martes, 13 de febrero de 2018
jueves, 8 de febrero de 2018
La lección
Un cuento muy corto, a propósito
de una polémica en la UPB sobre el vestuario de las estudiantes.

Yo estaba
dando mi clase sin sobresaltos, repartiendo la mirada entre el auditorio,
cuando encontré una sonrisa que nada tenía que ver con las guerras de
independencia. Traté de seguir el hilo y el reparto de miradas pero, siempre
que volvía a la perversidad de esa sonrisa, algo me desconcentraba. Decidí
buscar una explicación y tardé poco en encontrarla entre las rodillas muy
separadas, al fondo de una falda muy corta, en una geografía que invitaba a dar
un grito de batalla.
Texto incluido en "La brújula del deseo", publicado por la editorial UPB.
domingo, 28 de enero de 2018
A propósito de un mapa genético
En Navidad recibí de regalo un 'kit' para determinar mi mapa genético.
Al recibir los resultados, recordé un viejo texto al que la ciencia ahora le ha dado más sentido.
Si
tuviera que decir por qué disfruto de esta isla, si alguien me confrontara y me
pidiera sólo una razón para amar esta isla, diría que la posibilidad de ver
infinitos rostros de mujeres.
Hoy lo he
sabido —aunque lo sabía desde antes—, hoy lo he sabido con claridad, con
nitidez, con gozosa certeza.
Lo supe
al salir del hotel Serendib y cruzarme con los primeros rostros: la mujer de
gorro crema y cabello negro y ensortijado cayéndole a los lados, detenida en
medio de la calle, reconcentrada en el sabor de un café que bebía de un vaso
desechable.
Lo supe
al ver a esa otra mujer desayunando sola y mirando pensativa, distante, hacia
la calle a través de los cristales, mirando sin sorpresa mi mirada, sin
expectativa, con sólo un leve interés fugaz.
Lo supe
al ver los ojos cristalinos en los cruces de las calles, la por fin multitud,
en la Quinta Avenida, los ojos directos y estrábicos y azules y negros y grises
y verdes y miel del recorrido en tren hasta el museo.
No puedo
ocultar que tengo preferencias, que hay juegos de luz y de sombra, que hay
maneras de moverse y de mirar, que hay tonalidades y énfasis que me interesan
más.
Siempre
me he preguntado qué hay detrás de ese interés. He pensado que el daño
irreparable de la alienación está detrás de mi sed de pieles claras, levemente
trigueñas. Cuando quiero darle a mi anhelo un toque más personal, pienso en el
pasado de mi sangre, en un europeo nostálgico atrapado en mi revoltijo de
sangres, obligado a desear lo que ya no puede atraer con su piel tinturada, con
sus rasgos imprecisos, su nariz africana, sus cejas y ojos vascos, sus pómulos
indígenas.
Porque es
claro que ese blanco que se ha hundido en su conquista es el que más desea, es
el que mueve febril el motor de la esperanza, mientras sus hermanos negro e
indio lo toleran, proponen perspectivas, intentan sosegarlo, brindarle
alternativas a su búsqueda.
Fragmento de Impromptus
en la isla (2010).
viernes, 26 de enero de 2018
EL REGRESO DEL ETNÓGRAFO
Siempre que
regreso a esta ciudad recuerdo un cuento de Borges, “El etnógrafo”, la historia
de un muchacho que se va a vivir con los indios para que los sabios de la tribu
le revelen sus secretos milenarios. El etnógrafo está lleno de brillantes
sutilezas. Borges pone sobre la historia una especie de neblina que la vuelve
más cómoda para que el lector se instale en ella sin sentirse muy extraño.
Cuenta que alguien se la refirió en Texas, pero que ocurrió en otro lado. Dice que
no es seguro el nombre de su protagonista, pero cree que se llamaba Fred
Murdock. De este modo nos obliga poco a poco a descartar el sofisma de la
precisión y a aceptar que no son los detalles de las historias lo que de veras
interesa, sino el alma de los hechos.
