sábado, 21 de febrero de 2015
jueves, 12 de febrero de 2015
Su iglesia está en llamas - La columna de Vivir en El Poblado
¿Qué significa ser cura? ¿Por qué hay gente que elige ese
camino? De todas las vocaciones, es una de las más raras. Es fácil criticarlos.
Como las multitudes son de gatillo fácil, cuesta poco generalizar cuando se
habla de la codicia de algunos de ellos, de los abusos cometidos contra los
niños. En tiempos en que las hordas atacan y acaban vidas a twiterazos es fácil
ser anticlerical.
El comienzo de Calvary,
la película, es aterrador. Al principio vemos a un sacerdote que lee en la
penumbra de un confesionario. Recordemos que Irlanda comparte con nosotros el
catolicismo, esa versión desaforada del cristianismo. Recordemos que la
confesión es una de sus ceremonias más intrigantes: ese interpelar a Dios en
un ser humano. De repente se escuchan los ruidos de alguien que ha entrado al
confesionario. El cura abre la rejilla. Espera. Hay un largo silencio. Luego
una voz de hombre dice: “Conocí el sabor del semen cuanto tenía siete años”.
Desconcertado, el cura permanece en silencio. El hombre
le pregunta: “¿No tiene nada para decir?”; a lo que el cura responde:
“Ciertamente es una primera línea que sorprende”. Pero el hombre devuelve la
conversación al tono grave para hablar de los cinco años que fue abusado “oral
y analmente” por un cura. Responde con impaciencia a las preguntas sobre si
denunció el caso, si buscó ayuda profesional. Dice que no quiere aprender a
vivir con lo ocurrido, que el violador ya está muerto y que ha decidido matar a
su interlocutor, porque sólo un acto así de absurdo —matar a un cura bueno—
estará a la altura de su dolor. El hombre le da al cura una semana para que
ponga en orden sus asuntos con Dios y lo invita a encontrarse con él en la
playa al domingo siguiente. El cura calla. El hombre vuelve a preguntarle si
tiene algo para decir y el cura responde que no por el momento, pero que está
seguro de que para el domingo siguiente habrá pensado en algo. El resto de la
película es todo lo que ocurre en la semana antes de aquella cita en la playa.
Cuando se habla de curas se tiene la tendencia a creer
que son personas alejadas del mundo, ingenuos que no saben lo que pasa. Calvary nos recuerda que, si alguien de
veras conoce la naturaleza humana, sus más pestilentes cloacas, es justamente
un sacerdote. Uno entiende por qué Chesterton eligió al padre Brown como el
agudo detective de sus relatos policiacos. Nadie tiene un contacto tan directo
con el mal, nadie tiene un conocimiento tan certero del lodazal en que nos
movemos.
En Calvary
ocurre de todo (orgullo, lujuria, adulterio, cinismo, robo y un larguísimo
etcétera), y el padre Lowell es objeto de toda clase de hostilidades. Un
tratamiento realista haría imposible este relato, porque el asunto se
resolvería con escapar o denunciar a quien hizo la amenaza. Pero el enfoque
religioso no sólo hace ver con horror el infierno en que vivimos, también logra
que apreciemos el resplandor de la gracia.
Considerada por algunos la mejor película irlandesa de
todos los tiempos —y criticada por otros por exagerada—, Calvary es un montón de cosas: es una película de vaqueros (un
homenaje a High Noon), una historia detectivesca
(el espectador se la pasa tratando de saber quién será el asesino), un homenaje
a Bernanos (está inspirada en su Diario
de un cura rural), una comedia (cuando el dueño del bar le dice al cura:
“Su iglesia está en llamas”, parece hablar en sentido figurado), pero por sobre
todo es una descarnada reflexión sobre el mal, la inocencia y el perdón.
También, sobre los gestos con los que cada uno de nosotros morirá.
Publicado en Vivir en El Poblado 2 de diciembre de 2015.
Febrero 12, 1984
Fragmento de "Un tal Cortázar'(1986)
A las cinco de la mañana el
dolor se hizo más agudo. Había dormido muy mal. Sentía dolor en el pecho y una
sensación de ahogo.
