domingo, 7 de abril de 2019

Una entrevista en PBS MIami

Este domingo 7 de abril, en el programa Colombia al día, una entrevista con el periodista Enrique Cordoba, 
canal 17 WLRN, PBS Miami.








sábado, 6 de abril de 2019

Un olvido llamado Chocó

Serie publicada en El Universal de Cartagena, en agosto de 1991.

Foto León Darío Peláez, Revista Semana



Un olvido llamado Chocó 

1. Esperando con rabia la llegada del cólera

Como los dedos pequeños de los pies, cuya existencia la mayoría sólo recordamos cuando nos duelen, así es el departamento del Chocó.
 Para este país, sumido en la “vida nacional”, el Chocó es sólo la breve reseña de los textos escolares: una tierra rica en recursos naturales, con los niveles  más altos de lluvia, con una población mayoritariamente negra y, al parecer, con poca importancia histórica.
 Pero cuando el Chocó duele, cuando indígenas y campesinos realizan tomas para exigir repuestas, cuando existe la inminencia de una enfermedad que puede convertirse en una de las peores tragedias nacionales, los ojos se ven obligados a dirigirse en dirección a ese olvido en el que está reflejada la errónea y errática historia de este país en que vivimos, una historia menos glorioso de lo que se cree.

En los tiempos del…
 Ahora el Chocó duele por el cólera. No tanto porque las familias humildes de indígenas y campesinos estén en riesgo de desaparecer, sino porque ese mal, que hasta ahora se ha restringido a regiones marginadas, en cualquier momento puede dar el salto que involucre a todo el país en el problema.
 El cólera es algo más que un término con el que pueden hacerse juegos de palabras; es una realidad que desde el sur del país ha venido desplazándose lenta pero inconteniblemente, haciendo pensar, en las poblaciones que visita o amenaza visitar, que hay que hacer algo, que hay que tomar medidas contra  ese enemigo silencioso que en menos de 24 horas puede acabar con una vida.
 No es gratuito que el cólera haya legado a Colombia por el Pacífico, no es cuestión de suerte que las primeras víctimas correspondan a las regiones en las que el abandono es evidente, no es ni siquiera asombroso que las tasas de mortalidad sean altas, en la costa Pacífica y el Chocó siempre lo han sido, lo que nos pone a mirar hacia el Chocó con asombro y hasta lástima es el simple hecho de que el cólera también puede llegar a atacarnos a nosotros.

El Chocó para Colombia

El destino de esta enfermedad, que tiene un lugar ganado en la historia por su poder arrasador, depende en lo que respecta a nuestro país, de lo que pueda hacerse en la capital del Chocó. En ese sentido el panorama no resulta esperanzador.
 El primer caso de cólera en el Chocó se presentó el 15 de junio pasado en el Alto Baudó, al sur del departamento, una zona con estrecha relación comercial con los puertos del Pacífico donde se inició la epidemia.
 Se estima que en muy pocos días el cólera llegará a Quibdó donde por las condiciones de vida (solo el 10% de la población cuenta con servicios públicos) encontraría un terreno abonado para su propagación y radicación definitiva, constituyéndose así en una endemia más en estas tierras donde los males parecen no querer marcharse nunca.
 Otra consecuencia de la llegada del cólera a Quibdó sería su propagación inmediata a todas las poblaciones que viven del río Atrato, hasta el Golfo de Urabá y de ahí a toda la Costa Atlántica Colombiana, región con la que el Chocó mantiene un contacto comercial permanente.

