sábado, 15 de octubre de 2011

La estrella


Eloísa emprendió los preparativos para el juego con un entusiasmo que llevaba mucho sin verle. Por fin algo bueno, pienso que pensó. Por fin algo que no fueran las preocupaciones cotidianas, la meticulosa distribución del presupuesto, el ahorro de energía, la angustia hasta la úlcera por una ducha goteante, la mesura de esclavos a la hora de hablar por teléfono con sus padres.

En la prisa obsesiva con que buscó los elementos me pareció ver un reproche dibujado. Mira la vida que hemos venido a vivir, pienso que quiso decirme. Mira lo lejos que estamos de aquella ventura permanente que nos prometimos, de esa exaltación, esa plenitud en la que cada segundo iba a ser único y brillante, vida pura, en erupción.

Por fin algo, pienso que pensé, contagiado por el escepticismo de Eloísa. Qué fácil consigue la vida alejarnos del vivir. Porque vivir, siempre lo supimos (aunque más fuera el tiempo transcurrido olvidándolo) era estar fuera de los cauces, de los surcos que dibujan nuestros actos de tanto repetirse.

Las reglas de este juego me fueron dictadas en los sueños que al final me condujeron del viernes al sábado, de mayo hasta junio, a esa franja del año en que empiezo a pensar que ya todo termina, que la muerte está cerca y que debo apurarme.

Al final de ese sueño luminoso levanté los párpados con calma. Sentí que la tela ligera seguía sin romperse, ahora en esa mañana de sábado, conmigo tendido en la cama, sin decidirme a mover ningún músculo, esperando a que Eloísa regresara.

Y regresó de inmediato. Era evidente que también ella había soñado y su primer gesto de ese día fue mirarme y esperar, casi obligar con sus ojos a mis labios para que pronunciaran la invitación.

Entonces sonrió, volvió a cerrar los ojos un instante, como si quisiera retener alguna imagen, suspiró, volvió a abrirlos, me besó y se levantó.

“Habla”, dijo. “Dime cuanto antes qué necesitamos.”

Una hora más tarde habíamos reunido sobre la mesa del comedor las tijeras, el pegante y un pliego de papel rojo, viejo y desteñido que ella puso con disgusto sobre la mesa.

“Tiene que ser algo especial”, dijo. “Que brille como una estrella.”

Sin mediar más palabras fue a bañarse, vestirse y salió. Desde la puerta dijo que no tardaría y que si yo quería comer algo buscara en la nevera.

Volvió a casa una hora más tarde. Se veía radiante. Empezó a extraer pliegos y pliegos de papel finísimo con tonos que iban del rojo al amarillo. También compró unos pliegos de papel tornasol. Pensé reprocharle el dinero gastado pero me detuve a tiempo. Hacer un comentario como ése podía echar al suelo toda la diversión.

Arrastrados por el entusiasmo, empezamos a pegar los primeros recortes de papel en su brazo derecho. Pero lo dispendioso del proceso —los recortes debían ser minúsculos, había que recortar, abrir el frasco de pegante, poner el punto de pegante en el papel, cerrar el frasco de pegante, pegar el papel, volver a cortar...— nos obligó a idear un método mejor.

Optamos por cortar primero todo el papel para luego empezar a pegar. Gastamos casi toda la mañana formando una montaña de recortes diminutos en medio de la sala. Al principio nos propusimos que cada recorte tuviera una forma diferente: un cuadrado, una estrella, un rombo, un triángulo, un sol, un óvalo, un círculo. Pero pronto empezó a agotarse nuestro repertorio de formas. Al final, absortos en nuestro trabajo, los recortes como briznas de hierba fueron los más comunes.

Cuando todo el papel estuvo recortado, a eso de la una de la tarde, decidimos amarnos y darnos un baño antes de almorzar. Tres horas más tarde, Eloísa yacía en la cama desnuda y asistía paciente a la parte del juego que estaba a mi cargo.

