domingo, 18 de junio de 2017

Un viejo artículo de The Toronto Star

Un texto publicado por The Toronto Star, el sábado 27 de junio de 1998. Traducción de David Lara Ramos.



García: Lección del maestro

Por Linda Diebel[1]

El miércoles 9 de junio de 1948, el orgulloso y tradicional periódico liberal, El Universal, publica una nota en la página 5 bajo el título “Crónicas sociales”. Uno puede imaginarse a los costeños del caribe colombiano leyendo ese día sus periódicos empapados en ese aire húmedo, mientras las moscas zumban sobre sus desayunos.
Y se lee: “Con el objeto de pasar unas cortas vacaciones al lado de los suyos, partió para Sucre don Gabriel García Márquez, dilecto amigo nuestro y colaborador de este diario. EL UNIVERSAL le desea una grata permanencia en esa localidad y anhela verlo muy pronto reintegrado a las labores periodísticas”.
Ese joven, García Márquez, en realidad regresó a Cartagena y a El Universal después de unas largas vacaciones –pero  sólo por muy poco tiempo.
A uno le gustaría decir, imitando al maestro, que se fue del periódico un año, 11 meses y 17 días más tarde, y que ese día, el día escogido para su partida, llovió al atardecer una fuerte tormenta que vino desde el norte, como el más propicio de los presagios ante su decisión.
Pero no está claro cuándo dejó él de escribir su columna diaria en El Universal.
Viajaría a Europa, viviría en un burdel, tendría trabajos casuales, regresaría a Bogotá, vendería enciclopedias, escribiría artículos, reseñas de películas y novelas que pocos leerían, hasta que finalmente en 1967 publica Cien años de soledad y llega a ser famoso.
El libro lanzaría a García Márquez hasta la cima del mundo literario y lo hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1982, convirtiéndolo en el escritor más conocido en América Latina. Es llamado el rey del Realismo Mágico por un estilo donde hechos y realidades unen lo mágico a la vida diaria.
Se dice que las futuras generaciones verán a la América Latina del siglo XX a través de sus ojos, tal como vemos a la Rusia del siglo pasado a través de los ojos de León Tolstoi, o a Inglaterra a través del prisma de Charles Dickens.
En realidad, García Márquez nunca dejó a Cartagena y a la Costa Caribe, lugar donde nació. No espiritualmente.
Y en realidad nunca dejó el periodismo y su amado periódico El Universal. Él sí continuó su “labor periodística”.
El periodismo está en su sangre. Tiene, como decimos en este oficio, tinta en sus venas. Una vez dijo, “Cuando hago periodismo, algunas personas piensan que estoy haciendo literatura”.
Por  esta razón, y debido al decisivo papel que el periodismo puede jugar en América Latina en los actuales momentos, García Márquez, hoy de 70 años, ha conformado en Cartagena, a orillas del Mar Caribe, una escuela para periodistas.
Está ubicada en un bello edificio colonial y es llamada Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. O, como dicen sus amigos, “El taller de Gabo”.
Esa fue su idea. Él la desarrolló con sus amigos, noche a noche, en medio de una tormenta de ideas durante un Festival de Cine de Cartagena.
Desde 1995, ha trabajado con 500 periodistas de toda América Latina, personalmente o en talleres a cargo de sobresalientes periodistas como la mexicana Alma Guillermoprieto (quien a menudo escribe en inglés para el New York Review of Books y The New Yorker) y en una semana de taller se enseña de todo, desde la tradición narrativa en el periodismo hasta la idea de una prensa libre.
García Márquez a menudo habla del miedo a escribir. Un tema amplio. La página en blanco, la que compara con la muerte, de la cual dice: “es la única cosa importante que ocurre en toda la vida”. Es muy crudo al hablar sobre por qué escribe. “pienso que yo escribo porque yo le temo a la muerte”. Una vez le dijo a un periodista: “Si yo no escribiera, me moriría”.
En América Latina, el temor a escribir toma un tono mucho más siniestro. No es sólo asunto de un grupo de escritores, o un espejismo a punto de acabarse.
Aquí, los periodistas están muriendo por su oficio.
El Comité Norteamericano para la Protección de Periodistas reporta que, de los 26 periodistas asesinados en el mundo el año pasado, 10 murieron en América Latina. En las décadas pasadas 191 periodistas latinoamericanos fueron asesinados –en Colombia, México, Argentina, Guatemala, y en otros lugares– y sus muertes no se han resuelto y siguen en la impunidad.
La realidad hace que sus talleres sean vitales.
-Cómo usar una grabadora; cómo no dejarse sobornar.
-Cómo atrapar la atención de los lectores; cómo ser valiente.
-Cómo seguir adelante cuando las amenazas llegan; cómo seguir escribiendo cuando cesan, lo cual puede ser, inclusive, más aterrador.
Él trata de inspirar a la crema de los nuevos periodistas en América Latina, para que sigan escribiendo en estos tiempos de guerra civil en Colombia, de escuadrones de la muerte en México, y una poderosa y gran mafia de las drogas, que los amenaza, los secuestra, los tortura y los mata.
Él les ofrece la oportunidad de unirse, de construir una vida que los respalde. Inspiración en tiempos difíciles.
“La democracia no se ha consolidado en América Latina. Va en progreso”, dice Jaime Abello, anteriormente un periodista de televisión y hoy director de la fundación de García Márquez.
“El periodismo juega un papel esencial en la creación de esa sociedad democrática. García Márquez quiere revivir el espíritu del periodismo”, afirma Jaime Abello.
“Para los periodistas que vienen aquí, esto no es un trabajo, es como estar de vacaciones”.
Él le llama “Gabo”, es su amigo. Abello escribió los primeros lineamientos de la Fundación. La sacó adelante. Una nota escrita a mano es la prueba de su éxito: “Para Jaime A. director sin sueldo, de algo que aún no existe, de su presidente, G.”
La fundación es financiada por la UNESCO y donaciones privadas incluyendo periódicos de los Estados Unidos, Canadá y Europa, que envían fondos y, ocasionalmente, personal.
Organizarlo todo fue un riesgo para García Márquez. Colombia es el más sangriento de los países. Él es un intelectual, un hombre cuyas palabras son sopesadas y medidas, una autorizad moral. Siempre es notica.
Los terroristas ya han solicitado su ayuda en la crisis actual, pidiéndole que sea presidente de Colombia. Él ha declinado, diciendo que está seguro de que sería “el peor presidente” en la historia de Colombia.



