jueves, 17 de mayo de 2018

Chesterton y los bandidos


Dibujo de G. K. Chesterton. British Library.



No esperaba encontrarlo y era evidente que tampoco él esperaba que nos encontráramos. Se le notaba la prisa, las ganas o la necesidad de estar en otro lado, escribiendo, haciendo lo suyo. Pero no tuvo valor para despedirnos.
Nos condujo a una sala. La mujer se sentó a su lado en el sofá. Yo me senté al otro lado de la mesa, sin saber qué decir, qué preguntar. Todo lo que se me ocurriera parecía tonto, inoportuno. Nunca pensé lo que le diría porque nunca imaginé que lo vería.
Ella aprovechó la oportunidad para preguntar. Se lanzó decidida a hacer la entrevista. Yo miraba todo aquello con una suerte de parálisis. Pensé que era yo quien debía hacer las preguntas, que años y años de leerlo me daban autoridad, pero seguí en silencio, llegué a marcharme antes de que en efecto nos marcháramos. Ni siquiera recuerdo los pormenores de la despedida.
Al salir a la calle todo estaba cubierto por la nieve. Al abrir la puerta del auto, también su interior estaba lleno de nieve. He olvidado si aquel hallazgo improbable lo hice al salir de la entrevista o al otro día, cuando ocurrió el contratiempo con los bandidos.
Aquella vez el peligro era inminente. Venían a matarnos y, antes de que llegaran, yo procuraba esconder el dinero y esconderme yo mismo. Con el dinero hice la de Poe. Dejé el sobre encima de la mesa, junto con otros sobres de cuentas por pagar. Conmigo busqué un cuartito discreto y concebí una pared de doble fondo. Allí podría esconderme hasta que el peligro se hubiera disipado.
  
De "Nocturnos lemures"

domingo, 13 de mayo de 2018

De "Nocturnos lemures"





    Un instante después de pensar que no se puede, un beso largo entre muros antiguos. Una tibieza levitante. Los plexos, el alma, enardecida. El sabor de su alma.
Alrededor han florecido los recuerdos: un parque, un bus, un zoológico, alas de mariposa de un verde demencial, una casona vieja, enorme y vacía a la orilla de un río, un cuarto en tinieblas, sus rostros se han perdido, son una noche oscura: “En el último extremo del mar, el rayo los espera”.




sábado, 12 de mayo de 2018

De "Alquitara"





Estábase una vez Flor Isabel cantando alegremente por los campos, soñando con el día en que por fin encontraría el príncipe al que haría su señor.
Tendíase en la hierba conmovida, llamando atardecer para hacer rojecer su extático abandono voluptuoso.
Y, estando que se estaba en esas cosas, llegó un sujeto sucio y trajinado.
Sus ojos pedían agua; sus labios, lobreguez.
Y su fuego exigía un holocausto.



viernes, 4 de mayo de 2018

Penitencia


La imagen de una profesora a quien los ojos anhelantes se le van detrás 
de un estudiante me recuerda esta viejísima extravagancia.

Relato incluido en Bajas pasiones (Ediciones El Guarro 1990)
Finalista del Concurso Internacional de Cuento Erótico Revista Lexus. Barranquilla Colombia (1997).

