lunes, 19 de septiembre de 2016

Para los amigos que entienden alemán

Una nota de Gregor Dotzauer, en el periódico aleman Der Tagesspiegel,
a propósito de mi texto sobre la biblioteca de Cortázar 
publicado en Confabulario (El Universal de México) 
















viernes, 16 de septiembre de 2016

Jibias de interioridad

La columna de Vivir en El Poblado



Uno de los libros a los que siempre regreso es el llamado Oráculo manual y arte de prudencia, de mi querido don Baltazar Gracián (por cierto, Esteban Carlos,  creo que el poema de Borges es una buena razón para leerlo), y cada vez que vuelvo me pregunto por qué tardé tanto para encontrar ese mapa tan certero del mundo y las interacciones de los hombres.

A Gracián llegué por el atajo del inglés. Le había echado el ojo a los tres volúmenes de El Criticón, me había preguntado quién leería ese mamotreto en nuestro tiempo, y consideré leerlo nada más por llevar un poco la contraria. Pero habría seguido posponiendo esa lectura si no caigo redondito en una traducción al inglés del Oráculo. Me bastó una ojeada para entender que esa vaina era más tesa que El Príncipe de Maquiavelo, mejor incluso que el bestial parloteo del Calila y Dimna, y que no estaba libre de la acidez sarcástica de las Máximas, de La Rochefoucauld.





domingo, 11 de septiembre de 2016

martes, 6 de septiembre de 2016

El final del infierno

Texto publicado en Vivir en El Poblado , 
el 3 de julio de 2010. 


   Una de las tareas más arduas que he emprendido ha sido la lectura de la Divina Comedia. Varias veces he tratado de acompañar a Dante en su viaje inconcebible; de manera repetida lo he visto saludar a ese Virgilio con quien pudo hallar el rumbo en caminos imposibles; me he adentrado con ellos en el infierno, sabiendo que después de las escenas más “dantescas” y de las penas del viaje se encuentra el paraíso; me he armado de paciencia para interpretar símbolos y para conocer montones de habitantes de Florencia de fines del siglo 13; pero nunca, hasta ahora, había podido salir de los infiernos y entrever la esperanza que ilumina el purgatorio.

    Muchas razones me hicieron penoso ese viaje. La falta de compañía era una de ellas. Me ha costado encontrar hoy en día gente interesada en ese poema sobrenatural. A la soledad se le suma la ligereza con que el mundo ha llegado a descreer de la imaginería que puebla la obra de Dante. El infierno ya no asusta a nadie. Si hay cielo o purgatorio es algo que tiene sin cuidado a la mayoría. Cuesta encontrar a una persona cuyos actos estén gobernados por el temor a un castigo o por la esperanza de un premio que se encuentran más allá de los confines de esta vida. Pero aún solo y sin creyentes quiero hablar de las sorpresas que ha venido a depararme este viaje hasta el final de los abismos infernales. 
Quizá no esté de más decir que la arquitectura perfecta del poema está compuesta por cien cantos, de los cuales 34 corresponden al infierno, 33 al purgatorio y 33 al paraíso. Mi último viaje me había conducido hasta el canto XXX, donde fue viva la emoción al comprender que esos gigantes que parecían molinos eran el opuesto perfecto, y quizá inspirador, de los molinos que parecían gigantes en la historia de Quijano el de la Mancha. Resultaba tentadora la idea de que Cervantes había hecho una alegoría del infierno aquí en la tierra. Pero esta vez el arrojo me alcanzó para seguir más allá y me permitió adentrarme en los círculos finales.


   Los últimos círculos del infierno son helados y derivan sus nombres de traidores. En Caína están los que traicionaron y ejercieron violencia contra los suyos. En Antenora se encuentran los que traicionaron a su patria. En Tolomea se encuentran quienes traicionaron a sus huéspedes. En Judeca, en el fondo más hondo del infierno, están quienes traicionaron a sus benefactores. La distribución podría ser tan solo un capricho de Dante, para quien la traición era el más vil de los pecados, si no hubiera en Tolomea un complejo problema teológico: allí es posible hallar las almas de personas que aún están vivas. La explicación la da uno de los condenados: en el momento en que alguien comete una traición, su alma es conducida a ese penúltimo círculo del infierno, y el cuerpo queda a cargo de un demonio.


   Uno puede no creer en el infierno o los demonios, uno puede estar convencido de que las religiones están hechas para controlar multitudes; pero, si ha seguido de corazón la profunda reflexión ética que es el infierno de Dante, no puede evitar preocuparse por los riesgos que corre el alma en cada pequeño acto. Saber que el infierno es posible e inmediato para aquel que comete una traición tiene un efecto sobrecogedor. El dolor podría ser insoportable si no llegara a rescatarnos esa luz con que termina el canto XXXIV: “E quindi uscimmo a riveder le estelle”, uno de los versos más consoladores que hayan sido concebidos. 

