martes, 9 de mayo de 2017

La ciudad sin orillas

Texto publicado en el suplemento Dominical de El Universal, de Cartagena. en mayo de 1998.


“A mí se me hace cuento que em­pezó Buenos Aires: 
la juzgo tan eter­na como el agua y el aire”.

Jorge Luis Borges,
Fundación mítica de Buenos Aires.

1. Como el agua y el aire

Bajo una garúa minuciosa, trece palomas grises miran una ventana y se preguntan por qué no han vuelto a ver a la anciana de sonrisa dulce e incom­pleta que les daba maíz por las mañanas. Descon­cer­tadas, melancólicas, porteñas, se dejan mojar hasta los huesos por la lluvia menuda, incapaces de alejarse.
Ignoran que las miran (Buenos Aires es una ciudad llena de seres que se miran e ignoran que se miran). Levantan los picos en dirección a la ven­tana y sienten que están completamente solas en su incertidumbre, sin saber que desde el auto­bús 92 un sujeto las mira y comparte sus temores.
Lleva una semana en la ciudad. Nunca antes estuvo en Buenos Aires (lo que sabe lo aprendió leyendo a sus autores preferidos). Los últimos cuatro días ha pasado por ese sitio a la misma hora. La primera vez lo atrajo la escena: una ancia­na sonriente, envuelta en una bata azul celeste, arrojándole maíz a un jolgorio de palomas.  Los días siguientes sólo vio las palomas mirando la ven­ta­na tercamente cerrada. 
En medio del tumulto de camperas y gabar­di­nas, que a esa hora ocupa el autobús 92, el sujeto aven­tura una nueva definición de Buenos Aires: un tejido infinito de historias que nunca se sabe cómo terminan.
El sujeto tiene razones de peso para intentar definir a Buenos Aires. Por algo que sería fácil lla­mar suerte, fue invitado a participar en el primer taller que realiza en Argentina la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. El taller lo dirige Tomás Eloy  Martínez y es sobre narración periodística. Cada participante ha elegido un tema para escribir y él, sin saber lo que decía, ha dicho que su tema es Buenos Aires. Ahora se mueve por las calles de esa ciudad sin límites, mirándolo todo con ojos de condenado, y buscando, buscando como piantado, una forma de expresar lo inex­presable.
En los quioscos de revistas ha creído encontrar una clave. La colección de los libros de Borges puso en venta esa semana El libro de arena. El sujeto cree que la imagen de ese libro que nunca se termi­na de leer puede ayudarle a reflejar esa ciudad, ese mar de calles y edificios al que no se le conocen sus orillas.
Pero al llegar a la sede del Freedom Forum (un organismo internacional para la defensa de la libertad de prensa), donde se realizan las sesiones del taller, la idea de usar el libro de arena como imagen se le empieza a escurrir entre las manos.
Dice que piensa reflejar a Buenos Aires a través de instantáneas de aquello que más le impresionó. La idea es que cada imagen sea como una página del libro de arena. Entonces lee, en una de las sesiones del taller, los primeros instantes que ha atrapado:
Habla de la anciana que no volvió a darle alimento a las palomas, de las veredas repletas de mierda de perro, de la sorpresa que fue para él encontrar librerías abiertas a las doce de la noche.
Muestra al encantador de serpientes que cada noche se ubica en la calle Corrientes para pedir unos “mangos” mientras hace levitar una serpiente inexistente.
Cuenta que la vida nocturna es muy intensa y que es común ver a los ancianos departiendo hasta tarde en los cafés, y entrando a los cines o teatros.
Dice que junto al cementerio de la Recoleta están los hoteles de los enamorados y que éstos se reponen de sus orgasmos mirando los ángeles de las tumbas.
Habla del fluir incesante de seres, por las calles y por los pasillos del subté, casi todos en silencio, serios, quizá tristes, muchos de ellos pensando que esa tierra que llaman suya no era la tierra de sus abuelos.
Refiere la historia del striper egipcio que puede llegar al climax frente al público sin ayuda de sus manos.
Intenta descifrar el gesto melancólico y el humor incisivo y veloz que poseen los porteños.
Trata de entender la pasión por el fútbol o la atención fanática con que miran la T.V.
Procura reflejar la curiosidad risueña con que la gente visita en sus autos el viejo Palermo de cuchi­lleros, ahora sitiado por travestis con rostro de bo­xea­dor y oficio recién legitimado por las leyes.
Anota que el tango y la pampa, a pesar de ser fantasmas, se niegan a dejar esa ciudad.
Habla de míster Corcho, el hombre que unió la desesperación y el ingenio para interpretar can­ciones porteñas con un corcho en la boca.
Cuenta, refiere, relata y, mientras más dice, sien­te que es más lo que le falta.
“No olvides que el libro de arena jamás puede abrirse dos veces en la misma página”, advierte Tomás Eloy.
Y el sujeto comprende que sería muy triste no volver a ver jamás a Buenos Aires y admite que tendrá que buscar otra forma de escribir su relato.



2. Conjeturas sobre un brillo en la mirada

A pesar de la firmeza y la confianza, hay algo de tristeza o desconcierto en su mirada.
Llega puntual, el lunes en la mañana, y no oculta los deseos de empezar a trabajar.
Después de la presentación protocolaria se lanza a hablar del tema del taller. Dice que cada vez habrá más espacio en los periódicos para las narraciones periodísticas con calidad literaria. Cuenta que diarios como el New York Times destacan diariamente, en su primera página, dos o más narraciones periodísticas.
Entonces deriva hacia la novela. Afirma que un día Carlos Fuentes y García Márquez se dijeron: “Vamos a tirar nuestras novelas al mar, lo que hay es que mostrar la realidad”, e insiste en que el se­creto del asunto radica en aprender a escribir de manera eficaz.
Durante cuatro días coordina ese taller con perio­distas de Argentina, Brasil, Colombia y Vene­zue­la. Escucha a cada uno y lo aconseja. Habla de la importancia del arranque, de la urgen­cia de encontrarle a cada texto el tono y la estruc­tura necesarios. Compara con Virgilio al escritor, a los lectores con Dante, y hace un elogio del silencio como herramienta del periodista: “Si se quedan calla­dos largo rato, el entrevistado no podrá conte­ner el impulso de hablar”


                                                                                                     Tomás Eloy Martínez
 
 


 Pocas veces se deja arrastrar por el paisaje que se ve por la ventana de ese piso veintitrés.  Sólo el primer día mira con detalle el aeroparque, la esta­ción de trenes, la autopista y el río de la Plata. Des­pués sólo lanza miradas fugaces que no pueden ocul­tar un raro brillo de tristeza o desconcierto.
Después de años y rodeos y terca fidelidad a su vocación, es uno de los escritores más importantes de su país y quizá el de mayor proyección interna­cional en la actualidad.
Pero mantiene una extraña relación de atracción y de rechazo con esa capital donde se agrupa casi el sesenta por ciento de sus compatriotas.
Vive casi todo el año cerca de Nueva York: es profesor de Literatura de la Universidad de Rutgers. Nació en Tucumán: una región al norte del país que endul­za a la Argentina con el azúcar y que tiene como rasgo principal el inocultable aire precolom­bino de sus gentes.
Pero Buenos Aires ha sido el centro de su vida y de su obra. A esta ciudad que prefiere no mirar llegó muy joven con la ilusión de hacer carrera en el periodismo. De esta ciudad tuvo que huir, en 1975, con la muerte pisando sus talones (quizá prefiere renunciar al panorama para no tener que imaginar que en algún sitio siguen vivos los hombres que recibieron de un gobierno militar la orden de matarlo).
Esa ciudad, sus mitos, sus pasiones dementes y sus bellezas extremas, recorren buena parte de sus libros.
Justamente uno de los mitos, el de una mujer  a la que el fervor elevó a la santidad, lo condujo a la fama —ya un poco inmanejable— que quizá es la responsable del brillo de desconcierto.
Ahora él también es un mito. Durante aquellos días del taller, sus tardes y sus noches son de agenda apretada. Un día debe ir a la Feria del Libro a presentar a Carlos Fuentes. Otro día debe visitar varios canales de televisión, para conceder entre­vistas. Una noche acompaña a cenar a la gente del taller en un restaurante de San Telmo, pero al día siguiente debe madrugar para hablar con la gente de Alfaguara. Una tarde visita el diario la Nación —en el que sigue publicando una columna semanal— y dicta una conferencia a un auditorio numeroso en el que hay viejos compañeros del oficio que nunca ganaron la beca del exilio.
Porque, después de todo, el exilio parece más bien una beca (así lo definió Julio Cortázar) que a gente como él le permitió cosechar experiencias, convertirse en alumno aventajado de la vida.
Este nuevo regreso a Buenos Aires —la ciudad que ya nunca podrá dejar de mirar con ojos de extranjero— está marcado por un adicional motivo de alegría: la reedición de su libro Lugar común la muerte, un compendio de narraciones periodísticas de calidad literaria cuyo tema principal es el último resuello.
Se muere mucho en esas páginas. Políticos, escri­tores, gente anónima y hasta ciudades enteras desaparecen de nuestra vista, pero esa insistencia en la muerte termina por convertirse en un canto a la patética belleza de la vida.
“La firma es el único capital con que cuentan los periodistas”, afirma, con pausas acentuadas, como si revelara uno de sus secretos más valiosos.
Y mira fugazmente en dirección a la ventana. Quizá —después de todo— no sea desconcierto ni tristeza el dolor contenido que brilla en esos ojos. Quizá sólo se trata de la incrédula sorpresa de saber que sigue vivo.


