jueves, 13 de agosto de 2015

La reflexión de Nereo

Publicado en la Revista Arcadia



 “He estado pensando…”, dice Nereo con voz muy queda.

Está un poco más fuerte que hace dos días, pero no lo suficiente para que alguien se atreva a hacer un pronóstico optimista. Tiene los ojos cerrados. Respira suave para evitar el vértigo de la debilidad. Procura tener a raya las náuseas que le despiertan las papillas. Acopia fuerzas y palabras porque quiere sonar claro.

“En estos días he hecho como un examen”, los visitantes guardan un silencio solemne. Se refiere a las tardes eternas del verano en las que nadie viene, a las largas noches solitarias: “He podido hacer mi reflexión”.

En septiembre, si es que llega, cumplirá noventa y cinco. Hace tres semanas ingresó a un hospital. Hace dos fue trasla­dado al centro geriátrico Isabella, en el alto Manhattan. Lleva ya un buen tiempo lejos de su casa y no se sabe si podrá regresar.

“He visto muchas cosas. No lo he visto todo, pero he visto mucho”.

Es Nereo, el hombre que a mitad del siglo 20 recorrió toda Colombia fotografiándola, el poeta de la luz y de las sombras, el notario de los rostros que han hecho nuestra historia en los últimos 65 años, el reportero oportuno y recursivo que registró visitas papales o fiestas de premio Nobel. Es Nereo, el padre de la fotografía en Colombia, preparándose para morir lejos de Colombia.

“He escuchado muchas cosas”.

Su mente está lúcida pero su cuerpo empieza a fallar. Está pálido y su delgadez es extrema. Sus ojos azules tienen un brillo intenso. Reconoce a quienes lo visitan y hace chistes. Dice que le preguntó a su médico de qué se va a morir y que el otro le respondió: “De viejo; tú eres como un camión viejo”. Ahora su tono es transcendental:

“He vivido”.

Pero no encuentra la manera de morir. Intenta abando­narse, intenta decir que está listo, pero la vida se impone, parece cobrarle ese momento de debilidad hace tres décadas, cuando la bancarrota lo condujo al borde del suici­dio, y una circunstancia milagrosa lo llevó a reinven­tarse fuera de su país.

“El ciclo está completo”, dice sin convencimiento. “Todo en la vida es ciclos. Ya no tengo más que dar”.

Nació en Cartagena y quedó huérfano muy temprano. Bromea diciendo que, en su caso, no puede decir que la longe­vi­dad sea hereditaria. Fue actor de cine, adminis­trador de un teatro y muchas otras cosas, hasta que encontró una cámara y se dedicó a plasmar las sencillas maravillas de la vida cotidia­na. Amó y fue amado con intensidad (“dos cosas enamoran a las mujeres: la fotografía y el baile”). En Nueva York tuvo una segunda juventud. Se movía feliz en los trenes. Seguía creando series fotográficas. Cultivó el gusto exquisito por los espectá­culos de ballet. Hace unas semanas empezó a invadirlo una debilidad de la que no parece capaz de reponerse.

“Mi reflexión no es una reflexión loca. Tengo proyectos, pero si no tengo el fuego suficiente para qué pensar en eso. Si estuviera bien diría: ‘Tengo que curarme para hacerlos’”.

Está contento porque en Colombia acaba de salir un libro hermoso con sus fotografías. El tesoro fotográfico que deja es invaluable. Sabe —hace mucho lo supo— que el reconoci­miento de su país solo vendrá cuando se muera. Sólo hay una persona en este mundo que conoce el valor verdadero de todo lo que ha hecho: Nereo mismo, ese hombre digno y reducido que trata de resignarse, de abandonarse a la muerte, para después alzar el rostro y seguir vivo.

Entonces entrega destilada su larga reflexión: “Colombia es un país bello… es hermoso. Bello, bello. Lo que pasa es que lo maltratan. Lo llevan por el abismo”.