Espera rabiosa e impotente

Todo parece indicar que el cólera no va a detenerse en el Chocó. A pesar de la inminencia del problema, las autoridades de salud sólo empezaron a tomar medidas al respecto hace dos semanas, cuando Quibdó fue escenarios de dos importantes encuentros: el Quinto Encuentro de Pastoral Afroamericana y el Congreso Indígena, que reunió a cerca de dos mil personas de fuera de Quibdó, algunas de ellas provenientes de zonas a las que ya ha llegado el cólera.
 Fue entonces cuando se pudo comprobar que el Chocó no está preparado para afrontar una epidemia como la que puede avecinarse. El balance de recursos permitió comprobar una vez más el ínfimo respaldo con que cuentan las regiones marginadas del país.
 El Servicio Seccional de Salud ya agotó su presupuesto de 35 millones de pesos en instalación de puestos de rehidratación en zonas de alto riesgo; pero harían falta 70 millones más para que la labor preventiva y de atención pudiera estar a la altura de la emergencia que se avecina.
 Ante la limitación de recursos, las autoridades de salud departamental han recurrido a la ayuda de equipos misioneros del Atrato y otras organizaciones para lograr una mayor cobertura. Pero tras esa delegación de funciones hay algunos que ven una forma de eludir las responsabilidades en caso de hacerse incontrolable la epidemia.
 Viendo esta situación, no puede dejar de pensarse que la principal causa de Cólera en el Chocó no es el virus que lo produce, sino esa ya vieja enfermedad que es el abandono. Con rabia contra esas condiciones, el Chocó espera enfrentar un síntoma más de un mal que no se cura con sales de rehidratación.

Dios no lo quiera

En el Chocó se espera con impotencia la irrupción de la cólera. Sin mucha esperanza se  adelantan las campañas higiénicas. Las personas responsables de la prevención y atención de los posibles casos sólo aspiran a poder menguar los efectos devastadores de la epidemia.
 Mientras tanto, la población espera resignada el nuevo mal que cae sobre el departamento, confía en Dios para que la epidemia no tenga las proporciones que se le vaticinan sigue al frente de esa lucha por la vida que sostiene desde hace siglos, una lucha en la que hay que derrotar día tras día al olvido y la marginación a que el país somete a una de las regiones de las que mayores riquezas ha extraído y tiene aún por extraer.




Foto León Darío Peláez, Revista Semana


2. Pobreza en la región de las riquezas

La historia del Chocó está repleta de paradojas. La más evidente de ellas es el hecho de que a pesar de ser uno de los departamentos con mayores riquezas naturales, aún después de varios siglos de intensa explotación, las condiciones de vida de sus habitantes se encuentran entre las peores del país.
 La inmensa riqueza del Chocó, representada en madera, oro y platino, principalmente, ha ido a parar a los grandes capitales nacionales e internacionales sin que la población del Chocó haya recibido beneficios de ese gran flujo económico.
 Prueba del desequilibrio de beneficios se aprecia en el hecho de que una compañía extranjera, la International Ming Company, que durante casi sesenta años extrajo oro y platino del Chocó, regaló a la ciudad de Nueva York el Madison Square Garden, uno de los escenarios más monumentales del planeta, con un costo inimaginable para los sufridos habitantes de un departamento en cuya capital después de cinco días sin llover hay emergencia sanitaria porque el acueducto son las nubes con sus frecuentes aguaceros y las alcantarillas son lujos prácticamente inexistentes.

El oro del anillo que llevas en la mano

La historia del Chocó ha sido la de la miseria en medio de la riqueza. Desde finales del siglo XVII llegaron a esta región colonos españoles e ingleses que encontraron en los esclavos negros el vigor necesario para los arduos trabajos de minería.
 La extracción de las riquezas del Chocó ha estado en manos de los negros, aunque ellos no hayan recibido ningún beneficio. Aún hoy se les ve acercarse desde tempranas horas a los ríos, las mujeres con bateas y los hombres con dragas que no les pertenecen, para obtener el oro que después de siglos la tierra aún no se ha cansado de entregar; cantidades de oro que en las ciudades valen una fortuna y que a ellos a duras penas les reporta lo suficiente para el mercado del día.
 La historia del Chocó no es sólo la historia de una explotación minera sino también la de una explotación humana. Esa población de Quibdó, en su mayoría de origen rural y esa población negra e indígena que habita la densa red fluvial del departamento, han sido no sólo víctimas de los grandes empresarios sino también de la politiquería, ese mal que corroe los gobiernos de la región para el que el beneficio individual se antepone a la realización de programas en beneficio de la comunidad.
 En medio esta historia, en medio de tantas riquezas que se fortalecen y se van sin dejar nada, en medio de unas culturas que por sus características son incapaces de participar en el juego de la ambición desmedida, las condiciones están dadas para que la miseria extienda sus tentáculos que un día pueden  llamarse desnutrición, otro, malaria o paludismo y otro, como ahora, cólera, palabra que no sólo designa una enfermedad sino el sentir de un departamento que desde hace varios años busca la forma de sacudirse del atraso en el que lo han sumido los que han llegado a llevarse todo en nombre del progreso.