Murdock es
un compendio de lugares comunes: es alto a la manera americana, ni rubio ni
moreno, su historia es parte de la historia de cientos de personas (parientes,
allegados, encuentros circunstanciales). La juventud del personaje le permite a
Borges hacer una observación llena de agudeza psicológica: dice que nada había
de extraordinario en Fred, ni siquiera esa común tendencia entre los jóvenes a
sentirse singulares. Fred está en ese momento de la vida en que todo joven está
dispuesto a entregarse a cualquier derrotero que le proponga el azar. Un
profesor le propone que vaya a vivir con los indios y Fred reúne
justificaciones suficientes para creer que esa tarea estaba escrita en su
destino. La idea era vivir en las llanuras el tiempo suficiente para que los
sabios de la tribu le revelaran sus secretos y, después, regresar a escribir un
libro con los hallazgos.
Al principio
las cosas transcurren según lo acordado. Fred vive como el resto de la tribu,
en condiciones muy distintas a las de la ciudad. Toma nota de todo lo que
observa y espera paciente, por años, el momento de la revelación. Pocas líneas
del relato nos indican que al interior del personaje se producen cambios
definitivos. Deja de tomar apuntes (el narrador no precisa las razones de ese
gesto), asimila los hábitos de la tribu, empieza a soñar en una lengua distinta
a la de sus antepasados. Después de una serie de pruebas, los sabios le revelan
sus secretos y Fred se marcha sin despedirse.
La parte
final del relato se ocupa de la conversación de Fred con el profesor que le
había sugerido hacer el estudio. Fred le comunica que no piensa escribir el
libro que se había propuesto escribir cuando se marchó. Ante la insistencia del
profesor, explica que no lo ata ningún juramento y que podría contar del
secreto de múltiples maneras. Dice que, después de saber lo que sabe, toda
ciencia le parece intrascendente, y agrega que el secreto no vale tanto como
los caminos que conducen a él.
Borges tiene
el acierto de no intentar explicar el secreto que ahora posee Murdock. Sabe que
al interior de cada lector palpita ese conocimiento y que es preciso que cada
uno emprenda el recorrido para encontrarlo. Las líneas del final nos dicen que
Fred se casó, se divorció y es ahora un bibliotecario de la Universidad de
Yale. El asunto del divorcio nos demuestra que el secreto no es, no puede ser,
una fórmula infalible para que nos vaya bien en todo. Queda implícito que
conocer el secreto no libra de las dificultades.
“El
etnógrafo” es un relato denso, lleno de posibilidades, donde cada línea tiene
consecuencias infinitas. Hay un pasaje de esta historia que siempre me ha
intrigado. De regreso en la ciudad, Fred sintió nostalgia de los momentos en la
llanura cuando sentía nostalgia de la ciudad. Siempre que vuelvo a Medellín,
siento nostalgia de la nostalgia que he sentido en los parajes del destierro.
Moviéndome entre multitudes que no me recuerdan nada, entre seres que ni
siquiera habían nacido cuando me marché, sólo la nostalgia de la nostalgia
consigue unirme a este sitio al que, por mucho que regrese, jamás podré volver.
Texto publicado originalmente en el periódico Vivir en El Poblado.
Explicación de un gesto

Lo de las
historias es muy fácil. Necesitamos de historias como necesitamos de aire o de
comida. Somos lo que somos por las historias que nos impresionaron cuando
niños. Sobrevivimos y nos movemos por el mundo guiados por los relatos sobre
el comportamiento humano, sobre el mundo y sus rarezas, sobre las curiosas
paradojas que constituyen la vida. Nuestro propio carácter no es más que una
colcha de retazos tomados de las sagas familiares, de las vidas de nuestros ídolos,
de los sofismas que aceptamos como dogmas.