Aurora llamó a la
enfermera, quien le aplicó una inyección que lo calmó un poco. Amanecía, y esa
mañana de domingo era menos fría que las anteriores.
Cortázar pensó que, salvo
unos años y unas experiencias de más, el hombre que ahora se sentía desfallecer
en la habitación del Hospital Saint Lazare, era el mismo niño que en Banfield
se acostaba en el jardín a mirar las estrellas y a observar los animales.
Los animales siempre habían
ejercido en él una extraña fascinación. Le entusiasmaba y a la vez le aterraba
la completa incapacidad de comunicarse con esos seres que tenían vida propia y
una visión diferente de la realidad. Los gatos fueron sus preferidos; algunos
que pasaron por su vida llegaron hasta sus obras.
Recordó a Theodoro W.
Adorno, ese gato vagabundo que alguna vez llegó a su casa de campo en Saignon
y que terminó por marcharse por donde había venido. Flanelle fue una gata que
también llegó a formar parte del universo literario de Cortázar, era la gata
que él y Carol...
El recuerdo de Carol lo llenó
de tristeza. Fueron pocos años, pero a la vez muy intensos. Había pedido que,
si había que enterrarlo, lo llevaran a la tumba de Carol en el cementerio de
Montparnasse. Fue una forma de ese amor ideal que Cortázar había buscado desde
niño: ese amor que era juego, entrega, potenciación, crecimiento como
individuos y como pareja.
Recordó el viaje que
hicieron juntos por la autopista, el regreso a París, el viaje juntos a
Nicaragua y su recaída al volver a París. Cortázar había empezado a morirse con
la muerte de Carol y, al amanecer del domingo doce de febrero, aún no
terminaba.
Era inútil engañarse,
cuestión de días o tal vez horas y todo terminaría. Cortázar lo sabía muy bien
y procuraba no desesperarse, lo mejor era beber cada minuto hasta el último.
Como a las ocho de la
mañana llegó Luis Tomasello y Aurora, con un gesto, le hizo saber que Julio
estaba grave, que se moría. Ambos se acercaron a la cama para hablarle, pero él
los sacó del apuro diciéndoles lo bonito que estaba el día. Aurora y Luis fueron
a la ventana a ver esa extraña mañana soleada en pleno invierno, Cortázar se
quedó en la cama, callado y pensando, con algo como un nudo en la garganta por
la rabia que le daba lo que veía venir.
De pronto los pensamientos
perdían coherencia. Pensó en Rayuela y en Oliveira, su alter-ego. Aunque el
final de Rayuela era abierto y le daba al lector la posibilidad de decidir si
Oliveira muere o no, Cortázar nunca había creído que Oliveira se matara. Pero
no había hablado mucho del asunto, prefería respetar la interpretación que cada
lector le diera a su novela.
Detrás de la enfermera como
la señorita Cora, entró el médico. Saludó. Le realizó un breve examen.
Recordó que en sus años de
buen porteño había sido hincha del River Plate; aunque sus deportes preferidos
fueron siempre los individuales, en especial el boxeo, esa metáfora de la vida
en la que dos deportistas, solos, medían sus fuerzas. Algo como lo que ahora
sucedía. La vida, que por muchos años había estado ganando la pelea, se veía de
pronto acorralada y lastimada por los golpes cada vez más fuertes de su
adversario.
El médico llamó a Aurora y
a Luis fuera del cuarto. Por la ventana se veían los edificios antiguos de
París, esa ciudad que para Cortázar significaba tanto o más que el mismo Buenos
Aires.
Volvieron con la enfermera
y, como quien consuela a un niño, le dijeron que le aplicaría una inyección
para que no le volviera a doler.
Aurora había ocupado
también un papel importante en su vida. Fue su compañera de los primeros años
en París. Con ella fue descubriendo ese mundo que antes, en Buenos Aires, era
para ellos un simple sueño, una referencia a una vida más plena, lejos del
mundo estrecho de la Argentina. Ahora ella lo cuidaba como a un hijo.