Desalentadoras perspectivas

En los últimos seis meses han muerto treinta buzos negros durante trabajos con dragas en los ríos; presionados por sus patronos se han esforzado hasta el límite en el que sus pulmones han estallado. Mujeres y niños se pasan jornadas enteras en los ríos para extraer oro; el precio: numerosos casos de artritis desde temprana edad. Los trabajos de extracción de oro implican un riesgo adicional: los daños genéticos a causa del trabajo con mercurio.
 Se haría interminable la lista de abusos e injusticias que se presentan en todos los órdenes de la vida en el Chocó. Las perspectivas hacia el futuro no son alentadoras. Con  la puesta en marcha del Plan del Pacífico, que incluye la construcción de superpuertos y del Puente Terrestre Interoceánico se agravarán las condiciones de vida de muchos habitantes de este departamento.
 Las nuevas obras implicarán el aumento de la explotación de los recursos naturales. Junto al oro, el platino y la madera, se intensificarán trabajos para la extracción de petróleo y metales radiactivos. Grandes extensiones de la selva chocoana serán taladas para hace allí cultivos de especies maderables de alto rendimiento. En todos estos trabajos la función de los propios pobladores del Chocó será secundaria, pues no constituyen mano de obra calificada para los trabajos que allí se realizarán, los cuales, en su mayoría, estarán a cargo de empresas extranjeras.
 Se presentará un fenómeno de expropiación de tierras que entre sus múltiples consecuencias traerá el desplazamiento de numerosas familias a las ciudades con graves consecuencias a nivel social y cultural.
 En tiempos que ya se admite que Colombia es un país multiétnico y pluricultural, el Chocó está a punto de ser el escenario del etnocidio de grupos indígenas y de comunidades negras que han hecho de ese departamento un espacio en el que, bajo el azote de los intereses económicos, se ha gestado una cultura que tendría mucho que enseñarle a esa otra, voraz y destructiva, de la que formamos parte; una cultura para la que el móvil principal no son las riqueza y el poder, sino algo mucho más sencillo y a la vez más importante: la vida, esa riqueza suprema que en el Chocó también abunda a pesar de aquellos que se empeñan en que sea lo contrario.


Foto León Darío Peláez, Revista Semana


3. De todas maneras la vida

En el Chocó se siente como si la tierra apenas estuviera en proceso de formación. Diluvios que duran varios días y noches, truenos permanentes, propiciados por la riqueza mineral del suelo, extensiones inmensas de vegetación en la que la presencia del hombre sólo ha dejado leves rasguños. El mundo parece recién creado.
 Allí, en medio de una naturaleza que todo lo domina, de la que todo depende, en condiciones que resultan difíciles de imaginar en las cómodas ciudades, han hecho como un mundo aparte los indígenas que tienen su último reducto en las cabeceras de los ríos, rincones inhóspitos a los que los ha llevado una invasión que empezó hace varios siglos.
 Allí también ha subsistido, sin perder por completo su identidad, pedazos de África traídos a este Nuevo Mundo contra su voluntad.
 Allí la tierra todavía es un bien sagrado.  Allí todavía la familia es una extensa comunidad que lucha por los mismos intereses; el concepto restringido de familia, el afán desmedido de competir y ser más que los demás aún no ha contaminado por completo a la gente que vive en el Chocó.
 Pero la arremetida de los intereses económicos, de la ambición desmedida, pone en peligro esas culturas llenas de sentido común, de respeto por lo humano y divino.  Apenas recientemente esas culturas, que están en peligro de desaparecer a causa del progreso, se han hecho consciente de que algo debe hacerse para preservar lenguas, formas de vida, maneras de expresar la alegría y la tristeza.
 Dos eventos realizados a finales del pasado mes de junio dan cuenta de la forma como estos grupos amenazados, víctimas durante siglos de innumerables atropellos, buscan la forma de reivindicarse y hacer valer sus derechos.

