viernes, 24 de enero de 2020

Por los tiempos de Jorge Isaacs

Una reseña de la novela "En tierra extraña", de Edgard Collazos, 
en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República

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jueves, 23 de enero de 2020

El circo de las pulgas

La columna de Vivir en El Poblado

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Confío en que mis dos o tres lectores han notado mi intención de ver el mundo en el que estamos sin las manipulaciones persuasivas que nos llegan por las redes sociales, los servicios de streaming y los medios masivos. He tratado de ofrecer un testimonio más directo. He hablado de mis vecinos, de mis viajes y experiencias cotidianas. Me he mordido la lengua para evitar opinar sobre títeres imbéciles a cargo de países del primer y tercer mundo. He evitado sumarme a millares de críticos de cine que han creído su deber opinar sobre Joker o Los dos papas, pero no se han detenido a pensar en la ironía que supone que todos veamos lo mismo, cuando la variedad más numerosa se encuentra a nuestro alcance.
Pero llegó el momento de comerme mis palabras...










martes, 21 de enero de 2020

martes, 7 de enero de 2020

viernes, 27 de diciembre de 2019

Humberto Rodríguez Espinosa, sobre Santa María del Diablo



SANTA  MARíA  DEL  DIABLO
O
LOS DIABLOS EN SANTA MARÍA

Por Humberto Rodríguez Espinosa


Obvio es decir que la conquista de América por los europeos supuso un cataclismo para los aborígenes y para los europeos. Dos culturas, dos modos de hacer la guerra chocaron con consecuencias impredecibles. Los unos, divididos por luchas intestinas que facilitaron la labor del conquistador español, por ejemplo, en México, y los otros envenenados por una avaricia y ambición sin límites, ignoraron que también entraban en combate dioses y demonios. Resultaba pintoresco describir los nuevos animales, las nuevas alimañas, las nuevas plantas fabulosas para los aventureros navegantes, y para los indios atacados, intentar comprender qué se traían esos gigantes rubios que atacaban con perros y vomitaban fuego letal con la extensión de su brazo. Pero, tras la sorpresa inicial que desafió lo mejor de la sabiduría de chamanes y sacerdotes cristianos, se fue haciendo evidente que se trataba de algo más que encontrar oro, plata, perlas  para unos, y para otros, si no expulsar a los extraños invasores, cuando menos ponerlos al lado para contar con sus armas y sus caballos en el fortalecimiento de imperios aún no consolidados. Fue un choque que hizo estremecer la tierra. Un escribidor español, ducho en milicia, con algo de científico y mucho de fabulador, se dio a la tarea de compilar tan interesantes acaeceres y lo hizo con verborrea de novelista ya que sería autor de un libro de caballerías, anterior al Quijote, que pasa por ser la primera novela escrita, o al menos inspirada, en América. A él, Gonzalo Fernández de Oviedo, debemos casi todo lo que se sabe de Santa María la Antigua del Darién, ciudad pionera en tierra firme que surgió y se extinguió en poco menos de quince años. Por su empuje inicial y proyecciones futuras se intuyeron grandes desarrollos para todo el Darién y lo que había más al sur. Pero ¿qué aconteció para que esa inimaginada realidad de repente sucumbiera? Si bien hubo no poco amor entre conquistadores y conquistados como el que unió a Balboa con la bella nativa Anayansi, y otros casos parecidos, y abundantes exaltaciones de amistad, camaradería, alianzas entre unos y otros, lo que llegó a estremecer los enclavamientos españoles y los poblados indígenas debió de ser algo monstruoso que superó el poderío y la maldad de los aventureros y las amenazas de canibalismo y las flechas envenenadas de los invadidos. La peste de la modorra, por ejemplo, se ensañó, sin explicación, con los europeos por muchos días y puso a deambular por las afligidas callejuelas a unos seres famélicos, agonizantes, que no podían dormir y en esa larga espera de una muerte sádica y burlona se inició el despoblamiento del enclave que llegó a ser considerado tierra maldita. Setecientos españoles perecieron por no poder dormir y por no lograr explicar qué era esa peste que ponía a prueba la medicina de entonces. Miles y miles de indígenas fueron pasados a espada o destrozados por los perros y sus dioses tutelares tampoco pudieron deparar amparo. Un avezado militar, Pedrarias Dávila, también colaboró en lo de añadir tintes, tan inverosímiles que se acercaban a lo diabólico, a la cruel sucesión de barbaridades que asolaban a unos y otros. Pedrarias había estado a punto de ser enterrado vivo y en cada aniversario de su resurrección se introducía en un ataúd y se hacía oficiar un réquiem en la catedral. Fue él quien mandó ejecutar a Balboa luego de hacerlo casar con su hija en un extraño tejemaneje de odios y contentamientos. Los demonios de unas y otras huestes hacían su labor y estaban lejos de calmarse. Los nativos, llamados tuiras, podían desatar tempestades y traer en las noches horrorosos endriagos que decapitaban y desollaban a los españoles dormidos o los capturaban para luego engordarlos y consumirlos en bulliciosos festines; los otros, tan espantables como los pintan los europeos a los pies de San Miguel Arcángel, atacaban en inmensos perros sobre los cuales cabalgaban y distribuían la muerte sin miramientos. Los vencidos, acobardados, se hacían bautizar para calmar la sed de sangre de los gigantes demonios rubios. Para los indígenas llegaron a ser especialmente poderosos los demonios que se escondían en los papeles, esos misteriosos garabatos que sólo los españoles entendían y los hacían sorprenderse, asustarse, dar voces jubilosas cuando leían una carta, de modo que un correo que portaba un indígena hacía repetir al español que lo recibía lo que se había escrito a muchas leguas de distancia, en forma tan milagrosa que los indígenas que llevaban y traían cartas y documentos suponían que contenían un ánima indescifrable, un espíritu digno de respeto y veneración. Algún indígena fue instruido para preguntarle al papel que debía entregar asuntos difíciles que el papel respondería. Todos esos demonios que llegaron a destruir, hasta sus cimientos, lo que fue aventajada y prometedora urbe pueden ser percibidos en forma sobrecogedora en un libro que, basado en las crónicas de Fernández de Oviedo y otros apoyos, enumera lo que fue el escenario del choque de dos poderes maléficos. Santa María del Diablo acierta hasta en su nombre. No es una simple relación de vicisitudes y padecimientos; escarba incluso en esas tierras fértiles de donde brotó el realismo mágico. Como una minuciosa carta colmada de maravillosos detalles nos llega esa ánima misteriosa que causaba asombro e incredulidad entre los nativos que llegaban a tener un escrito cualquiera en sus manos. Sus lectores no nos cansaremos de formularle preguntas al libro. Y el libro nos responderá cada vez más estentóreamente: no debemos olvidar lo que estremeció esa tierra de Urabá donde libraron su combate dioses y demonios de dos continentes. Gracias a Gustavo Arango por hacernos sentir todo eso.






