martes, 22 de febrero de 2011

Ha muerto David Markson


Texto publicado en Vivir en El Poblado, en febrero de 2011



Ocurrió hace seis meses, pero sólo me enteré hace dos semanas. Varias razones explican la lentitud de la noticia. La primera es que Markson no era una celebridad. Así que la infor­mación sobre su muerte no pasó del obituario de rigor, jamás llegó a ocupar las luces fugaces de la televisión, y sólo debió tener ecos aislados en el internet. Otra razón es mi distan­ciamiento con el mundo: no veo televisión, paso largas temporadas sin leer noticias y a las pocas personas con quienes me comunico las tiene sin cuidado el destino de David Markson.

   Hace ya un poco más de dos años empecé a escribir estas columnas y, en aquel tiempo, expliqué que lo hacía para com­batir las novelerías del momento, para mirar a lo lejos y apre­ciar las joyas verdaderas que se han mantenido incólumes bajo la lluvia del tiempo. Decía, con Borges, que ochenta años de olvido pueden ser el equivalente de la novedad (a nuestra velocidad el plazo puede ser mucho menor) y reafirmaba que cuando quiero novedades las busco en el pasado. Pero hubo razones que no expresé en ese momento. La primera es que cada vez leo menos literatura. Me cansan las novelas que quieren hacerme creer que una situación imaginaria ocurrió de verdad, apelando al truco barato de asociarla con algún lugar o un momento histórico. La segunda es que no leo a ningún escritor que haya empezado su carrera hace menos de cincuenta años. No lo hago por soberbia, sino por el sano deseo de no estropear lo que yo mismo estoy escribiendo. Hace un tiempo traté de leer El olvido que seremos, de Hector Abad Faciolince, y tuve que abandonarlo en la página dos. Supe que seguir leyendo arruinaría un libro sobre mi padre que llevo varios años escribiendo. Cuando he tratado de leer a mis contemporáneos me he sentido en presencia de mis propios fantasmas y me he visto buscando lápices para corregirles frases. Por eso me siento más a gusto en el pasado. Son rarísimas las veces que me he emocionado al leer algo reciente: un cuento de Joyce Carol Oates, un poemario de Rómulo Bustos, las últimas novelas de David Markson.

   Conocí a David Markson por accidente hace como ocho años. Su libro, Vanishing Point, estaba entre las adquisiciones recientes de una biblioteca pública. Era un libro raro. Estaba hecho de minúsculos fragmentos, casi todos con anécdotas de artistas incomprendidos o con vidas más o menos miserables. La suciedad de Balzac, la pobreza de Vermeer, el suicidio de aquel, las últimas palabras de otro más, el lugar y la hora precisos en que murió algún genio desolado. En medio de las anécdotas se destilaba muy delgada la historia de un hombre solitario llamado Autor y resultaba fácil suponer que la novela era bastante autobiográfica. Me sedujo de inmediato el laconismo, las pequeñas filigranas del libro de Markson. El subtexto era claro: el artista auténtico tiene casi siempre una vida de oscuridad y pobreza material. Después de unos meses me encontré otro libro suyo, Wittgenstein’s Mistress, y de la sorpresa pasé a la admiración incondicional. Estaba en presencia de alguien que había inventado un nuevo género literario, hecho con gotas de un líquido muy fino y muy escaso. 

El final de la historia es digno de Markson. Su última novela se publicó en el 2007 y se llamaba justamente La última novela (The Last Novel). Allí, en medio de anécdotas curiosas como la del largo poema que Sócrates memorizó antes de morir o las cartas que Petrarca les escribía a los autores muer­tos, Markson cuenta la historia de Novelista, un hombre viejo, enfermo, solo y arruinado, cuya última esperanza consiste en poder llegar a la azotea del edificio donde vive. La novela está llena de datos precisos sobre la muerte de autores cuyo recono­cimiento llegó mucho después. Era evidente que Markson sabía lo que hacía. El cuatro de junio pasado, sus hijos lo encon­traron muerto en su apartamento de ermitaño en el sur de Manhattan. Nunca sabremos sus últimas palabras. Nunca conoceremos, de manera precisa, el día y la hora en que Markson se nos fue.







lunes, 24 de enero de 2011

Los caballitos del diablo



Algunas feministas están felices con la noticia. Un grupo de investigadores españoles acaba de anunciar  que en las islas Azores hay una comunidad de libélulas, o caballitos del diablo, que está compuesta exclusivamente por hembras. Según un científico de apellido Cordero, esta especie, la Ischnura Hastata, se reproduce sin la intervención de machos. Aunque la cosa no resulta muy sorprendente, porque en cada familia de insectos –mariposas, escarabajos, moscas, etc.– hay por lo menos una especie que es la excepción a la regla de la reproducción sexual, el despliegue que se ha dado a la noticia tiene una intención ideológica clara. La verdadera noticia es que las libélulas eran los únicos insectos para los que, hasta el momento, no se había comprobado la excepción a la regla. Pero lo que hay en juego es la nueva actitud de los humanos frente a la reproducción.
La posibilidad de que algunas especies pudieran reproducirse sin necesidad de un contacto sexual es algo que ha intrigado a la humanidad durante milenios. Al fenómeno se le conoce como partenogénesis y  aunque es normal entre las formas de vida más simples, siempre ha sido una rareza en las especies más complejas. Los griegos y los romanos estaban convencidos de que todas las abejas se reproducían por partenogénesis. Aristóteles, ese filósofo de curiosidad desbordada, decía que las mujeres, después de estar con un hombre, emanaban un olor almizclado que atraía y excitaba a las abejas. Siglos más tarde, Virgilio, el poeta latino, encontró en la pureza de las abejas, en su rechazo a lo sexual, la explicación de la leyenda según la cual las abejas jamás molestaban a las vírgenes, pero atacaban con furia a las mujeres que acaban de perder la virginidad.
La humanidad siempre ha querido mirar el mundo animal en busca de moralejas, especialmente de aquellas que cada sociedad quiere encontrar. Nuestro tiempo está empeñado, con la ayuda de la ciencia,  en demostrar que es natural que haya familias donde los padres sean del mismo sexo y hasta unas remotas libélulas de las islas Azores pueden servir para dar peso a sus razones.  No me malinterpreten, no estoy en contra de las familias de las parejas homosexuales, creo que las posibilidades de que haya hijos felices, sensibles y humanos, son las mismas, sin importar si tienen un padre y una madre, o dos madres, o dos padres, o siete enanitos para cuidarlos. Pero mi aceptación de ese hecho no me ciega frente a cosas mucho más complejas y, en mi opinión, abominables que ahora mismo ocurren con la alcahuetería de la ciencia.
Me refiero al alquiler de vientres, al surgimiento de una nueva clase de esclavos al servicio de gente que está comprando hijos como quien compra trajes. Existen, por supuesto, las historias de hermanas o allegados que se ofrecen a darle a una persona una oportunidad que no tiene. Ahí la cosa resulta todavía tolerable, aunque no deja de parecerme complicada. Pero cuando veo celebridades alquilando vientres para reproducirse, convirtiendo a las madres de sus hijos en bancos de semen y negándoles toda humanidad y todo derecho sobre los seres que han llevado y nutrido en el vientre, siento una repulsión inexplicable. El hecho de que la sociedad acepte que a la gente se la despoje por dinero de uno de los privilegios más democráticos: la posibilidad de tener hijos y ser padres de esos hijos, es una pesadilla como de ciencia ficción. Sin darnos cuenta, hemos aceptado una de las  formas de esclavitud más inhumanas que ha visto la historia. El asunto de las libélulas es una pendejada. El problema que enfrentamos ahora es que los seres humanos hemos empezado a reproducirnos por partenogénesis. Despojados del alma, hemos conseguido hacerle trampa a la naturaleza, violar sus propias leyes, sin haber llegado nunca a comprenderlas y acatarlas.