Nueva York, Agosto de 2015.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Un río de lágrimas

Un fragmento de
El libro de la vida

Ignoro el tiempo que llevaba allí. No creo que fuera justa la causa que me tenía encerrado. Era un lugar oscuro, estrecho, húmedo. Sólo de vez en cuando había la luz insuficiente de una vela; tal vez cuando venían a traerme comida, a comprobar que el castigo se cumplía como estaba previsto. No es posible decir que tenía la esperanza de salir.  Era más bien como si no supiera, o lo hubiera olvidado hace ya mucho, que existía un afuera y que era posible estar allá.
De pronto una mujer me empezó a hablar. Tal vez aquel lugar tenía una ventana de madera clausurada, capaz de permitir que la voz se filtrara al interior oscuro. Tal vez la voz se abrió camino entre las grietas. Quizá era ella quien venía de vez en cuando con la vela. Me prometía libertad a cambio de algo absurdo, impensable, como la noche o las estrellas.
Dije que sí, convine en la propuesta, y al hacerlo sentí que todo aquello había ocurrido hace tiempo, que sólo regresaba en la memoria y que por fin era consciente del engaño que hacía nulo para siempre aquel acuerdo.
Pero tenía que seguir viviendo.   
Una noche se abrió por fin la puerta y un susurro apremiante me decía lo que debía hacer. Corrí a ponerme de último en la fila, fingí llevar allí ya largo rato, traté de que mis gestos no dijeran lo que estaba pasando.
Éramos seres sucios, humillados, prisioneros o esclavos. Éramos como reses extenuadas que unos hombres armados estaban pastoreando.
Horas después llegamos a los comedores. Creo que si recordara con detalle podría rescatar alguna escena dolorosa del camino: alguien que desfallece y lo golpean, alguien ejecutado.  Me pareció curioso que, después de tanto celo, nos dieran la libertad para sentarnos en la mesa que quisiéramos. Elegí una del fondo, de las que estaban dispuestas sólo para dos personas. Esperaba que nadie se sentara conmigo, pero aquello era justo lo que menos convenía. El susurro lejano seguía dando instrucciones, insistía en que debía confundirme con todos, hacerme invisible, borrar de mi rostro cualquier gesto de orgullo, de criterio, de rabia.
Dos personas llegaron a la mesa. Una acercó otra silla. Nos miramos apenas para hacernos conscientes de esa fugaz comunidad. Nos hundimos sin decoro en los platos de sopa y pasamos del hambre a la llenura.
Luego la libertad era mayor. Nos movíamos por algo con aspecto de bazar. Ya ni siquiera existía la conciencia de grupo que había en la fila, que se mantuvo un poco más en la mesa del comedor. Uno podía sentir que estaba solo, que era posible hacer lo que quisiera, que aquel viaje de ignominia jamás había ocurrido.  
No hablaré del encuentro con la mujer en el bazar, de aquella sensación de cosa ya vivida, de esa necesidad de darme a ella, de esa urgencia que llamé destino. Sólo importa el final de la historia. La casa enorme a la que entraron a buscarme. La certeza de que debía esconderme mientras tenía una oportunidad para escapar.
Recuerdo que estaba en el final de la escalera, que abajo preguntaban y empezaban el registro de la casa. Recuerdo la sombra de mi cabeza en el vacío de la escalera, que un buen observador habría notado de inmediato. Recuerdo mi prisa instintiva para esconderme dentro de un armario, entre trajes que quizá consiguieran hacerme invisible.
Un hombre al que nada le importaba abrió la puerta del armario con violencia. Ignoro si me vio. Miró los trajes con ojos de poseso y se alejó con una carcajada. Quise sentir que yo era sólo los pliegues de un vestido que alguna vez fue blanco. Casi me convencí de que lo era. Pasó el tiempo y llegaron otros seres que también me buscaban. Había una mujer con la tenacidad marcada entre las cejas. Al parecer ninguno podía verme. Ya ni siquiera era seguro que me estaban buscando.
 Sin que ellos lo notaran, un niño o un hombre pequeño llegó donde yo estaba y me dijo al oído que todo saldría bien, que ya poco faltaba. Le pedí que callara, le dije que el ruido podía delatarme.  Se fue como llegó, me dejó abandonado a mi suerte en el fondo del armario. 
Al final, el armario con su puerta destrozada estaba en medio de la calle.  Tal vez alguien lo había arrojado por una de las ventanas de la casa. Puedo decir que hubo saqueos, que el humo seguía ascendiendo entre las ruinas. Pero lo único que recuerdo con certeza es que sentí que ya podía moverme, que ya no habría peligro si alguien me descubriera.
Un grupo caminaba por la calle. La mayoría eran niños. Una mujer alta y delgada, quizá su hermana mayor, caminaba con ellos. Uno de los pequeños señaló hacia el armario y los demás miraron de inmediato. Supe que podían verme. Supe también que ya  podía moverme y sentí una alegría ligera y tranquila. Salí de entre los pliegues del vestido como alguien que asoma su rostro en un río de lágrimas.





