lunes, 24 de abril de 2017

En la Feria del Libro de Bogotá

No hay texto alternativo automático disponible.


Collage Editores y Eduardo Márceles presentan, 
el 1 de mayo a la 1 pm, 
la antología "20 narradores colombianos en USA".  
Sala Madre Josefa del Castillo.


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domingo, 23 de abril de 2017

Retratos


Editado originalmente en 1996, en Cartagena de Indias, Retratos incluye crónicas, perfiles y entrevistas publicados en el diario El Universal, de esa ciudad, entre 1992 y 1995. Al lado de la Semana Santa en Mompox, de las exploraciones arqueológicas en busca de las cerámicas más antiguas de América y de historias de inmigrantes y seres anónimos, aparecen personajes del deporte: Adriana Salazar, René Higuita, Carlos “El Pibe” Valderrama y Bernardo Caraballo, y escritores: Eduardo Lemaitre Román, Ramón de Zubiría, Manuel Zapata Olivella, Gustavo Ibarra Merlano y Álvaro Mutis.

jueves, 20 de abril de 2017

Sobre García Márquez, Cartagena y "Un ramo de nomeolvides".

"Nuestro nobel hoy reposa eternamente en la memoria del mundo entero,
 y en las páginas escritas por Arango, en 'Un ramo de nomeolvides'."






Manuel Zapata Olivella: EL VAGABUNDO QUE VINO DEL MÁS ALLÁ

 Texto publicado en el suplemento Dominical, 
de El Universal, de Cartagena, en marzo de 1995

 
Foto Nereo López

  
“Aunque parezca una metáfora, hablar de Manuel Zapata Olivella, hoy, es hablar de alguien que ha resucitado”.
El comedor recibe el resplandor de un gran patio. La casa es enorme y de techo alto, queda en un sector silencioso del noroccidente bogotano y de afuera sólo llegan los ruidos de algunos pájaros.
Manuel Zapata Olivella está en una de las sillas del comedor y, aunque su cuerpo tiene nuevos límites –que le ha dejado su último combate con la muerte–, es posible percibir una energía desbordante en ese hombre que hoy parece un altivo y sosegado jefe de tribu africana.
“Después de numerosas intervenciones en la columna cervical, que me permitieron conocer la frontera del más allá, he podido tener la oportunidad de volver otra vez, retomar el camino con una nueva mirada y con nuevos ímpetus”.
Cierra los ojos. Se regodea en sus palabras, en sus ecos de tambor. Teje con gusto el ritmo de cada frase.
“… y más consciente de que el tiempo es fugitivo”.

Las huellas del cazador

“Hemingway, el cazador de la muerte, mi última novela, es anterior a este proceso, pero de alguna forma también implica un resucitar. Es la primera novela, de un propósito que tengo de escribir dos o tres más, enmarcada en mi vocación primigenia por la literatura, en el asombro que tuve en mis primeros años de adolescente, cuando comencé a leer las obras que constituyeron mi primer horizonte de lectura –creo que el de todos los iniciados en la literatura– como son las obras de Julio Verne, Las mil y una noches, las obras de Salgari, los viajes de exploradores, etcétera”.
Todo en la vida de Manuel Zapata Olivella está lleno de viajes y errancias. La historia de su última novela, por ejemplo, comienza hace varias décadas, se explica a través del largo viaje de su vida. Con su voz cadenciosa e hipnótica, Manuel Zapata Olivella nos lleva de la mano en ese viaje.
“Esas primeras lecturas despertaron mi interés por querer ir a la luna, visitar el subfondo de los volcanes y de los océanos, en fin, por ser protagonista de novelas de aventuras.
“Pero esta literatura de la imaginación, para mí se fue quedando atrás en la medida que me fui interesando por los problemas sociales, por los problemas políticos, en la medida en que fui descubriendo que pertenecía a una clase que tenía sus más remotos antecedentes en la esclavitud, en la conquista y exterminio de las comunidades indígenas.
“Alcancé a conocer a mi abuela negra, a unas tías descendientes de mi abuela indígena. De manera que, cuando comencé a escribir mis primeros relatos, en Cartagena, en un periódico que se llamaba El Fígaro, mis artículos estaban relacionados con temas de interés para la comunidad, con su imaginería, sus costumbres y temores: historias de aparecidos, la cabeza de perro que flotaba cerca del cementerio, el cuarto bate, en fin.
“En aquel tiempo empecé también a preocuparme por conocer los clásicos de la literatura, María, La vorágine y las obras de José Antonio Lizarazo, que me impresionaron mucho y que estaban adscritas dentro de la novela naturalista y sociológica, que en el ámbito latinoamericano correspondían a las obras de Jorge Icaza y Adalberto Ortiz, en la década del treinta, y Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría, y Mariano Azuela en los años cuarenta.
“Todo este contexto me fue perfilando como un novelista de la época, preocupado por la literatura colombiana y latinoamericana, con algunas lecturas complementarias de la literatura europea, también de carácter social –como Balzac y Dickens–, y de norteamericanos como Faulkner, Dos Passos y Steinbeck.
“Pero mi iniciación en la novela tiene más influencia directa con la literatura que se estaba escribiendo en ese momento en Colombia, particularmente la de Lizarazo, a quien conocí cuando vine a estudiar medicina aquí a Bogotá. De manera que, bajo esa influencia escribí mi primera novela, Tierra mojada, a comienzos de los cuarenta”.