Él debe ser cuidadoso.
Lou Clancy, quien fuera editor general de The Star, es un voluntario de la fundación de García Márquez. Actualmente está trabajando en el prototipo de un periódico llamado “El ideal”, a  cargo de un grupo de jóvenes periodistas de la fundación, que espera sea publicado a comienzos del próximo ano.
Clancey Admira el coraje de ese hombre. “En Colombia involucrarse políticamente, de cualquier manera, es algo muy peligroso”, afirma.
Está siempre en la mira de todos debido a su reputación, pero él sigue adelante. Sin él, la Fundación no existiría. Su dedicación a su país es clara (en este proyecto). Está tratando de hacer algo por toda una generación, para que, de esa forma, el país vea los beneficios.”
García Márquez parece tocar a todo el que encuentra a su paso. Es un toro, su pecho como un barril, usualmente vestido de blanco, cabello blanco, bigote blanco y enormes cejas blancas. Es carismático y generoso. Le encanta comer, le gusta reír, hablar y tomar whisky. Antes le gustaba fumar  –hasta seis paquetes de cigarrillos al día– pero lo dejó después de que se le extrajo un tumor de su garganta, hace algunos años.
Se define como “costeño mestizo”.
Clancy habla sobre su calmada y atrayente presencia. Habla como escribe. Cuenta historias. Te atrapa. Lo escuchas y tú solo estás siguiendo una maravillosa historia, pero cuando él te muestra lo cercano del tema, te das cuenta de que sólo ha estado resumiéndolas dos últimas horas de conversación”.
“Es un contador de historias”, dice.
García Márquez quiere compartir esa habilidad.
Quiere hacer mejores periodistas, afirma Germán Mendoza, director de El Universal y también voluntario del proyecto. “Gabo es un apasionado del periodismo”, dice.
Mendoza está sentado en la sala de redacción de El Universal. Una sala como cualquier otra sala de redacción de 1998: largos tubos de luces fluorescentes sobre su cabeza, grupos de periodistas en los conocidos cubículos probablemente ideados por algún diseñador de California; un radio de la policía suena al fondo; los televisores encendidos; y esa energía intangible que fluye desde las entrañas de una empresa periodística.
García Márquez realizó su primer seminario en El Universal. Se inició el primero de abril de 1995, y Gustavo Arango estaba ahí.
Tiene 33 años, es un escritor de Medellín, enigmático, intenso, con bigote y chivera.
Llegó a Cartagena tras las huellas de García Márquez –a trabajar en El Universal y escribir su novela.
Es editor del Dominical, un suplemento literario que circula semanalmente. Ha publicado dos libros de cuentos y ya tiene escritas 90 páginas de su primera novela. También escribió el libro Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal.
Siempre pensó que la novela era más importante que el periodismo, hasta que conoció a Gabo.
“García Márquez es como un amigo que ha vivido más que tú”, dice Arango. “Él quiere compartir contigo lo que ha aprendido”.
“Me enseñó la importancia del periodismo. El afirma que el periodismo es un género literario como cualquier otro, y de esa forma debe ser tratado”.
Arango ha aprendido bien la lección. La edición del Dominical se concentra en temas tales como las víctimas de las minas quiebrapatas, o sobre el asesinato de un reportero gráfico en Argentina. Está bien escrito, completo, bellamente editado.
Arango cuenta la historia de Clemente y su lápiz rojo. Todo periodista tiene a un Clemente. Ese editor especial.
Para Ernest Hemingway en The Toronto Star, en la primera parte de este este siglo, el editor fue aquel que le garabateaba y escribía: “No presuma de escritor”, a lo largo de uno de sus borradores, y lo preparó para el camino que seguiría toda la vida, una vida llena de enorme fuerza verbal y prosa libre.
Clemente Manuel Zabala fue ese editor para Gabo, o Gabito, como le decían en El Universal en los años 40.
El novato le presentó su primera crónica.
Clemente se la regresó con tachones en rojo sobre todo el borrador y con escritos en el margen. Por supuesto, las anotaciones se convertían posteriormente en parte de la historia que se publicaba.
Todos los días era lo mismo.
Gradualmente había menos tachones rojos en el papel, hasta que un día no hubo ninguno.
Gabo tenía por primera vez una historia de verdad.
Hoy Gabriel García Márquez vive en México.
Ha estado en Cuba en los últimos meses, visitando a su amigo Fidel Castro. Ahora no tiene tiempo para una entrevista.
Pero, a través de Gustavo Arango –reflexivo, entusiasta, apasionado por escribir y totalmente inspirado por su maestro– uno puede apreciar realmente lo que García Márquez realiza en sus talleres.

* * *

El 11 de diciembre de 1997, la noticia principal en primera página presenta el siguiente titular: “FARC atacan base militar: 20 muertos”.
Un asunto común en Colombia.
Debajo está otro titular que dice: “La lección del maestro”.
Es una crónica completa escrita por Arango, quien asistió a su segundo taller con García Márquez. Describe lo que él y una docena de periodistas de México, Argentina, Venezuela, Ecuador y Colombia, aprendieron en una semana.
García Márquez les enseñó sobre cómo tomar notas, después dejarlas a un lado y dejar que la memoria recree la vida. Él dice, está bien usar una grabadora, pero no permitas que ella te tiranice. Escucha a la persona hablar, en lugar de atender a la grabadora o pensar en la siguiente pregunta.
Usa ejemplos de sus propios escritos a manera de ejercicios. Les entrega a los estudiantes las herramientas básicas del oficio, ellas parecen estar a la mano, pero en realidad son las más esquivas.
Al escuchar a Gustavo Arango es muy fácil imaginarse el estar en uno de los talleres. Escuchando esa voz que te hipnotiza.

