miércoles, 19 de septiembre de 2018

La mujer de mi vida



Era una época de andares presurosos. Por dentro, el tumulto de proyectos, deseos, búsquedas, temores, sometimientos y servidumbres no daba respiro. Imposible ocuparse de una sola cosa por tiempo prolongado. Por fuera, los pasos aún vigorosos, la eficiencia frente a las múltiples exigencias de esa vida. Resultaba obvio entonces que mi andar aquella noche fuera presuroso, que mis piernas trabajaran con gran intensidad.
Era un sector de la ciudad poco congestionado. No recuerdo haber visto circular por allí autos o cualquier otra clase de vehículos. Creo que ni gente se veía en las aceras. No sabría decir con precisión si pensaba mientras caminaba solitario o si hablaba con alguien que marchaba a mi lado. A veces ambas cosas se me parecen demasiado. Cuando camino solo siento como si le hablara a un fantasma confiable que marcha a mi lado y cuando camino con alguien y le hablo, pienso que ese alguien no existe y que lo que digo lo digo para mis adentros. Pero, en fin, caminaba por la acera desierta y, acompañando o no, hablaba o pensaba.
Al llegar a la esquina, mis pensamientos –llamemos pensar a lo que hacía, a lo que me alejaba hasta volver borrosa esa acera, ese instante sin ningún requisito para hacerse inolvidable–, mis pensamientos, decía, al llegar a la esquina ocupaban mi atención. Debían ser importantes, en esa época acostumbraba pensar cosas importantes. Pero me temo que nunca llegaré a recordarlos; diminuto fragmento de mi vida perdido para siempre.
Al llegar a la esquina, decía, pensaba. Fue sólo un instante verla irrumpir en mi vida y precipitarse contra mi absorta humanidad, sin alcanzar a hacer algo para evitar o al menos atenuar la colisión.
Quedamos cara a cara, al principio sorprendidos, como planetas que dormidos se salieron de sus orbitas, y luego –a más tardar un segundo después– fascinados por una fuerza que salía de los dos, desencadenada por los dos, que nos hacía comprender, en un rapto de lucidez que he tardado toda mi vida en entender, que en ese pequeño reducto en que nos mirábamos, la perfección y la armonía confirmaban su existencia.
Sentí que ante alguien como ella podría mostrarme sin reservas. Sentí que ella podría discernir, en medio de la mentira, al sujeto que era yo. Sentí que en ella, en sus ojos matutinos, sus cabellos tempestuosos y su piel de atardecer, habitaban todos los significados que yo pudiera darle a la palabra belleza y, como si fuera poco, percibí que para ella yo tenía el mismo valor.
Yo estaba atontado. Recuerdo que después del choque nos tomamos de las manos. Hubiera querido que nunca llegáramos a soltarnos. Nos mirábamos con todo lo que éramos, hasta con nuestros ojos, y en ese instante parecido a lo que debe ser la eternidad comprendimos que si algún sentido tenían los sobresaltos de nuestras vidas, si a algo concreto nos conducían nuestras búsquedas, eso sólo podía ser la persona que ahora sosteníamos muy cerca, esa existencia temblorosa que intuíamos como lo más importante que podía pasarles a nuestras vidas.
Pensé que el tiempo había transcurrido de manera escandalosa. Me puse a tratar de juntar unas palabras para decir algo y, cuando creía tenerlo, fue cuando ella me besó.
–Fue un beso breve, cálido, lacónico, alegre, resignado y triste.
Me miró de nuevo con esos ojos que nunca he podido borrar de mis ojos y no dijo nada. Sonrió divertida, viendo a las palabras huirle en desbandada. Aflojó lentamente sus dedos soltando mis manos, abandonándolas de nuevo a su temblor cotidiano, a sus incertidumbres, y caminó despacio por la acera que antes yo había recorrido en dirección contraria.
En algún momento reanudé mi marcha. En algún momento, algo debió recordarme que no podía quedarme allí por el resto de mi vida. Me alejé pensando que sólo así puede ser la perfección, diciendo a alguien que tal vez marchaba a mi lado, que toda palabra es sólo una palabra de más, que intentar retener la maravilla y prolongarla es aplicar contra ella los detestables métodos de la esclavitud.