3. No nos olvidemos de Cabezas

—Che, dejá de ser lúgubre. Parecés más porteño que los porteños. Mejor cambiá de tema y decime qué fue lo que más te impresionó.
—Entonces no podré cambiar de tema, porque lo que más me impresionó fue la forma como piden justicia en el caso de José Luis Cabezas. El rostro del fotógrafo asesinado es una imagen tan difun­dida en Buenos Aires como un día lo fue la del Che Guevara. En las vidrieras de los almacenes, en los periódicos y revistas, en los autos, en la televisión aparece la mirada quejumbrosa de la víctima y el lema: “No nos olvidemos de Cabezas”. Es tal la pre­sión de la sociedad que no sólo cayeron los autores materiales sino que está a punto de caer el autor intelectual: alguien grande, pesado, con nexos en el poder que al parecer no van a servirle para nada.
—Sí, che. Hasta para exigir justicia somos ma­ca­nudos.
—Fue un largo aprendizaje. Las dictaduras, la corrupción, las situaciones extremas, fueron enseñándole a la gente que también debe ejercer el poder de su opinión. Después de ese caso, cual­quier asesino va a pensarlo dos veces antes de disparar.  Pero esa reacción admirable de la gente también me dolió.
—¿Te dolió? Pero, che, ¿de qué lado estás?
—No te apresures, me dolió al comparar lo que sucede en Buenos Aires con las cosas atroces que pasan en mi país. Desde lejos pude ver mucho más claros los perfiles de la pesadilla en que vivimos. ¿Sabes lo que se siente cuando alguien te dice: “Acabo de ver en televisión que en tu país hubo dos masacres”? ¿Sabes lo que eso significa frente a la muerte única a la que los argentinos le exigen justicia? ¿Sabes lo que se siente al comprobar que las madres de la Plaza de Mayo siguen pidiendo el regreso de sus seres queridos? ¿Sabes lo que pasa por dentro del periodista que descubre —en un informe que le entrega el Freedom Forum— que su país ocupa el segundo lugar en el mundo en asesinatos de periodistas (43 en los últimos diez años y ni un solo detenido)? ¿Sabes la culpa que se siente cuándo alguien tan lejos te pregunta por Fredy Elles —nuestro fotógrafo asesinado— y tienes la certeza de que en su tierra ya pocos los recuerdan?
—Qué sé yo, che.
—¿Te dije que uno de los motivos del viaje a Buenos Aires fue dar una conferencia sobre  García Márquez?
—Seee, chanta. No podías callártelo.
—Pues te cuento que fui a la universidad de Belgrano (queda en la calle Zabala, toma nota de ese dato) y hablé durante más de una hora sobre lo que significó para García Márquez la experiencia que vivió en El Universal, al lado de gente como Rojas Herazo y el maestro Zabala. Pero eso no es lo notable. Lo importante es que una  vez satisfechas las curiosidades iniciales (García Márquez es un ídolo en Argentina, es el autor que más vende en ese país, hasta en los supermercados es posible con­se­guir todos sus libros), después de todo eso, te decía, los futuros periodistas empezaron a hacer preguntas sobre Colombia y, mientras les respon­día, mientras les hablaba de impunidades y po­brezas, de guerras en las que ni siquiera se sabe cuántos bandos hay, de corrupciones y de vidas devaluadas, llegué a la conclusión de que somos un país moralmente muerto, anestesiado por la san­gre, una mierda completa para decirlo en forma gráfica.
—Callate, boludo, que pueden oírte.
—Tenés razón, che.

4. La feria más grande y pequeña de Latinoamérica

Todo en Buenos Aires es superlativo. Tienen la avenida más ancha del mundo: la 9 de julio, con el obelisco que tanto perturba a los psicoanalistas; y la más larga: la Rivadavia, que sale de la Capital Federal, sigue por la provincia de Buenos Aires y, al parecer, nadie sabe dónde termina.
Los chistes sobre argentinos suelen referirse al agrandamiento de los porteños. Según se dice, los relámpagos son los flashes de las fotos que Dios les toma. También se afirma que todos los argentinos que visitan París hacen una excursión a la torre Eiffel para saber cómo se ve París sin ellos.
Henri Michaux definió a Buenos Aires como la capital de un imperio que nunca existió y, en cierta forma, tenía razón. Hay algo de anacronismo en esa ciudad de corte europeo, émula de las capitales del primer mundo, con grandes avenidas y modernos almacenes, pero situada en la cabecera de una pampa inmensa y desolada, con vacas que comen pasto y gauchos que ceban mate.
También en sus costumbres son europeos. Por algo se dice que —mientras otros pueblos descien­den de los Celtas o los Aztecas— los porteños des­cien­den de los barcos. Buenos Aires es el fruto de múl­­tiples y masivas migraciones de italianos, ingle­ses, franceses, alemanes y un largo etcétera, que a finales del siglo pasado y durante los grandes conflictos bélicos de este siglo fueron llegando para quedarse y dieron forma al rostro cosmopolita que la capital ofrece. Con ellos llegaron filosofías y costumbres tan notorias como el gusto por el buen comer y  la afición por la lectura.
Sólo en la capital Federal hay mil setecientas librerías, algunas de las cuales permanecen abier­tas casi todos los días hasta la una de la mañana. En los últimos años, el promedio de edición de libros en el país fue de treinta millones de ejem­plares.
Pero no sólo son los libros. Las publicaciones periódicas también tienen un terreno abonado en ese país. Clarín y Noticias son el periódico y la revista de mayor circulación. El primero alcanza el millón de lectores los domingos y la segunda llega a unas seiscientas mil personas cada semana.
Con cifras como esas resulta comprensible que la Feria del Libro de Buenos Aires sea la más grande del continente (un millón de visitantes en 18 días) y que sin embargo su impacto no sea muy notable en la vida de la ciudad.
Los lectores especializados suelen eludir los tumul­tos de la Feria y prefieren  buscar sus libros en las completas librerías que abundan en Buenos Aires. Es más la gente que renuncia a ir que la que va. Y sin embargo la Feria es descomunal.
A pesar de que este año no hubo quien despertara los delirios de estrella de rock que produjo Ray Bradbury el año pasado, grandes escritores dieron brillo a la vigésima cuarta Feria del Libro de Buenos Aires, que este año tuvo como lema: “El libro, del autor al lector”.
En primera línea estuvieron los dos argentinos nominados al Premio Nobel: Ernesto Sábato y Adolfo Bioy Casares. También fue posible encon­trarse en la Feria con Carlos Fuentes, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez o el español Juan Marsé. Todo  ellos dialogaron con el público, firma­ron miles de autógrafos e hicieron real y directa la consigna de que el libro es un puente vital entre el autor y su lector.
Sábato habló con el público el primero de mayo y aprovechó para decir que quizá lo único en que ha sido coherente es en luchar siempre por la justicia social. Hizo una defensa de las anarquía (“Cristo fue un anarquista de su tiempo que andaba a las patadas, y eso lo hizo trascender”), contó que vive en Santos Lugares —fuera de Buenos Aires— porque las grandes ciudades le parecen detes­tables, invitó a la juventud a mantener los ideales (“La esperanza nace de la desesperación. En esta época de crisis en el planeta surge la esperanza, sobre todo en los jóvenes. No se pudran.”) y se lamen­tó de todas las “pavadas” que se publican hoy en día (“Es una lástima tirar árboles para publicar idioteces. Los libros valiosos hablan de la vida y de la muerte, tienen de todo y a menudo son divertidos.”)