Fragmento de la portada del libro Emily Clarke of Meadowfields, de Lisa Berry

No debo abusar de mis profesoras. Mil veces. No debo abusar de mis profesoras. Es injusto. No debo abusar de mis profesoras. Está bien que hice mal. No debo abusar de mis profesoras. Tampoco soy un inconsciente que no sabe cuándo obra mal. No debo abusar de mis profesoras. Pero ¿mil veces...No debo abusar de mis profesoras? Es el colmo. No debo abusar de mis profesoras. Con cincuenta habría sido más que suficiente. No debo abusar de mis profesoras. ¿Pero mil? No debo abusar de mis profesoras. Al fin y al cabo, la culpa no es del todo mía. No debo abusar de mis profesoras. A ellas también les cabe cierta responsabilidad. No debo abusar de mis profesoras. Bueno, les cabe mucho de todo. No debo abusar de mis profesoras. Especialmente a Beatriz, la de ética y moral. No debo abusar de mis profesoras. Quién lo creyera. No debo abusar de mis profesoras, tan recataditas, No debo abusar de mis profesoras, tan puestas en su sitio, No debo abusar de mis profesoras, y sin embargo creo, No debo abusar de mis profesoras, o mejor, estoy seguro de que lo sucedido, No debo abusar de mis profesoras, ese momento de locura irrefrenable, No debo abusar de mis profesoras, ese arrebato que anuló mi conciencia, No debo abusar de mis profesoras, no les disgustó del todo. No debo abusar de mis profesoras. Está bien que nada en ellas demostró claramente su satisfacción. No debo abusar de mis profesoras. Por el contrario, sus muestras de dolor eran conmovedoras. No debo abusar de mis profesoras. Pero estoy casi seguro de que mi salvaje intervención no las dejó tan indignadas. No debo abusar de mis profesoras. Por lo menos no tanto como aparentaban estarlo cuando, No debo abusar de mis profesoras, en un juicio manipulado hasta la sentencia, decidieron, no sólo avergonzarme, No debo abusar de mis profesoras, sino ponerme a escribir mil veces No debo abusar de mis profesoras en la mil veces maldita letra gótica, No debo abusar de mis profesoras; no sólo para que aprenda que No debo abusar de mis profesoras, sino para que los demás compañeros, No debo abusar de mis profesoras, esos que también son responsables del delito, No debo abusar de mis profesoras, reciban escarmiento de una vez y graben en su mente la frase que repito y repito en el tablero. No debo abusar de mis profesoras. Para que nadie olvide esa sentencia, No debo abusar de mis profesoras, esa ley sagrada, No debo abusar de mis profesoras, irrefutable, No debo abusar de mis profesoras, incuestionable. Para que a ninguno se le ocurra lo que a mí se me ocurrió cuando, No debo abusar de mis profesoras, durante mi ronda de vigilancia nocturna en el dormitorio de estudiantes, No debo abusar de mis profesoras, empujado por la curiosidad de saber lo que las profesoras hacían en su cuarto, No debo abusar de mis profesoras, tranquilo porque en los dormitorios todo iba normal, No debo abusar de mis profesoras, me dejé llevar por los pasos, No debo abusar de mis profesoras, despreocupados al comienzo, No debo abusar de mis profesoras, y sigilosos luego, No debo abusar de mis profesoras, hasta la misma puerta del cuarto de las profesoras. No debo abusar de mis profesoras. Al comienzo, la sensación de estar haciendo algo indebido me tenía paralizado. No debo abusar de mis profesoras. Me había salido de mi trayecto de vigilancia, No debo abusar de mis profesoras, estaba en la parte final del ala izquierda del viejo edificio, No debo abusar de mis profesoras, y no tenía ninguna justificación para estar allí. No debo abusar de mis profesoras. Había llegado hasta ese lugar en estado de trance. No debo abusar de mis profesoras. Las conversaciones de recreo, las aventuras con mujeres que varios compañeros decían haber tenido, me aturdían. No debo abusar de mis profesoras. No había sido totalmente consciente de que me dirigía al dormitorio de las profesoras. No debo abusar de mis profesoras. Ni siquiera sabía muy bien lo que haría cuando llegara. No debo abusar de mis profesoras. Pero estaba allí. No debo abusar de mis profesoras. Fue como un súbito despertar. No debo abusar de mis profesoras. Por entre los resquicios del ensordecedor palpitar de mi corazón se filtraban ruidos parecidos a risas de mujeres. No debo abusar de mis profesoras. Intenté serenarme. No debo abusar de mis profesoras. Recurrí al método de respiración de la señorita Dávila, pero al recordar la forma como su pecho se eleva al explicar el ejercicio, No debo abusar de mis profesoras, la forma como su blusa quiere estallar, No debo abusar de mis profesoras, empujada como por una fuerza telúrica, No debo abusar de mis profesoras, sólo conseguí agitarme aun más. No debo abusar de mis profesoras. Pegué la oreja a la puerta e intenté escuchar. No debo abusar de mis profesoras. Sí, eran risas. No debo abusar de mis profesoras. Pero no las risas del salón de clases o de la oficina de profesoras. No debo abusar de mis profesoras. Eran risas desencajadas, No debo abusar de mis profesoras, entrecortadas por suspiros, No debo abusar de mis profesoras, risas que a veces parecían lamentos, No debo abusar de mis profesoras. La idea de estar frente a una faceta desconocida de mis profesoras aumentó mi alteración. No debo abusar de mis profesoras. Era una noche calurosa. No debo abusar de mis profesoras. Necesitaré por lo menos una caja de tizas. No debo abusar de mis profesoras. Por primera vez fui consciente del endurecimiento. No debo abusar de mis profesoras. Bajé la mirada y pude constatar lo evidente de mi estado. No debo abusar de mis profesoras. Entonces, al levantar la vista, No debo abusar de mis profesoras, descubrí un diminuto chorro de luz que salía por la cerradura de la puerta. No debo abusar de mis profesoras. Al comienzo no pude discernir nada en la penumbra. No debo abusar de mis profesoras. Sólo estaba encendida una lámpara de mesa. No debo abusar de mis profesoras. Vi las dos camas vacías y en la tercera, la más lejana, No debo abusar de mis profesoras, vi el confuso entrelazamiento