viernes, 21 de julio de 2017

Por las tierras del oficio más hermoso del mundo

Así empezaron los talleres de la
Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)

Texto publicado en El Universal de Cartagena, el 4 de abril de 1995.



Cada uno de los actos que componen nuestra vida se llena de sentido con el paso de los años.
La evidencia de este hecho se ve por estos días en la sede de un periódico muy viejo con unas salas enormes llamado El Universal.
Después de un largo viaje de décadas, ha regresado lleno de gloria un hombre que dio sus primeros pasos en este diario, y la vida del periódico y del viejo reportero han adquirido un sentido adicional.

Un poco de historia patria
Uno de los mayores motivos de orgullo que tiene El Universal, en sus 47 años de trayectoria periodística, es el de haber servido de escenario para que Gabriel Gar4cía Márquez –el colombiano más célebre de todos los tiempos– diera sus primeros pasos como periodista y empezara a definir su vocación literaria.
En mayo de 1948, García Márquez llegó a Cartagena huyendo del “bogotazo. Tenía veintiún años y su trayectoria, hasta ese momento, se limitaba a dos cuentos publicados en El Espectador y dos semestres de Derecho cursados en la Universidad nacional de Bogotá. Vino a esta ciudad a seguir sus estudios en la Universidad de Cartagena, pero había un tiempo libre que quería aprovechar.
Joven, flaco e inexperto, García Márquez llegó a El Universal –un periódico nuevo, pequeño y contestatario– el 19 de mayo de 1948. Desde ese momento, y hasta finales de 1949, se vinculó a la vida de ese diario y tuvo allí experiencias primordiales.
En la vieja casona de la Calle San Juan de Dios –donde funcionó el periódico durante 43 años–, Gabriel García Márquez convivió con personas decisivas en su formación, entre ellas el jefe de redacción, Clemente Manuel Zabala.
Al lado de ese hombre reservado, nervioso y excesivamente culto –mezcla de indígena y vasco– García Márquez aprendió a torcerle el cuello al cisne de las viejas retóricas, comprendió más claramente los alcances insospechados que puede tener la realidad –capaz de llegar más lejos que la imaginación–y supo del compromiso vital y artístico que significa hacer buen periodismo.
Pero eso no fue todo. El contacto humano con personas como Héctor Rojas Herazo –un telúrico artista de muchos frentes– y Gustavo Ibarra Merlano –un poeta luminoso y profundo– contribuyó a enriquecer aun más aquella experiencia inicial.
Al lado de seres como esos, en medio del fragor del periodismo, escribiendo columnas de opinión, crónicas, discursos o simples noticias, ese joven estudiante de derecho comprendió que jamás sería abogado, pudo ver con claridad su destino de palabras.
Ahí, en esa casa raquítica de la Calle San Juan de Dios, durante los últimos años de la década del cuarenta, Gabito –como le decían entonces a ese joven alegre y promisorio– asistió a su primera escuela de periodismo.

Ha vuelto Gabito
Ahora Gabito ha regresado a El Universal. Después de un largo viaje de décadas, ha vuelto lleno de gloria ese joven reportero que dio susu primerso pasos en este diario.
Ambos, el hombre y el periódico, han cambiado. El uno ha dejado su frágil anonimato de aquel tiempo para ser uno de los escritores más famosos y respetados del planeta, un hombre con un sitio asegurado en la inmortalidad. El otro, ha cambiado de sede, se ha modernizado y es una próspera empresa. Ambos se  parecen muy poco a lo que eran la primera vez que se encontraron.
Pero el motivo del reencuentro llena de significados esa lejana experiencia compartida, cuando ambos sólo eran proyectos esperanzados.

Una escuela de periodismo
En 1994, Gabriel García Márquez volvió a sorprender al mundo al anunciar la creación de una Escuela de Periodismo. En esa ocasión recordó su trayectoria en el que ha denominado 'el oficio más hermoso del mundo' y recalcó la importancia de ese oficio en su carrera literaria.
El anuncio de que la Escuela de Periodismo tendría como sede a la ciudad de Cartagena, se sumó a una serie de actividades y proyectos que Gabriel García Márquez ha adelantado, en los últimos años, con la ciudad como epicentro.
La construcción de la casa de sus sueños, la colaboración incondicional con el Festival de Cine y el hecho de que la ciudad sea escenario, total o parcial, de sus tres últimas novelas, habla de un verdadero romance, del escritor hoy consagrado, con la ciudad que fue testigo de sus primeros pasos.
Ahora la Escuela de Periodismo ha comenzado a trabajar.
Por circunstancias que tal vez nadie consiga explicar completamente, el primer curso de la Escuela se viene realizando en el periódico donde Gabriel García Márquez aprendió a hacer periodismo. Un círculo extraño y enorme de tiempo se ha cerrado en el momento en que ese joven reportero ha regresado, ahora convertido en el maestro.
En la mañana del primer lunes de abril de 1995, ha llegado un grupo de reporteros jóvenes y tímidos –de diferentes partes del país– a recibir las enseñanzas que él quiere proporcionarles.
Muchos de ellos han visto por primera vez de cerca a ese hombre mítico y famoso, han escuchado su voz de hombre satisfecho con la vida que ha forjado.
Y en el fondo de todo eso, rebosante de sentido, cargado de profundas resonancias, está un día remoto de hace cuarenta y siete años, cuando este maestro era un joven tan perdido como ellos que cruzó lleno de susto y de esperanza la puerta de un periódico, ignorando que el secreto que buscaba en ese sitio se veía claramente encima de la puerta que acababa de cruzar.


