lunes, 26 de noviembre de 2018

Eduardo Pachón Padilla: “Confieso que he leído”


Entrevista realizada en Cartagena de Indias en 1993 y publicada en el suplemento Dominical de El Universal.

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A sus 73 años, es fácil ver en él a ese adolescente enemigo del estudio que pasaba todo el tiempo con un libro entre las manos. Así como hay personas que cambian con el tiempo hasta ser otras personas, frente a él uno comprende que lo único que cambia  es el color de su cabello, que lo otro, su entusiasmo, su charla desbordada, repleta de nombres y de datos, de anécdotas picantes o juicios aplastantes, son las mismas charlas desbordadas  y entusiasmos de ese niño de trece años que una tarde se sentó a leer un libro de Salgari sin saber que comenzaba una carrera inabarcable de lecturas literarias, un viaje descomunal  a lo largo de ese mundo que compite con el mundo y lo suplanta.
Dice que empezó a leer en serio a los 15 años y profesionalmente a los 19. Desde entonces ha anotado cada libro que ha leído, su título original si fue escrito en otro idioma, el nombre del traductor, la editorial, el año y el número de la edición. Aunque admite que era mejor lo que hacía Andrés Caicedo, que además de anotar el nombre del libro escribía dos o tres líneas sobre el mismo. Comparte con Borges la idea de que sólo se pueden leer en la vida dos mil libros bien leídos. Duda que Thomas Wolfe, tal como lo dijo, haya leído veinte mil.
Conoce la historia de la literatura colombiana como nadie. Podría decirse que ha leído todo lo que se ha escrito. Habla de todos los escritores como si los conociera personalmente. Él mismo forma parte de esa historia por ser el primero en haber hecho una antología, la de cuento, y por estar preparando, para fines de este año, un estudio sobre la novela colombiana.

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A pesar de que dejó de escribir porque le quitaba tiempo para leer, su conocimiento sobre la literatura le permite hablar con propiedad sobre el oficio. Dice que los suplementos literarios y los concursos de cuento y de novela están llenos de personas que no son verdaderos escritores.
“Fui jurado de varios concursos de cuento. Siempre llegaban 600 o 700, pero sólo había quince buenos. En los de novela llegan cien, pero solo hay ocho o diez buenas. Hay quienes se creen literatos, algunos profesores que han leído dos o tres libros, pero uno es la formación de muchos libros y personas.
“Un libro que escribes es producto de muchas cosas, de muchas lecturas e imitaciones. Nadie es original, quien copia a cien no copia a nadie. Todo está en la mente, nadie en la vida improvisa. Para eso uno ha leído, ha almacenado.
“Las mismas escuelas son casualidades, como el grupo de Barranquilla, eso es falso, los grupos no hacen escritores, ni los talleres literarios. Lo que se necesita es la devoción de leer.

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García Márquez y Alfonso Fuenmayor

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“El cerebro del grupo de Barranquilla fui mi amigo en Bogotá, del 44 al 48, Alfonso Fuenmayor. Fue jefe de redacción de Stampa, de Cromos, de El Tiempo, era traductor del francés y del inglés.
“Acostumbrábamos reunirnos en el café Asturias a hablar de literatura y a intercambiar libros. Leíamos todos los libros de la Colección Horizonte de Sudamericana, los de la editorial Santiago Rueda y los de Losada.
“En esa época Eduardo Zalamea Borda comentaba literatura en El Tiempo, especialmente literatura anglosajona, y Fuenmayor me decía: ‘¿Será que Zalamea ha leído más que nosotros?’

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Los años cuarenta fueron decisivos en el cambio del concepto de literatura en nuestro país. Pachón Padilla recuerda especialmente un concurso literario en el que surgió el debate acerca de si la literatura colombiana debía seguir con la tradición del costumbrismo o asimilar las nuevas corrientes que proponía la literatura universal. En el año 41, la Revista de Indias convocó a un concurso de cuento. Para Pachón Padilla, esa revista, fundada por Germán Arciniegas en el 36, es la mejor que ha existido en Colombia (“Mito era un mito, estaba sujeta a las modas literarias”).
“Los jurados eran Tomás Rueda Vargas, rector del Gimnasio Moderno, maestros de maestros, muy culto, muy cosa, pero que de cuento no sabía nada; Tomás Vargas Osorio, de la redacción de El Tiempo, escritor que perteneció a Piedra y Cielo (después de muerto publicaron sus cuentos santandereanos, muy nacionalistas); Hernando Téllez, muy buen gusto, gran criterio, pero no le agradaba mucho la literatura colombiana, estaba influido por la inteligencia de los franceses, tenía cierto desdén por lo hispanoamericano; y Eduardo Carranza, gran poeta desde que surgió en Bogotá, pero no tenía idea del género.
“Al concurso llegaron dos cuentos, uno firmado en Buenos Aires, que todos sabían que era de Eduardo Zalamea, y otro firmado en Lima, que todos sabían que era de Eduardo Caballero Calderón (era la historia de un zapatero que se queda sin trabajo cuando llega la fábrica). El de Zalamea, ‘La grieta’, es quizá el mejor cuento que se ha escrito en Colombia, con él empezó el cosmopolitanismo. La historia se desarrolla en Irlanda, la tierra de Joyce.
“Hubo la gran discusión acerca de cuál concepto prevalecía, lo universal o lo regional. Los tomases optaron por lo regional. Téllez se fue por lo universal, y Carranza adhirió a Téllez. El fallo repercutió mucho”.