Oneonta, enero de 2011.

Publicado originalmente en el periódico Centrópolis.




sábado, 22 de enero de 2011

El amor y Occidente



Dice Denis de Rougemont que si nunca hubiéramos oído hablar del amor casi nadie se habría enamorado. Dice muchas cosas sorprendentes y olvidadas en un remoto clásico de hace casi ochenta años, L’amour et L’Occident, donde quizá se encuentra la explicación definitiva a tanto desencanto que el mundo arrastra en nombre del amor. La idea central del libro es que el amor romántico, ese sublime arrebato que nos eleva del suelo y nos conduce a emociones desbordadas, a muertes grandes o pequeñas (los franceses, hay que repetirlo, llaman al orgasmo la “petite mort”), el amor de película, el amor arrebatado para el que no existen límites, es una peste ideo­lógica y debe ser erradicada. Denis de Rougemont se dedicó a encon­trarle el origen a la peste, a describir los síntomas, los daños que ha causado, y a proponer soluciones que hoy pare­cen candorosas.

El origen de la palabra amor se encuentra en el etrusco, una lengua que nadie ha podido descifrar. Como los romanos no querían deberle nada a nadie (o al menos a sus benefactores directos), destruyeron todo vestigio y tradición asociada con ese pueblo de artistas y adivinos que no sólo fue responsable de la fundación de Roma, también de lo poco de trascendental que tuvo ese imperio que nos legó el materialismo. El misterio que rodea al etrusco (y la palabra “misterio” también tiene origen etrusco), quizá sirva para explicar por qué no hemos podido llegar a una definición satisfactoria del amor. Una cosa es clara, tanto para los griegos como para los romanos, el amor y el matrimonio eran cosas que nunca marchaban de la mano. De Rougemont encuentra el origen del amor romántico en el sur de Francia, a comienzos del siglo doce, en una revolución de los modales que con el tiempo se ha conocido como Amor Cortés. Impulsada en buena parte por Leonor de Aquitania, en una corte a la que acudía gente de todos los rincones de Europa, esta idea del amor promulgaba las virtudes de los amores imposibles o llenos de obstáculos. El símbolo de este amor fueron Tristán e Isolda y la gracia del asunto, la elevación espiritual que producía, estaba en el cultivo de las ganas sin preocuparse por saciarlas. De Rougemont no vacila al señalar una conexión directa entre el amor cortés y la secta hereje de los albigenses, quienes desa­parecieron por dos causas poderosas: las persecuciones de la ortodoxia y su propia nega­tiva a consumar el acto sexual, porque les parecía cosa del diablo. Hereje o no, la idea de un amor poblado de obstáculos, de amantes cuya única unión posible se encuentra más allá de la muerte, ha sido el tema recurrente en las representaciones del amor hasta nuestro tiempo.

Al principio la gente trató de asimilar esta forma de vida separando las cosas. Los caballeros realizaban ha­zañas a nom­bre de sus amadas, pero eso no les impedía tener una esposa a la que visitaban de vez en cuando para reponerse de los traji­nes y dejar una semilla. El mismo Dante, que llegó a escribir un libro monumental inspirado en una Beatriz a la que vio pocas veces, tenía esposa e hijos que la historia ha olvidado. Pero los problemas verdaderos comenzaron cuando la gente empezó a casarse por amor. Uno de los primeros matrimonios por amor de que tenemos noticia fue el de Enrique VIII con Ana Bolena, quien murió decapitada después de tres años. El amor Román­tico es una droga que, como todas las drogas, exige de sus vícti­mas cada vez dosis mayores. Cuando el amor y el matri­monio se combinan surge una paradoja sin solución. ¿Cómo puede ser imposible una persona que de repente se ha vuelto molestamente posible? ¿Cómo encontrar distancia si a veces las parejas no saben de quién es la pierna que tocan debajo de las sábanas? Para Denis de Rougemont, eso explica por qué casi todas las historias de amor terminan justo el día del matrimonio. Superados los obstáculos no queda nada más por alcanzar. Tanto la vida como el amor romántico concluyen entre ritos funerarios.


 Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado





jueves, 13 de enero de 2011

Un hermoso texto desde Colima, México

Conocer a Gustavo Arango

Por Adriana Amezcua

   Quiero empezar este escrito aclarando que no hablaré del literato, sino de la persona que me tocó conocer. Esperaba su llegada con gran ilusión, ilusión transmitida por contagio, sabía que en su época de estudiante fue asiduo lector y que ya se pintaba en su vida un futuro prometedor en las letras. Sin embargo me dejé transmitir esa alegría que no era mía, más bien la del Doctor Carlos Diez, puesto que Arango había sido su colega como estudiante de la Universidad Pontifica Bolivariana de Medellín, Colombia, además había sido asesor de su tesis de periodista llamada: Un “momento” con Barba Jacob.

   El día de su llegada a Colima fue una espera eterna, arribaría a la central a las 5:20 de la tarde del día 25 de noviembre, venía de Guadalajara, daría una conferencia para cerrar con broche de oro los festejos del 30 aniversario de la Facultad de Letras y Comunicación, el día 26, y, a la mañana siguiente, muy temprano, regresaría  a la Feria del Libro –FIL- en donde presentaría su libro: El origen del mundo, que le dio el premio Internacional de Literatura B Bicentenario en nuestro país.