He olvidado
quién dijo que todo lenguaje es metafórico. El hecho de que un mismo objeto se
pueda nombrar de manera distinta en cada lengua es una prueba de que toda
palabra es sólo un acercamiento. Siempre hay un abismo entre las cosas y el
conjunto de sonidos que las nombran. Vamos por el mundo a ciegas, expresando lo
que vemos y sentimos con la ayuda del trovador que cada uno lleva dentro. Nos
gustan las hipérboles. No es suficiente con que digamos que tenemos hambre; es
preciso asegurar que nos podríamos comer un elefante. Decimos haber repetido
algo miles de veces, cuando no fueron ni siquiera diez. Miramos por la ventana
y decimos, o decían las muchachas hace tiempo: “Están cayendo hasta maridos”.
También somos prosopopéyicos: los incendios son voraces, el cielo llora, el
viento aúlla.
Me he tomado
la libertad de hacer esta digresión por dos razones: porque me sirve de
preámbulo y porque lo que tengo para decir puede decirse en muy pocas palabras.
En los últimos cinco años he escrito ya varias veces sobre el narrador
deportivo que más admiro. Su nombre es Pablo Ramírez y suelo escucharlo en los
partidos internacionales de una cadena hispana aquí en el País del Sueño. Lo
llaman “La torre de Jalisco”, porque es altísimo, y es un hombre que vive en un
estado de constante inspiración. Para Ramírez, la portería es un castillo sin puertas,
la pelota “dibuja la silueta del aire”, y los juegos están llenos de detalles y
de conversaciones divertidísimas; como la del defensor aplastado que le dijo
al atacante: “Súbete que te llevo”. A su lado los demás narradores son unos
señores que gritan, pero carecen de imaginación y de palabras.
Esta semana,
Ramírez volvió a crear una joya literaria, probablemente hecha de materiales
reciclados. El partido de Colombia y Argentina estaba a punto de terminar y las
cámaras se regodeaban en el desconcierto y la impotencia de Messi, en la
tragedia que significa para el mejor jugador del mundo el hecho de no haber
podido “brillar” con la selección de su país. El gesto era elocuente y difícil
de explicar. Entonces Ramírez contó una breve historia. Habló de un hombre que
estaba tendido en su cama mirando las estrellas, extasiado, filosófico,
pensando: “Qué inmenso el universo, qué pequeños somos”. La historia parecía
estar fuera de lugar. Imagino que en millones de hogares muchos se preguntaban
a qué venía eso. Pero todo quedó claro, incluido el gesto de Messi, cuando el
hombre tendido en la cama reaccionó sorprendido y se dijo: “Un momento… ¿Y el
techo? ¿Dónde se ha ido el techo de mi casa?”
Publicado
originalmente en Vivir en El Poblado, en 2011.
miércoles, 24 de enero de 2018
El saber destilado

Los designios de Dios son
inescrutables. Uno apenas consigue tener vagas ideas del tejido de episodios de
los que forma parte. A cada paso que damos estamos pisando, quizá sin darnos
cuenta, las huellas de las multitudes del pasado. La primera frase de este
escrito, por ejemplo, está bastante lejos de pertenecerme: ya la habían usado
Borges en un prólogo, Wenceslao Triana en un ensayo olvidado, San Agustín en
sus Confesiones, y sabrá Dios cuántos
más en todos lados. Cuando Shakespeare puso a Hamlet a decir: “To be or not to
be”, llegó con más de quince siglos de retraso a una frase que Plutarco había
usado y que quizá era muy vieja en los tiempos del biógrafo latino. De manera
que la atribución de una cita o de una idea es siempre un atrevimiento dictado
por las modas o por la ciega imprudencia del presumido que está citando.
