miércoles, 14 de noviembre de 2018

"Siete años llevo andando..."

Un fragmento de "El país de los árboles locos"




Yo hablaba y hablaba sin poder detenerme. Recordaba a las gentes de Auspasia, el lugar más ruidoso del mundo, allí donde se habla hasta cuando se duerme, y pensaba si acaso me había contagiado.
“Siete años llevo andando”, le dije a un Shel que no conseguía ver desde el sofá, pero que suponía todavía en la cabaña. “Siete es el número sagrado. Fueron siete los días de la creación, la semana tiene siete días, siete son las fases de la luna, cada siete años hay un año sabático, y siete veces siete años es un jubileo. Son siete las edades del hombre, siete las divisiones de la oración, siete biblias, siete iglesias, siete gracias, siete pecados capitales, siete las virtudes, siete los dolores, y siete los gozos de la Virgen. Siete los preciosos objetos de Buda, siete los durmientes de Efeso, siete los mares. Jesús fue la generación setenta y siete después de Adán. Siete son los sentidos y siete los orificios de la cara. Cristo habló siete veces en la cruz, en la que estuvo siete horas y siete minutos. Siete fueron las veces que apareció después de muerto. Siete son los sellos del libro sagrado, siete fueron los ángeles que llevaron las siete plagas a Egipto. Las visiones de Daniel duraron setenta semanas y los viejos de Israel eran setenta. Hay también siete cielos, siete planetas, siete estrellas, siete sabios, siete campeones de la cristiandad, siete notas musicales, siete colores primarios, siete puntos cardinales, siete sacramentos de la iglesia Católica, y siete eran las maravillas del mundo. El séptimo hijo se considera bendito y sabio, y el séptimo hijo del séptimo hijo se cree que posee el poder de curar. Siete también suman los lados opuestos de los dados”.
Hablé sin pausa sobre largas caminatas, describí pueblos que no sé si existen, medí con palabras desiertos y caminos congelados, hablé de la tibieza de los árboles que me mantuvo vivo poco antes de llegar a esa cabaña.
Ahora Shel estaba sentado en una silla desde donde podía ver mi rostro. Sonrió tranquilizador cuando me vio callar. Miró el fuego largo rato. Luego volvió a mirarme.
“Lo único que pasa es que estás lejos de tu árbol”

lunes, 12 de noviembre de 2018

Así hablaba Wenceslao

Introducción del libro "Vida y opiniones de Wenceslao Triana",
publicado por la editorial UPB.



En Cartagena de Indias, a finales del segundo milenio y comienzos del tercero, vivió un hombre misterioso de celebridad notable. Un día sus escritos ―su única presencia en este mundo― desaparecieron de la misma manera callada como diez años atrás habían empezado a aparecer en la sección editorial del diario El Universal.
Poco, por no decir nada, sabemos de la vida y milagros de Wenceslao Triana. Se ignora el lugar y la fecha de su nacimiento. No se tienen testimonios sobre su muerte. Es casi imposible encontrar personas con quienes haya tenido encuentros personales. Siempre rechazó con diplomacia las invitaciones que le hacían. Cuando sus lectores intentaban contactarlo respondía con saludos y evasivas al final de sus columnas. Al parecer nadie llegó a saber exactamente dónde vivía o cómo era. La única imagen suya que nos queda es el dibujo pensativo que acompañó siempre sus notas semanales.
Salvo un testimonio apócrifo ―y calumnioso― sobre el lugar y la manera como llevaba a cabo sus meditaciones, lo único que podemos afirmar sobre Wenceslao Triana se encuentra en la obra periodística de la que aquí se ofrece una generosa selección. Se sabe que no nació en Cartagena de Indias, que muy probablemente nació en el interior de ese lugar que él llamaba “El país de los colombios”; pero Cartagena fue siempre el centro y el auditorio de todas sus reflexiones, incluso cuando decidió exiliarse en el País del sueño.
Su otro nacimiento ―si aceptamos que su vida es lo que nos queda de ella― se produjo a finales de 1993, cuando Triana estaba cerca de cumplir noventa años. Semana tras semana, Wenceslao fue ganando una audiencia fiel y numerosa, a pesar de que siempre insistía en referirse a sus “dos o tres lectores”. La audacia de sus títulos, la singularidad de sus enfoques, el humor y la ironía fueron algunos de sus rasgos característicos.
Podría pensarse que el estilo juguetón y creativo de sus escritos representaba una innovación en la forma de hacer periodismo de opinión. Pero solo se trataba de un regreso a las formas originales, a un tiempo en que la nota editorial podía considerarse un género literario y era espacio de libertad expresiva. Grandes manifestaciones de ese periodismo literario se habían visto cincuenta años atrás, en los primeros tiempos de ese mismo diario El Universal, cuando las páginas editoriales estaban en manos de creadores como Clemente Manuel Zabala, Héctor Rojas Herazo o Gabriel García Márquez. Entonces, la columna de opinión era el taller donde se exploraban los límites y posibilidades de la palabra escrita. Wenceslao es un heredero de esa tradición, aunque la monotonía generalizada hacía ver su propuesta como algo novedoso y adelantado a su tiempo.
Los textos de Wenceslao Triana se ocupan de un amplio espectro temático: la literatura, el fútbol, la ciencia, el cine, la política, la música, la historia, la crítica a los medios; para mencionar solo algunos de los temas recurrentes. Muchos cumplen al mismo tiempo con las funciones básicas del periodismo de opinión y de la reflexión filosófica. Esa doble perspectiva es el rasgo más característico de la obra de Wenceslao y aquello que explica su vigencia mucho tiempo después de ocurridos los hechos que la inspiraron.

