viernes, 3 de julio de 2020

La tigresa solar


 tiger eyes | I improved the colour and put it up again. Hope… | Flickr

Esta semana leí en alguna parte que la piel siente hambre, que cuando se le priva de los roces y el calor de otras pieles se llena de dolores. Es la primera vez que encuentro que alguien nombra, casi con las palabras que yo he usado, el vacío que siento desde que soy consciente de estar vivo.

Podría abundar en episodios y detalles, pero ahora no deseo ser prolijo. Cuando murió mi padre, el hambre fue terrible. También sentí un deseo enfurecido. Quería comérmelas a todas. Lo conseguí con unas cuantas. Así aprendí que el deseo se nutre de la muerte. Desde entonces he dicho con frecuencia que si tengo que escoger entre el amor y el sexo elijo el sexo. Me resulta aberrante la idea de omitir el encuentro más íntimo entre dos que se gustan, o la de utilizarlo como medio para obtener ventajas o favores. Me cuesta imaginar que alguna vez pueda vivir sin la esperanza de perderme en rincones y flujos y besos y miradas.

El tema del hambre salió a relucir porque a todos nos mandaron a encerrarnos. De eso ya hace cien días. Si salen se mueren, es lo que han advertido. El encierro encontró a las personas a solas o con otros: amigos o familia. Para mí fue un alivio estar solo. La convivencia me aturde, me satura, me vuelve irritable. Hace casi veinte años conseguí escaparme de una asfixiante relación que amenazaba con durar toda la vida. Desde entonces no dejé de defender mi soledad. Busqué la forma de calmar el hambre, pero no volví a ofrecerme como pago.

Trabajar desde casa me mantuvo ocupado. Al principio fue difícil encontrar un equilibrio: adaptarme a enseñar desde un computador ocupaba mis días, las noticias del mundo creaban zozobra. Mucha gente moría por una enfermedad que parecía haber surgido de la nada. Cuando salir era inevitable, había que guardar cierta distancia y usar una prenda que cubriera la boca. Los abrazos quedaron prohibidos. Al regresar a casa era preciso seguir exhaustivos protocolos de limpieza. En esas circunstancias, la vida transcurría como en un refugio subterráneo, durante un bombardeo, y todos nos sentíamos obligados a fingir que no pasaba nada. A través de las redes virtuales, intenté mantener un contacto regular con mi familia. Como era evidente que el asunto iba para largo, me esforcé por establecer rutinas de trabajo, de sueño, de descanso. La idea del encierro no me molestaba. Más bien, sentí alivio. Si antes podían parecer anómalas mis ganas de estar solo, ahora me veía justificado.

Superada la alarma, instalado en la quietud y en el silencio, empecé a disfrutar de todo el tiempo que tenía para mí. Veía películas, leía, escribía. La quietud me permitía recordar lo que soñaba y escribirlo al despertarme. Vislumbré el recorrido que había hecho desde niño hasta este tiempo apocalíptico; intenté imaginar un porvenir que podía ser muy breve. Decidí que ocuparía aquellos días en hacer lo indispensable: terminar de escribir los libros que me faltaban, prepararme y esperar el momento de morir. En esas estaba, en procesar recuerdos, en definir prioridades, cuando recibí un mensaje que me dejó desconcertado: “Estaré en Siberia el lunes y me pregunto si quieres que nos veamos”.

Su nombre, para mí, siempre fue “la tigresa solar”. Así se llama en mis cuadernos (“La tigresa solar: ¡Qué lujo de animal!”). Es una mención fugaz que nunca quise precisar, volver identificable. La conocí hace diez años, quería jugar a seducir a su profesor, pero yo ya había tenido con Lavinia una experiencia que me dejó vacunado.

La tigresa era hermosa, inteligente, atrevida, deslumbrante, diferente a las demás; y, para colmo, me veía. En las clases hacía comentarios que dejaban a todos boquiabiertos. Supongo que lo hacía para ver mi reacción. Pero yo le negaba el placer de verme desconcertado. Sabía que su crudeza era una forma de denunciar la hipocresía general. Cuando hablábamos mostraba una sonrisa juguetona, propiciaba roces delicados, clavaba en mí unos ojos desafiantes. Aquella vez le puse un freno amable a sus avances, pero no dejé de sucumbir a su ímpetu de fiera. La adoraba en mi diario y volvía a mirarla con gesto contenido.