El Universal, martes 4 de abril de 1995, página cinco.

miércoles, 19 de julio de 2017

Gustavo Arango o el triunfo de una obsesión

Un perfil de Luz María Montoya, publicado en Vivir en El Poblado,
el 20 de agosto de 2010



El escritor y periodista Gustavo Arango, columnista de Vivir en El Poblado y de Centropolis, acaba de ganar en México un nuevo galardón: el Premio B Bicentenario de Novela 2010, con su obra El origen del mundo. Hablamos con él durante la presentación de su libro Impromptus en la isla



Su primera gran aventura  fue atreverse a recorrer solo y sin permiso las seis cuadras de distancia entre su colegio –la UPB– y el Ley de la calle san juan con la Carrera 70. El objetivo, comprar con sus ahorros Un capitán de quince años, de Julio Verne, tenía diez años y una idea fija: ser escritor. Se había aficionado a la lectura gracias a una colección para él mágica: la Biblioteca Básica Salvat, presente en toda casa de Medellín que en los años 70 quisiera llamarse hogar, y se aficionó aún más a las letras cuando aprendió, y de qué forma, cómo sacarle el máximo provecho a un carné de la Biblioteca Pública Piloto.
Por aquellos días finales de su niñez, Verne y Cortázar estaban entre sus preferidos. A este último, la verdad, poco lo entendía pero desde entonces intuía que planteaba un juego interesante y le restaba solemnidades innecesarias a la vida y a la literatura. Eso, sin duda, le gustaba., al fin y al cabo el sarcasmo, el humor y su atracción por el absurdo hacen parte de sus rasgos distintivos. Creció tanto su admiración por Cortázar que, más adelante,. Mientras estudiaba comunicación social en la UPB, se hizo celebre entre sus compañeros por su profundo conocimiento de la obra del escritor argentino y sobre él hizo su tesis de grado, Un tal Córtazar, publicada por la universidad.

Espionaje industrial
Años después, cuando ejercía como periodista en el diario El Universal de Cartagena y su obsesión por escribir seguía intacta, el joven Gustavo Arango no perdía oportunidad de entrevistar a los grandes autores y aplicar en ellos lo que hoy denomina espionaje industrial. Es decir, más que el periodistas, quien les indagaba por sus métodos de creación a escritores como Umberto Eco, Bioy Casares y Tomás Eloy Martínez, entre muchos otros, era el aprendiz de escritor, ansioso por conocer los secretos del oficio; mas que leer sus obras, devoraba las entrevistas donde contaban como hacían lo que hacían. Lo que no sabía en ese momento era que el mejor secreto ya lo conocía y lo aplicaba de tiempo atrás, desde que su profesor de la universidad, Memo Ánjel, le dio el consejo al que le debe la publicación de la mayoría de sus libros: anotar en un cuaderno todas su ideas y pensamientos y no en papelitos, pues se pierden, y si no se pierden no los organiza nadie.
Hoy tiene cien cuadernos con las anotaciones de más de veinte años de observaciones, de recuerdos trágicos y alegres, de ideas para posibles títulos, artículos, capítulos; de apreciaciones sobre la cotidianidad y sobre esos rostros que lo atraen desde siempre, desde cuando se paraba a ver pasar gente en el parque de Berrío, rostros que no han dejado de atraparlo ni en Manhattan, ni en aviones, ni en el metro, ni cuando da sus clases de español y literatura latinoamericana en Nueva York. Gracias a esos cuadernos y a la organización con que los etiqueta por temas, ha logrado hallar el hilo de varios de sus cuentos y novelas y hacerlos publicables. En cuanto a la disciplina, esa con la que trabaja día y noche, la aprendió de otro maestro, del Nobel García Márquez, mientras escribía un libro sobre sus años de reportero, texto que a la postre le abrió las puertas de la academia estadounidense a la que pertenece hace 12 años. Con García Márquez aprendió que para escribir, más que inspiración se requiere músculo, ejercitarse día a día con un trabajo disciplinado, practicar sin tregua para desarrollar la habilidad y evitar que se atrofie. Y como es escritor prolífico, galardonado en distintas latitudes, y ya sabemos cómo escribe, le preguntamos entonces y por último cuál sería su consejo: “Escriba sin pensar, suéltese, porque pensar mucho, bloquea”, nos dice sin dejar de causarnos un cierto desconcierto. “Olvídese de la grabadora y redacte como si le estuviera contando la historia a una amiga”, concluye. Gracias escritor, seguiremos la recomendación, al menos en este reportaje.





martes, 18 de julio de 2017

Rusticatio Mexicana

Rafael Landívar, en la sección "Vidas de artistos",
de la revista Cronopio



Un título atractivo que llame la atención

Texto publicado en El Universal de Cartagena, el 11 de agosto de 1993.


Escuela La Milagrosa

Un título atractivo que llame la atención


La niña de segundo se llama Giovanna y cuando grande quiere ser pintora. Los niños de cuarto y de quinto quieren ser electricistas, beisbolistas, médicos, doctoras, ejecutivas, aviadores o cadetes. Están sentados en una salita cerca del patio de la Escuela La Milagrosa, en Getsemaní. Les hacemos preguntas para un reportaje.
La escuela está en una casa antigua y agradable. Los salones son cuartos pequeños y acogedores. Allí el concepto de educación se está renovando y ese hecho ha sido reconocido por la OEA y el Ministerio de Educación.
Ni en las tardes, ni en las noches, ni siquiera en vacaciones, lo niños se quieren ir.