                                                                                                Ernesto Sábato


Carlos Fuentes —autor de La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel y La región más transparente, entre muchas otras obras— dijo tener confianza en el futuro de la novela y destacó el florecimiento de la novela latinoamericana en la segunda mitad de este siglo. Para él, buena parte de ese auge se debe al carácter visionario del escritor francés Roger Caillois, quien llegó a la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial y regresó a Europa conven­cido de que el futuro de la novela se encontraba en América Latina. Caillois propició la creación de la colección La cruz del sur, de la edito­rial Gallimard, donde fueron editadas por primera vez en francés las obras de Borges y Miguel Angel Asturias, entre otros.
Benedetti presentó su poemario La vida ese pa­rén­tesis y ratificó que es uno de los pocos poetas en el mundo capaces de despertar el fervor de gran­des multitudes. Benedetti aprovechó su inter­ven­ción pública para criticar el proceso de globa­liza­ción económica y cultural ( que “tiende a globali­zar el desaliento”, dice en uno de sus poe­mas) y se refirió a un nuevo fenómeno latinoa­mericano que él ha denominado el Desexilio: ese difícil proceso que viven miles de latinoamericanos exiliados durante las dictaduras y que ahora intentan regresar y adaptarse —no siempre con éxito— a sus lugares de origen.
Bioy Casares, por su parte, dijo que si no se habla demasiado sobre su candidatura al Premio Nobel, tendrá más probabilidades de ganarlo.
Pero no sólo brillaron las estrellas. En la Feria del Libro se congregan tantos escritores que el ofi­cio corre el riesgo de trivializarse. En el stand de ediciones La Flor, Quino y Fontanarrosa se turnan para dar autógrafos. En el de Sudamericana, Mario Bunge es asediado por admiradores con espíritu cien­tí­fico. Sergio Ramírez y Eliseo Alberto firman las novelas que ganaron la última edición del pre­mio Planeta. Rosa Montero habla, Daniel Samper opina...
Y, como si fuera poco, la Feria también ofrece  un espectáculo insólito: en distintos stands y pabellones, decenas de escritoras y escritores tamborilean impacientes, miran con gesto digno el flujo de las multitudes frente a sus mesas y espe­ran a que alguien se anime o se apiade y les pida un autógrafo o, al menos, los invite a comer un chori­pán.


5. Un relato fantástico

Dejemos atrás el ruido y las multitudes.
El sujeto llega a un edificio afrancesado en la calle Posadas, sube al piso sexto, abre su boca sin disimulo al ver el busto de mármol y el gran espejo que no lo refleja. Deja fluir el estupor al comprobar las enormes dimensiones  de ese apartamento-bi­blio­teca de techos altos y aire distante, como si en sus pasillos transcurrieran otros tiempos.
Acepta cortés y obediente la solicitud de esperar que le hace esa anciana de rostro al borde de una sonrisa. Llena la espera mirando los lomos de esas ediciones antiguas con títulos en francés y en inglés, y piensa, trata de entender quién es el hom­bre que se apresta a recibirlo.
Adolfo Bioy Casares es uno de los más grandes escritores vivos de la Argentina, en su obra abun­dan las tramas fantásticas y a los veintiséis años escri­bió una novela —La invención de Morel— que Jorge Luis Borges consideró perfecta.
Cuando se llega a su cuarto es difícil encon­trarlo. Primero está la cama, alta y antigua, como una isla a la deriva en un mar de libros. Luego se consigue distinguirlo al pie de la ventana, en un sillón bajo, con las piernas extendidas, y esperan­do, con sus ojos azules, sólo un poco curiosos, y un aire condescendiente y esforzado.
Parece un personaje de película de ciencia ficción al que un raro virus o una jugarreta del tiem­­po y el espacio condujeron, de un momento a otro, a la vejez más extrema. Cuesta pensar que en Buenos Aires tiene la doble fama de escritor y de Don Juan arrasador.
Ese día está de buen humor. Dice que las cosas marchan bien, aclara que sólo le molesta un dolor en una pierna y agrega con una sonrisa sin énfasis que, por fortuna, no necesita la pierna para es cribir.
Dice que el dolor es una de las experiencias más solitarias que tiene el hombre. Porque si uno le dice a otro que le duele, ese otro no podrá nunca imagi­nar ese dolor en su justa dimensión. Entonces cuen­­ta que esa misma tarde espera terminar un cuen­­to corto, de unas seis páginas, sobre un inven­tor que consigue que se pueda transmitir el dolor. Al comienzo del relato, el invento parece ser muy útil para el desarrollo de la medicina, pues los diag­nósticos cada vez son más exactos. Pero las cosas se complican cuando los médicos se llenan de dolo­res y deciden matar al inventor.


Adolfo Bioy Casares


Las sospechas de que ese hombre de ochenta y cin­co años no es real —que quizá se trata de una in­vención— surgen cuando dice que se dispone a es­cri­bir una nueva novela: la historia de dos ami­gos que quieren que sus hijos también sean ami­gos. Hay algo de sobrenatural en la obstinación de ese ser de voz resquebrajada que se dispone a lle­nar cientos de páginas a pesar del temblor rebel­de de sus manos.
Entonces empieza a revelar los secretos de su arte:
“Antes de ponerme a escribir, sé todo sobre la obra, desde el principio hasta el final. Nunca he empezado a escribir sin saberlo todo. Trato de tener previstas todas las situaciones. A veces me engaño a mí mismo y me encuentro con una dificultad que me ha estado esperando en algún punto del relato, pero en general he podido resolver los problemas y cumplir con mis ideas”.
Dice que una manera de tener claros sus relatos es contarle la historia a una amiga mientras cenan en un restaurante. “Si veo que la historia le interesa, me siento estimulado”.
— ¿Escribe a mano?
El hombre en la silla no responde. Lleva una mano al bolsillo interior de su chaqueta, muestra una hermosa estilográfica negra y dice, como quien desenfunda un arma porque lo han provocado: “Esta es mi máquina de escribir”.
“Yo prefiero usar tinta y no lápiz, y cuadernos y no hojas sueltas, porque es como si el cuaderno me exi­gi­era escribir siempre lo mejor que yo puedo para no arrancar la página... Después las arranco, pero por lo menos esto me sirve de estímulo para escribir del mejor modo que puedo. Creo que cada texto hay que aprender a escribirlo, que nunca se acaba de apren­der a escribir. Usted tiene una nueva historia y la primera página le da más trabajo que todas las otras porque todavía no ha aprendido a escribirla. Cuando ya escribió la primera página —cuando ha aprendido— la segunda se escribe con menos difi­cultad.
“Lo de la tinta es para que lo escrito sea algo fijo, que no se pueda borrar”.
A esas alturas de la entrevista —y de su viaje a Buenos Aires— el sujeto ha comprendido que una de las constantes de esa experiencia es escuchar lo que pueden enseñarle los maestros en el arte de escribir.
 “Mis primeras seis obras fueron las seis peores obras del mundo”, dice el hombre de la silla, con una mirada firme que pasa por encima de las debilidades de su cuerpo. “Si tiene vocación, escri­ba. A escribir se aprende escribiendo y leyendo. Hay que leer y escribir mucho”.
“Creo que mi relación con los lectores es ahora muy buena. Cuando escribí esos libros no era tan bue­na y tenían razón. En algún diario —cuando yo escribí un libro que se llamaba Caos— el redactor me aconsejó que abandonara la literatura y que plantara papas. Yo fui bastante insensible y no hice caso, pero no me arrepiento porque me gusta mucho escribir. Espero que los lectores estén conformes con lo que yo hago”.
–¿Cómo es la rutina suya hoy en día?
“La rutina mía de toda la vida es: las mañanas que tengo libres las dedico a escribir y, si  la tarde también la tengo libre, vuelvo a escribir. Leo al atardecer y no leo en la cama, leo levantado. La cama la uso para dormir”.
—¿Corrige mucho?
“Mucho. Trato siempre de eliminar las habituales tor­pe­zas mías. Trato de limpiar el texto y de que fluya el estilo, que el lector encuentre el camino expedito para seguir de la primera página a las otras”.
—¿Que está leyendo ahora?
“Acabo de leer un libro de Hemingway que habla de sus amistades con otros escritores y es realmente muy hermoso. Leo poco los autores nuevos. Prefiero releer. He releído La guerra y la paz, que me ha parecido un libro espléndido, como me pareció cuando lo leí por primera vez. La lectura me tomó varios meses”.
Es casi inconcebible una conversación con Bioy Casares en la que no aparezca la figura de Borges. A pesar de la diferencia de edades —Borges era dieciséis años mayor— fueron grandes amigos. Jun­tos hicieron antologías, trabajaron en torno a la revista Sur, al lado de Victoria y Silvina Ocampo —que fue esposa de Bioy (justo sobre su cabeza hay una foto de ella)— y llegaron a escribir relatos a dos manos.
“Creo que una de las razones por las que mi vida ha sido afortunada fue por conocer a Borges. Era una persona extraordinaria, siempre estaba  pen­san­do, su inteligencia no descansaba nunca. Siem­pre estaba inventando cosas y podíamos ha­blar de literatura incansablemente de la mañana a la noche. Cuando escribíamos juntos, generalmente inventá­bamos una historias durante la cena y Borges decía: ‘Vamos a dedicarle tres cenas antes de ponernos a escribir’. Pero después de acabar de comer se impa­cien­taba y decía: ‘Dejémonos de tonterías. Vamos a escribir ahora mismo’ ”.
“El trabajo se basaba, sobre todo, en no tener vanidad, en ser muy amigos y no poder ofenderse. Si yo decía una tontería, Borges decía: ‘No, no, no... ya miaste fuera del tiesto. No, no, no...’. Lo mismo si a él se le ocurría algo que no me parecía adecuado, yo se lo decía. Normalmente el relato se iba haciendo así: una frase de uno, dos frases de uno, otra frase del otro y nos divertíamos mucho”.
—¿Qué piensa sobre la vanidad y el culto a la ima­gen que suele haber hoy en torno a los escrito­res?
“Creo que nosotros no tuvimos nunca esa vani­dad. La vanidad me parece un poco absurda.”
—Por cuáles libros, en especial, le gustaría ser leído o recordado.
“Yo no puedo decir eso. Mis amigos inteligentes prefieren El sueño de los héroes. Otros prefieren La invención de Morel. Este último ha ido a todos los países y gracias a que lo publicaron todavía me piden libros de China, de Japón, de Rusia, de Tur­quía. La semana pasada me han pedido un libro de Tur­quía. Así que creo que a La invención de Morel, que me tiene tan cansado, le debo sin embargo mu­chas cosas.”
—¿El mundo actual sigue siendo tan receptivo a lo fantástico?
“Creo que el mundo sigue siendo receptivo a lo fantástico. Pero yo estoy menos receptivo. A mí me gustaría escribir algo que no fuera una historia fan­tás­tica, pero las que mi mente me ofrece son todas his­torias fantásticas.”
— Si se inventara la manera de que una persona fuera al futuro —uno o dos siglos más adelante—, ¿cree que vería que la gente todavía lee a Bioy Casares?
“Hay un cuento de un escritor que consigue ese don y, después, cuando ve el futuro advierte que nadie lee sus libros.”
“No estoy seguro de que no me pase eso, pero trato de creer que no me va a pasar y que lo que estoy escribiendo no son tonterías. Pero vaya uno a saberlo.”
Entonces, el sujeto le pregunta por el recuerdo más distante que tiene de la infancia y el hombre de la silla regresa del futuro en el que no ha sido olvidado, pasa raudo por ese presente en el que hablan —con las zancadas elásticas y vigorosas del tenista consumado que fue— y desanda más de ochenta años de su vida, sin mostrar el menor gesto de cansancio.
“Creo que el primer recuerdo que tengo es de estar en un campo, en la provincia de Las flores, en una zona llamada Pardo. Ahí estoy, mirando la luna, y me parece que hay unos personajes en la luna. Entonces mi padre se acerca y me dice que sí, que hay un hombre en un burrito allá en la luna”.
“Ahora no lo veo, pero esa vez lo vi”.