Hace unas semanas le atribuí
a Dennis de Rougemont la afirmación de que hay mucha gente que jamás se habría
enamorado si nunca hubiera oído hablar del amor. El desarrollo de esa idea me
valió la amable reconvención de algunos lectores y el hallazgo de que yo mismo
estaba haciendo una falsa atribución. La frase, si es preciso atribuirle un
propietario, es de La Rochefoucauld. Lo curioso es que yo mismo había leído
aquella frase años atrás, pero la tenía olvidada. La sensación de culpa me ha
hecho regresar a la obra de ese célebre francés que expresó en pocas palabras
los motivos que gobiernan el corazón humano.
Protagonista de primera línea
en la Francia del siglo 17, soldado, figura pública, político, enamorado, La
Rochefoucauld sacó tiempo de no se sabe dónde para escribir una obra extensa
cuya joya más visible y recordada son sus Máximas:
unas frases de absoluta brevedad que son el resultado de profundas reflexiones.
El género ha tenido nombres diversos: aforismos, sentencias, escolios, y es
casi inevitable que sus más distinguidos practicantes —Federico Nietzsche, Emil
Cioran, José María Vargas Vila, Nicolás Gómez Dávila— se hayan nutrido de las
fuentes de La Rochefoucauld. En todos ellos es posible encontrar el cinismo, la
visión penetrante y la crudeza que encontramos en el original.
Si fuera necesario exponer la
idea central de las Máximas de La
Rochefoucauld —y sus memorias y sus cartas son terrenos aún por explorar—
podríamos decir que se encuentra en una de las primeras frases: “El amor propio
es el más grande de los aduladores”. Buena parte de las Máximas se dedica a encontrar en el amor propio el origen de
pasiones y vicios (egoísmo, orgullo, vanidad, interés) y el motivo de todas
nuestras acciones. Pero saber eso no exime del goce perverso que se siente al
recorrer ese inventario de mezquindad.
“Nunca somos tan felices o
tan infelices como nos creemos”, le dice el francés a ese grupo de farsantes
que somos sus lectores. “La astucia y las trampas son hijos de la incapacidad”.
Al leerlo uno siente que asiste a su propio funeral. “Los halagos son monedas a
los que sólo nuestra vanidad les da valor”. Sólo nuestra capacidad para engañarnos,
para consolarnos pensando que las faltas de los otros son peores, explican que
un ser humano llegue hasta el final de ese libro sin sentirse destrozado. “Lo
que parece generosidad sólo es ambición disfrazada”. Pero no todo es negativo
entre las Máximas de La
Rochefoucauld. Es posible encontrar en sus palabras una corriente fresca que a
veces reaparece y nos dice, por ejemplo, que “el valor más preciado consiste en
hacer sin testigos lo que uno haría de frente al mundo”. Creernos capaces de
cosas así es lo que nos mantiene atentos hasta el final del libro. Entonces
encontramos la última decepción: la certeza de que, sea como sea nuestra
muerte, nunca estaremos preparados para el momento en que se marche para
siempre esa criatura abominable a la que dimos nuestro amor.
jueves, 18 de enero de 2018
La liebre y la tortuga

La historia está llena de
genios precoces que se hundieron sin remedio bajo el peso de su precocidad.
Acorralado por el deterioro físico y mental, Andrés Caicedo no encontró otra
salida que la de estar a la altura de su frase recurrente: “Vivir más allá de
los veinticinco es una vergüenza” y, aprovechando una traga maluca, se llenó de
pastillas de seconal. Nunca sabremos lo que habría pasado si hubiera seguido
vivo, pero era más de esperar un destino “vergonzoso”, poblado de nostalgias
del pasado, que uno asociado con la gloria literaria. ¿Qué podría habernos
dicho John Keats si hubiera llegado a los cuarenta años? Sin que se pueda
hablar de fracaso, Rimbaud abandonó antes de los veinte años una carrera
literaria que había alcanzado alturas poco frecuentadas, y se escapó para
siempre a una vida mercenaria. Abundan los ejemplos de escritores que
escribieron muy temprano un libro muy celebrado y luego no hicieron nada.