de los cuerpos desnudos de las que debían ser las profesoras Dávila, Martínez y Beatriz Sinisterra. No debo abusar de mis profesoras. Por más que lo intenté, no podía explicarme lo que pasaba. No debo abusar de mis profesoras. Sonreí por lo tontas que eran las profesoras al querer dormir todas en una cama, teniendo una para cada una. No debo abusar de mis profesoras. De pronto pensé que hacía mal espiándolas y decidí marcharme. No debo abusar de mis profesoras. Pero al querer alejarme apoyé la mano en la puerta del cuarto y el leve crujido pareció un estruendo en el silencio de la noche. No debo abusar de mis profesoras. Volví a mirar por la cerradura con la esperanza de que ellas no se hubieran percatado. No debo abusar de mis profesoras. Pero cuando intenté discernir lo que veía, una sombra oscureció todo y la puerta se abrió de sopetón. No debo abusar de mis profesoras. Me quedé petrificado en la posición en que miraba por la cerradura. No debo abusar de mis profesoras. Por un momento cerré los ojos, queriendo borrar lo sucedido. No debo abusar de mis profesoras. Desee estar dormido y soñando con la profesoras, como ya tantas veces lo había hecho. No debo abusar de mis profesoras. Pero no era un sueño. No debo abusar de mis profesoras. La profesora Dávila, totalmente desnuda, exhibiendo sin asomo de pudor su gimnástico cuerpo, me arrastró al interior del cuarto, me hizo sentar en la primera cama y fue a cerrar la puerta sin hacer ruido pero con visible enojo. No debo abusar de mis profesoras. Las tres se acercaron a mí y me miraron en forma inquisitiva. No debo abusar de mis profesoras. Bueno, decir que me miraban es una conjetura. No debo abusar de mis profesoras. La verdad es que mi vista andaba perdida en esos seis pechos que me juzgaban como ojos enormes, No debo abusar de mis profesoras, sin atreverme a ver del todo los oscuros pasajes que había más abajo, No debo abusar de mis profesoras, esas selvas profundas que sólo conocía de oídas y que no esperaba ver siendo tan joven. No debo abusar de mis profesoras. No recuerdo lo que la profesora Sinisterra comenzó a decirme. No debo abusar de mis profesoras. Sólo sé que señalaba admonitoria el bulto en mi pantalón. No debo abusar de mis profesoras. Tímidamente busqué sus ojos y, a pesar de su enojo, me pareció ver una sonrisa. No debo abusar de mis profesoras. Las tres se cruzaron miradas que no pude descifrar y, de pronto, la profesora Dávila dio una orden que no pude discutir. No debo abusar de mis profesoras. “¡Desnúdate!”, dijo. No debo abusar de mis profesoras. Miré a las otras profesoras y comprendí que la orden era unánime. No debo abusar de mis profesoras. “¡Qué significa eso!”, preguntó la profesora Martínez, como si preguntara una lección, mientras señalaba mi longitudinal turbación. No debo abusar de mis profesoras. “¿Querías abusar de nosotras?”. No debo abusar de mis profesoras. Yo no tenía palabras para responder. No debo abusar de mis profesoras. Quería balbucir alguna excusa. No debo abusar de mis profesoras. Pero estaba allí, No debo abusar de mis profesoras, desnudo y agitado, No debo abusar de mis profesoras, con los desquiciadores cuerpos de mis profesoras a la mano, No debo abusar de mis profesoras, recordando las proezas de que tanto hablaban mis compañeros, No debo abusar de mis profesoras, y asistiendo a la súbita conciencia de que tenía ante mí la posibilidad de una proeza inigualable. No debo abusar de mis profesoras. Entonces levanté la mano derecha y, como quien recorre con los dedos el teclado de un piano, pasé las yemas por esos pechos, No debo abusar de mis profesoras, pequeñitos y puntudos los de Beatriz Sinisterra, No debo abusar de mis profesoras, colgantes como alforjas los de la profesora Martínez, No debo abusar de mis profesoras, redondos como lunas los de la descomunal profesora Dávila. No debo abusar de mis profesoras. “Eres malo”, dijo la profesora Dávila, pero —igual que las demás— no movió un dedo para evitar la caricia. No debo abusar de mis profesoras. “Sí”, dijo la profesora Sinisterra tomando mi otra mano, “querer atacarnos aquí con esa cosa enorme”, y condujo mi mano a ese fiordo inquietante. No debo abusar de mis profesoras. “Vas a pagar caro por esto”, sentenció la profesora Martínez. No debo abusar de mis profesoras. Entonces comprendí que no tenía nada que perder, No debo abusar de mis profesoras, que si, al fin y al cabo, iba a ser castigado, No debo abusar de mis profesoras, y que si ellas, a pesar de hablar, no suspendían violentamente mis exploraciones, que ya incursionaban en secretas texturas de la profesora Dávila, No debo abusar de mis profesoras, seguiría, No debo abusar de mis profesoras, me perdería en el pecado. No debo abusar de mis profesoras. Sé que hice mal. No debo abusar de mis profesoras. Sé que el castigo lo merezco por perverso. No debo abusar de mis profesoras. Pero mil es demasiado. No debo abusar de mis profesoras. Además creo que nadie sabe cuántas llevo. No debo abusar de mis profesoras. Al fin y al cabo, al terminar de llenar el tablero debo borrar para seguir y nadie lleva la cuenta. No debo abusar de mis profesoras. Las profesoras asisten inexpresivas al cumplimiento del castigo. No debo abusar de mis profesoras. Algunos compañeros han pedido permiso para ir al baño y no han regresado. No debo abusar de mis profesoras. Escribiré unas cuantas más y diré que he terminado. No debo abusar de mis profesoras. Nadie va a decirme que no. No debo abusar de mis profesoras. Hasta los compañeros que me odian —y sospecho que me envidian— dan señales de cansancio. No debo abusar de mis profesoras. Terminaré de escribir No debo abusar de mis profesoras, las miraré con docilidad y les diré que he aprendido que No debo abusar de mis profesoras. No debo abusar de mis profesoras. Y para terminar de borrar mi falta iré a buscarlas esta noche a su cuarto. No debo abusar de mis profesoras. Al estar frente a ellas y sus cuerpos desnudos, les pediré perdón. No debo abusar de mis profesoras. Haré lo que sea para que me perdonen.