6. De la estirpe de los barcos

Después de todo, la imagen del libro de arena puede ser la apropiada. Sólo hay que pensar en Heráclito para vencer el temor: de todas maneras estamos condenados a no bañarnos dos veces en el mismo río.
El sujeto se sienta en el banco de un parque —el Lezama, quizá, o las barracas de Belgrano— a tratar de digerir lo que ha vivido. Extrae de su morral de peregrino el libro de arena que compró en un puesto de revistas de la calle Suipacha. Aprecia la paradójica delgadez del volumen antes de decidirse a hojearlo.
Al abrirlo siente algo poderoso como una ráfaga de viento, que sin embargo no mueve sus cabellos. Sus ojos permanecen desmesuradamente abiertos. Sus manos se aferran a las solapas del libro. Las páginas se mueven a su antojo.
Ve multitudes gritando en los estadios. Escucha cantos de amor incondicional a los equipos. Ve fanáticos sin camisa lanzando alaridos que les tensan hasta el límite las venas en el cuello.
Ve a Zunino preguntarle a sus hijos —al final de un lánguido empate de Independiente— cuál es el próximo partido. Lo oye decir, con su escéptica voz de porteño apacible: “Ahí estaremos de nuevo. Sufriendo”. 
Ve bailarines y músicos de tango divirtiendo a los turistas, desligados de la sórdida oscuridad que le dio origen a esa música, pero igualmente poseídos por otras formas del desencanto.
Ve a míster Corcho castigar sin piedad sus meji­llas, le imagina una infancia sin amor, montones de corchos tragados por accidente para perfec­cionar su arte.
Ve las noches encendidas en Corrientes y en la avenida de Mayo: los ancianos que departen hasta tarde en torno a los cafés, las filas de medianoche para entrar a los cines o teatros, las librerías de viejo, esperando hasta la madrugada a los lectores desvelados.
Ve un “gato” elegante en la Plaza Cortázar —junto al café Macondo— ignorando el sufrido pasado de quienes le antecedieron en los piringun­dís malevos.
Ve a Raúl, preocupado porque sus tareas de edi­tor lo alejan de la creación. Lo ve venir, desde la parrilla que está en el patio de su casa, con un aire de pilluelo y unas carnes deliciosas y en su punto.
Ve la primera fundación, ve la segunda funda­ción, ve la fundación mítica de Buenos Aires: asiste a la ceremonia en la que unos aborígenes se comen a uno de esos fundadores.
Ve a los gauchos sobrevivir gracias al mate. Ve, en una sola intolerable visión total, todos los mates amargos y simples que en un instante único se beben en la ciudad en esa tarde gris de otoño .
Ve los barcos viejos de la Boca, triturados por el sol, muertos o moribundos como el agua, recor­dando con nostalgia porteña los tiempos en que el río era la vida, aferrados al bullicio de las familias numerosas que llegaban a apiñarse en los conventillos, que pintaban sus casas con los ruidosos colores de los barcos y sembraban para siempre en esas tierras sus acentos y ademanes.
Ve los avisos en italiano, en alemán, en francés o en armenio, explicando y justificando el aire de lejanía que hay en las caras.
Ve la vida de perros de los perros que habitan Buenos Aires, sus protestas resbalosas llenando las veredas, sus encierros atroces en apartamentos o altillos, la piadosa labor de los que trabajan paseándolos. Ve a los psicólogos que intentan curarles las neurosis que les han contagiado los humanos.
Ve los inmensos parques que hacen abierta y fresca esa ciudad. Ve los peces exiliados del Jardín Japonés.
Ve a la Susana Giménez de sus primeros sueños eróticos, la rubia desaforada que nunca se despe­gaba de Monzón, empeñándose ahora en luchar contra los años, decidida a tensar su piel al má­ximo para seguir viviendo por y para su cuerpo.
Ve los escándalos que unen, a través de la T.V., a ese inmenso mar de solitarios: la maestra de treinta y dos años locamente enamorada de su alumno adolescente, el juez cuya justicia estuvo atada por culpa de un video que mostraba su placer con otro hombre, los premios de televisión Martín Fierro —que ponen en evidencia los recelos en el gremio—, el fútbol, los inundados.
Ve a Laura mirar sorprendida las calles y exclamar: “Es cierto, no lo había notado: hay  pocos niños en la ciudad.”
Ve el maniático fluir de Villa Freud, el barrio de los psicoanalistas. Ve a los bandos departiendo en el café Jung y en el café Freud, separados por una calle. 
Ve a un taxista al que la mosca se le escapa de las manos.
Ve a Balbo referirse preocupado al problema de la droga entre los jóvenes. Ve sus ojos de crío de­sam­parado cuando habla de conspiraciones inter­nacionales que han convertido a Buenos Aires en un buen negocio para las mafias.
El ventarrón de tiempo sacude sin cesar aquellas hojas y le hace ver ahora las estadísticas que informan que, aún hoy, los  nombres de Evita y de Juan Domingo Perón son los más mencionados en los medios.
Ve el rostro del fotógrafo Cabezas por todos lados. Ve las fotos que tomó, en un libro que aca­ban de editar. Ve al principal sospechoso del cri­men en una de las fotos que ilustran la portada.
Ve a la ciudad respirar alegre el cielo abierto en las noches de concierto. Ve a un Lalo Schifrin fugazmente repatriado para llenar de orgullo patrio a los porteños que recuerdan que fue él quien compuso el tema clásico de Misión Imposible. Ve el concierto del Día del Trabajo: ve a León Gieco, Mercedes Sosa, el niño prodigio de Tucumán, alentando a todo el mundo para que ayude a los inundados.
Ve a Gonzalo y recibe agradecido sus palabras: “Vos también sos un chanta”.
Ve a Darío chateando contra el mundo —olvi­dado por un momento de su pasión por la escritura— y preguntándole a voces que no oye: qué hacés, donde vivís, llueve o hay sol en tu ciudad.
Ve a Borges por todos lados, cada vez más con­vencido de que sólo una cosa no hay: es el olvido.
Ve a la mujer de Maradona, también chateando, confesando en ese recinto anónimo que se aburre cantidades.
Ve a Maradona, desesperado, preguntándose qué más debe decir para que no lo olviden, pade­ciendo una nostalgia más terrible que la nostalgia natu­ral y casi placentera de los porteños que deam­bulan, con rostro inexpresivo, por calles y ascen­sores, trenes y autobuses, teatros, cafés, ferias o parques, en aquella  ciudad desmesurada.
Y mientras más mira siente que es más lo que le queda por mirar.


