sábado, 15 de agosto de 2015
viernes, 14 de agosto de 2015
Un texto de Margarita Sánchez sobre la "aranguiana"
Un texto de Margarita Sánchez (Wagner College),
publicado en la revista virtual Cronopio.
jueves, 13 de agosto de 2015
La reflexión de Nereo
Publicado en la Revista Arcadia

“He estado pensando…”, dice Nereo con voz muy queda.
Está un poco más fuerte que hace dos días, pero no lo
suficiente para que alguien se atreva a hacer un pronóstico optimista. Tiene
los ojos cerrados. Respira suave para evitar el vértigo de la debilidad.
Procura tener a raya las náuseas que le despiertan las papillas. Acopia fuerzas
y palabras porque quiere sonar claro.
“En estos días he hecho como un examen”, los visitantes
guardan un silencio solemne. Se refiere a las tardes eternas del verano en las
que nadie viene, a las largas noches solitarias: “He podido hacer mi
reflexión”.
En septiembre, si es que llega, cumplirá noventa y cinco.
Hace tres semanas ingresó a un hospital. Hace dos fue trasladado al centro
geriátrico Isabella, en el alto Manhattan. Lleva ya un buen tiempo lejos de su
casa y no se sabe si podrá regresar.
“He visto muchas cosas. No lo he visto todo, pero he
visto mucho”.
Es Nereo, el hombre que a mitad del siglo 20 recorrió
toda Colombia fotografiándola, el poeta de la luz y de las sombras, el notario
de los rostros que han hecho nuestra historia en los últimos 65 años, el
reportero oportuno y recursivo que registró visitas papales o fiestas de premio
Nobel. Es Nereo, el padre de la fotografía en Colombia, preparándose para morir
lejos de Colombia.
“He escuchado muchas cosas”.
Su mente está lúcida pero su cuerpo empieza a fallar.
Está pálido y su delgadez es extrema. Sus ojos azules tienen un brillo intenso.
Reconoce a quienes lo visitan y hace chistes. Dice que le preguntó a su médico
de qué se va a morir y que el otro le respondió: “De viejo; tú eres como un
camión viejo”. Ahora su tono es transcendental:
“He vivido”.
Pero no encuentra la manera de morir. Intenta abandonarse,
intenta decir que está listo, pero la vida se impone, parece cobrarle ese
momento de debilidad hace tres décadas, cuando la bancarrota lo condujo al
borde del suicidio, y una circunstancia milagrosa lo llevó a reinventarse fuera
de su país.
“El ciclo está completo”, dice sin convencimiento. “Todo
en la vida es ciclos. Ya no tengo más que dar”.
Nació en Cartagena y quedó huérfano muy temprano. Bromea
diciendo que, en su caso, no puede decir que la longevidad sea hereditaria.
Fue actor de cine, administrador de un teatro y muchas otras cosas, hasta que
encontró una cámara y se dedicó a plasmar las sencillas maravillas de la vida
cotidiana. Amó y fue amado con intensidad (“dos cosas enamoran a las mujeres:
la fotografía y el baile”). En Nueva York tuvo una segunda juventud. Se movía
feliz en los trenes. Seguía creando series fotográficas. Cultivó el gusto
exquisito por los espectáculos de ballet. Hace unas semanas empezó a invadirlo
una debilidad de la que no parece capaz de reponerse.
“Mi reflexión no es una reflexión loca. Tengo proyectos,
pero si no tengo el fuego suficiente para qué pensar en eso. Si estuviera bien
diría: ‘Tengo que curarme para hacerlos’”.
Está contento porque en Colombia acaba de salir un libro
hermoso con sus fotografías. El tesoro fotográfico que deja es invaluable. Sabe
—hace mucho lo supo— que el reconocimiento de su país solo vendrá cuando se
muera. Sólo hay una persona en este mundo que conoce el valor verdadero de todo
lo que ha hecho: Nereo mismo, ese hombre digno y reducido que trata de
resignarse, de abandonarse a la muerte, para después alzar el rostro y seguir
vivo.
Entonces entrega destilada su larga reflexión: “Colombia
es un país bello… es hermoso. Bello, bello. Lo que pasa es que lo maltratan. Lo
llevan por el abismo”.