   Sabía también de Arango que era un “chiqueado” de García Márquez, que lo conoce en persona y ha sido, de alguna manera, su “padrino” literario. Con otro de los que tuvo contacto y que lo apoyaron para que siguiera su camino fue con el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez.  Eso me tenía algo estresada, porque me preguntaba ¿cómo voy a tratar a una celebridad de esa naturaleza? Lo imaginaba algo arrogante e intocable, en una nube de éxitos adonde sería difícil llegar.

   Tuve la oportunidad de conocerlo a la mañana siguiente de su llegada. Fuimos a recogerlo con nuestro carro al lobby del  hotel María Isabel, porque tendría una entrevista con el periodista Max Cortés en El café de la plaza del Hotel Ceballos a eso de las 8:30. Vi salir una figura pequeña que me saludó con confianza y cortesía. Honestamente no sabía que hacer, le cedí el asiento del copiloto y me pasé al asiento trasero, opté  por quedarme callada.

   En el transcurso de la llegada a la entrevista, Gustavo se dirigía a mí con tanta familiaridad que logré quitarme la barrera del “figurón” que construí e idealicé en mi mente, me preguntó por mis proyectos personales y profesionales. Me sentí cómoda e integrada a una plática como de tres grandes amigos que se acababan de reencontrar después de una ausencia de 20 años.

   La entrevista en el Ceballos fluyó como agua escurrida por los dedos, Max hablaba con Arango como con un viejo y conocido amigo. Yo observaba que al expresarse, utilizaba sus manos abiertamente,  se emocionaba y volvía a mover sus manos como si escribiera un libro en el aire. Habló de todo un poco, de su producción literaria, de sus acercamientos con Márquez, de sus abrevaderos literarios y de sus gustos, pero de todo lo que dijo, algo capturó mi atención, eso que él llamó: la agudización o educación de los sentidos para percibir cosas, historias que se puedan contar en un papel. Se me quedó grabado porque después me tocó ser testigo de cómo aplicaba su teoría en su visita a nuestra cuidad tan querida: Colima.

   Después de la entrevista, le tomamos y nos tomamos algunas fotos en el Jardín Libertad con fondos distintos: la Catedral, Palacio de Gobierno, los portales y alguna que otra escultura o fuente que fuera un motivo para capturar un recuerdo con nuestro sencillo amigo.  Mis horarios como profesora, no me permitieron concurrir a la conferencia de la Facultad de Letras, por lo mismo me disculpé anticipadamente con Gustavo y siendo sincera, ahora me pesa no haber asistido, pero “el deber es el deber”.

  Supe que la charla había tenido éxito y que tuvo gran asistencia, supe también que se dejó entrevistar por quien lo abordara, desde los medios de comunicación, hasta estudiantes de literatura y periodismo de la Facultad. Eso me habló de una persona sencilla y humilde y me hizo acercarme más a él y desmitificarlo.

   Cuando  pude integrarme a las otras actividades programadas para culminar los festejos, encontré a Arango y Diez disfrutando de un concierto llamado “Retrotrova” con el músico Rabí Hernández, en el auditorio. De ahí nos trasladamos a la mítica Comala, no era posible que nuestro escritor se fuera sin conocerla y sin dejarse empapar por la calidez y calidad de las personas y del lugar.

  Observé que Arango trataba de capturar todos los recuerdos fotográficos posibles en su cámara, además de traer consigo una pequeña libretita de pasta dura –cosa que se me hizo muy curiosa- para apuntar todas las palabras nuevas para su léxico y su archivo literario. Así, lo veía tomarle fotos a las hamacas que vendían los artesanos, a la arquitectura, a los músicos, a la señalética de las carreteras, a los caballos, a las mujeres hermosas, a la comida y de la misma forma apuntaba con avidez los nombres de los municipios de Colima, las palabras para nombrar nuestras artesanías, las expresiones populares de nuestro hablar cotidiano, además de apropiarlas y aplicarlas en sus pláticas mientras recorría con tanto asombro cada uno de los lugares a donde lo llevamos.

  Se dejó sorprender por todo, como un excelente literato, abierto y sensible para nutrirse de nuestra cultura, de miles de historias. En Comala disfrutó del mariachi escuchando “Camino Real de Colima” y “El son de la negra” así como se dejó maravillar por el viejo músico que tocó la armónica, en especial la canción de “La Valentina”, misma que él pidió, porque el recuerdo de su hija se hizo presente. También se dejó impresionar por los artesanos, los danzantes, el colorido de nuestras artesanías, las delicias de nuestra gastronomía; observé que se quería llevar impreso en su piel, como un tatuaje, todo nuestro folclor.

   La zona mágica lo embrujó con su encanto, grabó videos y escuchó las historias en torno a ese lugar turístico. También saboreó el café de Suchitlán en una taza de barro,   bajo los cafetales y respiró el aire puro de nuestras montañas; el Volcán de Colima le regaló en un ocaso su imagen imponente y majestuosa para que lo retratara y se fuera en sus recuerdos. Se dejó llevar  por el mito de la Piedra Lisa para deslizarse por ella con la ilusión de regresar “a ese sueño maravilloso que se llama México”, del cual no quería despertar, según me lo dijo por medio de un mensaje de una red social, mientras su avión aterrizaba en Oneonta, lugar de Estados Unidos, muy cerca de New York, donde radica.

   Y es que conocer a Gustavo Arango, la persona, es toda una experiencia que se agradece, como se agradece también que él se haya dejado tocar sensiblemente por nuestra cultura y nos demuestre que Colima y que México son algo más que la violencia que se vive en estos días. Gracias Gustavo porque en vez de haber obtenido la foto y la firma de un gran literato, obtuve como regalo la amistad de un verdadero ser humano.

Maestra de Cultura Mexicana del Programa Académico de Español para Extranjeros
Facultad de Letras y Comunicación
Diciembre de 2010






lunes, 10 de enero de 2011

Tinta de arena

Por Ramiro de la Espriella


La editorial Lealon, de Medellín, ha editado el libro de cuentos Su última palabra fue silencio, de Gustavo Arango, un periodista que vela sus armas en El Universal de Cartagena.


Texto originalmente publicado por el diario El Espectador, de Bogotá, en 1994. Reproducido por el Correo de Manzanillo, de México, el 9 de enero de 2011.

martes, 4 de enero de 2011

Arte colombiano en la Gran Manzana

Por Jorge Iván Mora

Nueva York.
Que un país no termina en sus fronteras, lo demuestran las historias de tantos artistas que encuentran en países extranjeros las condiciones y oportunidades para el florecimiento de su arte. Buscan las experiencias que enriquecen sus obras, pero también los medios que les permitan divulgarlas. A veces encuentran por fuera un reconocimiento que su país de origen se resiste a darles.

Una nota en el periódico El Tiempo, de Bogotá.

lunes, 3 de enero de 2011

Entrevista sobre "El Origen del Mundo", Feria Internacional del Libro de Guadalajara

Triple A                 Pulso Informativo                  Angélica Ruiz 

Diciembre 2, 2010. Horario: 14:18 hrs.

