domingo, 28 de agosto de 2016

Un libro que ha hecho historia

"Veinte años después de su publicación, Un ramo de nomeolvides, 
la crónica sobre el paso de García Márquez por El Universal 
sigue siendo un documento vigente e imprescindible". 

Texto publicado en la sección Facetas, de El Universal de Cartagena
(28 de agosto de 2016)


En abril de 1994, Gabriel García Márquez volvió a conmocionar el mundo editorial con la aparición de la que sería su penúltima novela: Del amor y otros demonios. Otra vez la palabra amor aparecía en el título de un libro suyo y otra vez la ciudad de Cartagena, estilizada por el arte, volvía a ser escenario de su obra. La trama general de la novela podría situarse en algún momento impreciso del siglo 18, pero la génesis del relato se hallaba mucho después, en octubre de 1949, cuando Gabriel García Márquez era un reportero principiante en este diario y, supuestamente, fue enviado por su jefe de redacción a cubrir la noticia de la apertura de unas criptas en el antiguo convento de las clarisas.

La mención de su paso por El Universal y del discreto magisterio de Clemente Manuel Zabala causó revuelo local. Ya para entonces se rumoraba con insistencia que García Márquez había exagerado la importancia de Barranquilla en su destino de escritor, y que había dejado en la sombra su experiencia cartagenera. La mención en el prólogo era, en cierta manera, una respuesta a esos rumores: Zabala era tan digno de inclusión en su obra como antes lo habían sido Cepeda, Fuenmayor, Germán Vargas o “el sabio catalán”.

El revuelo encendió el bombillo de Gerardo Araújo, el gerente de El Universal. Por qué no hacer “una vaina berraca”, por ejemplo un libro, para destacar el hecho de que los inicios de García Márquez como periodista habían tenido lugar en este periódico. La idea tomó vuelo y fue así como cayeron en mis manos la oportunidad y el reto más importantes que he tenido en mi vida. Me apresuré a diseñar el proyecto y, a finales de ese mismo mes de abril, recibí vía libre y el apoyo decidido del periódico para que escribiera una crónica –con entrevistas y textos rescatados del archivo– sobre el paso de Gabriel García Márquez por El Universal.

Hasta ese momento pocos habían escrito sobre el tema. Al lado del estudio y la recopilación de columnas hecha por Jacques Gilard, el precedente más importante era una serie de ensayos académicos –posteriormente reunidos en un libro– del investigador Jorge García Usta, en los que daba cuenta de hechos notables de lo que llamó “periodo Cartagena”, destacaba la influencia de Clemente Manuel Zabala y aventuraba influencias –como la de Ramón Gómez de la Serna– en el estilo de García Márquez. Así pude saber que García Márquez empezó su colaboración con El Universal el 21 de mayo de 1948, cuando estaba recién llegado de una Bogotá conmocionada por el asesinato de Gaitán, que colaboró de manera casi continua con el periódico hasta diciembre de 1949, cuando se fue a Barranquilla, y que volvió a escribir aquí –de manera más discreta– cuando su familia vino a vivir a Cartagena a principios de la década del 50. Con esa información básica empecé el lento y minucioso proceso de investigación que me llevó a escribir Un ramo de nomeolvides, un libro que ha sido objeto de elogios innumerables y de alguna calumnia que la ignorancia se ha ocupado de propagar.




En Generación

Un fragmento de Resplandor, en el suplemento Generación de El Colombiano.




viernes, 19 de agosto de 2016

El vuelo y La caída

La columna de Vivir en El Poblado



Es seguro que a todos nos ha ocurrido. Estamos en un café o en un aeropuerto, descansando o matando el tiempo, cuando alguien se empeña en dirigirnos la palabra. El futuro de la charla depende de nuestro ánimo. Si queremos silencio, el otro no tendrá otra alternativa que alejarse y buscar oídos más atentos. Pero si en nosotros hay disposición, si un gesto revela algún vestigio de interés, las cosas pueden llegar bastante lejos.


He estado entre aviones las últimas semanas y he sido terreno poco fértil para el diálogo. Como está pasando mucho en mis adentros, he preferido cerrar los ojos o leer, limitarme a saludos y despedidas enfáticas y cordiales con mis interlocutores potenciales. Pero incluso escapando me he encontrado con ese tipo de charlas que ocurren entre extraños y que a veces son más abiertas que las charlas entre viejos conocidos.



viernes, 5 de agosto de 2016

Jesusita

La columna de Vivir en El Poblado

Las monjas y el cardenal, escultura de Juan Fernando Torres. Plaza Débora Arango.


     Los desterrados de hoy en día vivimos con la idea de que no estamos lejos. Por muy remota que sea la Siberia a la que fuimos a parar, las redes y aparatos consiguen convencernos de que muchas personas están acompañándonos.  Despierta uno en medio de la nada y sólo basta encender un aparato para saber en qué andan familia y amigos y apenas conocidos y hasta desconocidos con los que se aceptó  jugar el juego de la proximidad virtual.

     Mientras está listo el desayuno, o al final de la jornada, es posible moverse por parajes vacíos mientras se habla con alguien que se encuentra al otro lado del mundo. Es posible entregarse al olvido del sueño sin notar que hubo días que no vimos a nadie. A ese extraño zumbido de aparatos podemos agregarle que a veces es posible escapar por unos días y volver a los sitios que hemos abandonado. Entonces la vida nos sacude con una atropellada intensidad.  








viernes, 22 de julio de 2016

El editor y su sombrero

La columna de Vivir en El Poblado



Al principio hay un hombre de gesto ansioso. Llueve en New York y todos –menos él– se mueven resguardados por paraguas y abrigos y sombreros. Es una tarde gris de hace noventa años y el país en que vive esa gente se encamina hacia una depresión arrasadora. El hombre está detenido. La lluvia parece no importarle. No tiene sombrero y su cabello es de un rubio sucio y ensortijado. Cubre con la mano la brasa del cigarrillo, aspira con intensidad y dirige la mirada al edificio de la editorial donde dejó el manuscrito de su primera novela.

El manuscrito se mueve lentamente por un laberinto de escritorios. Si logra llamar la atención de Max Perkins, tiene posibilidades. Perkins es legendario; descubrió y pulió a Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Es un hombre de ojos tristes y ademanes contenidos. No se quita el sombrero para nada. Perkins decide leer el manuscrito durante el viaje en tren hasta su casa. La prosa frondosa lo atrae y desconcierta. Aquella voz que se derrama a borbotones tiene posibilidades. Esa noche participa distraído en los rituales del hogar. En pijama, y todavía de sombrero, sigue aferrado a esas páginas.


viernes, 8 de julio de 2016

Colbert en la oscuridad

La columna de Vivir en El Poblado



        Uno descubre que ha envejecido cuando la lista de cosas que quiere hacer empieza a reducirse. Después de visitar Sri Lanka sentí que la lujuria de viajar se había acabado. Salvo por las geografías del amor o por los hábitos de la nostalgia, podría pasar el resto de la vida en un solo sitio. 

        Hace unas semanas, Gloria Virginia me preguntó con quiénes, vivos o muertos, quisiera o hubiera querido conversar. Entre los que ya se han ido, mi encuentro con Chesterton no lo cambiaría por ninguno. En cuanto a los vivos, tuve que pensar mucho para concluir que el único con quien tendría esa ilusión sería George Steiner.