Se volvieron hacia la
ventana y a Cortázar le pareció advertir que Aurora Bernárdez y Luis Tomasello
se miraban a los ojos en el reflejo del cristal de la ventana, se miraban como
dos niños que acaban de cometer una fechoría y se sienten responsables de algo
grave.
Preguntó la hora. Eran las
diez de la mañana. Recordó algo que había escrito alguna vez; era un artículo
sobre sus pianistas preferidos. En ese momento le hubiera gustado escuchar el
solo de piano de Earl Hines, pero sabía que no iba a ser posible. Sería una
necedad pedir escuchar un disco esa mañana del doce de febrero de mil
novecientos ochenta y cuatro, en una habitación del hospital Saint Lazare.
Quedaba un recurso. Desde
muy joven le venía su gusto por el jazz; muchas veces, en algún avión, en una
habitación de hotel, había sentido la necesidad de escuchar algún tema y, al no
tener la grabación, se concentraba, cerraba los ojos y lentamente la memoria lo
devolvía al tema deseado.
Y de golpe, con una
desapasionada perfección, Earl Hines proponía la primera variación de ‘I ain’t
got nobody’. Sabía que alrededor suyo el mundo seguía. Aquí la cama, allá
Aurora y Luis, más allá la ventana, París. Pero lentamente se olvidaba de todo
eso y sólo existía el tema tantas veces escuchando en su vida. Tal vez por la
inyección o por la música, que la memoria le devolvía con mayor nitidez, el
dolor en el corazón era menos fuerte. Le pareció escuchar algo como un sollozo,
de Aurora tal vez, pero de inmediato Earl Hines dominó su atención con esas
caricias nerviosas. I ain’t got nobody en la espalda, en los hombros, los
dedos, el cuello, las uñas, el pelo. I ain’t got nobody, and nobody
cares for me. Nadie se ocupaba de él. Porque
aunque estaban cerca, para ellos era como si se fuera quedando dormido. Para
él, era dejarse llevar, por Earl Hines y el teclado marfil de su piano, a otro
teclado, el de esa máquina de escribir que guarda silencio en un apartamento de
la Rué Martel, esperando en vano el regreso de su dueño.
miércoles, 11 de febrero de 2015
La historia novelesca de Santa María de la Antigua
Juan José García Posada reseña Santa María del Diablo.
Texto leído en el programa El coloquio de los libros (Radio Bolivariana)
y publicado en el blog "El Justo medio"
Gonzalo Fernández de Oviedo
Por Juan José García Posada
Santa María del Diablo es el título impactante de esta obra de Gustavo Arango Toro, publicada porEdiciones B, lanzada hace algunos días en la Biblioteca Pública Piloto. El autor ha enaltecido las colecciones literarias de la Editorial UPB y, como lo hemos resaltado en muchas ocasiones, es Doctor en Literatura, profesor desde hace años en universidades de los Estados Unidos, periodista y comunicador social egresado de la Bolivariana.
La impresión inicial que el libro me causó fue de sorpresa por el conflicto del título: ¿Cómo así que Santa María y Diablo? En realidad se refiere a la primera ciudad fundada en tierra firme en Colombia, Santa María la Antigua del Darién, hace ya cinco siglos. Ciudad que, de acuerdo con los datos aportados por el mismo autor y basados en estudios antropológicos y crónicas antiguas tuvo, en los pocos años que duró, una población superior a la de Madrid. Por diversas causas, que el escritor expone, la ciudad se extinguió y hoy en día se conservan vestigios, objeto de investigaciones muy reveladoras, como las que hizo en su tiempo el recordado profesor Graciliano Arcila Vélez, fundador, con Paul Rivet, de la ciencia antropológica en Colombia. De Santa María la Antigua, de las costumbres de los aborígenes, del paisaje, la geografía, la flora y la fauna y del protagonismo de conquistadores como el temible Pedrarias Dávila o como Balboa el descubridor del Pacífico, trata Gustavo Arango en este relato a modo de novela, de novela histórica apoyada, en gran parte, en los escritos enjundiosos del fecundo cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, autor de la muy extensa, intensa y prolija Historia General y Natural de las Indias.
martes, 10 de febrero de 2015
Una reseña de Cobo Borda: "El absurdo se vuelve personaje"
Juan Gustavo Cobo Borda reseña
El más absurdo de todos los personajes,
en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República.

