lunes, 25 de septiembre de 2017

La historia de Bill



Las flores de la cortina se dibujaron en su rostro con las luces del auto. Suspiró cuando volvió la oscuridad a la cocina. Sintió un vértigo de alivio, como si hubiera retenido el aire del suspiro durante las dos horas que llevaba esperando. Corrió a abrir la puerta pero aún no había nadie. Se distrajo mirando las nubes de ese final de tarde: bajas, pesadas, como si los copos se estuvieran alineando para empezar a arrojarse.
Bill parecía desmoronarse a cada paso. Saxe lo sostenía por las axilas, diligente, preocupado, sudoroso bajo el frío.
Los ojos de Bill se movían por el jardín sin poder fijarse en nada. Sólo consiguieron detenerse cuando por fin la encontraron. Eran los ojos más tristes que había conocido.
“Dorothy”, dijo con voz arrastrada, quejumbrosa. “He vuelto a portarme mal”.
Traía puesta su vieja gabardina. Se aferraba con fuerza a su sombrero, pero tenía el cuidado de no maltratar la pluma.
Dorothy se enterneció casi hasta el llanto. Llevó sus manos delgadas al rostro de Bill, como si también fuera preciso sostener esas facciones para que no se derrumbaran.
Saxe lo condujo hasta el estudio y lo sentó en su rincón preferido: el extremo del sofá, cerca de la chimenea.
Bill permaneció inmóvil, con la mirada en el fuego, asomando a ratos una lengua que buscaba aire.
Cuando la mujer los llamó al comedor, Saxe lo ayudó a levantarse.
“Es terrible, Sax”, dijo mientras caminaban a la mesa. “Siento que voy a partirme, a estallar en pedazos”.
“Tendrás que ver un médico. No haces mucho por ayudarte”.
Bill intentó comer, pero los cubiertos parecían divertirse escapando de su alcance. Cuando pudo llevarse algo a la boca sintió náuseas. Esperó a que sus anfitriones terminaran. Luego rechazó amable los brazos de Saxe y se alejó con pasos torpes hacia el sofá.
“El dolor ha regresado”, dijo Saxe en la cocina. “Creo que debo darle un masaje con alcohol”.
“¿Alcohol?”, dijo la mujer. “¿Con todo el que lleva adentro? Es mejor darle dos aspirinas”.
Dorothy fue a buscar unas sábanas. Saxe regresó al auto a buscar la maleta de Bill, la caja de zapatos con el manuscrito. Cuando volvieron al estudio, Bill los miraba con ojos extenuados.
“¿Desde cuándo tienes el dolor?”
“Viene y se va”, dijo Bill. “Las primeras veces no me di cuenta”.
“Toma”, dijo Dorothy. Le entregó el agua y las pastillas. “Te has pasado la vida cayendo. Cuando no son los caballos es un avión”.
Bill aceptó obediente el remedio. Conocía la causa precisa del dolor, pero sentía que era necio mencionarla.
Nunca se había sentido tan cansado. 

Antes de que el sueño lo arrastrara pensó que morirse podía ser  mucho más fácil de lo que había pensado. 






jueves, 21 de septiembre de 2017

Los secretos de King

Stephen King cumple 70 años. 
Aquí lo recordamos con una reflexión de Wenceslao Triana.



Por Wenceslao Triana



Dos placeres ocuparon mis días en las fiestas pasadas. El primero tiene que ver con las señoritas, tan lindas ellas, que nos visitaron. Pero me temo que no sea conveniente andar publicándolo. El otro, más tranquilo, menos disparatado, fue la lectura de un libro de Stephen King sobre la escritura[1].
De King empecé a tener noticias hace más de dos decenios, a través de una película que contaba la historia de una joven con poderes telekinéticos. Desde entonces, desde la lejana “Carrie”, he seguido sus historias, disfrutándolas con una mezcla de placer y miedo semejante a la que se siente cuando la vida está en juego. Luego vino “El resplandor”, la historia de ese escritor “bloqueado” que se fue con su familia a cuidar un hotel vacío y que terminó enloqueciendo. No se qué fue lo mejor de la película basada en ese libro, si la actuación de Jack Nicholson, que le reportó la consagración definitiva, o esa historia encantada sobre la memoria de los lugares desiertos. La verdad es que a partir de ese momento, el nombre de Stephen King empezó a deambular en mi memoria como una aparición.
Los años me han demostrado que King es un genio contando historias. “It”, la historia de un payaso aterrador; “Dolores Clairbone”, la historia de una asesina llena de inocencia; “The Shawsank Redemption”, una de las más asombrosas apologías de la libertad que he visto o leído en los últimos tiempos o “The Green Mile”, esa obra que pone en evidencia la tendencia al prejuicio que tenemos los lectores, son algunas de las obras memorables de ese hombre que ha escrito cerca de cuarenta libros, casi todos ellos mamotréticos, en menos de treinta años.
Durante mucho tiempo sospeché que había algo de prejuicio en la manera como intelectuales y académicos descalifican la obra de Stephen King. Entre los estudiosos de la literatura existe una frontera que separa los libros malos de los buenos. Para ellos, los libros que se venden demasiado, aquellos que le gustan a millones y producen dinero a sus autores, pertenecen, sin apelación posible, al bando de los malos. Hay muy pocas excepciones a esa norma, las obras de García Márquez son una de ellas. Pero ni el mismo García Márquez –me atrevo a vaticinar– gozará en el futuro del prestigio, del incuestionable reconocimiento literario que le espera al hoy denigrado maestro del terror.
Corriendo el riesgo de que me ahorquen mis amigos intelectuales, me atrevo a asegurar que King es el Cervantes o el Shakespeare de estos tiempos de miedo. En su libro sobre la escritura, encontramos la ironía y el descreimiento que mostraba Cervantes frente a las academias y centros de poder intelectual. Vemos también en él ese conocimiento del corazón humano que le permitió a Shakespeare reflejarnos. A lo largo de las casi trescientas páginas que comprenden “On writing”, vemos la pasión por el lenguaje de un Joyce, el sentido de absurdo de un Kafka o la furia de un Celine, pero más importante que todo eso, vemos su fe en el viejo oficio de contar historias.
Muchas cosas enseña King en su nuevo libro. La mayoría, como suelen ser las cosas importantes, parecen obvias: que la literatura es magia, que es una forma de la telepatía, que en la verdad y la pasión está la clave, que escritor que no lee está jodido. Pero, además de todo eso, al mantenernos en vilo con la historia de un hombre que se ha pasado todo el tiempo sentado escribiendo, puso en escena un principio básico de la literatura: que no hay malas historias, que el arte verdadero está en saber contarlas.

Publicado en El Universal de Cartagena, el 15 de noviembre de 2000




[1] King, Stephen. On Writing: A memoir of the craft. New York: Scribner. 2000.