martes, 11 de agosto de 2015

domingo, 2 de agosto de 2015

jueves, 30 de julio de 2015

"No esperen que dé la orden"

La columna de Vivir en El Poblado



De la saga de los Buendía hay un pasaje que siempre me ha intrigado. Me parece que revela más que cientos de tratados de política, historia y psicología. Ocurre como a un tercio de la novela. Ya han pasado muchos años de nuestro regreso al hielo y empezamos a acercarnos de nuevo al pelotón de fusilamiento. Ha habido muertes y nacimientos. Hemos conocido prehistorias. Ya somos parte de la familia y reconocemos las peculiaridades de muchos personajes. Ya se han perdido inocencias. Ya han ocurrido muchas maravillas.

Aureliano Buendía —el que vaticinaba sin ostentación, el viudo joven de una esposa niña, el que empezó en un lado y terminó en otro la noche de su iniciación sexual, el que eligió partido político por indignación, el que escribió poemas que nadie leyó, el que peleó por honor y se embarró de iniquidad, el hijo menor de Úrsula y José Arcadio— es ya un pobre hombre envilecido por el poder. Cualquier poder envilece. El poder saca fealdades de todo corazón.

Para ese momento de la historia, nadie se atreve a oponérsele. Sus deseos son órdenes. Las mujeres lo buscan para sacarle cría. Un círculo de tiza lo separa del resto de los mortales. Con la excepción de su madre, todo el mundo le teme. Tan fuerte es su influjo que el mundo parece plegarse a su capricho incluso antes de que él pueda formularlo.

Es el poder personificado.
Hasta él llegan rumores de peligros y deslealtades. Dicen, los que informan en las sombras, que alguien que parecía de su lado está tramando su caída. Sus consejeros conjeturan. Sus oficiales están inquietos, muestran los dientes de perro y babean: quieren presa, quieren sangre. Todo indica que la permanencia en el poder necesita algunas muertes. Como las pruebas parecen irrefutables, el coronel dice impasible: “No esperen que yo les dé la orden”.

Esa es la orden. Esa mezcla de lavada de manos y de reclamo es la clave de la inocencia del que se encuentra en la cima de la cadena alimenticia. Nunca —o casi nunca— tuvo que dar una orden. Lo que han hecho sus áulicos es buscar congraciarse haciendo cosas que lo benefician. La máquina está tan bien aceitada que parece funcionar sin maquinista. Ávidos de ganar favores, los sabuesos inven­tan enemigos para ofrecérselos en sacrificio a su deidad. Hay muertes y atentados, hay lágrimas y sangre; y la deidad finge inocencia, porque eso es lo que hacen las deidades.

Cito de memoria, pero no creo alterar la esencia de la frase. “No esperen que yo les dé la orden” quiere decir muchas cosas; entre otras, que los que deben cumplir la orden están perdiendo tiempo valioso, empiezan a pecar por negligencia si no corren de inmediato a ejecutar.

El mundo está lleno de coroneles envilecidos. Ahora mismo estamos a merced de uno de ellos. El de allá arriba se beneficia y alimenta la maquinaria que lo sustenta. Ya parece encadenado a su invención. Va llenando de prerro­gativas a los de su estirpe y, en cierta forma, se ha vuelto su lacayo. Su poder y su astucia fueron tan grandes que nunca llegó a pararse ante un pelotón. No puede decir: “Me retiro a engarzar escamas de pescaditos”, porque su tiempo de arrepentirse ya pasó.
  