Entrevista con Gustavo Arango

Tema: Presenta su libro “El Origen del Mundo”

Angélica Ruiz: Estamos ya de regreso desde la Feria Internacional del libro. Tenemos listo el pulso de la FIL. Eduardo Celis, como cada tarde de esta semana de la FIL. Cómo estás, Eduardo. Buenas tardes.
Eduardo Célis: Angélica, te saludo. Buenas tardes a ti y al auditorio. Fíjate que tuve la oportunidad de entrevistar a Gustavo Arango. Gustavo Arango es colombiano, es un profesor de español y da clases en Nueva York. Es su primera novela y se llama El origen del mundo. Para los que tengan curiosidad, tecleen en internet: “el origen del mundo pintura de Gustave Courbet” y es una pintura muy muy muy erótica, y quiero que escuchen el audio para que entiendan de que se trata esta novela.
El pulso de la FIL, en la Feria Internacional del Libro. Estoy con Gustavo Arango, quien está presentando su libro El origen del mundo. ¿Cómo estas, Gustavo Arango?
Fotografías de Yendi Ramos, Ediciones B

Gustavo Arango: Muy buenas…días… ¿tardes? No lo sabemos. Pero estoy aquí muy contento en la Feria presentando mi novela El origen del mundo y, también, tratando al mismo tiempo de captar lo máximo posible en estos dos… tres días que he estado aquí en la ciudad… del ambiente y la cultura y la gente de Guadalajara.
E. C.: Gustavo Arango, platícanos de tu novela.
G. A.: Bueno, es una novela que tiene unos elementos autobiográficos. Surge de mi propia experiencia como profesor de español, de literatura y de creación escrita en español en los Estados Unidos, y obviamente es algo que a mí me ha interesado como escritor: el desarrollo de la lengua española en ese país, que creo que está viviendo un momento muy interesante. Porque hace unas décadas cuando alguien llegaba de un país hispano a los Estados Unidos le decían: “olvídate del español”. Ya eso no ocurre y hoy hay una conciencia constante de que el español está creciendo, que los Estados Unidos es uno de los cinco países del mundo con más hablantes del español, es ya un mercado obligado para la industria editorial, y hay un privilegio cuando uno está en ese país, es que recibe y conoce las distintas variedades del español, de los distintos países, porque cada uno tiene sus propias características. Entonces, como profesor de español, en alguna ocasión, hace unos años enseñé un curso de escritura creativa y curiosamente todas las estudiantes eran mujeres. Nueve mujeres, estudiando escritura creativa en español. Y en las noches escribía, mis apuntes, porque yo siempre estoy tomando apuntes de todo lo que vivo, percibo y las experiencias que tengo, y entonces a partir de ese cuaderno en el que escribí mi experiencia con ese curso surgió y fue gestándose esta novela, donde surge ya un personaje literario, que se llama Magnifico Delgado, y Magnifico Delgado obviamente es un ser humano y entonces está rodeado de mujeres hermosas y jóvenes… y surgen una serie de fantasías y profundidades de la mente del personaje que en la vida diaria quizá se niegan o se mantienen ocultas. Pero, de hecho, un salón de clase es un lugar bastante cargado de erotismo.

E. C.: Gustavo, cuéntanos, ¿por qué el origen del mundo, por qué ese título?
G. A.: Bueno, una de las características de Magnífico Delgado es su pasión por la mujer, por el cuerpo femenino, por las mujeres que escriben y hay un símbolo que representa esta pasión que es el cuadro de Gustave Courbet, El origen del mundo, una pintura que ha tenido una historia muy apasionante. Es una pintura de 1866 y siempre perteneció a colecciones privadas, en algunas ocasiones ni siquiera se sabe exactamente quienes lo tenían. Pero en 1995, casi ciento treinta años después de pintado, por primera vez se exhibió al público en París y  es un cuadro… bueno, ya los lectores y los oyentes tendrán la oportunidad de conocerlo si hacen un poco de investigación. Para Magnifico Delgado ese cuadro de Courbet, que algunos calificaron de pornográfico y otros consideran la fusión entre el paisaje y el erotismo… ese cuadro inspira a este personaje para escribir sus novelas, porque él también es escritor y de hecho en El origen del mundo, en mi novela, aparecen las novelas que escribe el personaje. Es decir, algunos de los capítulos se le atribuyen al personaje de Magnífico Delgado.
E. C. : A quién orientas o quiénes pueden o deben en todo caso leer tu libro…
G. A. :  Bueno, todo el que haya sido alumno o todo el que haya sido profesor. Todo el que haya sido o sea hombre o mujer, ése es el público del libro… porque es una reflexión sobre el aprendizaje, sobre la enseñanza, sobre el cuerpo humano, sobre la creación escrita, sobre la sensualidad que habita en cada uno de nuestros gestos. Es un canto a la relación tan directa que existe entre la creación escrita y el erotismo.
E. C.: Gustavo, no sé por qué, pero parece como que hubiera muchas cosas salpicadas de ti mismo dentro de la novela.
G. A. : Te confieso que cuando me anunciaron hace unos meses que la novela había ganado un premio, me asusté muchísimo, porque iba a quedar expuesto como en una vitrina: mi manera de pensar, mis fantasías, mis cosas muy privadas. Porque realmente no fue una novela concebida inicialmente como para tener un amplio número de lectores. Era muy sincera, muy transparente. Me dio mucho miedo cuando supe lo del premio. Me dije: “oh oh, ahora van a conocer todo eso que va adentro y que normalmente uno no lo divulga”. Ahora, no soy el único. Creo que cada persona va por el mundo con una serie de pensamientos, de fantasías, de ensoñaciones, que no va confesándoles a todas las personas. Pero a veces los escritores tenemos esa manía de la confesión.
E. C.: Platícanos un poco de ese premio que obtuvo tu novela. ¿Cómo se llama y por qué lo dieron?
G. A.: El premio se llama Premio B Bicentenario de novela, fue convocado por ediciones B México y varias características de la convocatoria me interesaron. Una, que no era un premio que inicialmente tuviera un monto en dinero. Me parece que ese gesto le daba al premio un carácter mucho más literario, más orientado hacia el valor literario de la obra, que hacia la intención comercial, y entonces eso me motivó mucho. Otra cosa es que estaba abierto a escritores de todos los países, aunque fuera indirectamente una conmemoración del bicentenario de México, y me pareció interesante por ejemplo  el hecho de que en distintos países de América Latina se esté celebrando también el bicentenario en este año. Entonces, hubo una serie de confluencias, y coincidió con que una semana antes del cierre de la convocatoria, una chica mexicana con quien hablaba me dijo: “¿Por qué no mandas tus novelas a México? Yo nunca había considerado esa posibilidad. Tenía una novela, esta novela, que había sido finalista del Premio Herralde en el 2007, y la tenía guardada en un cajón y dije: “Pues sí, voy a intentar que lean mis novelas en México, tal vez allí encuentre buenos lectores”. Y realmente los encontró, porque el jurado era un jurado de lujo: Tomás Granados Salinas, coordinador editorial del Fondo de Cultura Económica y Mario González Suárez de la SOGEM, es un lujo de lectores. De hecho, ayer en nuestra presentación del libro realmente yo estaba sorprendido con la manera como Tomás leyó, con la atención, con el cariño y realmente uno como escritor se siente supremamente honrado cuando encuentra lectores que aprecian la obra de uno con tanto cariño y con tanta atención.
E.C.: Gustavo, en qué momento nació la idea de hacer esta obra en tu cabeza
G.A.: Surge de la experiencia que te comentaba. Es un curso de verano que dicté en el año 2006, en una universidad norteamericana. Eran seis semanas y era un curso de escritura creativa en español, que no son muy comunes allá. En inglés siempre han existido, desde hace cien, más años, se enseña escritura creativa, pero una de las cosas que a mí me motivan para estar en los Estados Unidos es subir el nivel del español, que cada vez más personas lo hablen, lo lean, escriban en esa lengua. Entonces, la base fue ese curso, las notas que tomaba por la noche. Pero una novela siempre es una suma de muchas otras cosas…entonces se iban acumulando ideas que yo tenía para cuentos, o algunas… por ejemplo, yo tenía siempre la idea de escribir un manual de escritura creativa, pero un manual es muy serio, muy rígido, es una cosa un poco artificial y fría… y resulta que al escribir esta novela comprendí: “Claro, puedo hacer que esta novela sea un manual de escritura creativa”. Entonces el lector, por ejemplo, se va a encontrar muchos ejercicios propuestos para que escriba sus propias historias, para que haga sus propios ejercicios de escritura creativa. Entonces, El origen del mundo es muchas cosas y un lector podría abrirlo buscando solamente los ejercicios que el profesor les pone a sus alumnas y a partir de esos ejercicios escribir sus propias cosas, porque soy de la convicción de que cada persona tiene un libro, al menos, por dentro. Todos estamos llenos de historias y creo que uno de los grandes efectos que me daría mucha satisfacción que el libro produzca, es que haga que la gente escriba sus historias.


