lunes, 5 de octubre de 2015

En plan de lectura, con Santa María del Diablo

    

  Santa María del Diablo fue la novela elegida para las sesiones más recientes del programa "En plan de lectura", que organizan el Centro Comercial Santa Fe y el periódico Vivir en El Poblado, y coordina el escritor y formador de lectores Esteban Carlos Mejía.

     La primera reunión tuvo lugar el lunes 21 de septiembre, y tuve la fortuna de hablar sobre la novela con un grupo de lectores atentos y generosos. Para un escritor, compartir con lectores que están leyendo o han leído su libro es un momento de enorme alegría.



   El grupo volvió a reunirse este lunes 5 de octubre para la segunda sesión sobre el libro y, al parecer, hasta un descendiente de Leoncico se hizo presente en la discusión.


   Me han hecho llegar fotos de la segunda reunión. Gracias a Esteban Carlos, al centro Comercial Santa Fe, a Vivir en El Poblado, y especialmente a ese grupo de lectores que me han dado una de esas dichas profundas que alientan para seguir haciendo literatura.







domingo, 4 de octubre de 2015

Un honor explosivo



Muchas veces polémico,  casi siempre sorprendente,
el Premio Nobel de Literatura sigue siendo
el galardón literario más prestigioso del mundo.

Una reflexión sobre los premios Nobel, 
en el suplemento Generación,
de El Colombiano.

Publicado el 4 de octubre de 2015.

Octubre es un mes especial para los apasionados por la literatura. Cada año, a principios del mes, se anuncia el ganador del Premio Nobel: la distinción literaria más reputada del mundo. Este jueves o el siguiente (la fecha se mantiene en secreto), un nuevo nombre alcanzará la cúspide más alta del prestigio literario. Puede ser Murakami, con su prosa monocorde como música de centro comercial. Puede ser Philip Roth, a quien su condición de eterno candidato le está infligiendo la misma tortura que Borges recibió el siglo pasado. Puede ser un oscuro escritor o escritora que sostenga la idea de que el Premio no es sólo para los afamados. Lo cierto es que, con el anuncio de esta semana, recordaremos que existe un país llamado Suecia y habrá una avalancha de expertos en el galardonado y las ventas de sus libros harán las delicias de algunas editoriales.
Para un observador desprevenido puede resultar absurdo que un grupo de académicos pueda reconocer los mejores escritores de su tiempo. Su tarea es absurda si pensamos que el tiempo suele ser el mejor crítico y a veces tarda siglos en ofrecer su dictamen. Por muy largos que sean sus inviernos, y por muy aplicados que sean en leer, los académicos suecos parecen condenados a equivocarse. Lo verdaderamente admirable es que alguna vez hayan acertado.
Como ocurre con toda selección, al Premio Nobel de literatura se le aplica el refrán: “Ni son todos los que están, ni están todos los que son”. Parece haber consenso entre los que están y son. Pocos se atreven a poner en duda que el premio lo merecieran Beckett o Faulkner, Hemingway, Camus o García Márquez, Octavio Paz, Thomas Mann o George Bernard Shaw. También suele haber consenso entre los que no se merecían la distinción. Es unánime la idea de que la academia cometió un exabrupto coronando a don José de Echegaray, en 1904 (el primer autor de lengua castellana que recibió el premio) o a Elfriede Jelenik, en 2004, sobre quien nadie –ni ella misma– se explica cómo llegó a ganar. El Nobel para Jelenik determinó la renuncia del académico Knut Ahnlud, quien consideró que esa concesión le había hecho un daño irreparable a la reputación del Premio.
Pero los ánimos se caldean cuando llega la hora de nombrar a los que merecían la distinción y nunca la recibieron: Leon Tolstoy, Rainer María Rilke, James Joyce, Marcel Proust, Franz Kafka, Henry James, Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, Jorge Luis Borges. La lista varía según los gustos, pero muchos sostienen que fue el Premio Nobel el que se perdió el honor de contarlos entre sus ganadores.