Un hombre nuevo

Muchas son las críticas que se le han hecho a la educación en Colombia: que no educa, que no forma, que sólo se limita al cotorreo, la repetición inútil de cosas aprendidas de memoria.
Otra de las objeciones es que o imparte conocimientos verdaderamente útiles y prácticos para los estudiantes, que los llena de saberes que nunca podrán aprovechar.
Pensando en esos problemas la escuela La Milagrosa se puso en práctica hace seis años un novedoso programa. Fueron pioneros en Colombia y América. Se adelantaron en cuatro años a las innovaciones educativas de la nueva Constitución.
Lo primero fue hacer un análisis de la realidad del barrio y establecer sus necesidades. Había que estudiar las características de los habitantes de Getsemaní, determinar la influencia del traslado del mercado público a Bazurto e identificar los riesgos principales para la juventud. Luego había que adaptar la educación a esas necesidades. De allí salió un plan de trabajo con cuatro puntos básicos: fomento de las organizaciones juveniles, formación para mejorar la calidad de la educación, talleres de formación creativa y sanidad ambiental.
El trabajo en organizaciones juveniles pretende que los jóvenes lideren grupos de trabajo con proyección a la comunidad. Se busca que más tarde asúmanlas riendas del barrio con responsabilidad.
La formación para mejorar la calidad de la educación busca que los programas educativos se adapten a la realidad inmediata que viven los niños. Se trata de impartirles conocimientos vinculados directamente con su realidad. Así, las ciencias les hablan de su entorno biológico, la historia de los hechos en los que su barrio y su ciudad han sido escenario.
Lo de los talleres es uno de los puntos más exitosos del programa. Como la mayoría de los padres de los niños trabaja todo el día, para evitar que quedaran solos en las casas o en las calles (con el riesgo de las pandillas y la drogadicción), se crearon los talleres. Los niños que estudian pro la mañana asisten por la tarde, y viceversa.
Al preguntarles qué prefieren, si las clases o los talleres, la salita junto al patio se llena de sonrisas y todos reposnden quelos talleres.
Hay música, pintura, danza, historia de Cartagena, teatro y manualidades; cada uno escoge el que quiera.
El último punto del programa es el de Sanidad ambiental. Incluye actividades de restaurante escolar, coordinadas por nutricionistas del Bienestar Familiar, y cuenta con la ayuda de los padres de familia.
Sanidad Ambiental se encarga también de hacerle un seguimiento a la talla y el peso de los niños, de adelantar jornadas de vacunación y consultas médicas. Coordina, además, la farmacia comunitaria.
Los resultados no siempre se perciben con facilidad; pero se están dando. Para la rectora de la Escuela, Cecilia González, el objetivo de todas las personas vinculadas a la escuela La Milagrosa es formar hombres nuevos, con nuevos valores, a quienes el medio no los absorba y manipule. Destaca el papel del Círculo de Obreros y de la Fundación Social de Bogotá, como los principales impulsores del proyecto.
Pide que pongamos un título sugestivo para que la gente lea el artículo y se interese por lo que hacen. Habla de las visitas a las casas de los estudiantes, del trabajo conjunto con los padres. Dice que entre los proyectos futuros está el de extender las actividades de la escuela a la secundaria, para poder hacer una labor más permanente y duradera. Dice que no mencionemos nombres, ni siquiera el suyo, que lo que allí se hace es el esfuerzo de un equipo.
El mundo de los hijos

Al preguntarles qué programas de televisión prefieren, los niños de cuarto responden que La hora Warner, Nubeluz, La batalla final, Los magníficos y Mc Gyver. La niña de segundo responde: “Baila conmigo”.
Tal vez hasta que no cambie todo: la televisión, la sociedad, la familia, no sea posible encontrar a esos hombres nuevos. Tal vez haya que esperar mucho para que los sueños y  los pensamientos de los niños no se endurezcan con los años. Pero, que el mundo no cambie, no es excusa para no intentar cambiarlo. Eso parecen tenerlo muy claro en la escuela La Milagrosa.
Al preguntarles cuántos hijos quieren tener, los niños de cuarto y quinto responden que dos o tres. Sólo Giovanna, la niña de segundo que recoge caracoles en el patio y sueña con ser pintora, responde que no quiere tener hijos, “porque eso es muy maluco”.
Y tiene razón, en parte. Tener hijos es maluco si esos hijos ya no encuentran caracoles en los patios ni les permiten soñar que serán grandes pintores.


El Universal,  11 de agosto de 1993



viernes, 14 de julio de 2017

Primera carta a Mateo

Foto: Valentina Arango

Primera carta a Mateo

Por Wenceslao Triana

Te escribo desde un mundo al que le quedan pocos días, un mundo en el que sólo eres las huellas que te anuncian: esa luna luminosa donde vives, esa cuna con ecos de bosque, ese pato, ese payaso, ese tibio sobresalto con que sueles saludarnos.
Te escribo para hablarte de esta tensa y feliz agonía, de este tiempo arcaico y obsoleto que no te tiene en cuenta, de esta espera del instante en que el mundo se fragmente y multiplique.
Como hace la serpiente -hay serpientes en el mundo, hijo mío, ya habrá tiempo para hablarte de esa mezcla de belleza y de peligro- también aquí nosotros deseamos despojarnos de la piel que nos recubre y desdoblarnos hacia otra que te incluya y te acaricie.
Tienen estos días de la espera un olor de pasado remoto, de tiempo en que no estabas -imagínate- cuando en unas semanas -y durante todo el tiempo que vivamos- será para nosotros imposible pensar en nuestras vidas sin pensarte, decidir nuestros destinos sin contar antes contigo, vivir alegrías y tristezas, muertes y nacimientos, sin que tus sentimientos estén allí presentes.
Y la espera es monótona y suicida. Queremos que el tiempo vuele hasta el instante de tu arribo, para entonces pedirle que no se mueva, que no avance, que no transcurra con su amenaza y su cuenta regresiva.
Y matamos las horas como un niño que se pasa la tarde frente a un hormiguero, obstinado, contando, mirando.
(Algún día te hablaré de las hormigas, hijo mío)
Nosotros contamos y miramos conjeturas. Le ponemos mil colores a tus ojos y a tu pelo.
Tu voz es muchas voces y ninguna.
Llegamos incluso a inventarte unos gestos y sueños, una manera de amarnos y de recriminarnos.
Pero tanto especular cansa, tanto imaginarte teniendo la certeza de estar equivocados, cuando lo que de verdad nos sirve es tu presencia.
Entonces nos armamos de paciencia y esperamos.
Sólo falta que escuches el llamado y que lo atiendas.
Y no olvides que no hay nada que temer cuando empiece el cataclismo.
A pesar del aire intruso y lacerante que traerá de lo profundo el primer grito.
A pesar de esa agonía persistente que es el hambre.
A pesar de esa incansable sucesión de horrores y consuelos que es la vida, procura estar sereno.
Porque aquí hay todo un ejército esperándote, dispuesto a adivinar cualquier deseo, atento a consolarte y a saciarte
Dispuesto a dar la vida, si es preciso, para que sobrevivas y lleves nuestra sangre y nuestros sueños un poco más adelante.
                                                                                                                              Junio 18 de 1997