Embera-Waunana

Durante una semana era común ver por las calles de Quibdó el caminar tímido pero orgulloso de lo que queda de los que una vez fueron los únicos habitantes de un continente perdido.
 A la capital del Chocó llegaron mil quinientos indígenas de los grupos Embera y Waunana, para participar en el Segundo Congreso Indígena. Llegaron con sus pieles pintadas, con sus adornos milenarios, pero también con los trajes de la civilización con la que quieren negociar la posibilidad de subsistir.
 Las organizaciones indígenas han debido pagar con muchas vidas la posibilidad de organizarse para defender sus territorios y sus derechos. Para llegar a tener un representante en la Asamblea Nacional Constituyente, los indígenas debieron vivir una larga lucha contra el paso arrasador de la civilización para mantener con vida su cultura.
 Ahora las perspectivas son mejores. La inclusión del carácter multiétnico y pluricultural de la nación en la nueva Constitución parece abrir una puerta para que los indígenas en Colombia puedan, no solo subsistir, sino progresar dentro de sus territorios, sus culturas y sus propias formas de ida, sin ser víctimas indefensas de los grandes poderes económicos.
 El Congreso Indígena permitió elegir nuevas directivas en la OREWA (Organización Regional Embera-Waunana), el organismo a través del cual los indígenas del Chocó abrigan la esperanza no sólo de sobrevivir, sino de poder llevar, luego de siglos de atropellos y despojos, una vida en la que las relaciones con las demás culturas del país no estén marcadas por los abusos y la desigualdad.

Quinto EPA

Paralelo al Congreso Indígena, se realizó en Quibdó el Quinto Encuentro de Pastoral Afroamericana, evento organizado por la Diócesis de Quibdó, El Quinto EPA reunió delegados de Costa Rica, Panamá, Ecuador, Brasil, Tumaco, Buenaventura, Guapí y Cartagena, entre otros, para fijar las bases de un proyecto Afroamericano de Educación Liberadora, un proyecto que replantee la educación desde las características étnicas de los pueblos afroamericanos.
 La consolidación del concepto Afroamérica ha sido uno de los aportes fundamentales de los encuentros de Pastoral Afroamericana. A través de él se ha puesto en evidencia el hecho de que hay en los pueblos descendientes de los antiguos esclavos africanos, una identidad cultural, unos modos de percepción y de socialización, frente a los que las culturas predominantes de América Latina actúan, a través de la educación, casi siempre de manera alienadora.
 Ser afroamericano no está determinado por el color de la piel o por tener determinadas manifestaciones culturales de evidente origen africano. Ser afroamericano es estar inmerso en una cultura con unos valores propios que actualmente se encuentran en proceso de identificación y reivindicación.
 Un ejemplo claro que muestra el contraste entre la cultura afroamericana y lo que podríamos llamar una cultura nacional es el calificativo de perezosos que muy comúnmente dan las culturas del interior del país a los habitantes de comunidades negras.  Visto desde la perspectiva cultura, esa ‘pereza’ obedece a concepciones diferentes del tiempo y la utilidad.
 Ahondando en el tema saltarían a la vista muchas otras diferencias. En ese trabajo reivindicativo se ha ocupado un amplio sector de la Iglesia Latinoamericana, especialmente la que trabaja con comunidades altamente oprimidas.
 En el Chocó puede sentirse que el papel de la Iglesia es determinante en la defensa de esas comunidades. Desde la Diócesis de Quibdó, a veces en conflicto con la Iglesia Oficial, se coordina un trabajo que busca, no sólo llevar el mensaje evangélico, sino apoyar la formación de mecanismos de subsistencia y desarrollo. Por eso no es extraño que se apoyen iniciativas que busquen modelos de educación liberadora.

De todas maneras la vida

Así, frente a las estructuras anquilosadas de un país que no ha sabido responderle a una de las regiones que mayores beneficios le ha entregado y puede entregarle, desde el mismo Chocó, desde esa tierra que a pesar de todo sigue siendo un derroche de vida, surgen trabajo comunitarios y de defensa de los derechos que son ejemplo para Colombia.
 Allí, en esa exuberancia vegetal que hace olvidar el deteriorado estado en que actualmente se encuentra la tierra, en medio de esa tierra que parece recién creada, la vida sostiene importantes batallas. Allí, observando niños que ríen y juegan en charcos pestilentes, sintiendo la energía contagiosa de las mujeres del Chocó, la fuerza incontenible de esos hombres, negros e indígenas, habituados a la adversidad, se siente que a pesar de todos los males que han caído sobre esos seres, o a causa de ellos, la vida alcanza en el Chocó su máxima expresión.
 No puede dejar de pensarse que los verdaderos oprimidos y marginados de la vida somos nosotros, esos que estamos del lado de los que se han llevado todo del Chocó menos su principal tesoro: la voluntad obstinada y amorosa de vivir que tienen los chocoanos.


