jueves, 22 de octubre de 2015

El infierno tan temido

Juan Carlos Onetti
                                                                                      

El hombre era viudo, cuarentón y periodista. Tenía una hija que adoraba y un aire de desamparo. La chica de veinte años adivinó su soledad “adivinó que estaba amargado y no ven­cido, y que necesitaba un desquite y no quería enterarse”. Ella era actriz de teatro y empezó a interesarse en el hombre que se dedicó a asediarla en silencio, a esperarla y dejarse ver en un banco del parque, antes de las funciones.

La primera vez que estuvieron solos, la mujer pensó en el amor, o en el deseo, o en el deseo de atenuar con su mano la tristeza del pómulo y la mejilla del hombre. Pensó que la mayor sabiduría posible era la de resignarse a tiempo. Se puso a creer en él, se impuso adoraciones fetichistas, “se fue orien­tando para descubrir qué había detrás de la voz, de los silencios, de los gustos de las actitudes del cuerpo del hombre”. Entregada por entero a ese hombre, confió en que la lujuria descansaría y la olvidaría.

Él creía fabricar lo que le estaban imponiendo. Pero no era ella quien se lo imponía: “Todo”, dijo él tras un encuentro intenso, “absolutamente todo puede sucedernos y vamos a estar siempre contentos y queriéndonos. Todo; ya sea que invente Dios o que inventemos nosotros”.

Cuando el hombre y la muchacha se casaron, los amigos del hombre guardaron silencio, suprimieron sus vaticinios pesimistas. La primera separación fue a los seis meses de casados. Ella había seguido trabajando con la compañía teatral. La gira por pueblos de provincia la hacía sentir en el centro de un universo con sus luces dirigidas hacia ella. Dejaron de verse por dos meses y él trató de repetir las rutinas de cuando estaban juntos. Ella, por su parte, no dejó de repetirse sus palabras: “absolu­tamente todo puede sucedernos y vamos a estar siempre contentos y queriéndonos”. Sólo ella y su esposo existían en el mundo. El resto de la gente era como piezas de utilería.

Una sombra, una figura de cartón, era aquel hombre que empezó a esperarla a la salida del teatro en uno de los pueblos de la gira. Ella no consideró necesario mencio­narlo en las cartas. Se lo contó a su esposo poco después del regreso, “con el orgullo y la ternura de haber inventado una nueva caricia”. El hombre cerró los ojos y sonrió; le pidió a la mujer que se desnudara y le contara de nuevo aquella historia. Ella describió gustosa, atenta a no perder detalles, aquella peculiar inten­sidad del amor que había sentido por él en El Rosario, “junto a un hombre de rostro olvidado, junto a nadie”.

“Bueno; ahora te vestís”, dijo el hombre con la misma voz asombrada y ronca con que había repetido que todo era posi­ble. Ella le examinó la sonrisa y volvió a ponerse la ropa.

Al día siguiente el hombre inició los trámites del divorcio. Recuperó las rutinas de su vida antes de ella. Volvió a dedicar los jueves a pasear con su hija. Combatió el deseo fiero de bus­carla. Imaginó actos de amor nunca vividos para ponerse enseguida a recordarlos.

La mujer abandonó el pueblo un mes después de la última conversación. La primera carta llegó al diario poco después; traía una foto tamaño postal. El hombre habría dado cualquier cosa por olvidar lo que vio. Las cartas siguientes empezaron a llegarles a personas cercanas, a parientes o amigos, siempre con una foto: la mujer en la cama, con alguien distinto. El hombre “se sentía como una alimaña en su madriguera, como una bestia que oyera rebotar los tiros de los cazadores en la puerta de su cueva”. Ya había hablado de matarse. Ya había dicho y repetido en llorosas borracheras que la culpa era suya y no de la mujer. Para nadie fue sorpresa lo ocurrido cuando la mujer atinó a enviarle una foto a su hija, “lo único que Risso tenía de veras vulnerable”.



Publicado en Vivir en El Poblado el 22 de octubre de 2015.







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