domingo, 9 de julio de 2017

Morir de sed a cinco metros de un oasis


 Duermo, vivo un sueño extraño, no el sueño sagrado de cada noche, rutinario, de olvido, vivo el sueño palpitante y rabioso de los momentos de vida. Días y días durmiendo poco, cerrando los ojos y al momento abriéndolos, cosas por hacer, actos buscados y deseados, sorber desesperado de unas condiciones muy peculiares de vida, unos pocos días, intensidad nunca antes vivida, quizá nunca después. Duermo. En algún momento la fatiga se desborda, la avalancha de sucesos sin digerir abruma. Entonces ceder, alejarse de la vida, de lo que se querría no dejar, alejarse, ceder, pleno día, gente reunida, escalas vacías, pisos desiertos, ruidos lejanos de gente que opina o aplaude, el cuarto, la puerta, abrirla, cerrarla, la cama, dormir.
Un rostro, una sonrisa que tengo grabados detrás de los párpados. Como si mis ojos fueran una cámara y en mi memoria hubiera quedado impresa la imagen, el retrato de largo tiempo de exposición y diafragma abierto: el rostro, los gestos, los ojos que al reflejar luces son noches abiertas repletas de estrellas.
Ahora no sé. La idea era atrapar con palabras el torbellino, ese vértigo vivido hace unos minutos, la lucha para poder despertar, una lucha que al igual tenía ingredientes de arrojo y de pavor.
Ahora son rostros. No veo el de ella. Me hablan. Casi nadie usa un tono verdaderamente amable. Son duros o fingen sonreír. Reprochan, juzgan: ¡Qué grados de perversidad puedes alcanzar!
Entonces hay que escabullirse de ese sueño, porque es un sueño, se sabe y se tiene claro que se trata de un sueño, hasta se recuerda el cuarto, la cama y el color de las sábanas del sitio desde el que partió. Pero ¿cómo se hace?
Las voces siguen hablando, busco una salida y no la encuentro, estoy atrapado en un sueño, debo escapar, si me es imposible salir hacia el mundo tendré que inventarlo: una sábana tal y como la de la vigilia, un cuarto idéntico, mi cuerpo dormido, hacerlo despertar y descubrir que la fuerza de esa imaginación es incapaz de hacer que mueva el más pequeño músculo. He despertado a un sueño que he inventado, pero me ha sido imposible poder vivir en él.
Ahora hay un grupo alegre, cantan o ríen y aplauden. Algo hace que se dispersen, debe marcharse, yo los veo, veo su alegría, veo que se alejan, soy el primero en ver a la mujer que muere, mi mirada obliga a algunos a observar sus labios apretados, su rostro amoratado. Soy incapaz de decir nada, de hacer nada. Señalo impotente con el índice encorvado y quiero que ese gesto baste para que comprendan que hay que hacer presión en el corazón.  Alguien lo intenta torpemente, sé que el masaje que aplica no será suficiente, que la mujer morirá. Pero me alejo, también yo en ese instante me siento morir.
Entonces de nuevo intento despertar. Siento que la sangre hará estallar mis venas. Debo despertar, debo salir, debo hacerlo; pero, ¿para qué?
Recuerdo el rostro y la sonrisa y los ojos que brillan como estrellas y la voz y la sutil profundidad de ese ser que habita en ese rostro y mucho más allá de él, pero también recuerdo el monumento a mis errores y las fuerzas para despertar se extinguen y me resigno a quedar atrapado en ese sueño, en esa galería de sueños, raros, diferentes, de dormir anómalo. A todo me resigno pues todo me merezco.
Y entonces de nuevo ella, ella obsesión, ella salvación, ella también incertidumbre, ella temor a charla pesada del destino: morir de sed a cinco metros de un oasis.
Es diferente a como es allá afuera. El acercamiento es más tranquilo; la conversación, más reposada; el temor a que no suceda ha desaparecido. Allí, en ese instante, ya ha sucedido, ya estamos del mismo lado, pero soy consciente de que es un sueño, de que esas manos que ya no se detienen el recorrer mi cuerpo pueden desaparecer con el más leve soplo, que no debo permitirme ser emotivo con espejismos cuando afuera hay pasos para dar, acercamientos para promover... pero afuera... y para estar afuera hay que despertar y para despertar las ganas de vivir deben ser mayores que las de morir.
Pero lo intento, sigo intentándolo, me obstino en intentarlo. Vuelvo a imaginar el remoto cuarto en el que todo comenzó, en el que mi cuerpo verdadero duerme, imagino la cama, me imagino a mí mismo, me ordeno despertar, pero sólo mis ojos obedecen. Inmóvil a pesar del esfuerzo, montaña temerosa que mueve sus desesperados ojos, sus tristes ojos, sus desencantados ojos, sus ojos marcados por un rostro, dos noches estrelladas y una sonrisa. Miro el cuarto, sé que no es, pero quiero creer que sí, que si me levanto la vida seguirá como si nada al otro lado de la puerta. Pero sólo mis ojos... esos pobres ojos que son incapaces de estarse callados.

No. Aún no despertaré. Me resignaré a que imágenes pasen como quieran y hagan lo que sea con mi ya fatigado corazón. No luchar más, dejarse llevar por la corriente imponente de un río o por una leve brisa en un cuarto cerrado, el cuarto en el que, si mal no estoy, comenzó todo esto, el cuarto en el que más allá de la puerta está la continuación del sueño recurrente, ese que sigue día a día, ese que se reanuda cuando abrimos los ojos y el cuerpo obedece, sin oponer resistencia, a los actos que le pide un soñador inventor.





sábado, 8 de julio de 2017

37 años de servicio en este lugar

Texto publicado en el suplemento Dominical, de El Universal de Cartagena, 
en alguna fecha olvidada de 1993.



Jardineros de una planta misteriosa

Si el cabello doliera, muy pocos serían los que se lo cortaran. Pero no, no duele (salvo cuando intentan arrancárnoslo), comparte con las uñas la extraña condición de brotar desde nosotros para usos que el tiempo parece que ha olvidado. Forma parte de la larga cadena de servidumbres que el hombre debe a su cuerpo. Su importancia comienza más allá de lo inminente: del aire, el alimento y las funciones cotidianas. Pero cada cierto tiempo nos pide algunas dosis de atención.
Además del matinal peinado y los dos o tres ajustes que el trajín del día nos obliga a realizar, cada cierto tiempo hay que cortarlo, hay que podar su crecimiento de helecho empecinado, hay que reducir a términos manejables su surgir incesante, su aparición como de arena que marca el paso del tiempo, sedosa al comienzo, curtida y trajinada luego, y finalmente blanca, anunciando con su brillo de tarde nublada la llegada del día en que nos peinaremos por última vez.