No busca redimirse. Quiere la culpa, porque quiere castigo. Sus propios cuervos ayudarán a que se cumpla su sueño de inmolación. Siente que solo así podrá purgar su mayor crimen: el de haber deseado en secreto la muerte de su padre, y que el mundo haya cumplido su deseo sin que él llegara a pedirlo.


Texto publicado en Vivir en El Poblado, el 30 de julio de 2015..








miércoles, 29 de julio de 2015

Los relojes del cielo





Por Wenceslao Triana

Una de las cosas que no entiendo y quizá nunca consiga entender de este mundo y esta vida son aquellas confluencias asombrosas de episodios que la gente denomina coincidencias.
Descartando aquellas básicas, sin las que ninguna otra coincidencia sería posible (esas probabilidades virtualmente improbables a las que debemos la existencia: el encuentro de gases, la explosión volcánica y oportuna, el cometa que no acabó con la tierra), nuestra vida está hecha de encuentros en los que el más mínimo cambio habría transformado por completo el panorama general.
 Recuerdo un relato de Stanilaw Lem donde el destino de una persona fue influido de manera decisiva por las dolencias estomacales padecidas por una manada de mamuts en la época interglacial. Lem se dedica en su vertiginoso relato a explicarnos la forma como ese remoto incidente definió la existencia y el rumbo de ese hombre que viviría milenios más tarde.
Cuando era niño solía preguntarme qué habría sucedido si mi madre y mi padre no se hubieran conocido, si él no hubiera estado en la puerta de aquel almacén de ropas del que soñaba escapar y ella no hubiera pasado por el frente con su uniforme de colegiala.
Cuando estaba de ánimo para enigmas insolubles, me preguntaba lo mismo respeto a mis abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos, tratando de imaginar la cadena casi infinita de circunstancias que les permitieron encontrarse y la mucho más numerosa serie de episodios que dejaron de ocurrir cada vez que un episodio de sus vidas ocurría.
Mi vida –como la de todos– ha estado también llena de circunstancias de ese tipo: verdaderos milagros si se miran a la luz de las probabilidades. Para descubrirlos sólo basta con hacerse las preguntas “si no” y de inmediato lo asombroso se revela. “Si yo no cruzo la calle por ese lado”, “Si me retraso un poco más mirando aquel anuncio”, “Si no levanto la vista en ese instante”, “Si la bala no hubiera dado en el blanco...”.
Resulta asombrosa la cantidad de circunstancias que influyen en cualquier acontecimiento. La cantidad de condiciones que requiere.
Algunos de esos acontecimientos son determinantes: conocer una persona, salvarme o padecer un accidente, encontrar en una venta de segundas ese libro que sólo a mí me sirve, optar por una profesión o una ciudad.
Pero hay otras confluencias que son más insignificantes y cuyo sentido no consigo explicarme: esa palabra que leemos en un cartel justo cuando una persona que pasa por nuestro lado la está pronunciando; ese viejo compañero de estudio que aparece justo cuando pronunciamos su nombre –después de décadas sin pronunciarlo–; esa desconocida a la que nunca habíamos visto en nuestro recorrido rutinario y en un sólo día la vemos cinco veces.
Los antiguos les atribuían a los dioses esas coyunturas asombrosas. Muchos métodos adivinatorios, como el tarot y el poético I Ching, se basan también en esas causalidades que rigen con precisión cronométrica las que llamamos “casualidades”.
Pero, con todo y eso, muchos de eso mensajes permanecen indescifrados para siempre –o durante largo tiempo– y no deja de ser decepcionante que los dioses nos hablen de manera tan incierta y riesgosa, que construyan ante nuestros ojos figuras que sólo rara vez percibimos y que hablen de recintos de nuestro ser que sólo muy de vez en cuando frecuentamos.
La única opción es estar más alertas, sentir a cada instante la forma misteriosa e intencionada como trabajan los relojes del cielo y pedirles a los dioses que dan cuerda a esos relojes que nos den la claridad para entender lo que nos dicen cada vez que nos regalan sus absurdas y asombrosas coincidencias.

Mayo 14 de 1997