* * *

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendíá había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
¡Qué lead!, podría exclamar cualquier periodista al leer la primeras líneas de Cien añs de soledad.
¿Frente al pelotón de fusilamiento? ¿Y, entonces, qué pasó?, ¿murió?, ¿quién no quisiera seguir leyendo?
Cuenten una historia: esa es la lección más importante que García Márquez entrega a los jóvenes periodistas.
“Los buenos periodistas cuentan la historia completa, pero en una forma narrativa, no lineal”. Dice Arango: “Él nos dijo: ‘Creen suspenso, agarren al lector por el cuello y llévenlo con ustedes hasta la última palabra de la última línea. Pero, si creas suspenso, es mejor que lo mantengas. No puedes dejar que tus lectores se vayan –o subestimarlos.

* * *

“Al amanecer del día siguiente, jueves 24, el cadáver de Marina Montoya fue encontrado en un terreno baldío al norte de Bogotá. Estaba casi sentada en la hierba todavía húmeda por una llovizna temprana, recostada contra la cerca de alambre de púas y con los brazos extendidos en cruz. El juez 78 de instrucción criminal que hizo el levantamiento la describió como una mujer de unos sesenta años, con abundante cabello plateado, vestida con una sudadera rosada y medias marrones de hombre, debajo de la sudadera tenía un escapulario con una cruz de plástico. Alguien que había llegado antes que la justicia le había robado los zapatos”.
Esta escena pertenece a Noticia de un secuestro, el más reciente trabajo de no-ficción de García Márquez, el cual trata sobre el tema del secuestro en Colombia.
“Creen escenas”, les dice a los periodistas. “Hagan una película con sus ojos. Eduquen sus sentidos. El paisaje, los sonidos los rostros, hasta los olores. Compártanlo todo. Lleven al lector al lugar de los hechos. Háganlo vivir”.
Sus propias columnas diarias en El Universal siguen vivas en su página.
Él escribe sobre lo grotesco, lo fantástico y lo aparentemente mundano, lo terrenal –o sobre cosas que él una vez describió como “esos detalles de interés humano que no parecen importantes, pero que son en realidad los que nos mueven”.
Él escribe sobre cualquier cosa: “el mago Aben-el-kady y su esposa Samarkanda, quienes llegaron a Cartagena el 3 de enero de 1949 para “compartir los secretos de la antigua India”; del teniente Matayana, quien tuvo un duelo al amanecer; sobre el boxeador Joe Louis, cuyo coraje inspira; y la glamorosa estrella de Hollywood Rita Hayworth y su príncipe Alí Khan.

Él escribe sobre la vida.
Lo que él enseña, piensa, debe ser, al menos en parte, una historia cautivante.
García Márquez les dice a los jóvenes periodistas que han escogido un camino difícil. Escribir es difícil, afirma, de cualquier forma en la que se realice.
Es una actividad solitaria.
“Él dice que cuando tú escribes –siempre– estas solo”, comenta Arango. “Dice que escribir es una gran batalla que nunca termina”.
“Dice que muchos quieren ser escritores, pero sólo unos pocos lo logran. La vida decide quién es y quien no es”.



[1] Publicado The Toronto Star, el sábado 27 de junio de 1998. Traducción de David Lara Ramos.







martes, 13 de junio de 2017

Tomás Eloy enseñaba con poesía

Entre 1999 y 2004, fue mi privilegio tener a Tomás Eloy Martínez como maestro y mentor. Coincidimos en la Universidad de Rutgers, en New Jersey, donde él dirigía el programa de Latin American Studies y yo hacía mis estudios de maestría y doctorado. También fui su asistente en un curso sobre los autores del Boom. Tuvimos oportunidad de hablar sobre mis ambiciones literarias, y su ayuda y sus consejos siempre fueron valiosos. 



Una de sus enseñanzas la guardo como un tesoro: la escribió Tomás Eloy al final de un ensayo mío sobre el viento en la obra de Juan Carlos Onetti.



Este es el poema de Baudelaire


El albatros

     Suelen, por divertirse, los mozos marineros
     cazar albatros, grandes pájaros de los mares
     que siguen lentamente, indolentes viajeros,
     el barco, que navega sobre abismos y azares.
     
               Apenas los arrojan allí sobre cubierta,
     príncipes del azul, torpes y avergonzados,
     el ala grande y blanca aflojan como muerta
     y la dejan, cual remos, caer a sus costados.
     
               ¡Que débil y que inútil ahora el viajero alado!
     El, antes tan hermoso, ¡que grotesco en el suelo!
     Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,
     otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.
     
               El poeta es igual ... Allá arriba, en la altura,
     ¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!
     Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:
     ¡sus alas de gigante no le sirven de nada!



L'Albatros
Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.
À peine les ont-ils déposés sur les planches,
Que ces rois de l'azur, maladroits et honteux,
Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
Comme des avirons traîner à côté d'eux.
Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!
Lui, naguère si beau, qu'il est comique et laid!
L'un agace son bec avec un brûle-gueule,
L'autre mime, en boitant, l'infirme qui volait!
Le Poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l'archer;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l'empêchent de marcher.

                                                               — Charles Baudelaire





                    

lunes, 12 de junio de 2017

El arte del periodismo

 Conferencia en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Cartagena, en abril de 1995.



El arte del periodismo
  
Antes de entrar a un diálogo abierto –y aprovecho para agradecerles por haber acudido a la invitación del Taller de Periodismo-, quisiera hacer una serie de consideraciones sobre Un ramo de nomeolvides, hablar del largo e intenso aprendizaje que fue hacer ese libro, de las intuiciones y certidumbres que he podido encontrar a lo largo del trabajo y luego, en ese diálogo con los lectores que enriquece y llena de sentido lo que hacemos.
Quisiera hacer una descripción general de Un ramo de nomeolvides, pero tropiezo con grandes dificultades conceptuales para hacerlo. Siempre he tenido el privilegio –o la limitación, según se le mire- de olvidarme de los géneros literarios o periodísticos a la hora de escribir. El resultado de esa tendencia es una serie de trabajos que no aceptan fácilmente las definiciones tradicionales de reportaje o crónica, en el periodismo, o las de cuento o prosa poética –por mencionar algunas– en literatura. Por eso no sabría decirles exactamente qué es Un ramo de nomeolvides, no sería capaz de ponerle una etiqueta determinada. Algunos lectores del libro han tenido más arrojo y mejor inspiración a la hora de definirlo.
En los comentarios que ha suscitado, durante estos cuatro meses de vida pública, Un ramo de nomeolvides ha sido calificado de reportaje, relato histórico, crónica de época, híbrido entre crónica y novela, periodismo literario, literatura periodística o ramillete de crónicas, esta última la más poéticas de las definiciones que ha recibido.
Me costaría mucho decidirme por uno de esos términos. Pero como hay que decir algo que se le aproxime, diría que Un ramo de nomeolvides es una investigación periodística escrita con la pasión y el rigor expresivo de una obra literaria. En pocas palabras, periodismo entendido como arte. Con esta perspectiva, quisiera hablar un poco de tres momentos importantes dentro del trabajo: la etapa investigativa, el proceso de escritura y una que apenas comienza, que es su encuentro con los lectores.
En cada una de estas etapas es posible hacer reflexiones valiosas sobre el ejercicio periodístico, que es justamente el propósito que nos reúne.

