dedito arqueado, pero ha tenido una influencia decisiva en mi vida, ignoro si para bien o para mal. En cuanto a la lectora que se empeña en que yo sea un buen ejemplo, pensamos reunirnos en un cibercafé. Tenemos decidido agarrar al internet y entonces subir su falda o bajar sus pantalones, ese método antiquísimo y todavía infalible para saber si una cosa es ella o él.


Oneonta, septiembre de 2010.
 Publicado en el periódico Centrópolis.




martes, 2 de diciembre de 2014

TELONES DE PAPEL. El cine en la obra de Julio Cortázar

Ponencia presentada en el encuentro de críticos de cine organizado en Pereira, en octubre de 1997. Texto incluido en Un tal Cortázar y otros pasos en las huellas.




Antes de entrar a definir el territorio de esta charla, quiero leer un fragmento de ‘Queremos tanto a Glenda’, el cuento que dio nombre al libro de relatos publicado por Julio Cortázar a finales de 1980:
“Uno va al cine o al teatro y vive su noche sin pensar en los que ya han cumplido la misma ceremonia, eligiendo el lugar y la hora, vistiéndose y telefoneando y fila once o cinco, la sombra y la música, la tierra de nadie y de todos allí donde todos son nadie, el hombre o la mujer en su butaca, acaso una palabra para excusarse por llegar tarde, un comentario a media voz que alguien recoge o ignora, casi siempre el silencio, las miradas vertiéndose en la escena o la pantalla, huyendo de lo contiguo, de lo de este lado.”
Quiero aprovechar esta descripción de la fuga, para proponerles -como tantas veces lo hizo Cortázar- que huyamos a lo otro, al otro lado de las relaciones entre el cine y la literatura, y nos instalemos por un momento en el mundo de la palabra escrita.
 Soy consciente de que este lado -el del cine- también daría bastante que decir a propósito de Julio Cortázar. En la memoria de muchos de nosotros aún quedan imágenes de Blow up, la película de Antonioni inspirada en el cuento de Cortázar Las babas del diablo. Larga es la lista de relatos de Cortázar llevados al cine: Circe’, ‘Cartas de mamá’, ‘Continuidad de los parques’, ‘El ídolo de las Cícladas’, ‘El otro cielo’, ‘Pérdida y recuperación del cabello’ y hasta ‘El perseguidor’, con música de Gato Barbieri.


