jueves, 18 de enero de 2018

La liebre y la tortuga



La historia está llena de genios precoces que se hundieron sin remedio bajo el peso de su precocidad. Acorralado por el deterioro físico y mental, Andrés Caicedo no encontró otra salida que la de estar a la altura de su frase recurrente: “Vivir más allá de los veinticinco es una vergüenza” y, aprovechando una traga maluca, se llenó de pastillas de seconal. Nunca sabre­mos lo que habría pasado si hubiera seguido vivo, pero era más de esperar un destino “vergonzoso”, poblado de nos­tal­gias del pasado, que uno asociado con la gloria literaria. ¿Qué podría habernos dicho John Keats si hubiera llegado a los cuarenta años? Sin que se pueda hablar de fracaso, Rimbaud abandonó antes de los veinte años una carrera literaria que había alcanzado alturas poco frecuentadas, y se escapó para siempre a una vida mercenaria. Abundan los ejemplos de escritores que escribieron muy temprano un libro muy cele­brado y luego no hicieron nada. Parodiando la fábula, podría­mos decir que este tipo de escritores son los escritores liebre: ágiles en el arranque, despiertos, inspirados, bendecidos por talentos asom­brosos, pero también asediados por el peligro de no llegar a ningún lado. Mario Vargas Llosa fue un escritor liebre, pero logró sobrevivir a su comienzo apresurado.
Los novelistas suelen tardar en llegar a dominar un oficio que es mezcla de coleccionista de mariposas y cargador de bultos en el mercado. Pero Vargas Llosa ya había escrito a los 27 años una novela, La ciudad y los perros, que lo puso entre los grandes de América Latina. Antes de cumplir los 33 había publicado dos obras maes­tras más: Conversación en la catedral y La casa verde, que le reportó el premio Rómulo Gallegos antes que a su maes­tro y entonces amigo, Gabriel García Márquez. Onetti, ese gigante en la sombra al que cualquier premio le habría quedado chiquito, solía bromear diciendo que el Rómulo Gallegos se lo habían dado a La casa verde, y no a Juntaca­dáveres, porque el prostíbulo de su novela no tenía orquesta. Fue Onetti también quien mejor retrató a Vargas Llosa, cuando dijo que el terco discípulo de Flaubert se acer­caba a la literatura como un esposo abne­gado, mien­tras que él la frecuentaba como si fuera su amante. Pueden decir de Vargas Llosa todo lo que quieran (y aquí me tomo la libertad de ser una caja de resonancia), que le gustan sus primas, sus tías, las azafatas y hasta sus hermanas medias, pero lo que no pueden negar es que ha sido un esposo intachable de la literatura. Fiel e imagi­nativo, ha mantenido el fuego con vida.
Vargas Llosa sobrevivió a múltiples peligros para llegar a esta gloria terrenal con que ahora se le corona. Sobrevivió a una trayectoria errática en materia política. Logró escapar de esa izquierda en la que todo intelectual que quisiera ser considerado como tal debía matricularse, pero el ímpetu con que escapó lo llevó a refugiarse en una derecha tanto o más criminal. Sobrevivió a la ambición loca de querer ser presi­dente: como si pertenecer al gremio de Fujimori, de Uribe o Chávez pudiera darle dignidad a alguien. Sobrevivió a la esterilidad que impone sobre muchos creadores el paso por la academia. Si consideramos todos los peligros de los que se ha salvado, también deberían canonizarlo.
Hace un poco más de diez años entrevisté a Vargas Llosa, durante su paso por Cartagena para presentar Los cuadernos de don Rigoberto, una de las muchas novelas con que ha poblado el segundo tramo de su vida de escritor. Ya entonces estaba lejos de ser un genio precoz, pero seguía saludable, decidido, después de su afortunado fra­caso político. Aquella vez dijo algo que sintetiza el secreto de su éxito: “El genio también puede ser un largo es­fuerzo”. La liebre ya había comprendido la lección de la tortuga y seguía muy oronda y con pasitos obsti­nados su carrera hacia la meta. Poco importa que hace años la tortuga haya llegado, que ya ni se distinga el moretón que recibió cuando la lucha y la carrera eran más encar­nizadas.




 Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado, en octubre de 2010

EL BOBO DEL PUEBLO


   Cuando uno encuentra a Emerson sin demasiados preámbulos, sin que nadie se haya tomado la tarea de hablarnos de su importancia o sus flaquezas, tiene la vaga sensación de estar, al mismo tiempo, frente a uno de los más grandes escritores que sea posible encontrar y de un delirante al que sería fácil aplicarle el burlón título del bobo del pueblo. Sus libros no están a la venta en las esquinas, al lado de las últimas novelas de sicarios, ni aparecen reseñados en los periódicos que suelen ser dueños o socios o amigos de las editoriales. Así que ya cumplen con un requisito básico de la buena literatura. Pero la historia parece haberse confabulado para enterrar al bobo de Nueva Inglaterra. Le han dicho de todo: optimista, monista, trascendentalista. Su nombre quedó perdido detrás de grandes nombres en las letras norteamericanas del siglo diecinueve: Poe, Hawthorne, Melville; algunos de ellos lo miraban con desprecio. Ha recibido elogios de autores, como Nietzsche, a los que su obra había destruido por anticipado. Hasta sus discípulos directos, como Withman y Thoreau, fallan al reconocerle los méritos a su maestro y se refieren a él como a un pobre loquito embriagado de obviedades.