Un premio problemático

A finales del siglo XIX, el científico sueco Alfred Nobel acumuló una gran fortuna fabricando comercialmente la dinamita. En 1895, un año antes de su muerte, Nobel destinó 9.200.000 dólares a la concesión de un premio que reconociera aportes, en diversas disciplinas, para el avance de la humanidad. Entre esas “disciplinas” incluyó la literatura y, desde entonces, los 18 miembros de la Academia Sueca de las Letras se han dedicado a repartir laureles con irregular puntería. Al principio distinguieron autores locales o de países vecinos. Luego comprendieron que el dinero del premio lo hacía el más jugoso del mundo y empezaron a coronar escritores de otras latitudes.
El Premio se concede por el conjunto de una obra, no por un solo libro, y su monto ha variado con los años según la fluctuación de los intereses que arrojen las inversiones. Para el 2015 habrá un recorte del 20 por ciento: los ganadores recibirán un poco más de 900 mil euros, en lugar de 1 millón 120 mil euros que recibieron los ganadores del año pasado. Al referirse al monto recibido, el escritor inglés George Bernard Shaw dijo que era “como un salvavidas que se le arroja al nadador cuando ha llegado a la orilla”.
No se ha dejado de notar que el Premio Nobel tiene dos manchas inocultables: el hecho de que provenga del invento humano que más muertes ha causado, y que su rentabilidad provenga –muy probablemente– de inversiones en países del tercer mundo, como algunas minas en África; en otras palabras, de la explotación y esclavitud de miles de personas. Pero la mayoría de los galardonados, por muy críticos que fueran, han preferido ignorar esos detalles y han recibido el Premio emocionados.
La concesión del Nobel de Literatura ha estado rodeada de intrigas. Se dice que una de las razones por las que Jean Paul Sartre rechazó el premio fue porque se lo habían concedido primero a Albert Camus; que a Graham Greene y Somerset Maugham se les negó por ser demasiado populares; que Winston Churchill  recibió la distinción en literatura porque no había manera de que pasara como científico. Una de las historias más dramáticas en torno al Premio Nobel fue la eterna candidatura de Jorge Luis Borges. Durante décadas el escritor argentino sonó como favorito. Cada mes de octubre periodistas y curiosos invadían su casa. Esa inminencia de premio terminó por ser una tortura. Se dice que Borges no recibió el Nobel porque, el año que iban a premiarlo, aceptó una condecoración del dictador chileno, Augusto Pinochet, y elogió “su lucha contra el comunismo”. Otros sostienen que perdió toda posibilidad cuando se burló de las opiniones literarias de un miembro de la Academia Sueca.
Lo cierto es que el Premio Nobel no ha sido una distinción desligada de intereses políticos y, en la segunda mitad del siglo veinte, la Academia mostró abierta preferencia por escritores de izquierda, como Pablo Neruda y Gabriel García Márquez. Cuando la Academia Sueca consideró la posibilidad de concederle el Premio a García Márquez, uno de los argumentos que circulaban era que la concesión del Premio al colombiano favorecería el regreso del socialdemócrata Olof Palme a la posición de Primer Ministro, como en efecto ocurrió.