Se han hecho versiones cinematográficas en torno a algunos apartes de Rayuela y, como hecho curioso, la televisión colombiana fue testigo de la única versión de Los Premios, la primera novela de Cortázar, una completa tragedia escenográfica en la que lo único rescatables eran las escenas en que Amparo Grisales se bañaba en su camarote de cartón-paja.
Pero, en lugar de proponerles un recorrido por la filmografía cortazariana, quiero invitarlos a un paseo por la obra del escritor argentino, sin duda uno de los autores latinoamericanos que mayor atención han concedido al cine en su obra literaria, al lado del también argentino Manuel Puig, el cubano Guillermo Cabrera Infante y el mexicano Carlos Fuentes.
Un recorrido como éste nos permitirá apreciar un asombroso catálogo de la historia del cine y, al mismo tiempo, servirá como testimonio para entender la forma como el cine se asoma e influye en las demás manifestaciones del arte, específicamente en las obras literarias.
Desde sus primeros relatos, cuando sólo era un modesto profesor de provincia en la Argentina, Cortázar menciona directores de cine para alinderar su propia cultura, que ya entonces era amplia.
En Distante espejo, un relato de 1943, sólo publicado tras la muerte de Cortázar, Gabriel Medrano, el alter-ego de ocasión, describe su vida en Chivilcoy de la siguiente manera:
“Agregaré, para ilustración total del ambiente en que me muevo, lo poco que resta de sus elementos: poemas en abrumadora cantidad, la quinta edición de Noticias Gráficas, una botella de whisky Mountain Cream, un tablero de cartón donde arrojo discretamente el cortaplumas, reproducciones de cuadros de Gauguin, Van Gogh y Giotto (...) y algunas pocas salidas al cine, cuando por inexplicable equivocación la empresa local trae una película de René Clair, de Walt Disney, de Marcel Carné”.
En su primera novela, El examen, una historia marcadamente autobiográfica, escrita en 1950, publicada también después de su muerte, Cortázar recurre al mismo mecanismo para definir sus hallazgos al regresar a Buenos Aires, donde se encontró con corrientes culturales y artísticas que su vida de provincia le había negado.
Allí vemos la primera mención de Chaplin -por quien siempre sintió una deuda de gratitud- y del Acorazado Potemkim, una de las películas preferidas de Cortázar, que reaparecería años después, en “Rayuela”, como la preferida de la Maga.
En 1951, pocos meses después de la publicación de su primer volumen de relatos, Bestiario, Cortázar viajó y se radicó de manera definitiva en París.
Mucho se ha dicho sobre el profundo significado de este viaje en la vida y en la obra de Cortázar. Como él mismo lo expresó, París fue su camino de Damasco y, al caer de su caballo imaginario, Cortázar comprendió que el mundo y el arte eran mucho más amplios y complejos que lo que había podido intuir desde la Argentina.
En Francia, Cortázar tuvo acceso a manifestaciones artísticas definitivas en la evolución de su obra y, a la influencia de la literatura misma, sumó la creciente influencia de la música, la pintura y el cine.
Ya para 1960, año de la publicación de la novela Los Premios, el cine es un tema recurrente en las conversaciones de los personajes. En diversos momentos y circunstancias, hay en Los Premios referencias a Boris Karloff, James Dean, Errol Flyn y, en una de las escenas más divertidas de la novela, la caótica conversación entre Atilio Presutti, la Nelly, doña Rosita y doña Pepa, desfilan -como animales de circo- Esther Williams, Norma Talmadje, Lilian Gish, Marlene Dietrich, Charles Boyer y Lo que el viento se llevó.
Con todo y el desfile, hasta ese momento, la presencia del cine en la obra de Cortázar es sólo referencial. Es en “Rayuela”, la famosa antinovela publicada en 1962, donde el cine ocupa un papel protagónico.
Ya en el primer capítulo del libro podemos leer:
“Y entonces en esos días íbamos a los cineclubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsiva previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien y que Pabst y que Fritz Lang”.
En el capítulo 60, Morelli −el escritor en permanente reflexión sobre su arte– hace una lista de reconocimientos, de deudas de gratitud, que no alcanzó a incorporar en su obra publicada. Allí, en medio de escritores, pintores, músicos y antiguos poemas épicos, aparecen Buñuel, René Clair y hasta Chaplin “tachado con un trazo muy fino, como si fuera demasiado obvio para citarlo”.
En Rayuela, el cine se convierte en herramienta estilística con usos diversos. Por un lado, decenas de títulos de películas aparecen camufladas en diferentes momentos narrativos. Veamos algunos ejemplos. Aquí, en medio del relato, aparece una película de Hitchcock:
“Traveler se asomó al pozo caliente, miró la calle donde un diario abierto se dejaba leer indefenso por un cielo estrellado y como palpable. La ventana del hotel de enfrente parecía más próxima de noche, un gimnasta hubiera podido llegar de un salto. No, no hubiera podido. Tal vez con la muerte en los talones, pero no de otra manera. Ya no quedaban huellas del tablón, ya no había paso.”
Y aquí, en este juego de palabras, una actriz:
“Porque en realidad él no le podía contar nada a Traveler. Si empezaba a tirar del ovillo iba a empezar a salir una hebra de lana, metros de lana, lanada, lanagnórisis, lanatúrner, lannapurna, lanatomía, lanata, lanatalidad, lanacionalidad, lanaturalidad, la lana hasta lanaúsea pero nunca el ovillo”.
También un par de cintas de los hermanos Marx:
“Órbitas aisladas, de vez en cuando dos manos que se estrechan, una charla de cinco minutos, un día en las carreras, una noche en la ópera, un velorio donde todos se sienten un poco más unidos”.
Quizá la presencia más notoria del cine en el estilo de Cortázar, es la utilización de actrices famosas para caracterizar sus personajes. El recurso se utiliza con tanta frecuencia que podría decirse que es un rasgo distintivo del estilo Cortázariano.
En el capítulo 48 de Rayuela, cuando Oliveira regresa a Buenos Aires, encuentra en el puerto a su viejo amigo Traveler y a la esposa de éste, Talita, “con un gato en una canasta y un aire amable y Alida Valli”.
Más adelante, en un patio bonaerense, la Cuca “sacaba una polverita y se arreglaba con un gesto de directora clínica, algo entre Madame Curie y Edwidge Feuillère.
Y en el capítulo 92:
“Pola tocaba a veces la guitarra, recuerdo de un amor de altiplanicies. En su pieza se parecía a Michelle Morgan, pero era resueltamente morocha.”
Pero no es sólo a nivel formal que se da la presencia del cine en Rayuela.
En la pasión con que el doctor Ovejero -el director del manicomio- guarda una foto de Mónica Vitti, podemos ver los principios de un fetichismo que será desarrollado de manera más amplia en obras posteriores.
A partir de Rayuela, el cine deja de ser una referencia o un simple tema de conversación, y pasa a formar parte de las pasiones, obsesiones y fantasmas de los personajes de Cortázar. En el capítulo 32, la Maga le dice a su hijo Rocamadour:
“Horacio me trata de sentimental, de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkim y hay que verlo así se caiga el mundo.”
Ahora el cine se conecta con las obsesiones más íntimas de los personajes. La Maga se conmueve una y otra vez con ese cochecito que rueda sin esperanza por las escalinatas del puerto de Odessa.
Talita, por su parte, “tasca el freno de unos celos puramente artísticos en la oscuridad del cine Presidente Roca”, y lleva a su esposo Traveler a reconciliarse con la vida viendo a Marilyn Monroe.