EL ABSURDO SE VUELVE PERSONAJE
Por Juan Gustavo Cobo Borda
A partir de una observación de Albert Camus en el sentido
de que el escritor es el más absurdo de los personajes, Gustavo Arango elabora
un recorrido personal por autores latinoamericanos que ponen al escritor como
figura decisiva de su ficción[1].
Tal es el caso de Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti, dos uruguayos
duchos en hacer de sí mismos seres oscilantes entre la realidad el sueño y
capaces de configurar orbes narrativos absolutos en sí mismos, como la vasta
saga que Onetti, a semejanza de su admirado William Faulkner, edificó en su
integridad y llamó Santa María. Una ciudad que bien pudo iniciarla en 1950 con La vida breve y mantenerla hasta 1974 en
Dejemos hablar Al viento. Su
interpósito inventor, Juan María Brausen, pensaba hacer un guion para cine y
terminó siendo el Dios que regía una urbe imaginaria con personajes como el escéptico
médico Días Grey, quien también se aburre y también sueña aventuras para
escapar a la monotonía de su vida. Este hecho de imaginar historias, que funden
los sucesos reales con las fantasías del insomnio, remite a pensadores como
Albert Camus y su reflexión sobre el absurdo en El mito de Sísifo y a los estudios de Paul Ricoeur y su
“hermenéutica fenomenológica” donde en la senda de Heidegger de como el ser se
constituye por medio del lenguaje, señala cómo es la narrativa la que en definitiva
constituye la identidad, no solo del narrador, sino también, quizá, del lector.
Porque es la narración la que termina por humanizar el
tiempo y recobra y añora esa pureza perdida que los agobiados personajes de
Onetti recuerdan, entre tantos propósitos fallidos y tantos proyectos
estancados, como aquel célebre que dio pie a El astillero, siempre con sus prostitutas cínicas y tiernas a las
vez y sus niñas imposibles que muestran como todo se mancha y naufraga en esa
vida en la cual adquirieron, según Onetti, “un sentido práctico hediondo”, como
señaló Eladio Linacero, el personaje de su primer libro, El pozo (1939).
Como lo dice Arango, “cuando leemos, no estamos leyendo
solamente textos, estamos leyendo personas, o mejor personajes, en el acto de
buscarse a sí mismo a través del lenguaje” (pag. 107).
Personajes que pueden ser a la vez tan activos
como pasivos. Padecen el mundo y sus categorías y les oponen sus tantas veces
perezosas, pero necesarias fantasmagorías para subsistir. Escapes, fugas,
donde, como el escritor, se aíslan, se encierran para comunicar mejor su
desaliento en un mundo que los margina y los hace sentir divorciados de su
propia vida, mientras allí fuera todos se muerden entre sí en pos del “logro
profesional y el ascenso social” (pág. 41).
Inventar historias. Contar historias. También lo hacen
Andrés Caicedo, Julio Cortázar, Juan Emar y Gabriel García Márquez, el cuarteto
complementario de estos dos uruguayos –Hernández y Onetti– a quienes escuchamos
mentir y fabular con deleite culpable y complicidad permisiva. Nos pueden
enfrentar a preguntas cruciales como la razón de ser del suicidio y los estéril
y absurdo de nuestro tránsito por la tierra. Pero, como lo señaló Gaston
Bachelard, con la pluma en la mano recobramos “la autobiografía de las posibilidades
perdidas, los sueños mismos. Que vivimos con placer lento. Allí se encuentra la
estética específica de la literatura. La literatura funciona como un
substituto. Le restituye a la vida sus posibilidades perdidas”.