Colombia y el Nobel

La concesión del Premio Nobel a Gabriel García Márquez, en 1982, dejó claro que además del mérito literario se requiere una activa labor de relaciones públicas. García Márquez buscó el Nobel e hizo lo necesario para obtenerlo. En las redes virtuales circula el video de una conversación entre el colombiano y Pablo Neruda, cuando a éste se le concedió el Nobel en 1971. Allí Neruda dejó saber que estaba abogando por la candidatura de su amigo, y un sobrador García Márquez dio a entender que recibir esa distinción sólo era cuestión de tiempo.
En 1980, meses antes de que se le concediera el Nobel, García Márquez publicó una serie de artículos sobre el tema. En ellos analiza el fenómeno desde distintos ángulos y llega incluso a la minucia de explicar que la palabra Nobel tiene el acento en la e. García Márquez habla de la fuerte campaña de relaciones públicas para que el premio se le concediera a Naipaul (lo recibiría en 2001). Menciona los aciertos y desaciertos más notables en la concesión del galardón. Señala curiosidades: que el más joven en recibirlo fue –y sigue siendo– Rudyard Kipling (de 42 años) y el más viejo, el alemán Paul Heyse (superado luego por la ganadora en 2007, Doris Lessing, de 88 años).  En esa serie, el futuro Nobel hablaría también de las supersticiones, en especial de la leyenda de que los ganadores suelen morir poco después de recibir el Premio.
Pero la serie sobre los Premios Nobel revela más que eso. Como en “El corazón delator”, el cuento de Poe, García Márquez habla de su acercamiento a Arthur Lundkvist, el único miembro de la Academia Sueca que leía castellano en aquel tiempo. García Márquez se refiere a la visita a casa de Lundkvist en Estocolmo y a su colección de libros con dedicatorias “lagartas”. García Márquez no fue ajeno a esa tradición y también le dejó un libro dedicado.
Años después, el mismo García Márquez confesaría que la publicación de su Crónica de una muerte anunciada fue decisiva para que se le otorgara el Nobel. A mediados de los años setenta, el colombiano había dicho que no volvería a publicar hasta que Pinochet dejara el poder en Chile. La Academia manifestó su preocupación por el hecho de que un ganador del Nobel no tuviera intención de volver a publicar. García Márquez disipó las dudas, publicó su novela, y un año después, en diciembre de 1982, llevó el calor y la alegría del Caribe al oscuro invierno del país escandinavo.
Es poco probable que otro escritor colombiano reciba el Premio Nobel en el futuro inmediato. Fernando González, Germán Pardo García, León de Greiff y Baldomero Sanín Cano llegaron a ser postulados.  El primero estuvo cerca de obtenerlo, y los dos últimos presionaron a sus amigos para que los postularan. Se dice que escritores contemporáneos como William Ospina, Juan Gabriel Vásquez y Juan Manuel Roca han procurado acercarse a la Academia Sueca. Pero las probabilidades para ellos no parecen muy altas.
La Academia empieza cada año su proceso de selección con una lista extensa de candidatos. Para este año la lista tuvo 198 autores, entre ellos 30 que se consideran por primera vez. La lista se redujo a veinte candidatos y posteriormente a cinco, que son los que los académicos se dedicaron a leer durante el verano. Los anuncios se hacen en octubre, por ser el mes en que nació Alfred Nobel. La ceremonia de premiación tiene lugar el 10 de diciembre, la fecha en que murió.

Sólo el monto de dinero conferido mantiene al Premio Nobel en su sitial de honor. A medida que avanzamos en el siglo veintiuno, la trascendencia de este premio ya no es la que era en el siglo pasado y no sería de extrañar que algún magnate ocioso decidiera destronarlo. Lo cierto es que dentro de pocos días el mundo hablará con estruendo sobre el nuevo ganador. Habrá fotos, reimpresiones, traducciones y lectores deseosos de leer al elegido. Pero pronto pasarán los sobresaltos de esa súbita explosión. En este mundo frívolo –que el nobel Vargas Llosa denunciara y a la vez alimentara con su romance senil– son tantas las noticias que circulan cada día, y todo cae tan pronto en el olvido, que la gloria de los nobeles no alcanza ni siquiera para el año que dura su reinado.



jueves, 24 de septiembre de 2015

Son más los que escriben que los que leen

La columna de Vivir en El Poblado


Siempre que veo muchos libros me invade el desasosiego. No puedo evitar preguntarme qué sentido tiene seguir escribiendo, sumar ruido al bullicio. Lo curioso es que, a pesar de la oferta abrumadora, uno insiste en querer comunicarse, y parece que son más cada día los que quieren hacer lo mismo.

Hace cincuenta años, en "Fin del mundo del fin", Cortázar había pronosticado la llegada de un tiempo en que todos escribirían. Su terrible vaticinio parece estar cumpliéndose. Todo indica que hemos pasado un punto de equilibrio y ahora son más los que escriben que los que leen.

domingo, 13 de septiembre de 2015

sábado, 12 de septiembre de 2015

Los secretos de King

Quince años antes de recibir la Medalla de Honor, 
ya Stephen King había recibido el Premio Wenceslao Triana. 
Un texto publicado en El Universal de Cartagena, el 15 de noviembre de 2000.