* * *

En la última novela de Cortázar, Libro de Manuel, publicada en 1973, uno de los hilos narrativos principales es un sueño del protagonista que transcurre en un extraño teatro de cine.
El personaje intenta, a lo largo de la obra, encontrarle respuesta al enigma de ese sueño, a la extraña disposición de las sillas en el teatro y al filme de misterio de Fritz Lang que se proyectaba en el telón.
Como un reconocimiento adicional al estrecho vínculo que existe entre el cine y la cultura contemporánea, La Joda, el grupo de la novela, tiene entre sus actos de subversión el sabotaje a las películas que más emoción producen en los espectadores.
“Y entonces justo cuando la Brigitte comienza a convertir la pantalla en uno de los momentos estelares de la humanidad, o más bien en dos y qué dos, che, eso no se impugna ni contesta (...), en ese momento justo Patricio se levanta y produce un espantoso alarido que dura y dura y dura ...”
 El cine reaparece en otro de los clímax de la novela, el momento en que Lonstein encuentra alguien dispuesto a escucharle su elaborada apología de la masturbación:
“Como a mí no me funciona la pareja y las mujeres me salen aburridas en todos los planos, he tenido que crear mi propia dialéctica onanista, mis fantasías todavía no escritas pero tanto o más ricas que la literatura erótica.”
A estas palabras, Andrés Fava, el alter ego de Cortázar responde:
“En fin, cuando yo me masturbaba a los quince o dieciséis años lo hacía imaginándome que tenía en los brazos a Greta Garbo o Marlene Dietrich, cosa que, como ves, no era una pavada, de manera que se me escapa el mérito especial de sus fantasías.”
Escuchemos a Lonstein, antes de dejarlo a solas con su onanismo:
“No es tanto por ese lado, aunque también admite desarrollos más vertiginosos de lo que te imaginas con tus Gretas y tus Marlenes, pero lo que cuenta es la ejecución, y en eso está el arte. Para vos la cosa es una mano bien empleada, ignorás que precisamente el primer peldaño hacia la verdadera cúspide del fortrán consiste en la eliminación de toda ayuda manual.”




