jueves, 8 de noviembre de 2018

Reflexiones lapidarias

La columna de Vivir en El Poblado


Cortázar nació en Bruselas, Bélgica, un mes después del estallido de la Primera Guerra Mundial. La familia quedó atrapada en Europa por cuatro años y, cuando regresó a la Argentina, su padre tomó las de Villadiego. Cortázar creció en un suburbio de Buenos Aires, rodeado de mujeres: su madre, su hermana, sus tías y su abuela. Allí desarrolló su inclinación por el misterio.
Cortázar fue un alumno aplicado. Fue profesor en escuelas de provincia hasta la segunda mitad de los años cuarenta, cuando llegó a un Buenos Aires sumido en el populismo peronista. Allí escribió cuentos y poemas, fue traductor y vivió en busca de una oportunidad para escapar. En 1951 consiguió dar el salto e instalarse en París.







martes, 30 de octubre de 2018

A puerta cerrada

La columna de Vivir en El Poblado

La imagen puede contener: planta y exterior

Admito que hay un tono de nostalgia en lo que he escrito y comparto la opinión de quienes dicen que es síntoma de vejez. Con tanta imposición por todos lados, para que seamos jóvenes del cuerpo y del espíritu, saberse y sentirse viejos es una de las pocas rebeldías que nos quedan. ¿Quién quiere rancharse para siempre en la ingenuidad y la inexperiencia?, ¿en el derroche de energía que termina al servicio de avivatos? Al refrán que dice: “Si el joven supiera y el viejo pudiera”, respondo que prefiero saber, y poder un poquito, que andar por ahí pudiendo sin saber muy bien qué hacer con tanto poder.






miércoles, 17 de octubre de 2018

Orlando Contreras descansa en el mar


Del Baúl, un texto publicado en 
El Universal, de Cartagena, el 25 de febrero de 1994.



Los primeros puñados de ceniza salieron de sus manos en forma distante y aturdida. Sólo después, cuando alguien sugirió que se pusiera de rodilla para evitar la brisa, Diana Cárdenas  empezó a comprender  la trascendencia de ese instante, empezó a recordar episodios cercanos y lejanos, se olvidó de la gente y las cámaras que había a su lado, y se quedó a solas con el hombre que estaba liberando.
Un grupo de periodistas la había esperado en un pequeño muelle de la bahía. Llegó con su madre y unos amigos. Tenía un traje marfil y un sombrero, traía un ramo de rosas y un pequeño cofre negro en vuelto en un terciopelo rojo. Su rostro tenía una tristeza tranquila.
Aunque ella y su familia tenían la intención de hacer la ceremonia en mar abierto, cerca de las Islas del Rosario, finalmente se decidió que era mejor hacerla cerca, desde la plataforma de la  Virgen del Carmen, en la bahía.
A bordo de la lancha de El Universal viajaron la esposa, los parientes, los amigos y los restos de un hombre cuyo nombre está grabado en la memoria de millones en América Latina.
En el viaje empezaron las preguntas. Diana Cárdenas habló de la callada enfermedad, de un cáncer que duró cerca de un año. Habló de la insistencia de Contreras para que no hubiera ceremonias y para que arrojaran cuanto antes sus cenizas en el mar de Cartagena, por su parecido con La Habana. Tenía la esperanza de llegar sobre las olas a su tierra.
Parientes y allegados fueron reconstruyendo poco a poco el recuerdo del cantante. Se habló de su bondad, de su sensibilidad, del dolor que le causaba la pobreza. Se habló de su periplo por América, de su salida de Cuba, de su paso por Miami y Venezuela, de la forma como conoció a su esposa, Diana, hace tres años y decidió quedarse en Medellín por ella.
Se habló de su perfeccionismo y de su último proyecto: la Sonora Antioqueña, un grupo con el que quiso grabar unas canciones  que les hizo a las ciudades de Colombia, entre ellas una dedicada a Cartagena.
Al llegar a la Virgen seguían las preguntas de la prensa. Las cámaras zumbaban y Diana respondía con orgullo. Habló de la muerte de la madre de Contreras, hace diez años; de la alegría que ahora él sentiría por estar con ella. Dijo que él mismo se encargó personalmente de los asuntos de la funeraria y contó que su canción “Nuestro juramento” se materializó cuando ella derramó sus lágrimas sobre su cuerpo muerto.
Poco antes de empezar a cumplir su voluntad, habló de una canción que se quedó sin terminar. Estaba dedicada a ella. Sólo recordaba los primeros versos: “ Diana, tus ojos claros, el agua que roza tu cuerpo…”.
Finalmente, bajo una mañana brumosa y brillante, Diana abrió el cofre negro, roció las cenizas con agua bendita y en forma aturdida arrojó los primeros puñados.
Luego, de rodillas en la base de la Virgen de la bahía, empezó a comprender, empezó a recordar, empezó a liberarlo en el mar.
Puñado a puñado pensaba, miraba las cenizas diluirse en el agua. Contreras descansaba, terminaba de alejarse de una vida fugaz y de heridas, se cumplía su deseo de entregarle a las olas ese cuerpo que tanto supo del dolor, terminaban la maldad, la hipocresía, todos los sobresaltos de ese fugaz parpadeo que es la vida: sólo quedaban los recuerdos y el amor. A pesar de que más tarde, cuando en las manos de Diana ya no quedara nada, su quietud se rompería con un llanto breve y digno, había en ese momento algo de felicidad. Había algo de eterno y de tranquilo, de estrellas navegando a través de los milenios, en las semillas de fuego que unas manos arrojaban sobre los surcos del mar. 