Entonces comprendí lo extenso e inabarcable que puede ser un cuerpo humano. Empecé por sus pies y fue lento y minucioso el ascenso hasta la pelvis. Mientras buscaba un pedazo de papel y le untaba un puntico de pegante, tenía tiempo de sobra para ver la zona breve de piel donde iba a plantarlo. Ese día descubrí sobre su cuerpo más detalles y pequeñas cicatrices que durante todo el tiempo que llevábamos casados.

Eloísa recordaba el origen de muchas de las heridas. Su rodilla era un pergamino donde estaban escritos los tropiezos de su vida desde la infancia. El recuerdo de episodios, a partir de las huellas que dejaron en su piel, fue la parte más agradable de un juego que a veces, por cansancio, nos hundía en el desánimo.

Al caer la tarde, superado el exaltante y juguetón recorrido por su sexo, la sensación de inmensidad comenzó a agobiarme. Sentía que estaba sembrando una a una las hojitas de hierba de un campo de golf. Pero cada vez que la rutina y el cansancio se posaba sobre el juego algo venía a renovar el entusiasmo. Una vez fue la vibración acuosa de sus senos (para ese momento Eloísa debía permanecer sentada en un banquito de cuero, aplastando las briznas de papel de una breve zona de sus nalgas) Otra, el éxtasis final sobre su rostro.

Mirando la riqueza del paisaje de su cara me felicité en silencio por haber comenzado por los pies. Creo que la opción opuesta nos habría planteado un final lánguido, sin muchas sorpresas para ofrecer.

Era ya noche cerrada cuando superé el límite último de las cejas y me dispuse a llenar el horizonte de su frente. Eloísa había cerrado los ojos para que también sembrara en sus párpados los destellos rojos, naranja y tornasol. Al final de mi viaje parecía dormir. Su boca sonreía plácida entre las aristas de papel. Su respiración era tranquila.

Cuando di por terminada mi labor, lancé un grito de júbilo pero Eloísa no se movió. Era como un espíritu del bosque dormitando entre las hojas caídas de los árboles.

Entonces, a falta de algo diferente para celebrar, decidí fumar. Antes de acercar el fuego a la punta del cigarrillo descubrí que a esa estrella, para ser absoluta y perfecta, le hacía falta brillar.

El fuego se extendió con rapidez por la maleza colorida que brotaba de su ombligo.

Mientras estuvo viva, dio muestras manifiestas de dolor.

De "Juegos de alcoba"




viernes, 14 de octubre de 2011

Las razones de Marcela



Bien les pareció a los que escuchado habían la canción de Grisóstomo, puesto, que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen créditto y buena fama de Marcela, a lo cual respondió Ambrosio, como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo; para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quien se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros; y como al enamorado ausente no hay cosa que no lo fatigue, ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas; y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la cual fuera de ser cruel y un poco arrogante, y un mucho desdeñosa, la misma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna. Así es la verdad, respondió Vivaldo; y queriendo leer otro papel de loos que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión (que tal parecía ella) que improvisamente se les ofreció a los ojos, y fue que, por cima de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la pastora Marcela tan hermosa, que pasaba a su fama en hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas apenas la hubo visto Ambrosio, cuando con muestras de ánimo indignado, le dijo: ¿vienes a ver por ventura, oh fiero basilisco destas montañas, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida; o vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a pisar arrogante este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas, que por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.

No vengo, oh Ambrosio, a ninguna cosa de las que has dicho, respondió Marcela, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan. Y así ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que por razón de eser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama; y más que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir quiérote por hermosa, hazme de amar aunque sea feo. Pero puesto caso que corran igualmentelas hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas sin saber en cuál habían de parar, porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos; y según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Sino, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es, el cielo me la dio de gracia sin yo pedirla ni escogella; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merrezco ser reprendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado, o como la espada aguda, que ni él quema, ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe parecer hermoso; pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquél que por solo su gusto con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder libre escogí la soledad de los campos; los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que no es obra mía que antes le mató su porfía que mi crueldad; y si me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa. Quéjese el engañado, desespérese aquél a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confiese el qeu yo llamare, ufánese el qeu yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo, ni admito. El cielo aun hasta ahora no ha querido que yo llame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala: el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá, ni seguirá, en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda, el que quiera que la tenga, con los hombres¿ Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas: tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este, ni solicito a aquel, ni me burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas, y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma, a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