   Resulta comprensible que la obra de Emerson se haya perdido en los laberintos del tiempo. Sus ideas son como el brindis que alguien hace al comienzo de una fiesta, minutos antes de que empiece una balacera. ¿Quién diablos se va a acordar de que había un brindis cuando empezó la tragedia? En este caso la tragedia fue ese desfile de sabihondos que se encargó de convencernos de que somos poca cosa: Darwin diciéndonos miquitos, Freud comparando el milagro del pensamiento con una tubería aherrumbrada, Nietzsche matando a un Dios que ya estaba muerto… todos empeñados en convencernos de que somos basuritas, accidentes de la nada, que el alma es una superstición, que da lo mismo lo que hagamos o dejemos de hacer; abonando de paso el terreno para toda clase de atrocidades.

  Si fuera necesario definir a Emerson con una sola palabra, pienso que esa palabra sería “inconformidad”. La inconformidad está en el centro de “Self-Reliance”, uno de sus ensayos más encendidos, ese llamado a que cada uno de nosotros se sostenga en sus propios pies, de cara al mundo, sin buscar el amparo de instituciones, de turbas o de dogmas. Quizá porque ya olía en el ambiente el triunfo del desaliento, Emerson decidió rebelarse contra todos los poderes empeñados en destruir la grandeza del ser humano. Todos sus elogios tienen un “pero” rebelde, creativo, dinámico. La historia es importante, “pero” está en pañales, porque aún no hemos aprendido a escribir la épica del alma. La amistad y el amor son maravillosos, “pero” es mejor quedarse uno solo. Los libros son muy buenos, “pero” es mejor vivir que leer. La filosofía ha logrado prodigios descomunales, “pero” lo que nos queda por entender es infinitamente más grande. “Nada grandioso se ha conseguido sin la participación del entusiasmo”, “pero” la sabiduría verdadera consiste en aprender a abandonarse a ese espíritu universal que todo lo ordena. El mérito de Emerson consiste en conciliar esas aparentes contradicciones por medio de reveladoras paradojas.


  Cuando un lector consigue mirar a través del enturbia-miento de los ismos y el descrédito, y consigue leer a Ralph Waldo como si acabara de comprarlo en la esquina, los efectos de su lectura pueden ser intoxicantes. Quizá debería considerarse la prohibición de las dosis personales de Emerson, pues su lectura puede abrirle los ojos a cual-quiera. Y no conviene que la gente sepa que, en lugar de pobres diablos sometidos a los vaivenes del tiempo, son seres bendecidos que contienen en sí mismos toda la aventura humana. No es fácil abusar de quienes saben que en su mente están todas las ideas de los grandes filósofos y que los grandes escritores se siguen expresando por medio de sus manos.

Texto publicado en Vivir en El Poblado en 2009

sábado, 2 de diciembre de 2017

Una entrevista

A propósito de "Resplandor", 
una entrevista de Catalina Rodríguez Herrera, 
para la edición especial sobre novela histórica
de la revista "Mohán", del Departamento de Literatura
de la Universidad Nacional de Colombia.











jueves, 9 de noviembre de 2017

Estrella de los Ríos

Texto publicado en el suplemento Dominical,
de El Universal de Cartagena, en agosto de 1992.


Estrella de los Ríos

1
Cuando leemos, nuestros ojos se posan brevemente en cada palabra. La miran, la reconocen, indagan su sentido y siguen de largo. Pocas veces detienen su recorrido, a causa de una frase afortunada. Cuando eso sucede, cuando un grupo de palabras se nos muestra deslumbrante, la lectura se detiene, la mirada confirma que no ha estado soñando, y entonces nos hundimos a buscar significado.
Un comentario aparecido en la columna “Temas del momento”, en El Universal del 23 de julio de 1967, dice, entre otras cosas: “Hemos leído la producción literaria de Estrella de los Ríos. No obstante su estilo grácil, propio de su condición femenina, el pensamiento expuesto es vigoroso y penetrante, por la intención filosófica implicada. Creemos estar en presencia de un valor oculto, de gran significación humana, que bien pudiera dar a Cartagena nuevo motivo de orgullo. Sería imperdonable si Estrella de los Ríos no avanzara más valerosa, para franquear el medio ambiente y la propia inhibición. Si se decide, le espera el alto puesto correspondiente a los espíritus selectos. Resta solamente que el familión de Estrella de los Ríos, los círculos literarios locales y la prensa coadyuvadora, ambiente con mesura, pero cálidamente, los alrededores por donde el espíritu de la futura escritura bate sus alas”.
¿Estrella de los Ríos? ¿Qué hay detrás de esa extraña confluencia de palabras? ¿Quién es esa niña prodigio? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Por qué el augurio de éxito y fama no se ha cumplido? Haciendo memoria, el presente jamás oyó hablar de Estrella de los Ríos, un nombre así se recuerda con facilidad. Algo falló con Estrella, es lo primero que se piensa.
Entonces, en el periódico del 22 de julio de 1992 aparece el elogio y, al pie, en letra de ocho puntos, una nota que dice lo siguiente: “Rogamos a Estrella de los Ríos, o a quien sepa darnos razón de ella, comunicarse en El Universal, con la sección “Cartagena hace 25 años”.
Tardó don semanas en aparecer. Unas tías suyas la llamaron a Bogotá y le contaron que en el periódico de su ciudad había salido publicado algo que tenía que ver con ella. Estrella atendió ese llamado, y una alegre mañana, sobre el escritorio del que hace la columna “Cartagena hace 25 años”, apareció una nota que tenía el teléfono desde donde escucharía una voz recia, madura, contestando sin saludar, presentándose con el nombre:
–Estrella.
–¡Aló!, ¿doña Estrella?