"Vida y milagros de una lengua muerta"

Una reseña de Gustavo Colorado Grisales en
La cebra que habla




Reseña en El Colombiano.



Presentación en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.
Domingo 17 de septiembre de 2017. Auditorio Planetario.





sábado, 9 de septiembre de 2017

Y Alfredo de la Felicidad

Un texto publicado en El Universal de Cartagena, en marzo de 1992.



Y ALFREDO DE LA FELICIDAD

La última noche del Festival en la Plaza de Toros. Algunos, ya cansados porque es su segunda o tercera noche de sí, sí, Caribe.
El momento va llegando. El himno del Festival suena más fuerte. La arena de la plaza se llena, no queda ningún claro.
Viene Oscar James y los cuerpos empiezan a moverse. Katrina ya es una vieja amiga, hace rato que su nombre baila entre la gente.
Ha empezado la última noche. Ha empezado bien, movida; con la música que la gente ha terminado por relacionar con la palabra Caribe.
Entonces ha llegado un baldado de agua helada. Un grupo vallenato que suena como suenan todos los grupos vallenatos y un cantante al que sus amigos deberían aconsejarle que se dedique a otras cosas.
La gente está desconcertada. Con el siguiente grupo la alegría tendrá que volver as empezar desde cero.
Y empieza.
Es Alfredo de la Fe. Los gestos oscilan entre el entusiasmo y el recelo. Aquí las opiniones se dividen. A muchos les cuesta admitir que nada más a propósito para un Festival de Música del Caribe que ese lento y cadencioso tema que nota a nota construyen impecablemente un piano y un violín.
En ese momento, escuchando ese violín endemoniado, nutrido a veces con repertorio clásico, quedó demostrado que también en el Caribe hay música elaborada, rica en matices.
Más tarde vendrían otros grupos, otros estilos, pero tal vez ninguno pudo dejar la sensación de que se asistía algo verdaderamente intenso y vital.
El Checo Acosta trató de colmar todos los gustos y su presentación tuvo algo de balada, de cumbia y de la salsa que tal vez ya nunca más se vuelva a hacer. Fue una presentación que alegró, que levantó a la gente, pero demasiado sobria y aprendida, con un destello inolvidable en el timbal.
De los demás grupos podría decir poco (y aquí es indispensable la primera persona, porque cada uno podría dar una versión distinta). A cada uno la fatiga le llega tarde o temprano. Pero a juzgar por el lento reflujo de la gente, por el lánguido final cuyo cantante se negó a improvisar al lado de un espontáneo, el final de la noche no fue para recordar.
La noche del domingo tal vez habría dejado un saborcillo amargo si no hubiera sido por la presentación de Alfredo de la Fe; por ese Alfredo de la Esperanza que conoce más su violín que a su propia alma; por ese Alfredo de la Caridad que también supo darle a la gente lo que le gusta, el himno del Festival, algo que pocos harían por miedo a desentonar, a no estar a la altura de esa canción que es el gran patrimono de la Fiesta.


Si la noche tuvo un clímax, si hubo un momento en que el tiempo se detuvo y pasó algo de verdad, fue cuando Alfredo del Valor bajó del escenario y se fue internando entre la sorprendida multitud, solo, armado con su violín, improvisando ante las caras de asombro que le abrían paso, nadando entre los cuerpos alegres y sudorosos.
Hubo problemas técnicos y a lo mejor Alfredo de la Búsqueda no quedó contento con su espectáculo. Los encargados de las luces estaban como dormidos y no estuvieron a la audacia de ese Alfredo de Hamelin que reclutaba corazones en la arena.
Al regresar al escenario el violín se silenció. Pero ya lo mejor había pasado, ya nada superior podía venir. En la memoria de algunos quedaría para siempre ese hombre finalmente iluminado por un reflector, solo en lo más profundo de la multitud, haciendo lo que más feliz lo hace, fabricando momentos eternos como sólo puede hacerlo él, Alfredo de la Música y sobre todo Alfredo de la Felicidad.

Marzo 24 de 1992.

lunes, 4 de septiembre de 2017

El esperpento que cambió la historia

Un texto de marzo de 1997


El esperpento que cambió la historia

La explosión de un depósito de dinamita en el tradicional mercado público de Getsemaní, en la mañana del 30 de octubre de 1965, ha sido una de las más grandes tragedias vividas por Cartagena.
Este hecho, que dejó más de medio centenar de muertas y cerca de doscientos heridos, fue también una señal de alarma que puso de nuevo a la ciudad a pensar  en el grave problema en que se había convertido el mercado público ubicado en la zona del Arsenal de Getsemaní: un hervidero humano y de ratas por donde diariamente circulaban cerca de 25 mil cartageneros en busca de todo lo que pueda necesitar un ser humano, desde una libra de arroz hasta caricias a precios módicos.
Fue a partir de ese momento cuando tomó fuerza la idea de que el Mercado debía ser trasladado a otra zona de la ciudad. Pero pasaron doce años para que esto fuera posible, y otros cuatro para que en el mismo sitio que ocupaba el mercado apareciera una mole que desconcertó a muchos al comienzo, pero que con el tiempo ha demostrado con creces su importancia.