Entre papeles y recuerdos
La etapa de investigación está llena de incertidumbres y emociones encontradas. Un buen día resulta que sobre nuestros hombros pesa, sin que entendamos sus dimensiones, la responsabilidad de escribir un libro en un poco más de un año.
La primera semana la tomamos con calma. Pensamos que un año es mucho tiempo y que lo que nos han dado es una beca para pasarla sabroso. Vamos a cine, dormimos hasta tarde y, a veces, para silenciar nuestra conciencia, empezamos a buscar, de manera aperezada, en los libros y revistas que tenemos al alcance de la mano.
Al comenzar la segunda semana comprendemos que los años suelen tener un poco más de cincuenta semanas y que la primera, a pesar de los simulacros de trabajo, la hemos perdido vagando.
Entonces vamos al archivo a buscar los periódicos de la época en que Gabriel García Márquez escribió en El Universal, un período que está de moda en esos días a raíz de la mención que el escritor hace del jefe de redacción de aquella época, Clemente Manuel Zabala, en su última novela, Del amor y otros demonios.
Y al enfrentarnos a la primera noticia del primer periódico amarillento y quebradizo de hace casi cincuenta años, al ver que las noticias tienen párrafos, y los párrafos palabras, y las palabras ideas o realidades, empezamos a entender las verdaderas proporciones del trabajo en que nos hemos embarcado.
En ese momento, cuando uno comprende que tendrá que leer los periódicos de varios años, día a día, página a página, noticia a noticia, para tratar de entender esa época y a esa persona a la que se le siguen los pasos, se tienen enormes deseos de salir corriendo.
Pero como nos gustan y estimulan los retos importantes, entonces comprendemos que debemos proveernos de lápiz y papel –en cantidades generosas–, un computador, disciplina, orden y toda la experiencia de los trabajos previos.

En el caso concreto de Un ramo de nomeolvides, una de las actividades fundamentales durante la investigación fue la reseña pormenorizada de todos los periódicos de la época. Varios autores han coincidido en afirmar que la etapa principal del paso de Gabriel García Márquez por El Universal estuvo comprendida entre mayo de 1948 y diciembre de 1951. De tal manera que esa época hay que mirarla con especial detenimiento.
De cada edición de El Universal hice una reseña de las principales informaciones. Todo importaba, así en apariencia no tuviera una relación directa con nuestro trabajo: las noticias nacionales, las internacionales, los eventos y acontecimientos locales, las notas sociales, deportivas, culturales y las columnas y comentarios de la página editorial. Esas reseñas incluían, a veces, síntesis del contenido o transcripciones íntegras, según la utilidad que se le podía intuir al texto para el propósito general del trabajo.
En este punto conviene señalar que muchas veces el propósito central de un trabajo no se ve con claridad desde el comienzo de la investigación. Avanzamos casi a ciegas, recopilamos miles de datos sin saber si finalmente habrán de servirnos, pero debemos procurar tener, lo más pronto posible, algunas certezas sobre las características finales del trabajo.
Para este fin resultan útiles y necesarias las metodologías de investigación. Al precisar objetivos y etapas, al imaginar lo que será el resultado final, estamos definiendo criterios de valoración de toda la información recopilada. Este hecho, cuando se trata de hacer un libro, es fundamental, porque impide que nos sintamos abrumados con la enorme cantidad de información que debemos manejar.
Pero no hay que ser rígidos con nuestra metodología. No debemos tener miedo a variar el rumbo de nuestra investigación si lo que vamos encontrando en el camino así nos lo sugiere. Al contrario de lo que puede creerse, la etapa de documentación en los archivos de prensa exige al máximo de nuestra capacidad creativa.
Como ignoramos casi por completo lo que nos espera entre esos papeles amarillos y polvorientos, conviene estar siempre alerta para descubrir nombres y situaciones y seguirles su trayectoria. Leer archivos es una labor detectivesca en la que hay que estar siempre alerta. A veces, detrás del dato o la frase en apariencia más intrascendente, puede esconderse una revelación definitiva para darle perspectiva a nuestro trabajo.
Aquí conviene insistir en un hecho sobre el que no sobra insistir. Los detalles pequeños son cruciales para la construcción de nuestro texto final. El ambiente, la atmosfera del relato se enriquece con todos los datos pequeños que podamos reunir. Además del registro de las principales noticias, debemos convertirnos en espías de la cotidianidad: toda referencia sobre las costumbres de la época, sobre la manera de vestir, sobre los temas de las conversaciones cotidianas es información importante.
Para citar algunos ejemplos, Un ramo de nomeolvides reflejaría menos esos años finales de la década del cuarenta, los hechos y personajes serían menos vivos y convincentes para nuestros lectores, si hubiéramos pasado por alto detalles como los pasteles de pavo que eran la especialidad gastronómica del hotel Caribe, o si hubiéramos ignorado el concurso radial ‘Coltejer toca a su puerta’, que semanalmente ponía en vilo a la ciudad, también si hubiéramos pasado por alto los titulos de las películas, los artistas que visitaban la ciudad, o la repercusión de los hechos nacionales en el ámbito local.
Hay una imagen que se emplea con frecuencia para referirse al trabajo periodístico: se trata de la metáfora del iceberg o témpano de hielo. Como sabemos, cerca del noventa por ciento del bloque de hielo se encuentra por debajo de la superficie del agua y sólo un diez por ciento sobresale. Igual cosa sucede con el trabajo periodístico. Al momento de acopiar información conviene proveerse de cantidades inmensas de información, así sólo se emplee una mínima parte en la versión final.
Ese material que se descarta, ese noventa por ciento que no se ve en el resultado final, actúa como la masa que permite que el texto flote adecuadamente.