Nueva York, Agosto de 2015.
miércoles, 12 de agosto de 2015
Un río de lágrimas
Un fragmento de
El libro de la vida
Ignoro
el tiempo que llevaba allí. No creo que fuera justa la causa que me tenía
encerrado. Era un lugar oscuro, estrecho, húmedo. Sólo de vez en cuando había
la luz insuficiente de una vela; tal vez cuando venían a traerme comida, a
comprobar que el castigo se cumplía como estaba previsto. No es posible decir
que tenía la esperanza de salir. Era más
bien como si no supiera, o lo hubiera olvidado hace ya mucho, que existía un
afuera y que era posible estar allá.
De
pronto una mujer me empezó a hablar. Tal vez aquel lugar tenía una ventana de
madera clausurada, capaz de permitir que la voz se filtrara al interior oscuro.
Tal vez la voz se abrió camino entre las grietas. Quizá era ella quien venía de
vez en cuando con la vela. Me prometía libertad a cambio de algo absurdo,
impensable, como la noche o las estrellas.
Dije
que sí, convine en la propuesta, y al hacerlo sentí que todo aquello había
ocurrido hace tiempo, que sólo regresaba en la memoria y que por fin era
consciente del engaño que hacía nulo para siempre aquel acuerdo.
Pero
tenía que seguir viviendo.
Una
noche se abrió por fin la puerta y un susurro apremiante me decía lo que debía
hacer. Corrí a ponerme de último en la fila, fingí llevar allí ya largo rato,
traté de que mis gestos no dijeran lo que estaba pasando.
Éramos
seres sucios, humillados, prisioneros o esclavos. Éramos como reses extenuadas
que unos hombres armados estaban pastoreando.
Horas
después llegamos a los comedores. Creo que si recordara con detalle podría
rescatar alguna escena dolorosa del camino: alguien que desfallece y lo
golpean, alguien ejecutado. Me pareció
curioso que, después de tanto celo, nos dieran la libertad para sentarnos en la
mesa que quisiéramos. Elegí una del fondo, de las que estaban dispuestas sólo
para dos personas. Esperaba que nadie se sentara conmigo, pero aquello era
justo lo que menos convenía. El susurro lejano seguía dando instrucciones,
insistía en que debía confundirme con todos, hacerme invisible, borrar de mi
rostro cualquier gesto de orgullo, de criterio, de rabia.
Dos
personas llegaron a la mesa. Una acercó otra silla. Nos miramos apenas para
hacernos conscientes de esa fugaz comunidad. Nos hundimos sin decoro en los
platos de sopa y pasamos del hambre a la llenura.
Luego
la libertad era mayor. Nos movíamos por algo con aspecto de bazar. Ya ni
siquiera existía la conciencia de grupo que había en la fila, que se mantuvo un
poco más en la mesa del comedor. Uno podía sentir que estaba solo, que era
posible hacer lo que quisiera, que aquel viaje de ignominia jamás había
ocurrido.
No
hablaré del encuentro con la mujer en el bazar, de aquella sensación de cosa ya
vivida, de esa necesidad de darme a ella, de esa urgencia que llamé destino.
Sólo importa el final de la historia. La casa enorme a la que entraron a
buscarme. La certeza de que debía esconderme mientras tenía una oportunidad
para escapar.
Recuerdo
que estaba en el final de la escalera, que abajo preguntaban y empezaban el
registro de la casa. Recuerdo la sombra de mi cabeza en el vacío de la
escalera, que un buen observador habría notado de inmediato. Recuerdo mi prisa
instintiva para esconderme dentro de un armario, entre trajes que quizá
consiguieran hacerme invisible.
Un
hombre al que nada le importaba abrió la puerta del armario con violencia.
Ignoro si me vio. Miró los trajes con ojos de poseso y se alejó con una
carcajada. Quise sentir que yo era sólo los pliegues de un vestido que alguna
vez fue blanco. Casi me convencí de que lo era. Pasó el tiempo y llegaron otros
seres que también me buscaban. Había una mujer con la tenacidad marcada entre
las cejas. Al parecer ninguno podía verme. Ya ni siquiera era seguro que me
estaban buscando.
Sin que ellos lo notaran, un niño o un hombre
pequeño llegó donde yo estaba y me dijo al oído que todo saldría bien, que ya
poco faltaba. Le pedí que callara, le dije que el ruido podía delatarme. Se fue como llegó, me dejó abandonado a mi
suerte en el fondo del armario.
Al
final, el armario con su puerta destrozada estaba en medio de la calle. Tal vez alguien lo había arrojado por una de
las ventanas de la casa. Puedo decir que hubo saqueos, que el humo seguía
ascendiendo entre las ruinas. Pero lo único que recuerdo con certeza es que
sentí que ya podía moverme, que ya no habría peligro si alguien me descubriera.