2
Ahora estamos en Bogotá. Para variar, hace frío. La gente anda tiesa y con los cachetes colorados. Un taxista de Pereira me conduce con los lectores a la casa de Estrella de los Ríos. Es un barrio por los lados de los cerros, en un sector de clase alta.
La puerta del edificio es metálica. Hay timbres para cada apartamento. Cada uno tiene un adhesivo con un nombre. En uno de ellos, el 201, dice “Estrella”.
Abre la puerta con sonrisa amable y sube atlética unas escalas. Lleva pantalón estrecho, zapatos suaves y un buzo.
Estrella de los Ríos ha dejado de ser un nombre en un periódico viejo y ahora es una persona viva frente a nosotros. Una mujer vigorosa que no solo no ha dejado de escribir, sino que hace una semana ha dado un paso decisivo.
–Soy libre. Dejé de trabajar.
Para escribir, obviamente. Varios años trabajó en una empresa multinacional en la que pagaban bien. Pero ahora, a partir de esta semana, con una posición más o menos estable, con ahorros y un computador en su casa, Estrella de los Ríos está feliz.
A unos amigos que vienen a buscarla y le pitan desde un carro, les reponde que está ocupada, que después hablan.
–He dado un paso decisivo en mi vida– grita, para que no sólo oigan sus amigos desde el carro, sino todos los vecinos, los yupis y los “desechables”, los artistas de televisión y los guardaespaldas, el barrio, la helada ciudad y el mundo entero: Estrella ha dado un paso decisivo.
Estrella quiere hablar. Considera sus palabras valederas. Luego de una carrera intermitente, con premios importantes en concursos de cuento, publicaciones individuales y colectivas y algunos años de silencio, llegó el momento de dejar fluir su obra.
Escribe una novela. Dice que si le preguntan cuándo estará lista, responde que en veinte años. No tiene afán.
Está terminando un insólito libro que tiene como centro “un lugar de la casa llamado cocina”, y que habla de todo, “hasta de cocina”.
Está revisando sus viejos cuentos, algunos con premios nacionales, para reeditarlos. Su proyecto de escritura no se agota.
Salió de Cartagena a comienzos de los años sesenta y, desde entonces reside en Bogotá. Pero antes había vivido una etapa importante en su ciudad.
“A finales de los sesenta teníamos un grupo de jóvenes artistas. Estábamos muy influidos por la forma de pensar, ser, ver el mundo, de la época.
“Yo escribía, estudiaba en la Escuela de Bellas Artes, sentía que todo era para mí: teatro, literatura, música, amigos bellos, y todo eso cumplió su cometido. Fue una etapa.
“Pero el medio, en cierta forma, te constreñía. Como la gente no te entiende, te quiere quitar del medio. Sentía que Cartagena era solo eso: la cuidad con las murallas, las casas lindas, el mar bonito, las reinas de belleza, pero no más. Entonces le perdí el contacto, me enamoré de la gente del Caribe a la que conocía través de Barranquilla”.
Estrella de los Ríos se acerca a la ventana. Le pide a un “desechable” que le compre cigarrillos. La ciudad está llena de personas como él. Millares de seres cuyo único futuro es el presente.
“Es una convivencia agradable”, dice. “Me consigue los eucaliptos más lindos del mundo, flores; si necesito un cigarrillo, un periódico, él me los consigue; entonces, en lugar de darle plata, él sabe que se gana el billete.
“El término ‘desechable’ yo lo rechazo de pleno. Yo los llamo ‘los sin casa’…
“Imagínate qué tan dolorosa es esa palabra, que el otro día me invitan a una comida y entre la gente, entre los invitados, en un momento, entre todos se avivó una conversación alrededor de la muerte a desechables. Yo no lo creía. Había costeños, gente de acá, de toda Colombia; pero yo no puedo creer que la gente vea en la muerte a desechables una solución a un problema social que no es ‘muerte a desechables’.
“Es que no es muerte al hombre, es muerte a una vaina que está enquistada, no solo en la sociedad colombiana y latinoamericana, sino en el mundo.
“Tú tienes que saber que ellos son parte de la supervivencia que te acompaña a ti. Cada uno está sobreviviendo a su manera…”.
Un grito llega desde la calle.
–Ahí está– dice estrella–. ¡Qué hubo, mijo!
Hace bajar una canastica atada con una cuerda.
Su apartamento está decorado con derroche de gusto. Cristales, bronces, madera tallada, muchos objetos antiguos. La biblioteca tiene una ventada desde donde se ve a Bogotá perderse en la bruma y la distancia. La cocina, la capital de la casa, parece un escenario de película, con tarros pintados de flores y brujitas volando en escobas. Por sus ventanas se ve el cerro de Monserrate, su iglesia blanca y silenciosa.
–Bueno, espérate yo busco y te tiro un par de aspirinas –le dice Estrella al ‘sin casa’.
Finalmente se sienta en su acogedor sillón de tela. Enciende un cigarrillo. Se queda pensativa, distante, imperturbable como una esfinge. Su rostro es pétreo y aguileño, como el de un indio pielrroja. En su cabello recogido transitan unas canas orgullosas. Toda ella transmite una sensación desbordante de energía. Dice: “¡Ajá!”, “Así es”, con tono ausente, hablando consigo misma. Estrella se ha ido, como estrella fugaz. La luz que entra por la ventana ilumina el ascenso aperezado del humo de su cigarrillo. Entonces la esfinge se sacude y estrella aterriza de nuevo en la charla.
“Esto es un cuento”, dice con tono de confidencia. “Esta esquina. Setecientas celebridades por segundo. Como es mi primera semana aquí en mi casa, estoy descubriendo la vida del lugar. Al mediodía son los yupis, los Mercedes, los guardaespaldas, celebridades, presentadores de televisión, actrices, actores…”
De nuevo se queda en silencio. Fuma. Recuerda que se trata de una entrevista, que el tema es la literatura.
“El año pasado escribí un cuento muy cartagenero. Erotiquísimo como él solo. Bueno, es que allá la gente vive así, es una lujuriosidad que está en el pie sin zapato, en la forma como te pones la ropa, en el color de la piel; siempre hay, te lo cuento, rumor de tambores. Siempre tiene que haber un bumbum que suena”.
Pero de nuevo se le impone la realidad.
“El bumbum de las bombas de acá fue tenaz. Tu decías: Después de esto, ¿qué? Eran las bombas y ese pensar tuyo inmediato de que tras esa bomba hay muerte. Después de eso, dije: ‘De aquí, sobrevives’, y a partir de eso el pánico no cunde, sino que a empiezas a vivir como viven ellos, como viven los sin casa, a vivir las veinticuatro horas con mucha intensidad, poniéndose a salvo de cosas que son innecesarias, la oscuridad, los sitios tortuosos, donde no hay buena onda, donde no hay gente amiga.
“Y sentí, aquí entre nos, como ese revival repentino de vivir como en las comunas: el quehacer individual de una forma muy de la casa, entiendes, que todo lo recicles en casa. Además una vida muy natural, una vida muy orgánica, con una filosofía interior que hace que tú veas que hay que vivir muy bien en el mundo, a pesar de las cosas...”
“Tú ves la gente de Somalia… Entiende, ya no hay más. ¿Qué hay después de eso?
“Y tú te tienes que solidarizar con esa gente que se muere de HAM-BRE… Mientras doña Tera está preocupada por la lentejuela y el canutillo de la señorita Caquetá”.
Y la conversación se extiende, ondula, ya casi ni parece una entrevista. Estrella aprovecha para mostrar en el computador lo último que esta escribiendo. Está feliz de poder dedicar todo su tiempo a la literatura. Cuenta que su hija, Pilar, cuando era pequeña le preguntaba por las noches hasta qué hora iba a escribir. “Mis hijas han oscilado entre un ser enajenado y una mamá que quiere serlo”.
Finalmente, la charla va a encallar en su nombre.
“No fue accidente. Era que mi mamá tenía una muñeca preciosa. Yo la conocí, era una muñeca con pelito de celuloide, con el nombre Estrellita atrás, marcado al fuego. Ella dijo que su primera hija se iba a llamar Estrellita y a mí el nombre en diminutivo llegó el momento en que me quedó muy grande, y entonces me lo cambié por Estrella. Me gusta mi nombre. Es una buena estrella. Es una súper buena estrella.