Entre la memoria y el olvido
Otro de los pilares básicos de la etapa investigativa, para hacer Un ramo de nomeolvides, fueron las entrevistas a personas que vivieron esos años cerca de García Márquez.
Es aconsejable que las entrevistas se cumplan después de conocer en profundidad el material documental, porque este nos ayudara a determinar cuáles son las personas que debemos buscar, también nos orientará en el tipo de preguntas que debemos hacer.
En el caso de este trabajo, las entrevistas fueron con personas que en su mayoría tenían más de setenta años. Este hecho nos enfrenta a uno de los principales obstáculos a vencer en un texto de época, ese obstáculo es el olvido.
Si todos nosotros nos ponemos a pensar en nuestros recuerdos de hace cinco o diez años, nos damos cuenta de la cantidad de vida que tenemos encima, y del montón de hechos que se escapan a nuestra memoria.
En personas que ya sobrepasan los setenta, la memoria es una insólita mezcla de vaguedad y nitidez en medio de la cual debemos buscar la época y las personas sobre las que estamos indagando.
En casos como este conviene proveerse de ayudas para recordar. Al visitar a cada uno de los entrevistados es recomendable llevar copias de algunas notas de prensa y fotografías para ayudar a la memoria. A veces, la lectura de un texto olvidado, despierta en nuestro entrevistado una serie de evocaciones que de otra manera habrían sido imposibles.
Para las entrevistas seguí unas pautas mínimas que también deseo compartir hoy con ustedes. En primer lugar, procuré tener varias conversaciones espaciadas con cada persona, para confrontar recuerdos y para ir más al fondo en la tarea de recordar. A veces sólo en la segunda o tercera visita el entrevistado empezó a moverse con propiedad en una época generalmente clausurada en su memoria. Con frecuencia ocurrió que los entrevistados se quedaran pensando en aquellos tiempos remotos y se comunicaran luego conmigo porque acababan de recordar algo.
Como desde el principio tenía claro que las imágenes serían un componente fundamental del texto final, insistí en pedirle a cada entrevistado que describiera lugares y personas con detalle y que recordara anécdotas que incluso le parecieran poco importantes.
Mi labor periodística me ha enseñado que los datos mas reveladores y trascendentales suelen pasar desapercibidos para quien los ha vivido, y sólo una conversación estimulante, que guíe en la búsqueda, puede permitir hacer esos hallazgos.
Para citar solo un ejemplo, este tipo de búsqueda de los detalles nimios condujo a uno de mis entrevistados a recordar la canción que le da título al libro y sobre la que está construido todo el trabajo.
Aquí quiero llamar la atención sobre un hecho importante. Paralelo a la labor de acopio de información, se da en un nivel casi inconsciente la tarea de buscar la forma definitiva que tendrá nuestro trabajo. Y esa búsqueda, en muchos casos, no es otra cosa que la búsqueda del título.
En el momento en que supe de la canción sobre el olvido que solía cantar Gabriel García Márquez, que decía: “Te voy a dar un ramo de nomeolvides, para que hagas lo que dice el significado”, en el momento de escuchar eso tuve una especie de revelación que me permitió comprender con claridad cuál era el enfoque que debía darle al libro. Comprendí que no sólo debía reconstruir los años que pasó Garcia Márquez en El Universal, sino también las múltiples derivaciones de esos años hasta la gloria que hoy tiene y hasta el olvido desde donde sus amigos de aquel tiempo lo recuerdan.
Una revelación como esa, por ejemplo, determinó una etapa adicional en el proceso de documentación.  No sólo habría que revisar los periódicos de aquellos dos años de finales de la década del cuarenta, sino los periódicos de años posteriores, hasta nuestros días, para ver la relación de Gabriel García Márquez con el periódico en el que comenzó.
Ese contrapunto con la actualidad, ese permanente contraste entre aquellos años y la forma como hoy viven cada uno de los protagonistas de aquella historia, le dio a Un ramo de nomeolvides una dimensión adicional y definitiva: la de los múltiples destinos humanos, la de la juventud plena y vital en contraste con la vejez y la inminencia de la muerte.
Solo quiero agregar una cosa más, en relación con la etapa investigativa. Al hacer todas las entrevistas, además de pedir anécdotas e imágenes, procuré que cada persona hiciera una descripción física y anímica del personaje central. Eso permitió reconstruir y darle vida a ese joven pálido, flaco, con bigote y acné, un muchacho de provincia desarrapado y digno que tamborileaba en las mesas de los cafés y alternaba la euforia festiva con unas cavilaciones silenciosas y profundas que inspiraban reverencia entre sus amigos. Y, lo que es más importante, esos mismos testimonios permitieron encontrar a ese muchacho que desde los veinte  años tenía claro que quería ser escritor, y no un escritor cualquier, sino el más grande del mundo.