El viejo mercado
El domingo 22 de enero de 1978, Cartagena fue testigo de algo que muchos creían imposible. Al ritmo de las papayeras, los dos mil quinientos vendedores del Mercado de Getsemaní iniciaron el éxodo que los conduciría a las instalaciones del nuevo y moderno mercado situado en la zona de Bazurto.
Ese día, el cuarenta por ciento de los comerciantes que ocupaban el viejo y ruinoso cascarón del Mercado, los toldillos de las calles aledañas y las playas de cáscaras, ocuparon susu nuevos locales en un espacio amplio y limpio que costa creer que algún día pudiera padecer las estrecheces de su predecesor.
Durante las siguientes semanas siguieron las mudanzas, las demoliciones, las limpiezas  que fueron extirpando ese lugar que un día fue orgullo de la ciudad y que, al final de su vida útil, algunos compararon con un tumor.
Construido en 1904, el mercado de Getsemaní fue la primera construcción digna de ese nombre que tuvo la ciudad. Hasta ese momento la población se había abastecido en los toldillos ubicados a la sombra de las murallas cercanas a la Torre del Reloj o en el lugar que hoy ocupa el Camellón de los Mártires.
A comienzos del siglo XX, decidida a salir del marasmo y la decadencia del siglo pasado, la ciudad emprendió en una serie de construcciones que buscaban despertar ele espíritu de progreso e integrar la economía  ala vida nacional. Una de esas construcciones fue el ferrocarril de Calamar, otra fue el mercado público, diseñado por Luis Felipe Jaspe, con la colaboración del maestro Joaquín Nicasio caballero Vivas, y para cuya construcción fue necesario derribar  el fuerte de Barahona, una de las tantas murallas en ruinas que ahogaban la ciudad y de las que muchos eran partidarios de prescindir.
En el momento de su construcción, el mercado no sólo era una obra valiosa desde el punto de vista arquitectónico, sino que llenaba con creces las expectativas  de la población en materia de abastecimiento. Cartagena contaba entonces con ocho mil habitantes  y el mercado público –diseñado para servirle a la ciudad durante sesenta años– era una de las obras de las que más orgullosos se sentían sus apacibles habitantes.
Sesenta y un años después de su construcción, en el momento de la explosión más aterradora del siglo XX, el Mercado padecía problemas estructurales  y de higiene y presentaba, además un crecimiento descontrolado que invadía varias calles aledañas  y amenazaba con extenderse por todo el centro de la ciudad.
El alcalde Gustavo Lemaitre Román fue uno de los principales impulsores de la idea de trasladar el Mercado Público y fue el autor de las primeras iniciativas para lograrlo.
En 1967, como gerente de las Empresas Públicas Municipales, Alberto Araújo Merlano puso en marcha la construcción del mercado de Bazurto –con ayuda de personas como Ignacio Amador de la Peña, entre otros– y fue de los primeros en preguntarse qué uso darles a los terrenos que quedarían libres después del traslado. Araújo Merlano hizo contactos con el Banco de la República para que construyera allí un edificio o un teatro, pero no se concretó nada.
Fue preciso esperar hasta finales de los años 70 para que fuera posible realizar el traslado y definir el futuro del lugar que ocupaba el Mercado. Esa doble tarea le correspondió a una misma persona: el ingeniero José Enrique Rizo Pombo, quien, como gerente de las Empresas Públicas Municipales y después como alcalde de la ciudad, organizó y ejecutó –con la ayuda de la Armada–el traslado del mercado y gestó y dio los primeros pasos para la materialización del centro de Convenciones de Cartagena, que este 19 de marzo celebra 15 años.




La primera piedra
El 20 de julio de 1978, el lugar donde estuvo el  mercado de Getsemaní presentaba el aspecto de un lugar bombardeado y abandonado. Del sitio que unos meses atrás estaba lleno de vida sólo quedaba el esqueleto de un viejo edificio que reflejaba muy poco de lo que había sido. Al día siguiente por la mañana, los sorprendidos habitantes de la ciudad descubrieron que no había absolutamente nada en el lugar, que ahora se habría un horizonte limpio e incomparable hacia la bahía. Durante la noche anterior, un equipo de demolición había trabajado sin descanso para derrumbar lo que quedaba y limpiar el lugar para la ceremonia  que se celebraría en ese sitio, en el marco de las fiestas patrias del 24 de julio.
Ese día, el lunes 24 de julio  de 1978, el presidente de la República, Alfonso López Michelsen, presidió el acto de colocación de la primera piedra del centro de Convenciones de Cartagena, acompañado por el alcalde de la ciudad, José Enrique Rizo, y el gobernador de Bolívar, Haroldo Calvo Núñez. De esa manera culminaba la primera y quizá más difícil tarea para hacer realidad ese edificio cuya ausencia hoy los cartageneros considerarían inadmisible.

“Eso lo hacemos”
La idea de hacer un centro de convenciones se le ocurrió a Rizo Pombo cuando era gerente de las Empresas Públicas de Cartagena. En mayo de 1977 llegó a susu manos una publicación del BID –que años atrás había hecho importantes préstamos a las Empresas Públicas– en la que se anunciaba la Asamblea del banco, que se celebraría en Guatemala y, lo más importante, la autorización de un préstamo para que Panamá restaurara su centro histórico y construyera un centro de Convenciones. Rizo Pombo, que desde enero de ese año –cuando había iniciado el proceso preparatorio para el traslado del Mercado– se venía preguntando qué hacer con los terrenos cuando estuvieran desocupados, decidió que eso, un Centro de Convenciones, era lo que debía remplazar ese viejo tumor que se disponía a extirpar.
Para empezar tuvo que averiguar qué era un centro de Convenciones, pues casi nadie podía explicarle claramente lo que era. Una vez realizadas las investigaciones iniciales, se dirigió a la junta directiva de las Empresas Públicas para proponerles llevar a cabo   su construcción, pero la respuesta de la Junta fue contundente: “Nuestra tarea se limita a trasladar el Mercado”.
A pesar de esa respuesta, el gerente de las Empresas Públicas empezó a realizar gestiones de espaldas a la junta directiva. Lo primero que hizo fue tratar de rescatar la vieja idea de que el Banco de la República construyera allí. Pero el banco no mostró interés. Por esos días Rizo Pombo asistió a un almuerzo organizado  por Augusto de Pombo Pareja en homenaje al presidente López Michelsen. En medio de la reunión se acercó al presidente a proponerle la idea de hacer un centro de convenciones en Cartagena y a sugerirle que aprovechara la reunión del BIB en Guatemala para invitar a que la siguiente asamblea fuera en Cartagena.
La primera reacción de López Michelsen fue de desconcierto. Pero Rizo Pombo le pidió que lo dejara actuar para sacar adelante esa idea. Así empezó una serie de gestiones decisivas. Escribió a Augusto Ramírez Ocampo –entonces director del BID en Colombia–para plantearle la idea de que se le hiciera a Cartagena un préstamo similar al que se le hizo a Panamá. La respuesta del apoyo de Ramírez Ocampo lo llevó a Bogotá, en busca del aval de algún organismo estatal para que se comprometiera a respaldar el crédito. Así llegó a la oficina del recién creado Proexpo, Rafael Gama Quijano, quien se entusiasmó tanto con el proyecto que decidió apoyarlo con dinero de la entidad, sin que fuera necesario suscribir un crédito con el BID.
Por esos días Rizo Pombo logró hablar con el Ministro de Hacienda, Abdón Espinosa Valderrama, para que propusiera a Cartagena como sede de la siguiente asamblea del BID. Días después, Espinosa Valderrama le informó  que su encargo había sido cumplido. Fue entonces cuando Rizo Pombo empezó a comprender que la sombra favorablede López Michelsen empezaba a facilitarle las gestiones.
El espaldarazo definitivo llegó a mediados de 1977, cuando aún era incierto el traslado del mercado de Getsemaní. Rizo Pombo invitó a López Michelsen a un almuerzo en su casa de campo en Turbaco y allí le mostró la maqueta de lo que sería el centro de convenciones, elaborada por Rafael Cepeda. La maqueta mostraba toda la zona de Getsemaní, el centro y la bahía y, justo en medio de todo eso, un enorme edificio como un cubo de cristal que reflejaba la belleza de la ciudad.
Sorprendido, López Michelsen se limitó a decir: “Eso lo hacemos”.


