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martes, 18 de agosto de 2015

El secreto del vampiro

Texto publicado en Vivir en El Poblado,
en junio de 2011.


Nereo está de rumba desde el año pasado. Para su cumpleaños, un grupo de amigos le regaló un viaje a Venecia… y a Venecia fue a parar el hombre y navegó en sus canales y visitó amigos que no veía desde hacía muchos años. Luego se la ha pasado viajando entre Nueva York, Madrid  y varias ciudades colombianas.  En España, el diario El País le publicó un perfil de página completa y ahora mismo se prepara la edición de un libro con fotografías suyas. En Colombia, Nereo visita a su familia y recibe homenajes. El último reconocimiento se lo hicieron durante el Carnaval de Barranquilla. Además de ser distinguido como “el padre de la fotografía colombiana”, se le vio bailando con la reina del Carnaval y celebrando la guacherna.  Cuando no está de viaje, Nereo se la pasa en los trenes de Nueva York, captando imágenes para sus nuevas series fotográficas. Toda esa agenda tan agitada sería más o menos natural en un artista de renombre, si uno dejara de lado el hecho asombroso de que Nereo tiene noventa años –en septiembre cumplirá noventa y uno–y se ve más alentado que un muchacho de dieciocho.
Nereo ha sido de todo y ha estado en todas partes. Durante más de sesenta años de ejercicio profesional ha captado con su cámara momentos históricos de talla mundial y poemas visuales sin tiempo. Al lado de la visita del Papa o de la entrega de un Nobel, Nereo ha captado la belleza de un grupo de amigos que saltan a un río y la de una niñita disgustada junto a un costal de papas. Hace unos quince años –cuando navegó hacia la quiebra  con su escuela de fotografía–estuvo a punto de hundirse con su barco. Pero en lugar de auto obturarse, decidió probar suerte en otro lado. Así llegó a Nueva York, donde ha tenido un apoyo que la politiquería colombiana le quitó. Aquí en Nueva York empieza a ser reconocido y celebrado. Casi no pasa un mes en que Nereo no  reciba un homenaje.
Últimamente, después de su último cumpleaños, se ha visto a Nereo obsesionarse con detalles. Ha empezado, por ejemplo, a preocuparse cuando se le olvidan nombres.  Aunque esa preocupación más parece la de alguien que no encuentra motivos verdaderos para preocuparse. Lo cierto es que Nereo mantiene una vitalidad que ya entra en los terrenos del Realismo Mágico. Siempre está en movimiento, no deja de sonreír, ni de hablar de sus proyectos. Uno puede morirse de la risa con sus chistes. Casi todos, es preciso decirlo, resultan impublicables.
He tenido la suerte de frecuentar a Nereo en Nueva York, porque  a lo largo de los últimos años hemos trabajado juntos en un proyecto de libro. Espero poder publicar algún día la crónica de nuestras conversaciones, pero debo advertir que allí falta una de las cosas más asombrosas que le he escuchado decir.  Una tarde de primavera, el año pasado, fuimos a Wagner, una universidad de Staten Island, para hablar de las fotos de Nereo en relación con la obra de García Márquez. La idea de la charla era mostrar que las fotos de Nereo son el registro visual del mundo que inspiró al Nobel colombiano. Estábamos en el Museo de la universidad, esperando la hora de la conferencia. Discutíamos un arte exagerado, cuando me dio por preguntarle a quemarropa cuál era el secreto de su longevidad. Nereo siguió mirando  las pinturas y dijo como si nada:
–Es simple. Yo soy como un vampiro. Me gusta siempre andar con gente joven. Así les voy robando la energía.
Esa tarde Nereo se portó como una estrella de rock. El auditorio completo estaba fascinado con su encanto. A su lado fue posible ver a un hombre que tenía la mitad de sus años y quizá sólo un diez por ciento de su vitalidad.