 De “ Bajas pasiones” (1990)









Caroline Sheridan

La sección "Vidas de artistos", de la Revista Virtual Cronopio



Caroline Elizabeth Sarah Sheridan nació en Londres, el martes 22 de marzo de 1808. Su padre, Tom Sheridan —actor, soldado y administrador colonial— murió cuando Caroline tenía nueve años y dejó a su familia en la pobreza. Su madre, Caroline Henrietta Callander, era una novelista de escaso mérito. Según lo dice una de las últimas ediciones impresas de la Enciclopedia Británica, Caroline fue «una de las tres hermosas nietas de Richard Brinsley Sheridan», satirista y dramaturgo de renombre, y fue la amistad de su abuelo con el duque de York lo que salvó a la viuda y a «las tres gracias» de quedar en la calle. Antes de cumplir los veinte años, Caroline publicó su primera novela La derrota de los dandies (1825) y contrajo matrimonio con el Honorable George Norton, quien todo indica que tenía muy poco de honorable.



Retrato del artista

La columna de Vivir en El Poblado



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martes, 4 de septiembre de 2018

Navegando en Pessoa

Una reseña en El Colombiano



Al escritor portugués Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) muchos le debemos conocer la diferencia entre un seudónimo y un heterónimo. No es que el conocimiento sea vital, en tiempos en que la literatura anda perdida entre mercancías que se le parecen, pero algunos consideran todavía necesario señalar que un seudónimo es el equivalente de una máscara: basta quitarla para ver detrás a la persona real; mientras que el heterónimo es una empresa más audaz: la persona que hay detrás también ha sido creada, por un autor que se diluye entre las sombras.


jueves, 30 de agosto de 2018

¡Parada!

De aquellos primeros días en la ciudad de los crepúsculos
recuerdo sobre todo mis nuevas relaciones con el aire. 
Era como haber llegado a otro planeta. 
La luz y los sonidos viajaban de manera diferente en el calor y la humedad. 

La columna de Vivir en El Poblado



Cada vez que me encuentro con alguno aburrido con la vida le aconsejo que se marche y se reinvente en otro lado. Ser otro en otro lado fue mi mantra salvador hace treinta años, cuando la ciudad de la enferma verraquera me tenía ya sin fuerzas y sin ganas de seguir respirando. El aspirante a suicida podrá argumentar que el esfuerzo de marcharse no se justifica; pero, si aún conserva alguna chispa de entusiasmo, entenderá que entre la nada y la aventura es preferible la segunda. Con el cambio de escenario la sensación de acorralamiento suele disiparse y uno descubre que el mundo es más variado e interesante que lo que su pueblecito agobiante podía mostrarle.


miércoles, 29 de agosto de 2018

RIESGOS Y OPORTUNIDADES DE LOS TALLERES LITERARIOS


Texto leído en la 
Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 
(República Dominicana). Abril 5 de 2003.