Fototeca Histórica de Cartagena

APCIC
El segundo semestre de 1977 estuvo lleno de buenas noticias. En julio, durante el cierre de la muestra Expocosta 77, el ministro de desarrollo Diego Moreno Jaramillo leyó un decreto mediante el cual el Presidente ordenaba la creación de la Asociación Promotora del Centro Internacional de Cartagena, que se encargaría de construir el centro de convenciones.
En agosto, José Henrique Rizo Pombo fue nombrado alcalde de Cartagena y así alcanzó una posición de privilegio para materializar el traslado del mercado de Getsemaní y adelantar gestiones para la construcción del centro de Convenciones.
El 22 de diciembre de 1977, en las instalaciones de un mercado de Bazurto aún desierto y reluciente, Alfonso Löpez Michelsen presidió el acto de constitución de la Asociación promotora del centro de Convenciones.
El 24 de julio de 1978, con la ceremonia de colocación de la primera piedra, llegaba a su fin un arduo proceso y arrancaba uno nuevo en el camino hacia la materialización del Centro de Convenciones Cartagena de Indias.




En tiempo record
Durante el segundo semestre de 1978 se llevó a cabo el concurso de méritos para elegir el proyecto.  Un jurado integrado por Manuel José Cárdenas, de Proexpo (representado por Germán Téllez), Ramón de Zubiría, Eduardo lemaitre, Roberto Gedeón (entonces Alcalde) y Raymundo Angulo de Corturismo, determinó que ninguno de los proyectos cumplía con la totalidad de los requisitos, pero otorgó el primer lugar a la firma “Esguerra, Sáenz y Samper”. Salvo algunas variaciones, el proyecto proponía la edificación que conocemos.
El Centro de Convenciones debió enfrentar numerosos obstáculos para hacerse realidad. Alguien llegó a poner un aviso en la prensa solicitando dinamitadores para echarlo al suelo. El mismo Gabriel García Márquez, en su muy leída columna de El Espectador, definió el proyecto como un esperpento superior a la capacidad de la ciudad, que sólo serviría para que cada año se coronara la reina nacional.
Muchas personas intervinieron en la materialización del Centro de Convenciones. El mismo Rizo Pombo, después de ser alcalde, ocupó la gerencia de APCIC y, al descubrir que Proexpo se desentendía del proyecto y pretendía darle prioridad al  Centro de Convenciones de Medellín, armó un escándalo tal que el mismo presidente Turbay le ratificó a la gobernadora, Elvira Faciolince, que el centro de Convenciones de iba a construir.
La mayor parte de la realización del proyecto le correspondió a Haroldo Calvo Stevenson, como gerente de la Asociación Promotora. Los primeros desembolsos de Proexpo para la construcción fueron hechos en mayo de 1979. Los trabajos se iniciaron en septiembre de ese año, y la construcción fue culminada en un tiempo record para una obra de tal tamaño.
El 19 de marzo de 1982, el presidente Julio César Turbay presidió la ceremonia de inauguración del Centro de Convenciones Cartagena de Indias. Una semana más tarde tuvo lugar allí el primer evento, un compromiso que sirvió de motivo principal para el cumplimiento de las metas trazadas: la Asamblea del BID, que había sido aplazada un año para esperar la culminación de los trabajos. Después han sido muchas las personalidades que han desfilado por el centro de Convenciones, en los incontables eventos de los que ha sido escenario.
Quince años después de su construcción ese cubo de piedra no parece tener ya detractores y los cartageneros tienen un afecto creciente por el esperpento que ha hecho –con el tiempo–que la ciudad se convierta en algo así como el ombligo del mundo, cuando sus perspectivas –a mediados de los años sesenta– sólo permitían augurarle un futuro de balneario apenas prestigioso.
El Universal, Marzo de 1997.









viernes, 1 de septiembre de 2017

Vida y milagros de una lengua muerta

Editado por la Editorial UPB en su colección "Ensayos",
el libro será presentado en la Fiesta del Libro de Medellín, 
el domingo 17 de septiembre de 2017, a las 5 pm.
Auditorio Planetario



 De la contraportada: 

No es casual que palabras como “amor”, “misterio” y “literatura” tengan su origen en una lengua muerta que todavía permanece indescifrada. Una reflexión sobre el etrusco, y sobre su presencia viva y oculta en las lenguas romances, sienta las bases y abre este recorrido por épocas y autores.
En las lecturas, de las que son testimonio estos ensayos, se aplican la agudeza y el conocimiento del oficio que tiene el escritor. La atención se dirige a la literatura hispánica. Aquí están la tradición picaresca y su vigencia en nuestro tiempo, la función del periodismo en los movimientos independencia, el desconcertante olvido de uno de los escritores colombianos más interesantes del siglo XIX, la fama y la oscuridad de la primera celebridad literaria del país, los diálogos textuales (en el relato policial y en la novela de la naturaleza), los retos y avatares de las voces femeninas, la vanguardia, la poesía y las figuras de Hispanoamérica en la segunda mitad del siglo XX, al lado de sus herederos y precursores.
Este viaje –que también es una reflexión sobre el sentido y los instrumentos de la interpretación– concluye con “Teoría”, un texto donde el autor ajusta cuentas con sus conflictos internos. Allí la tarea simultánea de creador, cronista y académico parece encontrar su síntesis y equilibrio en la aceptación amorosa del misterio inagotable de la literatura.

CONTENIDO:

Introducción: Sobre los estudios literarios..........................................................9

Vida y milagros de una lengua muerta: Presencia del etrusco en el español
y otras lenguas romances............................................................13

Lo que encubre el silencio:
Reflexiones sobre la picaresca..................................................31

Las máscaras del discurso: Anonimidad y ciudadanía en La Bagatela,
de Antonio Nariño..........................................................................37

El caballero de Sotaquirá:
Sobre la obra de Felipe Pérez.....................................................61

Preparativos para la inmortalidad:
Vargas Vila en España...................................................................71

La alborada de las voces
Sobre La Quimera, de Emilia Pardo Bazán...........................95

Sobre la poética de la ensoñación: Sobre Bachelard, Felisberto Hernández
y Juan Carlos Onetti.................................................................... 111

De los sentidos al sinsentido
Sobre Maldito gato, de Juan Emar......................................... 117

Del relato policial a la ortodoxia
Sobre Borges y Chesterton....................................................... 135

Sobre la alegoría: Reflexiones sobre Charles Taylor
y Frederic Jameson...................................................................... 143

Un horror natural:
Sobre La vorágine y Heart of Darkness.............................. 149

La familia del Muntu: Una lectura de Changó, el gran putas,
de Manuel Zapata Olivella........................................................ 155

Los destellos de Dios:
Una lectura de Kenosis, de Gustavo Ibarra Merlano….. 175

La muerte en el texto: El autor como personaje absurdo en Noche
sin fortuna, de Andrés Caicedo.............................................. 189