Como documentos históricos, los escritos de Wenceslao Triana nos ofrecen una mirada singular a los hechos que marcaron la vida mundial, nacional y local a finales del siglo XX y comienzos del XXI. En el plano internacional nos ofrece reflexiones sobre temas políticos y ecológicos, sobre demografía, sobre la popularización de  Internet y los teléfonos celulares, sobre avances científicos capitales como la clonación, el estudio del ADN, las exploraciones espaciales y hasta la aparición del Viagra. Muchas veces Wenceslao recurre a la figura del hipotético lector del futuro para distanciarse un poco de ese final de milenio saturado de hechos, pero falto de perspectiva. “Imaginé esos rostros y risas vistos por alguien dentro de varios siglos. Imaginé un sistema aún inédito para visualizar el pasado, la gente tratando a su vez de imaginar lo que pensaban las personas de este final de milenio” (“Alí”, 24 de julio de 1996).
A nivel nacional, los textos de Wenceslao cubren la historia de Colombia desde el final de la presidencia de César Gaviria, pasando por los gobiernos de Ernesto Samper y Andrés Pastrana, hasta los inicios del mandato de Álvaro Uribe. A pesar de su abierta aversión a la política son numerosas sus notas cargadas de ironía, sus propuestas descabelladas frente a una crisis social e institucional desalentadora. La guerra, las masacres, la corrupción, las cortinas de humo que distrajeron a la opinión pública en aquellos años, son alusiones constantes o temas centrales de sus columnas. Dentro de esa línea de reflexión podemos incluir muchos de sus comentarios sobre temas deportivos, en especial sobre fútbol. La participación de Colombia en dos campeonatos mundiales, las alegrías desbordadas y las tragedias le dan pie a Wenceslao para hablar sobre la identidad nacional, algunas veces con profunda desazón.
A nivel local Wenceslao se ocupa de las glorias y mezquindades de una pequeña ciudad de provincia que goza, paradójicamente, de un especial atractivo para personas de todo el mundo. Cartagena de Indias es un microcosmos ideal para reflexionar sobre “la vida ciudadana”, sobre la política local, sobre los prejuicios, padecimientos y alienaciones de su sociedad. Al lado de eso, las visitas de perso¬nalidades, las grandes convenciones internacionales, los reinados, el turismo y los festivales ofrecen motivos en abundancia para que las notas tengan siempre un interés que rebasa lo estrictamente local.
Pero no todo es historia en las columnas de Wenceslao. Como puede apreciarse en la distribución que se hace en este libro, hay en su obra intereses que no tienen siempre un vínculo directo con los hechos de actualidad. Su pasión por el cine y por la literatura es evidente. En alguna ocasión, cansado de los hechos de violencia, expresó su intención de seguir hablando solamente de literatura, pero no pudo ser consecuente con su promesa. Muchas de sus notas son reseñas biográficas o anécdotas de escritores. Abundan también las reflexiones sobre el lenguaje y la creación escrita. Otro de sus grandes intereses es la búsqueda de historias de orígenes diversos. Una de las secciones de este libro reúne, justamente, esas historias escuchadas, vistas, leídas y en ocasiones rescatadas tras siglos de olvido. Al lado de esas historias también es necesario incluir algunos textos que podemos llamar crónicas: testimonios escritos de eventos o momentos específicos.
Si se quisiera hacer un estudio cronológico de los textos de Wenceslao podríamos decir que hay dos períodos de cinco años claramente definidos. Durante el primero, entre agosto de 1993 y diciembre de 1998, Wenceslao es un habitante anónimo de Cartagena de Indias que vive la misma realidad de sus lectores. A finales de 1998 parecía que su aventura periodística había llegado a su fin. Muchas de sus últimas columnas de ese año están cargadas de nostalgia y contienen despedidas implícitas. Pero después de unos meses en el País del sueño Wenceslao reanuda su tarea, ahora desde la perspectiva del exilio. Esa nueva perspectiva acompaña sus escritos desde 1999 hasta mayo del 2003, cuando sus colaboraciones dejan de aparecer sin explicación alguna. En cada sección de este libro se ha querido hacer notoria esa transición separando gráficamente, con tres asteriscos, las columnas de un período y otro.