Stephen King recibe la Medellla de Honor en las Artes (Septiembre 10, 2015)

Dos placeres ocuparon mis días en las fiestas pasadas. El primero tiene que ver con las señoritas, tan lindas ellas, que nos visitaron. Pero me temo que no sea conveniente andar publicándolo. El otro, más tranquilo, menos disparatado, fue la lectura de un libro de Stephen King sobre la escritura.
De King empecé a tener noticias hace más de dos decenios, a través de una película que contaba la historia de una joven con poderes telekinéticos. Desde entonces, desde la lejana “Carrie”, he seguido sus historias, disfrutándolas con una mezcla de placer y miedo semejante a la que se siente cuando la vida está en juego. Luego vino “El resplandor”, la historia de ese escritor “bloqueado” que se fue con su familia a cuidar un hotel vacío y que terminó enloqueciendo. No se qué fue lo mejor de la película basada en ese libro, si la actuación de Jack Nicholson, que le reportó la consagración definitiva, o esa historia encantada sobre la memoria de los lugares desiertos. La verdad es que a partir de ese momento, el nombre de Stephen King empezó a deambular en mi memoria como una aparición.
Los años me han demostrado que King es un genio contando historias. “It”, la historia de un payaso aterrador; “Dolores Clairbone”, la historia de una asesina llena de inocencia; “The Shawsank Redemption”, una de las más asombrosas apologías de la libertad que he visto o leído en los últimos tiempos, o “The Green Mile”, esa obra que pone en evidencia la tendencia al prejuicio que tenemos los lectores, son algunas de las obras memorables de ese hombre que ha escrito cerca de cuarenta libros, casi todos ellos mamotréticos, en menos de treinta años.
Durante mucho tiempo sospeché que había algo de prejuicio en la manera como intelectuales y académicos descalifican la obra de Stephen King. Entre los estudiosos de la literatura existe una frontera que separa los libros malos de los buenos. Para ellos, los libros que se venden demasiado, aquellos que les gustan a millones y producen dinero a sus autores, pertenecen, sin apelación posible, al bando de los malos. Hay muy pocas excepciones a esa norma, las obras de García Márquez son una de ellas. Pero ni el mismo García Márquez –me atrevo a vaticinar– gozará en el futuro del prestigio, del incuestionable reconocimiento literario que le espera al hoy denigrado maestro del terror.
Corriendo el riesgo de que me ahorquen mis amigos intelectuales, me atrevo a asegurar que King es el Cervantes o el Shakespeare de estos tiempos de miedo. En su libro sobre la escritura, encontramos la ironía y el descreimiento que mostraba Cervantes frente a las academias y centros de poder intelectual. Vemos también en él ese conocimiento del corazón humano que le permitió a Shakespeare reflejarnos. 
A lo largo de las casi trescientas páginas que comprenden “On writing”, vemos la pasión por el lenguaje de un Joyce, el sentido de absurdo de un Kafka o la furia de un Celine, pero más importante que todo eso, vemos su fe en el viejo oficio de contar historias.

Muchas cosas enseña King en su nuevo libro. La mayoría, como suelen ser las cosas importantes, parecen obvias: que la literatura es magia, que es una forma de la telepatía, que en la verdad y la pasión está la clave, que escritor que no lee está jodido. Pero, además de todo eso, al mantenernos en vilo con la historia de un hombre que se ha pasado todo el tiempo sentado escribiendo, puso en escena un principio básico de la literatura: que no hay malas historias, que el arte verdadero está en saber contarlas.




jueves, 10 de septiembre de 2015

El rostro ambiguo de la mujer sin adornos



La historia transcurre en un sitio desolado: la propie­dad rural del juez Adam Weir, un hombre “adamante”, severo e implacable, por encima de cuyo dictamen y autoridad solo parece estar la voluntad de Dios. A Weir lo llaman “el colga­dor”, porque no vacila en condenar a la gente a la horca si las leyes lo establecen y el delito lo amerita. Su esposa, Jean Rutheford, es una mujer sin gracia, hija de una estirpe larga­mente arraigada en la región. El suyo es un matrimonio sin amor. La esposa siembra en Archibald, el hijo, una mezcla de desprecio y reverencia hacia su padre. El juez es rara vez amable con Jean o con su hijo; solo muy pocas veces condes­ciende a conversar con Kirstie, la criada, dueña en espíritu de aquella casa.