En busca del padre perdido: Sobre Prohibido salir a la calle,
de Consuelo Triviño.................................................................... 217

Género y autoría: Sobre Beatriz y los cuerpos celestes,
de Lucía Etxebarría..................................................................... 223

Cristales ahumados: Sobre Los sueños de los hombres se los fuman
las mujeres, de Alister Ramírez Márquez.......................... 241

Las últimas noticias de la guerra contra el tiempo:
Sobre la poesía de Miguel Falquez-Certain....................... 251

La esperanza de los muertos: Sobre Walter Benjamin, García Márquez
y José Félix Fuenmayor.............................................................. 263

A las puertas de lo inconcebible: Sobre la cuentística de García Márquez,
Julio Cortázar y Jorge Luis Borges........................................ 271

Sobre Paul Ricoeur y su teoría interpretativa.......... 277

Vigencia de Auerbach:
Sobre lo figural en Cortázar y Peri Rossi........................... 287

Teoría............................................................................................... 293

Notas bibliográficas................................................................. 323

jueves, 24 de agosto de 2017

Germán Espinosa: “La literatura debe transmitir felicidad y consuelo”

En noviembre 1998, un grupo de periodistas de El Universal de Cartagena (entre quienes estaban David Lara Ramos, Rubén Darío Álvarez  y Gustavo Tatis Guerra) tuvimos una extensa conversación con Germán Espinosa. 

El texto de la entrevista apareció en el suplemento Dominical.

Germán Espinosa
“La literatura debe transmitir felicidad y consuelo”
  
Un homenaje
A uno le pueden rendir homenajes en cualquier parte del mundo, así sea en los lugares más importantes, y nunca se sentirá tan conmovido como cuando se lo hacen en la tierra natal. Todo esto se le debe a Ricardo Vélez pareja, a quien hay que hacerle un reconocimiento porque, a partir del momento en que él se interesó, es la razón por la que Cartagena se ha interesado en mí.
El interés por mi obra comenzó en Bogotá, que ha sido una ciudad muy generosa conmigo. Medellín es uno de los sitios donde más me leen. Estuve allí hace dos o tres semanas, hicimos un diálogo con los estudiantes, y la forma como conocen mi obra es increíble, hacían preguntas totalmente concretas.

La Cartagena de la infancia

Cartagena ha tenido una característica y es que siempre ha habido una élite intelectual muy culta, y eso es lo que ha movido su vida cultural. Lo deseable sería que la cultura se extendiera un poco más, porque uno de los graves problemas que ha tenido siempre es la falta de librerías.
En la Cartagena de mi infancia hubo un fenómeno muy importante, que fueron los festivales de Proarte Musical. Esos festivales nacieron de la cabeza de Gustavo Lemaitre, de Adolfo Mejía y de Ignacio Villarreal. Con los festivales vinieron a Cartagena los mejores intérpretes musicales de mi época. Mi tío Ignacio fundó una revista que se llamaba Rapsodia, que recogía todo lo novedoso de la música universal de la época. Otro que estuvo muy vinculado con los festivales fue Guillermo Espinosa, que fue el fundador de la Orquesta Sinfónica Nacional, la primera orquesta sinfónica que hubo en Colombia, que dio luego origen a la Orquesta Sinfónica de Colombia.

En La Esperanza
En el colegio de La Esperanza los métodos represivos eran bastante complicados. Había un instrumento que se llamaba el “priki-priki”, que era una palmeta que tenía unos huequitos por los que se metía el aire. Cuando le daban en la mano a un pelado, veía el diablo. A mí nunca me pegaron, yo no permití; me portaba muy bien únicamente para que no me pegaran con esa vaina. Pero había un castigo peor: cuando ya la persona cometía una falta cumbre la encerraban en un cuarto oscuro donde había un esqueleto…
Pero el colegio La Esperanza era un excelente colegio, entre otras cosas, para no salir diciendo solamente lo de los castigos, porque soy muy amigo de Jorge Irrisarri. Había profesores estupendos, como Rodrigo Caballero, que nos daba literatura, o el papa Guerrero, que era profesor de francés. Villanueva era el profesor de castellano y era un purista rígido –era psicorígido, además–, vivía en función de que no se hablara mal el español y, desde luego, eso servía mucho.
Yo creo que el colegio de La esperanza era un buen terreno para la literatura. Enseñaban muy bien. Yo después me fui a estudiar a Bogotá, al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, y noté la diferencia inmediatamente. Por ejemplo, el doctor José María Irrisarri, que era el rector –todavía vive– se había educado en los Estados Unidos, tenía una cultura muy gringa y dictaba, en quinto de bachillerato, la clase de química en inglés, porque quería que los muchachos que salieran del colegio ya hablaran el inglés. La clase de inglés, en cuarto de bachillerato, era un espectáculo. Cuando yo llegué a Bogotá encontré que, por el contrario, la educación que se impartía allá era muy rígida mientras la de aquí era más elástica y abierta hacia el mundo. Yo recuerdo haber oído poemas de Tennyson, de Coleridge, de todos los grandes poetas de la lengua inglesa, de labios del doctor Irrisarri. En Bogotá lo primero que vi fue una visión introversa del mundo. Bogotá no se veía sino a sí misma. Cartagena no, Cartagena veía el mundo entero.

La pataleta y la ojeriza
Me fui a Bogotá porque me dio la pataleta: quería estudiar en Bogotá. Hice aquí hasta cuarto de bachillerato, llegué a Bogotá en quinto, pero me fue como a los perros en misa. A mí me expulsaron de El Rosario; me expulsó Monseñor José Vicente Castro Silva, el rector. El Rosario no es un colegio de curas, pero ocasionalmente el rector sí era un curo, y él me cogió ojeriza desde el conciencia por mi primer libro.
Una de las razones del traslado a Bogotá era que yo quería situarme allí para publicar mi primer libro, Letanías del crepúsculo, al cual yo le daba una desmedida importancia. Cuando lo publiqué, le obsequié un ejemplar a Castro Silva, lleno de ilusiones de que le iba a gustar aquello, y resulta que había unos poemas eróticos en el libro, pero de un erotismo absolutamente inocente, y se escandalizó Monseñor y me reprochó eso , me dijo que eso era pornografía, me cogió ojeriza desde entonces hasta cuando me expulsó.

Letanías del crepúsculo
Mi primer libro tiene poemas escritos desde los doce años. En el más viejo hay un epígrafe de Buda, que debo confesar que lo encontré en un libro de Amado Nervo, La amada inmóvil, que en aquellos tiempos era muy famoso. Todo el mundo lo leía y me robé esa frase:
“El agua que rodea la flor de loto no moja sus pétalos”.
Los profesores de Cartagena no querían creer que yo había hecho mis primeros poemas. Como mi papá hacía versos también, me decía: “Eso te lo escribió tu papá. Eso no es tuyo”.