Una pasión vagabunda

“Llevaba bastante adelantados los bocetos de Tierra mojada cuando se me dio por salir de vagabundo, como un hippie, caminando a pie por Centroamérica –desde Panamá hasta México–, pasando por esos países que en esa época (1943) estaban bajo las dictaduras. El recorrido duró cerca de un año, vi de cerca la revolución mexicana y conocí a personajes como Diego Rivera, Siqueiros y Mariano Azuela. Luego llegué hasta los Estados Unidos, donde pude ver la discriminación racial contra el negro, así como había visto la discriminación contra el indio en Centro¬américa.
“Ese viaje me dio una visión mucho más alta para la comprensión de los fenómenos sociales colombianos y, particularmente, los que yo había vivido en mi infancia en el Sinú, que son los que constituyen mi primera novela. Yo había vivido toda mi infancia entre los arroceros del Sinú y Tierra mojada abarca toda esta problemática que, en cierta forma, fueron los primeros brotes de la violencia en este país. Creo que es la primera novela que anuncia ese problema de la violencia, que yo después retomo en La calle diez, en Detrás del rostro y, de algún modo también, en Chambacú, corral de negros.
“Pero mi interés no era denunciar las luchas sangrientas que se estaban dando en ese momento en el país, sino mostrar las injusticias sociales, las situaciones de opresión que vivía el pueblo. En La calle diez, por ejemplo, que recoge el episodio del 9 de abril, al lector no le queda tanto la muerte de Gaitán sino la miseria que se vivía en esa época.
“Pero esta denuncia social deriva con los años hacia otros horizontes.
“En la última etapa de creación literaria, en la década del sesenta, antes de un largo silencio de casi veinte años, aparece En Chimá nace un santo, que es ya una toma de conciencia como colombiano e hispanoamericano, en función de la mentalidad mágico-religiosa”.


Una excursión al silencio

“Justo en ese momento, cuando escribí esta novela, que tuvo la suerte de quedar segunda en un concurso literario en el que Gabito obtuvo el primer premio con su novela La mala hora, justo cuando empecé a recibir reconocimientos como el de Seix Barral, en el que Vargas Llosa obtuvo el primer premio con La ciudad y los perros, estos reconocimientos, en lugar de afirmar mi interés en continuar escribiendo más novelas, me condujeron a unas reflexiones sobre qué cosa era escribir una novela –ya había escrito cinco y quería saber lo que eso era–, cuál era el uso que había que darle al lenguaje, cuáles eran los mecanismos conscientes e inconscientes que se planteaban en el momento de la escritura y otros problemas de la creatividad literaria, como la alienación cultural, el problema del uso de los fenómenos históricos, etcétera.
“Todo eso hizo que durante veinte años yo dejara de publicar una nueva novela, aunque escribí tres que siempre consideré inmaduras. Sólo una, que se llamaba Viva el putas, la publiqué después con el título de El fusilamiento del diablo. Las otras, El cirujano de la selva y La maraca embrujada, se quedaron en el cajón”.