Joaquín Salvador Lavado - Quino


7. Al borde del paréntesis

El asma es una enfermedad que obliga a sus víctimas a pensar constantemente en la muerte.
“Nací en el Paso del Toro. Mi infancia fue medio complicada. Mi padre compró una farmacia en Tacuarembó y lo estafaron, le vendieron los envases de medicamentos vacíos. Eso fue para mí un hecho definitivo, pasamos de la clase media a la ruina”.
Por decenas de causas distintas (por la conta­minación de las ciudades, por la lluvia de polvo de los días, por ciertos alimentos y hasta por miedos o desarreglos nerviosos), el paciente descubre de pronto que la respiración se dificulta más y más.
“Luego fuimos a vivir a Montevideo. Siempre re­cor­daré el ruido que hacía en las noches el techo de zinc. Hubo muchas dificultades. Vivimos mientras se iban vendiendo los regalos de matrimonio: vajillas de plata, relojes, cosas así. Mi madre era mo­dista. Mi padre estuvo mucho tiempo desem­plea­do. Luego, cuando yo tenía 8 años y la situación mejoró un poco, tuvieron otro hijo”.
Imagine el lector que el proceso inconsciente y rutinario de inhalar y exhalar se interrumpe de re­pente, imagine que si usted no se apresura a asumir el control de sus pulmones la muerte se le acerca en forma vertiginosa.


Mario Benedetti
 
 


“A los once años escribí una novela. Los primeros libros que leí fueron de Julio Verne. Dos años de vacaciones fue el primero y me encantó. Yo tenía tal pasión que me podía quedar horas y horas leyendo. Mi padre me decía, vas a leer hasta aquí. Yo leía varias veces el fragmento permitido. Después leí a Emilio Salgari y un libro que leímos todos los niños de mi generación, Corazón. Lo leíamos y llorábamos como locos. Ese libro nos enseñó a sentir. Fue un buen aprendizaje. Ahora a los niños les encajan esos marcianos horribles”.
Piense ahora que todos los músculos del pecho y el diafragma —que incluso algunos de los hombros y la espalda— redoblan esfuerzos para ponerse al servicio de la otrora sencilla labor de respirar.
“Cuando publiqué el primer libro —en una edición muy pobre que me regaló un amigo— lo mandé a dos o tres críticos. Uno de ellos me dijo: ‘Tu libro es un mal libro de un buen poeta’. Ese fue un momento decisivo en mi carrera literaria”.
Pero el problema no sólo es asumir el control de los pulmones y ponerse a respirar. El problema es que el aire no entra ni sale, que un bloqueo exas­perante hace que, en el mejor de los casos, la res­piración sea un silbido delgado y agónico que se inte­rrumpe a cada rato.
“Sólo hasta el octavo libro encontré un editor. Antes hacía un préstamo en el Banco Nacional y pu­bli­caba un libro. Cuando cancelaba la deuda, ha­cía otro préstamo y publicaba otro”.
El forcejeo es doloroso y sume al enfermo en depre­siones terribles: cada nuevo intento por llenar de aire los pulmones es una nueva reflexión sobre el sentido de la vida. A veces el enfermo desiste unos segundos y se va hundiendo en un pozo oscu­ro del que sólo lo rescata el instinto.
“Muchos escritores me han impresionado. Fui amigo de Cortázar. Era un buen escritor y un hom­bre muy cálido. También fui amigo de Onetti,  fuimos muy cercanos en Madrid. Éramos vecinos, no salía de la casa y su mujer me decía: ‘Tratá de conven­cerlo para que salga’. ‘Para qué’, decía él, ‘si en la cama se puede hacer todo: nacer, morir, comer, amar’. Su hosquedad era una defensa, cuando uno penetraba esa defensa era un buen amigo. Lezama Lima era fascinante. Hablaba igual que escribía. Era dificilísimo entenderlo. Escuché una conferencia y estaba admirado por su manera de juntar sustan­tivos y adjetivos, pero no recuerdo qué dijo. También era asmático. Yo cumplo este año las bodas de oro con mi mujer y con el asma. Proust fue un asmático famo­so y se aprovechó de eso para escribir en la cama. También lo fue el Che”.
Durante mucho tiempo se creyó que el asma era simplemente las dificultad para hacer entrar el aire a los pulmones. Estudios recientes revelaron que el problema es que los bronquios se contraen y dejan atrapado el aire en su interior. Todo esfuerzo por inhalar se hace inútil y doloroso porque los pulmo­nes ya están llenos. 
“A un escritor joven, además de asegurarse de contar con una dosis mínima de talento, le aconsejo trabajar mucho y no publicar inmediatamente lo que escribe, dejarlo reposar para leerlo con otros ojos.  Hay etapas en las que uno sufre influencias. Pero luego encuentra su estilo. A mí me influyeron Quiroga, Maupassant (por esa sabiduría para los finales y por el rigor, porque el cuento reclama mucho rigor, incluso más que la novela) y Chejov (por la atmósfera). Entre los poetas, Vallejo fue mi primera influencia pura y grande. También, un argentino injustamente olvidado, Baldomero Fernán­dez Moreno, que escribía sobre cosas sencillas, sobre lo que sentía la gente, mientras los demás poe­tas eran abstrusos. Después, en Antonio Macha­do encontré más calidad”.
En los asmáticos suele predominar una sensi­bilidad exagerada, pero la lucidez atroz a que los obligan sus ataques termina por desarrollarles la inteligencia.
“Escribo en computadora los cuentos y novelas, pero no la poesía. En la poesía hay una relación poe­ma, mano, papel, que es obligatoria. Escribo cuando me dejan. Esa es una de mis angustias de los últi­mos años. Tengo que pelear mi tiempo a muerte (elu­dir entrevistas o rehusarme a integrar jurados). Ten­go muchos temas que están haciendo cola. A lo que he llegado es a escribir de noche: los periodistas están muertos de sueño, los editores cansados y ahí puedo ponerme a escribir”.
Mario Benedetti enfrenta justo en este momento un ataque de asma. Se encuentra en el sótano de la librería Hernández —de la calle Corrientes— y piensa de nuevo en la muerte.
“Escribo por necesidad. No escribo para vender. El triunfo es una cosa inexplicable. Sucede que los libros que creo que van a ir bien no pasan de la se­gunda o tercera edición, y aquellos en los que no confío llegan a treinta. La novela La tregua ya pasó de las cien ediciones.”
Se encuentra en Buenos Aires para presentar su último libro de poemas, La vida ese paréntesis. La noche anterior leyó en la Feria del Libro, ante una multitud emocionada, algunos poemas de su libro.
“Soy ateo. Los poemas que componen este libro surgen de la certeza de que antes de nacer y des­pués de morir no existe nada, que todo lo que te­nemos nos ocurre durante ese paréntesis que lla­ma­­mos vida.”
Arriba, cientos de personas lo esperan para pe­dir­­le un autógrafo. La fila sale de la librería y os­cila en la vereda como una serpiente que remon­ta la corriente. Benedetti vuelve a llevarse a la boca el inhalador con el remedio que esta vez ha tardado en aliviarlo. Cierra los ojos exhausto, apoya los brazos tensos en las rodillas para mantenerse erguido y le pide a sus viejos pulmones que sigan respirando.
“Escribiré mientras pueda. Tengo setenta y ocho años y no creo que me quede mucho”.