viernes, 5 de abril de 2019

Sobre los doctorados

Las dificultades del doctorado en Colombia

Un artículo de Lina Gasca y Miguel Durán,
del Departamento de Comunicación Social y Cinematografía 
de la Universidad Jorge Tadeo Lozano






jueves, 4 de abril de 2019

Aquí y ahora

La columna de Vivir en El Poblado
Fotografía: Bosque de Unadilla, por Louis Constant Duit Instragram: @louis.constant.duit



Cuando alguien dice Nueva York, nos vienen a la mente luces y multitudes, vapores que suben desde las alcantarillas, tiendas, rascacielos, trenes y vehículos de lujo. También es posible que se piense en lugares como el Parque Central o el deslumbrante cruce de calles de Time’s Square, o en sectores precisos de Queens, Brooklyn, el Bronx, Staten Island o Manhattan.
Pero hay otro Nueva York que es muy distinto. Me refiero al estado de Nueva York: un territorio más grande que Nicaragua, donde la ciudad del mismo nombre es lo menos representativo. Más de seiscientos kilómetros separan la Gran Manzana y las cataratas del Niágara, y alrededor de esa diagonal se extiende un mundo de maravillas naturales, de casas centenarias, de granjas, de bosques y montañas, de ciudades intermedias y de pueblos perdidos en el tiempo, entre los que se cuenta mi Siberia.



Leer el texto completo en Vivir en El Poblado






miércoles, 27 de marzo de 2019

La guía perdida


Imagen de la película El abrazo de la serpiente.




Cuando nacemos, el mundo ya llevaba milenios transcurriendo sin nosotros. Hubo imperios, cataclismos, mensajeros divinos, multitudes incontables para las que nuestro nacimiento es sólo un hecho que no existe. Nos reciben parientes y allegados para quienes el mundo ya es un lugar conocido: saben que el agua moja y puede resfriar, que hay que mirar si vienen autos antes de cruzar las calles; saben que hay respuestas que nunca encontrarán. Uno llega convencido de ser la estrella de la película, exigiendo con gritos y llantos taladrantes, engatusando con risas desdentadas. Llegamos al mundo como quien llega a una fiesta cuando ya la mayoría de invitados se marcharon y sólo quedan los últimos borrachos, llorando sin saber por qué, mientras los anfitriones empiezan a lavar vasos y llenar bolsas de basura.
Pasamos la vida encontrando relatos que empezaron antes de nuestra llegada y que seguirán transcurriendo después de que nos vayamos. Tarde o temprano nos marchamos rodeados por personas muy distintas a las que estaban cuando nacimos, ignoramos el destino que tendrán. Nos vamos como quien se marcha cuando la fiesta empieza, no estaremos cuando ocurran los hechos memorables.
Nuestra breve estadía, sin embargo, no garantiza que lleguemos a saber lo que ocurre mientras transcurren nuestras vidas. Del mismo modo como mi padre nunca sabrá lo que fue de mi vida, nunca sabré cuáles fueron sus últimas palabras. Somos como invitados a una fiesta a quienes les han puesto la condición de que no hablen con todos los presentes, ni miren todos los cuadros, ni entren a todos los recintos de la casa.
Es posible decir que la historia que quiero contarles empezó el año en que nací. En aquel tiempo un geógrafo nacido en Medellín andaba por las selvas colombianas dibujando unos mapas. Germán Suárez es uno de los últimos dibujantes de mapas a la vieja usanza: esos que tenían que viajar por parajes inhóspitos, subirse a copas de árboles, cruzar ríos furiosos, para después regresar a mostrarles a los cómodos citadinos cómo era el resto del mundo. Suárez había viajado en avión desde Villavicencio hasta Mitú. De allí salió por el río Vaupés con un grupo de catequistas que tenían sus misiones más allá de la frontera colombiana.  Así llegó hasta un grupo de indios cuyo jefe guardaba, en un zurrón, un curioso tesoro: varios viejos libros en inglés, entre ellos una guía de Nueva York publicada cien años atrás, en 1864. Los misioneros le sirvieron de intérprete para negociar la guía a cambio de una linterna Eveready, pero no fue posible saber cómo habían llegado los libros hasta ese remoto paraje.
Cuarenta y siete años más tarde, en un pueblo perdido en las montañas al norte de Nueva York, yo estaba leyendo un libro de la serie “Aunque usted no lo crea”, de Ripley, cuando me crucé con la historia de la guía. Mencioné el asunto en esta columna y al poco tiempo apareció Germán Suárez, ahora hecho un inquieto septuagenario. Así supe detalles del hallazgo y comprendí que a veces la gente se destaca por asuntos que no son los más relevantes. Podría escribirse un libro con el inventario de maravillas que me ha contado Germán Suárez. Pero la historia de la guía es más lo que oculta que lo que relata. Suárez recuerda poco de su contenido: le llamó atención que el edificio más alto de Nueva York fuera un orfanato de cuatro pisos. Años después, durante un viaje a Estados Unidos, vendió la guía por ochenta dólares a un teniente, de apellido Shoemaker, a quien Suárez le perdió la pista. Es poco probable que Shoemaker aparezca y nos muestre ese libro más pequeño que lo que simboliza. Es seguro que nunca sabremos cómo llegó esa guía hasta los indios, qué explorador perdido se equivocó de selva. Este asunto de la guía es como si alguien se acercara y nos dijera que hemos sido expulsados de la fiesta, preciso en el momento en que se pone buena.