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Eduardo Zalamea
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“En el 47, El Espectador era un periódico de la tarde. Desde principios de ese año Zalamea fundó una página llamada ‘Fin de semana’. Un espontáneo mandó una carta preguntando por qué traducían tanto y no ponían cuentos colombianos.
“Zalamea respondió que el día que se hiciera buen cuento en Colombia él lo publicaba. En ese mismo año yo escribí ahí sobre lo que era un cuento moderno. Un mes antes, a fines de octubre o de septiembre, había salido en esas páginas el cuento ‘La tercera resignación’, su autor había cumplido 20 años el 6 de marzo.
Zalamea dijo: ‘Apareció un  gran escritor en Colombia y por eso lo publico’. El autor de ese cuento tenía mucho la lectura de Poe, de La metamorfosis de Kafka en la traducción de Borges, y también de textos de anatomía. En Bogotá, García Márquez vivía en una pensión que ya no existe, con estudiantes de medicina de Sucre, y él se leía sus textos de estudio. Por eso en ese cuento hay tanto de anatomía.
“Es más, una noticia que salió en El Tiempo en julio del 47, en las páginas internacionales, que yo leí, con toda seguridad García Márquez la leyó. Decía que en un pueblo de Asia encontraron una urna en el agua con un ser viviente con barba. Estoy seguro que esa noticia también influyó en la escritura del cuento.
“Recuerdo que yo era amigo de Edmundo López y me dijo: ‘Te voy a presentar un tipo que sabe más de literatura que tú’. Yo era muy charlatán. Hablé todo el tiempo de literatura. Nos tomamos dos o tres sifones. García Márquez escuchaba. No dijo nada, pero a mí no me importaba. Me miraba con los pies montados en una silla. Nadie le podía negar que iba a ser muy grande”.

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“En el 49 me pidieron que hiciera un programa para la Radio Nacional. Cada jueves presentaba en cinco o diez minutos a un autor, y un radioactor, dirigido por Bernardo Romero Lozano (en esa época no había televisión, todo el mundo nos oía) leía el cuento que yo había presentado. El programa era de 9 a 9:30 de la noche. El primer cuento fue ‘Guardián y yo’, de Eduardo Arias Suárez. Eso me obligó a leer más literatura colombiana en forma disciplinada.
“Cuando se creó la Biblioteca de la Cultura Popular, en el año 58, me dijeron: “Tú tienes un libro, la antología del cuento colombiano’. Yo lo entregué en julio del 58, con 26 de los que había presentado en el programa radial y 13 nuevos, entre ellos ‘Todos estábamos a la espera’, de Cepeda Samudio. En esa antología recogí cuentos políticos, beligerantes, como el de Jorge Zalamea, el de Truque o el de Mejía Vallejo.
“No fue un trabajo fácil. Había que leer lo que diera la tierra, leer todo lo que existía. Buscar los libros originales de los autores.
“Mucho tiempo después me dijo Jorge Rojas que le hiciera cuatro tomos de antología con prólogo y notas biográficas. Un libro que lo leyera el hijo de zapatero, los estudiantes, el hombre común. Se imprimieron cincuenta mil ejemplares. En esa selección se incluyeron 44 autores.
“En el 79, el gerente de Plaza y Janés me llamó como jurado del primer premio de novela y me pidió la antología, con los comentarios, para publicarla en dos tomos. Salió en el 80. Hubo otra versión de la antología en el 85, con menos autores.
“En cada edición he tratado de incluir autores recientes, pero eso siempre ha traído problemas. La gente no se pone brava porque la metiste, pero si no lo haces se pasan a la otra acera, hablan mal, me sucedió con varios amigos.

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Los mejores cuentistas de América Latina son: Horacio Quiroga, Borges, Felisberto Hernández, Cortázar, Rulfo, Lino Novas Calvo, Uslar Pietri y García Márquez.

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Álvaro Mutis y García Márquez

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“En literatura todo el mundo necesita palanca. García Márquez publicó Cien años de soledad por recomendación de Carlos Fuentes, que era hijo de embajador y le envió una carta al director de la Colección Horizonte de Sudamericana. Ya Fuentes había publicado un capítulo de la novela en su revista. Los de Sudamericana no solo editaron la novela sino toda su obra.
“Lo mismo sucede con Mutis ahora. Mutis le presentó mucha gente a García Márquez en México y ahora este le paga los favores promoviéndolo e invitándolo a eventos internacionales. Es una adefesio decir que Mutis es el segundo novelista colombiano”.