Manos a la obra
Y así, después de mirar los periódicos por arriba y por abajo, después de hurgar hasta en las listas de invitados a las fiestas o en las listas de pasajeros salidos por vía aérea, después de haber rescatado del olvido cientos de imágenes, con montañas de papel y archivos infinitos de computador, llegó el momento de sentarse a escribir el libro.
En ese momento se comprende que lo realmente importante es aquello que conserva la memoria. Que toda la documentación reunida es sólo un apoyo para precisar datos o para retomar transcripciones de textos. Inexplicablemente, secretamente, a lo largo del proceso de investigación, el libro ha tomado cuerpo en nuestra cabeza. La época y sus características son un espacio al que entramos cuando escribimos. Lo único que se requiere de nosotros es la fuerza y el entusiasmo para hacer el libro realidad.
Quizá lo más difícil de la escritura es hallar el tono general del libro; pero una vez se encuentra, una vez se empiezan a escribir las primeras páginas aceptables, lo demás es entregarse a esa pasión que nos quita el sueño, que nos lleva al límite de las fuerzas, pero también al límite de la felicidad.
También en el proceso de escritura hay que estar atentos a los cambios de enfoque y estructura que el texto nos está sugiriendo. A veces comprendemos que lo que creíamos el comienzo del libro es un capitulo intermedio o un elemento del final. Y si uno está de verdad inmerso en su trabajo, si se entrega a él como a una obra de arte, todo va encontrando su forma con una extraña facilidad.
Quiero llamar la atención sobre un hecho particular. Cuando se está escribiendo el texto, en ocasiones se plantean vacíos que obligan a hacer nuevas indagaciones y entrevistas. La etapa de documentación no termina sino en el momento en que decidimos dar por terminado el libro. Hasta el último día, hasta el último minuto de la última revisión que le hagamos al texto, debemos estar abiertos a todos los datos y elementos que puedan enriquecer nuestro trabajo.
A partir de ese momento el libro ha dejado de pertenecernos, es como un episodio de nuestro pasado que le pertenece a otros. Y la mejor manera de enfrentar tranquilos esa última etapa es haber agotado todos los esfuerzos, haber hecho todo lo humanamente posible para lograr un buen trabajo.
La mejor manera de no tener posteriores conflictos de conciencia es no dejar nada al azar, ni un solo dato, ni un solo adjetivo. Ser obsesivos al exigirnos calidad.

Y ahora los lectores
Y así llegamos a esta última etapa, de la que sólo nos es posible conocer una mínima parte. En muchos casos ignoramos los efectos y sensaciones que producimos en nuestros lectores. Publicar un libro es, para usar una imagen que me gusta, como arrojar una botella al mar. Rara vez sabemos lo que pasa con lo que hemos escrito, sólo a veces recibimos opiniones, elogios o críticas que trastornan por igual.
Pero el recuerdo de las horas invertidas en hacer ese trabajo, el recuerdo de las noches eufóricas frente al computador, a la hora en que casi todos duermen, el recuerdo de esas fatigas que nos dejaban postrados e incapaces de pensar, nos dice que hemos cumplido con nuestro compromiso.
Eso, cumplir dignamente con nuestro compromiso, debe ser la medida de nuestro trabajo, ya sea literario o periodístico.
Lo demás es como cuidar de un hijo. Ayudarle a moverse en el mundo. Hablar de él en reuniones de amigos. Y, mientras leemos una conferencia, o respondemos preguntas, pensar secretamente en escribir nuevos libros.











domingo, 11 de junio de 2017

El afán de saber llegar

Una entrevista de Jorge García Usta, publicada en la revista Travesía, con motivo de la entrega del Premio Distrital de Periodismo Antonio J. Olier, por la crónica “El afán de llegar”. Cartagena de Indias, febrero de 1994.




¿Cómo ha sido su trayectoria en el periodismo? [1]
Mi trabajo en el periodismo se ha desarrollado fundamentalmente en Cartagena, donde resido desde hace cinco años. Antes de eso, trabajé por poco tiempo en el periódico El Mundo de Medellín, pero fue una experiencia más bien decepcionante; sentí que no tenía espacio para ejercer un periodismo de búsqueda vital y expresiva, vi en el periodismo una especie de servidumbre al hecho cotidiano e inmediato, con poca libertad para el lenguaje y para la imaginación. Después de esa experiencia, llegué a pensar que no volvería a ejercer jamás el periodismo. Vine a Cartagena a comienzos de 1989, en busca de condiciones apropiadas para hacer literatura. Dos años después entré en contacto con el diario El Universal y encontré allí la posibilidad de hacer ese periodismo que antes había creído imposible. Eso es lo que he hecho en los últimos tres años: desarrollar un trabajo periodístico fundamentado en mi trabajo literario. Los resultados han sido bastante alentadores, he obtenido importantes reconocimientos como el Premio Simón Bolívar o el Premio Distrital Antonio J. Olier, he avanzado en mi propia búsqueda expresiva y, lo más importante, he podido llegar a muchas personas que han acogido favorablemente mi trabajo.

¿Cómo conviven en su trabajo lo literario y lo periodístico?
Encuentro una relación bastante estrecha entre el periodismo y la literatura. Pienso que el periodismo es una forma de la literatura que se nutre de hechos y personas determinadas. Creo que, sin los recursos que ofrece la literatura, el periodismo resulta estéril y limitado. Siento, frente al periodismo y frente a la literatura, el mismo reto, la misma responsabilidad con las palabras, la misma necesidad de rigor y de sinceridad.

¿En qué genero se siente mejor?
Aunque siento que forman parte de lo mismo, en la práctica cada uno se mueve en dirección diferente. En el periodismo me siento más seguro porque parto de hechos específicos que debo expresar. Los aciertos, la intuición, la sensibilidad, me resultan más fáciles de valorar en el periodismo, al confrontar mi trabajo con los hechos que le dieron origen. Pero en los terrenos de la ficción las cosas son a otro precio. La ficción es el reino de las dudas, los temores, las relaciones más inexplicables y profundas con el mundo. En la ficción, la satisfacción la da asumir el reto que ella misma significa, llegar cada vez más lejos en un camino impredecible.

¿A qué cree usted que se debe la esterilidad formal actual en buena parte del periodismo costeño?
Creo que no es un mal exclusivo de la región. Podría hablarse de ese problema a nivel nacional y mundial. Pienso que se debe a la pobre formación del periodista y a un medio que se preocupa poco por promoverlo. El periodista, como la mayor parte de nuestros profesionales, se ve envuelto en una atmósfera facilista, superficial y desmotivadora, que no valora la formación intelectual y personal. El periodista no lee, aplica fórmulas gastadas, está sujeto a la tiranía de la noticia y el resultado es un periodismo mentiroso, en la medida en que no se compromete con la realidad ni se preocupa por aportar cosas nuevas y valiosas al lector.

¿Existe el periodismo cultural en Colombia? ¿Qué lo caracteriza?
Existe algo que se autodenomina “periodismo cultural”, pero pienso que está bastante alejado de lo que debería ser. Hay un periodismo que se dedica a ciertas manifestaciones del arte, pero en el sentido amplio de “cultura” hay mucho por hacer, muchos terrenos por explorar.