  
Debo comenzar haciendo algunas confesiones. La primera, quizá la más grave de todas, es que jamás participé en un taller literario en calidad de estudiante. Supe que escribiría literatura en algún momento impreciso entre los 17 y 20 años. Entonces era un estudiante de Comunicación Social –soberbio como casi todo joven que quiere ser escritor– y la idea de entrar a un taller literario me parecía un signo de debilidad.
Ya para entonces había hecho algunos descubrimientos personales. La obra de Julio Cortázar fue uno de los más importantes. Me bastó, en un principio, seguir los guiños del argentino, buscar los autores que él mencionaba, para ir ampliando el horizonte de lecturas.
En Colombia, como en muchos rincones de Latinoamérica a comienzos de los años ochenta, los talleres literarios empezaban a ser un fenómeno notable. Eran, entre otras cosas, una consecuencia del Boom de la literatura latinoamericana de los años sesenta. Cada vez más personas encontraban atractivo hacerse escritores. En el caso colombiano, el premio Nobel de Literatura concedido a Gabriel García Márquez en 1982, la idea de que un escritor podía ser una figura pública de fama internacional, como un futbolista o un artista de cine, produjo una fiebre sin precedentes por la literatura. Muchos se apuraron a publicar poemarios, cuentarios o novelarios, para poder autoproclamarse escritores y tener, así, una intensa vida social.
Sin haber asistido a un taller, mi principal objeción contra los talleres era la idea de que los asistentes terminaban escribiendo parecido al escritor encargado de dirigirlo. Veía a los directores de los talleres como unos inmensos ególatras encargados de convencer a sus seguidores de que su visión del mundo y de la literatura era la única correcta. Pero como la vida se divierte con nosotros, como le gusta hacer que nos comamos nuestras palabras, después de muchas vueltas terminé dirigiendo un taller literario en la Biblioteca Bartolomé Calvo de Cartagena, Colombia, entre 1994 y 1998.
 Hace cuatro años, cuando viajé a estudiar y trabajar en los Estados Unidos, pensé que los talleres literarios eran cosa del pasado. Pero pronto descubrí que el español en ese país es una lengua viva, llena de vigor, consciente de su sonoridad. Entonces comprendí que me encontraba en el terreno ideal para organizar un taller de creación literaria en español. Tuve la fortuna de contar con el apoyo del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Rutgers y de ese modo pude diseñar y poner en marcha uno de los primeros talleres de creación literaria en español ofrecido por una universidad norteamericana dentro de su programa curricular de pregrado.
Como es de suponerse, con los años mi opinión sobre los talleres literarios se ha transformado. Creo en la utilidad de los talleres literarios, en los beneficios que pueden reportarles a jóvenes que consideran la posibilidad de dedicarse a la escritura. Pero quiero mantener algo de aquel escepticismo inicial con que vi los talleres literarios para no caer en fanatismos, en convicciones cerradas. Un taller literario puede ser el inicio o el temprano final de una labor creativa. Quiero apelar a la experiencia mencionada para hablar aquí de algunos de sus riesgos y oportunidades.
Sigo pensando que el principal riesgo de los talleres literarios está en la persona que los dirige. Quizá sea sensato comenzar por decir, como tantos escritores ya lo han dicho, que no es posible enseñar a escribir literatura. Sería un buen comienzo para el director de un taller literario tratar de entender que su labor es circunstancial, que no tiene certezas para ofrecer, que solo se pueden propiciar condiciones, sembrar entusiasmos, mostrar caminos posibles y que, a pesar de eso, su labor es de una responsabilidad extraordinaria.
El hombre o la mujer que dirija un taller literario debe ser un personaje misterioso, mezcla de ausencia y presencia, poseedor de talentos que no parecen de este mundo. Los participantes en el taller no deben verlo siquiera como un modelo a imitar, sino como alguien que va un poco más adelante en el camino que ellos empiezan a recorrer. Esto nos conduce a un punto central de esta charla. Pienso que la tarea no debe entregárseles a autores consagrados. La fama, los éxitos editoriales son lastres pesados que pueden impedir el vuelo de las actividades del taller. Los talleres con escritores consagrados pueden ser una fuente de anécdotas y de motivación, pero difícilmente una celebridad podrá prestarles atención a los textos de los participantes. Si estos están allí para ser como el escritor al que escuchan, nos encontramos peligrosamente cerca de la secta cerrada, donde solo