3
Ahora estamos en Cartagena. Estrella ha venido a pasar cinco días en su ciudad. Ella y Ricardo están hospedados en un estrecho apartamento en Marbella. Tiene una pequeña terraza. Más allá están la avenida Santander y el horizonte del mar.
El deslumbrante sol de esa mañana de sábado entra por el amplio ventanal. Estrella está trasnochadísima. Hace solo pocas horas se acostaron. Casi hasta el amanecer estuvieron recorriendo la ciudad, provocándola, despertando recuerdos, sintiéndole el pulso.
Tiene unas gafas oscuras que pronto se quita. Se siente ridícula, parece una estrella de cine detrás de las cámaras. El apartamento carece de adornos y cuadros. Los muebles de la sala son de pvc; adiós maderas, cristales y bronces. Termina de despertar, se hace a la idea de que no dormirá más y prosigue la charla iniciada en Bogotá. Habla de sus sensaciones recorriendo la ciudad.
“Esta es una ciudad feriada. El Cabrero da ganas de llorar. Es increíble cómo se descuida a la gente en una ciudad que debe tener un entorno integral. El cartagenero no sabe cómo fue el hábitat de los abuelos. Aquí los arquitectos, por el afán de figurar en una ciudad atractiva, construyen estos tugurios. La ciudad se está llenado de edificio tuguriales.
“Ayer recorrí Getsemaní, y cuando caminábamos metía la cabeza casi por la ventana para corroborar que en aquel tiempo no había aires acondicionados ni abanicos, y sin embargo los interiores eran frescos. Tú estabas en una sala, te quitabas los zapatos…
“Y Marbella. Cuando yo venía pequeña tenía las huellas de un lugar residencial, con pequeñas y grandes mansiones, remedo de la Costa Azul. Ahora los dueños se mudan a los tugurios que los foráneos hacen, y no dejan que otros disfruten la casa, sino que esperan a que se venga al suelo. Cuando se cae es el pretexto para decir: ‘No hay nada qué hacer, ni los muros se pueden salvar’, y que venga el edificio.
“No es por criticar, pero es de mal gusto. Se acabaron los cartageneros. Marbella era de un gusto ‘exquisitico’. Imagínate los salones abiertos de las casas. La gente de provincia venía a buscar lo que no había en Bocagrande, donde solo estaba el hotel Caribe y los árabes ricos.
“El recorrido de ayer fue muy cinematográfico. Reconstruí el espacio y me preguntaba por qué esto, qué lo hizo, por qué lo llaman patrimonio arquitectónico e histórico de la humanidad, cuando no lo veo.
“En el Parque del Centenario había un minizoológico. Los careyes asomaban la cabeza en un laguito en la mitad del parque, los pericos ligeros estaban trepados en los almendros. El parque estaba lleno de chavarríes, unas aves exóticas que alguien trajo para poner en el parque, era como un pavo real pequeñito. Cuando empezaron los edificios de la Matuna, un tramo de muralla que está junto al puente Román se convirtió en el último reducto de los chavarríes. Después, no hubo más chavarríes” .
De nuevo, la charla oscila, tarda en concretarse, pasa de un tema a otro, libre, a la deriva.
“Si bien en mi familia no hay escritores. Cuatro generaciones atrás había un ambiente muy propicio para desarrollar cualquier rama del arte. Por el lado paterno, la influencia era cartagenera cartagenera; por el lado materno era otra cultura, la del Magdalena. Eso te marca mucho. Mompox, Santa Ana; mis padres se conocen allá. Era la época del boom del petróleo, cuando llegaron los extranjeros de la Andian.
“Por el lado materno, mucha viejita que tocaba violín, piano, escribían poemas. Mompox se precia de culta. Mi abuela bordaba, hacía ‘álbumes, escribía poesías.
“Desde muy niña tuve el impulso de escribir. Era un estupor ante lo que pasaba en la familia. Pequeña era como asomada a una caja de sorpresas: la gran tragedia griega. Todos eran así, estereotipados. No sé si son así todas las familias.
“Me formé con una mezcla de dos culturas: la ribereña y la del mar. La ribereña con la cumbia, el pescador, las comidas, una dimensión reducida que va hacia un punto, que te lleva al mar. La cultura frente al mar se siente poseedora de todas las tierras del mundo, es más cosmopolita.