En el periodismo
Cuando me expulsaron de El Rosario, me volví a Cartagena y dirigí la página literaria del Diario de la Costa. Ahí me ganaba un dinero y, como estaba en la casa de mi papá, no había ningún problema. Pero entonces me dio por volverme para Bogotá, en el año 57, y traté de conseguir trabajo en el periodismo, que era lo único afín con lo que yo hacía. En el año 59, ingresé como periodista a la United Press International, donde trabajé cinco años, más que todo como redactor político, yo cubría Congreso. Durante una época estuve haciendo un noticiero de televisión que se llamaba “Noticiera Suramericana”, de manera que yo fui de los primeros que hicieron noticieros de televisión en Colombia.
Hemingway dice que el periodismo hay que dejarlo a tiempo, si no se puede en algo muy nocivo. Pero la verdad es una cosa: yo conocía gracias al periodismo cosas que no habría podido conocer de ninguna otra manera, por ejemplo el mundo de la política.
La última vez que hice periodismo, propiamente dicho, fue en el año 75, en El Tiempo, donde hacía periodismo cultural. Luego, en el año 77me nombraron cónsul general de Colombia en Kenya, después fui consejero de la Embajada de Colombia en Yugoslavia. Cuando regresé se había aprobado la ley que obligaba a tener tarjeta de periodista. Yo solicité la tarjeta y me la negaron, entonces no hice más periodismo. Después estuve haciendo unos comentarios, pero eran culturales. Abandoné el periodismo porque no lo podía ejercer. De haber tenido la tarjeta, a lo mejor sigo, lo cual ya hubiera sido malo, porque llega un momento en que uno no debe hacer más periodismo sobre todo porque a mí no me gustó nunca el periodismo, yo lo hacía por obligación, porque era la única forma de ganarme la vida. Pero, gustarme, no me gustaba.



El narrador
Cuando yo tenía veinte años no había considerado nunca la posibilidad de escribir narrativa. Por ese entonces recuerdo que hubo un número de la revista Mito que le dedicaron a Borges (más o menos como hacia el año 59 o 60, o tal vez antes) y yo quedé con la fijación de ese nombre, Borges. Tan pronto encontré libros de Borges los compré y aquello fue para mí una revelación. Aquí en Colombia casi nadie sabía quién era Borges en esa época. También tuve la fortuna de encontrar dos autores que a mí me parecen fundamentales en la narrativa hispanoamericana: Cortázar (antes de la aparición de Rayuela, yo conocía sus cuentos) y Juan José Arreola, el mexicano.
En ese momento yo no conocía los cuentos que ya había publicado García Márquez, en El Espectador, los que están recogidos en Ojos de perro azul. Conocía, en cambio, muchas cosas de otros autores, casi todos costumbristas, casi todos con temas relacionados con la violencia política, y me preguntaba por qué la narrativa colombiana estaba apegada a un realismo tan mediocre, tan plano, tan insulso, mientras que estos argentinos estaban lanzados hacia la fantasía y escribían esas cosas tan bellas.
Entonces fue cuando yo me dije: “me voy a poner a escribir para hacer que Colombia ingrese en el dominio de la fantasía, que abandone ese realismo bobalicón”.

La lluvia en el rastrojo
Hay algo que casi nadie sabe: La lluvia en el rastrojo fue publicada en el año 94, pero fue escrita en el año 66, Josefina y yo estábamos recién casados. Yo estaba en un noticiero de televisión que se llamaba Diario Visión, que era propiedad de Marco Alzate Avendaño, hermano de Gilberto. Con Marco si me divertía yo mucho haciendo periodismo porque era un hombre sumamente culto. Hacíamos un tipo de periodismo un poco  sofisticado, un periodismo a la francesa, eso era bonito. Escribí La lluvia en el rastrojo cuando trabajaba en ese noticiero. Alguien me dijo que esa novela podría ser montada teatralmente. Lo cierto es que originalmente yo la escribí  como una obra de teatro y después la volví novela.