Un
grupo caminaba por la calle. La mayoría eran niños. Una mujer alta y delgada,
quizá su hermana mayor, caminaba con ellos. Uno de los pequeños señaló hacia el
armario y los demás miraron de inmediato. Supe que podían verme. Supe también
que ya podía moverme y sentí una alegría
ligera y tranquila. Salí de entre los pliegues del vestido como alguien que
asoma su rostro en un río de lágrimas.
martes, 11 de agosto de 2015
Una entrevista
Una entrevista de Mauricio Villacob,
para el Centro de medios de la
Universidad Tecnológica de Bolívar, Cartagena.
Julio 10, 2015.
Un llanto de escorpiones
A propósito de "Noticias del insomnio", de Gustavo Ospina,
la sección de libros en El Colombiano.
domingo, 9 de agosto de 2015
Una entrevista en Panamá-América
Una entrevista con Egbert Lewis, sobre Santa María del Diablo,
en el periódico Panamá América.
domingo, 2 de agosto de 2015
En el blog de e-Kuóreo
Una reseña y una selección de cuentos
en el blog de la revista e-Kuóreo (Revista de minicuentos)
jueves, 30 de julio de 2015
"No esperen que dé la orden"
La columna de Vivir en El Poblado
De la saga de los Buendía hay un pasaje que siempre me ha
intrigado. Me parece que revela más que cientos de tratados de política,
historia y psicología. Ocurre como a un tercio de la novela. Ya han pasado
muchos años de nuestro regreso al hielo y empezamos a acercarnos de nuevo al
pelotón de fusilamiento. Ha habido muertes y nacimientos. Hemos conocido
prehistorias. Ya somos parte de la familia y reconocemos las peculiaridades de
muchos personajes. Ya se han perdido inocencias. Ya han ocurrido muchas maravillas.
Aureliano Buendía —el que vaticinaba sin ostentación, el
viudo joven de una esposa niña, el que empezó en un lado y terminó en otro la
noche de su iniciación sexual, el que eligió partido político por indignación,
el que escribió poemas que nadie leyó, el que peleó por honor y se embarró de
iniquidad, el hijo menor de Úrsula y José Arcadio— es ya un pobre hombre
envilecido por el poder. Cualquier poder envilece. El poder saca fealdades de
todo corazón.
Para ese momento de la historia, nadie se atreve a
oponérsele. Sus deseos son órdenes. Las mujeres lo buscan para sacarle cría. Un
círculo de tiza lo separa del resto de los mortales. Con la excepción de su
madre, todo el mundo le teme. Tan fuerte es su influjo que el mundo parece
plegarse a su capricho incluso antes de que él pueda formularlo.
Es el poder personificado.
Hasta él llegan rumores de peligros y deslealtades.
Dicen, los que informan en las sombras, que alguien que parecía de su lado está
tramando su caída. Sus consejeros conjeturan. Sus oficiales están inquietos,
muestran los dientes de perro y babean: quieren presa, quieren sangre. Todo
indica que la permanencia en el poder necesita algunas muertes. Como las
pruebas parecen irrefutables, el coronel dice impasible: “No esperen que yo les
dé la orden”.
Esa es la orden. Esa mezcla de lavada de manos y de
reclamo es la clave de la inocencia del que se encuentra en la cima de la
cadena alimenticia. Nunca —o casi nunca— tuvo que dar una orden. Lo que han
hecho sus áulicos es buscar congraciarse haciendo cosas que lo benefician. La
máquina está tan bien aceitada que parece funcionar sin maquinista. Ávidos de
ganar favores, los sabuesos inventan enemigos para ofrecérselos en sacrificio
a su deidad. Hay muertes y atentados, hay lágrimas y sangre; y la deidad finge
inocencia, porque eso es lo que hacen las deidades.
Cito de memoria, pero no creo alterar la esencia de la
frase. “No esperen que yo les dé la orden” quiere decir muchas cosas; entre
otras, que los que deben cumplir la orden están perdiendo tiempo valioso,
empiezan a pecar por negligencia si no corren de inmediato a ejecutar.
El mundo está lleno de coroneles envilecidos. Ahora mismo
estamos a merced de uno de ellos. El de allá arriba se beneficia y alimenta la
maquinaria que lo sustenta. Ya parece encadenado a su invención. Va llenando de
prerrogativas a los de su estirpe y, en cierta forma, se ha vuelto su lacayo.