Texto publicado en el periódico Centrópolis, de Medellín, en octubre de 2011.









domingo, 24 de marzo de 2019

jueves, 21 de marzo de 2019

Marilla Waite Freeman



“Si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes”. Recuerdo esta expresión cuando me veo muy seguro sobre lo que ocurrirá. Si la incertidumbre aqueja, esa joya milenaria me recuerda que en cualquier momento puede ocurrir lo inesperado.

A finales de 2007, mi vida estaba más o menos en un limbo. Llevaba una semana descansando, mirando hacia adentro y ayunando. Aquella mañana de sábado me desperté sacudido por intuiciones, por señales vagas e inexplicables. Poco después del mediodía estaba de regreso con una caja llena de libros y manuscritos, de reliquias de una vida que me había sido confiada.

De los suburbios de la vida




De los suburbios de la vida
  
Agradeció el calor
que sacudió su cuerpo
anestesiado de cansancio
el hervor de la sangre
que empezó a liberar
los caminos de hielo
la fiebrecita del instante
el rocío en la frente
la acogida callada
la ternura, el entusiasmo
el tiempo transcurrido en el vacío
el adiós cauteloso
en el que estaba implícita
la invitación y la promesa
el pacto
de seres decididos
a dejar prosperar el amor
en los cómodos rincones de la noche
en losuburbios de la vida





De "Penínsulas extrañas"


miércoles, 20 de marzo de 2019

Henry Shukman: En busca de El Dorado


Texto publicado en el suplemento Dominical, de El Universal de Cartagena, en febrero de 1994.


