martes, 1 de septiembre de 2020

García Márquez, un mundo mágico y otros ingredientes para que este libro se venda como pan caliente

Este perfil del Nereo López Meza fue escrito originalmente en inglés, para un libro que se proponía reunir una selección de sus fotografías. El libro nunca fue publicado y el texto permaneció inédito por muchos años.


 Leer la versión en inglés

 Texto y foto Gustavo Arango

 “Aquí”, dice Nereo, señalando con el dedo que ha hecho todo el trabajo. “Quiero que mis fotos se publiquen aquí”.

El dedo presiona sobre la elegante letra “T”, como si atrapara una rara mariposa. Parece un tranquilo don Quijote, liberado de la aparatosa armadura, pero igual conmovido por visiones de grandeza. A su lado, un cansado Sancho Panza anota frases y detalles. Están sentados en la sala de lectura de la Biblioteca Pública de Queens, en Corona, rodeados por niños pequeños que se debaten entre leer o jugar. De vez en cuando un empleado de la biblioteca ejerce su pequeña porción de poder y les pide que se callen. Los dos ancianos también guardan silencio.

El que atrapó la mariposa tiene ochenta y ocho años, pero parece estar más vivo que los niños que lo rodean –al menos más que el niño de diez años que sufre con su tarea de matemáticas, con la ayuda de un paciente muchacho. El otro viejo tiene la mitad de la edad de Nereo, pero se ve el doble de cansado. Ya van tres días de caminar por todos lados y tomar nota de todo lo que dice su maestro.

Tienen un plan. Esperan a la dama que les ayudará a conquistar la ciudad con un libro. El libro tendrá fotos tomadas por Nereo durante las últimas seis décadas y una nota introductoria del escribano. Ambos piensan que son buenos en lo que hacen y ambos piensan que el mundo no los aprecia lo suficiente (aunque el viejo tiene más derecho a pensarlo) y, mientras esperan a que llegue la dama, permanecen sentados junto a la sección de los periódicos, hojeando, preguntándose si hay algo más por decir o preguntar.

“No veo por qué mis fotografías no podrían publicarse en el New York Times”.

El hombre que toma notas tampoco ve una razón. Han viajado para adelante y para atrás a lo largo de ocho décadas de vida, mientras han recorrido los cinco distritos de la ciudad, y podría mencionar al menos diez razones para publicar las fotos de Nereo en el periódico que señala. Una de las razones menos importantes es justo aquella que han elegido para promover ese libro que esperan que se venda como pan caliente: una serie de fotografías de García Márquez, tomadas por Nereo en momentos diferentes de la vida del escritor. Para seguir con el tono quijotesco, es como si Cervantes quisiera triunfar con un entremés, mientras lleva el manuscrito de don Quijote en una bolsa. Lo curioso es que el entremés parece la única llave que abrirá la puerta del éxito.

 

Hace unos años, después de ver unas fotos que Nereo tomó en el río Magdalena –el río donde El amor en los tiempos del cólera tiene su final grandioso–, un editor español exclamó:

“Son maravillosas, pero no se venderá. Si consigues al menos una frase de García Márquez sobre las imágenes, publicamos el libro de inmediato”.

Fue en el río Magdalena donde Nereo tomó sus primeras fotografías, en 1947. Desde entonces ha tomado cientos de miles de imágenes del mismo paisaje que inspiró la obra de García Márquez: la selva, los pueblecitos polvorientos, hombres enamorados de violines, jóvenes volando, gente alimentando piedras y muchas otras cosas increíbles ocurriendo de la manera más casual bajo ese sol tropical.

Nereo consiguió la frase que buscaba, pero no por escrito. El año pasado se encontraron en una fiesta privada en Cartagena de Indias, la ciudad donde Nereo nació y el escenario de tres novelas de García Márquez. El escritor estaba de regreso a su lugar favorito: “la ciudad más hermosa del mundo”, donde permaneció por casi tres meses dedicado a celebrar una serie de aniversarios: sesenta años de la publicación de su primer cuento, cuarenta de la publicación de Cien años de soledad, veinte de la concesión del Premio Nobel y su cumpleaños número ochenta. Aunque estaba cansado de fotos y saludos, García Márquez saludó a Nereo con afecto:

“¿En qué andas, Nereo?”, le preguntó.

Nereo consideró por un momento la idea de mencionar sus muchos proyectos, pero comprendió que aquel encuentro iba a durar poco. Se habían conocido más de cincuenta años atrás, cuando ambos trabajan en el periódico El Espectador. En aquel tiempo, García Márquez escribió una breve nota elogiosa del trabajo de Nereo, pero la nota apareció sin firma.  La última vez que se encontraron en Cartagena, hablaron de las fotos de Nereo en el río Magdalena, y de la sugerencia que le había hecho el editor español.

 “Necesito que me ayudes con eso”, le dijo Nereo. “Como compensación puedo darte una serie de fotos tuyas que he venido tomando desde hace años”.

Aquello fue como ofrecerle unas monedas de oro al rey Midas, pero fue también un despliegue de la dignidad de Nereo. Nereo ha dicho muchas veces que García Márquez ha hecho por escrito lo que él hizo con fotografías. Con García Márquez se siente junto a un igual.

“Eso no será necesario”, dijo García Márquez. “Tienes mi permiso para usar las descripciones que hago del río en El amor en los tiempos del cólera”.

“¿Puedo hacer eso?”, pregunto Nereo mientras buscaba un pedazo de papel.

“Claro que puedes”, dijo García Márquez antes de ser arrastrado por un grupito de admiradores que le pedían fotos y autógrafos.  Nereo elevó una servilleta hacia el sonriente grupo, pero comprendió que su encuentro con su majestad ya había terminado.

Pocos días después, Nereo llamó a Jaime Abello, el director de la escuela de periodismo de García Márquez en Cartagena (Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano), para explorar la posibilidad de tener la autorización de por escrito. Abello le dijo que no era necesario, que él y Mercedes –la esposa de García Márquez– habían sido testigos de lo que habían hablado.

Nereo cierra el capítulo sobre García Márquez casi sin haberlo abierto:

“Es una tontería que yo diga: ‘Llamen a Mercedes, llamen a Abello; ellos son testigos”.

Pero el hombre que está tomando notas no quiere cerrar ese capítulo. Necesitan decir algo sobre las fotos de García Márquez. Durante tres días ha tratado en vano de hacer que Nereo diga algo interesante sobre las fotografías que marcarán la diferencia.

“Esas fotos de 1966 son maravillosas. ¿Dónde las tomaste?”

“No me acuerdo.”

