martes, 13 de enero de 2015

Las noticias de Santa María del Diablo

Un repaso a las noticias y reseñas que ha recibido la novela Santa María del Diablo.
Mis agradecimientos a los periodistas y lectores y, en especial, a Merceditas Jaramillo y Lina María Roldán por la extraordinaria labor de medios con motivo de la presentación de la novela en Medellín. 



Con Juan Gonzalo Betancur, en la presentación de Santa María del Diablo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, enero 16 de 2015.








En el programa Habitantes de la noche (Múnera Eastman Radio), de Alonso Arcila Monsalve.



En el suplemento GENERACIÓN, de El Colombiano



Una entrevista con Javier Rodríguez en la emisora de la Cámara de Comercio de Medellín.



En el noticiero de TELEMEDELLÍN






En el periódico El Mundo, una reseña de Juan Pablo Ramírez



En la sección "El postre", del noticiero HORA 13

Minuto 3:50








Con Juan Guillermo Montoya, en Hoy por Hoy, de Caracol.






En Vivir en El Poblado



En el periódico El Colombiano, de Medellín



En Octavio Prensa



En Octavioprensa


En el suplemento Generación, de El Colombiano.


Una reseña y perfil, en El Tiempo - Caribe.



En El Espectador, de Bogotá.



En El Meridiano, de Córdoba



En Nueva York Digital










Entrevista con Tatiana Balvín, de Teleantioquia



Entrevista para el canal Cosmovisión




sábado, 10 de enero de 2015

Santa María del Diablo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín

     Fundada a finales de 1510, Santa María de la Antigua del Darién fue la primera ciudad española en el continente americano. Estaba situada en la costa occidental de lo que hoy se conoce como el Golfo de Urabá, llegó a tener una población superior a la de Madrid y fue el primer centro de la colonización en Tierra Firme.
     Personajes como Vasco Núñez de Balboa (el descubridor del Mar del Sur), Pedrarias Dávila (la Cólera de Dios), Gonzalo Fernández de Oviedo (el cronista de la Corona, el Dios de las tijeras y el autor de la primera novela escrita en el Nuevo Mundo), Francisco Pizarro y Diego de Almagro (los conquistadores del Perú), y Bernal Díaz del Castillo (cronista de la expedición de Hernán Cortés), entre otros, protagonizan la historia de este pequeño imperio en la selva que surgió y se esfumó en menos de quince años.
     La historia de Santa María de la Antigua desborda los límites de la imaginación y explica en buena parte lo que ha sido Hispanoamérica desde entonces. Aquí están el deslumbramiento de los europeos con el Nuevo Mundo, el desconcierto y la aniquilación de las poblaciones nativas, la exuberancia de la naturaleza, el encuentro de culturas, las enfermedades de los cuerpos y las almas. El cielo y el infierno se juntaron en esta ciudad que fue escenario de convivencia apacible entre españoles e indios, pero también de intrigas, desafueros y grandes crueldades.  







martes, 6 de enero de 2015

La tarea más díficil

"No hay tarea más difícil que la de cuidar un alma". 


Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés



Fuente: "Historia y cultura del maíz", http://www.codexvirtual.com/maiz/






lunes, 29 de diciembre de 2014

viernes, 19 de diciembre de 2014

Ayer perdí mi reloj...


Ayer perdí mi reloj. Esta mañana perdí mis zapa­tos. Me quedan por perder las medias —con rotos pa­ra que se asome el dedo gordo—, los panta­lones —cargados de polvo y de camino—, la camisa —con más ganchos que botones— y los calzoncillos. En­ton­­ces, ahí sí... No, ahí no. Después de todo eso me quedarán por perder la vergüenza, la dignidad, el orgullo (¿Quién habrá hecho un inventario del ropero del espíritu? ¿Quién sabrá qué se pone o se quita uno antes que lo otro?), la voluntad... y cuando todo esté perdido, entonces, ahí sí, quedará solitaria la esperanza. La esperanza es lo último que se pierde... pero también se pierde.


De Criatura perdida



miércoles, 17 de diciembre de 2014

Adiós Colbert, adiós - La columna de Vivir en El Poblado



Este jueves se acaba aquí en el País del Sueño un programa llamado The Colbert Report. Nunca hubo ni habrá una serie como esa, y la tristeza es semejante a la que tuve hace veinte años, cuando se terminó Los años maravillosos. ¿Por qué hablar de un programa de la televisión gringa? Quizá porque en Colombia hay poco humor. Hay matoneo sonriente, hay chistes automáticos con todo lo notable, hay risas humilla­doras, hay menciones maliciosas y poses irreverentes, pero humor, humor de sátira, humor inteligente y compasivo, humor que se ríe de sí mismo, esas cosas raras veces podemos encontrarlas.