Oneonta (Nueva York), julio de 2010.





viernes, 2 de septiembre de 2016

El corazón está de luto

La columna de Vivir en El Poblado



Pensaba escribir sobre The Recognitions, la novela de William Gaddis que es objeto de culto entre los amantes de la literatura norteamericana. Pensaba recordar que algunos comparan ese denso mamotreto con el Ulises de Joyce, y que Gaddis inspiró a autores como David Markson, Jonathan Franzen o David Foster Wallace. Quería hablar del papel que la cultura hispánica juega en esa catedral literaria que dormita en la penumbra, monumento de una muriente concepción de la literatura: la de la búsqueda vital y personal. Todo eso pensaba hacer hasta que la noticia del cese al fuego llegó acompañada por la noticia de la muerte de Juan Gabriel. Entonces decidí dejarme de gustos de minorías para hablar de lo que importa de verdad.
Entiendo la alarma de quienes no aceptan que la muerte de un cantante pueda opacar uno de los anuncios más importantes de nuestra historia como nación: el del cese al fuego entre bandos que llevan en guerra más de medio siglo. Pero, con todo y lo trascendental del anuncio, y a pesar de la esperanza que tenemos en que las cosas mejoren, se trata de un compromiso en el papel, de un inventario de buenas intenciones que tendrá que traducirse en hechos de seres humanos –de frágiles, falibles, bienintencionados, pero también mezquinos y en ocasiones perversos seres humanos. Lo de Juan Gabriel, en cambio, es un hecho cumplido: la influencia purificadora, doliente y compasiva de un solo individuo en las vidas de millones de personas.





domingo, 28 de agosto de 2016

Un libro que ha hecho historia

"Veinte años después de su publicación, Un ramo de nomeolvides, 
la crónica sobre el paso de García Márquez por El Universal 
sigue siendo un documento vigente e imprescindible". 

Texto publicado en la sección Facetas, de El Universal de Cartagena
(28 de agosto de 2016)


En abril de 1994, Gabriel García Márquez volvió a conmocionar el mundo editorial con la aparición de la que sería su penúltima novela: Del amor y otros demonios. Otra vez la palabra amor aparecía en el título de un libro suyo y otra vez la ciudad de Cartagena, estilizada por el arte, volvía a ser escenario de su obra. La trama general de la novela podría situarse en algún momento impreciso del siglo 18, pero la génesis del relato se hallaba mucho después, en octubre de 1949, cuando Gabriel García Márquez era un reportero principiante en este diario y, supuestamente, fue enviado por su jefe de redacción a cubrir la noticia de la apertura de unas criptas en el antiguo convento de las clarisas.

La mención de su paso por El Universal y del discreto magisterio de Clemente Manuel Zabala causó revuelo local. Ya para entonces se rumoraba con insistencia que García Márquez había exagerado la importancia de Barranquilla en su destino de escritor, y que había dejado en la sombra su experiencia cartagenera. La mención en el prólogo era, en cierta manera, una respuesta a esos rumores: Zabala era tan digno de inclusión en su obra como antes lo habían sido Cepeda, Fuenmayor, Germán Vargas o “el sabio catalán”.

El revuelo encendió el bombillo de Gerardo Araújo, el gerente de El Universal. Por qué no hacer “una vaina berraca”, por ejemplo un libro, para destacar el hecho de que los inicios de García Márquez como periodista habían tenido lugar en este periódico. La idea tomó vuelo y fue así como cayeron en mis manos la oportunidad y el reto más importantes que he tenido en mi vida. Me apresuré a diseñar el proyecto y, a finales de ese mismo mes de abril, recibí vía libre y el apoyo decidido del periódico para que escribiera una crónica –con entrevistas y textos rescatados del archivo– sobre el paso de Gabriel García Márquez por El Universal.

Hasta ese momento pocos habían escrito sobre el tema. Al lado del estudio y la recopilación de columnas hecha por Jacques Gilard, el precedente más importante era una serie de ensayos académicos –posteriormente reunidos en un libro– del investigador Jorge García Usta, en los que daba cuenta de hechos notables de lo que llamó “periodo Cartagena”, destacaba la influencia de Clemente Manuel Zabala y aventuraba influencias –como la de Ramón Gómez de la Serna– en el estilo de García Márquez. Así pude saber que García Márquez empezó su colaboración con El Universal el 21 de mayo de 1948, cuando estaba recién llegado de una Bogotá conmocionada por el asesinato de Gaitán, que colaboró de manera casi continua con el periódico hasta diciembre de 1949, cuando se fue a Barranquilla, y que volvió a escribir aquí –de manera más discreta– cuando su familia vino a vivir a Cartagena a principios de la década del 50. Con esa información básica empecé el lento y minucioso proceso de investigación que me llevó a escribir Un ramo de nomeolvides, un libro que ha sido objeto de elogios innumerables y de alguna calumnia que la ignorancia se ha ocupado de propagar.




En Generación

Un fragmento de Resplandor, en el suplemento Generación de El Colombiano.




viernes, 19 de agosto de 2016

El vuelo y La caída

La columna de Vivir en El Poblado



Es seguro que a todos nos ha ocurrido. Estamos en un café o en un aeropuerto, descansando o matando el tiempo, cuando alguien se empeña en dirigirnos la palabra. El futuro de la charla depende de nuestro ánimo. Si queremos silencio, el otro no tendrá otra alternativa que alejarse y buscar oídos más atentos. Pero si en nosotros hay disposición, si un gesto revela algún vestigio de interés, las cosas pueden llegar bastante lejos.


He estado entre aviones las últimas semanas y he sido terreno poco fértil para el diálogo. Como está pasando mucho en mis adentros, he preferido cerrar los ojos o leer, limitarme a saludos y despedidas enfáticas y cordiales con mis interlocutores potenciales. Pero incluso escapando me he encontrado con ese tipo de charlas que ocurren entre extraños y que a veces son más abiertas que las charlas entre viejos conocidos.