E. C.: Gustavo Arango, algo más que quiera adicionar?
G. A.: Agradecidísimo con ediciones B. Feliz de estar en la Feria de Guadalajara. Agradezco toda la atención y esta posibilidad de que mi libro llegue a los lectores. Yo creo que el sueño de todo escritor es que sus libros alcancen muchas manos y ojos atentos.
E. C.: Gustavo Arango, El origen del mundo. Ediciones B.








domingo, 26 de diciembre de 2010

El ardor


Cuento publicado en el suplemento "Generación"




El ardor

Podría abundar en detalles para explicar la inusual agudeza de aquel día.
Podría referirme a lo intenso y atípico de los días anteriores, a ese placer egoísta que es salir de una sala de cine para entrar a otra y salir de esa otra para meterse en otra y... pero ese es otro cuento.
Lo único importante es que, aquella mañana de domingo, el mundo no era un sitio  hostil y plano, sino algo sinuoso y sugestivo.
Eran como las diez de la mañana y yo había llegado al aeropuerto en compañía de mi amigo, Gustav Redsome, quien se había hospedado en mi casa durante una semana: durante esa semana de luces proyectadas en cavernas.
Esos días nos habían permitido renovar nuestra amistad. Hablando entre películas —o el día en que, cansados de cine, nos fuimos pronto a casa a escribir una novela, a dos manos derechas, hasta la madrugada— compartimos aquellas dolorosas lucideces que han sido nuestro punto de encuentro principal.
Aquella mañana de domingo, Gustav estaba triste y pensaba con angustia en la vida que lo esperaba cuando su avión aterrizara. También estaba atento a su equipaje y su tiquete. Por eso no pudo ver la pareja que hacía la fila frente al mostrador de la aerolínea.
Ahora que lo pienso, fue un regalo de la vida que fijara mi atención en la pareja. Suelo moverme por el mundo tan hundido en lo que pienso, que las cosas que ocurren en torno mío casi nunca las percibo, aun las evidentes y ruidosas. Pero aquel día —esta mañana, para ser sincero y exacto— leí de inmediato en la pareja una historia subyugante. Él era un tipo simple, como una sombra blanca —más tarde, Redsome me ayudaría a entender su insignificancia—, pero ella era un ser florecido, un sol joven, un animal que hacía muy poco se había reconocido en su fiereza.
Observé, con un gusto perverso, el fuego que tenía en la mirada, su brillante altanería, su maldad y su fuerza. Comprendí que ella estaba por encima del hombre, que algo en él la rehuía. Ella todo lo miraba como si le perteneciera, como si el universo se moviera en torno suyo y le debiera sólo a ella su energía.
Cuando fueron atendidos en el mostrador de la aerolínea, traté de advertir a Redsome sobre lo que había visto, pero había mucha gente allí y no encontré las palabras ambiguas y exactas para que sólo mi amigo me entendiera.
Me limité a decirle:
“Acabo de ver una novela”. Al verlo dispuesto a escuchar, agregué disuasivo: “Después de que te atiendan te la cuento”.
Y mientras la fila se movía, y Redsome trataba de entender desconcertado lo que quise decirle, vi a los dos alejarse, pero especialmente a ella, con sus piernas vacilantes y hermosas, como si intentara acostumbrarse a un cuerpo acabado de adquirir, su cuerpo verdadero, no el de aquel largo aplazamiento que por fin había terminado. Fue ella quien buscó y trenzó sus dedos con los del hombre sombra.
Caminábamos por un pasillo del aeropuerto cuando pude explicarle a Redsome el asunto:
“Acabo de ver una escena deliciosa”, le dije. “Una pareja muy joven, no tienen más de veintitrés. Ella tiene unos ojos de fiera satisfecha”.
Tardamos poco en encontrarlos —el aeropuerto de la aldea donde vivo es tan tremendamente chico, como la misma aldea— y Redsome siguió con interés mi recomendación de mirar a la chica de vestido amarillo, con falda muy corta, y al muchacho con la camisa a cuadros, que hacían fila para salir a la pista.
También Redsome percibió lo que irradiaba esa pareja que para el resto de la gente era invisible. Se bebió —como yo— cada sutil movimiento, cada compás de esa hermosa melodía dedicada a un momento decisivo de la vida.
“Está completamente exhausto”, dijo Redsome. “Y ella está rebosante de vida. Es como si le hubiera robado la energía”.
La mirada de la mujer era perturbadora, de una soberbia arrogancia. Estaba contenta de haber conquistado su verdadero carácter. Se sentía dispuesta a enfrentar cualquier mirada.
“¿Te imaginas la intensidad de las imágenes que pasan por su mente?”, dije. “Los olores, las texturas, los vértigos que los sacuden mientras actúan como dos ciudadanos comunes”.
“Sí, no hay duda”, dijo Redsome cuando la mujer volvió a tomar la mano del hombre, a apretujarse contra él sin importarle si la fila avanzaba.
Después, cuando el joven se alejó por un momento, para dejar un papel en un cesto de basura, Redsome y yo nos dedicamos a mirar a la mujer. Yo me preguntaba qué sentiría ella si un hombre, cualquier hombre, buscara su mirada y le expresara con los ojos su deseo. Entonces ocurrió ese movimiento culminante, ese destello súbito que llevó el gozo de ese instante hasta lo máximo. Fue sutil y más que rápido, pero aquella mañana de domingo nos sentíamos singularmente hipersensibles. Por eso el ardor que la obligó a sacudir brevemente sus caderas cayó como un rayo en nuestros viejos corazones.
“Qué hermosura”, dijo Redsome, mientras la miraba conmovido.
“Y qué tristeza”, pensé yo.
Al verlos caminar rumbo a la pista, tomados de la mano y a punto de alejarse para siempre de esos días, a punto de volar a su ciudad —donde un mundo de rutinas y allegados estaría esperándolos con las fauces abiertas—, no pude dejar de lamentarme por la forma tan ciega y obediente en que la dicha camina en dirección a la desgracia.