Roberto Fontanarrosa

8. Una pradera nocturnal florida

Cuando tenía diez años, Julio Cortázar vivió la inol­vidable experiencia de subir al décimo piso de un edificio en Buenos Aires.
Era un niño sensible, desgarbado y extraño. La primera mitad de su vida la había pasado con su familia en Europa, en el neutral territorio de Suiza, al borde de una guerra cuyas proporciones tardaría algún tiempo en conocer.
A los cinco años ya sabía leer, sin confusiones, cualquier texto en francés, en inglés o en español.
Al final de la guerra, su familia regresó a la Argen­tina —el lugar de donde eran sus padres— y, apenas pisaron tierra, su padre salió despavorido.
Cortázar vivió con su madre, sus tías y su abuela alemana. Era el único hombre en un cam­pestre paraíso de jardines, pianos y tomateras, cer­ca de los rieles del tren, en el suburbio de Banfield.
Su primera decepción amorosa la sufrió a los ocho años, cuando le escribió un poema a una com­­pa­ñera de la escuela y la ingrata lo denunció con la maestra.
Sus compañeros le decían el maricón, porque pre­fería los libros de Julio Verne a los partidos de fútbol. Pero aprendieron a aceptarlo cuando descubrieron su asombrosa facilidad para escribir y vieron la generosidad con que hacía —con estilos distintos— las composiciones de sus compañeros más queridos.
Cuando tenía diez años pudo ver a Buenos Aires en la noche, desde la ventana de un décimo piso. La impresión fue tan conmovedora, produjo en él un estado tal de excitación y de ingravidez, que no regresó a la realidad hasta que escribió un poema que empezaba de la siguiente manera:
“Y la ciudad parece así, dormida
una pradera nocturnal, florida
por un millar de blancas margaritas”.
Setenta y cuatro años más tarde, también de noche, un avión se acercó a la cabecera de una de las pistas del aeropuerto de Ezeiza. Después de un silencio y una quietud que se prolongaban, exigiendo sonido y movimiento, el avión empezó a rodar por la pista, cada vez más veloz, cada vez más ruidoso, hasta que despegó las llantas de la pista.
Todos los pasajeros pujaron para ayudar al avión y en pocos segundos los motores de la nave se relajaron, a una altura ya considerable. Enton­ces el sujeto pudo ver a Buenos Aires.
En los aviones, las personas que miran dema­siado por las ventanas, que se pegan al acrílico y realizan piruetas aparatosas en sus sillas, suelen ser consideradas novatas, provincianas o escasas de decoro. El sujeto no se preocupa por nada de eso y mira arrobado la infinita pradera nocturnal florida que se extiende hasta lo que debe ser el horizonte.
Durante cerca de quince minutos sólo hay luces, avenidas, ciudad y más ciudad. Intenta recordar lo que ha vivido en ese sitio durante dos semanas, intenta sacar conclusiones, pensar en algo, alguna imagen que exprese todo aquello, pero la imagen la tiene ante los ojos y le resulta inexpresable. Sólo sabe que esas luces se están grabando en ese instante en el lugar de los recuerdos especiales.
Cuando ya no puede forcejear más contra la ventanilla, cuando comprende que es un hecho que la hermosa ciudad de Buenos Aires ha entrado en su pasado, intenta con torpeza pensar en ese coro de personas que durante aquellos días le hablaron de muchas cosas, pero especialmente de lo mismo, de lo suyo: de la vida y de la forma de escribirla. 
Buscó en su morral de peregrino el libro de Bradbury que eligió para el viaje. Estaba exhausto. Era incapaz de coordinar más de dos ideas. El sueño represado lo invitaba a darse por vencido. El rugido del avión era sedante.
Volvió a mirar por la ventana. Durante unos se­gun­­dos miró la oscuridad, la fría tiniebla de allá a­fue­ra.
Abrió el libro. Leyó:
“Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya”.
La frase fue a alojarse en su cabeza con la fuerza de un disparo.

Buenos Aires, abril-mayo de 1998






lunes, 24 de abril de 2017

En la Feria del Libro de Bogotá



Collage Editores y Eduardo Márceles presentan, 
el 1 de mayo a la 1 pm, 
la antología "20 narradores colombianos en USA".  
Sala Madre Josefa del Castillo.









domingo, 23 de abril de 2017

Retratos


Editado originalmente en 1996, en Cartagena de Indias, Retratos incluye crónicas, perfiles y entrevistas publicados en el diario El Universal, de esa ciudad, entre 1992 y 1995. Al lado de la Semana Santa en Mompox, de las exploraciones arqueológicas en busca de las cerámicas más antiguas de América y de historias de inmigrantes y seres anónimos, aparecen personajes del deporte: Adriana Salazar, René Higuita, Carlos “El Pibe” Valderrama y Bernardo Caraballo, y escritores: Eduardo Lemaitre Román, Ramón de Zubiría, Manuel Zapata Olivella, Gustavo Ibarra Merlano y Álvaro Mutis.






jueves, 20 de abril de 2017

Sobre García Márquez, Cartagena y "Un ramo de nomeolvides".

"Nuestro nobel hoy reposa eternamente en la memoria del mundo entero,
 y en las páginas escritas por Arango, en 'Un ramo de nomeolvides'."






Manuel Zapata Olivella: EL VAGABUNDO QUE VINO DEL MÁS ALLÁ

 Texto publicado en el suplemento Dominical, 
de El Universal, de Cartagena, en marzo de 1995

 
Foto Nereo López

  
“Aunque parezca una metáfora, hablar de Manuel Zapata Olivella, hoy, es hablar de alguien que ha resucitado”.
El comedor recibe el resplandor de un gran patio. La casa es enorme y de techo alto, queda en un sector silencioso del noroccidente bogotano y de afuera sólo llegan los ruidos de algunos pájaros.
Manuel Zapata Olivella está en una de las sillas del comedor y, aunque su cuerpo tiene nuevos límites –que le ha dejado su último combate con la muerte–, es posible percibir una energía desbordante en ese hombre que hoy parece un altivo y sosegado jefe de tribu africana.
“Después de numerosas intervenciones en la columna cervical, que me permitieron conocer la frontera del más allá, he podido tener la oportunidad de volver otra vez, retomar el camino con una nueva mirada y con nuevos ímpetus”.
Cierra los ojos. Se regodea en sus palabras, en sus ecos de tambor. Teje con gusto el ritmo de cada frase.
“… y más consciente de que el tiempo es fugitivo”.

Las huellas del cazador

“Hemingway, el cazador de la muerte, mi última novela, es anterior a este proceso, pero de alguna forma también implica un resucitar. Es la primera novela, de un propósito que tengo de escribir dos o tres más, enmarcada en mi vocación primigenia por la literatura, en el asombro que tuve en mis primeros años de adolescente, cuando comencé a leer las obras que constituyeron mi primer horizonte de lectura –creo que el de todos los iniciados en la literatura– como son las obras de Julio Verne, Las mil y una noches, las obras de Salgari, los viajes de exploradores, etcétera”.
Todo en la vida de Manuel Zapata Olivella está lleno de viajes y errancias. La historia de su última novela, por ejemplo, comienza hace varias décadas, se explica a través del largo viaje de su vida. Con su voz cadenciosa e hipnótica, Manuel Zapata Olivella nos lleva de la mano en ese viaje.
“Esas primeras lecturas despertaron mi interés por querer ir a la luna, visitar el subfondo de los volcanes y de los océanos, en fin, por ser protagonista de novelas de aventuras.
“Pero esta literatura de la imaginación, para mí se fue quedando atrás en la medida que me fui interesando por los problemas sociales, por los problemas políticos, en la medida en que fui descubriendo que pertenecía a una clase que tenía sus más remotos antecedentes en la esclavitud, en la conquista y exterminio de las comunidades indígenas.
“Alcancé a conocer a mi abuela negra, a unas tías descendientes de mi abuela indígena. De manera que, cuando comencé a escribir mis primeros relatos, en Cartagena, en un periódico que se llamaba El Fígaro, mis artículos estaban relacionados con temas de interés para la comunidad, con su imaginería, sus costumbres y temores: historias de aparecidos, la cabeza de perro que flotaba cerca del cementerio, el cuarto bate, en fin.
“En aquel tiempo empecé también a preocuparme por conocer los clásicos de la literatura, María, La vorágine y las obras de José Antonio Lizarazo, que me impresionaron mucho y que estaban adscritas dentro de la novela naturalista y sociológica, que en el ámbito latinoamericano correspondían a las obras de Jorge Icaza y Adalberto Ortiz, en la década del treinta, y Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría, y Mariano Azuela en los años cuarenta.
“Todo este contexto me fue perfilando como un novelista de la época, preocupado por la literatura colombiana y latinoamericana, con algunas lecturas complementarias de la literatura europea, también de carácter social –como Balzac y Dickens–, y de norteamericanos como Faulkner, Dos Passos y Steinbeck.
“Pero mi iniciación en la novela tiene más influencia directa con la literatura que se estaba escribiendo en ese momento en Colombia, particularmente la de Lizarazo, a quien conocí cuando vine a estudiar medicina aquí a Bogotá. De manera que, bajo esa influencia escribí mi primera novela, Tierra mojada, a comienzos de los cuarenta”.


Una pasión vagabunda

“Llevaba bastante adelantados los bocetos de Tierra mojada cuando se me dio por salir de vagabundo, como un hippie, caminando a pie por Centroamérica –desde Panamá hasta México–, pasando por esos países que en esa época (1943) estaban bajo las dictaduras. El recorrido duró cerca de un año, vi de cerca la revolución mexicana y conocí a personajes como Diego Rivera, Siqueiros y Mariano Azuela. Luego llegué hasta los Estados Unidos, donde pude ver la discriminación racial contra el negro, así como había visto la discriminación contra el indio en Centro¬américa.
“Ese viaje me dio una visión mucho más alta para la comprensión de los fenómenos sociales colombianos y, particularmente, los que yo había vivido en mi infancia en el Sinú, que son los que constituyen mi primera novela. Yo había vivido toda mi infancia entre los arroceros del Sinú y Tierra mojada abarca toda esta problemática que, en cierta forma, fueron los primeros brotes de la violencia en este país. Creo que es la primera novela que anuncia ese problema de la violencia, que yo después retomo en La calle diez, en Detrás del rostro y, de algún modo también, en Chambacú, corral de negros.
“Pero mi interés no era denunciar las luchas sangrientas que se estaban dando en ese momento en el país, sino mostrar las injusticias sociales, las situaciones de opresión que vivía el pueblo. En La calle diez, por ejemplo, que recoge el episodio del 9 de abril, al lector no le queda tanto la muerte de Gaitán sino la miseria que se vivía en esa época.
“Pero esta denuncia social deriva con los años hacia otros horizontes.
“En la última etapa de creación literaria, en la década del sesenta, antes de un largo silencio de casi veinte años, aparece En Chimá nace un santo, que es ya una toma de conciencia como colombiano e hispanoamericano, en función de la mentalidad mágico-religiosa”.