Describir el fracaso, en muchos libros, lo que termina
por demostrar es la persistencia misma de la escritura, como en el caso de
Samuel Beckett, y rehacer, por lo menos, “una de las derrotas cotidianas”.
Tal como sucedió con Andrés Caicedo, quien luego del
triunfo que representó haber terminado Que
viva la música (1977) y al suicidio poco después de verla impresa, arrastró
antes la imposibilidad de su segunda propuesta narrativa Noche sin fortuna (remito a mi ensayo sobre esta misma incluido en Breviario arbitrario de literatura colombiana,
Bogotá, Taurus, 2011, págs. 223-230) donde ya siente que la facilidad de una
escritura manejada con soltura apenas si le concede oportunidad de exponerse, y
fundirse con sus personajes, llámese Danielito Bang o Solano Patiño y
experimentar el deleite morboso y sadomasoquista de ser devorado por Antígona,
la heroína-caníbal. Esa violencia, ese lenguaje coloquial, esa mezcla de
euforia proveniente de la droga y decepción y lástima, que expresa el padre por
su aparente inutilidad laboral, será también rechazado por el incesante ruido
de la máquina de escribir, ahogando los reproches, aunque ya no tenga tema que
tratar. El autor se convierte así en el personaje maldito, cuya heroína se hace
prostituta con deliberación, y al terminar suicidándose, al no querer vivir más
allá de los 25 años, edad en la que se inician la claudicación de las rebeldías
y la firmeza nihilista del rechazo al orden constituido, mostró lo fundamental
y absorbente que era la escritura para poder vivir.
Cortázar, por su parte, y a partir de la noción de figura
rompe la idea psicológica de la novela, y busca que sus personajes, como en Los premios (1960) “dibujan figuras y concepciones que
escapan a ellas mismas”. Como las constelaciones, por cierto, que en el cielo no
son conscientes de los muchos elementos que las integran y componen el dibujo
de su figura: no se pueden ver a sí mismas. Ya no hay la línea que lleva de la
causa al efecto, sino los múltiples vértices con que las estrellas terminan por
ser el arquero, la balanza o unos gemelos. Esa meta-escritura, que arranca de
la rayuela infantil y termina con la imposibilidad de acceder a un centro, que
permita un conocimiento cabal del mundo.
Finalmente, el sorprendente narrador chileno Juan Emar,
quien nos dejaría una novela póstuma en quince volúmenes, con la desaforada
libertad de las vanguardias, donde absurdo y fantasía se vuelven un solo
elemento, y Gabriel García Márquez, que en todas sus obras coloca escribientes
de cartas de amor y coroneles como Aureliano Buendía que incurren en poemas
como aquel del hombre que se extravió en
la lluvia o el veterano que aguarda la carta que nunca llega, apuntan hacia el
elemento final y complementario de esta pesquisa: el lector que descifra el
texto y se lee a sí mismo. Este sugerente recorrido que plantea Arango
concluye, entonces, con razón, en una amplia y hermosa página de Héctor Rojas
Herazo: “Todo lo que representa un triunfo de los sentidos sobre la muerte es
poético” (pág. 165). La única forma de no morir es escribir.
[1] Publicado en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco
de la República. Bogotá: Banco de la República. Vol. 48. No. 86 (2014).
domingo, 8 de febrero de 2015
La mujer que prefirió buscar a Dios
La sección "Vidas de artistos"
de la Revista Virtual Cronopio
This
is not my life
But
theirs, that I am living.
And
wolf, bolt, gulp it down, day after day.
“Addiction
to an old mattress”,
de
Iliad of Broken
Verses.
Rosemary Tonks nació el 17 de octubre de 1928, en el condado de Kent, en
Inglaterra. Como su padre había muerto de fiebres en el África, Rosemary y su
madre se fueron a vivir a casa de sus abuelos maternos en Bournemouth, un
pueblo costero al sur de la isla. Allí, entre paisajes del jurásico, Rosemary asistió
a la escuela durante la guerra.
miércoles, 4 de febrero de 2015
El laberinto del mundo
A comienzos del siglo 17 un joven checo
decidió buscar un oficio tranquilo que, además de sustento, le diera alegría. Dos guías vinieron a acompañarlo: Ubicuo y
Engaño. Ubicuo lo condujo hasta un lugar elevado desde donde podía ver el
mundo: una ciudad de trazos laberínticos, rodeada de murallas y de abismo.