La noche de la trapa
En la época en que escribí La noche de la trapa (publicada en 1965), se hizo muy famoso en todo el mundo un libro que se llamaba El retorno de los brujos, de Louis Pawels and Jacques Bergier, el libro fue escrito por Pawels, pero Bergier colaboró en la investigación. Era un libro que reivindicaba lo esotérico y eso me influyó mucho a mí. En un momento determinado, Pawels dice: “dejemos de hablar tanto y veamos una pieza exquisita”, entonces reproducen dos cuentos que son “Los nueve mil millones de los nombres de Dios”, de Arthur C. Clarke, que es un cuento maravilloso, y “El aleph”, de Borges.
El cuento “El crisol”(de La noche de la trapa), tiene un epígrafe de “El aleph”, ese cuento fue escrito al calor de “El aleph”.
Los astros
En una época, cuando vivíamos en Chapinero, me dio por estudiar astrología. Aprendí a levantar horóscopos y levanté un horóscopo que todavía tengo por ahí. Salió bastante acertado. Me decía que yo viviría en un país muy lejano, viví en Kenya un año, y anticipó muchas cosas.
Leyendo enciclopedias
Una vez, hablando con Rojas Herazo, él me decía que uno debe leer el diccionario como si fuera una novela. Bueno, yo lo leía como si fuera una novela. No el diccionario, sino las enciclopedias. Eso es delicioso y le quedan a uno muchas cosas. Yo tenía un ejemplo: Rubén Darío cuando era niño se leyó  dela primera hasta la última página del diccionario de la lengua; de ahí el léxico esplendoroso que tenía, porque cuando uno es niño tiene muy buena memoria.
Escribir
Como decía alguna vez, yo para escribir no necesito silencio ni condiciones especiales. Yo escribo donde sea y como sea… si tengo la necesidad de escribir. Puedo estarme seis meses sin escribir nada, si no siento el impulso de hacerlo.
La tejedora de coronas
La gestación de La tejedora de coronas fue un proceso largo. Cuando yo terminé de escribir Los cortejos del diablo había quedado con la necesidad de seguir escribiendo sobre la historia de Cartagena, que yo conocía desde muy niño en las Historias y leyendas del doctor Arcos, un libro que a mí me fascinaba. Tenía incluso la intención de prolongar los personajes de Los cortejos en La tejedora.
El día 20 de julio de 1969, como tantas veces he contado, el día que el hombre llegó a la una, después de haberme enterado de todas las experiencias de la llegada del hombre a la luna, me surgió la imagen de Federico Goltar descubriendo un planeta, en los días inmediatamente anteriores al asalto de Cartagena por la flota francesa.
Empecé a escribir la novela en forma de diario, pero en esa forma habría tenido diez mil páginas. Hice muchas versiones, la novela no me salía y destruí muchas cosas. Entonces, en el año 80, revisando los originales viejos me encontré con una frase que estaba por allá perdida en la mitad de la novela: “Al entrarse la noche, los relámpagos empezaron a zigzaguear…”, y entonces yo me dije: “Esta es la primera frase de la novela”. Fue cuando se me ocurrió que no debía tener puntos en los capítulos, sino comas. Era tanto lo que tenía que narrar, que la novela hubiera salido muy larga si no se escribe de esa manera.
La Cartagenoise
A los franceses los sorprendió mucho La tejedora de coronas, porque ellos no nos conocen. Los sorprendió mucho que yo supiera tanto sobre cultura europea. Eso aquí no sorprende a nadie, porque aquí somos de estirpe europea y la cultura nuestra está penetrada por todas partes por Europa, pero ellos no lo saben. Ellos piensan que nosotros no conocemos sino lo nuestro, así como ellos no conocen sino lo de ellos. Todos los críticos recalcan la erudición en cultura universal, como llaman ellos a su propia cultura.
Historia y literatura
Algunos autores han dicho que el arte es una forma de conocimiento distinta de la ciencia y de la filosofía. La historia vista por un narrador, por un escritor literario, es otra que la historia vista por un historiógrafo. Nunca se podrá saber quién está más cerca de la verdad, si el literato o el historiador, pero yo tiendo a creer que el iteratopuede encontrar otra verdad que es más verdad que la verdad.
En Los cortejos del diablo, por ejemplo, yo invento mucho. Cuando estoy escribiendo cosas relacionadas con la historia, lo que no puedo averiguar me lo invento, pero esa es la gracia. Es la intuición lo que actúa ahí.
Los lectores y los críticos
Las relaciones con los lectores nunca son tan estrechas como un quisiera, porque uno no conoce a los lectores.
La crítica, aquí en Colombia, existe (en otros tiempos no la había), es seria, responsable, y se está haciendo más que todo en las universidades. Cuando aparece un libro importante, se siente la necesidad de estudiarlo y, en los departamentos de Literatura, los alumnos reciben una formación bastante buena.
En los años sesenta no había un solo profesor que hablara de la literatura que se estaba haciendo en ese momento: de Jorge Zalamea, de León de Greiff, de Luis Vidales, por ejemplo, porque eso lo desdeñaban. Hablaban era de literaturas clásicas y dictaban una cátedra totalmente académica, rabiosamente académica. Hoy no, la cosa es muy diferente, se estudia sumamente bien a los autores nacionales. La Javeriana, por ejemplo, publicó un libro que se llama Seis ensayos sobre La tejedora de coronas, en el que seis profesores escriben sobre la novela. Nada más en esa universidad se han escrito veinte tesis de grado sobre La tejedora.
Pero también hay críticas sesgadas, como las de Raymond Williams. El caso no es que me haya dedicado sólo cuatro líneas en su libro sobre la literatura colombiana –a Mutis le dedicó una–, sino que pronunció una conferencia contra mí, en Ibagué, y entre las cosas que dijo es que yo no sabía escribir. Entonces se paró Seymour mentón, que sí es un hombre muy respetable (yo lo quiero mucho a él, fue profesor de Williams) y le dijo: “Mire, Williams: Usted no tiene derecho a decir eso. Esto no fue lo que yo le enseñé a usted, es una falta de respeto”. También se paró Luz Mery Giraldo. Esa conferencia la mandó a todos los periódicos de Bogotá, buscando que la publicaran. Después estábamos invitados a –finalmente, él no fue; por fortuna–y me mandó una carta desde estados Unidos diciendo que me invitaba a desayunar en Baviera para decirme que si yo no volvía a atacarlo–porque yo lo ataqué una vez, después de eso–, él tampoco volvería a atacarme. Yo debí guardar esa carta, para tener constancia, pero me dio tanta rabia que la rompí. Nunca le contesté.
Después lo vi en Cartagena. Habló bellezas de mí en el Centro de Convenciones. Después hizo un taller aquí y parece que también habló bellezas. Pero Williams es un bobo. Además, ¿qué cosa importante ha escrito Williams?