Durante un par de años nos limitamos a mirarnos con fijeza, a saber que nos queríamos, a cultivar un deseo para siempre insatisfecho. Supongo que la despedida fue emotiva, pero olvidé los detalles. La vida siguió de largo y, en medio de tareas, de ires y venires y de encuentros más cercanos, su recuerdo volvía a aparecer de vez en cuando: “Recuerdo haber muerto en las fauces de una tigresa solar”. Pero era más el olvido. Si a lo largo de estos años hubiera hecho la lista de encuentros significativos –ese ejercicio de escritura que me gusta proponer– es posible que no la hubiera incluido.

Con el tiempo y el auge de las redes sociales volví a tener noticias suyas. Nos hicimos amigos virtuales, pero nunca cruzamos palabra. Yo la miraba en silencio, curioseaba sus fotos y sus declaraciones, y luego la olvidaba. Jamás pensé que volveríamos a encontrarnos. Ahora sé que también ella me miraba.

Su mensaje llegó un sábado al mediodía y mi primera reacción fue pensar que tendría que inventar una excusa: decir que no estaba en Siberia, inventar compromisos. Pero me dejé tentar por la idea. Recordé su presencia sigilosa a lo largo de los años y pensé que sería bonito saber de su vida, volver a mirarla a los ojos. Llevaba tanto tiempo sin tener frente a mí un rostro humano que la idea de que el primero fuera el suyo me resultó fascinante. Quedamos en encontrarnos el lunes en un parque, junto al lago, después del mediodía. La inminencia del encuentro le dio color a mi domingo. Esa noche me visitó en un sueño. Al despertar recordé el poema de Quevedo: “Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte, que nunca duerma yo, si estoy despierto, y que si duermo que jamás despierte». Pero me alegró despertar a ese lunes soleado de principios de junio. Decidí llegar un poco antes de la hora acordada. Mientras la esperaba, decidí quitarme el protector que me cubría la boca. Llevaba dos libros: uno para regalarle y otro para esperarla. Hojeé distraído “Los crímenes de Inglaterra”. Me costaba concentrarme en la lectura. Decidí saborear cada instante del encuentro.

Llegó puntual, sudorosa, brillante, y nos apuramos a abrazarnos. El banco frente al lago nos obligó a sentarnos más cerca de lo recomendable y no lo lamentamos. Nos miramos a los ojos y suspiramos aliviados. La conversación empezó a fluir sin sobresaltos. En pocos minutos nos pusimos al día: dijo que ya tenía treinta años, que hacía tres trabajaba como profesora de español en su pueblo natal y que hacía poco se había mudado a un hermoso lugar frente al río Hudson; dije que estaba más o menos en lo mismo, enseñando mis clases –que me mantenían en contacto con el mundo– y escribiendo mis libros.

Le entregué la biografía de Marilla y sonrió emocionada. Dijo que todavía tenía el librito que le había regalado cuando se graduó: un ensayo de Marilla sobre la poesía, que yo había publicado por mi cuenta. No recordaba haberle dado ese regalo. Le expliqué que con el tiempo había encontrado mucha información adicional y que había decidido escribir la historia de su vida.  Agregué que estaba dedicado a concluir otro libro sobre ella y que no quería morirme sin haberlo terminado.   

La mención de la muerte nos recordó lo extraño de esos tiempos. Decidí poner a un lado el protector, junto al libro de Chesterton. La vi evocar, confesarme que yo había sido su profesor más cercano, decir que ahora era menos impulsiva, pero que con sus amigos seguía siendo la misma. Quería que yo hablara, pero yo procuraba devolverle la palabra. Me bebía sus gestos, la luz de su sonrisa.

Habló del impacto que tuvo en su vida la muerte de su padre, seis años atrás; de las relaciones con su madre, que eran mejores cuando no pasaban mucho tiempo juntas. Habló de su manera de entenderse con los chiquillos de la escuela intermedia, de la necesidad que tenía de mejorar su español, y de cómo estaba aprendiendo a navegar las relaciones con superiores y colegas. Muy pronto, la conversación se hizo personal.

Diez años atrás, aquella sinceridad habría sido impensable. Contó detalles del desmoronamiento de su última relación. Me preguntó por mi vida sentimental, por mis apegos y rutinas. Me habló con franqueza de la sensación de urgencia que empezaba a imponerle su reloj biológico. Agregó que no quería tener sus hijos sola.