sábado, 18 de diciembre de 2010

Reflexiones sobre un témpano de hielo




Palabras leídas en la Universidad de Cartagena, el pasado 9 de agosto de 2010, en el marco de la celebración del día del comunicador. 


Por Gustavo Arango


            
          Me encuentro aquí en una curiosa situación: me dispongo a hablar de periodismo a pesar de que hace más de diez años no trabajo en una sala de redacción. Es como si a un congreso de domadores de leones invitaran al payaso a dar el discurso. Es posible que el payaso haya sido alguna vez domador, y que al final haya elegido las dentaduras humanas, pero de todas maneras puede quedar la sensación de que el invitado no es la persona apropiada. Suponiendo que llegara a decir algo de sustancia sobre el oficio, queda también la sensación de que quien habla es un desertor, alguien que encontró refugio en otra actividad, la enseñanza, que quizá le parece más emocionante o más segura. En tiempos tan patrioteros, podría creerse que es como pedirle que hable de la patria a uno que la traicionó. 

          Pero quizá no esté de más escuchar lo que dicen los desertores. A un buen periodista le interesa todo y es posible que entre los discursos de los insensatos se encuentren cosas claras. Estoy aquí, celebrando el día de los comunicadores y periodista con ustedes, porque creo que tengo cosas para decir y porque, en cierta forma, nunca he dejado de ser periodista. Desde hace doce años, cuando me marché del oficio y del país, he mantenido el contacto con las rotativas a través del periodismo de opinión. El tiempo ha pasado y, casi sin darme cuenta, me he convertido en una especie de veterano que ha publicado cerca de mil artículos de opinión: primero con el seudónimo de un viejo y, después, con nombre propio, porque un día descubrí que si me quitaba la máscara el rostro que estaba debajo también era el de un viejo. Así que acepto con entusiasmo la invitación y me dispongo a hablar de las dificultades del oficio, de los privilegios que conlleva y, en últimas, de la importancia de asumirlo desde una perspectiva literaria. 

No ha sido fácil escribir estas palabras, entre otras cosas porque tengo la sensación de haber expresado ya muchas veces las mismas ideas. Otra paradoja en la que me encuentro, además de la del payaso en el congreso de domadores, es que pienso que los escritores deben ser discretos; de lo contrario, corren el riesgo de gastar las dos o tres ideas que subyacen en todo su trabajo. Quizá lo mejor sea salirle al paso al problema diciendo que, en mi opinión, hay dos maneras de ejercer el periodismo: una como trabajo, como instrumento de dinámicas históricas y sociales, y otra manera para la que escribir es el aspecto principal del oficio. He vivido el oficio periodístico de la segunda manera y hablo desde la experiencia que he tenido trabajando de ese modo. Pero resulta necesaria una distinción adicional: no toda pasión o interés por la escritura se enmarca en la idea que tengo del periodismo como literatura. Hay en los terrenos de la literatura mucho de vanidad y de vacuidad. Mucho de lo que se denomina periodismo literario no son más que malabares lingüísticos o explotación astuta de temas de moda. Cuando hablo de literatura en el periodismo me refiero a algo mucho más íntimo y sagrado, a ese misticismo de la palabra por medio del cual buscamos respuestas a las preguntas esenciales del ser humano. Hablo de la literatura y de lo poético como una especie de vocación religiosa cuyo propósito es explorar los misterios de la realidad con espíritu visionario. Y aquí cito de manera indirecta a Álvaro Mutis, cuando dice que la verdadera poesía es siempre visionaria.

          Aclarados los términos, volvamos a nuestro tema. El periodismo no es un oficio reputado. Más allá de las celebridades ocasionales, pulula un ejército de cargaladrillos sometidos a los caprichos de los poderosos. Los más dóciles prosperan, los rebeldes duran poco. Aquellos que tienen devaneos literarios es mejor que se alejen lo más pronto posible, apenas hayan aprendido las lecciones que el periodismo tiene para enseñarles. En un diálogo memorable entre Borges y Sábato, uno de los dos –no recuerdo cuál–dijo que se publican más periódicos de los que se necesitan. El otro agregó que la última gran noticia pudo haber sido: “El señor Colón acaba de descubrir un continente”. Las primeras páginas de los periódicos –y hablo de los masivos, de los impersonales, de los que son voceros de grupos económicos tan anónimos como sus intenciones– están llenas de noticias innecesarias: anuncios oficiales que se quedan en nada, escándalos que se olvidan a la semana, tiranuelitos a quienes el tiempo les dará su merecido, dramas que no consiguen mantener por mucho la atención de los testigos, inventos que harán reír a las generaciones del futuro.



