jueves, 22 de junio de 2017

La mirada de David Lara

David Lara Ramos presenta hoy en Cartagena su libro de crónicas El dolor de volver, publicado por Collage Editores.  Como sigo preparando el volumen de críticas, perfiles y entrevistas sobre la "aranguiana" (y perdonen la avalancha que está generando la egoteca), saco pecho para decir que hoy va un perfil de David, a propósito de la presentación de Santa María del Diablo en la Feria del Libro de Bogotá 2015. Fue publicado en la revista Latitud, de El Heraldo de Barranquilla, el 26 de abril de 2015.



El cronista de Tierrafirme

Por  David Lara Ramos 

Afirma Gustavo Arango que uno de los grandes empeños ha sido convencer a su madre de sus virtudes como escritor. Luego de ganar en México el Premio Bicentenario (2010) con la novela El origen del mundo, María Nubia, su mamá, le pidió que le enviara un ejemplar a Medellín, donde reside. Arango vive hace 16 años en Estados Unidos, de los cuales 10 ha sido profesor de literatura de la Universidad Estatal de Nueva York, en la ciudad de Oneonta.
Ahora que la señora María Nubia ha llegado a visitarlo a Oneonta, a Gustavo le produce cierta tensión preguntarle: “¿Cómo le pareció la novela que le mandé?”, a pesar de que su obra sigue atrayendo lectores y reconocimientos. En 2013, fue el escritor homenajeado en la New York Hispanic/Latino Book Fair, y dos de sus novelas han sido finalistas del Premio Herralde, convocado por la prestigiosa editorial Anagrama. A finales de 2014, Ediciones B publicó Santa María del Diablo, novela que narra la fundación, auge y desaparición de Santa María de la Antigua del Darién, primera ciudad de América continental. “Mi interés en la historia de Santa María de la Antigua del Darién —explica— comenzó hace unos veinte años, en Cartagena. Visitaba con frecuencia la Biblioteca Bartolomé Calvo y me encontré con un libro fascinante, Urabá heroico, de Ernesto Hernández. Allí estaban el desafuero y la locura que se le suelen atribuir al Realismo Mágico. Estaba el impacto psicológico y la violencia del encuentro de dos mundos muy distintos. De inmediato pensé que la historia de la primera ciudad española en tierra firme era como una novela que poco necesitaba de la imaginación”.
Arango vivió por 10 años en Cartagena, ciudad que marcó su vocación literaria y le mostró que en la Historia había hechos que despertaban su imaginación: “La ciudad te marca, de eso no hay dudas —me dice—, pero un detalle despertó aún más mi interés: Fernández de Oviedo, el gran cronista de La Corona, llegó a ser nombrado gobernador de Cartagena, antes de la fundación de la ciudad, pero en un impulso de rabia renunció al cargo. En aquel tiempo, supe que para poder escribir la novela debía leer miles de páginas de la Historia general y natural de las Indias, escrita por Oviedo. La empecé a leer, a tomar apuntes, a imaginar el relato, a seleccionar detalles. El año pasado, Ediciones B estaba buscando novelas históricas y presenté el proyecto. Lo aceptaron y pasé tres meses de trabajo febril escribiendo Santa María del Diablo”.
Su ejercicio como editor del suplemento literario de El Universal, de Cartagena, le dió las herramientas para investigar sus ficciones, pero fue el escritor Tomás Eloy Martínez, mentor y maestro, quien le dio la solidez para concretar su vocación en una ciudad de múltiples caminos como Nueva York, a la que llegó a estudiar literatura. «Al emprender la escritura de Santa María del Diablo pensé que debía usar una metodología de investigación y un acercamiento narrativo como se hace el periodismo. Mis años de periodista me dieron la disciplina y el empuje para sacar adelante un proyecto como este. Tomás Eloy Martínez fue profundamente respetuoso de los procesos creativos. Creo que la novela ha sido posible porque Tomás nos enseñó a navegar en las aguas de la ficción y la no ficción, mientras hacía mi doctorado en la Universidad Rutgers, en Nueva York, una ciudad que vibra en cada esquina. La visito con frecuencia, por lo menos una vez al mes, y siempre llego con ojos dispuestos al asombro. Nueva York ha sido generosa conmigo. Quizá nunca viva en Nueva York porque las multitudes me agotan. Prefiero el silencio de Oneonta. Me alegra saber que en cualquier momento puedo conducir las tres horas que me separan de la Gran Ciudad y perderme en sus ríos de gente”, concluye al presentar algunas de sus influencias.
En Santa María del Diablo hay un cronista que referencia hechos reales vividos por Arango, incluso avista el futuro para él. Son sus propias vivencias que él acomoda en su narración: «Hay un personaje casi invisible, sobre el que se sostiene todo el relato. Lo llamé Tierrafirme y es el indio amanuense de Fernández de Oviedo. Resulta fascinante que el verdadero primer cronista de Indias fuera un indio que aprendió a escribir y a tomar dictados. En la novela, la voz que narra desde el presente es heredera de Tierrafirme. Mientras escribía me di cuenta de que para darle vida al relato debía recurrir a mis propias experiencias. Cuando era niño visité varias veces las selvas del Chocó. Visité muchas veces la zona de Urabá. Alguna vez, en el sitio donde estuvo el primer asentamiento español, jugué fútbol con el criminal más famoso que ha dado Colombia. Al escribir el libro sentí —alentado, en cierta forma, por González de Oviedo— que ese tipo de detalles enriquecían el relato».
Gustavo siente una gran admiración por los cronistas. Escribió, en 1995, Un ramo de no me olvides, una crónica sobre los inicios de García Márquez en Cartagena. En Santa María del Diablo se ocupa de otro cronista, Fernández de Oviedo, un personaje que para él merece toda admiración: «Me llama la atención el olvido en que tenemos a Gonzalo Fernández de Oviedo, quizá, por su condición de cronista al servicio de la Corona española. Una de las razones que explican su olvido es el conflicto que tuvo con Bartolomé de las Casas. Pero la tarea de Oviedo fue la del hombre del Renacimiento: es geógrafo, zoólogo, botánico, antropólogo, etnólogo, psicólogo, filósofo, teólogo y politólogo. La lectura de sus crónicas es fundamental para quien aspire a hacer periodismo».
En una novela histórica las licencias que se toma el escritor pueden desdibujar el hecho real yendo en contra de los elementos de un género complejo, sobre ese asunto, Arango tiene sus visiones: «En la investigación y escritura tuve el rigor del periodista. Procuré no especular en asuntos esenciales. Lo que sí hice fue dar vida a lo que en los documentos está dicho de manera sumaria. Hay un episodio al comienzo de la novela en el que Oviedo dice que un enorme monstruo marino devoró una embarcación. Lo que hice fue acudir a mis lecturas de Julio Verne para darle vida a esa escena. La peste de modorra apenas ocupa unas frases en los cronistas. La población entera de Santa María… cayó presa de un sueño pesado. Como no se despertaban, se morían de hambre. Cerca de ochocientas personas murieron por esa causa. Desde esa perspectiva, nada es inventado. Las escenas que recreo están inspiradas en algún documento, un testimonio, en alguna fuente, salvo algunos nombres que puse a personajes que no los tenían, lo demás es real. Las licencias creativas se podrían contar con los dedos de una mano.
Esas licencias —pregunto— son las que le permiten al narrador afirmar que la ficción es obra del diablo: «Eso es idea del mismo Fernández de Oviedo. Uno de sus mayores arrepentimientos fue el de haber escrito una obra de ficción, la novela de caballería Claribalte, porque según él la ficción era mentira y la mentira era cosa del diablo. En sus crónicas hay una insistencia permanente en el tema de la verdad. Como buen hombre de su tiempo, tenía una obsesión por la salvación de su alma».
Arango ha sido finalista en dos ocasiones del Premio Herralde de Novela de la Editorial Anagrama, sin duda, un aliento para su escritura. ¿Insistirá? Sabe que más allá de un galardón está la determinación de leer y producir obra: «Los premios son señales de que voy por buen camino. Creo que no volveré a concursar en el Herralde. La editorial Anagrama ha empezado a incurrir en la misma arbitrariedad que es tradición en Planeta o Alfaguara: premiar a autores de la casa. Eso es abusar de las ilusiones de miles de autores ingenuos que creen que tienen posibilidades de ganar. En el caso colombiano, si no has pagado tu derecho de entrada a las camarillas bogotanas, eres inexistente. Siendo un autor inexistente, creo haber hecho una obra decorosa», remata.
Eso es lo que quisiera decirle a María Nubia, su madre, quien ahora realiza un cocido de fríjoles, en el pequeño apartamento donde Gustavo escribe: «Creo —me comenta en voz baja— que es la única persona que se lee todo lo que escribo, pero lo hace para ver si revelo historias de la familia. Si encuentra algo, me lo reprocha y me dice que para qué me pongo a contar esos chismes. Le digo que ella es la única que se da cuenta, pero igual me llevo mi regaño, aunque últimamente me parece que se está ablandando».
Entonces toma valor para hacerle la pregunta «¿Y… cómo le pareció la novela que le mandé?» Sigue un silencio. Con una cuchara de palo en la mano, María Nubia lo mira y lo increpa con un marcado acento paisa: «¿Y usted qué?, pues mijo, no ve que yo vengo aquí es a cocinarle por unos días, para que no coma esas porquerías que le dan en este país, por eso es que está tan gordo. ¿Vos qué?, ¿se embobó?, dejate mijo de preguntar pendejadas, pues… más bien póngase a arreglar la mesa, que estos frijoles ya van estando, y hay que atender al invitado… ¡apúrele, pues!