¿Qué predomina, según este, en el periodismo cultural que se ejerce en los grades medios?
En primer lugar habría que decir que, en casi todos los casos, el periodismo cultural debe sostener una dura batalla para lograr un espacio. Son muy pocos los medios que respetan la cultura y son consciente de la necesidad de divulgarla. Si a esto se le agrega que los periodistas sólo registran lo que les resulta más próximo, el periodismo cultural deja de ser una ayuda y termina por ser un inconveniente.

¿Podríamos hablar en la Costa o Antioquia de algo así como una tradición en el periodismo literario?
Es posible que haya existido. Hay grandes nombres que han hecho del periodismo una lección de arte y de vida. Pero creo que ahora sólo hay unos casos aislados. Hoy en día el periodismo literario está prácticamente arrinconado por una forma de escribir “dietética” e insípida, basada en las nuevas tendencias periodísticas que quieren evitarles a los lectores “la molestia” de pensar. Hacer periodismo literariamente se ha vuelto algo casi subversivo. Si existe esa tradición, es una tradición amenazada.

¿Qué debería hacer un periodista en el campo de la cultura?
En primer lugar entender que la cultura abarca todos los aspectos de la vida. Cuando hablamos del hombre y del concepto que tiene del mundo y de sí mismo, estamos hablando de cultura. Después, salir en busca de la vida.

Hablemos de suplementos literarios.
Los suplementos literarios son una de las posibilidades más interesantes de hacer periodismo cultural en nuestro país. Para una población que tiene pocas oportunidades de comprar libros y revistas, los suplementos pueden ser una valiosa alternativa. Bien manejados, puede ser la vía para expresar muchas cosas a las que el periodismo diario no les concede espacio. Son un invaluable instrumento educativo. Por sus características, permiten el ejercicio de un periodismo más libre, más “literario”. Pero tienen problemas graves. El hecho de ser poco rentables los convierte a veces en estorbo para los dueños de los medios, lo que les da una vida incierta. Por otro lado, corren grandes riesgos de momificarse, de volverse reducto de unos pocos o plaza para el comercio de favores. Los suplementos tienen grandes posibilidades de ser mucho, pero corren grandes riesgos de ser poco.



[1] Entrevista de Jorge García Usta, publicada en la revista Travesía, con motivo de la entrega del Premio Distrital de Periodismo Antonio J. Olier, por la crónica “El afán de llegar”. Cartagena de Indias, febrero de 1994. El texto fue incluido en el libro Retratos, publicado por la Secretaría de Cultura de Cartagena, en 1996.







viernes, 9 de junio de 2017

De la literatura urbana y Gustavo Arango

Texto publicado en El Colombiano Dominical, el 28 de octubre de 1990. .


De la literatura urbana y Gustavo Arango

Por José Guillermo Anjel[1]

La ciudad cambia (los amores se enternecen) mientras llueve y es distinta cuando hace sol (los amores se aceleran). La ciudad (de noche está habitada por toda clase de genios, con botella o en la botella) con sus espacios públicos repletos de vendedores ambulantes y de fantasmas perdidos, esta montonera de casa añosas y de edificios sin identificación, de calles intrincadas y faldudas, avenidas atestadas de caras a punto de la primera palabrota(o después de ella, por el descanso que se nota) y de peatones ensimismados en sus pequeños problemas (enloquecedores porque parecen dolores de muela), también cambia de acuerdo a la literatura y a la lotería: varía según el cuento, según la poesía, según el testimonio, según la novela. La ciudad es una muchacha que se viste acorde a sus amores, a sus bailes, a sus rincones. Y entre la contaminación y el desespero producido por el ruido, siguiendo las huellas de las señoras que salen a la calle esperanzadas en que alguno se las robe, aparece Gustavo Arango, un escritor (muy tímido de estudiante) que apenas empieza o se acuartela (como se quiera) en la vida de esta ciudad donde hay una poliexplotación morbosa de la violencia que no permite ver otras formas de caminar que no sean las que están  bajo el cañón de una pistola o la hoja filuda de una navaja. Pero, así y todo, hay gente que plantea lo que sucede al interior de las casas y los ojos, las tripas y lo que queda del corazón. Y, claro, aparece un librito con un duende escritor en la carátula, que se llama Bajas pasiones[2], segundo texto de Gustavo Arango (el primero fue su tesis de grado, publicada bajo el nombre de Un tal Cortázar[3]), donde el nombre no tiene nada que ver con lo escrito, a no ser (y tal vez esta fue la intención de Arango)que la rutina y la cotidianidad se tomen como algo que atenta contra el desorden establecido: bien podría ser, a tales puntos hemos llegado y la señora de la esquina, aterrorizada (eso dice ella), no se atreve ni a salir al balcón por miedo a que se le vuelen los sueños o a que la señalen por la cara de felicidad que tiene, con la colaboración del marido (se supone).