La expresión el “País del sueño” ameritaría una reflexión adicional, pero este no es el espacio para hacerla. Que baste con saber que apareció desde la primera columna que Wenceslao envió a El Universal desde los Estados Unidos y que la expresión, además de aludir al llamado Sueño Americano, tiene implícitas también realidades más prosaicas.
Antes de concluir esta introducción, que Wenceslao habría calificado de “verborreica”, y a lo mejor de “hiperlábica”, se justifica hacer algunas consideraciones sobre su estilo. Una de las primeras revelaciones que asalta a los lectores es que no siempre el comentario aparece esbozado de manera directa y solo se descubre cuando se considera el contexto en que aparece la nota. En algunos casos, los hechos comentados eran tan conocidos por los lectores que Wenceslao no se tomaba el trabajo de usar nombres propios o detalles específicos. Como es evidente que la distancia con los hechos puede hacer difícil mantener esas referencias se ha optado en esta edición por agregar notas de pie de página cuando se consideran necesarias.
En otros casos la omisión tiene una intención irónica. En “Los sonidos de la casa” (18 de junio de 1998), por ejemplo, Wenceslao se dedica a hablar de fútbol o de detalles nimios de su hogar, pero lo que hace en realidad es ignorar, mostrar con su indiferencia la poca importancia que le da a las elecciones políticas. Sus notas, aparentemente anacrónicas, generaban opinión por el contraste entre ellas y el resto del contenido del periódico, recargado de información sobre el proceso electoral.
En columnas como “Instrucciones para comprar una cacerola” (16 de enero de 2002) la única manera de entender que se trata de una columna política es recordar que en los días en que apareció publicada los llamados cacerolazos, o protestas de la ciudadanía haciendo estruendo con cacerolas, se estaban volviendo comunes en América Latina. La columna es, en cierto modo, una invitación a la protesta.
A veces es necesario un ojo atento a la ironía para entender lo que el autor quiere decir. En “Un triciclo reciclable” (26 de mayo de 1999), lo que parece un ataque fiero a una publicación hecha por jóvenes cartageneros es, en realidad, un elogio disfrazado en el que Wenceslao también les da consejos para sobrevivir en una sociedad de doble moral.
No es fácil describir el estilo de Wenceslao Triana. Muchas veces es telegráfico. Abundan los párrafos con una sola oración, el juego con los silencios. Sus columnas poseen a veces la disposición de un poema. En “Columna con una salvedad”, por ejemplo, parodia el poema de Eduardo Carranza “Soneto con una salvedad”. Cada frase está dispuesta como un párrafo separado y la última línea del poema: “Salvo mi corazón, todo está bien”, aparecen con un sentido opuesto.
Wenceslao no les teme a los adjetivos; los emplea, abunda en ellos, habla del “horror vacío y tenso” en el que se interna un cohete, o se refiere a los seres humanos como “aquellos seres erráticos y torpes que fueron castigados con el aguijón del pensamiento”. Un pasaje de una columna suya sobre el mar nos muestra que podía acumular cualquier cantidad de términos, como de hecho hizo en algunas columnas formadas solamente por listas de palabras: “Conocí el mar demasiado tarde para ser grumete, tarde también para embarcarme como polizón, pero a tiempo para maravillarme todavía con todos sus matices de mar verdadero, salado, espumoso, jadeante, voluble”. Wenceslao tampoco le temía a crear palabras nuevas cuando no existían las que necesitaba. Quizá uno de los inventos de los que más se vanaglorió fue la palabra colombios, que tomó de uno de sus nietos:

Se me ocurre que la palabra colombios nos define mejor que el gentilicio convencional. Colombios suena como a civilización extraterrestre, no muy civilizada, o a familia de mamíferos pequeños, inquietos, de ojos vivaces y comportamiento absurdo (“Razones de los colombios”, 22 de marzo de 2002).

Como corresponde a un buen amante de la literatura, sus notas están llenas de alusiones literarias. Un inventario de esas alusiones nos permitiría, tal vez, rastrear en las fuentes de su estilo y sus temáticas. Se trataba sin duda de guiños para los lectores que compartían su pasión por los libros. Algunas veces, las alusiones son mitológicas, como cuando sugiere la figura de Prometeo en un “Mohamed Alí, dueño absoluto del fuego y encadenado al mal de Parkinson”. Pero son más comunes las alusiones literarias, las referencias, los parafraseos. En “Nuestro día D”, por ejemplo, Wenceslao se las arregla para aludir a Marcel Proust y a Dante en las primeras líneas. “Al despertar siempre nos toca recordar en un instante los pormenores de ese sueño recurrente que llaman realidad. Recordar nuestro nombre, nuestra difusa identidad, precisar el trayecto del ‘camino de la vida’ en el que nos encontramos” (“Nuestro día D”, 22 de junio de 1994).
Esa misma nota tiene también un sentido premonitorio, nos revela la manera como Wenceslao interpretaba los hechos. Apareció publicada el día en que la selección de Colombia se enfrentó a los Estados Unidos en el Mundial de Fútbol de 1994, el partido en el que Andrés Escobar anotó el autogol que le costó la vida. En esa nota, Wenceslao hablaba de las posibles consecuencias y reacciones si Colombia perdía ese partido. “Lo que está en juego no es solo un juego. Los hombres de amarillo lo saben. Un pase afortunado, un golpe de suerte y serán endiosados. Un traspié, un dolor o un temor y serán masacrados”.
La reacción tras el asesinato de Escobar es otro ejemplo de columna de opinión que no hace ninguna referencia directa a los hechos que la inspiran. Fue la única columna de Wenceslao que no apareció en la página editorial. Fue publicada como un recuadro en la página quinta de El Universal, al lado de un artículo sobre los hechos y una fotografía del futbolista. El texto no hace ni una sola alusión al hecho que la inspira, aquí el silencio se convierte en opinión. Esa columna, “Quiero ser de otro lado”, expresa una visión sombría del país que subyace en las columnas posteriores sobre y desde el exilio.
Podría decirse que es una lástima tener poca información sobre el autor de los textos que hoy aparecen reunidos. Pero una vez se empieza a leerlos se descubre que allí está Wenceslao en toda su dimensión, que sus columnas eran la forma que encontró para llegar hasta nosotros de la manera más viva. Por eso el título de este libro. Porque cada vez que alguien se acerque a conocer sus opiniones volverá a darle vida a ese anciano juvenil y enamorado que llegó y se marchó, a la manera de Fray Luis, sin hacer mucho “ruïdo” .

G. A.

La novela del ocaso

La sección "Vidas de artistos", en la Revista Virtual Cronopio.