La muerte de Jean parece no afectar el ánimo de su esposo y de su hijo. Se mudan a Glasgow, donde el juez sigue cumpliendo con su deber de colgar criminales y el hijo decide estudiar para ejercer la misma profesión. Desayunan, cenan y callan juntos, en medio de la indife­rencia del padre y del resen­ti­miento del muchacho. Un día, Archie es testigo de la cruel­dad burlona con que su padre envía a la horca a un ladron­zuelo, y la ira contenida se desborda. En la plaza, en el momento de la ejecución, cuestiona a gritos la autoridad de esa justicia que comete crímenes peores que los que está juzgando.

La reacción de su padre no se deja esperar. Esa misma noche se decide que su castigo sea el destierro en la propiedad rural de Hermiston. Kirsten, la criada, ahora una mujer de cincuenta años, observa con misteriosa dicha la llegada de un Archie ya hombre, de diecinueve años. No es difícil para ella adueñarse de las veladas nocturnas, con historias de familia y leyendas locales. Todas sus emociones de mujer incompleta se vuelcan a esas horas compartidas con el chico que la escucha con atención resignada. Todo parece perfecto. El castigo no parece tan severo. “El recluso”, como lo llaman en el pueblo, disfruta del silencio y de la soledad. Hasta el día en que conoce a la sobrina de Kirstie, también llamada Kirstie, y todo cambia de manera radical.

Es certera, sin sentimentalismos, la descripción del encuentro de Archie con la chica, del enamoramiento, de sus reuniones secretas —sobre la piedra de una tumba legen­daria— a pesar de que la relación es imposible. La visita nocturna de la vieja criada, al cuarto de Archie, con su delirio de mujer contrariada, es una escena sublime y aterradora. En el llanto de la chica con que termina la novela, la tierra toda y hasta Dios mismo parecen estar llorando. El texto se interrum­pe en pleno llanto, en el justo momento en que Archie la sostiene en sus brazos y observa “el rostro ambiguo de la mujer sin adornos”. La última frase es intraducible sin que se pierda su fuerza: “It seemed unprovoked, a wilful convulsion of brute nature”.

Es de entender que el autor de esa frase perfecta sintiera que el día de trabajo estaba más que bien librado. Es razonable que estuviera de buen humor y que se ofre­ciera a ayudar a su esposa a preparar la ensalada. Estaba casi escrito en las estrellas que se llevara las manos a la cabeza y que gritara de dolor, poco antes de caer al suelo. No podía tener otro final el “contador de cuentos” de Vailimia.

Samoa lloró su muerte y le rindió emotivos homenajes. Quizá esa muerte fuera necesaria para dejar en el punto culminante la que muchos consideran su mejor novela; en lugar de cerrarla con capítulos desganados. Es dudoso que el título —Weir, el de Hermiston— fuera definitivo. Hay años de razones para creer que la dedicatoria a su esposa es de naturaleza apócrifa o por lo menos irónica. Pues hay pocas novelas tan lúcidas y agudas sobre lo que es y significa una mujer.



Publicado en Vivir en El Poblado el 10 de septiembre de 2015.