Engaño le puso mal puestos unos lentes que mostraban las cosas como deben ser
vistas.
El viaje comenzó junto a una puerta por donde entraba, del abismo a
la ciudad, una fila de seres aturdidos. Un viejo de ojos fieros, llamado
Destino, conminaba a cada uno a recibir un papel en el que había una palabra: “Manda”,
“Obedece”, “Escribe”, “Labra”, “Estudia”, “Juzga”, “Construye”, “Pelea” y otras
más. Ubicuo explicó al viajero que los recién nacidos estaban recibiendo la
tarea de su vida. Engaño le dijo que tomara su papel y obedeciera sin
protestas. Pero el joven le dijo a Destino que quería ver el mundo antes de tomar
una decisión. El viejo accedió con un gruñido. Tomó un papel en blanco,
escribió: “Especula”, y lo invitó a marcharse.
Ubicuo propuso que fueran al mercado,
“donde tantos oficios y edades y clases y razas se congregan”. El viajero pensó
que aquella multitud era como la de las abejas de un panal, pero mucho más
extraña: unos corrían, unos paseaban, unos yacían, unos vendían, unos
compraban, unos reían, unos cantaban, unos vociferaban, unos formaban grupos
numerosos y otros se aislaban. “Aquí tienes”, dijo Engaño, “la hermosa variedad
de los humanos, la imagen misma de Dios”. El viajero notó que por debajo de los
lentes podía ver las cosas como eran de verdad. Vio las máscaras que usaban
para relacionarse, vio las monstruosidades detrás de las máscaras. Cuando
protestó por la impostura, Engaño la llamó prudencia. Algunos que estaban cerca
miraron al viajero con enojo. Comprendió que debía cuidarse de expresar lo que
veía. Así siguieron su viaje.
El joven vio el barullo de las gentes,
cada uno queriendo hablar más fuerte que los otros, procurando la atención de
multitudes; vio a montones ocupando su vida en necedades; vio gente caminando
con espejos para verse caminando; vio gente caer y gente reír por la caída; vio
a algunos sonreírse de frente y agraviarse en la distancia; vio los zancos con
que algunos pretendían ponerse por encima de los otros, y vio a los otros
buscando que tropezaran; vio a unos hombres destruir lo que hacían otros
hombres; vio a la Muerte incansable; vio a los hombres decididos a ignorarla.
Ninguna esfera humana se escapa a la
mirada desnuda que Comenius nos ofrece en El
laberinto del mundo (1623). Ahí están las miserias de la vida conyugal, las
desdichas y absurdas tareas que ocupan los días de todos los oficios, la
vanidad de las clases instruidas, la corrupción de gobernantes y jerarcas
religiosos, el cotilleo, la envidia, la crueldad, el desprecio. Sólo unos pocos
hombres silenciosos parecían escapar a esa miseria general, pero Engaño se las
arregló para alejar al viajero. Omito aquí el final de la historia porque
después del recorrido se antoja inútil hablar de esos asuntos. Sólo quiero
decir que El laberinto del mundo es
una joya de la literatura alegórica, a la altura de la Divina Comedia, y que si el libro de Comenius no ha tenido un
prestigio similar es porque afirma que la vida puede ser mucho peor que el
Infierno de Dante. Tal vez por eso se acaba.