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jueves, 11 de octubre de 2018

Una novela póstuma

La columna de Vivir en El Poblado



Hace un cuarto de siglo compré mi primer computador. Acababa de ganar un premio de periodismo que me ayudó a escapar de la prehistoria y, cuando puse a funcionar aquel hermoso aparato, me sentí el protagonista de una película futurista. “Te jodiste, Tolstoi”, pensé mientras tecleaba mi primera página virtual.










jueves, 4 de octubre de 2018

Yucatán





    Yucatán


Las lunas y los cielos,
la claridad y el viento,
encuentran sus caminos y se marchan

          Versión de un texto maya.


    1

Los pies desnudos
  en el mar y la tierra

La casi luna llena

Las manos en la arena
  tejen una promesa

    
   2

Volando en el agua
  contigo en el alma
me fue concedida
  la llave del mar


    3

En la profunda
  sombra del zapato
el escorpión
  espera al caminante


   4

La clara luna llena
  el aire transparente
el lento estigma negro
  en el lienzo del mar


   5

Fruta tropical

Obsedido y ausente
  muerdo la carne dulce del tiempo


    6

        Iguana

Cuando las piedras
  tienen hambre
    salen a caminar


    7

Soy un coro incansable
  un furor soterrado
  una voracidad
                 que se devora
  que estalla en colores
Un trasegar constante
  entre nunca y ahora

Soy la selva que mira
  su rostro inconcebible
y luego se abandona


    8

Rumor de batalla

Dieciséis
  silenciosos soldados
    viajan la pirámide

Llevan cascos rojos
  sus patas son largas

Cuando uno se mueve
  se mueven los otros

A veces olvidan
  si huyen de la muerte
   o van a buscarla


   9

A las seis de la tarde
    la hora en que los mapaches
    ávidos y puntuales
  atienden el llamado
    del manjar de los dioses
  y el cazador despierta
   su avidez y sus armas
supe que procurarte
  también era una forma de marcharme



De "Penínsulas extrañas"(2014)







jueves, 27 de septiembre de 2018

Una tribu de nostalgias

La columna de Vivir en El Poblado



Un amigo me explicó por qué los grupos primitivos se dividían después de alcanzar un número mágico: la capacidad del cerebro solo permite que tengamos relaciones sustanciales con 150 personas. Volví a tener noticia del estudio en una película donde un terapeuta le explicaba a su paciente las cifras de la vida: 150 son las personas que distinguimos con detalle, 50 son las que invitaríamos a nuestra casa, 15 son aquellas a quienes daríamos o pediríamos ayuda, y solo cinco son las que forman nuestro círculo más íntimo.
Las cifras son aproximadas. Mi vida de errabundo, profesor y periodista hace que el círculo exterior sea populoso. Alguna vez hice una lista de personas con quienes tuve encuentros significativos, para tratar de escribir sobre cada una, y no me fue difícil recordar más de quinientas. En mi caso, los círculos estrechos son más desiertos: muy pocas personas conocen mi casa, he aprendido a arreglármelas más o menos por mi cuenta y, quizá porque crecí oyendo el poema de Garrick, en el círculo más íntimo suelen ser más los muertos que los vivos.