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Álvaro Cepeda Samudio
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“El escritor colombiano más inteligente que ha habido ha sido Álvaro Cepeda. Murió joven pero nos dejó dos obras muy importantes, el libro de cuentos, que fue editado en 1954, fue el primero bien unitario que se hizo en Colombia. Su novela es admirable.
“Rojas Herazo es uno de los grandes novelistas que tiene Colombia. Es más importante que lo que muchos se imaginan aquí. Tendrán que reconocerlo, quieran o no quieran. La novelería lo ha eclipsado, pero la posteridad acaba con eso.
“Lo que sucedió con ellos era que se trataba de dos escritores de la misma cultura, buenos lectores de la literatura anglosajona, costeños con igual tradición oral. Entonces sus obras debían tener elementos comunes.
“Zapata Olivella es inferior a ellos, pero es importante. No tiene la cultura de ellos. Le gustaba escribir pero no leer, pero es una obra que queda.

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Héctor Rojas Herazo
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Su memoria parece un fichero. Tiene perfectamente clasificados a los escritores colombianos por generaciones.
“García Márquez pertenece a la generación del 55 (la de los nacidos entre 1925 y 1939); Rojas Herazo es de la del 40 (1910-1924)”.
Dice que la generación del 70 (1940-1954) tiene grandes escritores. Entre ellos destaca a Roberto Burgos, Antonio Caballero, Juan José Hoyos, César Pérez, Carlos Perozzo y Héctor Sánchez.
La última, la del 85 (1955-1969), es la de los escritores que apenas están cimentando su obra. De ella destaca a Evelio Rosero Diago, a quien considera un escritor de primer orden. “Parece que será el sucesor de García Márquez”.

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García Usta es de los muchachos que valen como poetas. En lo cultural se ha preocupado por hacer conocer a Rojas Herazo. Todo lo de García Usta me ha gustado, menos eso que dice de Zabala como maestro de García Márquez. Cuando leí eso, hace poco en El Tiempo, me dije que estaba equivocado. No digamos que es falso. No es inexacto. Digamos que el planteamiento es equivocado, de buena fe.
“García Márquez le debe a Zabala de periodismo, pero no creo que supiera cuento. Un maestro no te dice: ‘Tienes que corregir, empleaste mucho adjetivo o mucho gerundio’. Eso es indicación, eso no es un maestro.
“Al mismo García Márquez se lo oí. Creo que dijo una vez que Zabala había sido un tirano, pero no me vengan a decir que le cambió la mentalidad kafkiana o poeiana por Faulkner.
“Cuando García Márquez se vino a Cartagena, después del 9 de abril, lo que necesitaba era tener un estilo propio. Pero ya conocía a Faulkner, ya había leído Las palmeras salvajes y Mientras agonizo, en la traducción de Borges del 42, que llegó a Bogotá en el 45.
“Creo que es mi deber decírtelo. No es contra Zabala ni contra García Usta. Ni a favor de García Márquez, él no necesita ayuda. Es el escritor del mundo que más se lee y traduce. Logró lo que hubieran aspirado Joyce o Proust. Lo que no consiguieron los maestros lo consigue él.
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Clemente Manuel Zabala
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“Estoy escribiendo la historia de la novela colombiana. En ella hablo de 116 novelas y 114 autores. Los únicos escritores de los que menciono dos novelas son Tomas Carrasquilla (Frutos de mi tierra y La marquesa de Yolombó) y García Márquez (Cien años de soledad y El otoño del patriarca).
El libro saldrá el próximo año y en él trato de que prevalezca más la obra que el autor. La obra es más importante que el autor.”
“Me ha tocado trabajo, pero a los que vienen les va a tocar más. Es muy difícil tener acceso a algunas obras. La primera novela colombiana se llama Yngermina o la hija de Calamar, del cartagenero Juan José Nieto, y fue editada en Kingston, Jamaica, en 1844. De ella solo quedan dos copias, la de la Biblioteca Nacional y la de la Biblioteca de la Universidad de Yale, y ya no permiten sacarles reproducciones por lo deterioradas que están. Esos son libros que hay que reeditar. En el futuro será aun más difícil hacer una historia de la literatura colombiana”.
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Roberto Burgos Cantor
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Oyendo a Eduardo Pachón Padilla es fácil comprender por qué , cuando lo conoció, García Márquez se quedó callado. Para qué echar a perder esa magnífica oportunidad de oír hablar torrencialmente sobre el oficio de la palabra.
Cada hora escuchándolo daría para escribir un libro. Para aquellos que disfrutan con  lo que sucede detrás de las bambalinas de los libros, va soltando en el camino la historia de las 240 lecturas que Hemingway hizo de El viejo y el mar (“y las 240 veces le gustó”) o habla de aquellos escritores echados a perder (“García Márquez habló bien del joven Óscar Collazos y este nunca pudo cristalizar su obra. ‘Lo malo fue que se lo creyó’, diría el mismo García Márquez. ‘No quiero que pase lo mismo con Burgos Cantor’), descubre las travesuras de alcoba de la familia dueña de El Tiempo (“Uno de ellos se casó con la criada; eso aparece en la novela Mi tío”), dice que es común que algunos escritores empiecen una novela muy bien y después por prisa o inexperiencia, la echen a perder, cuenta que el único colombiano que ha hecho una historia de la novela colombiana, Antonio Curzio Altamar, “se leyó 800 novelas en un año y le dio surmenage, quiso matar a sus hijos después de haber matado a su mujer”.   
Así, en medio de historias divertidas y macabras, como las de los libros, de anécdotas picantes y juicios aplastantes, transcurre la charla apasionante de un niño de pelo blanco que ha hecho de leer, ese placer, todo un oficio.