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Un trabajo del putas

“Toda esa búsqueda literaria se fue concretando cuando me enrumbé en la búsqueda de una temática que implicara la historia de las luchas sociales de América, desde la Colonia y la Independencia, a través de una mirada no europea, no eurocéntrica, como ha sido tradicionalmente la visión de la novelística latinoamericana. Quise mirar el proceso a través de la mirada del africano, a través de su mestizaje con el indio, con el español y así empecé a buscar fuentes, a visitar lugares como Haití, México, algunos países del África, los Estados Unidos –país al que regresé como profesor de la Howell University, de Kansas–, a analizar fenómenos como el ‘Poder Negro’, ‘Las panteras negras’, la independencia y enrumbamiento hacia el socialismo de países como Angola, el Congo, Senegal y Kenya.
“Todo esto sumado me fue nutriendo para escribir Changó el gran putas, que apareció en 1983 y es la primera novela que publiqué después de 1964. Esa novela plantea mi primera resucitada –ya que estamos hablando de resucitadas– porque, aun cuando es el producto de toda una evolución literaria desde la adolescencia, plantea una nueva visión que yo considero en cierta manera liberada de los influjos de la cultura europea, pero también influida –en este sentido también podemos hablar un poco de alienación– por lo que era el concepto de África. Estaba lo suficientemente lúcido para comprender que yo no era otra cosa que el resultado de varias alienaciones: la alienación europea, la alienación de la memoria ancestral africana –que yo idealizaba, desde luego– y la alienación de la cultura indígena, también idealizada.
“Con todo esto, yo considero que Chango el gran putas plantea una nueva visión crítica y literaria de lo que es la toma de conciencia del hombre americano en sus vertientes triétnicas. Yo creo que estas vertientes van a tomar madurez en los movimientos sociales, políticos, econó-micos, culturales que se están planteando en este fin de siglo, y que van a tomar su verdadera madurez en las tres o cuatro próximas décadas. En ese sentido, sin que me lo haya querido proponer, considero que soy el sembrador de actitudes y de pensamientos que van a aflorar en la literatura del próximo siglo, que es una literatura que estará más ligada –y ahora me doy cuenta, porque fueron pasos inconscientes– a los grandes problemas.
Chango, precisamente, se inicia con unos cantos escritos en verso que aluden al origen y a la creación del mundo en la mitología africana y después se proyecta en una denuncia por el uso agresivo de la tecnología contra el hombre y contra el planeta. El fundamento de toda esta novela es el concepto del muntu, que es un concepto bantú que alude a la familia, pero no en el sentido tradicional de la cultura occidental, sino la familia de los hombres vivos y sus difuntos, hermanados con los animales y los vegetales y los minerales. En otras palabras, ese gran problema que hoy en día se está planteando la humanidad, de reconocer esa biodiversidad a través de una fraternidad y no a través de una lucha a muerte”.


Un libro sin crítica

“Changó el gran putas no ha tenido suficiente difusión fuera del contexto colombiano. A pesar de que recibió en Brasil un reconocimiento literario.
“Aquí en Colombia, la sensación que me ha dado es que Chango ha sido bien recibida, pero le cierra las puertas a la crítica nativa porque involucra la necesidad de un mayor conocimiento de lo que ha sido la historia de los negros en el continente, la historia de la primera revolución antiesclavista triunfante en el mundo, como fue la de Haití, conocer un poco sobre vudú, conocer un poco sobre la historia de José María Morelos –en México–, meterse en ese mundo complejo del Brasil. Entonces resulta que los críticos leen el libro, si es que llegan hasta la página final, y se van atragantando de valores, de conceptos, de acontecimientos, que no están en la rutina de la crítica general.
“Aquí en Colombia se han escrito artículos importantes, pero no han sido publicados. A pesar de ello, hasta mí no ha llegado un ensayo que plantee a fondo, por ejemplo, el problema de la desalienación del lenguaje castellano, para poder penetrar en el mundo de la filosofía del mestizo triétnico americano. Creo que ha habido oportunismo por parte de los escritores latinoamericanos, porque es evidente que una mirada eurocentrista sobre las culturas latinoamericanas o hispanoamericanas o afroamericanas, es una mirada que asegura un mercado europeo. En cambio, si lo hacen desde el punto de vista profundo del indio –como creo que lo ha hecho Juan Rulfo– cuesta más dificulta tener acceso a la gran mayoría de los lectores europeos. Rulfo es un autor consagrado por los pocos críticos que se han dado a la tarea de penetrar en ese mundo del mestizo mexicano; pero, aun así, fuera de los marcos de la crítica literaria, no es un autor que haya tenido el acceso al público que han tenido otros autores latinoamericanos”.