Y algunos dieron muestras (de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos) de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por Don Quijote, pareciéndole qeu allí venía bien usar de su caballería socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces, dijo: ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo qeu en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive. O ya que fuese por las amenazas de Don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí, hasta que, acabada la sepultura, y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer un epitafio, que había de decir de esta manera:
Yace aquí de un amador
el mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía de amor.
Luego esparcieron por encima de la sepultura muchas flores y ramos, y dando todos el pésame a su amigo Ambrosio se despidieron dél. Lo mismo hicieron Vivaldo y su compañero, y Don Quijote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar tan acomodado a hallar aventuras que en cada calle y tras cada esquina se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote les agradeció el aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por entonces no quería ni debía ir a sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellas sierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban llenas. Viendo su buena determinación, no quisieron los caminantes importunarles más, sino tornándose a despedir de nuevo, le dejaron y prosiguieron su camino, en el cual no les faltó de qué tratar, así de la historia de Marcela y Grisóstomo, como de las locuras de Don Quijote; el cual determinó de ir a buscar a la pastora Marcela, y ofrecerle todo lo que él podía en su servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se cuenta en el discurso desta verdadera historia.

De "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha", de Miguel de Cervantes Saavedra.







jueves, 13 de octubre de 2011

Despertar

Debo confesar que su pregunta me sorprendió. Yo había perdido el sueño cuando la mañana era apenas un ligero desteñirse de la noche. Había mirado por la ventana la calle vacía, las lámparas para nadie, y tardé en descartar el nudo que impedía que los sueños pasaran a este lado; no conseguiría recordar el sueño que me había apeado inquieto y ofuscado en el cuarto.

Recordé a la mujer que dormía a mi lado. La veía dormir, respirar con largas pausas, hundida en una placidez vedada a sus vigilias. ¿Qué soñará?, me pregunté, pero como esa pregunta ya me la había hecho muchas veces, siempre con resultados inciertos, desistí de intentar suposicio­nes. Dormía y eso era lo único en lo que quería interesarme.

Sólo muy entrado el día se inició el revoloteo, los acomoda­mientos presurosos, insatisfechos, que preludiaron su despertar.

Abrió los ojos distante, inexpresiva, como si saliera del fondo de un estanque y el agua aún no terminara de escurrirse de su rostro.

Pasó el tiempo y el gesto de reconocimiento no se presentó. La mirada siguió, cada vez más atónita, cada vez más angustia­da, saltando entre los objetos hasta llegar a mis ojos.

Algo muy dentro le dijo que allí podría hallar respuesta, que si conseguía comunicarse conmigo podría saber lo que intentaba recordar.

Finalmente habló, con gran esfuerzo, curiosa y humilde, obligada por las circunstancias a confiar, me pidió —prometiendo en su pedido que creería todo cuanto le dijera— que terminara de sacarla de los sueños y la duda, que respondiera a su pregunta: ¿Quién soy yo?


De "Juegos de alcoba".






miércoles, 12 de octubre de 2011

Gustavo Colorado

Felicitaciones a Gustavo Colorado Grisales por el Premio de Periodismo El País desde las Regiones, al mejor bloguero-periodista de opinión.

Aquí un enlace a su Mi blog-ácido







viernes, 7 de octubre de 2011

Una entrevista a Jacqueline Donado, directora de Book Fair Expo New York

Tomado de Queens Latino




Feria del Libro 2011: Una labor quijotesca

La literatura como el periodismo sirven para generar ideas. Estimulan a la gente a pensar y actuar. En el Mes de la Herencia Hispana entrevistamos a Jacqueline Donado, creadora de la Feria del Libro que se realiza este año del 6 al 9 de octubre en el Museo de Arte de Queens y el Centro Español/La Nacional de Manhattan. No es fácil promover libros en la era del Internet.