Colbert —el personaje de Colbert que morirá este jueves— nació en otro programa llamado The Daily Show. Allí tenía ocasionales apariciones esa parodia del hombre blanco privile­giado, ególatra, con ideas retrógradas, faná­tico e insen­sible a los que no son cómo él. Tan divertido era ese idiota que muy pronto surgió la necesidad de darle un programa. Así empezó The Colbert Report. Algunos críticos le pronosticaron dos sema­nas de vida. Conside­raban la idea descabellada (en inglés las palabras más hermosas son las que hablan del absurdo: pre­pos­terous, ludicrous, farfetched). Pero Colbert fue germi­nando. La gente empezó a apreciar a este hombre que se vestía con la piel y la actitud de lo más feo del alma gringa, para poner en evidencia su maldad y su ridículo. Nueve años y mil quinientos episodios más tarde, Colbert es el hombre más influyente de la televisión norteamericana y se dispone a sentarse en el trono que antes ocuparon David Letterman y Johnny Carson.

Colbert ha hecho cosas que parecen inimaginables. Hace ocho años, durante la cena de corresponsales en la Casa Blanca, trapeó el salón de eventos con George Bush. Por la vía de la humildad, le dijo en la cara todos los sinónimos de imbécil. Hace unos días, Colbert hizo ver a Barack Obama como un hombre sin gracia y muerto del susto frente a una cámara. Aquella vez hablaron del hombre más poderoso del mundo libre y Obama creía que hablaban de él.

Colbert se ha venido despidiendo de manera apoteó­sica. Ha invitado a hacer donaciones y rifará su escritorio y su chimenea entre los que colaboren. El jueves pasado entrevistó a un dragón que destruyó parte del set. Ese día hizo también uno de los chistes más divertidos de sus nueve años. El dueño de Fox —el ciudadano Kane de nuestro tiempo— se llama Rupert Murdock y su palabra, en muchos ámbitos, es palabra de Dios. Murdock dicta lo que la gente debe pensar y cómo se debe medicar. Lo que él dice sale por miles de bocas en sus canales y emisoras. Hay que tener los pantalones bien puestos para meterse con ese tipo. El jueves pasado Colbert habló de Murdock en relación con un tema más general y, cuando apareció la foto del viejo terco, de pelo teñido y con papada, el todopoderoso ante quien todo el mundo se doblega, Colbert hizo de paso una caricatura que es todo un clásico. Describió al personaje como el primer sobreviviente “de un trasplante de escroto a la cara”. Creo que me reiré por mucho tiempo de ese chiste: de lo casual del apunte, de lo brutal e inesperado de la imagen, de la disolución de jerarquías y del patetismo humano que quedó contenido en ese comentario.


Recordaré a Colbert con gran nostalgia. Dudo que su paso al principal programa de televisión norteamericana le permita tener las libertades que tuvo con su caricatura de la mez­quindad humana. The Colbert Report es una de las obras de arte más completas y finas de estos tiempos tan torpes y deteriorados.



Publicado en Vivir en El Poblado  el 17 de diciembre de 2014 .






Ovidio fue mi preceptor

 