* * *

Y así llegamos a nuestro punto de partida, el cuento Queremos tanto a Glenda, publicado por Cortázar en 1980.
Queremos tanto a Glenda nos cuenta la historia de un núcleo de personas que se encuentran y se unen en torno a su admiración desaforada por la actriz de cine Glenda Garson.
Las películas que se le atribuyen a la actriz idolatrada (El látigo, El fuego en la nieve Los frágiles retornos, El uso de la elegancia) terminan por aclarar que se trata de una versión literaria de la actriz inglesa Glenda Jackson.
Con el paso del tiempo y las películas, el núcleo comprende que su misión va mucho más allá de reunirse después del cine a comentar la actuación de Glenda Garson.
Gracias a la solvencia económica que Cortázar le concede a uno de los personajes (lo hace socio de Howard Hughes en unas minas de estaño en el Paraguay), el núcleo se impone la tarea de recoger todas las copias existentes de las películas menos perfectas de Glenda Garson (aquellas estropeadas por los directores, nunca por Glenda) para arreglarlas haciendo cambios en la edición.
Aquí el relato se parece a Pérdida y recuperación del cabello, un cuento publicado en Historias de cronopios y de famas, ya que los personajes rastrean el mundo entero, llegan incluso a invadir filmotecas privadas en los Emiratos Árabes para recuperar todas las copias de las películas y regresarlas luego modificadas.
Cuando la tarea ha terminado, el Núcleo recibe con alegría la noticia de que Glenda Garson se retira del cine y entienden que ese es el final justo y oportuno para una carrera sin mácula.
Pero la historia cambia de rumbo un año más tarde, cuando la actriz siente nostalgia del cine y decide regresar. Al conocer esta noticia, el Núcleo sostiene la última y más tensa de sus reuniones, al final de la misma tienen claro lo que hay que hacer para impedir que Glenda destruya la perfección alcanzada. Irazusta, el adinerado de la historia y uno de los fundadores del Núcleo, se encargara de todo, y todo, para decirlo en pocas palabras, está prodigiosamente condensado en la última frase del relato:
“Queríamos tanto a Glenda que le ofreceríamos una última perfección inviolable. En la altura intangible donde la habíamos exaltado, la preservaríamos de la caída, sus fieles podrían seguir adorándola sin mengua; no se baja vivo de una cruz”.