“¿Pero, sí ves? Los gestos, la mezcla de fatiga y de satisfacción por lo logrado, acababa de terminar Cien años de soledad. El libro no se había sido publicado todavía. Es probable que ni siquiera supiera lo que acababa de hacer. Es el rostro de un genio justo después de haber escrito una obra maestra”.

“Sí”.

Es inútil insistir, a pesar de que es muy probable que esa serie sea la mejor que se hizo de García Márquez antes de la llegada de la gloria. Uno no se cansa de contar la historia de ese difícil período en la vida de García Márquez. Hasta ese momento lo había hecho todo para ser un escritor exitoso. Había sido periodista, para conocer el oficio y conseguir disciplina. Había intentado hacer cine, para aprender a contar historias que se quedaran en la memoria de sus lectores. Había publicado incluso un libro de cuentos y un par de novelas, pero su carrera literaria podía resumirse como un fracaso digno. Si no fuera por los slogans comerciales que estaba escribiendo en México, su familia se habría muerto de hambre. Pero justo en el momento en que estaba considerando darse por vencido, y despedirse para siempre del sueño de hacer literatura, ocurrió un hecho mágico. Llevaba su familia a unas modestas vacaciones, la carretera era monótona y la tibieza invitaba a la ensoñación. Nadie había dicho nada por un buen rato, y García Márquez se devolvió en el tiempo a su infancia en Aracataca y recordó la manera encantadora como su abuela le contaba historias. De repente supo que si alguna vez iba a ser un escritor exitoso, aquello solo ocurriría si empleaba el método de su abuela para encantar y cautivar a sus lectores. El resto de la historia es relativamente conocido. Cuando volvieron a casa, García Márquez le entregó a Mercedes todos los ahorros que tenía, y pidió que no lo importunara con asuntos prácticos durante los siguientes doce meses. Luego se metió en “la cueva”, el único cuarto disponible en la casa para escribir obras maestras, y derramó su mente y su alma en su novela. El proceso de escritura le tomó dieciséis meses, y cuando salió de la cueva se encontraba al final de la cuerda. Cuando Nereo tomó esas fotos, en 1966, García Márquez era un hombre vacío y feliz que apenas se recobraba de su fiebre literaria. Un año más tarde sería rico y famoso. Nada volvería a ser como era en esos días.

“¿Y estas otras fotos?”

“Esa fue una fiesta que mi amigo Manuel Zapata Olivella le ofreció a García Márquez, en Bogotá.”

Dejando muchas cosas de lado, Manuel Zapata Olivella fue el autor de la única narración épica que existe de los pueblos negros en América, Changó el gran putas, una obra maestra que seguirá en el olvido hasta que un académico devoto la desentierre y exclame: “¡Miren lo que encontramos!”

Manuel Zapata Olivella fue también un mentor de García Márquez. En 1948, Zapata Olivella lo ayudó a obtener su primer trabajo como periodista, en el periódico El Universal, en Cartagena, cuando García Márquez tenía apenas veintiún años.  Casi veinte años después, con esta fiesta, le estaba ayudando a construirse una personalidad pública, porque no basta con escribir una obra maestra, también hay que hacer mercadeo y relaciones públicas.

Las fotos en casa de Manuel Zapata Olivella son más de tipo social, y Nereo siempre ha detestado tomar fotos sociales. En cierta ocasión, en los años 50, cuando era el fotógrafo más prominente de la revista colombiana Cromos (su salario era el segundo mejor después del del director), un editor le pidió que tomara las fotos de una boda. Nereo tomó fotos de los aspectos más ridículos de la ceremonia: los pomposos sombreros rebosantes de flores, las damas gordas embutidas en vestidos sin tirantes, los maquillajes sobrenaturales. Su editor nunca le volvió a pedir que tomara fotos de eventos sociales. Pero, cuando Manuel Zapata Olivella le pidió que tomara esas fotos, no pudo negarse. Manuel era uno de sus amigos más cercanos. Su muerte, en el 2004, ha sido uno de los momentos más dolorosos en la vida reciente de Nereo.

Lo único que Nereo encuentra notable en las fotografías de esa fiesta es la presencia de Mario Vargas Llosa. La amistad entre García Márquez y Vargas Llosa había empezado hacía poco, pero era muy cercana. Vargas Llosa fue el autor del primer estudio completo sobre la narrativa de García Márquez, Historia de un deicidio. Pocos meses después de que se tomaran esas fotos, esa amistad floreciente terminaría de manera abrupta y furiosa, con el puño de Vargas Llosa golpeando y amoratando el ojo izquierdo de García Márquez. 

“He sido un huérfano casi toda mi vida”, dice Nereo tras recobrarse del asombro que le produjo cruzar el puente Verrazano. “Mi padre murió cuando yo tenía cinco años, y mi madre cuando tenía once. Una de las lecciones que aprendí desde que era niño es que cualquiera puede volverse en contra tuya en cualquier momento. Recuerdo que en una ocasión yo me había rapado la cabeza y un grupo de niños empezó a mojarse las manos con saliva y a golpearme la cabeza. Un tipo vino a defenderme y trató de hacerlo por un rato, pero cuando vio que era imposible detenerlos él mismo se mojó la mano en saliva y se unió a la fiesta”.

“¿Quiénes son los otros que aparecen en esas fotos?”

“No me acuerdo”.

Hay otro grupo de fotografías. Fueron tomadas en un lugar público. García Márquez tiene cabello abundante y ondulado. Se nota que su estrella está en ascenso. Solo lo separan unos años de las primeras fotos, pero ya es otra persona: más consciente de que lo observan, en cierta manera menos expresivo. García Márquez está en compañía de León de Greiff, un gran poeta que nunca llegará a las páginas del New York Times, entre otras cosas porque su poesía es imposible de traducir; de hecho, es casi imposible de entenderla en su propia lengua.  Lo único que Nereo recuerda es el lugar donde fueron tomadas.

“Eso fue en Campo Villamil, en 1970 o 1971.”

La razón por la que a Nereo le parece digno de mención el nombre de ese lugar es porque los negativos se encuentran ahora en la Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá, y la identificación del lugar y de las personas en los catálogos de la biblioteca está equivocada. De hecho, casi todas las fotos de Nereo tienen problemas de catalogación.

“Mezclaron nombres, lugares, fechas. Soy el único que podría desenredar eso”.

“¿Qué más recuerda de esas fotografías?”

“Nada más”.