miércoles, 21 de junio de 2017

"Cuando quiero novedades las busco en el pasado"

 Una entrevista con John Jairo Junieles Acosta, a propósito de la publicación de la edición colombiana de El país de los árboles locos
La entrevista fue publicada en el suplemento Dominical, de El Universal de Cartagena, 
el 13 de noviembre de 2005.  


"Cuando quiero novedades las busco en el pasado"

Por John Jairo Junieles


Hay plantas que crecen en lugares inhóspitos, como en los tejados de las casas, donde precisan sólo de una reducida sombra de polvo para seguir insistiendo. Más extrañas aún son las que vemos colgando de los cables de luz eléctrica, y que sobreviven de los nutrientes del aire, o de lo que lleva el viento a su paso.
Es posible imaginarse que esas plantas han aprendido a vivir con poco, hasta el punto de que ese poco, llega el día en que parece demasiado para ellas. 

 Algún día esas plantas fueron de la tierra, y la tierra de ellas, pero su curiosidad, o fuerzas incomprensibles operaron sobre ellas, e impusieron, o despertaron, una necesidad de búsqueda.
Imagino –tal vez sin acierto–, que los escritores en el exilio, como estas plantas aéreas, ejercen una nostalgia de orígenes, que es dolor y alimento. Exilio, esa palabra extraña, hija de los aeropuertos y estaciones de autobuses y trenes, que se duerme con la canción de cuna de las sirenas de los barcos.
Pero hay formas imperceptibles de exilio: abrir un libro y transportarse a la Florencia de Boccacio, cerrar los ojos mientras se escucha la música de esferas de Bach, o ese mongol que fatiga la estepa en su caballo (casi olemos el sudor del animal) frente a la fotografía que los eterniza a ambos. Cruzar las fronteras de la imaginación es también, sobre todo, un ejercicio de exilio (y de estilo, diría jugando Cabrera Infante).
Gustavo Arango es un exiliado en muchos sentidos (vive hace mucho años en Estados Unidos, actualmente es profesor de Oneonta College, de la State University of New York) pero hay un tipo de exilio que causa más curiosidad todavía: es un exiliado de los "temas hamburguesa" de la literatura colombiana (y latinoamericana) de hoy, sus novelas y cuentos todavía no han sido empacados y etiquetados por las editoriales masivas.
Arango es autor de Un tal Cortázar (reportaje), Bajas pasiones (cuentos), Su última palabra fue silencio (cuentos), Retratos (reportajes), Un ramo de Nomeolvides (reportaje sobre las vivencias y aprendizaje de García Márquez en el diario El Universal de Cartagena), La risa del muerto (Premio Internacional de Novela de la Casa Dominicana de Nueva York), y Criatura perdida (novela).
Hace poco en Francia apareció la Antología de cuentos colombianos del siglo XX, de la escritora y crítica literaria Christiane Laffite, Maitre de Conferences en la Universidad de París Sorbona. En esa antología hay un cuento suyo, El intruso.
Todo escritor funda gran parte de su literatura en la autobiografía, toda obra es una reescritura, o un deja vu distorsionado de la memoria. Gustavo Arango no escapa a esto, sin embargo, hay un pudor y un silencio natural que busca arropar el origen biográfico de sus invenciones.
Esta entrevista que nos ha concedido, es una invitación a volver del exilio de las fronteras inútiles, y del universo personal del creador.

Usted hace parte de la denominada diáspora de escritores colombianos, ¿en qué medida esa situación condiciona o influye en su trabajo? ¿El exilio ha modificado su percepción creadora?
— La palabra exilio se ha llenado con el tiempo de sentidos nuevos. En cierto modo ha perdido la connotación de castigo que solía tener y, hoy en día, podría decirse que es un privilegio. Muchos de los que estamos fuera de Colombia hemos salido impulsados por fenómenos económicos o sociales que no se parecen en nada a los destierros a la manera de Ovidio o, para no ir muy lejos, de los escritores latinoamericanos de los años setenta. En tiempos en que la mayor parte de la población de un país quiere o necesita marcharse, el exiliado es algo así como el sobreviviente de un naufragio.
No quiero decir que no haya amenazas detrás de quienes abandonamos el país. Las amenazas existen, muchas veces he pensado que de no haber salido primero de Medellín y luego de Colombia, las probabilidades de estar muerto serían mucho mayores, pero es más significativa la sensación de haber conquistado nuevas perspectivas, cierta independencia y, en cuanto a la creación literaria, una mayor libertad creativa.
Cuando vivía en Colombia me sentía en cierta forma un exiliado interior. Ninguno de los textos literarios que escribí allá (una novela, dos libros de cuentos) están situados en espacios colombianos. Rara vez los lugares donde transcurren mis historias tienen un nombre. Vivir fuera de Colombia me ha servido para corroborar que la nacionalidad puede ser otra forma de la alienación.