El destino de los libros
Yo sostengo que hay libros que aparecen y venden de entrada cincuenta mil ejemplares y después nunca se vuelve a saber de ellos, quedan muertos para siempre. En cambio hay otros libros que no venden cincuenta mil ejemplares, pero que se van a estar vendiendo siempre. Generalmente, con la buena literatura pasa eso. Hablemos de cualquier autor. Moreno Durán, un autor a quien yo admiro mucho, no vende los cincuenta mil ejemplares de Germán Castro Caicedo; pero Moreno Durán se va a estar vendiendo siempre, mientras Castro Caicedo desaparece del mapa en cuestión de meses. Son modas. Yo no le reprocho nada a mi tocayo, Germán Castro, a quien quiero mucho, porque es un excelente periodista, es el mejor periodista que hay en Colombia. Sus libros son periodísticos, y él está consciente de eso, una vez me lo dijo: “Yo no estoy compitiendo contigo, yo soy periodista”. Desde luego, los temas que él trata son palpitantes y por eso se venden como pan caliente, pero eso no es literatura. Ni él está tratando de hacer literatura. Mal haría en tratar de hacer literatura, porque él no es literato.
García Márquez
Óigame, el García Márquez de El otoño del patriarca hacia atrás es un maravilloso escritor. De El otoño para acá es un mal escritor. Yo no he encontrado después nada que valga la pena. Pero él hace los libros con la intención de que se vendan mucho y lo logra.
Cortázar
Para mí, de los narradores del Boom, el gran narrador es Cortázar. Cortázar es un tipo a la estatuar del que le pongan, además de ser un hombre que desarrolló un estilo sumamente propio.
El más grande escritor
Pero el más grande escritor del siglo XX ha sido Borges. Borges es un monstruo, es la máxima admiración para mí. Y he sido gran admirador de Thomas Mann  y de Aldous Huxley, grandes novelistas, pero Borges los deja chiquitos.
El gran donde Borges es la gracia y la sencillez con que lo dice todo. Es una cátedra de filosofía. Yo releo mucho a Borges, y cuando estoy ante cuentos como “La lotería de Babilonia” o como “La biblioteca de Babel”, pienso que ese tipo estaba endemoniado, no parecen escritos por un ser humano, sino por un semi-dios, son unas trampas superintelectuales, parece increíble que las haya producido un simple mortal.
La otra cosa admirabilísima de Borges es el humor, es un humor muy fino, muy a la británica, él es de formación muy inglesa.
Los sueños y la muerte
Yo encontré una copincidencia entre la filosofía de Dunne, que es un inglés que escribió un libro sobre el tiempo (por cierto, Borges lo comenta, pero ahí fue un poco frívolo, se burla de Dunne) y la filosofía oriental. Dunne dice que hay varios niveles de tiempo: un tiempo uno, un tiempo dos y un tiempo tres. Dice que al morir nosotros vamos a ingresar espacial y geométricamente  en el tiempo dos, pero tenenos en los sueños una experiencia del tiempo dos, de ahí los sueños en que se anticipa un suceso futuro, que son muy frecuentes. En el tiempo dos, lo soñado ya ocurrió o está determinado que ocurra, y se filtra por el sueño hacia el tiempo uno. Dunne dice que esta vida en el tiempo uno, que es donde estamos prisioneros ahora, debe ser una preparación para entrar al tiempo dos. Curiosamente, en el budismo se dice que aquel que sea capaz de gobernar los sueños mientras sueña podrá gobernar los estados de ser en la otra vida. De manera que el budismo dice exactamente lo mismo que Dunne, y lo dice veintiséis siglos antes. Esa coincidencia fue la que me inspiró el cuento El gesto del profeta.
El tiempo tres, de Dunne, es una belleza, es el tiempo de la creación estética. Cuando hayamos vivido el tiempo dos, y pasemos al tiempo tres, vamos a vivir en el orbe dela creación artística, podremos saludar a Don Quijote o a Helena de Troya.
Relecturas
El libro que yo más releo, porque a Borges lo constantemente, es En busca del tiempo perdido, de Proust. Releo mucho a Chesterton, que me gusta; leo mucho a Maupassant.
Dios
Respeto profundamente las religiones. Yo me eduqué en la religión católica y, desde luego, tuve que conjurar todos los espectros –si es que los he logrado conjurar– que dejó en mí la educación cristiana. Yo pienso que aunque yo haya  renunciado a la práctica del cristianismo, digamos a ir a misa, a confesarme, a comulgar; si bien yo he renunciado a eso, creo que en el fondo sigo siendo un cristiano que está muy de acuerdo con la prédica de los evangelios. Pienso que los evangelios son lo más bello que se ha escrito (ese es otro libro que yo releo a menudo, la Biblia, a mí me encanta). Creo que la doctrina de Cristo es inobjetable, lo que pasa es que la iglesia ha hecho todo lo posible por destruirla, por convertirla en un instrumento de poder.
No creo que nadie pueda ser ateo. Cuando uno se pone a ver todo ese conjunto de misterios que es el universo, la sabiduría de la naturaleza, esa inteligencia que actúa en todas las cosas… (a mí hay cosas que me dejan pasmado: hay flores, por ejemplo, que imitan en su cáliz el cuerpo de la hembra de la abeja, el macho copula con la flor y todo eso sirve para que el macho al salir esparza el polen), esa inteligencia de la naturaleza para crear esas cosas, eso es Dios. De manera que no es que uno crea o no, sino que ahí está.
Los padres
Yo creo que a mí me hizo literato mi papá. Eso no lo sabe casi nadie, porque además ni se acuerdan de él, pero mi papá era principalmente un literato. El escribía poesía. A partir de mañana me voy a dedicar a buscar los poemas de mi papá, en la casa de mi hermano, porque quiero publicarlos, eran excelentes.
Mi papá me enseñó, y yo me aprendí de memoria, Anarcos de Guillermo Valencia, que es un poema larguísimo, y nunca se me ha olvidado. De manera que ya me estaba volviendo literato. Claro que cuando él se dio cuenta de que yo quería dedicarme exclusivamente a la literatura se alarmó por completo, y tenía la razón.
Mi mamá no aceptó nunca que yo fuera escritor, ella quería que yo fuera abogado. Pero resulta que cualquier cosa habría podido yo ser en esta vida, menos abogado. Tal vez, abogado penalista. Se llamaba María Teresa Villarreal, su temperamento era muy difícil, eso lo sabía toda la familia y lo excusaba, nunca me perdonó que me dedicara a la literatura y me torturó toda la vida, me trató muy mal. Mi papá era todo lo contrario, era un hombre pacífico, no se alteraba por nada, podía estar cayéndose este mundo y no se inmutaba, no tenía sistema nervioso. Él era una persona ideal para que estuviera casado con ella, no lo mortificaba nada lo que ella hacía.
Memorias, sí pero no
He pensado escribir memorias, pero nunca me dedico, tal vez porque de pronto no me parezca tan importante lo que me ha pasado, o porque pienso que si uno se pone a escribir memorias termina transmitiendo cierta amargura. A todos nos han pasado cosas tremendas en esta vida, sobre todo en un país como éste. Pienso que si uno escribe memorias necesariamente tiene que transmitir amarguras y no tengo ganas de transmitirlas.
Yo pienso con toda honestidad que la literatura debe transmitir felicidad y consuelo.
El bastón
Cuando la gente quiere conjurar algo que puede ser agorero toca madera. No hay mejor forma de estar tocando madera todo el tiempo. Hace diez años uso el bastón, a mí toda la vida me gustó el bastón como prenda, como adorno, pero yo no me atrevía a usarlo porque podían decirme que estaba muy joven para usar bastón y se iban a burlar de mí.  Pero el día que yo cumplí cincuenta años –el 30 de abril de 1988– dije: “A los cincuenta años ya un hombre sí puede usar bastón, ya no se pueden burlar”, y ese día compré el primer bastón. Ahora tengo seis bastones. Éste lo compré en Barcelona y no costó nada, costó como ocho mil pesos colombianos, pero me encantó.
En Suiza me regalaron uno. Resulta que me presentaron a un anticuario de New Chatel, que es un adorable pueblo de la Suiza francesa, y el tipo había leído La cartagenoise, quedó fascinado con la novela y me tomó una admiración enorme. Como yo llevaba un bastón que me regaló Ricardo Vélez, me dijo: “esos bastones aquí no se usan sino cuando uno se rompe una pierna, yo le voy a regala run bastón digno del autor de La cartagenoise y me regaló un bastón de puño de plata que tiene grabados cuatro nombres que no sé qué significan, yo le escribí un poema y se lo mandé, hablando de los cuatro nombres. Ese bastón debe tener un siglo, debió pertenecer a algún aristócrata suizo, es un bastón precioso.
Miedo
Le tengo miedo a Colombia. Colombia todos los días me da miedo. Cada vez que veo los noticieros o leo las primeras páginas de los periódicos siento terror, a eso es a lo que más le tengo miedo. En otros tiempos le tenía un miedo tremendo a la muerte, pero a medida que uno se va volviendo viejo ya no le teme.

Cuando estoy escribiendo un libro me preocupa morirme sin haberlo terminado. Eso sí. Lo que me preocupa es morir sin haber acabado de hacer todo lo que uno tenía que hacer n esta vida. Yo creo que uno trae misiones específicas. Creo un poco en el destino, aunque creo en un destino flexible. Creo que uno sí trae una misión a este mundo y tiene que cumplirla, si no lo hace, comete una traición al universo.