Los cabellos de La Favorita

Podría decirse que tienen una forma diferente de caer. No hay en ellos esa precipitud del cabello juvenil. Son casi todos blancos o amarillos, resistiéndose a perder por completo su color.
Caen con lentitud, dubitativos, obligados a marcharse por unas tijeras que cantan, que suenan juguetonas mientras cortan alternativamente los cabellos del cliente y los del viento. Poco a poco se amontonan en el suelo, forman uno de los tantos tapetes otoñales que ha lucido ese piso a lo largo de sus días.
Allá van, fragmentos de pasado, ínfimos cabellos que asoman por orejas y narices, cortados con pericia de prestidigitador. Allá van, cascadas plateadas, los largos mechones de ancianos taciturnos que siguen asistiendo a la misma ceremonia de su infancia, cuando llegaron de la mano de sus padres a un lugar de olores agradables, de espejos y de capas, de peines y tijeras, en donde el caos del mundo se solucionaba y de donde salían sintiendo sus cabezas elegantes, olorosas y livianas.
Allá van, contrastes coloridos, los frescos cabellos de los niños que ahora están llegando con sus padres.
Allá van, las caricias, los sudores y las lluvias, los olores y las voces, el silencio,  la soledad, el polvo arrastrado por el viento; caen lentamente y se reúnen, formando un tapete de olvidos, de tiempos que no vuelven, en torno a la silla giratoria de una barbería llamada La Favorita, “37 años de servicio en este lugar”.

En este lugar

Tal vez lo que más llama la atención de La Favorita es la insistencia con el tiempo transcurrido. Por dentro y por fuera, sobre las paredes o en pequeños retablos, se repite la frase: “37 años de servicio en este lugar”.
Podría pensarse que se trata de una queja, o de una línea más de una vida que parece una condena, pero cuando se habla con su fundador y propietario, Ricardo Camacho Olivo, queda claro que esa frase ha sido escrita con orgullo.
El orgullo modesto y sereno de haber sobrevivido el paso del tiempo, de haber dejado atrás los años en que desde La Favorita se veía el tránsito farragoso de los burros trayendo yucas, frutas de Turbaco y casabe, la terca odisea de los buses que viajaban a Barranquilla y llevaban cadenas en las llantas para no quedarse hundidos en el barro, los tiempos gloriosos de la casa Galicia, cuando a ella llegaban los españoles que huían del generalísimo Franco y de la muerte.
En esa frase obstinada está un orgullo que se remonta a tiempos anteriores a La Favorita, a episodios que ya casi nadie puede recordar, a tardes disueltas de un pueblito llamado Villanueva, donde la única oportunidad de salir adelante era emigrar y donde Ricardo Camacho Olivo, casi por la misma época, conoció a su esposa y aprendió su oficio de Micoballo, el mejor torero del pueblo, del que la gente decía que tenía secreto, porque hasta era capaz de besarles a los toros los cuernos.
Está el orgullo de la ardua lucha para tener un negocio propio. La llegada de la bomba de gasolina que quedaba frente a la iglesia de madera de María Auxiliadora. La silla de cuatro patas con que se instaló en la bomba. Su paso por el Terminal Marítimo. Su trabajo en el centro, en la barbería del señor Arroyo, que quedaba entre los teatros Colón y Cartagena y donde marinos y cachacos le hacían cola para que los motilara y le pagaban con dólares y le daban cigarrillos Lucky y Camel, que eran los que más se fumaban.
En ese 37, que deja ver que antes en ese sitio estaba escrito un 36, está el orgullo de haber traído al mundo una idea surgida mientras motilaba en la silla prestada del señor Arroyo, cuando entre charla y charla, entre opiniones sobre béisbol y política, entre conversaciones sobre cine con Meporto, que en una noche se veía tres películas, entre las idas al Club Cartagena para afeitar al famoso Vicentico Martínez y a Fulgencio Lequerica (porque él, “Camachito”, como le decían, era el único que se aguantaba esa vaina de afeitarlos mientras echaban cuentos, se paraban, escupían, y el los seguía con su paño al hombro), entre todo eso, surgió la feliz idea de independizarse, de volver por los lados de la iglesia de María Auxiliadora y fundar La Favorita, en un tendal de zinc que abrigaba del viento y la lluvia a Ricardo Camacho Olivo y a la primera silla giratoria de su propiedad.

La Favorita

Ahora, frente a la Favorita, frente a la zanja que pasa por su entrada y que en épocas de lluvia recuerda a Venecia, pasa el rugido incesante de una enorme ciudad que va y viene en vehículos repletos. Lo que antes eran las afueras apacibles ha sido inundado por una violenta marea de barrios.
Allí, entre el puente de Bazurto y una iglesia de María Auxiliadora construida “en material”, sigue persistente y orgullosa, la barbería La Favorita, ahora pintada de amarillo, con las franjas distintivas azules y rojas, y con tejas de Eternit, ofreciendo sus servicios sin moverse de lugar.
A pesar de los gritos de la moda, a pesar de que las viejas barberías parece que correrán la suerte del dinosaurio, sigue ahí, acogiendo parroquianos que no admiten que les corten los cabellos en un sitio impersonal.
Sigue, con sus sillas de espera compradas por club en la Casa Mato en el año 42, recibiendo a sus ancianos peludos y con ganas de conversar, con una silla giratoria más alta y resistente que la primera que hubo, con sus espejos enfrentados que proponen laberintos, con la foto del estadio Once de Noviembre recién inaugurado, cuando Torices fue campeón con el equipo que dirigió el zurdo Castro, con un letrero que dice: “No fío porque me causa molestia”, con la foto del conjunto musical del hermano del propietario, cuando se presentó en Sincelejo hace 45 años, con dibujos tomados de viejos almanaques, con los restos de una pequeña y rústica silla giratoria y con letreros que insisten en que La Favorita ya lleva 37 años sirviendo ene se lugar.