¿Cuáles han sido sus recientes descubrimientos personales como lector, no sólo en materia literaria, y por qué su interés y valoración?
— Cuando quiero novedades las busco en el pasado. Creo, como dice el Eclesiastés, que no hay nada nuevo bajo el sol. Soy un convencido de que la gran mayoría de las innovaciones en literatura pueden ser halladas en épocas como el siglo de oro español.
Nada de lo que se ofreció como nuevo en las últimas décadas ha sido de verdad tan nuevo. Mucho de lo que hoy en día aparece promovido por la prensa está muy por debajo de lo que se hizo en literatura siglos atrás. Como decía el inevitable Borges: "Ochenta años de olvido equivalen, tal vez, a la novedad".
Por eso mis hallazgos literarios suelen parecerse al descubrimiento del agua tibia. Llevo varios años fascinado con una escritora mexicana del siglo XVII, llamada Juana de Asbaje. Plutarco puede ser suficiente lectura para muchos años. Siempre me gusta escarbar en tiendas de libros de segunda y anticuarios, allí es donde suelo hacer los mejores hallazgos. Pero si me obligaran a mencionar un contemporáneo, hablaría de David Markson, el autor de Wittgestein’s Mistress y Vanishing Point, para los amantes de los chismes literarios sus obras son manjares.

En relación con lo anterior, ¿cuáles han sido las lecturas que han sobrevivido al tiempo, y cuya relectura se ha convertido en una necesidad?
— Hay un libro que necesito leer cada cierto tiempo, se trata de Ortodoxia de Gilbert K. Chesterton. Pienso que sigue siendo un libro válido para entender nuestro mundo actual y para identificar las mentiras que lo constituyen, también para descubrir que casi nunca aquello que parece rebeldía constituye una verdadera rebeldía.
Tampoco me canso de leer a Juan Carlos Onetti, especialmente El astillero. Siempre que leo ese libro pienso que estoy frente a una obra que durará siglos. La razón parece obvia: dura más la ruina que el edificio. Otro libro de poesía que me reconforta es Cosmos, de Carl Sagan.

La literatura colombiana de hoy tiene varias corrientes temáticas o expresivas reconocibles, a veces por sus influencias. ¿Cuál es su opinión sobre esas tendencias, ha identificado alguna, o algunas, desde su perspectiva?
— Debo confesar que no leo mucha literatura contemporánea, aunque sí me entero a veces de los ires y venires de los escritores, de sus asociaciones y rivalidades.
Otra ventaja del exilio es que uno no tiene que sumarse a ningún bando ni pedir demasiados permisos para escribir sus tonterías. A pesar de que enseño literatura latinoamericana, he tenido la suerte de trabajar con períodos en los que ya las pasiones se han sosegado.
Mi impresión general es que hoy en día en Colombia son más los herederos de Andrés Caicedo que los de García Márquez. Sé que hay una corriente exitosa que emplea los personajes y situaciones de la violencia contemporánea: los narcotraficantes, los sicarios, los guerrilleros, los paramilitares. Supongo que esa corriente es heredera del realismo social y que, como su antecesor, no tiene un lugar preciso entre la denuncia y la apología.
Por mi parte pienso que no hay que rendirles tanta pleitesía a los criminales. Un matón no es un héroe, es una enfermedad.
Sé también que Colombia ha entrado en la moda de fabricar escritores como figuras del espectáculo, donde interesa más la pose que lo escrito. Todo eso es entretenido y no veo que sea demasiado reprochable. Un país teleadicto como el nuestro necesita ese tipo de celebridades. Por la calidad de la literatura no hay que preocuparse, muchas obras buenas ya fueron escritas y la vida no nos va a alcanzar para leerlas.

¿Qué temas o preocupaciones cree que son una constante en su obra creativa, y qué raíces u orígenes intuye o reconoce?
— Puedo hacer una breve lista de temas que me obsesionan y están en todo lo que escribo: la soledad, el silencio, la brevedad de la vida frente a la inmensidad de la nada, la incapacidad que tenemos para entender el universo, el absurdo y el sinsentido.
Creo que el origen de todo eso está en haber tenido desde niño una vida muy al margen de las relaciones personales. Las estrellas eran más importantes que los vecinos.
Por eso mis historias son casi siempre vagas, imprecisas, abstractas, tratando de agarrar al mismo tiempo el instante y la eternidad. Mi primera novela, Criatura perdida, habla de un hombre que viaja de ciudad en ciudad y todos los lugares a los que llega se van quedando desiertos, la gente desaparece hasta que él se queda solo.
La risa del muerto, mi segunda novela, habla de las huellas que las personas dejan después de morir, del paulatino borrarse de nuestros gestos y nuestras obras. Cada libro ha sido una experiencia distinta. Criatura perdida me tomó cinco años de escritura muy dificultosa, llena de interrupciones, de obligaciones que me alejaban. Fue una obsesión que se mantuvo viva por mucho tiempo. A veces me impuse la tarea de transcribir a mano lo que llevaba escrito para recuperar el tono del libro.
Con La risa del muerto ocurrió algo distinto. Un día me puse a revisar los cuadernos que he venido llenando desde hace veinte años y descubrí que allí estaba la novela casi lista. Me tomó mes y medio organizar los textos y darle una forma final al libro. Para mí ha sido una cosa rara que la novela ganara un premio aquí en Nueva York.
Comparto la opinión de mi madre cuando la leyó: "No me explico que le vio el jurado a eso tan enredado".
Nunca he creído que mis libros lleguen a ser populares. Pero confío en que circularán por un tiempo de mano en mano.

¿Cuál ha sido la semilla, o el detonante, de alguno de sus libros?
— En los últimos años mi manera de escribir ha cambiado. Antes me preocupaba si pasaba mucho tiempo sin escribir, pensaba que algo andaba mal. Ahora sé que pueden transcurrir meses y años, que puedo leer y hacer otras cosas, porque cuando llegue un tema que de verdad me apasione me sentaré a escribir con todas las ganas. Así he escrito las últimas cuatro novelas. Tres de ellas las he reunido en un libro que he titulado Tríptico de la tristeza. Están inéditas y espero que un editor o algún jurado se "equivoquen".
Una de ellas, Confieso que he matado, surgió a partir de una obsesión con el poema de Sor Juana, Primero sueño. Otra, Oscuridad variable, es un relato construido a partir de seis fotografías. La tercera, El origen del mundo, tiene su origen en el cuadro de Courbet con ese título.
¿Qué puede comentarles a los lectores sobre El país de los árboles locos, su último trabajo?
El país de los árboles locos es una novela corta que también podría considerarse un reportaje. De hecho, al final del libro hay un reconocimiento a todos los autores de los que se nutre el relato. Las fuentes son muy diversas. Al lado de Plinio el viejo, José Asunción Silva o Robert R. Ripley (el de Aunque usted no lo crea), aparecen mis amigos Juan Carlos Pérez y Gustavo Colorado. Es otra historia de viaje. En cierto modo es un homenaje a Julio Verne, uno de mis autores preferidos cuando niño. Pero también es una historia de amor.
El país de los árboles locos es la historia de un hombre que está buscando a su amada, pero no sabe o no recuerda quién es ella. La única manera de saber o recordar es viajando hasta ese país legendario que ni siquiera es seguro que exista. El libro narra las aventuras del viaje, de la búsqueda, y al mismo tiempo reflexiona sobre la forma como cada uno de nosotros le da sentido a su vida a medida que la vive.
Creo que de todos los libros que he escrito éste es el que tiene más posibilidades de llegarles a muchos lectores. Después de nueve libros empiezo a escribir desenredado.