Mikhail Bulgakov







jueves, 8 de noviembre de 2018

Reflexiones lapidarias

La columna de Vivir en El Poblado


Cortázar nació en Bruselas, Bélgica, un mes después del estallido de la Primera Guerra Mundial. La familia quedó atrapada en Europa por cuatro años y, cuando regresó a la Argentina, su padre tomó las de Villadiego. Cortázar creció en un suburbio de Buenos Aires, rodeado de mujeres: su madre, su hermana, sus tías y su abuela. Allí desarrolló su inclinación por el misterio.
Cortázar fue un alumno aplicado. Fue profesor en escuelas de provincia hasta la segunda mitad de los años cuarenta, cuando llegó a un Buenos Aires sumido en el populismo peronista. Allí escribió cuentos y poemas, fue traductor y vivió en busca de una oportunidad para escapar. En 1951 consiguió dar el salto e instalarse en París.







martes, 30 de octubre de 2018

A puerta cerrada

La columna de Vivir en El Poblado

La imagen puede contener: planta y exterior

Admito que hay un tono de nostalgia en lo que he escrito y comparto la opinión de quienes dicen que es síntoma de vejez. Con tanta imposición por todos lados, para que seamos jóvenes del cuerpo y del espíritu, saberse y sentirse viejos es una de las pocas rebeldías que nos quedan. ¿Quién quiere rancharse para siempre en la ingenuidad y la inexperiencia?, ¿en el derroche de energía que termina al servicio de avivatos? Al refrán que dice: “Si el joven supiera y el viejo pudiera”, respondo que prefiero saber, y poder un poquito, que andar por ahí pudiendo sin saber muy bien qué hacer con tanto poder.






miércoles, 17 de octubre de 2018

Orlando Contreras descansa en el mar


Del Baúl, un texto publicado en 
El Universal, de Cartagena, el 25 de febrero de 1994.



Los primeros puñados de ceniza salieron de sus manos en forma distante y aturdida. Sólo después, cuando alguien sugirió que se pusiera de rodilla para evitar la brisa, Diana Cárdenas  empezó a comprender  la trascendencia de ese instante, empezó a recordar episodios cercanos y lejanos, se olvidó de la gente y las cámaras que había a su lado, y se quedó a solas con el hombre que estaba liberando.
Un grupo de periodistas la había esperado en un pequeño muelle de la bahía. Llegó con su madre y unos amigos. Tenía un traje marfil y un sombrero, traía un ramo de rosas y un pequeño cofre negro en vuelto en un terciopelo rojo. Su rostro tenía una tristeza tranquila.
Aunque ella y su familia tenían la intención de hacer la ceremonia en mar abierto, cerca de las Islas del Rosario, finalmente se decidió que era mejor hacerla cerca, desde la plataforma de la  Virgen del Carmen, en la bahía.
A bordo de la lancha de El Universal viajaron la esposa, los parientes, los amigos y los restos de un hombre cuyo nombre está grabado en la memoria de millones en América Latina.
En el viaje empezaron las preguntas. Diana Cárdenas habló de la callada enfermedad, de un cáncer que duró cerca de un año. Habló de la insistencia de Contreras para que no hubiera ceremonias y para que arrojaran cuanto antes sus cenizas en el mar de Cartagena, por su parecido con La Habana. Tenía la esperanza de llegar sobre las olas a su tierra.
Parientes y allegados fueron reconstruyendo poco a poco el recuerdo del cantante. Se habló de su bondad, de su sensibilidad, del dolor que le causaba la pobreza. Se habló de su periplo por América, de su salida de Cuba, de su paso por Miami y Venezuela, de la forma como conoció a su esposa, Diana, hace tres años y decidió quedarse en Medellín por ella.
Se habló de su perfeccionismo y de su último proyecto: la Sonora Antioqueña, un grupo con el que quiso grabar unas canciones  que les hizo a las ciudades de Colombia, entre ellas una dedicada a Cartagena.
Al llegar a la Virgen seguían las preguntas de la prensa. Las cámaras zumbaban y Diana respondía con orgullo. Habló de la muerte de la madre de Contreras, hace diez años; de la alegría que ahora él sentiría por estar con ella. Dijo que él mismo se encargó personalmente de los asuntos de la funeraria y contó que su canción “Nuestro juramento” se materializó cuando ella derramó sus lágrimas sobre su cuerpo muerto.
Poco antes de empezar a cumplir su voluntad, habló de una canción que se quedó sin terminar. Estaba dedicada a ella. Sólo recordaba los primeros versos: “ Diana, tus ojos claros, el agua que roza tu cuerpo…”.
Finalmente, bajo una mañana brumosa y brillante, Diana abrió el cofre negro, roció las cenizas con agua bendita y en forma aturdida arrojó los primeros punados.
Luego, de rodillas en la base de la Virgen de la bahía, empezó a comprender, empezó a recordar, empezó a liberarlo en el mar.
Puñaado a puñaado pensaba, miraba las cenizas diluirse en el agua. Contreras descansaba, terminaba de alejarse de una vida fugaz y de heridas, se cumplía su deseo de entregarle a las olas ese cuerpo que tanto supo del dolor, terminaban la maldad, la hipocresía, todos los sobresaltos de ese fugaz parpadeo que es la vida: sólo quedaban los recuerdos y el amor. A pesar de que más tarde, cuando en las manos de Diana ya no quedara nada, su quietud se rompería con un llanto breve y digno, había en ese momento algo de felicidad. Había algo de eterno y de tranquilo, de estrellas navegando a través de los milenios, en las semillas de fuego que unas manos arrojaban sobre los surcos del mar. 