Henry Shukman: En busca de El Dorado 

Habría pasado inadvertido aquella noche en la Plaza de Los Coches. Fue un viernes y había un acto cultural en ese sitio.
Poco antes de iniciarse el evento, Henry Shukman y su amiga se acercaron hasta los organizadores, acompañados por un guía.
El guía dijo que esa pareja de escritores ingleses quería saber en qué consistían la música y las danzas que iban a presentar. Había un interés particular por la parte musical. Estaban en Cartagena para escribir un artículo para una revista de viajes.
La palabra ‘escritores’ desató una breve y entusiasta cadena de preguntas y respuestas. A los pocos minutos sabíamos que Henry era el escritor, que al día siguiente él y su amiga, la fotógrafa, viajarían a Mompox y a la Sierra Nevada de Santa Marta. Pero lo más sorprendente fue saber que una parte de su última novela Travels with my Trombone: A Caribbean Journey (Si bien el libro no ha sido traducido aún al español, su título en este idioma podría ser: “Viajes con mi trombón: un periplo caribeño) transcurría en Cartagena.
Uno de los motivos principales de la novela de Henry Shukman está en la idea que de niño, en Inglaterra, se hizo de El Dorado, ese sitio legendario que buscaron muchos hombres en América.
Escuchando los relatos de amigos colombianos de su padre, un profesor de historia rusa en Oxford, Henry Shukman empezó desde muy niño a tener el sueño de viajar.
“Colombia era mi propio Dorado”, dice Henry Shukman, alto, juvenil, de mirada curiosa y sonrisa amable. “Como mi padre es judío ruso y su padre llegó a Inglaterra en 1911, no me sentí muy cómodo como un inglés. Esa es la causa por la que escribo y por la que me gusta viajar”.
A los 18 años, pudo volver realidad su sueño. Cuando salió de la escuela, en lugar de seguir estudiando, quiso hacer algo distinto. Fue a la Argentina y allí trabajo la tierra en una granja durante tres meses. Luego viajó al norte, a Bolivia, al Perú, y empezó a tomar apuntes sobre sus experiencias.
Escribía poesía desde los doce años. Sólo durante ese viaje empezó a escribir en prosa. “Antes no sabía que la prosa podía ser muy poética”.
Cuando volvió a Inglaterra, vio que tenía un libro. Lo llamó Sons of the Moon (Hijos de la Luna) y se lo entregó a un agente. Fue difícil encontrar un editor, “Siempre es muy difícil”, pero al final uno se interesó.
Los siguientes tres años, Henry Shukman los dedicó a estudiar literatura y antropología social en la Universidad de Cambridge. Para obtener su Ph.D realizó un estudio sobre los símiles en la Ilíada de Homero. Pero ése fue un período “triste  aburrido”, ya la fiebre de viajar lo había invadido y regresó a las tierras de El Dorado en cuanto pudo.
Este segundo viaje lo llevó con su trombón (un instrumento con el que sostiene una rara “relación de amor y de rechazo”) a Trinidad y Tobago, Guadalupe, Martinica, Ecuador y un amplio territorio colombiano. Tocando con orquestas de los sitios que visitó pudo conocer desde dentro la música del Caribe.
“La gente del Caribe es muy musical. Todos saben algo de su música. Es una lástima que no entienda mejor el castellano para entender más las letras”.
“El vallenato es parecido al calypso en Trinidad, sus letras son anécdotas, pequeñas historias de la comunidad".
“La semejanza entre los tipos de música del Caribe está en que siempre hay una base de ritmo africano con armonía y melodía europea. En Colombia por ejemplo, los esclavos hacían parodias de la música europea pero con ritmo africano. Algo parecido sucede en Dominica con el Jing Ping, que son mazurcas, polkas, valses, sobre un ritmo africano y tienen mucha energía, más que el original europeo”.
El final de ese viaje, realizado en 1990, fue en Cartagena. Aquí terminó su excursión al mito de su infancia.
La historia de ese viaje, alimentada con su fantasía, dio origen a su segunda novela, Travels with my Trombone, un libro por el que se disputaron varias editoriales.
Shukman escribió esa novela en Estados Unidos, en el sector Hispánico de Harlem, en Nueva York, y desde entonces ha estado radicado en ese país. “Me interesa Estados Unidos porque hay escritores muy buenos allá, mucho mejores que en Inglaterra en este momento”.
Desde la publicación de su segundo libro las cosas han sido menos difíciles para Henry Shukman. Ha escrito catálogos de música para la BBC de Londres. Sus dos primeras novelas han sido editadas en Inglaterra, Japón, Estados Unidos  y Alemania,  y el interés creciente de las editoriales le permite alimentar el sueño de dejar de escribir únicamente libros de viajes, para dedicarse a publicar ficciones literarias.
En ese camino ya tiene un buen trayecto recorrido. Entre los 21 y los 25 años escribió seis novelas que no ha publicado y recientemente ha vuelto a escribir poemas, el género con que empezó a hacer literatura cuando tenía doce años.
Actualmente vive en Nuevo México, allí está escribiendo una novela sobre esa región de los Estados Unidos tan fuertemente marcada por la proximidad cultural con México.
Poco antes de su regreso a Estados Unidos, después de sus viajes a Mompox y a la Sierra, volvemos hablar con él. Lleva miles de impresiones para condensarlas en las cuatro mil quinientas palabras que debe tener su artículo en la revista de viajes.
Se excusa por no poder expresar bien en español conceptos complejos.
Dice que lo que más le impresiona es la alegría de la gente. “Aquí parecen mucho más felices. En países como Inglaterra, el precio de la riqueza es la felicidad. Aquí hay pobreza, parece que tienen menos, pero son más despreocupados, la gente es más alegre, sonríe más”.
Se despide dejándonos su libro y la impresión de que El Dorado que salió a buscar desde muy joven aún no lo ha encontrado.
Su paso por la ciudad de su novela ha sido silencioso y fugaz.  Tiene treinta y un años y una voluntad de vivir  y de escribir indoblegables. Regresa a Nuevo México para seguir sumando libros a una obra que tal vez con los años llegue hasta nosotros con el ruido de la fama.