El cine y la televisión son factores influyentes a la hora de estudiar posibilidades creativas en los creadores actuales. ¿Qué significa para usted lo audiovisual?
— Muchas de mis influencias creativas son audiovisuales. Soy tan heredero de Cortázar o de Borges, como de la serie Dimensión desconocida.
El absurdo lo aprendí tanto de Beckett como del Superagente 86. Por cierto, me parecieron fascinantes los efectos que produjo en Colombia la muerte del protagonista de esa serie. Creo que en ningún otro país del mundo la noticia ocupó tantas primeras páginas de periódicos y hasta comentarios editoriales. Eso revela más de los colombianos como nación que cualquier estudio sociológico.
Como les sucede a muchos, mi vida está marcada por las películas o series de televisión que he ido viendo a medida que vivía. La película más hermosa que he visto es Cartas de un hombre muerto (también está en la bibliografía de El país de los árboles locos). Ahora no me pierdo un capítulo de la serie Monk, pienso que esa serie es una celebración de los actos de leer e interpretar.
Todas esas influencias aparecen tarde o temprano reflejadas en la literatura que uno hace. Pero las influencias pueden venir de cualquier lugar. De un amigo o pariente. De algo que nos llama la atención. Personalmente creo que mi estilo literario tiene alguna influencia del estilo futbolístico de Carlos Valderrama. Inmodestia aparte, creo que algunos de mis escritos participan de esa condición engañosa, inesperada y sorpresiva que tenía el estilo de juego del Pibe.

***

Ese es Gustavo Arango. Sus personajes son como un pianista que regresa de la guerra, entra a un café y se acerca a un piano para tocar las teclas con sus muñones.
Buena parte de la belleza o verdad de una obra, está en los lectores que la completan. Arango, a través de sus cuentos y novelas, a la manera de Velásquez y su aposento lleno de reflejos, ha hecho posible que vislumbremos dimensiones escondidas de nuestra realidad.
En un juego de espejos, el escritor usa sus palabras como reflejo para mostrarnos el lado oculto de nuestra cabeza, como espejos en manos de un peluquero. Historias e ideas que intentan hacer las preguntas centrales, y cuyas respuestas deben ser de la misma naturaleza del alimento de las plantas aéreas. Un intento por deshojar la cebolla desde adentro, o trazar los planos para edificar una ciudad en un grano de arroz.






domingo, 18 de junio de 2017

Un viejo artículo de The Toronto Star

Un texto publicado por The Toronto Star, el sábado 27 de junio de 1998. Traducción de David Lara Ramos.



García: Lección del maestro

Por Linda Diebel[1]

El miércoles 9 de junio de 1948, el orgulloso y tradicional periódico liberal, El Universal, publica una nota en la página 5 bajo el título “Crónicas sociales”. Uno puede imaginarse a los costeños del caribe colombiano leyendo ese día sus periódicos empapados en ese aire húmedo, mientras las moscas zumban sobre sus desayunos.
Y se lee: “Con el objeto de pasar unas cortas vacaciones al lado de los suyos, partió para Sucre don Gabriel García Márquez, dilecto amigo nuestro y colaborador de este diario. EL UNIVERSAL le desea una grata permanencia en esa localidad y anhela verlo muy pronto reintegrado a las labores periodísticas”.
Ese joven, García Márquez, en realidad regresó a Cartagena y a El Universal después de unas largas vacaciones –pero  sólo por muy poco tiempo.
A uno le gustaría decir, imitando al maestro, que se fue del periódico un año, 11 meses y 17 días más tarde, y que ese día, el día escogido para su partida, llovió al atardecer una fuerte tormenta que vino desde el norte, como el más propicio de los presagios ante su decisión.
Pero no está claro cuándo dejó él de escribir su columna diaria en El Universal.
Viajaría a Europa, viviría en un burdel, tendría trabajos casuales, regresaría a Bogotá, vendería enciclopedias, escribiría artículos, reseñas de películas y novelas que pocos leerían, hasta que finalmente en 1967 publica Cien años de soledad y llega a ser famoso.
El libro lanzaría a García Márquez hasta la cima del mundo literario y lo hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1982, convirtiéndolo en el escritor más conocido en América Latina. Es llamado el rey del Realismo Mágico por un estilo donde hechos y realidades unen lo mágico a la vida diaria.
Se dice que las futuras generaciones verán a la América Latina del siglo XX a través de sus ojos, tal como vemos a la Rusia del siglo pasado a través de los ojos de León Tolstoi, o a Inglaterra a través del prisma de Charles Dickens.
En realidad, García Márquez nunca dejó a Cartagena y a la Costa Caribe, lugar donde nació. No espiritualmente.
Y en realidad nunca dejó el periodismo y su amado periódico El Universal. Él sí continuó su “labor periodística”.
El periodismo está en su sangre. Tiene, como decimos en este oficio, tinta en sus venas. Una vez dijo, “Cuando hago periodismo, algunas personas piensan que estoy haciendo literatura”.
Por  esta razón, y debido al decisivo papel que el periodismo puede jugar en América Latina en los actuales momentos, García Márquez, hoy de 70 años, ha conformado en Cartagena, a orillas del Mar Caribe, una escuela para periodistas.
Está ubicada en un bello edificio colonial y es llamada Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. O, como dicen sus amigos, “El taller de Gabo”.
Esa fue su idea. Él la desarrolló con sus amigos, noche a noche, en medio de una tormenta de ideas durante un Festival de Cine de Cartagena.
Desde 1995, ha trabajado con 500 periodistas de toda América Latina, personalmente o en talleres a cargo de sobresalientes periodistas como la mexicana Alma Guillermoprieto (quien a menudo escribe en inglés para el New York Review of Books y The New Yorker) y en una semana de taller se enseña de todo, desde la tradición narrativa en el periodismo hasta la idea de una prensa libre.
García Márquez a menudo habla del miedo a escribir. Un tema amplio. La página en blanco, la que compara con la muerte, de la cual dice: “es la única cosa importante que ocurre en toda la vida”. Es muy crudo al hablar sobre por qué escribe. “pienso que yo escribo porque yo le temo a la muerte”. Una vez le dijo a un periodista: “Si yo no escribiera, me moriría”.
En América Latina, el temor a escribir toma un tono mucho más siniestro. No es sólo asunto de un grupo de escritores, o un espejismo a punto de acabarse.
Aquí, los periodistas están muriendo por su oficio.
El Comité Norteamericano para la Protección de Periodistas reporta que, de los 26 periodistas asesinados en el mundo el año pasado, 10 murieron en América Latina. En las décadas pasadas 191 periodistas latinoamericanos fueron asesinados –en Colombia, México, Argentina, Guatemala, y en otros lugares– y sus muertes no se han resuelto y siguen en la impunidad.
La realidad hace que sus talleres sean vitales.
-Cómo usar una grabadora; cómo no dejarse sobornar.
-Cómo atrapar la atención de los lectores; cómo ser valiente.
-Cómo seguir adelante cuando las amenazas llegan; cómo seguir escribiendo cuando cesan, lo cual puede ser, inclusive, más aterrador.
Él trata de inspirar a la crema de los nuevos periodistas en América Latina, para que sigan escribiendo en estos tiempos de guerra civil en Colombia, de escuadrones de la muerte en México, y una poderosa y gran mafia de las drogas, que los amenaza, los secuestra, los tortura y los mata.
Él les ofrece la oportunidad de unirse, de construir una vida que los respalde. Inspiración en tiempos difíciles.
“La democracia no se ha consolidado en América Latina. Va en progreso”, dice Jaime Abello, anteriormente un periodista de televisión y hoy director de la fundación de García Márquez.
“El periodismo juega un papel esencial en la creación de esa sociedad democrática. García Márquez quiere revivir el espíritu del periodismo”, afirma Jaime Abello.
“Para los periodistas que vienen aquí, esto no es un trabajo, es como estar de vacaciones”.
Él le llama “Gabo”, es su amigo. Abello escribió los primeros lineamientos de la Fundación. La sacó adelante. Una nota escrita a mano es la prueba de su éxito: “Para Jaime A. director sin sueldo, de algo que aún no existe, de su presidente, G.”
La fundación es financiada por la UNESCO y donaciones privadas incluyendo periódicos de los Estados Unidos, Canadá y Europa, que envían fondos y, ocasionalmente, personal.
Organizarlo todo fue un riesgo para García Márquez. Colombia es el más sangriento de los países. Él es un intelectual, un hombre cuyas palabras son sopesadas y medidas, una autorizad moral. Siempre es notica.
Los terroristas ya han solicitado su ayuda en la crisis actual, pidiéndole que sea presidente de Colombia. Él ha declinado, diciendo que está seguro de que sería “el peor presidente” en la historia de Colombia.