(Esta entrevista se publicó primero en la edición impresa de QueensLatino.com)

¿Qué significa escribir en español en los Estados Unidos?
Un gran desafío, una ratificación de la diversidad. Desde el punto de vista editorial, es un gesto que las grandes editoriales han tardado en entender: que existe un público interesado en producciones de calidad y que esas producciones existen entre los escritores hispanos.

¿Se ha superado la generación del Realismo Mágico o todavía cargamos su peso en la escritura?
Las nuevas generaciones se han encargado de borrar –muy lentamente- la huella del realismo mágico, aunque el legado de esa generación de `pesos pesados literarios’ es muy difícil de superar. Creo que la tendencia moderna en los Estados Unidos se orienta más hacia los periodistas-novelistas anglos.
También hay una tendencia hacia la investigación histórica. Es el caso de Esmeralda Santiago, con Conquistadora, o Jaime Manrique, con Nuestras vidas son los ríos, o la nueva producción de Gerardo Piña Rosales director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, Gabriela Mistral en los Estados Unidos.

¿Llegará el momento en el cual los escritores en español en los Estados Unidos superen a los escritores de Latinoamérica en conceptos y volumen de producción?
Si aplicamos las matemáticas, no. En Estados Unidos viven casi 50 millones de hispanos, que sería solo un poco más que la población de Colombia o España. Nos quedan muchos más por contar. Países con tradición y disciplina literaria como Argentina y Chile. No todos los hispanos en los Estados Unidos están en edad para leer, un gran sector desconoce el español como su lengua materna. Sería ideal que se superaran las cifras de la industria del libro y lectoría en Latinoamérica, pero hay que ser realistas, y hay que tomar iniciativas más decididas. Esto, sin embargo, no descarta que aquí en los Estados Unidos se puedan llegar a escribir grandes obras.

¿Cómo puedes caracterizar la temática y el estilo de los escritores en español de Nueva York?
Hablemos de la última década, para poder responder objetivamente. Un numeroso grupo de escritores cada día se une a la academia. Vemos escritores becados o agregados a las facultades de estudios hispanoamericanos con una producción literaria muy fructífera, como es el caso de Gustavo Arango, Antonio Muñoz Molina, Claudio Ivan Remeseira, que vinculan su profesión a su obra con una gran influencia neoyorquina.
Las temáticas son tan variadas, que van desde la generación de los ‘Golden boys’ de Wall Street, las góndolas en el Parque Central, los repartidores de pizza, los vecindarios, la inmigración y el desarrollo histórico de las diversas comunidades en el área metropolitana de Nueva York. Encontramos libros sobre los mexicanos, los hondureños, los panameños, los colombianos, los argentinos… además hay novela, investigaciones periodísticas, poesía… la lista es larga.

¿Cómo están organizados los escritores en español en Nueva York?
Hay varias organizaciones que giran más en torno a las nacionalidades, tales como el Comisionado de Cultura Dominicano, los centros de estudios de las universidades, como es el caso de New York University y el grupo que estudia Quechua y su impacto literario; pero una asociación gremial como tal no la veo en el panorama.

¿Qué función desempaña tu casa editorial Book Press NY y la Feria del Libro que hacen cada año?
En el 2006 se fundo la empresa New York Book Fair Expo, con el fin de organizar una feria de libro e invitar a todos los escritores del área a participar y tener un punto de encuentro, para darse a conocer, promover, vender la obra; también para darles la oportunidad a las personas comunes y corrientes de conocer a los escritores y dialogar con ellos.
Ese año hubo más de cuatro librerías vendiendo libros, entre ellas Lectorum, que ya desapareció del mercado. Con el transcurrir del tiempo, la feria se ha convertido en un encuentro importante para que los autores estrechen relaciones con las bibliotecas, las universidades y, a través de ellas, presenten y vendan sus libros.
La Feria que este año celebra su sexta versión y está abierta a todos los idiomas y géneros literarios, para que converjan en el Museo de Arte de Queens. Nuestro lema es Languages of New York (Idiomas de Nueva York), porque la ciudad es el hogar de muchas lenguas, y cada año invitamos a un selecto grupo de escritores que publican en diferentes idiomas a que hablen sobre sus experiencias como creadores en la Gran Manzana. El primer volumen de Languages of New York reunió escritores de Brasil, Corea, Colombia, Cuba, Estados Unidos, Francia, Filipinas, Irán, Italia y Rusia. La versión 2011 será muy diversa.

