miércoles, 24 de febrero de 2016
viernes, 12 de febrero de 2016
Reverencia y Desarme
La columna de Vivir en El Poblado.
Hace miles de años
existió en el noroeste de la India una ciudad llamada Vaisali. Allí se erigía
un templo al que los fieles llamaban “Reverencia y Desarme”. Según el relato
que en el siglo V hizo el monje chino Fa Hsien —uno de los viajeros más
admirables de que se tenga noticia—, el nombre de aquel santuario se origina en
una historia inquietante.
Muchos años atrás, la
concubina de un rey cuyo reino se hallaba a orillas del Ganges dio a luz de su
vientre una bola deforme. Atacada por los celos, la esposa del Rey le dijo:
—Has traído al mundo
una monstruosidad de mal agüero.
Y ordenó que pusieran
la bola en una caja de madera y la entregaran al río que viene del Cielo.
Otro rey que caminaba
pensativo por la orilla del río vio aquella caja que flotaba en la corriente y
sintió curiosidad. Ordenó a sus sirvientes que la rescataran de las aguas y se
la trajeran al palacio. Cuando la tuvo al frente, descubrió que aquella bola en
realidad era un millar de niñitos diminutos, sanos y completos, de hermosura
deslumbrante, y cada uno con rasgos diferentes. El Rey los tomó como hijos
suyos y mandó que los criaran como príncipes, y que la servidumbre del palacio
los cuidara para que crecieran sanos y contentos.
Pasó el tiempo, y los
niños llegaron a ser hombres corpulentos y valientes, muy diestros en las
armas, capaces de vencer cualquier obstáculo que hallaron en las expediciones
que emprendieron. El Rey que se hizo cargo de su crianza llegó a ser muy
poderoso y anexó a sus territorios muchos reinos. De ese modo, resultó
inevitable que llegara el momento en que los mil valientes príncipes se
dispusieran a atacar el vasto reino de su padre verdadero. Aquel rey se sintió
apesadumbrado, pues tenía ya noticia del coraje y de la fama de invencibles de
los mil preciosos príncipes. Cuando la concubina notó la pesadumbre de su rey,
se propuso indagar por la razón que lo hacía sentirse de ese modo. El Rey le
respondió:
—Querida concubina,
ese rey de los mil hijos, los más fuertes y valientes, se dispone a atacarnos,
y por eso me siento conturbado.
—Olvida la tristeza
—dijo la concubina—. Sólo tienes que mandar construir una tarima sobre el muro
oriental de la ciudad. Cuando vengan a atacarnos, yo haré que se retiren.
El Rey hizo lo que la
mujer le dijo y, cuando los guerreros se acercaron, la mujer les habló desde lo
alto:
—Ustedes son mis
hijos. ¿Por qué actúan de manera tan rebelde y desnaturalizada?
Uno de los guerreros
que iba al frente gritó desafiante:
—¿Quién eres tú,
mujer, que dices ser nuestra madre?
—Eso soy —dijo ella—.
Mirad bien y abrid la boca.
Una ciega obediencia
obligó a los soldados a hacer lo que les pedía, y la mujer puso al desnudo sus
pechos y empezó a presionarlos con las manos. Cada pezón arrojó quinientos
chorros de leche y, de ese modo, alcanzó las bocas de sus mil hijos. Los
guerreros bebieron y sintieron vergüenza y pusieron sus armas en el suelo. Los
dos reyes meditaron largamente aquellos hechos y llegaron a alcanzar la
santidad.
Uno de aquellos mil
príncipes llegaría a reencarnarse en otro príncipe, de la casa de los Sakias,
conocido con el nombre de Siddharta Gautama, y fue el Buda del que tanto hemos
oído.
Las historias del
budismo son simples e intrigantes. El relato de los príncipes parece estar
hablándonos de algo muy familiar, pero al hacerlo nos recuerda que no hay nada
más difícil de entender que los lazos misteriosos con que siempre están unidas
las criaturas que llamamos “madre e hijos”.
Publicado en Vivir en El Poblado el 2 de
diciembre de 2016.
jueves, 4 de febrero de 2016
viernes, 29 de enero de 2016
La miel de los días
La columna de Vivir en El Poblado.