prospera una única manera de entender la literatura. El otro extremo también es peligroso. Si el director del taller ha escrito o publicado demasiado poco, o sus lecturas son limitadas, difícilmente puede dar orientaciones provechosas. Él mismo o ella misma estarán demasiado atareados encontrándole un camino a sus palabras para poder ayudar a que lo encuentren las de otros. En Colombia (y no sé si también aquí en la República Dominicana) los abuelos solían usar una expresión metafórica. Hablaban de la ubicación de las velas o los cirios en los altares, pero en realidad hablaban de la vida en general. Decían: “Ni tan cerca que queme el santo, ni tan lejos que no lo alumbre”. Esa era la forma de elogiar las virtudes de lo moderado.
Pienso que no es indispensable que los participantes en el taller hayan leído los libros del autor que lo dirige. Si se logra cautivar su atención durante el taller. Si la manera de abordar los diversos aspectos del oficio deja entrever la experiencia, sin ponerla en primer plano, el taller tiene muchas probabilidades de ser un éxito. Para decirlo en pocas palabras, el escritor que dirija un taller literario debe buscar, en cierto modo, la invisibilidad. Debe permitir que los participantes vislumbren, a través de él, sus propios derroteros.
Una actividad central de los talleres es la lectura de los textos de los participantes. Estoy convencido de que el director del taller no debe leer sus propios textos en un taller. La posición de privilegio que posee puede dejar la sensación de que el texto del director es un modelo a imitar.
Cuando se leen los textos de los participantes, es también necesario moderar las reacciones de las demás personas del grupo. Todo aquel o aquella que ha tenido que ver con escritores, o que ha escrito literatura, sabe que la escritura es un asunto de personas demasiado sensibles, con egos enormes y delicados. No es posible calcular los efectos de un elogio o de un reproche. A veces el daño que se hace (y elogios y reproches pueden dañar por igual) resulta irreparable.
Corriendo el riesgo de parecer descorteses, creo que en las lecturas colectivas el silencio es la mejor respuesta. Nadie como el mismo autor debe conocer las fortalezas y debilidades de su texto. Si no las conociera, es tarea del director ayudarle a formar su propio sentido crítico, conducirlo a preguntarse qué busca y qué no busca con sus textos. También debe ayudarle, de manera discreta, con anotaciones en el texto (preguntas, dudas sobre la claridad de algún pasaje o línea argumental, sobre la conveniencia de usar una palabra) o a través de conversaciones personales.
Para resumir este punto, podemos decir que en los talleres literarios no se dan premios ni castigos. Siempre me ha gustado mencionar las palabras de Truman Capote en el prólogo de su libro Música para camaleones. Según Capote, Dios le da al escritor dos herramientas para su oficio: un don y un látigo. El látigo debe usarlo contra sí mismo para extraer lo mejor del don que le han dado. Sin premios ni castigos, sin la posibilidad de otorgar títulos (porque es una suerte que no exista el título de “Escritor”), solo queda dar consejos para que cada uno use su látigo. Nunca se insistirá lo suficiente en que la escritura es en esencia un acto solitario. Los talleres solo son un lugar acogedor, reconfortante, donde los escritores descansan por un rato de su inevitable soledad.
La vida suele ser competitiva, los talleres literarios suelen ser muy competitivos. Es frecuente encontrar personalidades que buscan afirmarse sumando o restando méritos a los demás o haciendo despliegues ostentosos. El director de un taller literario debe ser inteligente sin parecerlo y diluir esas actitudes dentro del grupo. Hay que insistir en que no existe una única manera de hacer literatura, que la única competencia que hay en el taller es la que cada uno sostiene consigo mismo y que cada uno triunfa o fracasa según sus propias expectativas.
De hecho, uno de los riesgos a los que quiero referirme surge de las diferencias en las expectativas. Un riesgo común radica en que el director del taller proyecte su idea de trayectoria literaria en los participantes. Me ha ocurrido encontrar personas con un talento extraordinario para la literatura. Desde mi punto de vista, a personas así solo les falta un mínimo de dirección para hacer obras de incuestionable valor literario. Pero he encontrado también que esas personas pueden no tener interés en ser escritores, que la razón por la que asisten al taller es circunstancial: curiosidad, aburrimiento o cualquier otro motivo. Un director de taller podría verse fácilmente tentado a sugerirle a esa persona que se dedique a la literatura. Pero no tenemos ningún derecho a hacer eso. A lo sumo, podemos insinuar las posibilidades que tendrían si se animan a tomar la decisión.