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jueves, 11 de octubre de 2018

Una novela póstuma

La columna de Vivir en El Poblado



Hace un cuarto de siglo compré mi primer computador. Acababa de ganar un premio de periodismo que me ayudó a escapar de la prehistoria y, cuando puse a funcionar aquel hermoso aparato, me sentí el protagonista de una película futurista. “Te jodiste, Tolstoi”, pensé mientras tecleaba mi primera página virtual.




jueves, 4 de octubre de 2018

Yucatán





    Yucatán


Las lunas y los cielos,
la claridad y el viento,
encuentran sus caminos y se marchan

          Versión de un texto maya.


    1

Los pies desnudos
  en el mar y la tierra

La casi luna llena

Las manos en la arena
  tejen una promesa

    
   2

Volando en el agua
  contigo en el alma
me fue concedida
  la llave del mar


    3

En la profunda
  sombra del zapato
el escorpión
  espera al caminante


   4

La clara luna llena
  el aire transparente
el lento estigma negro
  en el lienzo del mar


   5

Fruta tropical

Obsedido y ausente
  muerdo la carne dulce del tiempo


    6

        Iguana

Cuando las piedras
  tienen hambre
    salen a caminar


    7

Soy un coro incansable
  un furor soterrado
  una voracidad
                 que se devora
  que estalla en colores
Un trasegar constante
  entre nunca y ahora

Soy la selva que mira
  su rostro inconcebible
y luego se abandona


    8

Rumor de batalla

Dieciséis
  silenciosos soldados
    viajan la pirámide

Llevan cascos rojos
  sus patas son largas

Cuando uno se mueve
  se mueven los otros

A veces olvidan
  si huyen de la muerte
   o van a buscarla


   9

A las seis de la tarde
    la hora en que los mapaches
    ávidos y puntuales
  atienden el llamado
    del manjar de los dioses
  y el cazador despierta
   su avidez y sus armas
supe que procurarte
  también era una forma de marcharme



De "Penínsulas extrañas"(2014)


jueves, 27 de septiembre de 2018

Una tribu de nostalgias

La columna de Vivir en El Poblado



Un amigo me explicó por qué los grupos primitivos se dividían después de alcanzar un número mágico: la capacidad del cerebro solo permite que tengamos relaciones sustanciales con 150 personas. Volví a tener noticia del estudio en una película donde un terapeuta le explicaba a su paciente las cifras de la vida: 150 son las personas que distinguimos con detalle, 50 son las que invitaríamos a nuestra casa, 15 son aquellas a quienes daríamos o pediríamos ayuda, y solo cinco son las que forman nuestro círculo más íntimo.
Las cifras son aproximadas. Mi vida de errabundo, profesor y periodista hace que el círculo exterior sea populoso. Alguna vez hice una lista de personas con quienes tuve encuentros significativos, para tratar de escribir sobre cada una, y no me fue difícil recordar más de quinientas. En mi caso, los círculos estrechos son más desiertos: muy pocas personas conocen mi casa, he aprendido a arreglármelas más o menos por mi cuenta y, quizá porque crecí oyendo el poema de Garrick, en el círculo más íntimo suelen ser más los muertos que los vivos.