martes, 1 de mayo de 2018

Un ángel en la nieve

La seccion "Vidas de artistos", 
en la revista virtual Cronopio







Otros cuatro cuentos cortos

Antes de la visita a los estudiantes 
de español de Roselle Park Highschool




Saludo cordial

–Precisamente a usted le estoy dirigiendo la palabra –digo un poco escéptico e irritado–. Espero que por lo menos usted no sea como los demás. ¿Me entiende? Vamos, no se haga el tonto. Usted puede ser lo que sea, menos un tonto. La calidad de los libros que lee dice mucho de su inteligencia. No me siga mirando en esa forma. Sin pestañear siquiera. Si viera lo ridículo que se ve con esa mirada y esa lagaña impertinente en su ojo izquierdo.
No se asombre tanto. ¿Quién le dijo que yo no podía saludarlo? No tiene nada de malo que yo quiera saludarlo y hablar un poco. Al fin y al cabo hemos pasado algún tiempo viéndonos.
Pero me parece que usted aún no se ha dado por aludido. Le hablo a usted, a U-S-T-E-D. ¿No tiene nada que decir? Cuénteme al menos cómo le ha ido esta semana.
No. Parece que usted tampoco.
¿Se le comieron la lengua los ratones? Su silencio me da a entender que puedo seguir hablando y nunca se dará por aludido. Está decidido a hacerse el tonto hoy. Si es así, es mejor que se olvide. Conmigo no se juega así. A uno no se le trata en esa forma. Mucho menos cuando se digna saludar. ¡Diga alguna cosa! No se quede callado. Su estúpida cara ya empieza a cansarme.
Entienda que no todos somos iguales. Al menos yo no soy igual a los demás, no me resigno a ser un objeto que le da información y lo asusta o lo recrea sin decir más que lo justo. Soy diferente, por eso quiero saludarlo, por eso me digno hablarle y no me limito a darle las frívolas historias de este autor. Soy un libro necesitado de palabras.
¿No se le ocurre nada para decir? ¡Bah!... Es inútil. Con usted no se puede hablar. Mejor cambie de página y siga leyendo como si nada.