–¿Cómo es el hombre qué buscas?

Dijo dos rasgos: “Qué esté primero que yo en la pista de baile y que sea sensible y activo con las causas justas”.

Me devolvió la pregunta y traté de ser sincero. Le dije que llevaba tres años sin tener algo que pudiera llamar una relación. Que todas, en los dieciocho años transcurridos desde que me divorcié, habían sido relaciones a distancia: de muchas llamadas, de encuentros ocasionales.

–La más larga duró casi cuatro años, pero la convivencia verdadera no sumó seis semanas.

Estuvo de acuerdo en que la gente solo llega a conocerse cuando convive. Le conté que la última relación a distancia había durado un año, que los encuentros ocasionales solían ser deliciosos, pero si se prolongaban se ponían amargos.

–Desde entonces decidí no buscar relaciones. Tengo amigas, encuentros ocasionales. Pero de amor no hablo.

Volví a preguntarle por su trabajo. Habló de los obstáculos que una de sus jefes se empeñaba en ponerle, de la paciencia que necesitaría para establecerse y conseguir lo que quería.

–Hay un aforismo japonés… –empecé a decirle.

Vi en el lago unos peces muy blancos con manchas naranja. La invité a mirarlos. Fingió emocionarse, pero quería su aforismo cuanto antes.  

“Si esperas lo suficiente a la orilla del río, verás pasar flotando los cuerpos de tus enemigos”.

Sonrió. Estuvo de acuerdo. Pensé que yo ya había visto pasar varios. Me puse de pie para estirar las piernas y ella propuso que camináramos.

Contó que había llegado a Siberia la noche anterior y que se había quedado a dormir en casa de una amiga que estaba pasando por un feo divorcio: su exesposo quería arrebatarle la custodia de su hija. Hablé de mi feo divorcio. Me hizo ver que, a pesar de lo feo, quedaban los hijos y, ahora, los nietos. Admití que tenía razón. Agregué que con el tiempo las cosas dejaban de doler y que el vínculo con los hijos jamás se había perdido.

Tengo en mi cuaderno los detalles de ese encuentro: el ritmo y el rumbo de nuestros pasos, las cejas menudas, su sonrisa insensata, sus tatuajes verbales, los recuerdos del sueño mientras la escuchaba, la flor de nomeolvides que me ayudó a buscar, sin saber que sería para ella, el nuevo abrazo y el beso en la mejilla, el otro banco en un lugar más sombreado.

Allí compartimos nuestro dolor.  Su padre había muerto de un cáncer que se lo llevó en menos de seis meses. Fue testigo del examen que había hecho de su vida, del desandar de sus pasos: cada vez que regresaba a la lucidez mencionaba nombres más remotos. Murió llamando a su madre. Mi padre volvió a morir asesinado –hacía mucho no contaba esa historia–, volví a despertar a la noticia y ella entendió de inmediato la manera como aquello me había lastimado. Le hablé del sueño que tuve la noche anterior a la tragedia: mi lento hundimiento en la tierra en medio de lápidas. Le hablé de mi costumbre de escribir lo que soñaba y del descubrimiento que había hecho de que muchos de mis sueños anunciaban cosas que ocurrirían meses o años más tarde.  

Mientras grababa en mi memoria cada gesto y cada rasgo, hablamos de nuestras familias, del origen de nuestros nombres, de signos zodiacales, de cómo imaginábamos el resto de nuestros días. Le expliqué mi condición de desterrado, de eterno forastero que no puede anhelar regresar al lugar donde nació porque le resulta intolerable. Ella volvió a hablar del hermoso paisaje del Hudson que se abre frente a su ventana. Disipó mi temor de morir sin haber terminado mis libros: “Nadie se muere sin haber cumplido su tarea”. La invité a hacerse amiga de la incertidumbre, a vivir como si le quedara poco tiempo, pero también a disfrutar la plenitud que tenía por delante.

–You are entering in your prime –le dije–. Tienes veinte o más años de plenitud.

Me preguntó la edad. Aclaré que me quedaban todavía algunas cosas por vivir, libros por escribir. Decidí que era yo quien debía poner fin a ese encuentro. Le recordé sus planes de saludar a otros amigos en Siberia antes de marcharse. Al despedirnos volvimos a abrazarnos.

–Te quiero –me dijo al oído.

–Te quiero –le dije.