En su Vida de San
Josafat, cuenta Juan Damasceno que un hombre iba huyendo de un furioso
unicornio que sólo con sus bramidos hacía temblar los montes y resonar los
valles. El hagiógrafo omite explicar las razones de esa furia y la existencia
misma del animal quimérico. Lo cierto es que el peligro era grande y, por andar
mirando atrás a su perseguidor, aquel pobre desgraciado no advirtió a dónde iba
y cayó en una oscura hondonada.
Como era recursivo, y apreciaba la vida, el hombre
intentó asirse de algo y encontró algunas ramas que detuvieron su caída. Se
aferró con fuerza a aquellas ramas, se acomodó en una de ellas y suspiró
contento, pensando que con eso había escapado del peligro. Pero cuando sus ojos
se adaptaron a la oscuridad pudo ver que dos ratones —uno blanco y uno negro—
mordían diligentes la raíz del árbol y estaban a punto de cortarla.
El hombre miró el fondo de la hondonada y vio que allá
abajo había un dragón horrendo que echaba fuego por los ojos y lo estaba
mirando con gesto terrible, con la boca abierta y esperando a que cayera para
tragárselo. Luego el hombre oyó un siseo, se volvió a mirar las ramas del árbol
y vio que en una de ellas había cuatro serpientes venenosas que alargaban los
cuellos —aunque en las serpientes todo es cuello— con la intención de atacarlo.
Nuestro hombre empezaba a pensar que su situación era
desesperada cuando vio que de unas hojas del árbol caían unas gotas de miel y
se sintió muy contento. Maniobró para acercarse a aquella rama, abrió luego la
boca y se dedicó a saborear con deleite la dulzura de las gotas. Muy pronto se
olvidó de los peligros que lo rodeaban. Se olvidó del unicornio enojado que estaba
allá arriba, se olvidó de las serpientes ávidas que tenía al lado, se olvidó
del dragón horrendo que estaba allá abajo, se olvidó de la tarea infatigable
del ratón negro y el ratón blanco y de la fragilidad del árbol, que ya estaba a
punto de caer. Todo se borró como por arte de magia y en el mundo sólo parecían
existir aquellas gotas de sabor tan exquisito y delicado.
La vida de San Josafat no sólo es curiosa por haber
permitido que el Buda, Siddhartha Gautama, llegara a formar parte del santoral
católico (su festividad es el 27 de noviembre). También es notable por la
riqueza de los relatos que la adornan. La historia del hombre que huía del
peligro y se entretuvo con unas gotas de miel se ha convertido con el tiempo en
un verdadero clásico entre las alegorías de la vida.
Dice Damasceno que esta historia nos ilustra la manera
como los seres humanos se entretienen con goces superfluos y se olvidan de los
grandes peligros que amenazan la integridad de sus cuerpos y sus almas. El
unicornio es la muerte, que desde que nacemos nos persigue y no dejará de
alcanzarnos. La hondonada es el mundo, que está lleno de males y miserias. El
árbol al que el hombre se aferra es el curso de la vida. Los ratones que lo
roen, uno blanco y otro negro, son el día y la noche que se suceden para acabar
con nuestras horas y con el tiempo que nos ha sido asignado. Las cuatro
serpientes son los cuatro elementos o humores que constituyen nuestra complexión:
la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema; pues el exceso de uno
de ellos produce turbación y ocasiona la muerte. El dragón espantoso es la
amenaza del infierno, que abre las fauces para tragarse a los pecadores. Las
gotas de miel, por su parte, son los gustos, distracciones y entretenimientos
que ocupan nuestras vidas.
Publicado en Vivir en El Poblado el
29 de enero de 2016.
viernes, 15 de enero de 2016
El río de arena
Un anticipo de
"Su rostro era el de un hombre que viene de muy lejos"
La columna de Vivir en El Poblado.