Una excursión al silencio

“Justo en ese momento, cuando escribí esta novela, que tuvo la suerte de quedar segunda en un concurso literario en el que Gabito obtuvo el primer premio con su novela La mala hora, justo cuando empecé a recibir reconocimientos como el de Seix Barral, en el que Vargas Llosa obtuvo el primer premio con La ciudad y los perros, estos reconocimientos, en lugar de afirmar mi interés en continuar escribiendo más novelas, me condujeron a unas reflexiones sobre qué cosa era escribir una novela –ya había escrito cinco y quería saber lo que eso era–, cuál era el uso que había que darle al lenguaje, cuáles eran los mecanismos conscientes e inconscientes que se planteaban en el momento de la escritura y otros problemas de la creatividad literaria, como la alienación cultural, el problema del uso de los fenómenos históricos, etcétera.
“Todo eso hizo que durante veinte años yo dejara de publicar una nueva novela, aunque escribí tres que siempre consideré inmaduras. Sólo una, que se llamaba Viva el putas, la publiqué después con el título de El fusilamiento del diablo. Las otras, El cirujano de la selva y La maraca embrujada, se quedaron en el cajón”.

 Image result for chango el gran putas


Un trabajo del putas

“Toda esa búsqueda literaria se fue concretando cuando me enrumbé en la búsqueda de una temática que implicara la historia de las luchas sociales de América, desde la Colonia y la Independencia, a través de una mirada no europea, no eurocéntrica, como ha sido tradicionalmente la visión de la novelística latinoamericana. Quise mirar el proceso a través de la mirada del africano, a través de su mestizaje con el indio, con el español y así empecé a buscar fuentes, a visitar lugares como Haití, México, algunos países del África, los Estados Unidos –país al que regresé como profesor de la Howell University, de Kansas–, a analizar fenómenos como el ‘Poder Negro’, ‘Las panteras negras’, la independencia y enrumbamiento hacia el socialismo de países como Angola, el Congo, Senegal y Kenya.
“Todo esto sumado me fue nutriendo para escribir Changó el gran putas, que apareció en 1983 y es la primera novela que publiqué después de 1964. Esa novela plantea mi primera resucitada –ya que estamos hablando de resucitadas– porque, aun cuando es el producto de toda una evolución literaria desde la adolescencia, plantea una nueva visión que yo considero en cierta manera liberada de los influjos de la cultura europea, pero también influida –en este sentido también podemos hablar un poco de alienación– por lo que era el concepto de África. Estaba lo suficientemente lúcido para comprender que yo no era otra cosa que el resultado de varias alienaciones: la alienación europea, la alienación de la memoria ancestral africana –que yo idealizaba, desde luego– y la alienación de la cultura indígena, también idealizada.
“Con todo esto, yo considero que Chango el gran putas plantea una nueva visión crítica y literaria de lo que es la toma de conciencia del hombre americano en sus vertientes triétnicas. Yo creo que estas vertientes van a tomar madurez en los movimientos sociales, políticos, econó-micos, culturales que se están planteando en este fin de siglo, y que van a tomar su verdadera madurez en las tres o cuatro próximas décadas. En ese sentido, sin que me lo haya querido proponer, considero que soy el sembrador de actitudes y de pensamientos que van a aflorar en la literatura del próximo siglo, que es una literatura que estará más ligada –y ahora me doy cuenta, porque fueron pasos inconscientes– a los grandes problemas.
Chango, precisamente, se inicia con unos cantos escritos en verso que aluden al origen y a la creación del mundo en la mitología africana y después se proyecta en una denuncia por el uso agresivo de la tecnología contra el hombre y contra el planeta. El fundamento de toda esta novela es el concepto del muntu, que es un concepto bantú que alude a la familia, pero no en el sentido tradicional de la cultura occidental, sino la familia de los hombres vivos y sus difuntos, hermanados con los animales y los vegetales y los minerales. En otras palabras, ese gran problema que hoy en día se está planteando la humanidad, de reconocer esa biodiversidad a través de una fraternidad y no a través de una lucha a muerte”.


Un libro sin crítica

“Changó el gran putas no ha tenido suficiente difusión fuera del contexto colombiano. A pesar de que recibió en Brasil un reconocimiento literario.
“Aquí en Colombia, la sensación que me ha dado es que Chango ha sido bien recibida, pero le cierra las puertas a la crítica nativa porque involucra la necesidad de un mayor conocimiento de lo que ha sido la historia de los negros en el continente, la historia de la primera revolución antiesclavista triunfante en el mundo, como fue la de Haití, conocer un poco sobre vudú, conocer un poco sobre la historia de José María Morelos –en México–, meterse en ese mundo complejo del Brasil. Entonces resulta que los críticos leen el libro, si es que llegan hasta la página final, y se van atragantando de valores, de conceptos, de acontecimientos, que no están en la rutina de la crítica general.
“Aquí en Colombia se han escrito artículos importantes, pero no han sido publicados. A pesar de ello, hasta mí no ha llegado un ensayo que plantee a fondo, por ejemplo, el problema de la desalienación del lenguaje castellano, para poder penetrar en el mundo de la filosofía del mestizo triétnico americano. Creo que ha habido oportunismo por parte de los escritores latinoamericanos, porque es evidente que una mirada eurocentrista sobre las culturas latinoamericanas o hispanoamericanas o afroamericanas, es una mirada que asegura un mercado europeo. En cambio, si lo hacen desde el punto de vista profundo del indio –como creo que lo ha hecho Juan Rulfo– cuesta más dificulta tener acceso a la gran mayoría de los lectores europeos. Rulfo es un autor consagrado por los pocos críticos que se han dado a la tarea de penetrar en ese mundo del mestizo mexicano; pero, aun así, fuera de los marcos de la crítica literaria, no es un autor que haya tenido el acceso al público que han tenido otros autores latinoamericanos”.


El cazador de la muerte

“Hemingway, el cazador de la muerte’ plantea a su autor una serie de desafíos”.
El viaje hasta la última novela ha terminado.
“Uno de esos desafíos, como te decía, es el rescate de una vocación de adolescente por la literatura de aventuras, que se quedó sepultada en el momento en que fueron apareciendo otros intereses, como la novela naturalista y la de denuncia social.
“De pronto, terminando Changó, en 1983 y con la manía que me quedó de haber estado veinte años investigando, trasnochándome, haciendo apuntes y demás, necesité llenar ese vacío que me dejaba el haber terminado una novela y haberla publicado.
“Entonces me dije: ‘Voy a escribir una novela como la hubiera podido escribir Julio Verne’. No tanto por estar influido por Verne, como por el deseo de retomar la atmósfera en que sus novelas fueron escritas.
“Por diversas circunstancias, cayeron los tres hilos fundamentales que me llevaron a la concepción de la novela.
“La primera fue la muerte de Hemingway. Hemingway había muerto ya, precisamente cuando yo me encontraba muy metido en lo hondo de la búsqueda del arte de novelar, pero me impresionó mucho que un hombre tan vital de pronto se hubiese suicidado. Si Hemingway hubiese sido un personaje sicopático, que hubiese rehuido el contacto con otros seres, no me hubiese sorprendido, como psiquiatra que soy. Pero que un hombre como él se haya suicidado me llenó de interrogantes.
“El otro elemento fue el producto de la investigación detrás de los valores africanos: una leyenda Kikuyo, que es la etnia más importante de los pueblos que configuran al pueblo de Kenya. A esa etnia perteneció Yomo Kenyata, el líder Mau mau y, posteriormente, primer presidente de la República de Kenya. Según la leyenda, a todo cazador que dispare su arma contra un animal sagrado se le devuelve el proyectil y le hiere en el mismo sitio donde ha herido al animal sagrado. De pronto, yo asocié la idea de que todos los disparos y las balas que Hemingway había hecho en sus safaris de África se le habían devuelto en el disparo que él se hace, en el momento de suicidarse con una carabina de dos cañones.
“Pero hay otro elemento fundamental: la colonización de los pueblos africanos y, particularmente, de los pueblos de Kenya, por el hecho de que, según la paleontología, es allí el primer sitio en donde aparece el homo sapiens.
“Entonces me pareció que los pueblos africanos, especialmente los pueblos de Kenya, son los depositarios de la sabiduría más antigua que tiene la especie humana.
“Pero, aún queda otro elemento. Yo he estado toda mi vida ligado al estudio de la biología. Yo no quise, originalmente, ser un médico, sino que quise ser un zoólogo. Pero, como entonces no había zoología ni en Cartagena, ni en Colombia –estoy hablando de 1937–, mi papá me convenció de que debía preocuparme por conocer al más importante de los animales. Entonces, éste es otro elemento que yo sumo a mi interés de hacer una novela desligada de todo lo que me había acontecido. La biología me llevó a introducir un nuevo hilo en la trama: el del conocimiento de las formas de flora y fauna, a través del biólogo que no es otra cosa que el médico frustrado Manuel Zapata Olivella. Para eso –aquí sí va un poco de esa libertad creadora que quería tener– tomé un personaje que aparece en la primera obra de Hemingway sobre España (publicada en español con el nombre de Fiesta), un torero, Cayetano Ordóñez, llamado el ‘Niño de la palma’. Pues bien, ese Cayetano Ordóñez no es otro que el padre de la gran figura del toreo Antonio Ordóñez, pero yo en mi novela me propuse cambiar las cartas y lo hice biólogo, porque el padre no quería que su hijo muriera empitonado por un toro.
“Luego viene la expedición al África, al monte Kenya, de Hemingway y la fotógrafa de veinte años con la que tiene un idilio otoñal. Les acompaña el hijo de Ordóñez y hay un encuentro con Yomo Kenyata. Todo se reúne al final en torno a la obsesión de Hemingway porque le ha disparado al mamut sagrado”.