De cada una agarré algo. En mi caso, agarré de la cultura ribereña la magia en que ellos lo transforman todo. El Magdalena dividía el país, por él entraba y salía todo, las culturas se expandían por la ribera, por ella se difunde el cuento, la historia, se va tejiendo la conseja. Si llegó un alemán con una peluca blanca en Tamalameque, vendiendo específicos para quitarles el gusano a las bestias, imagínese cómo llegará la historia a Mompox.
“Pequeña escribía a mano, papeles que recopilaba. Después era a máquina. Mi relación con la palabra es mecánica, agarrar lo más pronto posible la idea.
“Escribía sobre todo lo que veía, sobre todo lo que la gente hablaba, los hechos truculentos de la ribera –porque la ribera es fuerte–, todas las vacaciones viajábamos allá. Usábamos desde el bote de rueda hasta el veloz corcel. Íbamos a Santa Ana, Magangué, Mompox, que era el punto donde estaba la familia sentada, siempre dedicada a la ganadería. Cuando regresaba a Cartagena escribía.
“Fui una niña solitaria, porque yo quería. En una familia llena de eventos, de celebraciones, de afectos por lado y lado, optaba por mantenerme sola, como una especie de contravía pequeñita: ‘Yo voy, miro y me vengo pa’ acá’.
“Siempre fui diferente, rara. Les di muchos problemas a las monjas. Hubo expulsiones, amenazas; era algo que se le salía de las manos a la familia. Si me prohibían algo, quería saber por qué.
“Recuerdo que me interesaban las crónicas judiciales, para saber por qué a la gente la castigaban, la privaban de su libertad, si había injusticia en ello o no.
“En el 65, cuando empecé a tener menciones y premios, me vi en la necesidad de ordenar esas palabras, para yo leerlas mejor. Por esa época, con un cuento muy lindo que se llama “ Ciro  las luciérnagas”, tuve una mención en un concurso nacional de literatura donde galardonaron a muchos ya consagrados. Yo era la sardinita. Esa historia le llamó la atención a la gente, contaba la relación de un niño con unas luciérnagas, muy autista. Después de que descubre que en su casa no tiene nada qué hacer, se transmuta, desaparece con una luciérnaga que tiene en su cuarto.
“En cuanto a las lecturas, hubo una primera etapa de lecturas obligadas, dirigidas por profesores. Mi papá leía a Oscar Wilde, sus libros eran casi de la mesa, circulaban permanentemente por la casa. Después me interesé por vidas de escritores y pintores. Ya adulta fue la necesidad de empezar a leer narradores que tuvieran que ver con lo que yo quería narrar: clásicos franceses, rusos, norteamericanos, Mary McCarty, Patricia Highsmith, Steinbeck, Faulkner, James, Carson McCullers, Capote… Emily Brontë para mí fue…”, Estrella levanta las cejas mostrando un aprecio gigante: “Sentía que instintivamente estaban en el mismo cuello de botella en que estaba yo: saber que eran mujeres que estaban en una sociedad reprimida. No te dejaban. El hecho de querer abrir espacios era una trasgresión. Quería saber cómo lo hacían, cómo manejaban la palabra para ser ‘útiles, para no hacer tanto daño que les dieran látigo. Estaba dispuesta a romper el cerco como fuera, a sangre y fuego.
“Viajé a Bogotá en el 70, porque me casé. El matrimonio fue un pretexto, un salvoconducto para burlar el cerco. Pensé que gana espacio y caí en otra trampa.
“A partir de entonces, tuve más contacto con barranquilla. Encontré narradores mucho más fuertes que los que veía acá. Más condescendientes con mi condición femenina de escritor. Allí, Fuenmayor influyó mucho en mí. El personaje femenino, para él, era el personaje principal, liberador, y el que rompía con las cosas que le molestaban.
“Luego hubo una pausa dolorosa sobre mi destino en la literatura. ¿Soy o no soy?, me preguntaba. ¿Voy a continuar?”
Y continuó. Continuó escribiendo y continuó hablando. A comienzos del próximo año El diario dela cocina saldrá en busca de editor. Después le toca el turno a Las razones de las tías.