miércoles, 19 de septiembre de 2018

La mujer de mi vida



Era una época de andares presurosos. Por dentro, el tumulto de proyectos, deseos, búsquedas, temores, sometimientos y servidumbres no daba respiro. Imposible ocuparse de una sola cosa por tiempo prolongado. Por fuera, los pasos aún vigorosos, la eficiencia frente a las múltiples exigencias de esa vida. Resultaba obvio entonces que mi andar aquella noche fuera presuroso, que mis piernas trabajaran con gran intensidad.
Era un sector de la ciudad poco congestionado. No recuerdo haber visto circular por allí autos o cualquier otra clase de vehículos. Creo que ni gente se veía en las aceras. No sabría decir con precisión si pensaba mientras caminaba solitario o si hablaba con alguien que marchaba a mi lado. A veces ambas cosas se me parecen demasiado. Cuando camino solo siento como si le hablara a un fantasma confiable que marcha a mi lado y cuando camino con alguien y le hablo, pienso que ese alguien no existe y que lo que digo lo digo para mis adentros. Pero, en fin, caminaba por la acera desierta y, acompañando o no, hablaba o pensaba.
Al llegar a la esquina, mis pensamientos –llamemos pensar a lo que hacía, a lo que me alejaba hasta volver borrosa esa acera, ese instante sin ningún requisito para hacerse inolvidable–, mis pensamientos, decía, al llegar a la esquina ocupaban mi atención. Debían ser importantes, en esa época acostumbraba pensar cosas importantes. Pero me temo que nunca llegaré a recordarlos; diminuto fragmento de mi vida perdido para siempre.
Al llegar a la esquina, decía, pensaba. Fue sólo un instante verla irrumpir en mi vida y precipitarse contra mi absorta humanidad, sin alcanzar a hacer algo para evitar o al menos atenuar la colisión.
Quedamos cara a cara, al principio sorprendidos, como planetas que dormidos se salieron de sus orbitas, y luego –a más tardar un segundo después– fascinados por una fuerza que salía de los dos, desencadenada por los dos, que nos hacía comprender, en un rapto de lucidez que he tardado toda mi vida en entender, que en ese pequeño reducto en que nos mirábamos, la perfección y la armonía confirmaban su existencia.
Sentí que ante alguien como ella podría mostrarme sin reservas. Sentí que ella podría discernir, en medio de la mentira, al sujeto que era yo. Sentí que en ella, en sus ojos matutinos, sus cabellos tempestuosos y su piel de atardecer, habitaban todos los significados que yo pudiera darle a la palabra belleza y, como si fuera poco, percibí que para ella yo tenía el mismo valor.
Yo estaba atontado. Recuerdo que después del choque nos tomamos de las manos. Hubiera querido que nunca llegáramos a soltarnos. Nos mirábamos con todo lo que éramos, hasta con nuestros ojos, y en ese instante parecido a lo que debe ser la eternidad comprendimos que si algún sentido tenían los sobresaltos de nuestras vidas, si a algo concreto nos conducían nuestras búsquedas, eso sólo podía ser la persona que ahora sosteníamos muy cerca, esa existencia temblorosa que intuíamos como lo más importante que podía pasarles a nuestras vidas.
Pensé que el tiempo había transcurrido de manera escandalosa. Me puse a tratar de juntar unas palabras para decir algo y, cuando creía tenerlo, fue cuando ella me besó.
–Fue un beso breve, cálido, lacónico, alegre, resignado y triste.
Me miró de nuevo con esos ojos que nunca he podido borrar de mis ojos y no dijo nada. Sonrió divertida, viendo a las palabras huirle en desbandada. Aflojó lentamente sus dedos soltando mis manos, abandonándolas de nuevo a su temblor cotidiano, a sus incertidumbres, y caminó despacio por la acera que antes yo había recorrido en dirección contraria.
En algún momento reanudé mi marcha. En algún momento, algo debió recordarme que no podía quedarme allí por el resto de mi vida. Me alejé pensando que sólo así puede ser la perfección, diciendo a alguien que tal vez marchaba a mi lado, que toda palabra es sólo una palabra de más, que intentar retener la maravilla y prolongarla es aplicar contra ella los detestables métodos de la esclavitud.


 De “ Bajas pasiones” (1990)









Caroline Sheridan

La sección "Vidas de artistos", de la Revista Virtual Cronopio



Caroline Elizabeth Sarah Sheridan nació en Londres, el martes 22 de marzo de 1808. Su padre, Tom Sheridan —actor, soldado y administrador colonial— murió cuando Caroline tenía nueve años y dejó a su familia en la pobreza. Su madre, Caroline Henrietta Callander, era una novelista de escaso mérito. Según lo dice una de las últimas ediciones impresas de la Enciclopedia Británica, Caroline fue «una de las tres hermosas nietas de Richard Brinsley Sheridan», satirista y dramaturgo de renombre, y fue la amistad de su abuelo con el duque de York lo que salvó a la viuda y a «las tres gracias» de quedar en la calle. Antes de cumplir los veinte años, Caroline publicó su primera novela La derrota de los dandies (1825) y contrajo matrimonio con el Honorable George Norton, quien todo indica que tenía muy poco de honorable.








Retrato del artista

La columna de Vivir en El Poblado



martes, 4 de septiembre de 2018

Navegando en Pessoa

Una reseña en El Colombiano



Al escritor portugués Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) muchos le debemos conocer la diferencia entre un seudónimo y un heterónimo. No es que el conocimiento sea vital, en tiempos en que la literatura anda perdida entre mercancías que se le parecen, pero algunos consideran todavía necesario señalar que un seudónimo es el equivalente de una máscara: basta quitarla para ver detrás a la persona real; mientras que el heterónimo es una empresa más audaz: la persona que hay detrás también ha sido creada, por un autor que se diluye entre las sombras.