La dicha de estar junto a ella siguió transcurriendo. Dejé que decidiera el momento de volver a separarnos. Pensé que la extraña belleza de estar abrazados podía costarnos la vida y sentí que ese precio se justificaba.




 


lunes, 4 de mayo de 2020

Marilla Freeman, Bibliotecaria

Obituario de The New York Times, publicado el 31 de octubre de 1961

Marilla Freeman, Bibliotecaria
Marilla Waite Freeman, directora de la biblioteca central de la Biblioteca Pública de Cleveland desde 1922 hasta 1940, murió el domingo en un hospital de White Plains después de una prolongada enfermedad. Vivía en el Henry Hudson Hotel de esta ciudad.
Miss Freeman, nacida en Honeoye Falls (New York), se graduó de la Universidad de Chicago en 1897 y en 1941 recibió una mención de esa universidad por sus extraordinarios logros como bibliotecaria.
Organizó y dirigió las bibliotecas públicas de Michigan City (Indiana) y Davenport (Iowa), y prestó servicios en bibliotecas públicas en Chicago y Newark (New Jersey). En Memphis fue la bibliotecaria principal de la biblioteca del Goodwyn Institute, y en Louisville (Kentucky) fue la directora de la sección de referencia de la sede principal de la biblioteca pública de la ciudad. También prestó servicios como directora de la biblioteca de la base militar de Camp Dix (New Jersey) durante la Primera Guerra Mundial.
Miss Freeman obtuvo un título en Derecho de la Universidad de Memphis en 1921, y ese mismo año fue admitida en el Colegio de Abogados de Tennessee, pero no ejerció la profesión. Poco después trabajó en la sección de Derecho Extranjero de la Biblioteca de Derecho de la Universidad de Harvard.
Después de su retiro de la Biblioteca Pública de Cleveland prestó servicios como bibliotecaria en la sección de enfermedades pulmonares del St. Joseph’s Hospital, en el Bronx.

Entre 1949 y 1951 fue la presidenta del Motion Picture Preview Committee (el comité de evaluación previa de películas) donde representaba a la American Library Association (Asociación de Bibliotecas de los Estados Unidos), de la que también fue vicepresidenta.





sábado, 2 de mayo de 2020

El país de los árboles locos


En la primera parte de "El país de los árboles locos"  el narrador le cuenta a su amada de su paso por un sitio donde todo se congela y de su reparador encuentro con Shel Silverstain





En este segundo fragmento de "El país de los árboles locos" nuestro personaje llega a Princeton y se dedica al estudio de los árboles. Nos habla de milagros, de los jardines colgantes de Babilonia y tiene un encuentro decisivo con Mia Swenson


Nuestro personaje nos habla de sus investigaciones sobre los árboles, pero un encuentro inesperado le recuerda que es hora de partir y que partir es una forma de morir



En el cuarto fragmento de "El país de los árboles locos", nuestro personaje emprende un recorrido por el mundo, en busca de las rarezas de los árboles. En París se da cuenta que todos somos plantas, "que solo cambia la forma de las raíces".


El encuentro con el marinero desdentado revive la esperanza de nuestro personaje




Nuestro viajero llega al fin al país de los árboles locos, "un sitio del que solo regresan unos pocos".





El Blog de Gustavo Arango: Una tesis de grado




domingo, 26 de abril de 2020

"El negocio que anda entre las tinieblas" *Capítulo final (22) de Santa María del Diablo


En el capítulo final de Santa María del Diablo, nuestro viejo cronista nos habla de la más fiera de las luchas, aquella que cada uno está librando.














El régimen del letrado - capítulo 21 de Santa María del Diablo

 En el penúltimo capítulo de Santa María del Diablo, Gonzalo Fernández de Oviedo se empeña en mantener con vida a Santa María, pero la resistencia de todo ser humano tiene un límite. Una estrafalaria ceremonia funeraria marca el fin de un imperio en la selva que surgió y se esfumó en menos de quince años.







sábado, 25 de abril de 2020

"Trátese ahora de sus muertes" -capítulo 20 de Santa María del Diablo

El final está cerca y nuestro viejo cronista se apura a dar por concluida su tarea. Hace una apasionada defensa de la verdad, denuncia la mendacidad de cierto fraile y describe detalles de la forma como asumen la muerte los nativos de Cueva











viernes, 24 de abril de 2020

miércoles, 22 de abril de 2020