Y ahora Estrella nos habla de cocinas y de tías y, momento tras momento, se vuelve más familiar, aumenta el significado de ese grupo de palabras que salieron de un periódico amarillo y ahora son una mujer que gesticula segura y sigue abriendo las puertas de su vastísimo mundo, y su charla fluye lenta y desafiante como un río, sube, baja y llega en olas, como el mar, y a su boca se asoman palabras deslumbrantes, como el sol, como la luna y las estrellas… de los ríos.

martes, 7 de noviembre de 2017

The End of the End of the World

A speech read at the ceremony of induction into the French and Spanish national honor societies, at Roselle Park High School, New Jersey. 
November 6, 2017

 The End of the End of the World
We are here to celebrate the achievements of a group of students who are aware of how important it is to learn and to be fluent in more than one language. 
To use a popular saying, I’m here to preach to the converted.
But it doesn’t mean that the converted would not benefit from the advice given by someone who happens to have traveled for a longer time the road they have taken.
If I have to give you a summary of what I want to say tonight, it would take just three short sentences: cherish your languages, stay on your ground and enjoy the ride.
As a languages professor, the most common regret I have heard from adults and middle aged people is the fact of having lost their fluency in a second language they learned when they were young. For lack of regular practice and exposure to the language, they have lost what they had conquered.
Cherish your languages. They are like your dreams; no one wants to reach the end of his or her life having given up his or her dreams.
Languages are like living creatures. They need love and attention. They need nurturing and regular care. And no one but each one of you is going to be in charge of that care.
Never neglect your second language or your third one. Improve it constantly. Read it all the time. It is a pleasure to open a book and read without having to think consciously in what language it is written.
Wolfgang Goethe, a German writer, used to say that people don’t understand their own language until they have learned another language.
I’m convinced that you have experienced the joyful discoveries that come with the learning of a second language. I have no need to remind you that being bilingual allow you to have a richer and more meaningful life, and a better understanding about yourselves and about the world.
A person who moves beyond the language in which he or she is more fluent, is also a person with empathy, with respect for the others, and someone who understand that Truth is not the property of a particular person, a group, or a specific nation.
But there are some dark forces interested in making you forget that. They want you ignorant, they want you docile, obedient to the orders of consumerism and blind fanaticism. That’s why you have to stay on your on ground.
Perhaps you recall the interesting novel, 1984, by the British Writer George Orwell. Perhaps you read it and did not enjoy it, because it was a mandatory reading. Many years ago, censors discovered that the best way to suppress the effect of a book is not by prohibition –which inspires curiosity–, but by making its reading mandatory.
George Orwell’s novel teaches us many things; among them, than one effective way to deprive people from their freedom is by reducing their vocabulary, by depriving them of their capacity to express themselves with words.
By learning other languages we expand our horizon, our understanding, and we appreciate better the value of our life. By learning other languages we conquer our dignity and our freedom.
Another British writer, G. K. Chesterton reminds us that life is and adventure, that life is a romance. And we, the lovers of romance languages, must not forget that.
It doesn’t matter if, compared to other historical moments, we live in better or worse times. The point is that the time in which we are alive is the most important of all times.
Each one of us is defending the kingdom of our dignity and our freedom. Our enemies are the forces that alienate us, that rob us of our capacity to think, to make choices, to be in charge of our lives.
Our languages will help us to defend and stand on our ground.
I have briefly made the case for two of my three messages: cherish your languages, and stand on your own ground.
I just want to finish by reminding you something that young people usually find difficult to grasp.
Enjoy the ride, even the hard times.
Be adventurous in the pursuit of knowledge.
Cultivate yourselves.
Make the most of your capacities and potentials.
Make sure that reading and writing are regular activities in your daily lives.
And, the most important thing, don’t be discouraged by adversities. The adventure wouldn’t be as exciting without obstacles, challenges and partial defeats.
Sometimes you might find yourselves in situations that look like the end of the world. But time will allow you to witness the end of the end of the world. 




miércoles, 1 de noviembre de 2017

Pedro Badrán: "Creo en una literatura que reflexione sobre el lenguaje"

Texto publicado en el suplemento Dominical
de El Universal de Cartagena,
algún día de 1996. 


Pedro Badrán Padaui
“Creo en una literatura que reflexione más 
sobre el lenguaje”