Oneonta,
Junio de 2013.
domingo, 1 de febrero de 2015
El regreso de Hurtado - de 'Santa María del Diablo'
Los indios de la
región se levantaron contra los nuevos conquistadores, quienes tuvieron que
internarse en la selva. Cuando Pedrarias recibió la noticia, mandó a Bartolomé
Hurtado con otro destacamento, para que defendiera a los castellanos
perseguidos. Hurtado vio en esta misión una oportunidad para librarse del
juicio que se le había iniciado en Santa María. Saqueó poblados, tomó muchos
esclavos y, en su camino de regreso, le pidió al cacique Careta quince indios para
acabar de llevar la carga a Santa María. Como era amigo de Balboa y de la
colonia, Careta prestó los indios que le pedían. Hurtado regresó a Santa María
con dos mil pesos en oro y más de cien cautivos. Entregó al Gobernador seis
esclavos; al Obispo, otros seis; y al Tesorero, el Contador, el Factor y el Alcalde,
cuatro piezas cada uno. Los oficiales de Santa María se mostraron muy
complacidos e hicieron gestiones para dar por concluido el proceso en su contra.
Entre los esclavos regalados, Hurtado entregó los indios que Careta le había
prestado. Este gesto empezó a alimentar el descontento entre los pueblos amigos
de la colonia. A los pocos días, Hurtado se hallaba con veinte soldados en
Santa Cruz, y fue atacado por los indios vecinos. Los españoles fueron degollados
mientras dormían. Sólo quedaron vivos los siete papagayos que Hurtado siempre
llevaba consigo.
San Gilberto de Beaconsfield
No es de verdad un santo, pero no
me extrañaría que algún día la iglesia se diera cuenta del tesoro que dejó
olvidado en las afueras de Londres. Su nombre era Gilberth Keith, vivió entre
1874 y 1936, y dejó una monumental obra ensayística, periodística y literaria
que, sin embargo, se encuentra casi olvidada.
Hagan la prueba. Pregunten entre
familia y amigos si han leído recientemente algún libro de Chesterton
(suponiendo que hayan leído algún libro) y encontraran los más deliciosos
gestos de desconcierto: ¿De qué?”, preguntarán algunos. “De Chesterton”, dirán
ustedes, convencidos de que después de la aclaración los interlocutores
empezarán a mencionar título tras título de entre los casi cien libros que
publicó el polígrafo de Beaconsfield. Pero no. Casi nadie sabe o recuerda quién
era él.
Cualquiera diría que los
colombianos no tenemos la obligación de recordar escritores ingleses teniendo
entre nosotros Shakespeares propios dedicados a ensalzar las tragedias y
comedias de la sicaresca. Pero dejando de lado la dudosa gloria de nuestras letras,
es posible agregar que el mundo angloparlante tampoco recuerda a Chesterton. Ni
siquiera en Londres es fácil armar un equipo de baloncesto con sus seguidores.
Como esta columna es muy corta y
como estamos en los tiempos del Google y la Wikipedia, prescindiré de la
cortesía de mencionar las grandes obras de Chesterton. Pero más que mirar
biografías, lo más aconsejable, si es que están de ánimo para recibir consejos,
es que lean directamente sus obras y que le concedan la oportunidad de poner
sus vidas cabeza arriba.
Me parece comprensible que
Chesterton haya sido olvidado o tergiversado en nuestro tiempo. Es demasiado
peligroso que la gente lo lea. Quienes se internan en sus inagotables paradojas
no vuelven a aceptar los discursos de los políticos, o de los medios, o los que
la cultura inocula paciente y personalizadamente en todos. Uno no vuelve a ver
el mundo del mismo modo.
En cuanto a los milagros que
podrían ayudar a su canonización, tal vez cuente el testimonio de su
secretaria, quien nos dice que Chesterton era capaz de escribir un libro
mientras le dictaba a ella otro. Pero encuentro más significativo el efecto que
produce en los corazones de quienes lo leen. Podría volverme autobiográfico y
contar las muchas veces que San Gilberto me ha salvado la vida o me ha devuelto
el gusto por ella. Pero no creo que él mismo aprobara la abundancia de pruebas
y testimonios. Como dice en su autobiografía: “El sentido de la vida se
encuentra en apreciar las cosas. No tiene ningún sentido tener más cosas si uno
empieza a apreciarlas menos”.