Concierto para tijeras

“En mi familia hubo muchos músicos. Mi abuelo, Miguel Olivo, fue un músico muy famoso de trompeta y clarinete. Vivió ciento y pico de años. Firme, No perdió ni un solo diente. Yo lo motilaba a él y me daba uno o dos centavos. Viajaba mucho con músicos a Panamá. Recuerdo que una vez trajo una ortofónica como la que salía con un perro en los discos de la Victor”.
“Mi hermano, Crescencio, compuso varios porros con Rufo Garrido. Recuerdo que cuando hacían presentaciones en Tesca llegó a cantar con ellos la mujer de Lucho Bermúdez, la que –después de que él se la llevó para Bogotá– se casó con un hijo de Alberto Lleras”.
“Yo no. Lo único que me ha gustado es mi oficio”, dice mientras sus tijeras entonan una melodía juguetona, haciendo varios cortes de aire entre cada corte de cabello.
“Aunque he hecho otras cosas. He negociado, he matado ganado y he vendido carne y queso. Además, mi esposa también me ayudó a levantar los cinco hijos. Ella era modista y hacía dulces y pudines. Murió hace dos años y medio. Estuvimos 46 años casados”.
Su voz es pausada, con la misma placidez con que sus manos manipulan las cabezas de los clientes. “Siempre hay que tener buen humor para atender al cliente. Mi padre, que estudió con sacerdotes, me decía: ‘Nunca hagas mal, perdona al que te haga mal’. Por eso he tratado siempre de estar lejos de los problemas. Cuando alguien viene borracho a que lo motile, le digo que la cantina queda al lado. Fácilmente hace un movimiento brusco y lo puedo cortar. Cuando alguien pide que le fíe, le digo: ‘Lo que tengas, dámelo’; al que le fío no vuelve”.
En La Favorita tiene vigencia el lema de que el cliente siempre tiene la razón. Don Ricardo les habla a sus clientes, les pregunta, les pone temas; pero a la hora de discrepar guarda un silencio sellado con una sonrisa amable.
Dice que su principal diversión eran las fiestas de los pueblos. “En los pueblos, la vaina es más sabrosa”. Se iba dos o tres días a beber y a tomar sancocho con los amigos. Cuando las fiestas eran cerca, su esposa le mandaba ropa con alguno de los hijos, para que se cambiara.
Una vez volvió un cliente que había estado en otros países, que “estuvo hasta en México”, y se sorprendió al ver que seguía con la barbería en el mismo lugar. “Estás como un pájaro en una jaula”, le dijo. Cuando el cliente le preguntó qué había sido de su vida, le respondió con tristeza resignada que las salidas a los pueblos se habían acabado, que ya las fiestas no eran como antes, con decimeros capaces de improvisar toda la noche, que desde la muerte de su esposa se había dedicado por completo a su labor.
“Me ha encantado mi oficio. Cuando alguien me pide que lo motile o lo afeite, nunca le digo que no. A veces los atiendo en la puerta de mi casa, o en el patio, porque yo siempre ando con mi instrumental. Aquí llegan taxistas, celadores, viejos y nuevos. Viene gente del Centro, de Crespo. Tengo clientes de todos los barrios”.
“No me quejo. Para eso están las puertas abiertas; para trabajar. Yo los espero. Cuando no hay luz, trabajo con mi máquina de mano, de las antiguas. Tengo un equipo antiguo.
“También tengo mis clientes a domicilio, que están imposibilitados para venir. Yo voy. Cuando estaban útiles venían. Ahora, yo voy.
“Hace poco pasó algo que me llegó mucho. Murió el viejo Cabarcas. Se había jodido la columna y yo iba todos los sábados a afeitarlo. El sábado pasado fui a buscarlo y me dijeron que había muerto el día del aguacero. Esa vaina me llegó. Porque yo iba, le echaba su cuentecito y la vaina. Eso a un enfermo le sirve. No es que se va a curar, pero le agrada que le hablen”.
Entonces, bajo letreros orgullosos que hablan de pedazos gigantes de tiempo, cuando la marea de clientes ha bajado y lo temas se vuelven más personales, Ricardo Camacho Olivo se encuentra con el tema de la muerte.
Dice, como quejándose, que cada vez son más los que se han ido. Recuerda a Dionisio Pájaro, que se encorbataba los domingos y se sentaba en la puerta de su casa a beber ron. “En semana venía aquí, pasaba el día, y de aquí salía a almorzar a su casa”.
Se pierde en el tiempo y rescata a otro amigo. “Pisingo. Se motilaba conmigo. Se quemó en el mercado el día del incendio. Hacía una bebida muy sabrosa con huevo, nuez moscada y leche y un poquito de vino”.
Y al enfrentarse  a la idea de su muerte, Ricardo Camacho Olivo dice con voz de niño asustado que no se quiere morir.
Sus tijeras ahora sueltan una tonada nostálgica. Esgrime como argumento que su oficio le ha encantado y luego aprieta los labios y sus ojos parpadean detrás de las grandes gafas que le brotan de las canas y parece imaginar que se morirá de tedio el día que no tenga que volver a motilar, el día en que sus tijeras no vuelvan a interpretar esa vieja melodía que hace treinta y siete años se escucha en ese lugar: tres mechones de viento y uno de cabello.