Empecemos hablando de su novela Lecciones de vértigo, ¿cómo ha sido acogida?
Creo que ha sido relativamente bien recibida por la crítica y por los comentaristas, aunque a mí no me corresponde propiamente decir eso. Pero he recibido conceptos de lectores a quienes les ha agradado. Yo, particularmente me siento muy tranquilo con el libro, a pesar de que hubiera podido ser mejor. En ese sentido, siempre queda alguna insatisfacción.
¿Lecciones de vértigo significa un cambio en las temáticas, respecto a su primer libro?
Hay gente que me ha dicho que no hay relación entre el primer y el segundo libro, pero sí la hay. El primero tiene un título bastante revelador, que es: El lugar difícil. Yo podría decir que hay una preocupación esencial por el espacio en ambos libros, preocupación por cómo puede el hombre construir y ser construido por el mismo espacio que lo rodea, no el medio sino el espacio físico: la imposibilidad de tener un lugar; la errancia a que está sometido el hombre es algo que siempre me ha llamado la atención.
Yo todavía no tengo muchas cosas claras en esas temáticas, pero en esta novela sí tuve que investigar. Además de que es una cosa que me llama mucho la atención, me apasiona la arquitectura. Tuve que hacer mucha investigación sobre arquitectura gótica, por ejemplo, porque en la novela hay una preocupación de carácter religioso, de carácter mítico; el personaje tiene inquietudes, por así decirlo, de trascender, de ocupar un espacio. Así que tuve que hacer una investigación sobre arquitectura gótica, sobre arquitectura en general.
Otro elemento en la novela es el ajedrez. Yo fui jugador de ajedrez, que además de una forma de arquitectura es una forma de ejercicio intelectual. La novela en sí es un ajedrez, es una arquitectura, tiene la intención de que el texto mismo sea una arquitectura, o sea que el argumento esté también reflejado en la estructura de la obra, que es bastante complicado. Eso ha sido poco mirado dentro de la crítica.
¿Cómo fue el proceso de escritura de la novela?
Trabajé en Lecciones del vértigo especialmente en el 91 y el 92. Luego de haberme retirado definitivamente del periodismo, de Cromos, comencé a escribir esta novela que no es propiamente una novela sino un relato. En esos dos años estuve colaborando con algunas notas periodísticas y trabajé como docente en la Universidad Javeriana.
Por lo general dedicaba las tardes a escribir la novela, aunque no es un buena hora, particularmente no me gusta mucho escribir por las tardes; pero eran las únicas horas que tenía disponibles.
¿Qué vino después de Lecciones de vértigo?
Después de la publicación del libro hubo mucha parálisis, por la incertidumbre. Uno estaba a la expectativa de lo que iban a decir; entonces hubo una especie de parálisis de reflexión y de trabajo. El 94 fue un año en el que el trabajo no se dio en la escritura propiamente.
He tenido muchas pausas en este aspecto, por diversos motivos, por motivos de trabajo, porque no hay dedicación exclusiva. Es muy difícil ser profesional; en ese aspecto, siempre hay que buscar algún mecanismo distinto a la escritura, ya sea el periodismo o la docencia.
Llevo como seis años en la docencia y es una experiencia muy enriquecedora, sobre todo por el contacto con los jóvenes, con sus puntos de vista.
Volviendo a su obra, ¿tiene una idea de lo que se propone hacer en literatura?
Pienso que ahora mismo la literatura colombiana está viviendo un proceso de transformación bien interesante, en el que todavía no hay muchas certezas ni muchas claridades, pero que es absolutamente necesario. Se ha borrado un poco la carga de García Márquez y las temáticas, los lenguajes, son absolutamente distintos. En ese sentido, yo personalmente creo en una literatura que reflexione más sobre el lenguaje, una literatura más comprometida con el lenguaje que con los temas, más comprometida con la reflexión que con la narración, más interesada en experimentar de una manera novedosa, de una manera distinta, visionaria; una literatura que aborde temáticas urbanas que todavía no han sido abordadas en la literatura colombiana o que han sido soslayadas o tematizadas mal, como el costumbrismo urbano. Creo que, en ese sentido, la literatura colombiana se encamina hacia ese objetivo, es una reflexión sobre el lenguaje con temas urbanos básicamente, con temas sobre el hombre, pero más reflexión sobre el lenguaje. Antes que la anécdota épica, la cuestión narrativa. Creo que es importante ahora hacer una reflexión sobre la obra misma, sobre la novela, sobre el género. De pronto eso es un problema, porque no es lo más indicado para los novelistas latinoamericanos o para los novelistas colombianos –encasillados en el realismo mágico y en ese tipo de cosas–, no es una cosa que venda fácilmente, no es mercantil, sobre todo porque los europeos lo tienen a uno encasillado.
¿Cómo ve la divulgación que actualmente se hace de la literatura en medios como el nuestro?
Hay que distinguir dos aspectos. El primero son los lectores. No somos lectores, no estamos acostumbrados a leer. Hemos pasado de ser una sociedad pre-moderna oral a ser una sociedad de la imagen. Concretamente, no hemos pasado por la cultura del libro. Los textos que se consumen son absolutamente los textos escolares, como “La rebelión de las ratas”. Creo que ese no es un fenómeno propio de los colombianos solamente, por lo general la literatura sigue siendo una cosa muy reducida realmente.
Pero hay otra cosa, más preocupante, y es que las editoriales no se arriesgan por un autor desconocido o semidesconocido, van a la fija. No arriesgan en un género, por ejemplo en el cuento. No les interese ese tipo de cosas, porque piensan que la gente no lee cuentos, lo cual es mentira. Además, ellos son quienes deben hacer una pedagogía.