Parodiando la fábula, podríamos decir que este tipo de escritores son los
escritores liebre: ágiles en el arranque, despiertos, inspirados, bendecidos
por talentos asombrosos, pero también asediados por el peligro de no llegar a
ningún lado. Mario Vargas Llosa fue un escritor liebre, pero logró sobrevivir a
su comienzo apresurado.
Los novelistas suelen tardar
en llegar a dominar un oficio que es mezcla de coleccionista de mariposas y
cargador de bultos en el mercado. Pero Vargas Llosa ya había escrito a los 27
años una novela, La ciudad y los perros,
que lo puso entre los grandes de América Latina. Antes de cumplir los 33 había
publicado dos obras maestras más: Conversación
en la catedral y La casa verde,
que le reportó el premio Rómulo Gallegos antes que a su maestro y entonces
amigo, Gabriel García Márquez. Onetti, ese gigante en la sombra al que
cualquier premio le habría quedado chiquito, solía bromear diciendo que el Rómulo
Gallegos se lo habían dado a La casa verde,
y no a Juntacadáveres, porque el
prostíbulo de su novela no tenía orquesta. Fue Onetti también quien mejor
retrató a Vargas Llosa, cuando dijo que el terco discípulo de Flaubert se acercaba
a la literatura como un esposo abnegado, mientras que él la frecuentaba como
si fuera su amante. Pueden decir de Vargas Llosa todo lo que quieran (y aquí me
tomo la libertad de ser una caja de resonancia), que le gustan sus primas, sus
tías, las azafatas y hasta sus hermanas medias, pero lo que no pueden negar es
que ha sido un esposo intachable de la literatura. Fiel e imaginativo, ha
mantenido el fuego con vida.
Vargas Llosa sobrevivió a
múltiples peligros para llegar a esta gloria terrenal con que ahora se le
corona. Sobrevivió a una trayectoria errática en materia política. Logró
escapar de esa izquierda en la que todo intelectual que quisiera ser
considerado como tal debía matricularse, pero el ímpetu con que escapó lo llevó
a refugiarse en una derecha tanto o más criminal. Sobrevivió a la ambición loca
de querer ser presidente: como si pertenecer al gremio de Fujimori, de Uribe o
Chávez pudiera darle dignidad a alguien. Sobrevivió a la esterilidad que impone
sobre muchos creadores el paso por la academia. Si consideramos todos los
peligros de los que se ha salvado, también deberían canonizarlo.
Hace un poco más de diez años
entrevisté a Vargas Llosa, durante su paso por Cartagena para presentar Los cuadernos de don Rigoberto, una de
las muchas novelas con que ha poblado el segundo tramo de su vida de escritor.
Ya entonces estaba lejos de ser un genio precoz, pero seguía saludable,
decidido, después de su afortunado fracaso político. Aquella vez dijo algo que
sintetiza el secreto de su éxito: “El genio también puede ser un largo esfuerzo”.
La liebre ya había comprendido la lección de la tortuga y seguía muy oronda y
con pasitos obstinados su carrera hacia la meta. Poco importa que hace años la
tortuga haya llegado, que ya ni se distinga el moretón que recibió cuando la
lucha y la carrera eran más encarnizadas.
Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado, en octubre de 2010
EL BOBO DEL PUEBLO

Cuando
uno encuentra a Emerson sin demasiados preámbulos, sin que nadie se haya tomado
la tarea de hablarnos de su importancia o sus flaquezas, tiene la vaga
sensación de estar, al mismo tiempo, frente a uno de los más grandes escritores
que sea posible encontrar y de un delirante al que sería fácil aplicarle el
burlón título del bobo del pueblo. Sus libros no están a la venta en las esquinas,
al lado de las últimas novelas de sicarios, ni aparecen reseñados en los
periódicos que suelen ser dueños o socios o amigos de las editoriales. Así que
ya cumplen con un requisito básico de la buena literatura. Pero la historia
parece haberse confabulado para enterrar al bobo de Nueva Inglaterra. Le han
dicho de todo: optimista, monista, trascendentalista. Su nombre quedó perdido
detrás de grandes nombres en las letras norteamericanas del siglo diecinueve:
Poe, Hawthorne, Melville; algunos de ellos lo miraban con desprecio. Ha
recibido elogios de autores, como Nietzsche, a los que su obra había destruido
por anticipado. Hasta sus discípulos directos, como Withman y Thoreau, fallan
al reconocerle los méritos a su maestro y se refieren a él como a un pobre
loquito embriagado de obviedades.