Ovidio fue mi preceptor. Vino en mi auxilio cuando el inoportuno orgullo (quizá no fuera orgullo, después de todo, sino la preocupación por el juicio que mis actos podían producir en los demás) trató de moderarme. "Despojaos de toda vanidad los que deseáis un amor duradero", me dijo, en el momento justo, y adquirí entonces la deuda que ahora estoy pagando.
Era un placer servirte, correr antes de tu llamado, antes de que expresaras tus deseos. Recuerdo una noche. Pensé que no vendrías. Pensé que sería igual a la primera. Había más gente en la casa de Duarte. Varias soledades deambulaban por la casa. Una de ellas había logrado anticiparse y asumir el control de la música y el fuego.
Escogí la zona oscura, el césped menudo frente a la casa. Me hice una almohadilla con las manos y me recosté a mirar el cielo. Me pregunté si moriría sin saber cuál era la osa mayor. Pensé que en un tiempo remoto las estrellas me habían fascinado, me habían absorbido casi hasta la locura. Pronto estaba tratando de ver dibujado tu rostro en alguna galaxia. Me parecía imposible que no hubiera una galaxia con la forma de tu rostro. Veía una raqueta, un arco, una ardilla sentada; pero no conseguía dar con tu figura. Recordé que el universo seguía más allá y pensé que tu galaxia estaba tan oculta para mí como tú misma. Pero esa idea no me agobiaba como ahora. Sabía dónde localizarte al día siguiente si al final no llegabas. Fue una suerte no saber lo que tu ausencia llegaría a pesarme.
Pensé también que era posible que tu rostro sí estuviera en las estrellas, que mi problema era que estaba en la galaxia equivocada, que tal vez desde otro planeta fuera posible verte sonriendo.
Pero llegaste. Primero fueron las luces, luego el ruido del motor. Deseé que fueras tú y eras tú, pero disgustada, bajando de un carro con las latas arrugadas a un costado, con la ropa y el pelo llenos de barro. Recuerdo que estabas furiosa, que saludaste seca a Duarte y a Adelaida, que pediste permiso para ir al que empezaba a ser tu cuarto. Recuerdo que al mirarme me lanzaste una mirada fulminante.
Corrí detrás de ti, en medio de personas que reían por un chiste general. Te encontré sentada en la cama. Desde el baño venía una ligera claridad. Estabas llorando. Me acerqué. Me agaché para ver mejor tu rostro. Mirabas al frente, la pared de madera, la puerta del baño. Retiré el cabello sucio de tu cara, lo alojé sobre tu hombro, esperé a que me miraras.
“Te busqué”, dijiste. "Me sentí tan sola".
No te pude decir nada. Sentí pena y alegría. Te quité las botas sucias y acaricié tus pies, fingí darte un masaje que no habías pedido pero que tampoco tenías fuerzas para rechazar. Fue difícil contener el deseo de besarlos.
Dejaste que te quitara la chaqueta, aflojaste tus brazos, inexpresiva. Fui al baño a buscarte una toalla. Recibiste mi ayuda con una sonrisa que me gusta recordar. Soltaste dos botones de tu camisa y te detuviste. Te vi alejarte y ajustar la puerta del baño, sin cerrarla del todo. Mientras escuchaba el agua que caía sobre ti, me pregunté si pensaste que yo estaba muy cerca, atento a cada ruido, imaginando cada movimiento. Me pregunto si llegaste a imaginar el desconsuelo que sentí con esa luz que me llegaba de la puerta sin cerrar.
Al comienzo me había negado a pensar en tu cuerpo. Sentía que te ultrajaba, que te ensuciaba, que de alguna manera te perdería si te asociaba con impulsos de los que me avergonzaba. Pero en ese momento, imaginando tu cuerpo bajo el agua, la pugna se hizo casi insostenible. Allí, negándome a admitir que lo pensaba, imaginé que cumplía una cita contigo bajo el agua. Luego me replegué en la idea de que sólo debía actuar después de que me hubieras dado una señal.
Me pregunto si no estuviste dándome esa señal constantemente y sólo sucedía que yo no podía verla. He pasado el resto de mi vida preguntándome eso. He vuelto a mirar una y otra vez en la memoria cada gesto, cada palabra tuya, y mi castigo ha sido ver, sin una sombra de duda, la elocuencia de tu asentimiento.
Dejé de imaginar y me puse a buscarte otra ropa. Salí a hablar con Adelaida y le pedí que me ayudara. Me llevó al cuarto de Duarte y me entregó un pantalón suyo. Sonrió compasiva cuando puso en mi mano unos calzoncitos blancos.
“Es difícil no amarla", dijo.
Al regresar al otro cuarto puse la ropa sobre la cama. Seguías en el baño, pero ya no caía agua. Ya estabas vestida cuando volví de la cocina con un café caliente. De nuevo sonreías. Mirabas divertida mi cautela para no regar nada. Te echaste hacia atrás y reíste tendida en la cama.
“Apuesto a que lo riegas”.
“Apuesto a que no”.
Nunca supe qué gané.