Él debe ser cuidadoso.
Lou Clancy, quien fuera editor general de The Star, es un voluntario de la fundación de García Márquez. Actualmente está trabajando en el prototipo de un periódico llamado “El ideal”, a  cargo de un grupo de jóvenes periodistas de la fundación, que espera sea publicado a comienzos del próximo ano.
Clancey Admira el coraje de ese hombre. “En Colombia involucrarse políticamente, de cualquier manera, es algo muy peligroso”, afirma.
Está siempre en la mira de todos debido a su reputación, pero él sigue adelante. Sin él, la Fundación no existiría. Su dedicación a su país es clara (en este proyecto). Está tratando de hacer algo por toda una generación, para que, de esa forma, el país vea los beneficios.”
García Márquez parece tocar a todo el que encuentra a su paso. Es un toro, su pecho como un barril, usualmente vestido de blanco, cabello blanco, bigote blanco y enormes cejas blancas. Es carismático y generoso. Le encanta comer, le gusta reír, hablar y tomar whisky. Antes le gustaba fumar  –hasta seis paquetes de cigarrillos al día– pero lo dejó después de que se le extrajo un tumor de su garganta, hace algunos años.
Se define como “costeño mestizo”.
Clancy habla sobre su calmada y atrayente presencia. Habla como escribe. Cuenta historias. Te atrapa. Lo escuchas y tú solo estás siguiendo una maravillosa historia, pero cuando él te muestra lo cercano del tema, te das cuenta de que sólo ha estado resumiéndolas dos últimas horas de conversación”.
“Es un contador de historias”, dice.
García Márquez quiere compartir esa habilidad.
Quiere hacer mejores periodistas, afirma Germán Mendoza, director de El Universal y también voluntario del proyecto. “Gabo es un apasionado del periodismo”, dice.
Mendoza está sentado en la sala de redacción de El Universal. Una sala como cualquier otra sala de redacción de 1998: largos tubos de luces fluorescentes sobre su cabeza, grupos de periodistas en los conocidos cubículos probablemente ideados por algún diseñador de California; un radio de la policía suena al fondo; los televisores encendidos; y esa energía intangible que fluye desde las entrañas de una empresa periodística.
García Márquez realizó su primer seminario en El Universal. Se inició el primero de abril de 1995, y Gustavo Arango estaba ahí.
Tiene 33 años, es un escritor de Medellín, enigmático, intenso, con bigote y chivera.
Llegó a Cartagena tras las huellas de García Márquez –a trabajar en El Universal y escribir su novela.
Es editor del Dominical, un suplemento literario que circula semanalmente. Ha publicado dos libros de cuentos y ya tiene escritas 90 páginas de su primera novela. También escribió el libro Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal.
Siempre pensó que la novela era más importante que el periodismo, hasta que conoció a Gabo.
“García Márquez es como un amigo que ha vivido más que tú”, dice Arango. “Él quiere compartir contigo lo que ha aprendido”.
“Me enseñó la importancia del periodismo. El afirma que el periodismo es un género literario como cualquier otro, y de esa forma debe ser tratado”.
Arango ha aprendido bien la lección. La edición del Dominical se concentra en temas tales como las víctimas de las minas quiebrapatas, o sobre el asesinato de un reportero gráfico en Argentina. Está bien escrito, completo, bellamente editado.
Arango cuenta la historia de Clemente y su lápiz rojo. Todo periodista tiene a un Clemente. Ese editor especial.
Para Ernest Hemingway en The Toronto Star, en la primera parte de este este siglo, el editor fue aquel que le garabateaba y escribía: “No presuma de escritor”, a lo largo de uno de sus borradores, y lo preparó para el camino que seguiría toda la vida, una vida llena de enorme fuerza verbal y prosa libre.
Clemente Manuel Zabala fue ese editor para Gabo, o Gabito, como le decían en El Universal en los años 40.
El novato le presentó su primera crónica.
Clemente se la regresó con tachones en rojo sobre todo el borrador y con escritos en el margen. Por supuesto, las anotaciones se convertían posteriormente en parte de la historia que se publicaba.
Todos los días era lo mismo.
Gradualmente había menos tachones rojos en el papel, hasta que un día no hubo ninguno.
Gabo tenía por primera vez una historia de verdad.
Hoy Gabriel García Márquez vive en México.
Ha estado en Cuba en los últimos meses, visitando a su amigo Fidel Castro. Ahora no tiene tiempo para una entrevista.
Pero, a través de Gustavo Arango –reflexivo, entusiasta, apasionado por escribir y totalmente inspirado por su maestro– uno puede apreciar realmente lo que García Márquez realiza en sus talleres.

* * *

El 11 de diciembre de 1997, la noticia principal en primera página presenta el siguiente titular: “FARC atacan base militar: 20 muertos”.
Un asunto común en Colombia.
Debajo está otro titular que dice: “La lección del maestro”.
Es una crónica completa escrita por Arango, quien asistió a su segundo taller con García Márquez. Describe lo que él y una docena de periodistas de México, Argentina, Venezuela, Ecuador y Colombia, aprendieron en una semana.
García Márquez les enseñó sobre cómo tomar notas, después dejarlas a un lado y dejar que la memoria recree la vida. Él dice, está bien usar una grabadora, pero no permitas que ella te tiranice. Escucha a la persona hablar, en lugar de atender a la grabadora o pensar en la siguiente pregunta.
Usa ejemplos de sus propios escritos a manera de ejercicios. Les entrega a los estudiantes las herramientas básicas del oficio, ellas parecen estar a la mano, pero en realidad son las más esquivas.
Al escuchar a Gustavo Arango es muy fácil imaginarse el estar en uno de los talleres. Escuchando esa voz que te hipnotiza.