Yo me imagino que Borges no habría sido un gran escritor en Colombia, porque como nunca escribió una novela y solamente escribió cuentos, hubiera sido considerado un escritor de segunda. Aquí existe una especie de adoración por el mamotreto, por el libro gordo, el texto corto es considerado una cosa de poco trabajo.
Una de las cosas que me han dicho sobre Lecciones de vértigo es que pudo ser una novela más larga. Pero yo no la quería más larga. El lector ve unas cosas y el escritor sufre y padece otras. Escribir una novela, más que un asunto de talento, es a veces un asunto de nalgas, de cuánto te demoras tú escribiendo un texto y del tiempo que puedes estar sentado en una silla. No es cuestión de talento, sino de fuerza de voluntad más que todo.
Ahora siento que tengo que escribir una novela, pero no por el hecho de escribir una novela en el sentido de la obra maestra y de ese tipo de cosas que ya están tan desvalorizadas. Siento que tengo que escribir una novela como un desafío personal.
¿Cómo ve la falta de crítica que existe para la literatura que se hace en la actualidad?
Yo no podría decir que la crítica no existe, pero sí es bastante reducida. El país, de alguna manera, es un país monológico, un país donde no se permiten disentimientos; entonces, la crítica, cualquier forma de crítica, siempre es mirada como algo de mal gusto, como un oficio subversivo.
El ejercicio de la crítica siempre ha estado reducido a unos ámbitos muy pequeños, y lo que hay en los periódicos son comentarios, reseñas, pero el ejercicio de la crítica no se da con la profundidad y con la seriedad que el oficio amerita.
Hay una crítica que ha florecido dentro de las universidades, hay una especie de vertiente que trata de hacer reflexión sobre la obra, otra que no sería una crítica sino una especie de disección un poco pretenciosa de las obras.
El problema general es que hay una especie de clientelismo cultural, con caciques ya establecidos, muy reconocidos, que manejan ciertos feudos culturales –en poesía, sobre todo– que atomizan y no permiten la reflexión y el diálogo.
Hablemos un poco de lecturas.
Por lo regular, siempre se cita a los mismos escritores. En Lecciones de vértigo yo tengo influencias de pintores, incluso, como el Bosco, como Giotto. Más la influencia de Borges y todo lo que es definitivo en la formación de un escritor: los norteamericanos, los clásicos griegos, el Siglo de Oro español –san Juan de la Cruz, Quevedo–, que son definitivos.
El último escritor que verdaderamente me interesa, que ha ejercido una gran atracción sobre mí, es George Perec, el francés. Calvino señalaba que Perec era el último gran escritor europeo. Tiene una novela que se llama La vida: Instrucciones de uso, que es una experimentación sobre un edificio en París, con la técnica de armar rompecabezas. Es un escritor muy interesante, muy lúcido y muy inteligente. En Francia se le valora por encima de los escritores del Noveau Roman.
Y en música, ¿cuáles son las influencias?
Yo he sido un melómano un poco empírico. No tengo una formación musical, soy aficionado a ese tipo de cosas, pero creo que fue muy importante la formación de la salsa aquí en cartagena, el vallenato y, luego, ciertos clásicos. Particularmente, dentro de los clásicos me gusta mucho Bach.
¿Y el cine y la televisión?
Conocí la televisión muy tarde, realmente. Mi formación fue cinematográfica. Yo conocí primero el cine, aprendí a leer en el cine, vi todo tipo de películas desde muy pequeño en Magangué. Hay muchas películas que me han marcado. Una de ellas es Valeria y los vampiros, que es una película checoeslovaca muy hermosa. Otras películas que cada vez que las presentan yo digo ‘Las voy a ver’ son las de Hitchcock, por el manejo del suspenso y de la tensión.
El proceso, de Orson Welles –a pesar de que, en Los testamentos traicionados, Kundera dice que es una traición a la obra de Kafka– es una película que tiene un manejo soberbio de los espacios, de la fotografía, los laberintos; lo mismo El ciudadano Kane.
El Western y la novela negra también me han interesado. Siempre he querido escribir una novela policiaca, por el enigma y el misterio. Creo que el género policiaco forma mucho al escritor, por el manejo del suspenso, por la forma de captar la atención del lector.
Y, siguiendo con las influencias, ¿hay también influencia del fútbol?
Yo estuve escribiendo una novela sobre un personaje al que le gustaba el fútbol, pero la he abandonado. El fútbol es un tema que me interesa y que está muy ligado a mi formación personal, como pasión.
Pienso que uno debería ir tejiendo la novela como los pases del Pibe Valderrama y, quizá, rematar como brasilero, como Rivelino o como Romario.
El fútbol es una pasión que me viene de la familia, porque cuando yo era pelao mi papá manejaba un equipo de fútbol en Magangué, fue presidente de la liga de fútbol, y nos íbamos al estadio a practicar y a ver jugar el equipo. En el fútbol profesional nos apasionaba el Junior, recitábamos de memora las alineaciones. El fútbol era una forma de vida.
Siempre he querido empezar una novela describiendo el cuarto de un amigo mío, donde estaban pegados aquellos afiches que salían de los equipos, por allá en los setenta, unos jugadores agachados y otros parados. Recuerdo todas las publicaciones deportivas pegadas en el cuarto de tablas, algunas ya amarillas. Más que cualquier otra iconografía, esa es una iconografía que me interesa. El fútbol quedará como la gran religión, el gran rito de este siglo.
¿Cuál es la presencia de espacios como Cartagena y Magangué dentro de su obra?
He pensado en ambos espacios, pero como que todavía no hay una distancia que me atrape. Creo que Cartagena es una ciudad que necesita ser novelada y los intentos que se han hecho, por ejemplo, los de Roberto Burgos, han sido muy buenos: El patio de los vientos perdidos.

Pero hay cosas que todavía n han totalizado la ciudad. Por ejemplo, las parejas que van a las murallas, la ciudad de noche, solitaria. Cartagena es una ciudad que está ahí para ser escrita, todavía no se le ha hincado el diente con decisión.