jueves, 22 de agosto de 2019

Criatura perdida




     Criatura perdida en Editorial y Librería UPB.

     En esta oportunidad Gustavo Arango te invita a conocer su novela Criatura perdida.
    ¿De qué se trata?  "De viajes; de viaje por el tiempo, de viaje por el espacio, de viaje por la vida. Es un texto sumido en la poesía. Su idioma es de una gran precisión y de una soberana hermosura". Gustavo Ibarra Merlano.     
 ¡Embárcate en esta historia y déjate atrapar por el Caribe colombiano que narra este autor!

    Más información de la obra: https://bit.ly/2NjqNYt









domingo, 4 de agosto de 2019

viernes, 2 de agosto de 2019

"Debéisme cuanto he escrito"

Consuelo Triviño en la columna de Vivir en El Poblado.


El Instituto Cervantes de Madrid ocupa un edificio enorme y palaciego, a pocos metros de la Puerta de Alcalá y el parque del Retiro. El sitio es austero y solemne. Cuesta imaginarse a Cervantes recorriéndolo. Allí trabaja Consuelo Triviño. Se dedica a darles vida y vuelo a las mejores expresiones del idioma.




La vida leída

Gustavo Colorado reseña "Lecturas cómplices",
en La cola de la rata 











martes, 30 de julio de 2019

Criatura aparecida


La editorial UPB acaba de publicar la primera edición colombiana de Criatura perdida, mi primera novela, publicada inicialmente en los Estados Unidos, en el año 2000, en una edición privada.

Esta primera edición colombiana incluye un apéndice con entrevistas, reseñas y apreciaciones críticas sobre la obra.




“Criatura perdida es una novela de viaje; de viaje por el tiempo, de viaje por el espacio, de viaje por la vida. Es un texto sumido en la poesía. Su idioma es de una gran precisión y de una soberana hermosura”.
Gustavo Ibarra Merlano

“En esta novela, Gustavo Arango ha tirado su red en nuestra geografía y la ha extraído plena de imágenes para la construcción de una sombría, compasiva y lúcida reflexión sobre la enigmática aventura del hombre sobre la tierra”.
Rómulo Bustos Aguirre







jueves, 25 de julio de 2019

EL TRÁGICO TRIUNFO DE S. S. VAN DINE

La sección "Vidas de artistos"en la revista virtual Cronopio



Los lectores de novelas de detectives son legión. Basta mencionar el tema para que empiecen a hacer memoria de autores y personajes: Conan Doyle y su Sherlock Holmes, Agatha Christie y su Hércules Poirot. Si la fiebre por el tema es elevada, entrarán en controversia sobre el origen del género. Unos dirán que empezó con Edgar Allan Poe y sus crímenes de la calle Morgue; otros, que con la ya milenaria pesquisa de Edipo para concluir que él mismo era el asesino de su padre.
Con el tiempo, los relatos policiales fueron recibiendo un lugar en el Olimpo de la alta literatura. Nadie discutía la calidad de la obra de Hammett o Simenon, y autores como Borges y Chesterton elogiaron las virtudes del género como alegoría de las preguntas esenciales del hombre. Pero no siempre había sido así. En sus comienzos, las novelas de detectives eran consideradas un género inferior, algo así como la zona de tolerancia de la literatura.






miércoles, 24 de julio de 2019

El fantasma de Amherst

La columna de Vivir en El Poblado

    
     Aquí pasó buena parte de su vida Emily Dickinson. En este cuarto amplio y luminoso se atrincheró contra el mundo y escribió unos poemas que se adelantaron a su tiempo. El espacio natural de la poeta anacoreta permite sentir su presencia de manera más viva.