Es inútil. Nereo no recuerda cuándo tomó las fotografías. No les asigna un significado especial a esas imágenes. El capítulo de García Márquez es muy pequeño en relación con su vida como fotógrafo. Solo el viaje a Estocolmo parece ser significativo para él. Cuando García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, en 1982, estaba acompañado por una delegación ruidosa y colorida. Había grupos musicales, bailarines y amigos bebedores. Es probable que aquellos hayan sido los días más festivos en la historia de Suecia.

“Los organizadores me dijeron: ‘Solo podemos darte el boleto de avión. ¿Quieres ir?’ Por supuesto que fui. Le delegué los eventos sociales a otro fotógrafo, y yo tomé las fotos de las presentaciones culturales. El tipo que estaba a cargo de la delegación se enamoró de un sueco, y se olvidó de darme el pase para entrar al banquete real. Tuve que disfrazarme como músico para entrar. Tuve que tomar las fotos mientras bailaba”.

Ahora sí tenemos algo. Finalmente, una anécdota interesante en relación con las fotos de García Márquez. Pero, de todas maneras, los millones de lectores tendrán que apelar a su propia sensibilidad para apreciarlas. Si aceptan que les den consejos, valdrá la pena que le dediquen un buen rato a cada fotografía, pues de veras retratan el alma de uno de los escritores más grandes de nuestro tiempo. En cierto sentido cuentan la historia desde la creación, en medio de la pobreza, hasta el éxito y la gloria; pero el tipo que las tomó ha tomado tantas fotos buenas que es incapaz de valorar su propio trabajo.

“Solo ahora he empezado a darme cuenta de lo que ha sido mi vida.”

“¿Tienes una filosofía de vida?”

“Lo que he aprendido en todos estos años es a vivir y dejar vivir. Me comparo con un tronco en la corriente de un río. Lo único que se puede hacer es tener cuidado para evitar chocar con otros troncos o encallar en las orillas. Eso es todo. Es lo único que necesitas saber.”

La imagen del tronco y el río viene de uno de los proyectos fotográficos más amados por Nereo. Durante décadas ha registrado con sus fotografías la devastación de las selvas en Sudamérica. Algunas de esas imágenes son deprimentes y muestran como hace cincuenta años era posible predecir la alarma ecológica que hoy resuena en todo el mundo. Ha pensado ponerse en contacto con Al Gore para publicar un libro sobre la destrucción de las selvas. Es uno de sus proyectos para el futuro, porque –aunque usted no lo crea– a sus ochenta y ocho años Nereo piensa más en el futuro que en el pasado.

“A veces no puedo dormir, por las muchas ideas que tengo”.

Pero no todos sus trabajos sobre la naturaleza son alarmantes. Otro de sus relatos fotográficos cuenta la historia de un árbol y su viaje desde las montañas selváticas hasta convertirse en la canoa de una familia de pescadores en Colombia. Esa serie es una oda a la capacidad humana para construir cosas hermosas: canoas, puentes, danzas.

“Si no fuera fotógrafo, me habría gustado ser un bailarín de ballet; pero no uno gay.”

Casi la mitad de las cosas que Nereo dice no pueden ser publicadas. Son políticamente incorrectas, pero al mismo poseen un entendimiento de la naturaleza humana que a mucha gente le falta. La corrección política, como sabemos, puede ser otra forma de la hipocresía. Uno podría concluir que la vejez y la franqueza caminan con frecuencia de la mano.

Nereo tiene la libido de un adolescente, muchos de sus chistes y comentarios tienen una carga sexual.  Uno de sus proyectos más recientes es una serie de fotografías tomadas en las escaleras del tren subterráneo, tratando de captar vislumbres de los pantis de las damas. Es inevitable preguntarse de dónde viene esa energía.

El escribano ha reprimido el impulso de preguntarle a Nereo el secreto para llegar a su edad con el entusiasmo que tiene; porque, si hay algo de veras importante en ese libro que se venderá como pan caliente, ese algo en definitiva no es el rostro de García Márquez, o el mundo fascinante que inspiró su obra, sino la historia de un artista que a sus ochenta y ocho años demuestra la pasión por la vida de un muchacho de dieciocho. El día anterior, en Midtown Manhattan, cuando le preguntó a Nereo por qué había decidido vivir en New York, el escriba recibió una respuesta asombrosa:

“Cuando esté viejo es posible que prefiera un lugar más tranquilo. Pero esta es la ciudad que quiero ahora. Es un lugar donde todo está pasando”.

Después de muchos años entrevistando ancianos, el escribano ha concluido que ninguno de ellos es consciente del secreto verdadero. En cierta ocasión, un hombre de noventa y uno le había dicho que el secreto de la larga vida era tomar un plato de sopa todos los días. Otro le había dicho que el secreto era dormir al menos ocho horas de manera regular.  Pero concluyó que, si había algún secreto, debía estar oculto entre las líneas de lo que decían.

“¿Crees en Dios?”

“No”, dice Nereo. “Pero creo en una fuerza y tengo un profundo respeto por la vida. He fracasado muchas veces, pero cada vez que fracasé encontré una solución.”

“¿Alguna vez pensaste en suicidarte?”

“Sí”, la pregunta no lo sorprende. “Hace diez años pensé que hasta ahí llegaba”.

Hace diez años, Nereo López enfrentó una de las mayores adversidades de su vida. Había usado todos sus recursos y su energía para crear una escuela de fotografía en Bogotá. Era uno de los fotógrafos más prestigiosos del país y el éxito de la empresa parecía garantizado. Había trabajado para los periódicos y revistas más importantes del país. Había ganado premios internacionales, como el que le dio la Kodak, con motivo de la Feria Mundial de Nueva York, en 1964, por un paisaje maravilloso de balcones tomado en Cartagena. En esa ocasión, el trabajo de Nereo fue elegido entre más de quince mil participantes. En los años cincuenta, unos tiempos muy violentos en Colombia, la revista Time había reproducido algunas de sus fotos. Pero la vida no ofrece garantías —ni siquiera a los talentosos– y la escuela de fotografía fue un fracaso. Nereo se vio de pronto en la bancarrota. Tenía setenta y ocho años y pensó que había agotado sus razones para seguir vivo.

Parado al borde del abismo, sus ángeles guardianes (“tengo mis ángeles guardianes, pero no puedo sentarme a esperar a que hagan el trabajo”) empezaron a buscar soluciones al problema (“Hay tres expresiones que odio: ‘No’, ‘es imposible’ y ‘problema’). Un expresidente colombiano intercedió ante la Biblioteca Nacional, para que le comprara a Nereo cerca de cien mil negativos. Dos años más tarde, el gobierno le dio la Cruz de Boyacá, la más alta distinción que la nación les confiere a sus ciudadanos, establecida por Simón Bolívar un siglo y medio antes.