Es común que en los talleres se hable de los motivos que llevan a la gente a escribir. Esta discusión es útil para hacernos conscientes de nuestros propios prejuicios. Es posible que alguien quiera escribir para tener dinero y fama. Es posible que otro más piense en dejar una obra póstuma o sólo dirigida a públicos selectos. Es posible, también, que alguien busque escribir literatura para conquistar amores. Alguien puede estar interesado en escribir para su propio placer, para llenar muchos cuadernos con experiencias y sentimientos que nadie va a leer.
En principio, ninguna motivación para escribir debería ser proscrita en los talleres literarios. Parodiando una frase que ya no es de nadie: “Los caminos de la literatura son inescrutables”. Nunca es posible predecir el destino que le espera a una obra de arte. Nadie, ni siquiera, puede decir que un destino es mejor que el otro..
Un juicio desfavorable no puede ser calificado como fracaso. Las obras literarias tienen vidas misteriosas y se hunden en el olvido para renacer decenios o siglos más tarde llenas de nuevos significados. Aquí cabría citar uno de los ejemplos más dramáticos de la literatura moderna. Cuando Herman Melville escribió Moby Dick, su carrera literaria era exitosa y se encontraba en ascenso. Melville perdió casi todo con Moby Dick. Perdió la razón, perdió la salud, perdió incluso el prestigio que tenía. Su novela no pudo ser entendida por los lectores de su tiempo y fue catalogada como una intolerable alegoría. Melville siguió escribiendo, pero sus libros no volvieron a tener éxito. Al momento de su muerte, ocupaba un modesto cargo en la aduana de Nueva York y muchos lo creían muerto desde hacía años. Su obituario en el New York Times decía: “Ha muerto Herman Melville, escritor famoso en otro tiempo”.
Cincuenta años después de su muerte, en “otro tiempo”, Moby-Dick no es solo un clásico infantil, es también un libro precursor de la literatura del siglo XX. La moraleja es clara. No hay que subestimar a nadie. Las dificultades gramaticales, por ejemplo, no son una medida confiable para predecir fracasos. Tampoco los estilos deslumbrantes prefiguran grandes obras. Como decía Borges en su Evaristo Carriego: “Nadie sabe cuáles son los énfasis para Dios”.
Y ya que hablamos de Dios, para no alargarnos demasiado podemos empezar a concluir diciendo que el director de un taller literario tiene el deber casi imposible de ser como un santo. Un santo que además debe ser psicólogo, filósofo, erudito y confesor.
He querido dejar para el final un último riesgo de los talleres, aquel que se refiere al delicado material con que se trabaja. Cuando se tiene un grupo de personas escribiendo no se tiene solamente a un grupo de personas escribiendo, se tiene a un grupo de personas viviendo, sintiendo, en contacto con zonas de sí mismas demasiado sensibles, con experiencias llenas de intensidad y de dolor.
El director de un taller literario debe ser consciente de eso, de la vulnerabilidad a que conduce ese tipo de experiencias, del tremendo compromiso ético que implica entrar en contacto con las experiencias íntimas, con la vida personal y los sentimientos de los participantes.
No hay dos carreras literarias iguales. No todos los escritores necesitan asistir a un taller. Muchos hacen su propio taller, leyendo, buscando el diálogo con escritores. Pero también he comprobado que los talleres pueden ser una ayuda invaluable para escritores jóvenes que necesitan contactos y ambientes propicios para su don.
Dirigir un taller literario es un privilegio que trae consigo inmensas responsabilidades. En mi opinión, puede ser una experiencia definitiva y definitoria para un escritor en cierto momento de su carrera. Si uno decidió hacer su recorrido solo, la experiencia de dirigir un taller puede ofrecer una perspectiva extraordinaria sobre lo que significa hacer literatura. Obligado a orientar a otros, el escritor sigue descubriendo su propio camino. Siente el deber moral de estar a la altura de la pasión que intenta transmitir.
Porque eso es, en últimas, lo que se hace en los talleres literarios: contagiar la pasión. Expresar nuestra felicidad cuando leemos y escribimos. Dejar ver el milagro que la literatura hace en nuestras vidas. Si uno consigue eso, si uno logra transmitir el amor por lo que hace, si uno consigue mostrar su convicción sobre el valor implícito a toda creación escrita, es muy posible que empiecen a ocurrir milagros y quizá nos canonicen algún día por cuenta de esos milagros.