    La casa es bella, grande, familiar. Corona una colina y refleja la alegría de cuando allí vivía su más célebre habitante: el fantasma de Amherst, como la llamaban sus contemporáneos. Los alrededores conservan vestigios del aspecto que tenían en el siglo 19. El viejo camino entre Boston y el río Connecticut es hoy una avenida. Ahí está, enorme y de sombra generosa, el roble blanco que sembró su abuelo. La huerta y los jardines despliegan los aromas y colores que fueron su inspiración. Aquella abeja es tataranietísima de una que vuela en sus poemas. Se ha hecho un esfuerzo notable para reconstruir la biblioteca y el comedor. Pero la impresión más poderosa se siente en su cuarto.













viernes, 12 de julio de 2019

Cataratas


La columna de Vivir en El Poblado





Las cataratas del Niágara son una cosa extraordinaria. Perdonen que use un adjetivo tan ordinario, pero son de lo poco que aún consigue que quede boquiabierto. No son las más grandes del mundo, pero son monumentales, y por siglos mantuvieron estatura de leyenda. Visitarlas era un hecho que podía dividir la vida entera en un antes y un después.

“Las sombras de las nubes, el receptáculo del cauce, los juegos de la luz y de la sombra combinados, y la reverberación vegetal, dan a las espumas del monstruo, según del lado que se las mire, un tinte de esmeralda muy bello, que hace un juego hermoso con los albos copos de la onda despedazada y de la bruma”.








domingo, 23 de junio de 2019

Vallejo y Huidobro: el caído y el cayente

Un viejo ensayo perdido y reencontrado.