Hasta aquí, ‘Queremos tanto a Glenda’ no es más que un cuento en el que Cortázar rinde homenaje al cine y a una actriz amada.
Lo sorprendente, lo que hace de este relato y sus circunstancias algo fuera de lo común, ocurrió dos semanas después de la aparición en México de la primera edición del libro Queremos tanto a Glenda.
Cortázar estaba en San Francisco dictando un curso en la Universidad de Berkeley. Por una circunstancia divertida, que todavía podía llamarse coincidencia, estaba anunciada en un teatro local una película titulada Hopscotch, justamente el título con que había sido publicada en inglés la novela “Rayuela”.
En este punto resulta oportuno subrayar la importancia que Cortázar concedió en su vida a esos extraños encuentros, a esas insólitas figuras que construye la realidad y que la gente llama comúnmente coincidencias.
Para Cortázar, las coincidencias eran algo así como mensajes cifrados que provienen de otros niveles de la realidad. Se negaba a creer que ciertas conexiones fueran un producto gratuito del azar.
Justamente las figuras, como las llamó, son uno de los componentes más poderosos de su obra. En Rayuela, los personajes se mueven por las calles de París atentos a esas señales que casi nadie percibe, a esos instantes fugaces en que otras dimensiones parecen revelarse. Otra novela de Cortázar 62/ Modelo para armar explora de manera exhaustiva la idea de que, más que nuestras pasiones o psicologías, lo que rige la vida de los hombres son movimientos triviales, exteriores a nosotros y casi siempre inexplicables.
 Por eso significó tanto para Cortázar descubrir que la protagonista de la película con el nombre de su novela era, y no podía ser otra, que Glenda Jackson:
“Todo se dio en un segundo, pensé irónicamente que había venido a San Francisco para hacer un cursillo con estudiantes de Berkeley y que íbamos a divertirnos con la coincidencia del título de esa película y el de la novela que sería uno de los temas de trabajo. Entonces, Glenda, vi la fotografía de la protagonista y por primera vez fue el miedo. Haber llegado de México trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar una película que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía ya como una bonita jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así; pero eso no era todo, eso no era nada...”
Dejemos que el mismo Cortázar cuente la historia en Botella al mar, una carta abierta a Glenda Jackson escrita al calor de la emoción y publicada posteriormente en Deshoras, su último libro de relatos:
“Abreviaré un resumen que poco nos interesa ya. En la película usted ama a un espía que se ha puesto a escribir un libro llamado Hopscotch, a fin de denunciar los sucios tráficos de la CIA, del FBI y del KGB, amables oficinas para las que ha trabajado y que ahora se esfuerzan por eliminarlo. Con una lealtad que se alimenta de ternura usted lo ayudará a fraguar el accidente que ha de darlo por muerto frente a sus enemigos; la paz y la seguridad los esperan luego en algún rincón del mundo. Su amigo publica Hopscotch, que aunque no es mi novela deberá llamarse obligadamente Rayuela cuando algún editor de best-sellers la publique en español. Una imagen hacia el final del libro muestra ejemplares del libro en una vitrina, tal como la edición de mi novela debió estar en algunas vitrinas norteamericanas cuando Patheon Books la editó hace años. En el cuento que acaba de salir en México yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscoth. Usted, como siempre, es joven y bella en la película, y su amigo es viejo y escritor como yo. Con mis compañeros del Club entendí que sólo en la desaparición de Glenda Garson se fijaría para siempre la perfección de nuestro amor; usted supo también que su amor exigía la desaparición para cumplirse a salvo. Ahora, al término de esto que he escrito con el vago horror de algo igualmente vago, sé de sobra que en su mensaje no hay venganza sino una incalculablemente hermosa simetría, que el personaje de mi relato acaba de reunirse con el personaje de su película porque usted lo ha querido así, porque sólo ese doble simulacro de muerte por amor podía acercarlos. Allí, en ese territorio fuera de toda brújula usted y yo estamos mirándonos, Glenda, mientras yo aquí termino esta carta y usted en algún lado, pienso que en Londres, se maquilla para entrar en escena o estudia el papel de su próxima película”.

* * *

Así, con esa incalculablemente hermosa simetría, con ese viejo escritor que se mira a los ojos con la actriz amada en otro nivel de realidad, llega a su punto culminante la presencia del cine en la obra de Julio Cortázar.
El cine fue referencia constante, guiño, metáfora, pasaje (la oscuridad del teatro fue un camino para llegar a lo otro: como los puentes, el metro o los tablones) y, lo más importante, el cine se instaló en la obra de Cortázar como uno de sus fantasmas principales, centro de sus obsesiones y figura protagónica en esa película de perseguidores y perseguidos que fue toda su obra.
Quizá ningún otro escritor latinoamericano entendió como él, que el cine es una prodigiosa extensión de los mismos sueños, las mismas fantasías, los mismos horrores que por siempre han estremecido al hombre cada vez que se ha quedado a solas consigo mismo en la tierra de nadie, allí donde todos son nadie.








sábado, 29 de noviembre de 2014

La casa bajo el agua





Alguien,
No es claro quien,
Asegura que fue el viento de las rosas
O el sudor de unas manos
O una suma de llantos
O el temblor de una flor humedecida.

Quizá la soledad ayudó un poco
A llenar, desbordar,
Recipientes y vasos,
Bañeras y fuentes,
A volver navegables
Rincones olvidados.

La casa está inundada,
Pasillos venecianos,
Escalas de cascadas,
Y en una mesa alta,
Muy lejos de las aguas,
Una canoa espera
Al pescador perdido
Por un amor sangrante.






sábado, 22 de noviembre de 2014

El último periodista

En este viejo texto, Wenceslao Triana imagina el privilegio que habría sido trabajar con Germán Mendoza Diago.
Tuve ese privilegio. Germán me abrió las puertas de El Universal y me alentó a escribir. Fue amigo y maestro.
Buen viaje, Germán

(Abril 19, 2020)