Fragmento de La risa del muerto



martes, 16 de diciembre de 2014

Diálogo de sombras




    Diálogo de sombras


“Mi reno no es de este mundo”,
dice uno
“Como ofrecer monedas al rey Midas”,
dice otro

Beben y están felices y desafinan
  canciones de orígenes remotos

Pero no todo el mundo está feliz
  y una belleza avergonzada
viene a expulsarlos del paraíso

La noche es fresca, tolerable
Las sombras de los tres crecen, se alargan
interminables por las calles
que Ibsen frecuentaba

Uno busca atraparlas con la red
de una cámara. Otro agrega inspirado:
“Cuando los cuerpos se marcharon,
  las sombras siguieron hablando”


Oslo, abril de 2008



Penínsulas Extrañas
Poesía 1990-2010

domingo, 14 de diciembre de 2014

Hay en sus matrimonios cosas que notar


Ninguno se casa con su madre, ni con su hija, ni con su hermana. Ni han acceso carnal con ellas. En todos los otros sí. Y si alguno lo hace con éstas, no es tenido por bueno, ni les parece bien a los otros. El señor principal tiene tantas mujeres como quiere. Los otros tienen dos o tres, si les pueden dar de comer. Y no toman por mujer a la de lengua o gente extraña. Y los señores procuran que sean hijas de otros señores, o al menos de linajes principales, de sacos o cabras, y no plebeyos, salvo si alguna es tan bien dispuesta que, siendo ella su vasallo, el señor la quiera.
El primer hijo varón sucede en el Estado. Faltándoles un hijo, heredan las hijas mayores, y los padres las casan con los principales vasallos suyos. Pero si del hijo mayor quedaron hijas y no hijos, no heredan esas hijas, sino los hijos varones de la segunda hija, porque aquella ya se sabe forzosamente que es de su generación. Así, el hijo de mi hermana es indudablemente mi sobrino, y nieto de mi padre, pero el hijo o hija de mi hermano se puede poner en duda.
Algunas veces los indios de Cueva dejan las mujeres que tienen, y aun las truecan unas por otras o las dan en precio de otras cosas, y siempre les parece que gana en el trueco el que la toma más vieja. Estiman que la mujer cuando es vieja ya tiene asentado el juicio y les sirve mejor, y de las tales tienen menos celos. Estos truques de mujeres los hacen sin que mucha ocasión preceda, sino la voluntad de uno o de entrambos, en especial cuando ellas no paren, porque cada uno acusa el defecto de la generación ser del otro, y desta causa, si después de dos años o antes la mujer no se hace preñada, presto se acuerdan en el divorcio. Y esta separación se ha de hacer estando la mujer con el menstruo o camiasa, porque no haya sospecha de que iba preñada del que la repudia o la deja.
Comúnmente, las mujeres de Cueva son buenas personas, aunque no faltan otras que de grado se conceden a quien las quiere. Son muy amigas de los cristianos las que con ellos han tenido alguna conversación, porque dicen que son amigas de hombres valientes. Y ellas son más inclinadas a hombres de esfuerzos que a los cobardes, y quieren más a los gobernadores y a los capitanes que a los otros inferiores. Y se tienen por más honradas cuando uno de los tales las quiere bien. Y si conocen a algún cristiano carnalmente, le guardan lealtad, si no está mucho tiempo apartado o ausente, porque ellas no tienen por fin el ser viudas, ni castas religiosas.
También hay algunas que públicamente se dan a quien las quiere, y a las tales llaman irachas, porque por decir mujer, dicen ira, y a la que es de muchos y amancebada dicen iracha, como vocablo plural, es decir muchas mujeres o también mujer de muchos. Hay otras tan amigas de la libidine, que si se hacen preñadas toman cierta hierba con que luego lanzan y mueven la preñez. Dicen estas que las viejas han de parir, que ellas no quieren estar ocupadas para dejar sus placeres, ni empreñarse para que, en pariendo, se les aflojen las tetas, de las cuales se precian en extremos. Soy testigo de que las tienen firmes y buenas.
Pero cuando paren se van al río muchas dellas, y se lavan la sangre y purgación, y luego les cesa. Y pocos días dejan de hacer ejercicio en todo, por causa de haber parido, y se cierran de manera que —según he oído a los que a ellas se dan— son tan estrechas mujeres en ese caso, que con pena los varones consuman sus apetitos, y las que no han parido, aunque hayan conocido varón, están que parecen casi vírgenes.
Dicho he como traen sus partes honestas cubiertas, pero también en algunas provincias ninguna cosa se cubren. A la mujer, como dije se le llama ira, y al hombre chuy. Pero en algunas provincias al hombre lo llaman ome.
En esta provincia de Cueva hay asimesmo sodomitas abominables, y tienen muchachos con quienes usan aquel nefando delito, y los traen con naguas o en hábito de mujeres, y se sirven de los tales en todas las cosas y ejercicios que hacen con las mujeres: así en hilar, como en barrer la casa, y en todo lo demás, y estos no son despreciados ni maltratados por ello.