sábado, 5 de septiembre de 2015

Diciéndole adiós a Dios




Un texto de Wenceslao Triana

publicado en Cartagena en línea
el 24 de noviembre de 2006



Dicen los del New York Times, y no estoy seguro de que debamos creerles, que la ciencia ha lanzado una arremetida contra la idea de Dios y, a juzgar por el tono del informe, Dios ha salido tan maltrecho que su existencia ha vuelto a quedar en entredicho.
El centro del debate parece haber sido un congreso celebrado en California hace unos días, donde los científicos se sentaron a discutir los distintos niveles de fastidio que les producía el hecho de que la gente creyera que un Dios había creado lo que existe.
Steven Weinberg, Nobel de Física, dijo que era hora de despertar de la prolongada pesadilla que las creencias religiosas han significado para la humanidad. Cual un pastor a sus feligreses, Weinberg dijo que la mayor contribución que la ciencia podía hacer por la civilización era debilitar el poder y la influencia de la religión en nuestras vidas.
Una de las estrellas del congreso fue Richard Dawkins, el autor del best seller The Delusion of God, que ha revivido el debate entre ciencia y religión y, al parecer, lo ha dejado resuelto. Por cierto, la palabra “delusión” no tiene un equivalente en español, significa más o menos engaño voluntario o autoengaño, negativa a admitir la evidencia de los hechos. Resulta significativo que la lengua en que se expresan culturas tan engañadas no tenga un término que denomine la complicidad de la víctima con sus victimarios. Pero ese puede ser tema para otro sermón. Sigamos con la pelea de la hablaba.
El libro de Dawkins es un paso más en una vieja pelea que se remonta a los tiempos en que la ciencia creyó haber derrotado para siempre a la religión, con las teorías de Darwin, hasta que alguien dijo: “Un momento. Supongamos que es cierto, que venimos del mono. Ese hecho no resuelve la pregunta inicial: ¿cómo empezó todo?”
Confieso que no he leído el libro de Dawkins, pero me bastó la lectura de minuciosas reseñas para saber que toda su furia no está dirigida contra Dios, sino contra las instituciones religiosas. Basta también leer esas reseñas para saber que el autor del gran best seller no habría resistido una conversación de ascensor con Tomás de Aquinas o Gilberto de Beaconsfield. Las contradicciones a su libro existían siglos antes de que él lo escribiera. Dawkins no habría necesitado tomarse la molestia de escribir su libro, y de hacerse millonario con sus lugares comunes, si hubiera leído esa frase lapidaria de Paul Ricoeur –religioso como pocos– al final de sus ensayos sobre ideología y utopía: “El mal está en las instituciones”.
La congregación de científicos parecía feliz de coincidir en que el universo es una serie de accidentes y que carece de diseño y de propósito. El respetado director de un planetario conmovió a los asistentes al congreso con una serie de fotografías de bebés deformes de nacimiento, lo cual, según él, demostraba que una naturaleza ciega, y no un ser todopoderoso, estaba en control de todo.
El reporte del New York Times, con el siempre tramposo equilibrio que caracteriza a la prensa, incluye el testimonio de un curita que dice que no es bueno decirle a la gente que el universo y la vida carecen de sentido. El reporte no nos dice si el curita cree en Dios.
Terminada la lectura queda la sensación de que el reportero y los científicos reporteados coinciden en que estamos sumergidos sin remedio ni esperanza en el sorbete de la nada. Lo curioso es que el efecto que producen, si se mira con cuidado, es opuesto al que ellos mismos buscaban.
Confundir el concepto de Dios con el uso que de él hacen las instituciones religiosas es como confundir el matrimonio con el amor. Decir, desde la perspectiva de la ciencia, que la religión está equivocada, es como si un mentiroso compulsivo acusara a otra persona de poca sinceridad.
Decir que el universo carece de estructura y de diseño no sólo es una muestra de ignorancia en asuntos teológicos: cualquier lector del libro de Job sabe que la perspectiva humana no permite ver el diseño, del mismo modo que el piojo en mi cabeza no tiene idea de lo que pienso. Usar la perspectiva de la ciencia para hacer la acusación es también una muestra ignorancia de lo que la ciencia es y ha sido: una proyección de conjeturas sobre el telón de los datos.
Pero sin duda la más absurda de todas las posiciones es la del hombre que quiso demostrar la inexistencia de Dios mostrando bebés deformes. Esa criatura enternecedora no sólo estaba ignorando que buena parte de esas deformidades son resultado de las incursiones de la ciencia en lo que no entiende ni conoce. Mientras conmovía a un auditorio lleno de gente con dos ojos y dos orejas y un corazón, mientras usaba conceptos como armonía y diseño para señalar excepciones, ese científico loco estaba haciendo la defensa de Dios más fuerte que he visto en mucho tiempo, estaba recordándonos algo que se sabe hace milenios, que Dios sabe lo que hace, especialmente cuando menos lo entendemos.

Noviembre 24, 2006.





viernes, 4 de septiembre de 2015

Sobre "Su última palabra fue silencio"

Una reseña de Ramiro de la Espriella 
publicada en el diario El Espectador, de Bogotá, 
el lunes 5 de diciembre de 1994. 


Por Ramiro de la Espriella.