Por Wenceslao Triana 

Siempre me ha intrigado lo poco que sabemos de quienes se encargan de que lo sepamos todo. Salvo las estrellas fugaces, el periodismo suele ser un oficio de seres anónimos, de quienes rara vez tienen noticias los lectores.
Pensé en eso cuando leí sobre la entrega de los premios Pegaso de Oro de Periodismo. Me alegró ver a los amigos recibiendo homenajes: a doña Carlota, al maestro Eduardo Herrán (¿alguien está guardando, como se debe, su tesoro fotográfico?), a Ledys Caro, a Carlos Marín. Pero debo confesar que lo que más me alegró fue el premio a Germán Mendoza Diago.
Cuando vivía en Cartagena, cada vez que llevaba mi columna aprovechaba para entrar a su oficina por un rato. He visto su silencioso desempeño y estoy convencido de que ese teutón de Ciénaga de Oro ha sido el alma de El Universal desde hace casi veinte años.
Su credo lo supe muy temprano. Fue una de las primeras veces que visité El Universal, cuando estaba lagarteando para que me publicaran. Ya entonces había notado que era uno de los primeros periodistas en llegar y uno de los últimos en marcharse. Sabía también de su pasión por el cine y por la poesía y quise preguntarle cómo se hacía para no sucumbir al poder demoledor del periodismo. Germán mandó a un periodista a cubrir una rueda de prensa, diagramó dos páginas, edito tres fotos y luego me dijo: “Borges dijo que no hay que dejarse acanallar”.
Eso es Germán Mendoza, un hombre que no se ha dejado acanallar. Pero es más que eso, es quizá la última versión del periodista a la vieja usanza, esos para quienes el periodismo es la vida misma.
Mi amigo Eliécer López suele decir que los periodistas de hoy no son como los de antes, que ni fuman, ni son mujeriegos, ni beben, ni se van tarde a casa. “Qué clase de periodismo es ése”, dice Eliécer sonriente. Creo que el único requisito que cumple Germán Mendoza es el de irse tarde a casa. Porque Germán no descansa hasta estar seguro de que el periódico saldrá bien. Cuando alguien no puede llenar una página, Germán se encarga del asunto. Cuando a todos los periodistas les da gripa, Germán se sienta tranquilo y escribe todo el periódico. Uno podría pensar que tanta entrega es vocación de sufrimiento. Pero hay que verle la emoción ante los retos, para saber que Germán es distinto a todo el mundo.
A Germán le gustan los grandes acontecimientos. Es un genio de ese arte curioso y efímero que es diseñar primeras páginas. Cuando algo grande ocurre, es posible verlo frenético, aventurando fotos de seis columnas o titulares de tres palabras. Al día siguiente trae un gesto triunfal por haber derrotado a los grandes periódicos. Uno de los títulos periodísticos más hermosos que he leído en mi vida lo escribió Germán. Fue cuando los científicos anunciaron la fecha del Bing Bang. El título fue avasallante: “Hace quince mil millones de años, Dios creo el universo”.
También es posible saber cuándo anda enfrascado en una de sus crónicas. De pronto, adquiere un aire sigiloso, como de estar manipulando información confidencial, y al poco tiempo aparece una reconstrucción histórica en la que parece haber consultado hasta a los espíritus del más allá.
Lamento no haber sido periodista de El Universal durante estos años en que Germán ha capitaneado. De haberlo sido (en el hipotético caso de haberlo sido) me consideraría el tipo más afortunado del mundo por haberlo tenido como maestro. Un raro maestro Zen de periodismo que imparte sus enseñanzas sin que parezca que está entregando grandes lecciones definitivas.
Junio 5 del 2002





jueves, 20 de noviembre de 2014

De regreso en la granja



George Orwell ha sido un viejo amigo de la casa. A princi­pios de los años setenta me acostumbré a ver en el estante de la sala un ejemplar de su novela, 1984. Me llamaba la atención el valor de titular un libro con una cifra que además era un año que aún estaba por venir. Me propuse leerla antes de esa fecha futurista. Mi entendi­miento del poder y la política sería mucho más vago si no hubiera devorado esa novela como si mi propia vida dependiera de ello. La derrota de Winston Smith fue para mí una afrenta personal. Me propuse llevar más lejos el esfuer­zo por permanecer despierto.