“No soy un buen lector. En mi vida solo he leído cinco libros. Uno de ellos es el libro de García Márquez sobre Bolívar, El general en su laberinto. Leyendo ese libro comprendí por qué Colombia llegó a ser el desastre que es ahora. El otro libro que leí es tu novela sobre los árboles locos. Hombre, usted merece estar en la lista de best sellers del New York Times”.

“Gracias. Estaremos, Nereo. Estaremos”.

El escribano no recuerda las palabras exactas que se dijeron en ese momento. Pero está seguro de ser fiel a las ideas expresadas durante esos tres días memorables con Nereo en la ciudad.

Ante el fracaso realista de su escuela de fotografía, y la intervención mágica de sus ángeles protectores, Nereo decidió venir a Nueva York y quedarse aquí por un tiempo. Ya tenía alguna familiaridad con la ciudad. Casi medio siglo antes había venido para obtener en poco tiempo un diploma de una escuela de fotografía. En aquel tiempo tuvo también un matrimonio fugaz, después de tres semanas de noviazgo, con una chica cuyo nombre no recuerda. Vivieron juntos por seis meses, pero después Nereo regresó a Colombia. Lo único que recuerda es que años después le llegaron unos documentos para tramitar el divorcio, y que los firmó sin ningún remordimiento. Después de tres matrimonios –los otros dos duraron un poco más– y numerosos romances, Nereo parece feliz viviendo solo.

“Los problemas del mundo no se deben al capitalismo o al comunismo, sino a los seres humanos. Es nuestra condición sentirnos siempre insatisfechos, y los desacuerdos generan violencia. En el matrimonio, por ejemplo, mientras la pareja está enamorada hay algo muy importante que los une: el sexo. Pero, cuando el sexo falla, empieza el drama. Mientras hay sexo, todo es hermoso”.

Nereo tiene dos contactos a tierra: su hija, una doctora que vive en Colombia, y quien trata de recordarle de manera dulce que la vida se va a acabar, y la dama detrás del proyecto de libro que se venderá ya saben cómo, otro ángel guardián que cuida de Nereo en Nueva York. Nereo y la dama misteriosa (porque ella no quiere que su nombre se mencione aquí) han venido contemplando el sueño por un tiempo, solo necesitaban un escribano para conquistar la Ciudad. La única esperanza del escribano es que la idea de veras funcione, de lo contrario no tendrá con qué pagar sus muchas deudas.

“No tengo deudas”, dice Nereo. “El otro día me llamó una mujer a decirme que lamentablemente tendrían que cambiar mi tarjeta dorada por una tarjeta plateada, si no hacía uso del crédito que me habían dado. Le dije que podían cambiar la tarjeta a plata, bronce u hojalata, pero que no pensaba gastar más de lo que tenía.”

Nereo abre los ojos detrás de sus enormes anteojos y sonríe con malicia.

“Todavía tengo mi tarjeta dorada”.

Esa sonrisa es uno de sus gestos característicos. El otro podríamos llamarlo un desdén distante. Pero, de hecho, esta aparente altivez podría ser apenas el efecto de una miopía todavía leve. Nereo solo tiene el orgullo de un artista que es consciente del valor de su arte.

Al comienzo del último día, el escribano descubrió que no habían hablado nada del arte de tomar fotos. Pensó que sería bueno para el libro tener una breve reflexión filosófica sobre la fotografía: la batalla entre la luz y la oscuridad, el encuentro de lo temporal y lo eterno, la magia del instante; ustedes saben, ese tipo de cosas. La respuesta, por supuesto, fue directa:

“Yo no sé”.

No saber cosas parece ser un hábito saludable. El escribano había interrogado a muchos artistas –en especial escritores–sobre los secretos de su arte. En cierta ocasión, un amigo suyo llamó “espionaje industrial” a esa costumbre de andar preguntando, pero él prefería llamarlo aprendizaje sobre el oficio. Unos diez años atrás había tenido la oportunidad de frecuentar por unos días a Gabriel García Márquez, tratando de aprender algo de él. El secreto que le robó fue a la vez bíblico y poderoso: “Hay un tiempo para todo, y solo la vida decide quién es y quién no es”.

El escribano guarda silencio. Sabe que algunas de las mejores cosas en una entrevista se asoman después de largos silencios, cuando no se ha preguntado nada. También juega con la culpa de Nereo, después de una respuesta tan maleducada.

“Pregúntale al cantante por qué canta”, aquello fue en un restaurante colombiano en la  Roosevelt Avenue, en Queens, donde Nereo devoró con lentitud y de manera implacable uno de los platos más grandes del  menú. “Puedo decir que la mayoría de los mejores trabajos que he hecho los hice sin pensar”.

 

Cuando se considera la precisión sobrenatural que se requiere para tomar algunas fotos, como la imagen de los tres muchachos saltando a las aguas del río Magdalena,  no queda otra opción que estar de acuerdo con lo que dice. Solo el dedo pudo saber el momento perfecto. Si la orden la hubiera enviado el cerebro, nunca habríamos sido testigos de la plasticidad de ese árbol humano. Si la foto hubiera sido tomada una centésima de segundo antes o después, nos habríamos perdido la evidencia fotográfica de que los hombres pueden volar.

“Cuando eres joven piensas que tienes que tomar muchas fotos o, dado el caso, tomar muchos apuntes. Pero ahora rara vez puedes verme con mi cámara. Bueno, aquí en Nueva York hay muchas cosas interesantes. Pero, de todas maneras, no uso mi cámara todo el tiempo”.

El escribano recuerda que durante esos tres días no ha visto a Nereo tomar una sola foto, a pesar de que ha llevado siempre con él su pequeña cámara digital.

“A veces solo tomo fotos para mí, con mis ojos. Voy caminando y pienso: ‘Mira, Nereo. Qué bonita foto esa’. Hablo conmigo todo el tiempo: ‘Hey, Nereo. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te has sentido triste en estos días?’ ‘Nada en particular, Nereo. Es el estrés de haber pasado de PC a Macintosh. Ahora tengo que aprender a usar todos esos programas, y quiero hacerlo lo más pronto posible. No quiero perder tiempo”.

Eso explica que Nereo tenga el hábito de hablar de sí mismo en tercera persona. Dice, por ejemplo, que cuando se vino a vivir a Nueva York visitó cientos de galerías de arte y bibliotecas, para ver lo que el mundo había estado haciendo en materia de fotografía:

“En el mundo hay muy buenos fotógrafos, y Nereo es uno de ellos. Mi único deseo es estar vivo para ver que se reconoce”.