viernes, 23 de noviembre de 2018

Una rosa para Mercury


Del baúl, un texto publicado en El Universal de Cartagena
 el martes 26 de noviembre de 1991
 
Más allá de homo, hetero o bisexualidades y enfermedades del siglo, más allá de si el sida es algo que nos incumbe, la muerte es una sola y la vida personal de alguien no debe ser el criterio para medir la trascendencia de sus actos.
Freddy Mercury, el “astro del rock”, fallecido el pasado domingo, ha sido, es y (si el mundo es justo, si los hombres no arrojamos sobre él, como lo hemos hecho sobre muchos, el indiferente olvido) será considerado el artista con una de las voces más perfectas de la música moderna, una de las manifestaciones más intensas de ese sutil instrumento llamado la voz humana.

Queen, rock para pensar
Hablar de Freddy Mercury es hablar del grupo Queen, y hablar del grupo Queen es hablar de un rock lejano al facilismo.
Si bien el grupo tuvo momentos en que hacía concesiones al gusto fácil y lo comercial, la totalidad de su discografía presenta una obra sólida, pensada, con alcances literarios que remiten a la tradición poética inglesa, rica en símbolos, plena de significados.
No es gratuito que la orquesta sinfónica de Londres haya hecho arreglos de temas musicales de ese grupo. Más allá de sus contenidos, hay entre ellos verdaderas obras maestras.
Al escuchar canciones como “Rapsodia Bohemia”, con sus coros infinitos, "La“canción del profeta”, esa mezcla de furia y suavidad, o “Black Queen”, se tiene la sensación de que se está ante obras musicales que vencerán el tiempo y el olvido, que dejarán de ser patrimonio de unas pocas generaciones para ser patrimonio, reflejo, expresión de una forma de ser profundamente humana.
Detrás de todo eso estaban John Deacon, Roger Taylor, Bryan May, un guitarrista que merece capítulo aparte, y Mercury, pianista y cantante, alma de Queen, aliento vital de su música.

El último aliento
Decía Cortázar que morimos con la muerte de cada amigo. Con la muerte de Mercury, que es también la muerte de Queen, miles de personas en el mundo sienten que ha muerto una parte de ellos.
Ahora todo es pasado y riesgo de olvido, Ahora cada disco se vuelve valioso recuerdo. Ahora no es lo mismo escuchar el último disco de Queen, esas palabras en “Innuendo” que, por entre el desencanto por una humanidad agresiva y desbocada, dicen: “Seguiremos intentándolo”.
Hay muchas cosas que ya nunca más sucederán. Sin saberlo, diariamente nos estamos despidiendo de algo o de alguien que no veremos nunca más. “Bijou”, tal vez la última gran  obra maestra de Queen, ahora es solo lo que queda en las grabaciones. Ya nunca más se encontrarán la voz de Mercury y la guitarra de Bryan May, el mundo no volverá a ser testigo de tan afortunado encuentro.
Para muchos quedará cancelado de por vida el sueño de asistir a un concierto de Queen con Freddy Mercury, muchos tendremos que contentarnos con sacar los discos, desempolvar algunos que teníamos ingratamente olvidados y escucharlos y pensar y suspirar y dejar imaginariamente una rosa sobre la tumba de Mercury, mientras le decimos con una voz gangosa y torpe, con más dolor por nosotros que por él: “Show must go on”, el show debe continuar, esa terrible sentencia del coro que se pierde en el silencio, al final de la última canción del último lado del último disco de Queen.







jueves, 22 de noviembre de 2018

La obstinación de la vida

La columna de Vivir en El Poblado

Yo, que tantos hombres he sido, fui alguna vez un anciano que expresaba sus opiniones en el diario El Universal de Cartagena. La nota que hoy reproduzco fue escrita en septiembre de 1996 y forma parte del libro Vida y opiniones de Wenceslao Triana, que acaba de publicar la Editorial UPB.