Por gratitud con Orwell, traté luego de leer Animal Farm (Rebelión en la granja), pero no me gustó tanto. Incurrí en la injusticia —tan común entre los lectores de admiración fácil— de no perdonarle al autor que cambiara las reglas del juego y se expresara de otro modo. Me sentía incómodo leyendo fabulitas siendo, como me creía, un lector serio y ya con varias obras maestras encima. Para colmo, en aquel tiempo no era posible llegar a Animal Farm libres de su sentido alegórico. Entre los sabihondos de entonces era una verdad trillada que cada animal de la granja representaba un personaje histórico: el cerdo filósofo era Marx, otros eran Lenin o Stalin. Lo cierto es que se me armó un lío en la cabeza cuando trataba de recordar quién era cuál. Al final no entendí mucho de lo que leía, pues tenía la sensación de que, para poder desentrañar los secretos del libro, antes debía conocer todos los detalles de la historia universal a principios del siglo XX.

No puedo decir que tenía planes de releer Animal Farm. Pero recientemente, con mi amiga Valen Chaucer, he descu­bierto el placer de leer en compañía, de compartir impresiones y entusiasmos con almas afines que además nos ayudan a ver lo que soslayamos y a apreciar mejor los libros que acabamos de leer. Así que mi amiga propuso Animal Farm y no me quedó otra alternativa que obedecer, pues de lo contrario iría a rebelarse apenas yo propusiera el próximo título. Un argu­mento suyo terminó de convencerme: me dijo que me olvidara de las referencias históricas, que hiciera de cuenta que nunca existieron ni Lenin ni Marx. Le hice caso y santo remedio.

El libro de Orwell brilló ante mis ojos en toda su majestad. Ahí estaban los caminos al infierno construidos con las piedras de las buenas intenciones. Estaban los ideales traicionados y la prosperidad de la mentira. Estaban las ovejas que hacen ruido para interrumpir todo diálogo. Están los medios y los gestores de propaganda manipulando mentes y pasados. Están los que regalan su fuerza a causas que no entienden, envanecidos por su propia fortaleza. Están los pocos escépticos a los que nadie oye. Están incluso los marginales, los que se visten de suciedad para pasar por debajo del radar. Está la vida toda, las sociedades de ahora y de casi siempre, con todas sus absurdas ceremonias, con unos pocos privilegiados y unas inmensas mayorías esclavizadas y resignadas.


Muchos sostienen que George Orwell fue mejor ensayista que novelista. Le era imposible renunciar a la intención pedagógica. Su ensayo “Matar un elefante” sintetiza en menos de diez páginas la historia colonial inglesa. Sus novelas no renuncian a filosofar. Al igual que 1984, también Animal Farm tiene un final desolador. Uno podría aventurar que a Orwell le tocaron tiempos som­bríos. El problema es que, después de leerlo, uno queda convencido de que todos los tiempos son sombríos.



Publicado en Vivir en El Poblado el 20 de noviembre de 2014.






viernes, 7 de noviembre de 2014

Las plagas de Santa María

Un fragmento de Santa María del Diablo.



     El primero de agosto de 1514, Pedrarias escribió al Rey para darle cuenta de su llegada. Sin mencionar el reporte de Balboa, hizo una detallada descripción de la situación de la colonia y de la gobernación. Varios miembros de la expedición escribieron a la Corte y dijeron que el clima era pestífero y más pernicioso que el de Cerdeña. Se sentían en el infierno, y la lista de quejas era interminable. Decían que Santa María estaba en un valle profundo, rodeado por ásperos collados, por lo que sólo recibía los rayos del sol de manera perpendicular, y que aquella luz era incisiva y molesta. Se quejaban de la lluvia y los caminos pantanosos, y de los mosquitos que pululaban en las aguas estancadas. Decían que las pulgas y los sapos y otras alimañas brotaban cuando el sudor de los esclavos caía al suelo.







jueves, 6 de noviembre de 2014

Santa María del Diablo

Publicada por Ediciones B Colombia, 
Santa María del Diablo salió al mercado el 5 de noviembre de 2014.