Pero lo peor del periodismo no es que se nutra de cosas innecesarias, sino que los medios sean instrumentos del poder desmesurado. Gilbert K Chesterton, el mejor periodista que he conocido, era un enemigo declarado del periodismo; pero sus artículos de opinión siguen tan frescos y agudos cuando aparecieron en las primeras décadas del siglo veinte. Su última aventura, el semanario G K Weekly, lo escribía él solo, desde la primera hasta la última página. Chesterton no se hizo rico con su trabajo. Lo suyo era una tarea artesanal, frente a los emporios informativos que empezaban a consolidarse. Quizá por eso entendió con toda claridad el peligro para la libertad que representaban los medios masivos. En un libro sobre Chaucer y las virtudes de la edad media, Chesterton afirmó que el problema de  aquellos tiempos no era la falta de ideas, sino la falta de medios para comunicarlas.  La magnitud de ese drama, decía Chesterton, se puede apreciar mejor en nuestro tiempo, cuando tenemos excelentes medios de comunicación “y nada para comunicar”.  Así emprende una de las reflexiones más agudas que se han hecho sobre los periódicos modernos, “esos órganos ruidosos por medio de los cuales nuestra civilización proclama diariamente que no tiene nada para decir”. Con la edad media como referencia se puede entender la magnitud del poder que los medios tienen hoy. Nadie, en el siglo catorce, por más rico que fuera, poseía riqueza suficiente para enviar un mensajero a cada hogar y para refutar con trompetas y tambores el punto de vista de sus opositores. Nadie, en el siglo catorce, tenía los medios para clavar en la puerta de cada casa una proclama con su versión de los hechos más recientes.  Concluye Chesterton que “si el rey hubiera podido hacer que sus palabras fueran escuchadas por todos sus súbditos simultáneamente en todos los rincones del reino, ese poder habría diluido cualquier intento de rebelión, habría conjurado cualquier rumor –aunque el rumor fuera cierto y la aclaración del rey fuera falsa”. De manera que al desearles feliz día a los periodistas celebramos un oficio tal vez demasiado ingrato, en el cual es cada día más difícil poder decir la verdad.



Esta sombría perspectiva sobre los medios modernos podría tomarse como un intento de disuadir a los jóvenes interesados en ser periodistas. Pero ése no es mi propósito. El periodismo hay que vivirlo, ofrece oportunidades inigualables para ponernos en contacto con nuestro tiempo. Si Epicteto no hubiera sido un esclavo, no habría escrito sus maravillosas reflexiones sobre la libertad.  Es necesario conocer de primera mano el periodismo, para entender que en ese oficio lleno de servidumbres se encuentran también las claves del poder liberador de la literatura.  Del mismo modo, sólo a través de la lectura de la buena literatura, el periodista puede entender la diferencia entre las verdades oficiales y las verdades del corazón. Aquí hago referencia al discurso de William Faulkner, cuando recibió el premio Nobel de literatura. Aquel discurso es una clase magistral sobre las verdades del corazón y sobre las prioridades del escritor. Lo recomendaría a todo periodista para tenerlo presente en el ejercicio de su oficio.

Pero también hay que saber abandonar el periodismo a tiempo. Ernesto Sábato le hizo jurar a Juan José Hoyos que abandonaría el periodismo. Hoyos, uno de los cronistas colombianos más destacados de los últimos tiempos, tardó pero cumplió su promesa. Es preciso reconocer las oportunidades para marcharse de ese medio para el que sólo somos herramientas prescindibles, fácilmente reemplazables. El periodismo es una emoción juvenil, nos hace sentir dueños del mundo; es una droga y los dueños de los medios saben bien eso. Cuando el vicio está arraigado, uno es capaz de vivir hasta del aire con tal de que no lo priven de sus dosis de adrenalina periodística. Uno se codea con celebridades, los políticos le hacen creer que son sus amigos, uno es testigo directo de las tragedias y los grandes eventos; uno es capaz de poner orden en las calles o de perseguir con brazo fuerte. Cuesta abandonar esa licuadora de novedades que nos deja además la sensación de ser poderosos.

Ahora mismo estoy escribiendo una novela sobre mis años como periodista de El Universal de Cartagena, en la década de los noventa.  La revisión de mis escritos de aquel tiempo me produce hoy una sorpresa que no sentía entonces. Entre los veintiséis y los treinta y cuatro años tuve la oportunidad de codearme con toda clase de gentes: estreché manos de presidentes, besé mejillas de reinas de belleza, fui  uno de los pocos privilegiados que estaban en un saloncito del Centro de Convenciones, cuando Cartagena tuvo la más alta densidad demográfica de sabios por metro cuadrado. Entonces no tenía tiempo para entender y degustar lo que estaba pasando. Ahora todo lo vivido son tesoros. Recuerdo la tarde gris de sábado en que una niñita de pelo negro y como de trece años fue a buscar periodistas para que le ayudaran a promocionar su primer disco. Éramos dos gatos en la sala de redacción y la niñita se aferró al antepecho del cubículo del Panti y empezó a cantar “Magia”, con tanta devoción que parecía que el mundo entero la estuviera escuchando. Puedo ser un fracaso en muchos terrenos, pero alguna vez Shakira me dio un concierto privado.



Entrevisté a Higuita cuando estaba en la cárcel. En compañía del loco de Víctor Sánchez Rincones,  fuimos los primeros periodistas en hablar con el Pibe Valderrama después del triunfo de Colombia, cinco a cero, en Argentina.  Aquí en Cartagena entrevisté a Adriana Salazar, recién saciada con otro campeonato de ajedrez, y fui testigo del desenterramiento de las cerámicas más antiguas del continente: la sonrisa más vieja de que se tenga noticia. Vi arrojar cenizas de notables a la bahía, ayudé a rescatar pedazos de la historia que el olvido se estaba llevando; llegué a escribir el horóscopo, hasta que un escorpión se enojó conmigo porque le dije que no usara el aguijón.

Durante aquellos años también era consciente de que lo que estaba haciendo  era un aprendizaje: mi verdadero sueño era escribir literatura, el periodismo sólo sería un camino para lograrlo. Así que aproveché al máximo la oportunidad que el periodismo me ofrecía para hablar con todos los escritores que encontré a mi alcance: Gabriel García Márquez, Alberto Sierra, Umberto Eco, Estrella de los Rios, Álvaro Mutis, Mario Vargas Llosa, Francisca Aguirre, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, Mario Benedetti, Félix Grande, Gustavo Ibarra Merlano, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Humberto Rodríguez Espinosa, Roberto Burgos Cantor y algunos más jóvenes: como Héctor Abad Faciolince, Evelio Rosero Diago y Pedro Badrán… Todos me enseñaron algo. La viuda de Onetti y la primera esposa de Cortázar accedieron a ser médiums para que me comunicara con mis maestros.  Hasta la tumba de Samuel Beckett y la taberna donde Chesterton se alegraba el espíritu fueron estaciones necesarias en el viaje.