Resulta
comprensible que la obra de Emerson se haya perdido en los laberintos del
tiempo. Sus ideas son como el brindis que alguien hace al comienzo de una
fiesta, minutos antes de que empiece una balacera. ¿Quién diablos se va a
acordar de que había un brindis cuando empezó la tragedia? En este caso la
tragedia fue ese desfile de sabihondos que se encargó de convencernos de que
somos poca cosa: Darwin diciéndonos miquitos, Freud comparando el milagro del
pensamiento con una tubería aherrumbrada, Nietzsche matando a un Dios que ya
estaba muerto… todos empeñados en convencernos de que somos basuritas,
accidentes de la nada, que el alma es una superstición, que da lo mismo lo que
hagamos o dejemos de hacer; abonando de paso el terreno para toda clase de
atrocidades.
Si
fuera necesario definir a Emerson con una sola palabra, pienso que esa palabra
sería “inconformidad”. La inconformidad está en el centro de “Self-Reliance”,
uno de sus ensayos más encendidos, ese llamado a que cada uno de nosotros se
sostenga en sus propios pies, de cara al mundo, sin buscar el amparo de
instituciones, de turbas o de dogmas. Quizá porque ya olía en el ambiente el
triunfo del desaliento, Emerson decidió rebelarse contra todos los poderes
empeñados en destruir la grandeza del ser humano. Todos sus elogios tienen un
“pero” rebelde, creativo, dinámico. La historia es importante, “pero” está en
pañales, porque aún no hemos aprendido a escribir la épica del alma. La amistad
y el amor son maravillosos, “pero” es mejor quedarse uno solo. Los libros son
muy buenos, “pero” es mejor vivir que leer. La filosofía ha logrado prodigios
descomunales, “pero” lo que nos queda por entender es infinitamente más grande.
“Nada grandioso se ha conseguido sin la participación del entusiasmo”, “pero”
la sabiduría verdadera consiste en aprender a abandonarse a ese espíritu
universal que todo lo ordena. El mérito de Emerson consiste en conciliar esas
aparentes contradicciones por medio de reveladoras paradojas.
Cuando
un lector consigue mirar a través del enturbia-miento de los ismos y el
descrédito, y consigue leer a Ralph Waldo como si acabara de comprarlo en la
esquina, los efectos de su lectura pueden ser intoxicantes. Quizá debería considerarse
la prohibición de las dosis personales de Emerson, pues su lectura puede
abrirle los ojos a cual-quiera. Y no conviene que la gente sepa que, en lugar
de pobres diablos sometidos a los vaivenes del tiempo, son seres bendecidos que
contienen en sí mismos toda la aventura humana. No es fácil abusar de quienes
saben que en su mente están todas las ideas de los grandes filósofos y que los
grandes escritores se siguen expresando por medio de sus manos.
Texto publicado en Vivir en El Poblado en 2009
domingo, 24 de diciembre de 2017
Cuentos desmesuradamente cortos
Hoy en el suplemento Generación,
de El Colombiano,
algunos cuentos desmesuradamente cortos.
sábado, 2 de diciembre de 2017
Una entrevista
A propósito de "Resplandor",
una entrevista de Catalina Rodríguez Herrera,
para la edición especial sobre novela histórica
de la revista "Mohán", del Departamento de Literatura
de la Universidad Nacional de Colombia.
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