La novela cuenta la historia de Santa María de la Antigua del Darién,
la primera ciudad española en Tierra Firme.


Aquí algunos enlaces de interés:








Sobre la novela



Un fragmento de la novela en el suplemento Generación, de El Colombiano.
Noviembre 9 de 2014.


En El Espectador. Domingo 16 de noviembre de 2014.














lunes, 3 de noviembre de 2014

Navegando las hojas


Como la belleza del otoño termina por el suelo, he ocupado algunos ratos de las últimas semanas en recoger las hojas que le dan a la tierra tonalidad marciana. Uno de los tesoros más grandes que poseo es un pequeño bosque –tan pequeño que es muestra de optimismo llamarlo de ese modo– , un árbol en el frente y otros en el traspatio, una foresta hermosa poblada de ardillas, a veces visitada por pájaros carpinteros o por ciervos sigilosos que se aventuran desde las montañas. De manera que cuando el otoño llega con su frío afilado, cuando las hojas se despiden en una llamarada, llega también la hora de abrigarse y salir a recoger tanta belleza y tanto despilfarro.
Al principio de esta curiosa aventura que es tener un pedazo de tierra –y es un alivio vivir en un país donde no hay la inminente amenaza de que a uno lo maten para quedarse con ella–, pensé que la manera más eficiente de recoger las hojas sería comprarse una de esas máquinas estilo aspiradora que lo recogen todo con quejumbrosa eficiencia. Pero tuve la suerte de reaccionar a tiempo y comprender que lo mejor era vivir con deliciosa intensidad esa tarea misteriosa de recoger las hojas de manera artesanal, con la ayuda de un rastrillo, poco a poco, sintiendo el crujir de esas miles de pruebas de que una poderosa inteligencia habita tras las cosas. Siempre que salgo a recoger las hojas del otoño recuerdo un ensayo de Gerard Manley Hopkins sobre la belleza. Hopkins usaba la forma de las hojas de los árboles para explicar que la belleza tiene siempre una especie de simetría asimétrica. Cada hoja, cada criatura, parecen estar diseñadas como la suma de dos mitades idénticas, pero cuándo se observa con cuidado se descubre que las mitades tienen diferencias sustanciales. Tenemos, por ejemplo, ojos y orejas a cada lado, pulmones, brazos, riñones, piernas. Pero si la regla fuera rigurosa habría que tener un corazón a cada lado. Hopkins llega más lejos y consigue demostrar que el hecho mismo de que no haya dos hojas perfectamente idénticas es la prueba del inagotable poder creativo de esa mente que todo lo concibe. Si un ser humano estuviera a cargo de la tarea, es probable que se dedicara a producir cosas en serie, iguales las unas a las otras. Pero el mundo es distinto y no hay dos rostros iguales, dos voces, dos palmas de manos.
Mientras paso el rastrillo por el mar amarillo, pienso también en las tonalidades: cobres, ocres, rojos, marrones, carmesíes; algunas –poquísimas– de un verde obstinado. Llamar amarillo a todo aquello es como decir que estas frases son aliteraciones. Entonces recuerdo aquella frase de Gilberto sobre cómo hay en el alma más matices distintos que colores en un bosque en el otoño, sobre cómo es imposible expresar la foresta interior con el habla y sus aullidos limitados.
Pero a medida que avanza la tarea dejo de ser libresco y me sumerjo en hondas cavilaciones. Recuerdo vivamente los sueños de la noche anterior, veo mi vida en perspectiva, levanto la mirada para apreciar las ramas desnudas donde después de algunos meses volverán los colores de la vida, pienso que un día no estaré para recoger las hojas, que yo mismo seré como una de esas hojas y que tal vez no vendrá nadie a recogerme.
Pero también las reflexiones filosóficas se diluyen con el transcurrir de la tarea y, entonces, sólo quedan imágenes absurdas: una campana sorda y delirante, un pulpo enorme aferrado a una maleta, un tres de copas y una pelota.
Y al final ni siquiera hay imágenes, ni siquiera hay conciencia. Sólo hay una criatura en el bosque que acaricia la tierra, que transcurre y se marcha.
Publicado en Centrópolis, en octubre de 2008.