Vallejo y Huidobro
El caído y el cayente

En su estudio sobre la poética, Jean Cohen expresa que el objetivo de la estilística es la identificación de los rasgos comunes, inmanentes a la desviación de la norma que llamamos estilo y que es peculiar a cada voz poética.
Dice Cohen que, si bien cada voz se desvía de manera diferente en relación con un hipotético lenguaje neutral, es en el estudio de las constantes, las tendencias comunes, donde pueden obtenerse revelaciones importantes sobre el acto poético en general.
Mi propósito en este ensayo es encontrar esas constantes inmanentes en dos autores cuyos estilos, en apariencia, difieren de manera radical.
La reflexión sin embargo, no acoge de manera integral los postulados de Cohen y tiene siempre la perspectiva planteada por Yurkiévich, en el sentido de que el objeto de la ciencia poética es indefinible, imprecisable, debido a los múltiples factores extralingüísticos que gravitan en torno a la palabra.
Encuentro que lo común a ambos autores –César Vallejo y Vicente Huidobro– es justamente todo aquello que permite calificarlos de vanguardistas. Para seguir con una caracterización hecha por Yurkiévich, en ambos autores se manifiestan de manera análoga (pero con rasgos singulares que precisaré al final de este ensayo) la conciencia agónica de la realidad, el cuestionamiento y la innovación formal, y la búsqueda de una subjetividad nueva, diferente, en oposición a lo que cada uno consideró una tradición lírica gastada e incapaz de expresar la complejidad del yo.
Veamos en primer lugar la conciencia agónica. Esa sensación general de derrota, de fracaso de los proyectos sociales y estéticos, es un rasgo central en la poética de Vallejo y de Huidobro. En Vallejo está dada por la insistencia en el tema del dolor, de la tristeza, de lo perdido de manera irremediable, que está referido a temas como la madre muerta, la soledad, la infancia remota, la amada lejana.
En Huidobro, por su parte, la reacción frente a la sensación de desesperanza, se manifiesta con un darle la espalda al mundo y crear un mundo poético alterno que se autoabastece, una especie de cosmos personal que denigra del cosmos original por considerarlo fallido e imperfecto.
Si ante la agonía y la ruina Vallejo reacciona con dolor y lamentos, Huidobro reacciona con soberbia. Estos rasgos se aprecian en el tópico de la divinidad. Mientras Vallejo dice que “Dios estaba enfermo/grave” cuando creó al hombre, Huidobro desbanca a Dios de su lugar  –con su madre santísima incluida– y se propone superar la labor del creador.
La innovación formal es otro rasgo común a las poéticas de Vallejo y de Huidobro. Ambos manifiestan a su manera la insatisfacción, la sensación de inadecuación que experimentan frente al lenguaje recibido.
En Vallejo, la insatisfacción con su instrumento se expresa fracturándolo, rompiéndolo, imponiéndole virajes sintácticos nuevos que permitan vislumbrar acercamientos nuevos a la realidad y que activen en el lector un estado de alerta, de atención agudizada, que es una nueva forma de conciencia.
En Huidobro la insatisfacción con el lenguaje se manifiesta desintegrándolo, reduciéndolo a un balbuceo primigenio que denuncia la vacuidad de todo lenguaje, el distanciamiento irreparable frente a lo que pretende designar.
Pero hay también peculiaridades en la manera de asumir la rebeldía formal. Mientras Huidobro desintegra el lenguaje por completo, lo desmantela hasta emparentarlo con los murmullos de la naturaleza con la que se decidió rivalizar y a la que se propuso no servir, Vallejo se desliga del lenguaje (especialmente en Trilce), de su tradición formal, para realizarse luego con una fuerza expresiva renovada.
También en la manifestación de una subjetividad en conflicto, en pugna con lo heredado y necesitada de expresar facetas desconocidas de sí misma, encontramos puntos de encuentro entre Huidobro y Vallejo. En ambos encontramos imágenes de encierro, de escisión y extrañamiento frente a sí mismos. Ambos intuyen, también, que bajo lo que expresan las palabras hay un vasto espacio innominado. Este espacio para Vallejo es la eternidad que subyace en cada instante, la muerte que ilumina cada instante de vida (“hoy he muerto qué poco en esta tarde”), el furor milenario de su sangre (toda la tradición indígena que incorpora a su discurso) y la comunidad de los hombres que alimenta la utopía en muchos de sus poemas.
Para Huidobro, por su parte, ese elemento inexpresable que es parte integral de su subjetividad, lo encontramos en la búsqueda de una unidad genérica primordial, en el afán por encontrar una perspectiva cósmica que lea y escriba de manera diferente toda la realidad.
Como hemos visto, son muchos los rasgos de fondo que emparentan la poesía de César Vallejo y de Vicente Huidobro. Pero sería un error pensar en ellos solo en función de sus semejanzas. Cada uno personifica derroteros diferentes –y muchas veces antagónicos– dentro de la poesía. Podríamos concluir este análisis comparativo, fijando la atención en una diferencia sustancial entre ambos poetas.
Al asumir el dolor, la dureza de la realidad, la miseria cotidiana de los hombres, César Vallejo es y se sabe a sí mismo un poeta caído, separado de la unidad primordial, alejado para siempre del paraíso perdido, desarraigado y escindido de la plenitud y la armonía, Vallejo ha encontrado apoyo en la dureza del suelo y de las piedras.

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Huidobro, por su parte se ha evadido. Olvidado del suelo desde donde alzó el vuelo, Huidobro ha borrado de sí mismo ideas como suelo o gravedad. Ha encontrado en la caída sin fin y sin dirección una forma de unidad y de quietud que se parece mucho a esa unidad que, como hombre, no le es posible conquistar.
Las contribuciones de estos dos poetas a la vanguardia hispanoamericana son innegables. En cierta forma, este análisis es un inventario de tales contribuciones. Las repercusiones de su legado no han cesado de presentarse. Las vemos en la audacia que exhibió la literatura latinoamericana en décadas tan fructíferas como la del sesenta. Pero el análisis sería marcadamente histórico –y descuidadamente humano– si no notamos otro significado que el término vanguardia tiene y ha tenido desde que el hombre es hombre y ha enfrentado los retos de su tiempo, peleando en su interior con el pasado, rompiendo las cadenas y alimentándose con ellas, para nacer más nuevo, más auténtico.
Desde esa perspectiva, vanguardia son los vivos y el resto son los muertos.
New Brunswick. N0viembre 3, 1999.