Oneonta, Nueva York, Junio de 2011.





jueves, 13 de agosto de 2015

La reflexión de Nereo

Publicado en la Revista Arcadia



 “He estado pensando…”, dice Nereo con voz muy queda.

Está un poco más fuerte que hace dos días, pero no lo suficiente para que alguien se atreva a hacer un pronóstico optimista. Tiene los ojos cerrados. Respira suave para evitar el vértigo de la debilidad. Procura tener a raya las náuseas que le despiertan las papillas. Acopia fuerzas y palabras porque quiere sonar claro.

“En estos días he hecho como un examen”, los visitantes guardan un silencio solemne. Se refiere a las tardes eternas del verano en las que nadie viene, a las largas noches solitarias: “He podido hacer mi reflexión”.

En septiembre, si es que llega, cumplirá noventa y cinco. Hace tres semanas ingresó a un hospital. Hace dos fue trasla­dado al centro geriátrico Isabella, en el alto Manhattan. Lleva ya un buen tiempo lejos de su casa y no se sabe si podrá regresar.

“He visto muchas cosas. No lo he visto todo, pero he visto mucho”.

Es Nereo, el hombre que a mitad del siglo 20 recorrió toda Colombia fotografiándola, el poeta de la luz y de las sombras, el notario de los rostros que han hecho nuestra historia en los últimos 65 años, el reportero oportuno y recursivo que registró visitas papales o fiestas de premio Nobel. Es Nereo, el padre de la fotografía en Colombia, preparándose para morir lejos de Colombia.

“He escuchado muchas cosas”.

Su mente está lúcida pero su cuerpo empieza a fallar. Está pálido y su delgadez es extrema. Sus ojos azules tienen un brillo intenso. Reconoce a quienes lo visitan y hace chistes. Dice que le preguntó a su médico de qué se va a morir y que el otro le respondió: “De viejo; tú eres como un camión viejo”. Ahora su tono es transcendental:

“He vivido”.

Pero no encuentra la manera de morir. Intenta abando­narse, intenta decir que está listo, pero la vida se impone, parece cobrarle ese momento de debilidad hace tres décadas, cuando la bancarrota lo condujo al borde del suici­dio, y una circunstancia milagrosa lo llevó a reinven­tarse fuera de su país.

“El ciclo está completo”, dice sin convencimiento. “Todo en la vida es ciclos. Ya no tengo más que dar”.

Nació en Cartagena y quedó huérfano muy temprano. Bromea diciendo que, en su caso, no puede decir que la longe­vi­dad sea hereditaria. Fue actor de cine, adminis­trador de un teatro y muchas otras cosas, hasta que encontró una cámara y se dedicó a plasmar las sencillas maravillas de la vida cotidia­na. Amó y fue amado con intensidad (“dos cosas enamoran a las mujeres: la fotografía y el baile”). En Nueva York tuvo una segunda juventud. Se movía feliz en los trenes. Seguía creando series fotográficas. Cultivó el gusto exquisito por los espectá­culos de ballet. Hace unas semanas empezó a invadirlo una debilidad de la que no parece capaz de reponerse.

“Mi reflexión no es una reflexión loca. Tengo proyectos, pero si no tengo el fuego suficiente para qué pensar en eso. Si estuviera bien diría: ‘Tengo que curarme para hacerlos’”.

Está contento porque en Colombia acaba de salir un libro hermoso con sus fotografías. El tesoro fotográfico que deja es invaluable. Sabe —hace mucho lo supo— que el reconoci­miento de su país solo vendrá cuando se muera. Sólo hay una persona en este mundo que conoce el valor verdadero de todo lo que ha hecho: Nereo mismo, ese hombre digno y reducido que trata de resignarse, de abandonarse a la muerte, para después alzar el rostro y seguir vivo.

Entonces entrega destilada su larga reflexión: “Colombia es un país bello… es hermoso. Bello, bello. Lo que pasa es que lo maltratan. Lo llevan por el abismo”.


Nueva York, Agosto de 2015.