Al
dejar la ciudad, los monjes bebieron largamente en la cisterna. Sólo Hwuy King
se negó a beber. “Si hemos de entrar en el desierto”, dijo, “ya estoy en el
desierto. Si la sed va a abrasarme, ya me abrasa”. Los guardias de la frontera
soltaron risotadas al ver a aquellos hombres partir tan apurados en dirección a
la nada. En el último confín de tierra fértil, Tao Cheng vio una flor cuyo
recuerdo no dejaría de atormentarlo. Siguieron corriendo hasta que dejaron de
oír ladrar los perros. Cuando empezó a clarear, pudo verse mejor el paisaje de
piedras menudas, como pulverizadas, con sus colinas bajas como ruinas de
montañas.
El
río de arena tenía entre tres y diez millas de ancho, y del este al oeste se
extendía dos mil millas. Se decía que en ese desierto había demonios malvados y
vientos de fuego con los que cruzarse representaba una muerte segura. En
aquella corriente de sequía yacían sumergidos muchos reinos. Ejércitos altivos
y linajes milenarios habían sucumbido a la ferocidad de su oleaje. En Tun-huang
les habían advertido que ahogarse en ese río era una de las muertes más
terribles. Cuando miraban a su alrededor, tratando de decidir qué rumbo tomar,
los viajeros no sabían cómo escoger. Allí no había un solo pájaro para ver en
el cielo, ni un animal en el suelo. La única marca que indicaba algún indicio
de camino eran los huesos esparcidos.
Después
de tres semanas de marcha ininterrumpida –pues habían aprendido a seguir
caminando engañados con la idea de que estaban durmiendo– Fa Hsien y sus
compañeros empezaron a alucinar. Oyeron el aliento burlón de los demonios.
Luego vieron un ejército de hombres elegantes y a caballo, con sombreros de
penachos, saludando al cruzarse con ellos. Vieron ciudades inmensas flotando en
el cielo. Vieron figuras incomprensibles que luego se deshacían en figuras aún
más incomprensibles. Oyeron voces que insistían en invitarlos a darse por
vencidos. Vieron los treinta y seis reinos que fueron sepultados en una sola
noche. Vieron a sus habitantes momificados en su horror; pues la arena se había
bebido la humedad y había dejado el gesto y la cáscara resecos y a prueba de
milenios. Vieron la momia de una mujer que murió al dar a luz un obsequio para
la muerte. Vieron la boca fruncida en un gesto de dolor y los ojos abiertos.
Tenía el cabello recogido, la piel reseca pero intacta, las manos juntas en el
pecho y un gesto anestesiado de sufrir.
Cuando
por fin llegaron a un sitio verdadero, los monjes trasegados no podían
atreverse a creerlo. Aquel caserío desierto se llamaba Mogui-chen, el pueblo de
los demonios, y el ángel les advirtió que en ese sitio no podría protegerlos.
“Cosas extrañas ocurren allí”, dijo el ángel.
Trató de convencerlos para que siguieran de largo, pero los monjes estaban tan cansados que nada malo que les ocurriera podía parecerles tan malo.
Trató de convencerlos para que siguieran de largo, pero los monjes estaban tan cansados que nada malo que les ocurriera podía parecerles tan malo.
“Muchos
de los que pernoctaron en este caserío desaparecieron”.
“Desaparecer”, repitió Hwuy Yeng con gesto ilusionado.
“Cuentan”, dijo el ángel, “que un ejército llegó a ese lugar y se detuvo porque venía una tormenta. El viento y la arena se colaban por entre los tablones de las casas y, al hacerlo, sonaban como voces que llamaban a los soldados por su nombre. Cuando cada soldado atendía su llamado y salía de la casa, el viento y la arena lo arrastraban. El ejército entero desapareció de ese modo”.
“Desaparecer”, repitió Hwuy Yeng con gesto ilusionado.
“Cuentan”, dijo el ángel, “que un ejército llegó a ese lugar y se detuvo porque venía una tormenta. El viento y la arena se colaban por entre los tablones de las casas y, al hacerlo, sonaban como voces que llamaban a los soldados por su nombre. Cuando cada soldado atendía su llamado y salía de la casa, el viento y la arena lo arrastraban. El ejército entero desapareció de ese modo”.
Pero
aquello había sido como leerle un cuento de hadas a un niño. Ya los monjes
habían buscado acomodo y dormían como muertos que no se descomponían. No
desaparecieron. Al clarear el día siguiente reanudaron la marcha.