La editorial Lealón, de Medellín, ha editado el libro de cuentos Su última palabra fue silencio, de Gustavo Arango, un periodista que vela sus armas en El Universal de Cartagena.
Estos escritores jóvenes de ahora, con muchas más resonancias internas y por eso mismo menos visibles, penetran en el ser psicológico de sus personajes y nos los entregan mucho más allá del sofá de Freud, en un diálogo del comportamiento humano de la vida cotidiana. Esa que por permanente casi no se ve y aparece apenas en sus rasgos vívidos en la recreación de sus intérpretes. Es el caso manifiesto de Gustavo Arango, que no cuenta cuentos, va mucho más allá: estremece el anonimato de la vida diaria, nos enseña lo que interiormente sabemos, pero casi nunca queremos o nos atrevemos a adivinar.
La creación literaria entre nosotros desbordó hace mucho tiempo el costumbrismo, se fue paradójicamente más lejos, quedándose en la presencia del ser humano, sus contradicciones, el silencio de unas vidas hechas hacia adentro, cuyo comportamiento no trasciende más allá de sus propios seres. El creador debe entonces entender que la riqueza que busca está contenida, toda, en el silencio anímico de esos seres en apariencia intrascendentes que lo rodean o simplemente observados desde la distancia de la imaginación.
Eso sucede con el libro de cuentos de Gustavo Arango, hecho de soledad y de silencios, tan hondo y penetrante. Desde su primer cuento, que sirve de título a la selección, hasta el de la niña de nueve años que ya es capaz en su angustia de pensar que “el dolor es más soportable que el temor”.
Desaparecidos los ismos de nuestra literatura, y probablemente también pueda decirse que las generaciones, porque lo que ahora crea y recrea es el ser contemporáneo, son tantos nuestros grandes escritores que ya no es posible señalarlos con el dedo y decir Jorge Isaacs y María, José Eustacio Rivera y La vorágine. El unigénito debe venir consagrado desde afuera en tanto los demás están tentados a sufrir el anonimato de sus propios personajes, un día exhumados por la memoria de los tiempos.
En Escapar el personaje se pregunta si en su prisa por partir no se habrá ido solo, quedándose donde estaba. Y la tragedia de Peldaños, cuando surge de pronto el instinto de matar, apenas viendo alejarse en la distancia borrosa el cuerpo de la víctima. El viaje es la reiteración del tiempo que se va en la mansedumbre fatal: el uno pregunta si el tiempo depende de la manera como se ocupe, y cuando se insiste en preguntarle cómo transcurre más rápido, se limita a afirmar: “Hablando”, pensando no, “puede ser eterno”. Para concluir: “El paso de las cosas más cercanas no deja ver la distancia”.
El periodista Douglas Fairbanks en busca de un buzón donde depositar su manuscrito reencarna y revive a todos los creadores anónimos en busca de un editor. Pirandelo puso a sus personajes  a buscar un autor y se encontró con él mismo. Mucho más grave entre nosotros,  acaso en todo el mundo, la angustia de los escritores jóvenes, habrá casos en que no encontrarán jamás el buzón.
El diálogo entre Agustín Heredia y la tía Carola, sentada eternamente en su mecedora, revela en su penumbra el poder evocador del silencio, como va pasando la vida y se devora ella misma. La tía Carola dice que cuando niña le gustaba escribir, pero le gustaba aún más borrar, borrar lo escrito, y así: escribiendo y borrando, su suprema elación consistía en ver las páginas en blanco, “limpias, sin arrugas, sin huellas de palabras”. Otra vez el silencio.
Son cuentos cortos, excepción hecha de Las manos en las sombras y El viaje, hechos en silencio, así como su última palabra.
Hubo una época en Colombia que alcanzó aún a García Márquez, en que los suplementos literarios tenían por misión principal la de dar a conocer los valores desconocidos, augurados de buena suerte, una especie de escrutinio de la inteligencia hacia el futuro, un vaticinio.
Después de leer este libro habrá que seguir de cerca la trayectoria de Gustavo Arango.






jueves, 3 de septiembre de 2015

En plan de lectura

Santa María del Diablo ha sido seleccionada 
para el programa "En plan de lectura", 
que organizan el Centro Comercial Santa Fe, de Medellín,
y el periódico Vivir en El Poblado.

Los interesados pueden inscribirse entre el 4 y el 11 de septiembre
y recibirán el libro gratis (cupos limitados).

Las discusiones sobre Santa María del Diablo serán
moderadas por Esteban Carlos Mejía
y tendrán lugar los lunes 21 de septiembre y 5 de octubre, 
en el Centro Comercial Santa Fe.