El cazador de la muerte

“Hemingway, el cazador de la muerte’ plantea a su autor una serie de desafíos”.
El viaje hasta la última novela ha terminado.
“Uno de esos desafíos, como te decía, es el rescate de una vocación de adolescente por la literatura de aventuras, que se quedó sepultada en el momento en que fueron apareciendo otros intereses, como la novela naturalista y la de denuncia social.
“De pronto, terminando Changó, en 1983 y con la manía que me quedó de haber estado veinte años investigando, trasnochándome, haciendo apuntes y demás, necesité llenar ese vacío que me dejaba el haber terminado una novela y haberla publicado.
“Entonces me dije: ‘Voy a escribir una novela como la hubiera podido escribir Julio Verne’. No tanto por estar influido por Verne, como por el deseo de retomar la atmósfera en que sus novelas fueron escritas.
“Por diversas circunstancias, cayeron los tres hilos fundamentales que me llevaron a la concepción de la novela.
“La primera fue la muerte de Hemingway. Hemingway había muerto ya, precisamente cuando yo me encontraba muy metido en lo hondo de la búsqueda del arte de novelar, pero me impresionó mucho que un hombre tan vital de pronto se hubiese suicidado. Si Hemingway hubiese sido un personaje sicopático, que hubiese rehuido el contacto con otros seres, no me hubiese sorprendido, como psiquiatra que soy. Pero que un hombre como él se haya suicidado me llenó de interrogantes.
“El otro elemento fue el producto de la investigación detrás de los valores africanos: una leyenda Kikuyo, que es la etnia más importante de los pueblos que configuran al pueblo de Kenya. A esa etnia perteneció Yomo Kenyata, el líder Mau mau y, posteriormente, primer presidente de la República de Kenya. Según la leyenda, a todo cazador que dispare su arma contra un animal sagrado se le devuelve el proyectil y le hiere en el mismo sitio donde ha herido al animal sagrado. De pronto, yo asocié la idea de que todos los disparos y las balas que Hemingway había hecho en sus safaris de África se le habían devuelto en el disparo que él se hace, en el momento de suicidarse con una carabina de dos cañones.
“Pero hay otro elemento fundamental: la colonización de los pueblos africanos y, particularmente, de los pueblos de Kenya, por el hecho de que, según la paleontología, es allí el primer sitio en donde aparece el homo sapiens.
“Entonces me pareció que los pueblos africanos, especialmente los pueblos de Kenya, son los depositarios de la sabiduría más antigua que tiene la especie humana.
“Pero, aún queda otro elemento. Yo he estado toda mi vida ligado al estudio de la biología. Yo no quise, originalmente, ser un médico, sino que quise ser un zoólogo. Pero, como entonces no había zoología ni en Cartagena, ni en Colombia –estoy hablando de 1937–, mi papá me convenció de que debía preocuparme por conocer al más importante de los animales. Entonces, éste es otro elemento que yo sumo a mi interés de hacer una novela desligada de todo lo que me había acontecido. La biología me llevó a introducir un nuevo hilo en la trama: el del conocimiento de las formas de flora y fauna, a través del biólogo que no es otra cosa que el médico frustrado Manuel Zapata Olivella. Para eso –aquí sí va un poco de esa libertad creadora que quería tener– tomé un personaje que aparece en la primera obra de Hemingway sobre España (publicada en español con el nombre de Fiesta), un torero, Cayetano Ordóñez, llamado el ‘Niño de la palma’. Pues bien, ese Cayetano Ordóñez no es otro que el padre de la gran figura del toreo Antonio Ordóñez, pero yo en mi novela me propuse cambiar las cartas y lo hice biólogo, porque el padre no quería que su hijo muriera empitonado por un toro.
“Luego viene la expedición al África, al monte Kenya, de Hemingway y la fotógrafa de veinte años con la que tiene un idilio otoñal. Les acompaña el hijo de Ordóñez y hay un encuentro con Yomo Kenyata. Todo se reúne al final en torno a la obsesión de Hemingway porque le ha disparado al mamut sagrado”.