Pero Nereo no es la única persona con la que Nereo habla a solas. También habla con su madre, casi ocho décadas después de su muerte.

“La invoco todos los días. Me enseñó que el rencor es malvado”.

Nereo vive hoy en un cuarto alquilado, en una casa de familia situada entre Brooklyn y Queens, pero casi nadie sabe con exactitud dónde queda. Está obsesionado con aprender todos los secretos de la era digital. Hace poco, con la ayuda del internet, encontró un viejo amor, una pintora francesa a quien le tomó “uno de los retratos más hermosos que jamás se han hecho”. Pero, aunque los dos viven solos, no han pensado en vivir juntos. Han concluido que vivir solos es la mejor manera de vivir.

Y solo está Nereo, y solo está el escribano, y solas están las criaturas de la ciudad de los ermitaños.

Al final de su viaje, están en la Biblioteca Pública de Queens, en Corona, mientras esperan a la dama misteriosa. Ella ha prometido reunirse allí con ellos, porque les tiene noticias sobre el libro que están preparando.

Han hablado sobre casi todo. Nereo habló de su vida como huérfano, de su costumbre de dormir en autobuses —y eso podría explicar su pasión por el tren subterráneo—, ha hablado de sus múltiples oficios: mecánico, administrador de un teatro, actor de cine; hasta que encontró la fotografía, como los místicos encuentran a Dios.

Han hablado sobre política:

“Los nórdicos encontraron la fórmula. Usan los impuestos para impedir que el capital se vuelva voraz, y usan esos impuestos para darle a la gente oportunidades. El error de la Unión Soviética fue pensar que todo el mundo, el perezoso y el entusiasta, merecían lo mismo.”

Sobre América Latina:

“Latinoamérica se está haciendo consciente de su propio valor, y el capitalismo se siente amenazado”.

Sobre las mujeres:

“¿Cómo has podido vivir tanto tiempo sin una mujer?”, preguntó.

“Yo no sé,” el aprendiz empezaba a aprender.

Sobre la vejez:

“Cualquiera es más joven que yo”.

Y, por supuesto, sobre fotografías:

—Hice una foto como esta hace cincuenta años —el dedo de Nereo es brillante y sus huellas digitales están casi borradas por efecto de los líquidos que se usaban para revelar.

Pero el escribano sabe que todavía hay algo que falta. Años de periodismo le han enseñado a esperar, a escuchar con paciencia, a tolerar digresiones y repeticiones, a estar alerta al momento inesperado en que ocurren los milagros.

“Te digo que solo hay unas pocas cosas que de verdad me sorprenden”. Nereo lee la sección de Arte y Cultura del New York Times. “Cuando vi el montaje de Don Quijote, que hizo el American Ballet Theatre, no sabía si era que estaba drogado o si estaba en una nube. Ni siquiera podía estar seguro de que existía. Pero, cuando por fin salí a la calle, después de dar unos pasos y de apoyarme contra una pared, alcé los ojos y le di gracias a Dios, a la Divina Providencia, a los ángeles guardianes o a cualquiera que sea la fuerza que mueve el universo, por haberme permitido vivir lo suficiente para ver eso”.

Después de escuchar esas palabras, el escribano supo que su trabajo había concluido. Supo que la clave de todo, ya sea buenas fotos o buenas vidas, es una mezcla de aprecio y gratitud. Cerró el cuaderno, olió la pluma antes de guardarla en el bolsillo y suspiró.

Esa noche, mientras comía helado en Astoria con Nereo y la dama misteriosa, el escribano supo que tendría que escribir en inglés el testimonio de esas conversaciones. Después de pasarse la vida tratando de decir cosas en español, supo que aquello sería como escribir con las manos atadas y hundiendo las teclas con la punta de la nariz. Pero igual se sintió agradecido.

  Nueva York, mayo de 2008.


 

martes, 18 de agosto de 2020

¡Ha vuelto Gabito!

Mis encuentros con Mercedes Barcha fueron mínimos, pero -ahora que lo pienso- a ella le debo que García Márquez haya aceptado hablar conmigo durante la investigación que hice para Un ramo de nomeolvides

Silencio y discreción fueron los rasgos esenciales del soporte moral y el contacto a tierra de Gabriel García Márquez. El García Márquez que conocimos en buena parte fue una obra suya.

Un fragmento de Un ramo de nomeolvides

 Conversación con Mercedes Barcha | EL PAÍS México

Cuando el periodista ya se marchaba a su casa, un poco después de las nueve de la noche, cansado por la espera, decepcionado ante la idea de no poder hablarle, Carola, la señora de los tintos le dio la buena nueva.

“Ya llegó”, dijo desde su centro de operaciones, un cuartico diminuto que esa noche se veía invadido por meseros. Con sonrisa de triunfo compartido, Carola hizo un gesto en dirección a la redacción. Cuando ya renunciaba a la espera, había llegado.

En el periódico había un aire de fiesta privada. Desde comienzos de la tarde, un ejército de meseros y operarios había venido organizando el evento de la noche en un aislado rincón de la terraza, un privilegiado mirador que da al Castillo de San Felipe de Barajas.

Era el cinco de enero de 1995. Cartagena estaba en temporada taurina. Las gentes principales del país habían asistido a la plaza de toros a ver y ser vistos. Vieron a un hombre muy cerca de la muerte, vencido y humillado por un toro que lo zarandeaba como a un trapo.

Para esa noche un grupo selecto había sido invitado a una fiesta en las instalaciones de El Universal.

Pocos eran los elegidos. Vendría el Presidente de la República con la Primera Dama, vendrían varios Ministros y el Contralor, vendrían senadores, magistrados, dueños de periódicos, cabezas de grupos económicos, el Alcalde Mayor de la ciudad y vendría el Premio Nobel, ese sexagenario al que el periodista llevaba casi un año hurgándole el final de la adolescencia, la fuerza poderosa y errática de los veinte años, los primeros pasos, las primeras manifestaciones de su genio, las primeras caídas, pero también las primeras alegrías de una vida de esfuerzos y triunfos desmesurados.

 Ver pasar todo el día personas por los vidrios de su oficina, había terminado por agotarlo. La oficina quedaba en el segundo piso, en la salida hacia la terraza, y durante todo el tiempo el desfile de operarios y meseros le había estado recordando que esa noche tendría una oportunidad inmejorable de abordar a Gabriel García Márquez.

La corrida de toros había terminado hacía ya mucho rato. Como desde las ocho, el desfile de empleados había dado paso al desfile de invitados, pero ninguno era el hombre esperado. A las nueve de la noche, la ansiedad era vieja y pesada.