Por eso, para esta apología, dos
frases sacadas de esa foresta de libros pueden ser suficientes. La primera se
refiere a lo que Chesterton quiso haber dedicado toda su vida a enseñar: “la
idea de que hay que recibir las cosas con gratitud”. Esa misma idea está
contenida en otra de sus poderosas paradojas: “La única manera de poder
disfrutar de la más pequeña hoja de hierba es sintiéndonos indignos incluso de
una hoja de hierba. La más extraña y asombrosa herejía es pensar que el ser
humano tiene derecho a una flor”.
Oneonta, mayo de
2008.
Texto originalmente publicado en el periódico Centrópolis.
Regreso al Centro, en Amazon.
Notas de prensa publicadas en
el periódico Centrópolis, de Medellín,
entre 2007 y 2011.
Notas de prensa publicadas en
el periódico Centrópolis, de Medellín,
entre 2007 y 2011.
viernes, 30 de enero de 2015
Carta de un lector
Año del
señor dos mil y quince
Muy Excelentísimo Profesor y Escribano Mayor
Señor Don Gustavo de Arango y Arango
Me dirijo a usted en calidad de lector de arremetida converso y luego de
leer su novela siento que debo expresarle mis impresiones. He sido amante de
los libros históricos, desde los textos escolares hasta las novelas de ficción
histórica y en la amplia biblioteca de mi colegio empecé con títulos de
literatura juvenil como Sandokán de Emilio Salgari, y asistí a sus aventuras en
las junglas de Malasia. Pasé por los gigantescos libros de heráldica española
que ocupaban toda una mesa buscando mi apellido en ellos cosa que nunca
ocurrió. Siempre pensé que mi estirpe debía ser de muy baja alcurnia
puesto que allí no estaban los blasones ni el escudo de los Orrego.
Muchos años después con el advenimiento de la internet logré desentrañar el
misterio. Mis raíces se inclinan más hacia el occidente de la península,
en dirección a Portugal. Ahora estuve inmerso por espacio de doce horas
en las selvas de Urabá leyendo detenidamente la historia de Santa María que me
transportó a las imágenes mentales que tenía guardadas de algunos de esos
acontecimientos. Recuerdo un álbum de laminitas que llené con mi mamá y
se llamaba Historia Pictórica de Colombia con ilustraciones en acuarela del
maestro Ramón Vásquez. Allí vi algunas de las macabras escenas que con
maestría usted describe. Vi a Juan de la Cosa agujereado por cientos de
flechas. Vi los festines caníbales. Vi a Balboa
señalando la mar del sur. Y digo LA MAR porque siempre me ha
parecido que esas aguas voluptuosas solo pueden ser femeninas.
Y así muchas de las descripciones de su libro estaban consignadas en mi
memoria y como dijo el maestro Arciniegas, faltaba quien la contara cosa que
usted ha hecho con lujo de detalles.
Las otras doce horas fueron de insomnio pensando que habrá sido de la india
Isabel en el convento de Sevilla.
Llego a este punto en particular pues siempre me he preguntado cómo vieron
los indios llevados a España el viejo mundo.
Hace veinte años empecé un relato que inicia en Guanahani, posteriormente
San Salvador. Al día de hoy solo hay dos cuartillas escritas.
Pretendía contar la historia de Hani, un muchacho Taíno que siendo cautivo de
caníbales en esta playa asiste a la llegada de las carabelas de Colón y hace
parte de los siete indios que el almirante llevó de vuelta a España.
Quería narrar desde los ojos de un nativo del nuevo mundo la sociedad española
del momento. Le sucederían algunas aventuras y se embarcaría de regreso
en alguna expedición posterior. La idea lleva durmiendo el sueño de los
justos y me gustaría retomarla. Tomaré su novela como acicate maravilloso.
Dicho esto me despido de usted diciéndole que la única palabra que como
editor no autorizado quitaría del libro es ubérrimo que aun siendo bella, la
asocio con algún personaje con la entraña más podrida que el mismísimo
Pedrarias...
De usted, un
admirador sincero,
Bachiller
Juan Carlos Orrego
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








.jpg)