* * *

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendíá había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
¡Qué lead!, podría exclamar cualquier periodista al leer la primeras líneas de Cien añs de soledad.
¿Frente al pelotón de fusilamiento? ¿Y, entonces, qué pasó?, ¿murió?, ¿quién no quisiera seguir leyendo?
Cuenten una historia: esa es la lección más importante que García Márquez entrega a los jóvenes periodistas.
“Los buenos periodistas cuentan la historia completa, pero en una forma narrativa, no lineal”. Dice Arango: “Él nos dijo: ‘Creen suspenso, agarren al lector por el cuello y llévenlo con ustedes hasta la última palabra de la última línea. Pero, si creas suspenso, es mejor que lo mantengas. No puedes dejar que tus lectores se vayan –o subestimarlos.

* * *

“Al amanecer del día siguiente, jueves 24, el cadáver de Marina Montoya fue encontrado en un terreno baldío al norte de Bogotá. Estaba casi sentada en la hierba todavía húmeda por una llovizna temprana, recostada contra la cerca de alambre de púas y con los brazos extendidos en cruz. El juez 78 de instrucción criminal que hizo el levantamiento la describió como una mujer de unos sesenta años, con abundante cabello plateado, vestida con una sudadera rosada y medias marrones de hombre, debajo de la sudadera tenía un escapulario con una cruz de plástico. Alguien que había llegado antes que la justicia le había robado los zapatos”.
Esta escena pertenece a Noticia de un secuestro, el más reciente trabajo de no-ficción de García Márquez, el cual trata sobre el tema del secuestro en Colombia.
“Creen escenas”, les dice a los periodistas. “Hagan una película con sus ojos. Eduquen sus sentidos. El paisaje, los sonidos los rostros, hasta los olores. Compártanlo todo. Lleven al lector al lugar de los hechos. Háganlo vivir”.
Sus propias columnas diarias en El Universal siguen vivas en su página.
Él escribe sobre lo grotesco, lo fantástico y lo aparentemente mundano, lo terrenal –o sobre cosas que él una vez describió como “esos detalles de interés humano que no parecen importantes, pero que son en realidad los que nos mueven”.
Él escribe sobre cualquier cosa: “el mago Aben-el-kady y su esposa Samarkanda, quienes llegaron a Cartagena el 3 de enero de 1949 para “compartir los secretos de la antigua India”; del teniente Matayana, quien tuvo un duelo al amanecer; sobre el boxeador Joe Louis, cuyo coraje inspira; y la glamorosa estrella de Hollywood Rita Hayworth y su príncipe Alí Khan.

Él escribe sobre la vida.
Lo que él enseña, piensa, debe ser, al menos en parte, una historia cautivante.
García Márquez les dice a los jóvenes periodistas que han escogido un camino difícil. Escribir es difícil, afirma, de cualquier forma en la que se realice.
Es una actividad solitaria.
“Él dice que cuando tú escribes –siempre– estas solo”, comenta Arango. “Dice que escribir es una gran batalla que nunca termina”.
“Dice que muchos quieren ser escritores, pero sólo unos pocos lo logran. La vida decide quién es y quien no es”.



[1] Publicado The Toronto Star, el sábado 27 de junio de 1998. Traducción de David Lara Ramos.







martes, 13 de junio de 2017

Tomás Eloy enseñaba con poesía

Entre 1999 y 2004, fue mi privilegio tener a Tomás Eloy Martínez como maestro y mentor. Coincidimos en la Universidad de Rutgers, en New Jersey, donde él dirigía el programa de Latin American Studies y yo hacía mis estudios de maestría y doctorado. También fui su asistente en un curso sobre los autores del Boom. Tuvimos oportunidad de hablar sobre mis ambiciones literarias, y su ayuda y sus consejos siempre fueron valiosos. 



Una de sus enseñanzas la guardo como un tesoro: la escribió Tomás Eloy al final de un ensayo mío sobre el viento en la obra de Juan Carlos Onetti.



Este es el poema de Baudelaire


El albatros

     Suelen, por divertirse, los mozos marineros
     cazar albatros, grandes pájaros de los mares
     que siguen lentamente, indolentes viajeros,
     el barco, que navega sobre abismos y azares.
     
               Apenas los arrojan allí sobre cubierta,
     príncipes del azul, torpes y avergonzados,
     el ala grande y blanca aflojan como muerta
     y la dejan, cual remos, caer a sus costados.
     
               ¡Que débil y que inútil ahora el viajero alado!
     El, antes tan hermoso, ¡que grotesco en el suelo!
     Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,
     otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.
     
               El poeta es igual ... Allá arriba, en la altura,
     ¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!
     Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:
     ¡sus alas de gigante no le sirven de nada!



L'Albatros
Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.
À peine les ont-ils déposés sur les planches,
Que ces rois de l'azur, maladroits et honteux,
Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
Comme des avirons traîner à côté d'eux.
Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!
Lui, naguère si beau, qu'il est comique et laid!
L'un agace son bec avec un brûle-gueule,
L'autre mime, en boitant, l'infirme qui volait!
Le Poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l'archer;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l'empêchent de marcher.

                                                               — Charles Baudelaire





                    

lunes, 12 de junio de 2017

El arte del periodismo

 Conferencia en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Cartagena, en abril de 1995.



El arte del periodismo
  
Antes de entrar a un diálogo abierto –y aprovecho para agradecerles por haber acudido a la invitación del Taller de Periodismo-, quisiera hacer una serie de consideraciones sobre Un ramo de nomeolvides, hablar del largo e intenso aprendizaje que fue hacer ese libro, de las intuiciones y certidumbres que he podido encontrar a lo largo del trabajo y luego, en ese diálogo con los lectores que enriquece y llena de sentido lo que hacemos.
Quisiera hacer una descripción general de Un ramo de nomeolvides, pero tropiezo con grandes dificultades conceptuales para hacerlo. Siempre he tenido el privilegio –o la limitación, según se le mire- de olvidarme de los géneros literarios o periodísticos a la hora de escribir. El resultado de esa tendencia es una serie de trabajos que no aceptan fácilmente las definiciones tradicionales de reportaje o crónica, en el periodismo, o las de cuento o prosa poética –por mencionar algunas– en literatura. Por eso no sabría decirles exactamente qué es Un ramo de nomeolvides, no sería capaz de ponerle una etiqueta determinada. Algunos lectores del libro han tenido más arrojo y mejor inspiración a la hora de definirlo.
En los comentarios que ha suscitado, durante estos cuatro meses de vida pública, Un ramo de nomeolvides ha sido calificado de reportaje, relato histórico, crónica de época, híbrido entre crónica y novela, periodismo literario, literatura periodística o ramillete de crónicas, esta última la más poéticas de las definiciones que ha recibido.
Me costaría mucho decidirme por uno de esos términos. Pero como hay que decir algo que se le aproxime, diría que Un ramo de nomeolvides es una investigación periodística escrita con la pasión y el rigor expresivo de una obra literaria. En pocas palabras, periodismo entendido como arte. Con esta perspectiva, quisiera hablar un poco de tres momentos importantes dentro del trabajo: la etapa investigativa, el proceso de escritura y una que apenas comienza, que es su encuentro con los lectores.
En cada una de estas etapas es posible hacer reflexiones valiosas sobre el ejercicio periodístico, que es justamente el propósito que nos reúne.