 Image result for chango el gran putas

Sin comentarios

“Hombre, yo creo, independientemente de quién haya sido el autor, que son suficientes elementos como para que la crítica literaria no se hubiese quedado como se ha quedado: un poco muda, ya sea porque no ha leído la novela o porque no le ha interesado. A mí se me hace que esta novela plantea muchas cosas que no deben pasar inadvertidas para la crítica, para bien o para mal. En primer lugar, creo que es la primera novela escrita por un autor hispanoamericano sobre África, es la primera vez que un escritor hispanoamericano relaciona a Hemingway como personaje en una novela, sobre todo cuando la novela está escrita en primera persona y la persona que relata es Hemingway. Hombre, esto a un crítico le debe plantear muchas cosas, decir al menos: ‘Cómo es posible que este señor se atreva a estar convirtiendo a Hemingway en su voz narradora’.
“Al lado de eso está el tema de la colonización de África, sobre el cual habría que decir por lo menos dos palabras.
“Pues bien, me he tenido que conformar con que el libro no se ha vendido, no le han hecho publicidad, no lo han sacado del ámbito del mercado bogotano, no ha llegado a Cartagena, no ha llegado a Medellín –y si ha llegado no tengo noticias–, no ha llegado a Latinoamérica, no ha llegado a España, en donde yo esperaba que tuviera muy buena acogida por lo de Ordóñez. No he podido conseguir que se distribuya en los Estados Unidos, sólo ha llegado a manos de algunos críticos. Estoy muy interesado en ver si consigo a alguien que se interese en traducirla. Le veo muchas perspectivas en el cine, ha sido una novela concebida como para ser realizada en el cine, por la figura de Hemingway, por los animales, por los Mau mau y tantas otras cosas.
“Creo haber plasmado mi interés de hacer una novela con plena autonomía de fantasía creadora, creo que está dentro del ámbito de Moby Dick, creo que está dentro del ámbito de la visión cultural que tenía Verne de los pueblos que utiliza en sus novelas –como el relato que hace de América en Los hijos del capitán Grant– y espero, con paciencia, sin desesperación, que la novela sea vendida y que, en su momento, sea criticada”.




Una nueva quijotada

“Yo he dicho reiteradamente que no soy simple y llanamente un trotamundos, sino que soy un vagabundo, de la vida, de las ideas, de la filosofía, de los conceptos. No me veo atraillado por compromisos de ninguna naturaleza, ni filosóficos, ni religiosos, ni políticos, ni a estar estancado en un punto de vista originario y persistir en él por haber encontrado allí la verdad absoluta. Por el contrario, soy un vagabundo permanente, trashumante, de una postura ideológica y filosófica a un nuevo grado de desarrollo de esa postura. No es que sea vagabundo en el sentido de andar todos los días cambiándole el norte a mi brújula, sino que todos los días profundizo en esos puntos cardinales que he trajinado.
“Uno de los personajes que más han influido en mí, a lo largo de toda la vida, ha sido el gran vagabundo de don Quijote. La novela que escribo actualmente está inspirada en un cuento que, a mi manera de ver, debió inspirar a Cervantes para crear su personaje. Hasta el momento tiene el título de Itzao, el inmortal, y está fundamentada en un cuento de la tradición oral, seguramente español, muy difundida en Hispanoamérica. Este cuento ha sido retomado por autores como José Hernández, el autor de Martín Fierro, cuando relata el desafío del payador con el diablo. Ese mismo reto lo tiene Gabo, en Cien años de soledad, con la leyenda de Francisco el Hombre enfrentado al diablo. Don Tomás Carrasquilla tiene la historia en el cuento ‘A la diestra de Dios padre’, donde Peraltica se enfrenta a la muerte y va al cielo y Dios lo pone a su diestra. También hay un episodio en Pedro Páramo, cuando el hijo de Pedro Páramo visita el sitio donde están encendidas las luminarias de todos los vivos y que se van apagando. Este cuento tradicional tiene muchas versiones en América y en Colombia (he recogido una versión en la Costa Atlántica con el nombre de ‘Rambao’, otra en el Pacífico, con otro nombre, y otra en los Llanos Orientales, donde tiene el nombre de ‘Florentino y el diablo’).
“Creo que este cuento debió ser la inspiración de Cervantes para Don Quijote y Sancho Panza. A Dios lo convierte en Don Quijote, adaptándolo al momento, porque ya estaba en crisis esa idea, y Sancho Panza es ese personaje que en el cuento de Carrasquilla se llama Peraltica.
“Mi proyecto de seguir escribiendo con libertad creativa incluye otras novelas, pero no tengo aún muy definidos los argumentos”.


Zona de alimentación

La mañana se ha marchado sin hacer ruido. Poco después de la una de la tarde han empezado los movimientos en torno a la mesa del comedor. Han llegado Rosa y Edelma, la esposa y la hija de Manuel Zapata Olivella.
La charla ahora tiene el ritmo del hogar.
Manuel Zapata cuenta que cuando fue invitado como profesor a la Universidad de Toronto, un estudiante le preguntó qué significaba la presencia de los perros en todas sus novelas. Le respondió que nunca se le había ocurrido que eso significara algo, que en la Costa siempre hay perros.
A propósito de estudios sobre su obra, Zapata espera la llegada –un mes después del momento en que se hace la entrevista– de Yvonne Captain, una profesora norteame-ricana que escribió un libro sobre todas sus novelas, hasta Changó el gran putas, y se refirió superficialmente al libro sobre Hemingway, porque en su momento no estaba terminado. Ivonne Captain viene a estudiar y clasificar los apuntes, borradores y fichas de la biblioteca de Zapata Olivella.
Rosa, la esposa de Manuel Zapata Olivella, es el sentido práctico, el contacto con la tierra de esa casa. Es una española aún bella, de aspecto afable y tranquilo. Se casaron en 1960 y ella le dio nuevos ímpetus a la carrera literaria de su marido, es la primera lectora de sus libros. Viéndola se entiende en buena parte porqué, a pesar de la indiferencia de los críticos, Manuel Zapata Olivella nunca ha pensado en dejar de escribir libros.
“Nunca había hecho poesía, hasta que me impuse la tarea de escribir los poemas que aparecen al comienzo de Changó el gran putas”, dice, en medio del almuerzo de comidas livianas y bajo en condimentos.
Por ahora, el viaje de esta charla ha terminado. Muchas puertas se han quedado apenas entreabiertas, como los años dedicados en compañía de su hermana a difundir el folclor o el viaje a la Unión Soviética con una delegación a la que Gabriel García Márquez se sumó en París como tamborero.
La mención de García Márquez hace que Zapata Olivella recuerde que fue él quien lo acompañó la primera vez que llegó a El Universal, en mayo de 1948. Pero esa es una charla que ocupará otro espacio.
Por lo pronto, queda la reconfortante sensación de haber hablado con un hombre que no ha traicionado su vocación, que contra la indiferencia y la falta de difusión ha construido una obra, ha seguido su ruta de vagabundo incansable.
Ahí, sentado en el comedor de su casa, viéndolo presidir con su imponencia bonachona de viejo soberano al que a ratos su cuerpo se niega a obedecerle, se comprende que –aunque salga pocas veces a la calle– su errancia por las tierras de la vida, de la muerte y las palabras, prosigue con su misma obstinación de adolescente apasionado por los viajes.



lunes, 17 de abril de 2017

Voces de América Latina

"Mensaje que no vas a leer", 
cuento incluido en la antología de narraciones latinoamericanas
editada por María Palitacchi, 
publicada por Media Isla.




sábado, 1 de abril de 2017

Resivimiento

Un cuento publicado en la revista Corónica


Resivimiento


Tengo nostalgia de los tiempos en que el mundo tocaba la puerta para entrar en nuestras vidas. No soy nuevo en estas cosas, hace más de diez años sostuve asombrosas conversaciones escritas con personas a las que nunca había visto y nunca vería. Una noche, por los tiempos más oscuros, logré establecer contacto con una mujer que dijo estar en Chile. Pasamos la noche entera escribiendo, imaginando obscenidades, actos de toda clase, a pesar de que nunca supimos el aspecto que teníamos.