No puedo decir que todo en aquel tiempo fuera color de rosa. Tener criterio propio es a veces un peligro en una sala de redacción. Estuve en almuerzos donde quisieron comprarme y en reuniones cuyo propósito era destruirme. Viví el extraño privilegio de saber lo que es tener enemigos. Jugué fútbol con el criminal más famoso del mundo y con un hombre que llegaría a ser presidente del Senado; lo curioso es que el primero jugaba limpio y al segundo era tan mañoso que me dieron ganas de agarrarlo a patadas. Llegué a asomarme al engranaje de la política, de las clases sociales, de las intrigas y rumores de la vieja capital del virreinato.

Pero sólo hace muy poco he empezado a darme cuenta del enorme privilegio que tenía con todo lo vivido en esos años. Mientras trabajaba como reportero en El Universal, estaba también atareado con el trabajo inmenso de ser padre y, como el dinero no alcanzaba, empecé también a ser profesor universitario.  En los ratos libres que me quedaban, más allá de la medianoche, intentaba hacer literatura. De ese esfuerzo fatigado me ha quedado un diario de quinientas páginas que, sólo ahora lo comprendo, es la crónica más sincera que escribí en aquellos años. Ha sido la relectura de ese diario triste y patético lo que me ha permitido comprender la magnitud  y la importancia de mi experiencia como periodista.  En ese archivo en letra menuda y a espacio sencillo dejaba consignados los vaivenes de mis días y la constante frustración por no estar haciendo  literatura. Pero el problema era que no entendía lo que estaba sucediendo. Me sentía frustrado y atrapado, a pesar de estar viviendo uno de los mejores momentos de mi vida. Mi único problema era la impaciencia.

Siempre creí con fe ciega en la imagen del témpano de hielo para referirme a la escritura. No hubo taller de escritura o de periodismo en el que no dijera que hay que escribir mucho, pero que debe ser muy poco lo que se asoma por encima de la superficie del agua. Hoy pienso distinto. El verdadero periodismo sólo se aprecia cuando tomamos el témpano completo y se lo entregamos al lector, para que se queme con ese frío. Al lado de la entrevista a la celebridad, es necesario decir lo que soñamos, lo que comimos la noche anterior, lo que se nos ocurrió en el ocio fructífero del inodoro, o por qué algunos días sentimos como Neruda que estamos cansados de ser hombres. Al lado de la crónica florida y cuidadosa sobre un evento, también es importante transcribir el balbuceo que salía de unas manos agotadas que no se resignaban. Al lado de la afirmación ejemplar, es preciso confesar la conducta reprochable.  Sólo ahora comprendo que en el periodismo verdadero, aquel que no perece al día siguiente, es preciso contar la vida toda, la que casi nunca sale publicada. Es a través de la sinceridad que el periodismo se acerca a la literatura.

Aquí quiero hacer un paréntesis para hablar de dos supersticiones muy difundidas en el ejercicio del periodismo: el que insiste en que el periodista debe ser invisible y el que valora en exceso lo que ha dado en llamarse “periodismo puro y duro”. En cuanto al segundo, me limitaré a decir que también es necesario un periodismo “blando e impuro” que se dedique a cosas distintas a las películas de vaqueros con que se llenan los periódicos y los noticieros. En cuanto a la insistencia en que el periodista se debe borrar de sus textos, me parece una trampa domesticadora. Ese consejo siempre me pareció sospechoso. Como he dicho, hay formas de la vanidad que sobran en el periodismo, pero no hay que renunciar jamás a lo que somos cuando damos nuestro testimonio.

Mi paso por el periodismo me ha enseñado que lo único que hacemos es escribir la crónica de nuestra vida, de nuestros encuentros, de nuestros deslumbramientos.  Lo que se publica en los medios es lo que tiene interés común.  Tarde o temprano, una mezcla de principios y oportunidades me ha puesto a salvo de los peligros éticos y los atropellos contra la dignidad que abundan en los medios.  He encontrado en la enseñanza y el destierro una oportunidad para no comprometer  mi libertad para escribir. He sido bendecido con tiempo para leer, para estudiar, y he podido comprender que quien aspira a ser un buen periodista debe hacerse dueño de toda la tradición humana: leerlo todo, tratar de entenderlo todo…escapar de las prisiones conceptuales de lo que está de moda. Esa ha sido la conclusión a la que he llegado con el tiempo: que no hay diferencia entre el periodismo y la literatura, porque el periodismo, y la escritura literaria en general, son siempre aspiración a la totalidad: nacen del deseo de saberlo todo, de entenderlo todo.

No soy un escritor popular, mis libros circulan de manera furtiva y muchos de ellos los he publicado yo mismo. Pero he llevado adelante mi sueño de hacer literatura. He escrito las novelas que he querido. He llegado a la edad en que murió mi padre y empiezo a aceptar la idea de estar cansando, pero no cambiaría por nada la vida que he vivido, la que ahora mismo vivo. Uno de mis placeres favoritos es hablar de literatura en salones llenos de gente joven; el otro placer, el de escribir, no me ha abandonado. Me falta redondear tres novelas que están casi listas y organizar  recopilaciones de ensayos, cuentos cortos y poemas. He renunciado a la aspiración de superar los setenta y nueve libros que escribió Chesterton. Sé que tampoco podré ganarle a Julio Verne, que escribió más de sesenta, aunque ninguno de los dos –ni Chesterton ni Verne– tuvo las facilidades que tengo yo ahora con el computador.


He tenido el enorme privilegio de vivir hasta llegar a saber que soy mi propia casa periodística, que mis palabras son mi riqueza, que las he tenido en abundancia. He cumplido la tarea de tomar copiosos apuntes sobre el hecho más asombroso que me ha sido dado presenciar: mi propia vida.  Empiezo a sentirme preparado para ser, por fin, periodista, a la manera de Marcel Proust o de J. D. Salinger. Ha llegado la hora de escribir mi crónica definitiva. El libro que hoy presento, Impromptus en la isla, es parte de esa crónica. Sin proponerlo de manera consciente, he incluido en ese libro todo lo que he sido. Por primera vez me he presentado como un ser íntegro: ahí conviven los textos que podrían aparecer en un periódico, con la página del diario y con el cuento, ahí están la fotografía y  la prosa poética. Salvo la de dibujante frustrado, no hay una sola faceta de mi trabajo artístico que no esté incluida ese libro. Ahí está incluso la tarea de editor, que tanto disfruté cuando me daba el lujo de diseñar las 16 páginas del suplemento Dominical de El Universal. Este libro tiene el rostro del tipo de periodismo que propongo y me propongo. Mi tarea como cronista de mi propia vida apenas comienza, lo único que espero es que me sean concedidos el tiempo y la energía para dar por concluida mi tarea.