Su poder y su astucia fueron tan grandes que nunca llegó a pararse ante un
pelotón. No puede decir: “Me retiro a engarzar escamas de pescaditos”, porque
su tiempo de arrepentirse ya pasó.
No busca redimirse. Quiere la culpa, porque quiere
castigo. Sus propios cuervos ayudarán a que se cumpla su sueño de inmolación.
Siente que solo así podrá purgar su mayor crimen: el de haber deseado en
secreto la muerte de su padre, y que el mundo haya cumplido su deseo sin que él
llegara a pedirlo.
miércoles, 29 de julio de 2015
Los relojes del cielo
Por
Wenceslao Triana
Una de
las cosas que no entiendo y quizá nunca consiga entender de este mundo y esta
vida son aquellas confluencias asombrosas de episodios que la gente denomina
coincidencias.
Descartando
aquellas básicas, sin las que ninguna otra coincidencia sería posible (esas
probabilidades virtualmente improbables a las que debemos la existencia: el
encuentro de gases, la explosión volcánica y oportuna, el cometa que no acabó
con la tierra), nuestra vida está hecha de encuentros en los que el más mínimo
cambio habría transformado por completo el panorama general.
Recuerdo un relato de Stanilaw Lem donde el
destino de una persona fue influido de manera decisiva por las dolencias
estomacales padecidas por una manada de mamuts en la época interglacial. Lem se
dedica en su vertiginoso relato a explicarnos la forma como ese remoto
incidente definió la existencia y el rumbo de ese hombre que viviría milenios
más tarde.
Cuando
era niño solía preguntarme qué habría sucedido si mi madre y mi padre no se
hubieran conocido, si él no hubiera estado en la puerta de aquel almacén de
ropas del que soñaba escapar y ella no hubiera pasado por el frente con su
uniforme de colegiala.
Cuando
estaba de ánimo para enigmas insolubles, me preguntaba lo mismo respeto a mis
abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos, tratando de imaginar la cadena
casi infinita de circunstancias que les permitieron encontrarse y la mucho más
numerosa serie de episodios que dejaron de ocurrir cada vez que un episodio de
sus vidas ocurría.
Mi vida
–como la de todos– ha estado también llena de circunstancias de ese tipo:
verdaderos milagros si se miran a la luz de las probabilidades. Para
descubrirlos sólo basta con hacerse las preguntas “si no” y de inmediato lo
asombroso se revela. “Si yo no cruzo la calle por ese lado”, “Si me retraso un
poco más mirando aquel anuncio”, “Si no levanto la vista en ese instante”, “Si
la bala no hubiera dado en el blanco...”.
Resulta
asombrosa la cantidad de circunstancias que influyen en cualquier
acontecimiento. La cantidad de condiciones que requiere.
Algunos
de esos acontecimientos son determinantes: conocer una persona, salvarme o
padecer un accidente, encontrar en una venta de segundas ese libro que sólo a
mí me sirve, optar por una profesión o una ciudad.
Pero hay
otras confluencias que son más insignificantes y cuyo sentido no consigo
explicarme: esa palabra que leemos en un cartel justo cuando una persona que
pasa por nuestro lado la está pronunciando; ese viejo compañero de estudio que
aparece justo cuando pronunciamos su nombre –después de décadas sin
pronunciarlo–; esa desconocida a la que nunca habíamos visto en nuestro
recorrido rutinario y en un sólo día la vemos cinco veces.
Los
antiguos les atribuían a los dioses esas coyunturas asombrosas. Muchos métodos
adivinatorios, como el tarot y el poético I Ching, se basan también en esas
causalidades que rigen con precisión cronométrica las que llamamos
“casualidades”.
Pero, con
todo y eso, muchos de eso mensajes permanecen indescifrados para siempre –o
durante largo tiempo– y no deja de ser decepcionante que los dioses nos hablen
de manera tan incierta y riesgosa, que construyan ante nuestros ojos figuras
que sólo rara vez percibimos y que hablen de recintos de nuestro ser que sólo
muy de vez en cuando frecuentamos.
La única
opción es estar más alertas, sentir a cada instante la forma misteriosa e
intencionada como trabajan los relojes del cielo y pedirles a los dioses que
dan cuerda a esos relojes que nos den la claridad para entender lo que nos
dicen cada vez que nos regalan sus absurdas y asombrosas coincidencias.
Mayo 14 de 1997
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