Este libro, de 109 páginas escritas en renglón estrecho, tiene encima el sambenito de la edición pobre, hecha a punto de ahorros y de sueños, de rabias y de pesadillas (también de insomnios) por el mismo escritor. Y este es también su mayor encanto, pues la buena literatura en este país (que no sale de las grandes editoriales) rueda de mano en mano como si fuera una bomba a punto de estallar, en medio del clandestinaje de los 500 o mil ejemplares, apenas, y uno aprovecha cada letra y (Con el sabor de lo prohibido) la deglute lentamente, lujuriosamente, tercamente aferrado a la historia que avanza y se mete con nuestras intimidades hasta convertirse en un personaje más que , al igual que en cine, se sienta y se pierde en la pantalla, haciendo de hombre invisible o de espíritu burlón. Una edición simple, amorosa, rabiosa, sudada, vivenciada, clara como las historias que cuenta, llenas de esos pequeños terrores de todos los días, repleta de preguntas con las mismas supuestas respuestas, angustiosas, secas, duendosas, convencionalizadas, eso, que lo que Gustavo Arango hace es meternos en el mundo que a cada uno le toca con sus pasioncitas torpes, con sus detallitos risibles, con sus ansiedades por una talla menos o algunos gramos más (donde se necesiten), mirá que me estoy secando y me da miedo que acabe chuzando. Perdoname, Alberto, pero no sigo tomando formol, creo que me estás secando para venderme embalsamada. No hagás caso de eso, os es que ya no me querés, lindura. Tan mentiroso, me decís eso pa’ que no te cobre el arriendo.
 A Gustavo Arango lo conocí en la Universidad. No tenía cara de nada (la falta de pose le había borrado la cara, pasa en ciertos momentos) y era nervioso, un tanto cetrino y vivía en Envigado. No sabía aún que tenía esa capacidad increible para crear pequeños monstruos que se trasnochaban esperando al papá o escribiendo frases de castigo en los tableros. Sólo después de conocer su tesis (yo había sido su profesor), supe de su habilidad para burlarse de todo, fabricando un humor negro muy propio, como el copete (la mota) del duende que aparece en su libro, que parece uno de esos Apetitosos[4] de los que hala el poeta Carlos Ossa en su poema sobre la tribu de los pobres, donde uno no sabe si reír o llorar, tales son las desgracias y las epopeyas, las alegrías cortas (cortísimas) y la capacidad de ansiar infiernos nuevos(por aquello de que a medida que pasa el tiempo las cosas ya no son las mismas) de estas pobrecías que sólo miran hacia arriba en las tormentas, pero que acabarán estando presentes ene l día de la tierra, cuando ya los burgueses no tengamos que comer y ellos (los pobres), risueños, nos miren hacer gestos de asco y de agradecimiento, que uno se enseña. Y de pequeñas burguesías son los relatos de Bajas pasiones, como usted, como yo, todos encerrados en nuestros munditos, encogidos como si estuviéramos en cerrados en un huevo, como si hubiéramos sido condenados a ser puestos cada amanecer por una gallina que amenaza con sentarse sobre la cáscara y ahí sí, no te digo: de nada valió rezar.
Sustos, premoniciones falladas, sobrevivencias, apartados aéreos cambiados, esquivando noticias sobre los que No nacimos pa’ semilla[5], esos habitantes de las balaceras y el No futuro, de las comunas olvidadas donde morir y nacer es un acto de amor y de ocio, de protesta y de sumisión, donde el infierno fue cambiado pro otra galaxia y la muerte se atemoriza de pasar por ciertas calles. Estómagos fríos cuando oyen los relatos de Alfonso Salazar, porque de alguna manera rompen con la rutina maquinal de los que convivimos con nuestras bajas pasiones y hemos sido retratados por Arango, con todas nuestras endiosaditas y bajadas torpes, con nuestros amores a créditos y nuestras inseguridades de piel y brillos en la mirada. Pero así y todo, ahí seguimos por fuera de lo que pasa, evadiendo responsabilidades, más preocupados por el blanco de los dientes que por darle la cara a la realidad. Y muy ulcerosos, claro.



[1] El Colombiano, Dominical. 28 de octubre de 1990.
[2] Arango T., Gustavo. Bajas pasiones. Ediciones El Guarro. Medellín, 1990.
[3] Arango T., Gustavo. Un tal Cortázar. Colección mensajes. Editorial Universidad pontificia Bolivariana. Medellín, 1987.
[4] Ossa, Carlos. Apetitosos. Hojas fotocopiadas.
[5] Salazar J., Alonso. No nacimos pa’ semilla. Ediciones CINEP.

jueves, 8 de junio de 2017

Los treinta añitos de Un tal Cortázar


   En octubre de 1987, la Colección Mensajes, de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Pontificia Bolivariana publicó Un tal Cortázar. Este fue el discurso leído durante la presentación del libro.



El único discurso que puedo hacer, sobre el trabajo que hoy sale publicado, ya ha sido escrito, es el mismo trabajo, y algunos de ustedes tendrán la oportunidad de leerlo. Espero que no sea una lectura inútil, y que pueda aportarles algo.
Quiero sólo decir que Un tal Cortázar no es, en ningún momento, un fenómeno aislado. Paralelo a él se dieron trabajos de grado con méritos sobrados para que sus autores ocuparan este lugar. Este libro es como el símbolo de una generación estudiantil con muchas inquietudes y que, esperemos, no sucumba por completo ante la realidad profesional, que mantenga sus ideales y conserve su dignidad, por el bien de una sociedad que está muy necesitada de gente honrada.
Aprovecho el momento para agradecer a Mariluz Vallejo, Hernán Escobar Roldán y Federico Medina Cano, quienes vivieron de cerca el proceso de elaboración de este trabajo y colaboraron con permanentes consejos y recomendaciones.
A los jurados, Juan José García Posada y Eugenia Vélez de González, que tuvieron la ocasión de evaluar el trabajo de grado,  y a quienes en buena parte se debe la trascendencia que ahora está teniendo.
Agradezco también a la Universidad y a la facultad de Comunicación Social por la confianza depositada en Un tal Cortázar, y por el invaluable premio que significa verlo publicado.
Quiero terminar refrendando lo dicho en la dedicatoria del trabajo: “A Félix Arango Montoya, porque este trabajo es un sueño suyo que no pudo ver realizado” , y agregando que, sin ninguna duda, de estar vivo, mi padre sería la persona más feliz del mundo con la publicación de Un tal Cortázar. Eso me anima y me compromete a seguir volviendo realidad su sueño.



En Cortázar de la A a la Z se destaca el libro como la primera biografía del argentino.

El Mundo Semanal, el suplemento cultural del periódico El Mundo, de Medellín, destacó la aparición de Un tal Cortázar en su edición del 24 de octubre de 1987.



En 2012, la editorial UPB publicó Un tal Cortázar y otros pasos en las huellas, como conmemoración del cincuentenario de la publicación de Rayuela.








domingo, 4 de junio de 2017

"El verbo ha encarnado"

Cincuenta años después de su publicación en Buenos Aires, Cien años de soledad sigue siendo un fenómeno literario y editorial único de Latinoamérica. Las cartas entre García Márquez y Carlos Fuentes nos ofrecen una perspectiva privilegiada sobre su gestación  y su impacto en la vida del novelista colombiano



















jueves, 1 de junio de 2017

viernes, 19 de mayo de 2017

Cortázar y el Jazz

Programa de Manuel Lozano Pineda en la 
Emisora de la Universidad de Cartagena. 
Emisión del 15 de mayo de 2017.