Pensó que sería difícil hablarle esa noche. Si no conseguía abordarlo en el camino hacia la terraza perdería una oportunidad tal vez irrepetible. Más tarde le sería imposible acercarse entre escoltas y recepcionistas, cuando la fiesta hubiera comenzado.

Antes de la noticia de Carola, el trabajo de la tarde, la disposición sobre una mesa de los libros con los periódicos de 1948 y 1949, las sillas preparadas para su visita a la oficina, parecían ser un trabajo perdido.

Con el gesto de Carola las cosas cambiaban. Quedaba todavía una esperanza.

La inmensa sala de redacción –en un extremo del segundo piso–, llena de computadores y escritorios y luces de neón, estaba casi desierta.

Frente a uno de los computadores del fondo, Fidel Ernesto García, el editor nocturno, preparaba las notas para la página del cierre. Los tiempos han cambiado, hoy casi todos los periodistas se marchan temprano.

Al final de la sala de redacción, en el cuarto de comunicaciones –donde están los equipos que reciben los cables noticiosos y las fotografías de las agencias–, había un grupo de personas. Brillaba entre ellos un hombre vestido de blanco.

 Se piensan tantas cosas cuando se tiene tan cerca el peso de la fama y de la gloria de un hombre al que se le han estado estudiando sus años de modesto anonimato.

Está de espaldas a la puerta. Recibe unas indicaciones sobre la forma como llegan las fotografías internacionales. Al ver su cabello ondulado, gris y blanco, con una calvicie incipiente y semioculta en la coronilla, se piensa en la agreste firmeza de su cabello a los veinte años, en el hilo de Ariadna que son los cabellos.

El resplandor color marfil de su vestido hace que se le recuerde muy tieso y muy majo, doce años atrás, parado sobre el primer palito de una ene gigante, recibiendo el galardón literario más reputado del mundo, llegando a la inmortalidad como quien salta un muro, sintiendo en su cabeza un vértigo cabalgante. Pero también se recuerdan sus ropas lejanas, las de su juventud, su guayabera color salmón, sus medias verdes, sus camisas amarillas que luchaban cuerpo a cuerpo con el sol.

Ha regresado a El Universal, pero es un regreso extraño. Sólo hay un remoto parentesco entre ese diario rebelde y limitado que nacía cada noche en una casa derruida en la calle San Juan de Dios y esta fiesta de luces y tecnología a la que ha regresado.

 Viéndolo mirar la pantalla de un computador es posible pensar que muy adentro está intentando recordar aquellas noches de luces mortecinas, aquellos rostros hoy muertos o envejecidos.

Su sensibilidad le dice que alguien más ha entrado a la oficina. Se vuelve, apacible, jovial, su bigote entrecano se extiende en una sonrisa. Luego vuelve a atender la explicación sobre las fotos. Mira el enredo de cables de computador que hay tras una mesa y dice que él quiere para su casa una escultura así.

Su esposa lo acompaña con comentarios, tiene un vestido color café, sobrio y elegante.

Al lado de ella están el alcalde de la ciudad y la Primera Dama. Los acompañan un operario y el subdirector del periódico. El periodista espera en silencio junto a la puerta, organiza las ideas, piensa lo que le dirá. Aguarda el momento de echar el zarpazo.

 

[…]

 

Ahora está aquí. Es el 5 de enero de 1995. Visita la moderna sede del que fue su periódico, regresa después de mucho tiempo. No venía a El Universal desde cuando aún no era Nobel.

Sólo ahora ha decidido acceder a la persistente invitación que le han hecho los directivos. La principal motivación es una fiesta. Podría asegurarse que la nostalgia no está entre sus planes para esa noche. Quiere disfrutar la fiesta y ver si es posible empezar, en la sede de El Universal, las clases de su Escuela de Periodismo.

Tal vez el recuerdo de Zabala lo haya llenado de curiosidad por ver la evolución de ese periódico y así llegó hasta la sala de redacción. De allí lo llevaron al cuarto de comunicaciones, donde le explicaron el funcionamiento de los equipos. Allí llegó un periodista y se plantó en la puerta a organizar ideas y a esperar el momento de echar el zarpazo.

Y el momento llegó. Gabriel García Márquez se cansó de la sala de comunicaciones e invitó al grupo a retirarse hacia otro lado. Los primeros en salir fueron el Alcalde, y su esposa. Detrás salió él. “Ahora o nunca”, pensó el periodista.

“Mi nombre es Gustavo Arango. Por medio de don Víctor Nieto he tratado de ponerme en contacto con usted”.

“Don Víctor no me habla. No quiere que opine nada sobre las películas que van a venir al Festival”.

Es hábil. Dos palabras y ya está intentando cambiarle el rumbo a la charla. Por muchos medios se le ha informado del proyecto que existe de hacer un libro sobre esos años. Es casi seguro que él lo sabe, pero elude el tema.

“Estoy escribiendo la historia de su paso por este periódico”.

“Para qué, si eso ya se conoce”.

“Siempre quedan cosas por decir”.

En ese momento, el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez escapó de la marca asfixiante del periodista y corrió hasta un televisor. En un noticiero estaban pasando la cornada que recibió esa tarde el torero español Ortega Cano.

“Se han demorado mucho para atenderlo”, dice con su extraño acento guajiro–mexicano.

Minutos después, cuando el grupo caminaba rumbo a la terraza, el periodista le habló a la mujer de vestido café que venía adelante:

“¿Quiere ver lo que escribió su esposo cuando tenía veinte años?”.

Sorprendida, Mercedes Barcha de García Márquez se dejó conducir hasta la oficina, lo mismo pasó con quienes le seguían.

Sobre la mesa estaba abierto El Universal del 20 de mayo de 1948, en la página cuarta, donde apareció el ‘Saludo a Gabriel García’ que escribió Zabala.

García Márquez se acercó, miró la nota con desdén, se movió impaciente frente a esos periódicos amarillentos, pero era evidente que hubiera querido estar completamente solo para darle rienda suelta a su curiosidad.

“Todo lo que yo hice en El Universal salió en la página editorial”, dijo, erguido, moviéndose con inquietud por la oficina. “Tú no encontrarás nada en otras páginas”.

El periodista pensó en la advertencia de Angulo Bossa. Por fortuna ya estaba preparado y podía desmentirlo.

“No es cierto. Hay textos suyos en otras páginas”.

“A ver, cuáles”, dijo burlón.

“Está la entrevista a Guerra Valdés”.

“¿Y ahí dice que la escribí yo?”

“No, pero están los nombres de los cuatro”.