Entre papeles y recuerdos
La etapa de investigación está llena de incertidumbres y emociones encontradas. Un buen día resulta que sobre nuestros hombros pesa, sin que entendamos sus dimensiones, la responsabilidad de escribir un libro en un poco más de un año.
La primera semana la tomamos con calma. Pensamos que un año es mucho tiempo y que lo que nos han dado es una beca para pasarla sabroso. Vamos a cine, dormimos hasta tarde y, a veces, para silenciar nuestra conciencia, empezamos a buscar, de manera aperezada, en los libros y revistas que tenemos al alcance de la mano.
Al comenzar la segunda semana comprendemos que los años suelen tener un poco más de cincuenta semanas y que la primera, a pesar de los simulacros de trabajo, la hemos perdido vagando.
Entonces vamos al archivo a buscar los periódicos de la época en que Gabriel García Márquez escribió en El Universal, un período que está de moda en esos días a raíz de la mención que el escritor hace del jefe de redacción de aquella época, Clemente Manuel Zabala, en su última novela, Del amor y otros demonios.
Y al enfrentarnos a la primera noticia del primer periódico amarillento y quebradizo de hace casi cincuenta años, al ver que las noticias tienen párrafos, y los párrafos palabras, y las palabras ideas o realidades, empezamos a entender las verdaderas proporciones del trabajo en que nos hemos embarcado.
En ese momento, cuando uno comprende que tendrá que leer los periódicos de varios años, día a día, página a página, noticia a noticia, para tratar de entender esa época y a esa persona a la que se le siguen los pasos, se tienen enormes deseos de salir corriendo.
Pero como nos gustan y estimulan los retos importantes, entonces comprendemos que debemos proveernos de lápiz y papel –en cantidades generosas–, un computador, disciplina, orden y toda la experiencia de los trabajos previos.

En el caso concreto de Un ramo de nomeolvides, una de las actividades fundamentales durante la investigación fue la reseña pormenorizada de todos los periódicos de la época. Varios autores han coincidido en afirmar que la etapa principal del paso de Gabriel García Márquez por El Universal estuvo comprendida entre mayo de 1948 y diciembre de 1951. De tal manera que esa época hay que mirarla con especial detenimiento.
De cada edición de El Universal hice una reseña de las principales informaciones. Todo importaba, así en apariencia no tuviera una relación directa con nuestro trabajo: las noticias nacionales, las internacionales, los eventos y acontecimientos locales, las notas sociales, deportivas, culturales y las columnas y comentarios de la página editorial. Esas reseñas incluían, a veces, síntesis del contenido o transcripciones íntegras, según la utilidad que se le podía intuir al texto para el propósito general del trabajo.
En este punto conviene señalar que muchas veces el propósito central de un trabajo no se ve con claridad desde el comienzo de la investigación. Avanzamos casi a ciegas, recopilamos miles de datos sin saber si finalmente habrán de servirnos, pero debemos procurar tener, lo más pronto posible, algunas certezas sobre las características finales del trabajo.
Para este fin resultan útiles y necesarias las metodologías de investigación. Al precisar objetivos y etapas, al imaginar lo que será el resultado final, estamos definiendo criterios de valoración de toda la información recopilada. Este hecho, cuando se trata de hacer un libro, es fundamental, porque impide que nos sintamos abrumados con la enorme cantidad de información que debemos manejar.
Pero no hay que ser rígidos con nuestra metodología. No debemos tener miedo a variar el rumbo de nuestra investigación si lo que vamos encontrando en el camino así nos lo sugiere. Al contrario de lo que puede creerse, la etapa de documentación en los archivos de prensa exige al máximo de nuestra capacidad creativa.
Como ignoramos casi por completo lo que nos espera entre esos papeles amarillos y polvorientos, conviene estar siempre alerta para descubrir nombres y situaciones y seguirles su trayectoria. Leer archivos es una labor detectivesca en la que hay que estar siempre alerta. A veces, detrás del dato o la frase en apariencia más intrascendente, puede esconderse una revelación definitiva para darle perspectiva a nuestro trabajo.
Aquí conviene insistir en un hecho sobre el que no sobra insistir. Los detalles pequeños son cruciales para la construcción de nuestro texto final. El ambiente, la atmosfera del relato se enriquece con todos los datos pequeños que podamos reunir. Además del registro de las principales noticias, debemos convertirnos en espías de la cotidianidad: toda referencia sobre las costumbres de la época, sobre la manera de vestir, sobre los temas de las conversaciones cotidianas es información importante.
Para citar algunos ejemplos, Un ramo de nomeolvides reflejaría menos esos años finales de la década del cuarenta, los hechos y personajes serían menos vivos y convincentes para nuestros lectores, si hubiéramos pasado por alto detalles como los pasteles de pavo que eran la especialidad gastronómica del hotel Caribe, o si hubiéramos ignorado el concurso radial ‘Coltejer toca a su puerta’, que semanalmente ponía en vilo a la ciudad, también si hubiéramos pasado por alto los titulos de las películas, los artistas que visitaban la ciudad, o la repercusión de los hechos nacionales en el ámbito local.
Hay una imagen que se emplea con frecuencia para referirse al trabajo periodístico: se trata de la metáfora del iceberg o témpano de hielo. Como sabemos, cerca del noventa por ciento del bloque de hielo se encuentra por debajo de la superficie del agua y sólo un diez por ciento sobresale. Igual cosa sucede con el trabajo periodístico. Al momento de acopiar información conviene proveerse de cantidades inmensas de información, así sólo se emplee una mínima parte en la versión final.
Ese material que se descarta, ese noventa por ciento que no se ve en el resultado final, actúa como la masa que permite que el texto flote adecuadamente.