*Fragmento de “Su rostro era el de un
hombre que viene de muy lejos” (Ediciones B Colombia). Novedad editorial de
marzo del 2016.
Publicado en Vivir en El Poblado el 15 de enero de 2016
lunes, 28 de diciembre de 2015
martes, 22 de diciembre de 2015
Muchos libros de regalo
El periódico El Colombiano pregunta a un grupo de escritores
qué libros regalarían y cuál fue el primer libro que recibieron de regalo.
lunes, 21 de diciembre de 2015
El corazón del amado
El corazón del amado
El Lord de Councy, vasallo del Conde de
Champagne, era uno de los hombres más apuestos y admirados de su tiempo. Amaba
con pasión desaforada a la esposa del Lord du Fayel y tenía la fortuna de ser
correspondido por la dama. La mujer se llenó de tristeza cuando supo que su
amado había resuelto acompañar al Rey y al Conde en las guerras de Tierra
Santa, pero decidió no oponerse a su voluntad. Pensó que la distancia haría que
las sospechas de su esposo se disiparan.
Cuando llegó
el momento de partir, los amantes se reunieron en secreto y llenaron el
encuentro de ternuras y de lágrimas. Antes de dejarlo ir, la dama le dio de
regalo a su amado un anillo, unos diamantes y un lazo de seda entretejida con
su pelo y adornado con perlas. Según era costumbre en aquel tiempo, los
soldados ataban lazos como ese al casco de su armadura, para armarse de valor y
también recibir protección en la batalla. El joven aceptó gustoso el regalo de
su amada, prometió volver lleno de gloria y se marchó a la guerra.
Corría el
año de 1191. En Palestina, durante el sitio de Acre, al momento de ascender una
rampa, el hombre recibió una herida que resulto ser mortal. Los pocos momentos
de vida que le quedaban los invirtió en escribir una carta a su amada. En las
hojas dejó derramado el fervor de su alma. Luego le ordenó a su escudero que
–en cuanto muriera– le arrancara el corazón, lo embalsamara y lo hiciera llegar
a su dueña, junto con los presentes que ella le había dado en el momento en que
se separaron.
El escudero
obedeció la orden de su amo. Regresó a Francia con los regalos y el corazón
embalsamado y, al acercarse al castillo del Lord du Fayel, se escondió en un
bosque, a la espera de un momento propicio para hablarle a la dama. Pero quiso
la mala fortuna que el escudero fuera descubierto y reconocido por el Lord du
Fayel, quien sospechó de inmediato que aquel hombre le traía a su esposa algún
mensaje de su amo y lo amenazó con matarlo si no revelaba el propósito por el
que había regresado. El escudero aseguró que su amo estaba muerto, pero Du
Fayel no le creyó y en un arrebato de furia esgrimió la espada. Aterrorizado,
el escudero confesó todo y entregó el corazón, los regalos y la carta de su
amo.
Enloquecido
por los celos, Du Fayel planeó la más terrible venganza. Le ordenó al cocinero
que macerara el corazón y lo mezclara con carne, para después preparar un
estofado, el plato favorito de su esposa. Esa noche, la dama comió el estofado
con mucho deleite. Terminada la cena, el Lord du Fayel le preguntó a su esposa
si le había gustado lo que había comido. La mujer respondió satisfecha que la
carne había estado excelente.
“Es por eso
que hice que te la sirvieran”, dijo su esposo. “Porque es una carne que te
gusta mucho. Acabas, querida, de comer el corazón del Lord de Councy”.
La mujer no
podía creer lo que su esposo le decía. Sólo cuando vio la carta de su amado y
el anillo y los diamantes y el lazo de seda, comprendió que era cierto lo que
le decía. Un estremecimiento de pavor la recorrió. Luego alzó la mirada
enrojecida y, embriagada de dolor, le dijo a su marido:
“Es verdad
que yo amaba este corazón, porque era digno de ser amado. Nunca encontré uno
mejor. Y ya que he comido de carne tan noble, y que mi estómago es la tumba de
tan precioso corazón, no volveré a comer nada que le sea inferior”.
Luego se
retiró del comedor, cerró para siempre la puerta de su cuarto, se negó a
aceptar cualquier forma de comida o de consuelo y, después de cuatro días de
horrible agonía, murió.