“¿Cuales cuatro?”

“Zabala, Rojas Herazo...”.

“Sí, sí”, interrumpió. “Qué te dijo Héctor”.

“Recordó algunas cosas. Habló de Zabala. También hay otros textos. El de la Virgen de Fátima”.

Gabriel García Márquez volvió a mirar los periódicos, ahora más interesado.

“Muéstramelo, yo lo veo”.

Meses de práctica con esos viejos y enormes libros verdes de periódicos amarillentos y asfixiantes, hicieron que el periodista encontrara rápido el texto. De la enorme bodega situada al lado de los parqueaderos, había traído a esa oficina todos los libros de 1948 y 1949. Allí permanecieron hasta el final del trabajo.

“Mire el final de la nota”, le dijo, señalándole la segunda página del periódico del domingo 30 de octubre de 1949. “Esa descripción de las flores me parece suya”.

Gabriel García Márquez llevó una mano al bolsillo de su camisa guayabera, sacó unas gafas de lentes gruesos y se volcó sobre el periódico. Leyó con atención.

El periodista pensó en todo lo que había leído ese hombre a lo largo de su vida, en sus ojos nublados de águila que escudriñaban el texto.

“Yo sí estuve en Magangué y vine con la Virgen en el avión, pero no recuerdo haber escrito esto”, dijo.

Siguió leyendo. En ese momento entró a la oficina el Contralor General de la Nación y lo saludó efusivo.

“¡Ajá!, de regreso a El Universal”, le dijo.

García Márquez se levantó, sonrió, dijo una vieja frase: “Yo siempre estoy en El Universal”, y volvió a doblarse sobre el periódico.

“No recuerdo...”.

“Mire el comienzo”.

El hombre repleto de gloria, blanco como una virgen, rodeado de personalidades como palomas, se inclinó y volvió a leer.

 

Un ramo de nomeolvides: Garcia Marquez en El Universal (Spanish Edition) by [Gustavo Arango]

Un ramo de nomeolvides (Kindle)

Edición impresa




jueves, 13 de agosto de 2020

De regreso a Popayán

Una reseña de "La casa del señor Medina", de Francisco González Medina,

en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República

 La casa del señor Medina

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La casa del señor Medina

Francisco González Medina

Universidad del Cauca, Popayán, 2016, 185 pp., il.

“Todo el mundo es Popayán” llegó a ser una expresión popular en el siglo XIX. Era la línea de un poema que señalaba la ubicuidad de las virtudes y los vicios, y ponía en evidencia la centralidad y la importancia de la llamada Ciudad Blanca. Escenario de la historia, cuna de presidentes, la capital del hoy departamento del Cauca gozó de una distinción que el tiempo parece haberle arrebatado. Uno de los temas que subyacen en La casa del señor Medina es justo el de la gloria diluida por los años, el del abismo infranqueable entre la épica de la historia y la prosaica insignificancia que se apodera de los escenarios de esa historia.

La novela tiene una premisa convincente y bien presentada: Alejandro y Laura, una pareja de periodistas que ya empieza a considerar la idea del matrimonio, viajan a El Tambo —un pueblo en las afueras de Popayán— con la intención de comprar una casa que perteneció a los ancestros de Alejandro. Al principio, el motivo de la compra parece sentimental: la madre y las tías del personaje vivieron en la enorme casona y Alejandro pasaba allí sus vacaciones cuando era niño y adolescente. La idea de comprar una casa en un pueblo casi sin vida, amenazado por tomas guerrilleras, parece descabellada. Pero, cuando habla de sus motivos, la pareja afirma que también los mueve algo que puede ser llamado orgullo de estirpe, pues durante las luchas de Independencia un remoto antepasado de Alejandro había tenido una actuación heroica en el lugar. Juan María Medina salió de Popayán, el 22 de julio de 1816, al mando de un ejército de aguerridos jovencitos entre quienes se hallaban José Hilario López y Tomás Cipriano de Mosquera, y el 29 de julio cumplió un papel protagónico en la batalla de la Cuchilla de El Tambo, contra el ejército de Juan Sámano.

La cita en la notaría, para oficializar la compra de la casa, es un viernes en la tarde; pero un contratiempo de última hora obliga a aplazar la gestión hasta el lunes. La pareja no parece contrariada por el retraso. Alejandro y Laura deciden disfrutar de la vida tranquila del pueblo y darle un vistazo a esa casa que está a punto de derrumbarse. El resto de la novela se dedica a seguir la vida y los recorridos de la pareja, su turismo de pueblo (con el colorido y oportuno sábado de mercado), su visita al lugar de la batalla legendaria, y sus encuentros y aventuras (incluida una toma guerrillera que la gente parece tomar como un evento rutinario), hasta que llega el día de cerrar por fin el negocio. La convivencia con la pareja le revela al lector que hay un motivo adicional para la compra: las historias que circulaban en la familia de Alejandro, sobre luces errabundas y apariciones de virreyes, parecen indicar la presencia de un tesoro escondido en algún lugar de la casa.

El estilo de la novela está gobernado por la idea de que menos es más. Es claro, directo, sin excesos; permite disfrutar el cambio de registro del relato, que por momentos es crónica de viaje, cuadro de costumbres, relato intimista sobre la vida de la pareja, reflexión borgiana sobre el tiempo, memoria familiar (la historia del descabezado es verdaderamente explosiva), novela de iniciación sin asomo de culpa (de un Alejandro adolescente en brazos de la india Jacinta), novela gótica, relato policial y, al final, comedia de errores (para no estropear la lectura, digamos que el suspenso sobre la búsqueda del tesoro no decepciona).  La coincidencia del apellido Medina, en el título del libro y en el autor, invita al juego de identificar y discernir la realidad de la ficción. El libro viene acompañado por unas fotografías que aportan poco, salvo —quizá— por la imagen del aviso de tablas desgastadas y escrito a mano que conmemora e intenta en vano elevar la estatura del paraje donde ocurrió una de las batallas más importantes de la historia nacional.

La novela acierta en describir la impotencia que sentimos ante los lugares historiados. Durante un recorrido por la casa que se disponen a comprar —con la esperanza de que su percepción de clarividentes aficionados les ayude a ubicar el tesoro—, Alejandro piensa que quiere hacer lo mismo en la Cuchilla:

Romper el velo del tiempo y verle a la cara a Juan María Medina, el pariente que comandó a los guerreros porque conocía el terreno como la palma de sus manos. Ver su expresión, gestos, gesticulaciones, mirada, movimiento de labios, de cejas, las manos en las riendas, posición del cuerpo en el caballo, su grito de guerra. Pero debo conformarme con el fantástico inmaterial. (p. 96)      

En otro momento del relato hace “rotos en el tiempo” (p. 156) para viajar a la época en que pasaba sus vacaciones en la casa, cuando su interés eran los abrazos furtivos de Jacinta. Ahora intenta regresar a ese pasado para leer las facciones y los gestos de la familia y la servidumbre, para sopesar la credibilidad de las apariciones y recordar detalles que puedan ayudar a dar con el tesoro colonial. Pero el pasado se niega, la sensación es siempre de impotencia.