Entre la memoria y el olvido
Otro de los pilares básicos de la etapa investigativa, para hacer Un ramo de nomeolvides, fueron las entrevistas a personas que vivieron esos años cerca de García Márquez.
Es aconsejable que las entrevistas se cumplan después de conocer en profundidad el material documental, porque este nos ayudara a determinar cuáles son las personas que debemos buscar, también nos orientará en el tipo de preguntas que debemos hacer.
En el caso de este trabajo, las entrevistas fueron con personas que en su mayoría tenían más de setenta años. Este hecho nos enfrenta a uno de los principales obstáculos a vencer en un texto de época, ese obstáculo es el olvido.
Si todos nosotros nos ponemos a pensar en nuestros recuerdos de hace cinco o diez años, nos damos cuenta de la cantidad de vida que tenemos encima, y del montón de hechos que se escapan a nuestra memoria.
En personas que ya sobrepasan los setenta, la memoria es una insólita mezcla de vaguedad y nitidez en medio de la cual debemos buscar la época y las personas sobre las que estamos indagando.
En casos como este conviene proveerse de ayudas para recordar. Al visitar a cada uno de los entrevistados es recomendable llevar copias de algunas notas de prensa y fotografías para ayudar a la memoria. A veces, la lectura de un texto olvidado, despierta en nuestro entrevistado una serie de evocaciones que de otra manera habrían sido imposibles.
Para las entrevistas seguí unas pautas mínimas que también deseo compartir hoy con ustedes. En primer lugar, procuré tener varias conversaciones espaciadas con cada persona, para confrontar recuerdos y para ir más al fondo en la tarea de recordar. A veces sólo en la segunda o tercera visita el entrevistado empezó a moverse con propiedad en una época generalmente clausurada en su memoria. Con frecuencia ocurrió que los entrevistados se quedaran pensando en aquellos tiempos remotos y se comunicaran luego conmigo porque acababan de recordar algo.
Como desde el principio tenía claro que las imágenes serían un componente fundamental del texto final, insistí en pedirle a cada entrevistado que describiera lugares y personas con detalle y que recordara anécdotas que incluso le parecieran poco importantes.
Mi labor periodística me ha enseñado que los datos mas reveladores y trascendentales suelen pasar desapercibidos para quien los ha vivido, y sólo una conversación estimulante, que guíe en la búsqueda, puede permitir hacer esos hallazgos.
Para citar solo un ejemplo, este tipo de búsqueda de los detalles nimios condujo a uno de mis entrevistados a recordar la canción que le da título al libro y sobre la que está construido todo el trabajo.
Aquí quiero llamar la atención sobre un hecho importante. Paralelo a la labor de acopio de información, se da en un nivel casi inconsciente la tarea de buscar la forma definitiva que tendrá nuestro trabajo. Y esa búsqueda, en muchos casos, no es otra cosa que la búsqueda del título.
En el momento en que supe de la canción sobre el olvido que solía cantar Gabriel García Márquez, que decía: “Te voy a dar un ramo de nomeolvides, para que hagas lo que dice el significado”, en el momento de escuchar eso tuve una especie de revelación que me permitió comprender con claridad cuál era el enfoque que debía darle al libro. Comprendí que no sólo debía reconstruir los años que pasó Garcia Márquez en El Universal, sino también las múltiples derivaciones de esos años hasta la gloria que hoy tiene y hasta el olvido desde donde sus amigos de aquel tiempo lo recuerdan.
Una revelación como esa, por ejemplo, determinó una etapa adicional en el proceso de documentación.  No sólo habría que revisar los periódicos de aquellos dos años de finales de la década del cuarenta, sino los periódicos de años posteriores, hasta nuestros días, para ver la relación de Gabriel García Márquez con el periódico en el que comenzó.
Ese contrapunto con la actualidad, ese permanente contraste entre aquellos años y la forma como hoy viven cada uno de los protagonistas de aquella historia, le dio a Un ramo de nomeolvides una dimensión adicional y definitiva: la de los múltiples destinos humanos, la de la juventud plena y vital en contraste con la vejez y la inminencia de la muerte.
Solo quiero agregar una cosa más, en relación con la etapa investigativa. Al hacer todas las entrevistas, además de pedir anécdotas e imágenes, procuré que cada persona hiciera una descripción física y anímica del personaje central. Eso permitió reconstruir y darle vida a ese joven pálido, flaco, con bigote y acné, un muchacho de provincia desarrapado y digno que tamborileaba en las mesas de los cafés y alternaba la euforia festiva con unas cavilaciones silenciosas y profundas que inspiraban reverencia entre sus amigos. Y, lo que es más importante, esos mismos testimonios permitieron encontrar a ese muchacho que desde los veinte  años tenía claro que quería ser escritor, y no un escritor cualquier, sino el más grande del mundo.

Manos a la obra
Y así, después de mirar los periódicos por arriba y por abajo, después de hurgar hasta en las listas de invitados a las fiestas o en las listas de pasajeros salidos por vía aérea, después de haber rescatado del olvido cientos de imágenes, con montañas de papel y archivos infinitos de computador, llegó el momento de sentarse a escribir el libro.
En ese momento se comprende que lo realmente importante es aquello que conserva la memoria. Que toda la documentación reunida es sólo un apoyo para precisar datos o para retomar transcripciones de textos. Inexplicablemente, secretamente, a lo largo del proceso de investigación, el libro ha tomado cuerpo en nuestra cabeza. La época y sus características son un espacio al que entramos cuando escribimos. Lo único que se requiere de nosotros es la fuerza y el entusiasmo para hacer el libro realidad.
Quizá lo más difícil de la escritura es hallar el tono general del libro; pero una vez se encuentra, una vez se empiezan a escribir las primeras páginas aceptables, lo demás es entregarse a esa pasión que nos quita el sueño, que nos lleva al límite de las fuerzas, pero también al límite de la felicidad.
También en el proceso de escritura hay que estar atentos a los cambios de enfoque y estructura que el texto nos está sugiriendo. A veces comprendemos que lo que creíamos el comienzo del libro es un capitulo intermedio o un elemento del final. Y si uno está de verdad inmerso en su trabajo, si se entrega a él como a una obra de arte, todo va encontrando su forma con una extraña facilidad.
Quiero llamar la atención sobre un hecho particular. Cuando se está escribiendo el texto, en ocasiones se plantean vacíos que obligan a hacer nuevas indagaciones y entrevistas. La etapa de documentación no termina sino en el momento en que decidimos dar por terminado el libro. Hasta el último día, hasta el último minuto de la última revisión que le hagamos al texto, debemos estar abiertos a todos los datos y elementos que puedan enriquecer nuestro trabajo.
A partir de ese momento el libro ha dejado de pertenecernos, es como un episodio de nuestro pasado que le pertenece a otros. Y la mejor manera de enfrentar tranquilos esa última etapa es haber agotado todos los esfuerzos, haber hecho todo lo humanamente posible para lograr un buen trabajo.
La mejor manera de no tener posteriores conflictos de conciencia es no dejar nada al azar, ni un solo dato, ni un solo adjetivo. Ser obsesivos al exigirnos calidad.

Y ahora los lectores
Y así llegamos a esta última etapa, de la que sólo nos es posible conocer una mínima parte. En muchos casos ignoramos los efectos y sensaciones que producimos en nuestros lectores. Publicar un libro es, para usar una imagen que me gusta, como arrojar una botella al mar. Rara vez sabemos lo que pasa con lo que hemos escrito, sólo a veces recibimos opiniones, elogios o críticas que trastornan por igual.
Pero el recuerdo de las horas invertidas en hacer ese trabajo, el recuerdo de las noches eufóricas frente al computador, a la hora en que casi todos duermen, el recuerdo de esas fatigas que nos dejaban postrados e incapaces de pensar, nos dice que hemos cumplido con nuestro compromiso.
Eso, cumplir dignamente con nuestro compromiso, debe ser la medida de nuestro trabajo, ya sea literario o periodístico.
Lo demás es como cuidar de un hijo. Ayudarle a moverse en el mundo. Hablar de él en reuniones de amigos. Y, mientras leemos una conferencia, o respondemos preguntas, pensar secretamente en escribir nuevos libros.