Es posible que algún día nos sintamos orgullosos de estar en una obra de un escritor inglés que andaba en busca de El Dorado y que, tal vez, entonces por fin lo haya encontrado.


* * *


Cartagena muy mentada
Hace algunos años, un conocido periodista inició una interesante serie  que denominó “Colombia, muy mentada”. Con ella trataba de hacer una recopilación de menciones de nuestro país en grandes obras literarias.
Esa iniciativa desató una masiva colaboración de los lectores, para aportar nombres y citas en esa insólita búsqueda.
Colombia apareció en muchas novelas de autores de renombre.
La novela de Henry Shukman nos hace pensar en Cartagena. Hace más de un mes, Umberto Eco recordó que ‘El Corsario Negro’, de Salgari, mencionaba la ciudad.
En el siguiente fragmento, luego de ser detenido por la policía en circunstancias dignas de Franz Kafka, el  protagonista de Journey with my Trombone camina por las calles de Cartagena y llega hasta el palacio de la Inquisición:
Los mapas de la ilusión
Una ola repentina de entusiasmo me invadió al darme cuenta de que había llegado al final de mi viaje. Hasta ese momento no me había percatado. Se había terminado, lo había realizado.
Caminé a través de la plaza con su larga avenida de bustos de cartageneros eminentes. Recorrí la galería de hijos ilustres de la ciudad. En torno a los puestos de perros calientes, en la parte más distante, viejos borrachos y prostitutas jóvenes discutían. Pasé de largo por entre ellos y atravesé el arco de la gruesa muralla hasta la ciudad vieja. Era libre ahora. Libre.
Fui directamente al Palacio de la Inquisición, una edificación sencilla del siglo XVIII con patios blancos llenos de árboles frondosos. Subiendo las escalas había un cuarto de mapas. Era un cuarto grande con ventanas de antepecho bajo y un piso de madera lisa, opaca y antigua que se doblaba a cada paso. La luz del sol entraba en bandas anchas y suaves por las ventanas. Si uno se agachaba podía ver la muralla y más allá la bahía de Cartagena.
Los mapas, cada uno en un marco negro, cubrían las paredes. Muchos eran de Cartagena y su bahía. Pero la mayoría en de Sudamérica. Eran mapas realizados entre el siglo XVI y el XIX. Desde 1697 hasta 1811 El Dorado era una referencia tan natural como Cartagena misma. Allí, en el interior de Venezuela, en todos los mapas, aparecía un pequeño punto con uno de sus nombres, Manoa o El Dorado,  y a su lado el trazo irregular del Lago Parima, erróneamente marcado como el ‘Lago Primero’ en un mapa inglés. Era una ilusión, consistentemente sostenida en los mapas, con la fervorosa esperanza de que la cartografía del deseo triunfaría sobre el realismo oficial. Y entonces, desde comienzos del siglo XIX en adelante, se había desvanecido, como tinta disuelta. Los hombres ya tenían lo suficiente de eso y lo habían enterrado bajo la geografía moderna. Y los cartógrafos y todo el que tuviera que mirar aquellos mapas fueron liberados para siempre de ese mito. El Dorado ya no estaba allí. La carga había desaparecido. Ya no había nada inalcanzable esperando ser alcanzado, no había más prados dorados.
Fui directamente a la oficina de la aerolínea para comprar mi tiquete de salida.