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Sin comentarios

“Hombre, yo creo, independientemente de quién haya sido el autor, que son suficientes elementos como para que la crítica literaria no se hubiese quedado como se ha quedado: un poco muda, ya sea porque no ha leído la novela o porque no le ha interesado. A mí se me hace que esta novela plantea muchas cosas que no deben pasar inadvertidas para la crítica, para bien o para mal. En primer lugar, creo que es la primera novela escrita por un autor hispanoamericano sobre África, es la primera vez que un escritor hispanoamericano relaciona a Hemingway como personaje en una novela, sobre todo cuando la novela está escrita en primera persona y la persona que relata es Hemingway. Hombre, esto a un crítico le debe plantear muchas cosas, decir al menos: ‘Cómo es posible que este señor se atreva a estar convirtiendo a Hemingway en su voz narradora’.
“Al lado de eso está el tema de la colonización de África, sobre el cual habría que decir por lo menos dos palabras.
“Pues bien, me he tenido que conformar con que el libro no se ha vendido, no le han hecho publicidad, no lo han sacado del ámbito del mercado bogotano, no ha llegado a Cartagena, no ha llegado a Medellín –y si ha llegado no tengo noticias–, no ha llegado a Latinoamérica, no ha llegado a España, en donde yo esperaba que tuviera muy buena acogida por lo de Ordóñez. No he podido conseguir que se distribuya en los Estados Unidos, sólo ha llegado a manos de algunos críticos. Estoy muy interesado en ver si consigo a alguien que se interese en traducirla. Le veo muchas perspectivas en el cine, ha sido una novela concebida como para ser realizada en el cine, por la figura de Hemingway, por los animales, por los Mau mau y tantas otras cosas.
“Creo haber plasmado mi interés de hacer una novela con plena autonomía de fantasía creadora, creo que está dentro del ámbito de Moby Dick, creo que está dentro del ámbito de la visión cultural que tenía Verne de los pueblos que utiliza en sus novelas –como el relato que hace de América en Los hijos del capitán Grant– y espero, con paciencia, sin desesperación, que la novela sea vendida y que, en su momento, sea criticada”.




Una nueva quijotada

“Yo he dicho reiteradamente que no soy simple y llanamente un trotamundos, sino que soy un vagabundo, de la vida, de las ideas, de la filosofía, de los conceptos. No me veo atraillado por compromisos de ninguna naturaleza, ni filosóficos, ni religiosos, ni políticos, ni a estar estancado en un punto de vista originario y persistir en él por haber encontrado allí la verdad absoluta. Por el contrario, soy un vagabundo permanente, trashumante, de una postura ideológica y filosófica a un nuevo grado de desarrollo de esa postura. No es que sea vagabundo en el sentido de andar todos los días cambiándole el norte a mi brújula, sino que todos los días profundizo en esos puntos cardinales que he trajinado.
“Uno de los personajes que más han influido en mí, a lo largo de toda la vida, ha sido el gran vagabundo de don Quijote. La novela que escribo actualmente está inspirada en un cuento que, a mi manera de ver, debió inspirar a Cervantes para crear su personaje. Hasta el momento tiene el título de Itzao, el inmortal, y está fundamentada en un cuento de la tradición oral, seguramente español, muy difundida en Hispanoamérica. Este cuento ha sido retomado por autores como José Hernández, el autor de Martín Fierro, cuando relata el desafío del payador con el diablo. Ese mismo reto lo tiene Gabo, en Cien años de soledad, con la leyenda de Francisco el Hombre enfrentado al diablo. Don Tomás Carrasquilla tiene la historia en el cuento ‘A la diestra de Dios padre’, donde Peraltica se enfrenta a la muerte y va al cielo y Dios lo pone a su diestra. También hay un episodio en Pedro Páramo, cuando el hijo de Pedro Páramo visita el sitio donde están encendidas las luminarias de todos los vivos y que se van apagando. Este cuento tradicional tiene muchas versiones en América y en Colombia (he recogido una versión en la Costa Atlántica con el nombre de ‘Rambao’, otra en el Pacífico, con otro nombre, y otra en los Llanos Orientales, donde tiene el nombre de ‘Florentino y el diablo’).
“Creo que este cuento debió ser la inspiración de Cervantes para Don Quijote y Sancho Panza. A Dios lo convierte en Don Quijote, adaptándolo al momento, porque ya estaba en crisis esa idea, y Sancho Panza es ese personaje que en el cuento de Carrasquilla se llama Peraltica.
“Mi proyecto de seguir escribiendo con libertad creativa incluye otras novelas, pero no tengo aún muy definidos los argumentos”.