Texto
publicado en Vivir en El Poblado, el 4 de diciembre de 2015.
martes, 15 de diciembre de 2015
viernes, 4 de diciembre de 2015
Reverendos
La historia de los títulos de nobleza revela un rasgo
siempre notorio de la naturaleza humana. Cuenta Disraeli que el título de
“Ilustre” empezó a utilizarse en tiempos del emperador Constantino, para
referirse a aquellos de reputación espléndida en las armas o en las letras. Al
principio sólo los soldados más valientes recibieron ese título. Tan alta era
la distinción que no podía ser heredada por los hijos de quien recibiera el
título. Pero con el tiempo fue perdiendo su importancia y todo hijo de príncipe
era considerado “Ilustre”. Cuando el título de ilustre empezó a perder su
lustre, los italianos empezaron a llamar a sus emperadores “Superilustres”,
pero ese título reforzado no tuvo mucha acogida y pronto dejó de usarse. Para
el siglo 19, ya el título de “Ilustre” había dejado de usarse para hablar de
méritos militares y era común usarlo para referirse a los poetas.
Se dice que los títulos de honor de Henry IV ocupaban
cuatro páginas. En España y Portugal los títulos de cortesía proliferaron de
tal modo, y de manera tan absurda, que Felipe III se vio obligado a reducir los
protocolos a la fórmula “el Rey Nuestro Señor”. Así dejó de lado los atributos
fantásticos y epítetos desmesurados, como el de “emperador de emperadores
victoriosos” o “domador de gentes bárbaras”, que inundaban y hacían engorrosos
los documentos oficiales.
La suerte de otros títulos ha sido similar. El título de “Alteza”
sólo se daba a los reyes. Era el utilizado en Inglaterra por Enrique VIII y, en
España, por Fernando de Aragón e Isabel la Católica. Pero con el tiempo el
título empezó a ser usado por todo el que quisiera atribuirse sangre azul y
dignidad real.
El título de “Majestad” tuvo un pobre principio. El
primero en usarlo fue Luis XI, en el siglo 15. El “Tiberio de Francia” era un
hombre de hábitos sórdidos y aspecto desarrapado. Pero el título fue rescatado
por Carlos V, quien al coronarse emperador pensó que “Alteza” ya no era
suficiente y decidió darle un nuevo sentido a “Majestad”.
En aquellos tiempos “reales” los títulos eran cosa seria
y no se podían usar con ligereza. La diferencia entre “Alteza” y “Excelencia”,
por ejemplo, era muy marcada. Así lo demuestra el incidente en que el príncipe
don Juan, hermano de Felipe II utilizó el primer título y la ciudad de Granada
lo saludó como “Alteza”. El asunto causó revuelo en la Corte. Hubo intrigas y
mensajes de protesta. Al final, el Príncipe tuvo que renunciar al título de
“Alteza”, y usar a cambio el de “Excelencia”; pues de haber persistido en ser
llamado como sólo Felipe II podía ser llamado, corría el riesgo de ser
ejecutado por traición.
En el siglo XVII los cardenales solían ser llamados con
el título de “Señoría Ilustrísima”. Pero el título pronto se quedó corto y el
Duque de Lerma, el ministro y cardenal español, decidió en su vejez que lo
llamaran “Excelencia Reverendísima”. En aquel tiempo la Iglesia de Roma estaba
en su esplendor y el título de “Reverendo” se consideraba mucho más alto que el
de “Ilustre”. Pero “Reverendo” también corrió la suerte de “Ilustre”, y con el
tiempo fue reemplazado por “Eminente”.
Hoy en día cualquiera de estos títulos produce una
sonrisa y despierta irreverencia. Pero eso no quiere decir que las costumbres y
vanidades que inspiraron esa secuencia de absurdos hayan desaparecido. Nos
resulta imposible sustraernos a nuestro pasado cortesano. Doctor, Patrón o
Capo son las versiones contemporáneas y locales de esos títulos que por igual
señalan a quienes ostentan los poderes terrenales y la fragilidad de sus
reinados.
Publicado en Vivir en El Poblado el 4 de diciembre de
2015.
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