miércoles, 19 de septiembre de 2018

La mujer de mi vida



Era una época de andares presurosos. Por dentro, el tumulto de proyectos, deseos, búsquedas, temores, sometimientos y servidumbres no daba respiro. Imposible ocuparse de una sola cosa por tiempo prolongado. Por fuera, los pasos aún vigorosos, la eficiencia frente a las múltiples exigencias de esa vida. Resultaba obvio entonces que mi andar aquella noche fuera presuroso, que mis piernas trabajaran con gran intensidad.
Era un sector de la ciudad poco congestionado. No recuerdo haber visto circular por allí autos o cualquier otra clase de vehículos. Creo que ni gente se veía en las aceras. No sabría decir con precisión si pensaba mientras caminaba solitario o si hablaba con alguien que marchaba a mi lado. A veces ambas cosas se me parecen demasiado. Cuando camino solo siento como si le hablara a un fantasma confiable que marcha a mi lado y cuando camino con alguien y le hablo, pienso que ese alguien no existe y que lo que digo lo digo para mis adentros. Pero, en fin, caminaba por la acera desierta y, acompañando o no, hablaba o pensaba.
Al llegar a la esquina, mis pensamientos –llamemos pensar a lo que hacía, a lo que me alejaba hasta volver borrosa esa acera, ese instante sin ningún requisito para hacerse inolvidable–, mis pensamientos, decía, al llegar a la esquina ocupaban mi atención. Debían ser importantes, en esa época acostumbraba pensar cosas importantes. Pero me temo que nunca llegaré a recordarlos; diminuto fragmento de mi vida perdido para siempre.
Al llegar a la esquina, decía, pensaba. Fue sólo un instante verla irrumpir en mi vida y precipitarse contra mi absorta humanidad, sin alcanzar a hacer algo para evitar o al menos atenuar la colisión.
Quedamos cara a cara, al principio sorprendidos, como planetas que dormidos se salieron de sus orbitas, y luego –a más tardar un segundo después– fascinados por una fuerza que salía de los dos, desencadenada por los dos, que nos hacía comprender, en un rapto de lucidez que he tardado toda mi vida en entender, que en ese pequeño reducto en que nos mirábamos, la perfección y la armonía confirmaban su existencia.
Sentí que ante alguien como ella podría mostrarme sin reservas. Sentí que ella podría discernir, en medio de la mentira, al sujeto que era yo. Sentí que en ella, en sus ojos matutinos, sus cabellos tempestuosos y su piel de atardecer, habitaban todos los significados que yo pudiera darle a la palabra belleza y, como si fuera poco, percibí que para ella yo tenía el mismo valor.
Yo estaba atontado. Recuerdo que después del choque nos tomamos de las manos. Hubiera querido que nunca llegáramos a soltarnos. Nos mirábamos con todo lo que éramos, hasta con nuestros ojos, y en ese instante parecido a lo que debe ser la eternidad comprendimos que si algún sentido tenían los sobresaltos de nuestras vidas, si a algo concreto nos conducían nuestras búsquedas, eso sólo podía ser la persona que ahora sosteníamos muy cerca, esa existencia temblorosa que intuíamos como lo más importante que podía pasarles a nuestras vidas.
Pensé que el tiempo había transcurrido de manera escandalosa. Me puse a tratar de juntar unas palabras para decir algo y, cuando creía tenerlo, fue cuando ella me besó.
–Fue un beso breve, cálido, lacónico, alegre, resignado y triste.
Me miró de nuevo con esos ojos que nunca he podido borrar de mis ojos y no dijo nada. Sonrió divertida, viendo a las palabras huirle en desbandada. Aflojó lentamente sus dedos soltando mis manos, abandonándolas de nuevo a su temblor cotidiano, a sus incertidumbres, y caminó despacio por la acera que antes yo había recorrido en dirección contraria.
En algún momento reanudé mi marcha. En algún momento, algo debió recordarme que no podía quedarme allí por el resto de mi vida. Me alejé pensando que sólo así puede ser la perfección, diciendo a alguien que tal vez marchaba a mi lado, que toda palabra es sólo una palabra de más, que intentar retener la maravilla y prolongarla es aplicar contra ella los detestables métodos de la esclavitud.


 De “ Bajas pasiones” (1990)