Sus familiares se preguntaron qué causaba las deposiciones y las meadas incontroladas y concluyeron que lo mejor sería cortar de raíz con los alimentos.
Se ha dicho tantas veces y de tantas maneras que da pena decirlo, pero con pena y todo hay que decirlo: la realidad supera a la fantasía. Esa fue la lección que un indiecito tímido les dio —a la sombra de este diario*— a escritores como Héctor Rojas Herazo y Gabriel García Márquez. La lección sigue y seguirá vigente, entre otras cosas porque ha sido vigente desde siglos que se hunden en la noche de los tiempos.
Hace poco escuché una historia que me recordó las enseñanzas de Clemente Manuel Zabala. Se la oí a una mujer que llegó a Cartagena desde un pueblecito perdido en las riberas del río Magdalena. Y entre lo asombroso de la historia habría que incluir la falta de asombro —la casi sonrisa— con que contó la historia.
Le ocurrió a una mujer de noventa y ocho años a quien sus hijos y nietos estaban cansados de cuidar. Su prole parecía resignarse a permitirle que viviera en la casa, pero lo que no podía tolerar era tener que limpiarla cada vez que sus nonagenarios esfínteres decidían embarrarla.
La solución que se les ocurrió fue, al mismo tiempo, brutal y simple. Se preguntaron qué causaba las deposiciones y las meadas incontroladas y concluyeron que lo mejor sería cortar de raíz con los alimentos.
En este punto la historia adquiere una ambigüedad moral difícilmente tolerable. Por lo rústico de la mujer que contó la historia es fácil suponer el ambiente casi primitivo en el que ocurrieron los hechos, la mentalidad de sus protagonistas. De ahí que no se pueda descartar que aquella decisión de privar a la anciana de todos sus alimentos haya sido tomada con intenciones tan piadosas como prácticas.
Puestos en su lugar, el razonamiento era sencillo: “Si la abuela no come ni bebe, no orina ni caga, y nos causa menos problemas y la queremos más y todos vivimos felices”. Hay que insistir en que es bastante probable que a esa parentela no se le haya pasado por la cabeza la idea de que la solución a su problema podía ser peor que la enfermedad.
La primera semana las cosas marcharon a las mil maravillas. La abuela no ingería nada —y por lo tanto no expulsaba nada molesto— la vida en la casa se hizo más tranquila y todos estaban contentos. Ignoraban la batalla secreta que libraba la anciana.
A los diez días de la medida la abuela fue atacada por una fuerte depresión que sus parientes consiguieron diluir con canciones e invitándola a recordar alguna anécdota de infancia.
A las dos semanas la abuela se veía agotada. Su rostro de tortuga dejaba escurrir algunas goticas saladas, como los manantiales que se ven en las montañas. Estaba algo huraña y no quería hablar con nadie.
Entonces, al amanecer del día quince, al final de una lucha que muy pocos de nosotros llegaremos a vivir, una de sus nietas descubrió a la abuela envuelta en medio de un lodo fétido que no dejó limpio ni un trozo de sábana. Quiso reprenderla, pero ya no la escuchaba.
Publicado en Vivir en El Poblado en noviembre 22 de 2018.











jueves, 15 de noviembre de 2018

Scholar of the Year at the Community of Scholars



It is an honor to be recognized as the Scholar of The Year of the SUNY Oneonta, School of Arts and Humanities. The ceremony took place on November 8, and I had the opportunity to express my gratitude with a message from Colombia.

Es un honor haber sido elegido como el Académico del Año, de la Escuela de Artes y Humanidades de SUNY Oneonta. La ceremonia tuvo lugar el pasado 8 de noviembre y tuve la oportunidad de expresar mi gratitud con un mensaje desde Colombia.







miércoles, 14 de noviembre de 2018

"Siete años llevo andando..."

Un fragmento de "El país de los árboles locos"




Yo hablaba y hablaba sin poder detenerme. Recordaba a las gentes de Auspasia, el lugar más ruidoso del mundo, allí donde se habla hasta cuando se duerme, y pensaba si acaso me había contagiado.
“Siete años llevo andando”, le dije a un Shel que no conseguía ver desde el sofá, pero que suponía todavía en la cabaña. “Siete es el número sagrado. Fueron siete los días de la creación, la semana tiene siete días, siete son las fases de la luna, cada siete años hay un año sabático, y siete veces siete años es un jubileo. Son siete las edades del hombre, siete las divisiones de la oración, siete biblias, siete iglesias, siete gracias, siete pecados capitales, siete las virtudes, siete los dolores, y siete los gozos de la Virgen. Siete los preciosos objetos de Buda, siete los durmientes de Efeso, siete los mares. Jesús fue la generación setenta y siete después de Adán. Siete son los sentidos y siete los orificios de la cara. Cristo habló siete veces en la cruz, en la que estuvo siete horas y siete minutos. Siete fueron las veces que apareció después de muerto. Siete son los sellos del libro sagrado, siete fueron los ángeles que llevaron las siete plagas a Egipto. Las visiones de Daniel duraron setenta semanas y los viejos de Israel eran setenta. Hay también siete cielos, siete planetas, siete estrellas, siete sabios, siete campeones de la cristiandad, siete notas musicales, siete colores primarios, siete puntos cardinales, siete sacramentos de la iglesia Católica, y siete eran las maravillas del mundo. El séptimo hijo se considera bendito y sabio, y el séptimo hijo del séptimo hijo se cree que posee el poder de curar. Siete también suman los lados opuestos de los dados”.
Hablé sin pausa sobre largas caminatas, describí pueblos que no sé si existen, medí con palabras desiertos y caminos congelados, hablé de la tibieza de los árboles que me mantuvo vivo poco antes de llegar a esa cabaña.
Ahora Shel estaba sentado en una silla desde donde podía ver mi rostro. Sonrió tranquilizador cuando me vio callar. Miró el fuego largo rato. Luego volvió a mirarme.
“Lo único que pasa es que estás lejos de tu árbol”







lunes, 12 de noviembre de 2018

Así hablaba Wenceslao

Introducción del libro "Vida y opiniones de Wenceslao Triana",
publicado por la editorial UPB.