jueves, 19 de diciembre de 2019

Vivir dos veces

La columna de Vivir en El Poblado



Al principio lo hacía en hojas sueltas –y no he podido resolver ese embrollo de papeles amarillos que me sigue a todos lados. Memo Anjel me sugirió que lo hiciera en cuadernos –y así empecé un registro más o menos exhaustivo de las cosas de la vida. Hace más de treinta años estoy en eso y mi equipaje incluye ahora centenares de cuadernos. Pienso, como Albert Camus, que “escribir es vivir dos veces”.










jueves, 5 de diciembre de 2019

Los detalles del diablo

La columna de Vivir en El Poblado


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Por supuesto que es más fácil apagar la razón y el corazón y seguir ciegamente los rumbos que marca otra persona, permitir que manipule nuestros miedos, que encienda nuestras pasiones, hacer eco sin pensar si hay justicia en lo que dice. 
Es fácil tragar entero lo que dicen los medios al servicio de don Dinero, permitir que nos adormezcan en la autocomplacencia, en la idea de que los malos son otros. La sangre es escandalosa. Es fácil reaccionar contra el crimen violento e inmediato, contra la actitud perturbadora de rutinas. Lo difícil es notar el crimen a gran escala: los despojos, las muertes –por hambre, por mala atención médica– que producen los que se roban lo que es de todos. Lo difícil es notar lo rentable que resulta para ellos la ignorancia.