sábado, 25 de agosto de 2018

Historia patria... Sobre El origen del mundo

Declaraciones de los jurados del Premio Bicentenario de Novela 2010,   Tomás Granados Salinas y Mario González Suárez. El premio fue convocado por Ediciones B México   





jueves, 16 de agosto de 2018

Lo que quiera mi diosito

La columna de Vivir en El Poblado




Hace tres meses, cuando Rosita rodó por una escalera, su familia pensó que muy pronto tendría otro funeral. El año pasado, Ofelia se marchó con su mente aún despierta. Rosita, la mayor de las hermanas, acababa de cumplir 92 cuando el Alzheimer la condujo al abismo. Se rompió dos costillas, se llenó de morados. Del hospital la mandaron a un geriátrico donde nadie ha sugerido que pueda volver a casa.
Rosita fue la única mujer profesional de la familia. Era muy joven cuando empezó a trabajar como enfermera en un pueblo que está a punto de desaparecer del mapa. En las noches lloraba, porque su familia le hacía falta. Años después cuidaría de sus padres: Carmen murió de 89. Nepo vivió hasta los 103. Hace casi medio siglo, Rosita viajó al país del sueño, se casó, enviudó y, al final, recaló en casa de Ofelia, su hermana menor. 







domingo, 5 de agosto de 2018

El país del sueño

En la edición especial de Confabulario, sobre la xenofobia en los Estados Unidos 



“Si he tenido la dicha de serle útil, el único reconocimiento
que deseo es que usted, a su vez, esté dispuesto a favorecer
a cualquiera que pueda necesitar socorro; pues, el género
humano no es más que una sola familia”.
Benjamin Franklin, “Sobre la piedad”.


El mensaje de texto llegó a las seis de la mañana. Los dolores habían empezado antes de la medianoche y Valentina estaba en el hospital desde la una. Las contracciones eran fuertes, pero el parto tardaría algunas horas. Tenía tiempo de sobra para conducir las casi doscientas millas entre Oneonta –en el centro del estado de Nueva York– y el hospital en New Jersey donde nacería mi nieto.
“Cuatro de julio”, pensé.
De todas las fechas posibles, parecía natural que el primer gringo de la familia naciera justo el día de la independencia de los Estados Unidos. Como si quisiera salirle al paso a quienes pretendieran cuestionar su derecho a estar aquí.
Valentina escribió para decirme que condujera con cuidado. Llevábamos semanas hablando de lo que significaba esa nueva vida, de los esfuerzos de
sus ancestros para ser parte del sueño americano, de la dificultad de ser hispanos en tiempos en que demonios dormidos se están desperezando. En el trayecto evité preguntar cómo iban las cosas en el hospital. Tuve tiempo de sobra para pensar en momentos que ahora se juntaban en una sola historia.