En Cartagena de Indias, a finales del segundo milenio y comienzos del tercero, vivió un hombre misterioso de celebridad notable. Un día sus escritos ―su única presencia en este mundo― desaparecieron de la misma manera callada como diez años atrás habían empezado a aparecer en la sección editorial del diario El Universal.
Poco, por no decir nada, sabemos de la vida y milagros de Wenceslao Triana. Se ignora el lugar y la fecha de su nacimiento. No se tienen testimonios sobre su muerte. Es casi imposible encontrar personas con quienes haya tenido encuentros personales. Siempre rechazó con diplomacia las invitaciones que le hacían. Cuando sus lectores intentaban contactarlo respondía con saludos y evasivas al final de sus columnas. Al parecer nadie llegó a saber exactamente dónde vivía o cómo era. La única imagen suya que nos queda es el dibujo pensativo que acompañó siempre sus notas semanales.
Salvo un testimonio apócrifo ―y calumnioso― sobre el lugar y la manera como llevaba a cabo sus meditaciones, lo único que podemos afirmar sobre Wenceslao Triana se encuentra en la obra periodística de la que aquí se ofrece una generosa selección. Se sabe que no nació en Cartagena de Indias, que muy probablemente nació en el interior de ese lugar que él llamaba “El país de los colombios”; pero Cartagena fue siempre el centro y el auditorio de todas sus reflexiones, incluso cuando decidió exiliarse en el País del sueño.
Su otro nacimiento ―si aceptamos que su vida es lo que nos queda de ella― se produjo a finales de 1993, cuando Triana estaba cerca de cumplir noventa años. Semana tras semana, Wenceslao fue ganando una audiencia fiel y numerosa, a pesar de que siempre insistía en referirse a sus “dos o tres lectores”. La audacia de sus títulos, la singularidad de sus enfoques, el humor y la ironía fueron algunos de sus rasgos característicos.
Podría pensarse que el estilo juguetón y creativo de sus escritos representaba una innovación en la forma de hacer periodismo de opinión. Pero solo se trataba de un regreso a las formas originales, a un tiempo en que la nota editorial podía considerarse un género literario y era espacio de libertad expresiva. Grandes manifestaciones de ese periodismo literario se habían visto cincuenta años atrás, en los primeros tiempos de ese mismo diario El Universal, cuando las páginas editoriales estaban en manos de creadores como Clemente Manuel Zabala, Héctor Rojas Herazo o Gabriel García Márquez. Entonces, la columna de opinión era el taller donde se exploraban los límites y posibilidades de la palabra escrita. Wenceslao es un heredero de esa tradición, aunque la monotonía generalizada hacía ver su propuesta como algo novedoso y adelantado a su tiempo.
Los textos de Wenceslao Triana se ocupan de un amplio espectro temático: la literatura, el fútbol, la ciencia, el cine, la política, la música, la historia, la crítica a los medios; para mencionar solo algunos de los temas recurrentes. Muchos cumplen al mismo tiempo con las funciones básicas del periodismo de opinión y de la reflexión filosófica. Esa doble perspectiva es el rasgo más característico de la obra de Wenceslao y aquello que explica su vigencia mucho tiempo después de ocurridos los hechos que la inspiraron.