sábado, 23 de noviembre de 2019

Instrucciones para comprar una cacerola

Un viejo texto de Wenceslao Triana

Publicado en El Universal, de Cartagena, el 16 de enero del 2002



Por razones que sería largo explicar, decidí que había llegado el momento de adquirir una buena cacerola. Pensé que sería cosa sencilla, un punto más que pronto iba a tachar de la lista de tareas cotidianas. Pero tardé poco en descubrir que comprar una cacerola puede ser todo un arte y que encontrar lo que se busca puede llevar días o semanas.
La primera pregunta que uno debe hacerse, cuando quiere ser propietario de una cacerola, es los usos que piensa darle a tan complejo artefacto. Podría pensarse que la respuesta solo puede ser una: preparar comidas. Pero todos sabemos que reducir una cacerola a esa trivialidad es menospreciar su valor simbólico, subutilizar el potencial que hay contenido en eso que, bien visto, parece un objeto religioso.
Uno de los atributos que hay que tener en cuenta cuando se compra una cacerola es su sonoridad. Curiosamente, mientras más melodiosas son las notas que se le arrancan al golpearla, menor es la calidad de la cacerola. Cientos de factores influyen en la extracción de esos sonidos, el objeto con que se golpea la cacerola, la intensidad del golpe, el material de la cacerola, la humedad en el aire, la armonía o el caos que se produce en la eventualidad de que otras cacerolas estén sonando.
La cacerola ideal es la que enerva con sus sonidos, la que produce estruendos hirientes que taladran y llegan a la conciencia como cuchillo en mantequilla. La cacerola ideal produce en el aire una vibración semejante a la de la fresa de un dentista, obliga a rendirse hasta al más testarudo, disuade hasta al más apegado a los bienes terrenales.
Sería una ingenuidad pensar que al comprar cacerolas solo hay que tener en cuenta su sonido. Es necesario considerar otras propiedades de manera cuidadosa. El mango, por ejemplo, es sustancial. No debe ser demasiado grande, ni su material debe afligir las manos con ampollas dolorosas: nunca se sabe cuánto tiempo será necesario blandir la cacerola. Si alguien acepta mi consejo, recomiendo no usar mangos metálicos, los de caucho son los mejores y lo ideal es que se ajusten a la mano como la empuñadura de una espada o un revólver. En caso de que la demanda obligue a comprar cacerolas con mango metálico, recomiendo forrarlo con cinta o con un trapo.
La circunferencia y la profundidad son detalles que no hay que tomar a la ligera. Además de tener influencia en el sonido, son los responsables de la maniobrabilidad de la cacerola. Si se tiene familia numerosa y los impuestos y servicios públicos y los asaltos oficiales y extraoficiales han dejado para comprar comida se recomienda comprar una cacerola grande. Pero estando como estamos, dudo que alguien necesite darse ese lujo. Una cacerola pequeña, que se mueva sin fricciones en el aire, puede ser suficiente para los tiempos que se avecinan (por cierto, ¿alguien ha visto por ahí una gallina con intenciones de poner un huevo?).
Podría creerse que el color de la cacerola es un aspecto secundario, pero hay que tener cuidado con tomarse ese asunto a la ligera. Por más que hay bonitas cacerolas de color verde montaña o blanco paz en su tumba, lo mejor es elegir el neutral color aluminio. No hay que desaprovechar el hecho de que las cacerolas también pueden ser espejos y quizá el reflejo de lo que son consiga espantar a unos cuantos demonios.
La tarea fue difícil, pero no imposible. Después de mucho recorrer y cavilar encontré lo que buscaba. Ahora duermo más tranquilo y espero a que llegue la hora de emplear mi cacerola. En las noches abrazo la almohada, siento el borde frío acompañándome en el sueño y sonrío cuando pienso entredormido que la hora de estrenarla se aproxima. Me parece ya que asoma en la distancia.











jueves, 21 de noviembre de 2019

Cuento de hadas para todas las edades

La columna de Vivir en El Poblado

Ilustración de Anna y Elena Balbusso, para 
"The Last Banquet of Temporal Confections", novela de Tina Conolly


En un país remoto, lejos de casi todo, vivía un joven valiente, de brillante inteligencia y muy buenos sentimientos. Había quedado huérfano muy niño, pero tuvo la suerte de que un hombre muy sabio lo acogiera en su casa y lo educara, a cambio de su ayuda en las tareas de la casa. Una tarde de junio, después de algunos años, su anciano maestro le dijo que ni él ni sus libros tenían nada más para enseñarle.

–De ahora en adelante tu escuela será el mundo.

  Luego le dio un abrazo y puso en sus manos una cajita gris metálica (un poco más pequeña que un mazo de cartas) y le dijo en secreto:

–Espera la señal, antes de abrirla. Allí está la respuesta a todas tus preguntas