¿Cuál ha sido el proceso de crecimiento de la Feria del Libro?
Ha sido lento pero seguro. Iniciamos en la escuela griega St Demetrius, en Astoria, y de allí pasamos al Museo de Arte de Queens. Este cambio nos permitió ampliar la programación, utilizar el teatro para las conferencias, presentaciones de libros y conversatorios, y la galería para la exhibición y venta de libros.
En términos de asistencia también notamos un gran crecimiento y este año esperamos un incremento debido a que agregamos un día más de Feria, extendiéndonos hacia Manhattan, utilizando las instalaciones del Centro Español, el más antiguo centro cultural del mundo hispano en Nueva York, fundado en 1870.
Este año, por primera vez contamos con el apoyo de Scholastic, la gran distribuidora de libros infantiles, y habrá una sección para los menores, amenizada con toda clase de actividades y con regalos, muñecos de felpa, caritas pintadas y souvenirs.

¿Y la gente si lee libros en la época del internet y el entretenimiento?
La gente no lee mucho, pero el factor motivación es importante para atraer al público que asiste en familia y tiene la oportunidad de conocer a los escritores.

Javier Castaño

The True Romance

The True Romance
By G.K. Chesterton

This is a perfectly true story; but there is in it a certain noble irony, not very easy to analyse, which goes down to the very roots of Christianity.

Some hundreds of years ago there was born in one of the southern peninsulas of Europe a man whose life was very like the life of a boy in one of Mr. Henty's books. He did everything that could possibly be expected of a boy's hero; he ran away to sea; he was trusted by admirals with important documents; he was captured by pirates; he was sold as a slave. Even then he did not forget the duties of a Henty hero. He made several picturesque and desperate attempts at escape, scaling Moorish walls and clambering through Moorish windows. He confronted the considerable probability of torture, and defied it. But he was not like the unscrupulous prison-breakers, like Cellini or Casanova, ready to break the world as well as the wall, or his promise as well as his prison. He remembered that he was the hero of an honest boy's storybook, and behaved accordingly.

Long afterwards his country collected the depositions of the other Christian captives, and they were an astonishing chorus. They spoke of this man as if he were a sort of saint, of the almost unearthly unselfishness with which he divided their distresses and defied their tormentors. As one reads the coldest biographical account one can feel the alien air, that enormous outside world of Asia and Africa that has always felt slavery to be a natural and even monotonous thing. One feels the sunny silence of great open courts, with fountains in the midst, guarded here and there by mute, white-clad, unnatural men; dim and secret divans smelling of smoke and sweet stuff; grass burnt out of the bare ground, and palm trees prised like parasols. And in all this still horror of heat and sleep, the one unconquered European still leaping at every outlet of adventure or escape; climbing a wall as he might a Christian apple tree, or calling for his rights as he might in a Christian inn.

Nor did our hero miss that other great essential of the schoolboy protagonist; which is accidental and even improbable presence on a tremendous historical occasion. All who love boys' books as they should be loved know that Harry Harkaway, as well as crossing cutlasses with an individual smuggler or slaver, must also manage to be present at the Battle of Trafalgar. The young musketeer from Gascony, however engrossed in duels with masked bravos or love-letters to Marguerite de Valois, must not forget to put in an appearance at the Massacre of St. Bartholomew. Here also my hero in real life equalled any of the heroes of juvenile fiction; for he was present and took an active part in one of the most enormous and earth-changing events in history.