Y al paciente lo llaman camayoa, y los tales camayoas no ayudan a otros hombres sin licencia del que los tiene, y si lo hacen se les castiga con la muerte. Algunos principales que incurren en este error se ponen sartales y puñetes de cuentas y otras cosas que por arreo usan las mujeres, y no se ocupan en el uso de las armas, ni hacen cosas que los hombres ejerciten, sino como es dicho en las cosa feminiles de las mujeres. Los camayoas son muy aborrecidos por las mujeres, pero como éstas son muy sujetas a sus maridos, no osan hablar sino pocas veces o con los cristianos, porque saben que les desplace tan condenado vicio.

Gonzalo Fernández de Oviedo, en Santa María del Diablo






sábado, 13 de diciembre de 2014

La niña y el gigante

a Isabella
 El hombre en la foto me resulta familiar. Tiene uno de esos rostros que uno sabe que ha visto en algún lado. El nombre está en la punta de la lengua y uno siente que apenas recupere esos sonidos todo se pondrá en marcha, el cuarto de la foto se llenará de vida, se escucharán las risas de la novia, los suspiros del hombre, las bromas de quien tomó la foto sabiendo que atrapaba un trozo de existencia sublime y doloroso, dichoso y peregrino.


La niña de la foto está feliz y enamorada. El brazo gigantesco que su novio le pasa por los hombros parece que la aplasta, pero ella no se queja, se apoya con un brazo en la rodilla para mantenerse erguida, levanta la mirada hacia su hombre, lo mira fascinada, como si no creyera que una alegría así fuera posible en esta vida.
La foto es una de esas que pierden los colores lentamente. Tiene un cuarto de siglo y, si alguien no se apura a sacar una copia, pronto será imposible distinguirles los rasgos, detalles de vestidos, armarios y miradas, cortinas y retratos, muñecas que dormitan en la cama.
La niña está de blanco, tiene un cabello rubio y contenido detrás de las orejas, su sonrisa es de éxtasis, se esfuerza inútilmente con el brazo por abarcar la espalda del gigante.
El cabello del hombre es oscuro, ondulado. Lleva un pantalón gris de bota estrecha, que se ciñe a las piernas musculosas. La camiseta oscura tiene las mangas cortas; igual podría decirse azul o negra. La mirada es muy triste. La sonrisa no llega.
Si uno acerca los ojos a la foto empieza a verla borrosa y trastocada, considera posible saltar al otro lado, sentir lo que sienten, vivir lo que viven. Entonces ya la imagen no es ajena, como si el corazón –y no los ojos– fuera el que la mirara.
El hombre en la foto es el hombre más triste de la tierra. Unos meses atrás sostuvo entre las manos el cuerpo de su padre asesinado. Un silencio oscuro y muy helado se le metió en el alma cuando limpió la sangre que le mojó las yemas de los dedos. Se convirtió en un ente, una casa vacía, un barco a la deriva. Tardó casi dos meses para poder llorar y, cuando al fin lo hizo, nunca pudo parar.
Cuando miro los ojos del hombre de la foto, cuando miro sus gestos de muerto sin sosiego, me pregunto qué fuerza, qué milagro secreto consiguió mantenerlo con vida, qué prodigiosa mano de otros mundos lo salvó del error de la venganza, del daño irreparable de reaccionar matando.
La niña que aplasta contra su costado es el ser más dichoso de la tierra. Los ojos de aquel hombre la buscaron por entre multitudes: “Eres la más hermosa que he encontrado, la más dulce y más tierna”, le había dicho el gigante, sin esperar a cambio, sin malicia o pecado. “Un día volveré para buscarte y vamos a casarnos”.
Después de aquella foto volvieron a encontrarse un par de veces. Él recobró la sonrisa mirando aquella niña a la que el corazón quería salírsele por la boca cada vez que lo miraba.
Pero luego sus vidas se apartaron.
La niña guardó aquel recuerdo, cuidando que no se le ensuciara con rabia o esperanza. Cada vez que miraba la foto volvía a preguntarse cómo estaría su gigante, en qué lugar del mundo andaría suspirando.

El hombre tardó mucho en comprender que aquel amor, quizá el más verdadero de todos los que habría de encontrarse, había sido un regalo, por toda la tristeza, por el coraje inmenso de nunca haber matado.

De "Una noche en el bosque".