viernes, 7 de julio de 2017

A la hora de los sueños

Texto publicado el  El Universal de Cartagena, el 17 de septiembre de 1995


 Primero amaneció a las dos de la mañana. Cómodamente sentado sobre el vacío, en una velocidad con apariencia de quietud, el sujeto de marras esperó con ansiedad el momento del encuentro con la luz.
Casi desde el momento en que el avión alzó el vuelo –y dejó al cangrejo luminoso adherido a esa noche de viernes–, el sujeto pegó a la ventanilla del avión su rostro de periodista roedor para no perderse ese momento en que ocurriera el prematuro amanecer.
Y pronto amaneció. Los pasajeros para quienes el vuelo de Madrid no era algo de rutina pudieron ver, a eso de las dos de la mañana, un rasguño de luz en el horizonte de las nubes, y más tarde un creciente resplandor irisado que ya para las tres tenía aspecto de día soleado.
Media hora más tarde, ya la luz era difícilmente soportable y las nubes flotaban sobre el Atlántico obligaban a entrecerrar el desconcierto trasnochado de los ojos.
Como a las cuatro terminó la monotonía del mar, y la península ibérica dejó de ser un mapa en un papel para ser una extensión reseca, un vasto territorio apabullado por la furia del sol de ese verano.
Poco después de las cinco de la mañana el avión empezó a descender hacia Madrid.
“Estás en España”, se dijo el sujeto de marras, contento, asustado y con el sueño embolatado.
La voz del capitán anunció que pronto sería el aterrizaje en el aeropuerto de Barajas, que había 38 grados en Madrid y que era la una de la tarde.
“Barajas”, se susurró el sujeto. “¿Dónde he oído ese nombre?”


* * *
Madrid está desierto. La ciudad del oso y del madroño es un pueblo fantasma de amplias avenidas y edificios monumentales que se cocinan bajo el verano. Este año, los relojes públicos han llegado a señalar temperatura de 45 grados centígrados alrededor de las cuatro de la tarde. Todo está funcionando a media máquina. Más de media ciudad se ha marchado en busca de las playas, y los que quedan prefieren la frescura artificial que puedan tener dentro de sus casas.
Las calles son de nadie y para nadie.
En el mercado municipal solo permanecen abiertos doce de los cuatrocientos puestos comerciales.
De los 1.200 quioscos de revistas y periódicos, poco más de quinientos se abren en esta época. El País, con un tiraje reducido, es el único periódico que consigue agotarse.
De las 1.794 farmacias con que cuenta la ciudad, sólo permanece abierta la mitad. Los antidiarréicos y las cremas protectoras contra el sol son los productos con más demanda. La deshidratación y las complicaciones respiratorias son los males de moda.
Los taxis y automóviles se reducen a la mitad y por unos pocos días la ciudad se ve libre de algunas de sus peores pesadillas: el ruido y la congestión.
El metro parece el escenario de una película de terror. Las estaciones son túneles luminosos y desiertos en los que podría hacer de las suyas cualquier destripador. La mendicidad cambia de vagón en cada estación.
Los cuerpos de Policía reducen sus efectivos y algunos son ubicados en las ciudades costeras.
Las calles de ese escenario semidesierto les pertenecen a los turistas, los madrileños que van al cine o a algún concierto,  las prostitutas y traficantes de la Gran Vía y los ladrones que están buscando pisos vacíos.



* * *
Una hora después de aterrizar, el sujeto de marras llegó a la dirección que le había dado el director del Archivo Histórico de Cartagena, entró a un ascensor viejísimo que aún sube y baja por la fuerza de la costumbre y halló el hostal Espada en el tercer piso, un piso más viejo y decrépito que sus ancianos propietarios.
El resto de esa tarde (que en el sitio que dejó era una mañana) lo invirtió en recorrer el paseo de la Castellana, en engordarse el pecho de orgullo frente a las esculturas de Botero –una mano a punto de hacer un gesto obsceno y una gorda aperezada– y en buscar uno de los lugares que más le interesaba conocer en toda España: el Museo del Prado.
Se sintió como una pulga frente a las meninas, tuvo miedo de Goya, debió vencer la tentación de tocar los dibujos de Miguel Ángel y sonrió ante la remota y aún escandalosa irreverencia del “Jardín de las delicias”.
Pronto fueron las nueve de la tarde y las diez de la noche y el sujeto de marras creyó que podría dormir como solía hacerlo en las noches de la tierra lejana. Pero nada, luchó con sus párpados en el cuarto del hostal Espada y salió derrotado.
Vio llegar el domingo por un patio sombrío y gastado.



* * *
“Dime cómo descansas y te diré cómo eres”, se dijo el sujeto de marras al salir a las calles del domingo.
Con un mapa en la mano, buscó la manera de llegar hasta una enorme mancha verde identificada como el parque del Retiro.
Allí buscaría el actual rostro de España, la famosa madre patria.
Vería qué quedaba de ese pueblo esplendoroso que hace casi cuatro siglos era un reino donde el sol no se escondía, un reino desmesurado y de armadas invencibles que al final fueron vencidas.

* * *
“Y Madrid, ¿os ha gustado?”
La anciana señora se interesa por saber la opinión del colombiano que acaba de conocer en el autobús de la ruta circular. Se encuentran en las inmediaciones de la puerta de Toledo.
Después de vencer la prevención que le produjo el extranjero que estaba al lado del único puesto libre, la mujer que hace décadas fue bella –y que goza de los beneficios tarifarios para la tercera edad– empezó a comprender que no toda la gente es como la pintan en la televisión y en los diarios.
“Muchísimo. Me tiene deslumbrado”
“Madrid fue bellas hace muchos años”, dice mirando con disgusto a través de los vidrios panorámicos. “Ahora es sucia, ruidosa, no es ni la sombra de lo que era”.
“Y sin embargo es bella”, dice el colombiano.
“No”, dice la anciana, en quien el colombiano cree ver lejanos rasgos de su abuela: las cejas tupidas que contrastan con la piel.
“Colombia”, dice la mujer, cambiando de tema. “Aquí sólo llegan noticias malas”.
“Sí, es como una marca. Pero es más la gente buena, aunque resulten más llamativas las cosas malas”.
La mujer da señales de creer lo que le dice el colombiano.
Poco antes de dejar el autobús, le pregunta, como si ser colombiano resultara suficiente para saber la respuesta:
“Decidme algo, que yo no entiendo. ¿Por qué mataron a ese muchacho, al futbolista? A mí me parece algo exagerado”.