Idéntica impotencia para cruzar el umbral parece sentir frente a Laura, una mujer bella y segura de sí misma, que al final del relato decide tomar las riendas de la aventura. Alejandro no deja de notar su belleza, de nombrar el amor que siente por ella, pero lo hace con tanta insistencia que parece preocupado por el riesgo de olvidar o perder lo que percibe y siente. El “velo” del presente también se niega a romperse.

El minimalismo del estilo también se aplica a los personajes y a su relación. En este caso, queda la sensación de un esbozo plano, sin matices. Es evidente que Alejandro ama a Laura, no deja de repetirlo: “Laura está divina, podría jurar que en nueve años de amores luce más hermosa” (p. 73). Pero, en una novela de intrigas y misterios, de sospechas constantes, un amor tan libre de sombras no deja de despertar sospechas. Los personajes principales son como espacios vacíos cuyos pocos indicios no dejan de ser inquietantes. Alejandro, por ejemplo, vive obsesionado con la estatura de la gente: nos dice que él mismo mide 1,70 centímetros y que su abuelo —a quien llamaban “el roble de Guazáraba”— medía 1,90; señala que Laura se ve más alta que él si se pone zapatos de tacones altos y dice que cuando se bañan juntos él empina los pies (“ahora soy más alto que ella”); la abacera le parece baja de estatura (“yo diría muy pequeña”), y el lunes de la firma de la escritura el notario “luce encogido, más pequeño”.  Es de suponer que la insistencia quiera decir algo, pero ese algo se escoge y se hace invisible como el tesoro que estamos buscando.

Algunas siestas homéricas — “trepamos por una calle de casas construidas a lado y lado” (p. 37), “nos dejamos llevar por los sentidos [...] que nos llegan del olfato” (p. 50), “el clima pasional que arde y abraza” (p. 29)— adoban esta novela, por lo demás limpia, seductora y bien escrita, en la que un olvidado rincón de la historia vuelve a ser escenario de los vicios y virtudes —quizá tibios por el paso de los años— de ese mundo central y omnipresente que alguna vez fue Popayán.

 







sábado, 8 de agosto de 2020

El rostro ambiguo de la mujer sin adornos

 Robert Louis Stevenson - Freedom From Religion Foundation

Robert Louis Stevenson


La historia transcurre en un sitio desolado: la propie­dad rural del juez Adam Weir, un hombre “adamante”, severo e implacable, por encima de cuyo dictamen y autoridad solo parece estar la voluntad de Dios. A Weir lo llaman “el colga­dor”, porque no vacila en condenar a la gente a la horca si las leyes lo establecen y el delito lo amerita. Su esposa, Jean Rutheford, es una mujer sin gracia, hija de una estirpe larga­mente arraigada en la región. El suyo es un matrimonio sin amor. La mujer siembra en Archibald, el hijo, una mezcla de desprecio y reverencia hacia su padre. El juez es rara vez amable con Jean o con su hijo; solo muy pocas veces condes­ciende a conversar con Kirstie, la criada, dueña en espíritu de aquella casa.

La muerte de Jean parece no afectar el ánimo de su esposo y de su hijo. Se mudan a Glasgow, donde el juez sigue cumpliendo con su deber de colgar criminales y el hijo decide estudiar para ejercer la misma profesión. Desayunan, cenan y callan juntos, en medio de la indife­rencia del padre y del resen­ti­miento del muchacho. Un día, Archie es testigo de la cruel­dad burlona con que su padre envía a la horca a un ladron­zuelo, y la ira contenida se desborda. En la plaza, en el momento de la ejecución, cuestiona a gritos la autoridad de esa justicia que comete crímenes peores que los que está juzgando.

La reacción de su padre no se deja esperar. Esa misma noche se decide que su castigo sea el destierro en la propiedad rural de Hermiston. Kirsten, la criada, ahora una mujer de cincuenta años, observa con misteriosa dicha la llegada de un Archie ya hombre, de diecinueve años. No es difícil para ella adueñarse de las veladas nocturnas, con historias de familia y leyendas locales. Todas sus emociones de mujer incompleta se vuelcan a esas horas compartidas con el chico que la escucha con atención resignada. Todo parece perfecto. El castigo no parece tan severo. “El recluso”, como lo llaman en el pueblo, disfruta del silencio y de la soledad. Hasta el día en que conoce a la sobrina de Kirstie, también llamada Kirstie, y todo cambia de manera radical.

Es certera, sin sentimentalismos, la descripción del encuentro de Archie con la chica, del enamoramiento, de sus reuniones secretas —sobre la piedra de una tumba legen­daria— a pesar de que la relación es imposible. La visita nocturna de la vieja criada, al cuarto de Archie, con su delirio de mujer contrariada, es una escena sublime y aterradora. En el llanto de la chica con que termina la novela, la tierra toda y hasta Dios mismo parecen estar llorando. El texto se interrum­pe en pleno llanto, en el justo momento en que Archie la sostiene en sus brazos y observa “el rostro ambiguo de la mujer sin adornos”. La última frase es intraducible sin que se pierda su fuerza: “It seemed unprovoked, a wilful convulsion of brute nature”.

Es de entender que el autor de esa frase perfecta sintiera que el día de trabajo estaba más que bien librado. Es razonable que estuviera de buen humor y que se ofre­ciera a ayudar a su esposa a preparar la ensalada. Estaba casi escrito en las estrellas que se llevara las manos a la cabeza y que gritara de dolor, poco antes de caer al suelo. No podía tener otro final el “contador de cuentos” de Vailimia.

Samoa lloró su muerte y le rindió emotivos homenajes. Quizá esa muerte fuera necesaria para dejar en el punto culminante la que muchos consideran su mejor novela; en lugar de cerrarla con capítulos desganados. Es dudoso que el título —Weir, el de Hermiston— fuera definitivo. Hay años de razones para creer que la dedicatoria a su esposa es de naturaleza apócrifa o por lo menos irónica. Pues hay pocas novelas tan lúcidas y agudas sobre lo que es y significa una mujer.

De 'Relecturas"

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