Zona de alimentación

La mañana se ha marchado sin hacer ruido. Poco después de la una de la tarde han empezado los movimientos en torno a la mesa del comedor. Han llegado Rosa y Edelma, la esposa y la hija de Manuel Zapata Olivella.
La charla ahora tiene el ritmo del hogar.
Manuel Zapata cuenta que cuando fue invitado como profesor a la Universidad de Toronto, un estudiante le preguntó qué significaba la presencia de los perros en todas sus novelas. Le respondió que nunca se le había ocurrido que eso significara algo, que en la Costa siempre hay perros.
A propósito de estudios sobre su obra, Zapata espera la llegada –un mes después del momento en que se hace la entrevista– de Yvonne Captain, una profesora norteame-ricana que escribió un libro sobre todas sus novelas, hasta Changó el gran putas, y se refirió superficialmente al libro sobre Hemingway, porque en su momento no estaba terminado. Ivonne Captain viene a estudiar y clasificar los apuntes, borradores y fichas de la biblioteca de Zapata Olivella.
Rosa, la esposa de Manuel Zapata Olivella, es el sentido práctico, el contacto con la tierra de esa casa. Es una española aún bella, de aspecto afable y tranquilo. Se casaron en 1960 y ella le dio nuevos ímpetus a la carrera literaria de su marido, es la primera lectora de sus libros. Viéndola se entiende en buena parte porqué, a pesar de la indiferencia de los críticos, Manuel Zapata Olivella nunca ha pensado en dejar de escribir libros.
“Nunca había hecho poesía, hasta que me impuse la tarea de escribir los poemas que aparecen al comienzo de Changó el gran putas”, dice, en medio del almuerzo de comidas livianas y bajo en condimentos.
Por ahora, el viaje de esta charla ha terminado. Muchas puertas se han quedado apenas entreabiertas, como los años dedicados en compañía de su hermana a difundir el folclor o el viaje a la Unión Soviética con una delegación a la que Gabriel García Márquez se sumó en París como tamborero.
La mención de García Márquez hace que Zapata Olivella recuerde que fue él quien lo acompañó la primera vez que llegó a El Universal, en mayo de 1948. Pero esa es una charla que ocupará otro espacio.
Por lo pronto, queda la reconfortante sensación de haber hablado con un hombre que no ha traicionado su vocación, que contra la indiferencia y la falta de difusión ha construido una obra, ha seguido su ruta de vagabundo incansable.
Ahí, sentado en el comedor de su casa, viéndolo presidir con su imponencia bonachona de viejo soberano al que a ratos su cuerpo se niega a obedecerle, se comprende que –aunque salga pocas veces a la calle– su errancia por las tierras de la vida, de la muerte y las palabras, prosigue con su misma obstinación de adolescente apasionado por los viajes.



lunes, 17 de abril de 2017

Voces de América Latina

"Mensaje que no vas a leer", 
cuento incluido en la antología de narraciones latinoamericanas
editada por María Palitacchi, 
publicada por Media Isla.




sábado, 1 de abril de 2017

Resivimiento

Un cuento publicado en la revista Corónica


Resivimiento


Tengo nostalgia de los tiempos en que el mundo tocaba la puerta para entrar en nuestras vidas. No soy nuevo en estas cosas, hace más de diez años sostuve asombrosas conversaciones escritas con personas a las que nunca había visto y nunca vería. Una noche, por los tiempos más oscuros, logré establecer contacto con una mujer que dijo estar en Chile. Pasamos la noche entera escribiendo, imaginando obscenidades, actos de toda clase, a pesar de que nunca supimos el aspecto que teníamos.





martes, 21 de marzo de 2017

Un poema de Zbigniew Herbert, cortesía de Florian Smieja.