* * *

Hoy España es un país que se lamenta y se dispone con modestia a formar parte de Europa.
España mira escéptica su historia y desconfía de su propia identidad, sabe que la tierra que hoy ocupa fue un día de los iberos, y después fue de los griegos y después de los romanos.
No es fácil olvidar que casi toda la península fue ocupada por los árabes, durante ocho largos siglos, en un tiempo de apogeo que hoy a muchos les despierta la nostalgia.
Pesa, como un lastre de oro y plata, el mundo católico que erradicó a los moros y trajo algunas décadas de gloria y una decadencia que no acaba.
Y en las épocas recientes aparecen más motivos que permiten lamentarse. España aún no cicatriza las heridas de cuarenta años de férrea y embrutecedora dictadura.
España hoy es un pueblo de personas descontentas que quisieran olvidarse del pasado y se enfrascan en asuntos inmediatos: la obstinación terrorista de los vascos, la aparatosa decadencia de González, la sanción –finalmente retirada– contra el equipo de fútbol Sevilla.
Pero España es también un pueblo que espera con paciencia –porque sabe que la gloria se construye con los siglos–a que llegue otro momento en que la tierra se ilumine con su genio.



* * *

Al llegar la Cibeles, el sujeto de marras ascendió la leve cuesta de la puerta de Alcalá y recordó una canción muy popular.
Dio un rodeo a la puerta que ya nadie cruza y se encontró de frente con el parque del retiro. Allí encontraría a la sufrida España, capoteando el domingo.

* * *

La joven señora aminoró la velocidad del coche de bebé, calculó la nacionalidad y la peligrosidad del sujeto que ocupaba la banca del parque y decidió que no habría problema, que podría sentarse.
Después de sonreír, se ocupó de la niña, la reacomodó en el coche, le puso el tetero en la boca.
La niña no dejaba de mirarlo, abría asombrada los ojos hacia esos rasgos diferentes a los que solía ver.
“Se está comprometiendo”, dijo la madre.
“Sus ojos son muy bellos. ¿Cómo se llama?”
“Blanca”, dijo la madre, y así empezó una charla interplanetaria.
“¿Por qué nacen tan pocos niños en España?”
“La gente piensa en tener su situación económica resuelta antes de comprometerse a tener niños. Pocos se atreven, sino tienen primero su casa propia, auto y una renta suficiente que garantice la educación de los niños hasta niveles universitarios”.
“En el sitio de donde vengo es diferente. Hay un refrán que dice que cada niño viene con su pan debajo del brazo. Allá primero se tiene el niño y después ya se verá”.
“Pienso que debería ser así. Al menos las cosas no deberían ser tan programadas. Todo tan calculado y premeditado”.
Minutos más tarde, la niña estaba exhausta por su curiosidad y empezó a dejarse envolver por el sueño.
El sujeto recordó que llevaba muchas horas sin dormir.
La madre se confesaba:
“Me cansa todo esto. Me resulta absurdo estar todo el tiempo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. La gente siempre de prisa, pensando en el dinero, los impuestos”.
El sujeto de marras pensó que una de las características principales de la naturaleza humana es la de estar insatisfechos, la de sonar con perdidos paraísos donde vivir sea algo placentero.
“Yo siempre soñé con irme a vivir a una isla remota, a un lugar tranquilo y sin prisas. Una vez tuve oportunidad de marcharme a Tailandia, pero al final desistí”, dice con sus ojos perdidos en la gente que pasa.
Es joven. Ha encontrado en su hija una forma de fe. Parece liberada del peso de sí misma. Sabe con alivio que su vida desde ahora será la vida de esa niña de enormes ojos cerrados.
Cuenta, como por decir algo, sin envidiarlo ni lamentarlo, que una amiga suya tuvo el coraje de marcharse.
“Fue hace unos años a la India, para estudiar yoga.  A su regreso me hablo de la pobreza, de las mujeres que regalan a sus hijos porque saben que quienes los reciban podrán darles mejor vida, creo que no soportaría ver todo eso.”
Antes de marcharse con su bella durmiente, concluye:
“Ahora mi amiga se ha ido a un monasterio en el Tibet. Aquí lo tenía todo y prefirió dejarlo. En una carta me dice que con 7 mil pesetas tiene para vivir y que incluso le sobra. Aquí no alcanza ni con cien mil.”
Se despide y se aleja con el sentido de su vida en un cochecito azul y blanco.



* * *

Y el parque del retiro lo invadió como un sueño.
El sujeto de marras pensó que a su tierra le hacían falta muchos parques como ese, que la civilización puede medirse por el número de parques y de fuentes, por los lagos y los patos que las ciudades alberguen.
La vida, por pesada que sea en todas partes, se vuelve más soportable con lugares donde las prisas queden atrás y todos pasen comiendo ricas semillas de girasoles y una gitana lea el destino que hay en sus manos.
La larga y fatigosa decadencia se hace llevadera y soportable si hay un espacio para encontrarse con los fantasmas o con un genio que ya ha cumplido los tres deseos.
La vida es juguetona y también emocionante si podemos encontrar nuestros demonios jugueteando entre las ramas de los árboles.
Un consuelo profundo y relajado nos invade si encontramos que alguien plasma en un lienzo un pedazo de paisaje.
Nuestro pulso se reanima si encontramos a una chica vestida de gitana que recita poesías o a una mujer que hace yoga y va en busca de su esencia con sutiles movimientos.
“Ahí está la diferencia”, pensó el sujeto de marras. “En la forma de pasar por los domingos se ve clara la ventaja que nos llevan: en los ancianos que juegan, en las charlas navegadas por pesetas”.
“España es u país exorcizado”, siguió pensando el sujeto mientras hacía que sus pasos lo llevaran al origen de una dulce melodía que venía entre los árboles. “Añora algo de infierno, en este paraíso al que ha llegado”.
Un flautista, un guitarrista y un bajista entonaban para un público apacible dulces temas barrocos.
A espaldas del flautista, un perro escuchaba con ojos entrecerrados.
El sujeto de marras buscó un lugar en la hierba y se acostó a escuchar.
El adagio de Marcello le recordó a su hija, que a esa hora estaría soñando en esa tierra donde este pueblo dejó sus furias abandonadas.
Miró su reloj. Calculó que allí serían las cinco de la mañana. Recordó que llevaba muchas horas sin dormir y poco a poco, fatigado y feliz, dejó que lo envolviera la distancia.