Como documentos históricos, los escritos de Wenceslao Triana nos ofrecen una mirada singular a los hechos que marcaron la vida mundial, nacional y local a finales del siglo XX y comienzos del XXI. En el plano internacional nos ofrece reflexiones sobre temas políticos y ecológicos, sobre demografía, sobre la popularización de  Internet y los teléfonos celulares, sobre avances científicos capitales como la clonación, el estudio del ADN, las exploraciones espaciales y hasta la aparición del Viagra. Muchas veces Wenceslao recurre a la figura del hipotético lector del futuro para distanciarse un poco de ese final de milenio saturado de hechos, pero falto de perspectiva. “Imaginé esos rostros y risas vistos por alguien dentro de varios siglos. Imaginé un sistema aún inédito para visualizar el pasado, la gente tratando a su vez de imaginar lo que pensaban las personas de este final de milenio” (“Alí”, 24 de julio de 1996).
A nivel nacional, los textos de Wenceslao cubren la historia de Colombia desde el final de la presidencia de César Gaviria, pasando por los gobiernos de Ernesto Samper y Andrés Pastrana, hasta los inicios del mandato de Álvaro Uribe. A pesar de su abierta aversión a la política son numerosas sus notas cargadas de ironía, sus propuestas descabelladas frente a una crisis social e institucional desalentadora. La guerra, las masacres, la corrupción, las cortinas de humo que distrajeron a la opinión pública en aquellos años, son alusiones constantes o temas centrales de sus columnas. Dentro de esa línea de reflexión podemos incluir muchos de sus comentarios sobre temas deportivos, en especial sobre fútbol. La participación de Colombia en dos campeonatos mundiales, las alegrías desbordadas y las tragedias le dan pie a Wenceslao para hablar sobre la identidad nacional, algunas veces con profunda desazón.
A nivel local Wenceslao se ocupa de las glorias y mezquindades de una pequeña ciudad de provincia que goza, paradójicamente, de un especial atractivo para personas de todo el mundo. Cartagena de Indias es un microcosmos ideal para reflexionar sobre “la vida ciudadana”, sobre la política local, sobre los prejuicios, padecimientos y alienaciones de su sociedad. Al lado de eso, las visitas de personalidades, las grandes convenciones internacionales, los reinados, el turismo y los festivales ofrecen motivos en abundancia para que las notas tengan siempre un interés que rebasa lo estrictamente local.
Pero no todo es historia en las columnas de Wenceslao. Como puede apreciarse en la distribución que se hace en este libro, hay en su obra intereses que no tienen siempre un vínculo directo con los hechos de actualidad. Su pasión por el cine y por la literatura es evidente. En alguna ocasión, cansado de los hechos de violencia, expresó su intención de seguir hablando solamente de literatura, pero no pudo ser consecuente con su promesa. Muchas de sus notas son reseñas biográficas o anécdotas de escritores. Abundan también las reflexiones sobre el lenguaje y la creación escrita. Otro de sus grandes intereses es la búsqueda de historias de orígenes diversos. Una de las secciones de este libro reúne, justamente, esas historias escuchadas, vistas, leídas y en ocasiones rescatadas tras siglos de olvido. Al lado de esas historias también es necesario incluir algunos textos que podemos llamar crónicas: testimonios escritos de eventos o momentos específicos.
Si se quisiera hacer un estudio cronológico de los textos de Wenceslao podríamos decir que hay dos períodos de cinco años claramente definidos. Durante el primero, entre agosto de 1993 y diciembre de 1998, Wenceslao es un habitante anónimo de Cartagena de Indias que vive la misma realidad de sus lectores. A finales de 1998 parecía que su aventura periodística había llegado a su fin. Muchas de sus últimas columnas de ese año están cargadas de nostalgia y contienen despedidas implícitas. Pero después de unos meses en el País del sueño Wenceslao reanuda su tarea, ahora desde la perspectiva del exilio. Esa nueva perspectiva acompaña sus escritos desde 1999 hasta mayo del 2003, cuando sus colaboraciones dejan de aparecer sin explicación alguna. En cada sección de este libro se ha querido hacer notoria esa transición separando gráficamente, con tres asteriscos, las columnas de un período y otro.
La expresión el “País del sueño” ameritaría una reflexión adicional, pero este no es el espacio para hacerla. Que baste con saber que apareció desde la primera columna que Wenceslao envió a El Universal desde los Estados Unidos y que la expresión, además de aludir al llamado Sueño Americano, tiene implícitas también realidades más prosaicas.
Antes de concluir esta introducción, que Wenceslao habría calificado de “verborreica”, y a lo mejor de “hiperlábica”, se justifica hacer algunas consideraciones sobre su estilo. Una de las primeras revelaciones que asalta a los lectores es que no siempre el comentario aparece esbozado de manera directa y solo se descubre cuando se considera el contexto en que aparece la nota. En algunos casos, los hechos comentados eran tan conocidos por los lectores que Wenceslao no se tomaba el trabajo de usar nombres propios o detalles específicos. Como es evidente que la distancia con los hechos puede hacer difícil mantener esas referencias se ha optado en esta edición por agregar notas de pie de página cuando se consideran necesarias.
En otros casos la omisión tiene una intención irónica. En “Los sonidos de la casa” (18 de junio de 1998), por ejemplo, Wenceslao se dedica a hablar de fútbol o de detalles nimios de su hogar, pero lo que hace en realidad es ignorar, mostrar con su indiferencia la poca importancia que le da a las elecciones políticas. Sus notas, aparentemente anacrónicas, generaban opinión por el contraste entre ellas y el resto del contenido del periódico, recargado de información sobre el proceso electoral.
En columnas como “Instrucciones para comprar una cacerola” (16 de enero de 2002) la única manera de entender que se trata de una columna política es recordar que en los días en que apareció publicada los llamados cacerolazos, o protestas de la ciudadanía haciendo estruendo con cacerolas, se estaban volviendo comunes en América Latina. La columna es, en cierto modo, una invitación a la protesta.
A veces es necesario un ojo atento a la ironía para entender lo que el autor quiere decir. En “Un triciclo reciclable” (26 de mayo de 1999), lo que parece un ataque fiero a una publicación hecha por jóvenes cartageneros es, en realidad, un elogio disfrazado en el que Wenceslao también les da consejos para sobrevivir en una sociedad de doble moral.
No es fácil describir el estilo de Wenceslao Triana. Muchas veces es telegráfico. Abundan los párrafos con una sola oración, el juego con los silencios. Sus columnas poseen a veces la disposición de un poema. En “Columna con una salvedad”, por ejemplo, parodia el poema de Eduardo Carranza “Soneto con una salvedad”. Cada frase está dispuesta como un párrafo separado y la última línea del poema: “Salvo mi corazón, todo está bien”, aparecen con un sentido opuesto.
Wenceslao no les teme a los adjetivos; los emplea, abunda en ellos, habla del “horror vacío y tenso” en el que se interna un cohete, o se refiere a los seres humanos como “aquellos seres erráticos y torpes que fueron castigados con el aguijón del pensamiento”. Un pasaje de una columna suya sobre el mar nos muestra que podía acumular cualquier cantidad de términos, como de hecho hizo en algunas columnas formadas solamente por listas de palabras: “Conocí el mar demasiado tarde para ser grumete, tarde también para embarcarme como polizón, pero a tiempo para maravillarme todavía con todos sus matices de mar verdadero, salado, espumoso, jadeante, voluble”. Wenceslao tampoco le temía a crear palabras nuevas cuando no existían las que necesitaba. Quizá uno de los inventos de los que más se vanaglorió fue la palabra colombios, que tomó de uno de sus nietos:

Se me ocurre que la palabra colombios nos define mejor que el gentilicio convencional. Colombios suena como a civilización extraterrestre, no muy civilizada, o a familia de mamíferos pequeños, inquietos, de ojos vivaces y comportamiento absurdo (“Razones de los colombios”, 22 de marzo de 2002).

Como corresponde a un buen amante de la literatura, sus notas están llenas de alusiones literarias. Un inventario de esas alusiones nos permitiría, tal vez, rastrear en las fuentes de su estilo y sus temáticas. Se trataba sin duda de guiños para los lectores que compartían su pasión por los libros. Algunas veces, las alusiones son mitológicas, como cuando sugiere la figura de Prometeo en un “Mohamed Alí, dueño absoluto del fuego y encadenado al mal de Parkinson”. Pero son más comunes las alusiones literarias, las referencias, los parafraseos. En “Nuestro día D”, por ejemplo, Wenceslao se las arregla para aludir a Marcel Proust y a Dante en las primeras líneas. “Al despertar siempre nos toca recordar en un instante los pormenores de ese sueño recurrente que llaman realidad. Recordar nuestro nombre, nuestra difusa identidad, precisar el trayecto del ‘camino de la vida’ en el que nos encontramos” (“Nuestro día D”, 22 de junio de 1994).
Esa misma nota tiene también un sentido premonitorio, nos revela la manera como Wenceslao interpretaba los hechos. Apareció publicada el día en que la selección de Colombia se enfrentó a los Estados Unidos en el Mundial de Fútbol de 1994, el partido en el que Andrés Escobar anotó el autogol que le costó la vida. En esa nota, Wenceslao hablaba de las posibles consecuencias y reacciones si Colombia perdía ese partido. “Lo que está en juego no es solo un juego. Los hombres de amarillo lo saben. Un pase afortunado, un golpe de suerte y serán endiosados. Un traspié, un dolor o un temor y serán masacrados”.
La reacción tras el asesinato de Escobar es otro ejemplo de columna de opinión que no hace ninguna referencia directa a los hechos que la inspiran. Fue la única columna de Wenceslao que no apareció en la página editorial. Fue publicada como un recuadro en la página quinta de El Universal, al lado de un artículo sobre los hechos y una fotografía del futbolista. El texto no hace ni una sola alusión al hecho que la inspira, aquí el silencio se convierte en opinión. Esa columna, “Quiero ser de otro lado”, expresa una visión sombría del país que subyace en las columnas posteriores sobre y desde el exilio.
Podría decirse que es una lástima tener poca información sobre el autor de los textos que hoy aparecen reunidos. Pero una vez se empieza a leerlos se descubre que allí está Wenceslao en toda su dimensión, que sus columnas eran la forma que encontró para llegar hasta nosotros de la manera más viva. Por eso el título de este libro. Porque cada vez que alguien se acerque a conocer sus opiniones volverá a darle vida a ese anciano juvenil y enamorado que llegó y se marchó, a la manera de Fray Luis, sin hacer mucho “ruïdo” .

G. A.






La novela del ocaso

La sección "Vidas de artistos", en la Revista Virtual Cronopio.

Mikhail Bulgakov







jueves, 8 de noviembre de 2018

Reflexiones lapidarias

La columna de Vivir en El Poblado


Cortázar nació en Bruselas, Bélgica, un mes después del estallido de la Primera Guerra Mundial. La familia quedó atrapada en Europa por cuatro años y, cuando regresó a la Argentina, su padre tomó las de Villadiego. Cortázar creció en un suburbio de Buenos Aires, rodeado de mujeres: su madre, su hermana, sus tías y su abuela. Allí desarrolló su inclinación por el misterio.
Cortázar fue un alumno aplicado. Fue profesor en escuelas de provincia hasta la segunda mitad de los años cuarenta, cuando llegó a un Buenos Aires sumido en el populismo peronista. Allí escribió cuentos y poemas, fue traductor y vivió en busca de una oportunidad para escapar. En 1951 consiguió dar el salto e instalarse en París.