Escapar

Han venido a decirme que debía marcharme. Que no había tiempo que perder. Que no había tiempo ni espacio para llevarme nada. Que una sombra que puede ser la misma muerte me acechaba.
Han dicho que tendremos que ir muy lejos. Me han apurado para que me vista, para que no pierda segundos preciosos amarrándome el calzado.
Al salir, he podido echarle un vistazo a mi lugar casi sin ver nada, sin fijar la mirada en lo que dejaba.
Sólo luego, ya cuando el asedio parece distante, he podido hacer nítida la última visión. He visto las fotografías en el nochero, esperemos que la memo­ria no las borre. He visto mi reloj, su se­gun­dero roto. El cenicero que me regalo la tía Carola. Los cuadros en la pared, sus rústicos marcos. Los cua­der­nos. Mis lápices. La jarra del agua. El calorcito que hacía en ese sitio, mi hogar. Y me he sentido triste, vacío en ese camino que desconozco y que ahora reco­rro, despojado por aquellos que preten­dían salvar­me del despojo. Y me he preguntado si, en la prisa por partir, no me habré dejado a mí también.




El contratiempo

La primera vez que ocurrió aquello, fue después de un fin de semana en el que Gregorevich se olvidó por completo de sus obligaciones, incluida la de darle cuerda a su reloj. Cerca de las cinco de la tarde de ese lunes, todo se detuvo junto con el segundero.
Gregorevich tardó en encontrar la relación entre ese mundo estancado en un perpetuo fin de tarde y el segundero inmóvil. Pero finalmente la encontró y le dio cuerda al reloj y el mundo volvió a marchar.
Desde entonces sólo da pocas vueltas a la cuerda y disfruta y recorre largamente las quietudes cada vez más prolongadas.




Volar

El muchacho que reparte el correo le dejó un sobre blanco en su escritorio. Él lo miró sorprendido. No decía nada por fuera. Extrajo una hoja que desdobló, leyó, volvió a doblar y volvió a desdoblar y volvió a leer.
Luego alzó la mirada, buscó nuestros ojos y dijo:
—Estoy despedido.
Sonrió. Rió. Volvió a decir: "Estoy despedido", y azorado y alegre pasó por los escritorios mostrándonos la carta.
Se veía contento cuando dijo "soy libre" y salió por la ventana.




* De los libros Bajas pasiones, Su 'ultima palabra fue silencio e Historias del sexto sentido


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sábado, 14 de abril de 2018

Recuerda


Fragmento de La balsa del Medusa, de Gericault (Museo del Louvre)



Sed.
La sed infinita del mar.
Desierto de sal mimetizada que tortura mi gar­gan­ta.
Agua desmesurada en la que me consumo, me calcino, me disuelvo.
Lento, insistente y voraz, el sol quema mis que­maduras, hurga la piel sangrante con sus astillas de fuego, deslumbra hasta la ceguera a través de la traslúcida cortina de mis párpados.
No hay arriba ni abajo, noche ni día.
La luna es una daga rutilante.
También el resplandor de las estrellas resulta in­so­portable.
Llevo una puerta en la espalda y sobre ella llevo un mundo que me aplasta contra el aire.
Las olas balancean mi caída. Me veo lejos, ar­dien­­do, a millones de kilómetros. Intento sin fuer­zas pedirle a una mano que cubra mi rostro. En un arco formado por un brazo y por el torso se refugia la ma­le­ta, mojada y humeante.
Sólo eso ha regresado del estruendo. Esa puerta de madera que ahora me sirve de balsa, la maleta con­tra un cuerpo abandonado por su dueño y un rui­do distante que parece una voz.
Lejos, no allí, en medio de esa luz, en esa sequía sitiada por el agua, tal vez temblando de frío en otro lado, una voz. Una exasperación lúcida que intenta poner orden, rescatar alguna imagen, alguna noche furibunda, alguna embarcación pulverizada por el mar.
Pero no. Sólo el sol. El sol y la sal y la sed y el do­lor. Una boca reseca que suplica, que busca hume­decerse con la sombra de un aliento, y la voz, cerca y lejos, murmurando detrás de la nariz, en el fondo de los ojos, en una breve zona que aún vive, como si sostu­viera más allá de sus fuerzas una cuerda que ha terminado por pegarse a la piel de las manos.
“Recuerda”, se dice. 
Pero la palabra suena como el agua que acaricia la madera, como el viento que lo encuentra a la deriva y desciende a trenzarle los ca­bellos.
“Recuerda", intenta balbucir la boca seca, la len­gua lacerada, expuesta como un peñasco
“Recuerda", se ordena sin fe y sin fuerzas.



lunes, 9 de abril de 2018

De antología

La Colección del Cuento corto colombiano, publicado por la Universidad del Valle, y editada por Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer, incluye mi cuento "Calamidad doméstica", de la colección Bajas pasiones (Ediciones El Guarro, 1990).








El pergamino vivo: El lector como personaje en Cien años de soledad

Un artículo publicado por la revista COMUNICACIÓN de la Universidda Pontificia Bolivariana.

Foto Gustavo Arango. Barranquilla, 1997.