Zbigniew Herbert

Vé donde fueron aquellos hasta el linde oscuro
tras el vellocino de oro de la nada tu último premio

vé erguido entre los que están de rodillas
entre los que vuelven la espalda y los derribados en el polvo

te salvaste no para vivir
tienes poco tiempo has de dar testimonio
sé valiente cuando la razón flaquee sé valiente
en el cómputo final esto es lo único que cuenta

y que tu ira impotente sea como el mar
cada vez que escuches la voz de los humillados y golpeados

que no te abandone tu hermano el Desprecio
para los delatores verdugos cobardes -ellos vencerán
irán a tu entierro y con alivio arrojarán un terrón
y la carcoma escribirá tu biografía retocada

y no perdones en verdad no está en tu poder
perdonar en nombre de los traicionados al alba

guárdate sin embargo del orgullo innecesario

contempla en el espejo tu rostro de bufón
repite: fui reclutado -acaso no había mejores?

guárdate del corazón árido ama la fuente matinal
el ave de nombre desconocido el roble invernal
la luz en el muro el esplendor del cielo
ellos no precisan de tu cálido aliento
existen para decirte: nadie te consolará

vigila -cuando la luz en las montañas dé la señal-levántate y vé
mientras la sangre haga girar la estrella oscura en tu pecho

repite las viejas maldiciones de la humanidad los cuentos y leyendas
pues así conquistarás el bien que no conquistarás
repite las grandes palabras repítelas con terquedad
como quienes marcharon por el desierto y murieron en la arena

y por ello te premiarán con lo que tienen bajo el brazo
con un azote de sonrisas con un homicidio en el basurero

vé pues sólo así serás aceptado en el círculo de las frías calaveras
en el círculo de tus antecesores: de Gilgamés Héctor Roland
de los defensores del reino sin linde y la ciudad de las cenizas
Sé fiel Vé.