Europe, in the age in which he lived, was, as it is now, in one of its recurring periods of division an disease. The Northern nations were full of sombre fanaticisms; the Southern nations of equally sombre statecraft and secrecy. The country of the man I describe was indeed rich in territory; but its King was morbid, mean, and lethargic; a man of stagnant mysteries, as he looks in those fishy, pasty-faced portraits which still endure. His strong but sinister Imperial armies were engaged in wars, more or less unjust on both sides, with the sinister enthusiasms of the North; the whole civilization was bitter and trivial, and apparently tumbling to pieces. And at this moment appeared upon its Eastern borders its ancient and awful enemy, the Turk.

Like genii summoned out of that Eastern sea by the seal of Solomon, robed in the purple of the twilight or the green of the deep, rose the tall, strange, silent sails of the admirals of Islam. The very shapes of the ships on the horizon were unfamiliar and fearful; and when they came close to the Greek islands, prow and stern showed the featureless ornament of the foes of idolatry; the featureless ornament in which one seems to see a hundred faces, as one does in a Turkey carpet. The ships came silently and ceaselessly, in numbers that, it seemed, had never been seen since Xerxes seemed stronger than the gods. And every hermit on a Greek headland, or little garrison of knights upon an islet in the mediterranean, looked at them and saw the sunset of Christendom.

They encircled and besieged a stronghold in that central sea, whose fall would have been the fall of Europe. In the general paralysis the Pope, with one exception, was the only man who moved promptly; he put out the Papal galleys and addressed a public prayer for help to all the Christian princes. The cold and sluggish King doubted and hung back, just as he would have done in the historical novel. But he had a half-brother - as he would have had in the novel. The half-brother was every bit as brave, handsome, brilliant, and generous here as he would have been in the novel. The King was as jealous of him as he would have been in the novel. This quite genuine hero rushed to the rescue, and in such crises it is popularity that tells, even in empires.

The young Prince had already won romantic victories in Africa, but he could bring only a few ships in time for the attack. Then was waged on that blue and tideless sea what must have been one of the most splendid and appalling battles that ever stained the sea or smoked to the sun. The Turks slew eight thousand Christian soldiers, and the sea drank galley after galley of the Christian fleet. But the fight was sustained with that terrible and intolerant patience that only comes in a collision of strong creeds, when one whole cosmos really crashes into the other. before night the tide of that river of blood began to turn. Thirty thousand of the Turks were killed or taken prisoners, and out of the Turkish ports and galleys came into light and liberty twelve thousand European slaves.

This was the great battle of Lepanto, and of course our hero was there, sword in hand; of course he was wounded there. I can fancy him standing on the deck, with his arm in a sling and looking at the slender escape of Europe and the purple wreck of Asia with a sad, crooked smile on his face. For he was a person whose face was capable of expressing both pity and amusement. His name was Miguel de Cervantes Saavedra, commonly called Cervantes. And having another arm left, he went home and wrote a book called Don Quixote, in which he ridiculed romance and pointed out the grave improbability of people having any adventures.
From "A Handful of Authors", by GKC







domingo, 2 de octubre de 2011

Agosto de 2001: Atardecer en el World Trade Center











Un barco llamado Esperanza

La señora Melinda Lehrer, de Decatur, Georgia, me ha preguntado por un texto sobre el barco Hope, que escribí en 1992.
"Un barco llamado esperanza"apareció en el suplemento Dominical de El Universal, en julio de 1992. Fue incluído más tarde en el libro de crónicas "Retratos" (Cartagena, 1996)

Haz click en las páginas para ampliarlas.











sábado, 1 de octubre de 2011

Pleasures that cannot please

Wealth in societies as now constituted does not tend to get into  the hands ofthe thrifty or the capable, but actually tends to get into the hands of wastrels and imbeciles. And it proves that the wealthy class of to-day is qute asignorant about how to enjoy itself as about how to rule other people. Tha it cannot its goverments govern or its education educate we may take as a thrifling weakness og oligarchy; but pleasure we do loo to see in such class; and it has surely come to its decrepitude when it cannot make its pleasures please.
GKC