jueves, 16 de marzo de 2017

I see you never



I See You Never

By Ray Bradbury


      The soft knock came at the kitchen door, and when Mrs. O’Brian
opened it, there on the back porch were her best tenant, Mr. Ramirez,
and two police officers, one on each side of him. Mr. Ramirez
just stood there, walled in and small.
 “Why, Mr. Ramirez!” said Mrs. O’Brian.
       Mr. Ramirez was overcome. He did not seem to have words to
explain.
       He had arrived at Mrs. O’Brian’s rooming house more than two
years earlier and had lived there ever since. He had come by bus
from Mexico City to San Diego and had then gone up to Los Angeles.
There he had found the clean little room, with glossy blue
linoleum, and pictures and calendars on the flowered walls, and
Mrs. O’Brian as the strict but kindly landlady. During the war, he
had worked at the airplane factory and made parts for the planes
that flew off somewhere, and even now, after the war, he still held
his job. From the first, he had made big money. He saved some
of it, and he got drunk only once a week—a privilege that, to Mrs.
O’Brian’s way of thinking, every good workingman deserved,
Unquestioned and unreprimanded.
       Inside Mrs. O’Brian’s kitchen, pies were baking in the oven. Soon
the pies would come out with complexions like Mr. Ramirez’s,
 brown and shiny and crisp, with slits in them for the air almost like
the slits of Mr. Ramirez’s dark eyes. The kitchen smelled good. The
policemen leaned forward, lured by the odor. Mr. Ramirez gazed at
his feet, as if they had carried him into all this trouble.
 “What happened, Mr. Ramirez?” asked Mrs. O’Brian.
       Behind Mrs. O’Brian, as he lifted his eyes, Mr. Ramirez saw the
long table, laid with clean white linen and set with a platter, cool,
shining glasses, a water pitcher with ice cubes floating inside it, a
bowl of fresh potato salad, and one of bananas and oranges, cubed
and sugared. At this table sat Mrs. O’Brian’s children—her three
grown sons, eating and conversing, and her two younger daughters,
who were staring at the policemen as they ate.
       “I have been here thirty months,” said Mr. Ramirez quietly, looking
at Mrs. O’Brian’s plump hands.
      “That’s six months too long,” said one policeman. “He only had a
temporary visa. We’ve just got around to looking for him.”
      Soon after Mr. Ramirez had arrived, he bought a radio for his
little room; evenings, he turned it up very loud and enjoyed it. And
he had bought a wrist-watch and enjoyed that, too. And on many
nights he had walked silent streets and seen the bright clothes in
the windows and bought some of them, and he had seen the jewels
and bought some of them for his few lady friends. And he had
gone to picture shows five nights a week for a while. Then, also,
he had ridden the streetcars—all night some nights—smelling the
electricity, his dark eyes moving over the advertisements, feeling
the wheels rumble under him, watching the little sleeping houses
and big hotels slip by. Besides that, he had gone to large restaurants,
where he had eaten many-course dinners, and to the opera
and the theatre. And he had bought a car, which later, when he
forgot to pay for it, the dealer had driven off angrily from in front of
the rooming house.
      “So here I am,” said Mr. Ramirez now, “to tell you that I must give
up my room, Mrs. O’Brian. I come to get my baggage and clothes
and go with these men.”
     “Back to Mexico?”
      “Yes. To Lagos. That is a little town north of Mexico City.”
      “I’m sorry, Mr. Ramirez.”
      “I’m packed,” said Mr. Ramirez hoarsely, blinking his dark eyes
rapidly and moving his hands helplessly before him. The policemen
did not touch him. There was no necessity for that. “Here is
the key, Mrs. O’Brian,” Mr. Ramirez said, “I have my bag already.”
     Mrs. O’Brian, for the first time, noticed a suitcase standing behind
him on the porch.
     Mr. Ramirez looked in again at the huge kitchen, at the bright
silver cutlery and the young people eating and the shining waxed
floor. He turned and looked for a long moment at the apartment
house next door, rising up three stories, high and beautiful. He
looked at the balconies and fire escapes and back-porch stairs, at
the lines of laundry snapping in the wind.
      “You’ve been a good tenant,” said Mrs. O’Brian.
       “Thank you, thank you, Mrs. O’Brian,” he said softly. He closed
his eyes.
      Mrs. O’Brian stood holding the door half open. One of her sons,
behind her, said that her dinner was getting cold, but she shook
her head at him and turned back to Mr. Ramirez. She remembered
a visit she had once made to some Mexican border towns—the hot
days, the endless crickets leaping and falling or lying dead and brittle
like the small cigars in the shop windows’ and the canals taking
river water out to the farms, the dirt roads, the scorched
fields, the little adobe houses, the bleached clothes, the eroded landscape.
She remembered the silent towns, the warm beer, the hot, thick
foods each day. She remembered the slow, dragging horses and the
parched jack rabbits on the road. She remembered the iron mountains
and the dusty valleys and the ocean beaches that spread hundreds
of miles with no sound but the waves —no cars, no buildings,
nothing.
      “I’m sure sorry, Mr. Ramirez,” she said.
     “I don’t want to go back, Mrs. O’Brian,” he said weakly. “I like
it here. I want to stay here. I’ve worked, I’ve got money. I look all
right, don’t I? And I don’t want to go back!”
    “I’m sorry, Mr. Ramirez,” she said. “I wish there was something I
could do.”
     “Mrs. O’Brian!” he cried suddenly, tears rolling out from under
his eyelids. He reached out his hands and took her hand fervently,
shaking it, wringing it, holding to it. “Mrs. O’Brian, I see you never,
I see you never!”
     The policemen smiled at this, but Mr. Ramirez did not notice it,
and they stopped smiling very soon.
     “Goodbye, Mrs. O’Brian. You have been good to me. Oh, goodbye,
Mrs. O’Brian. I see you never”
      The policemen waited for Mr. Ramirez to turn, pick up his suitcase,
and walk away. Then they followed him, tipping their caps to
Mrs. O’Brian. She watched them go down the porch steps. Then she
shut the door quietly and went slowly back to her chair at the table.
She pulled the chair out and sat down. She picked up the shining
knife and fork and started once more upon her steak.
      “Hurry up, Mom,” said one of the sons. “It’ll be cold.”
      Mrs. O’Brian took one bite and chewed on it for a long, slow time;
then she stared at the closed door. She laid down her knife and
fork.
     “What’s wrong, Ma?” asked her son.
     “I just realized,” said Mrs. O’Brian—she put her hand to her face—
“I’ll never see Mr. Ramirez again.”


The New Yorker, 1949.