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miércoles, 8 de junio de 2016

Nos cogieron, Escalera

"Man inprison uniform", Terence Cuneo.

Con mi nombre he tenido una curiosa relación. En mi primer día de prekinder me quedé sin media mañana porque cuando llamaron a “Arango Toro Gustavo Adolfo” me dije: “Qué parecido ese nombre, qué hermosa trasposición, quién será el afortunado”, pero concluí que al que llamaban era otro. 

Me ha llevado más de media vida discutir con misia Nubia el hecho de que me quite el Adolfo y el Toro, pero desde el principio me pareció pretencioso y desconsiderado con la gente que usara un nombre tan largo. Hay primos que se unen a la protesta. Pero lo del Toro es cosa seria. A miembros de esa familia les debo la vida, pero a otros les debo el haber conocido el infierno aquí en la tierra. Aparte de que he sido una suerte de antitaurino (aunque con ciertos antitaurinos da ganas de salir al ruedo).  Al tomar la decisión también pensé que el Toro se prestaba a chistes flojos sobre animales y decidí mandarlo a pastar. Con el Adolfo la cosa es distinta. Más allá de la obvia referencia al genocida, juntar el Gustavo y el Adolfo nos conduce a un poeta cornudo y enfermizo al que no quedó mucho que envidiarle.

Así que ya llevo un buen rato llamándome Gustavo Arango. Al comienzo disfracé el Adolfo y el Toro con iniciales, pero después logré deshacerme de ellas. Ahora la relación que tengo con mi nombre conoce una nueva dimensión, pues en el mundo en que vivimos es muy fácil saber en qué andan los tocayos. Está bien, lo admito, estoy suscrito a una notificación de Google que me anuncia cuando mi nombre aparece en la red. Piensen lo que quieran, lo más seguro es que piensen mal y acierten. Pero lo curioso es que además de mis andanzas o de lo que se dice de mis libros, el servicio también me dice en qué andan los que van por el mundo con mi nombre. 

Así he podido saber que hay un Gustavo Arango diseñador, que trabaja para reinas y celebridades. Supe que es de Cali pero vive en Puerto Rico, supe que adoptó un par de niños, supe que las estrellas ascendentes se mueren por que las vista. No creo seguir pecando de vanidad si afirmo que de los Gustavos Arango posibles, el diseñador y yo somos los más notorios. He visto páginas en las que hablan del modisto y por error han puesto mi fotografía. También en una ocasión apareció en México un artículo sobre una novela mía, ilustrado con el mucho más agradable semblante de mi homónimo.  En momentos de ocio he pensado que una de las formas de salir de pobre será proponerle a Gustavo Arango que escribamos un libro con sus memorias.

Pero, a medida que el mundo se estrecha entre las redes, han venido apareciendo otros dueños de mi nombre.  En Twitter hay un muchacho que vive para twittear y a veces twittea tanto que no deja de acertar. Su estilo es leve y ocurrente. He podido saber de un tocayo nadador y de otro político mejicano. En estos días supe de otro que lleva cinco años en algún lado y que todos los días va al parque con su hija Maya, “una pequeñita que les arroja puñados de maíz a las palomas”. Hace unos días vi con horror que una funeraria anunciaba mi sepelio para el 25 de junio (escribo el 7 de junio ésta que podría ser la última), y he podido comprobar que hay un “troll” que se escuda en mi nombre para vomitar veneno en las secciones para comentarios de los lectores.

Ya que andamos en esto, tengo que confesar que el haberme dedicado a la literatura me ha enfrentado muchas veces a la inevitable confusión fonética con Gonzalo Arango. Algunos entrecierran los ojos pensando que mi nombre les suena familiar y yo me aprovecho para poner cara de “más le vale”. Pero es de los Gustavos que estamos hablando.

Con el tiempo he llegado a sentir algo que podría llamar orgullo colectivo por mi nombre. Cada logro de esos desconocidos lo celebro como mío. Siento que el nombre por sí mismo tiene buena vibra. Incluso los que obran mal obran bien mal o son muy buenos malos. Pero, de todas las aventuras que he tenido con mi nombre, ahora prefiero la que tuve esta semana. En el municipio del Valle de donde es Blanca Irene capturaron a una banda encabezada por un hombre al que llaman el Negro Aidé. Junto a él fueron puestos presos sus compinches: el tuerto, masacre, boca de pato, pelo de cobre y escalera. Y adivinen cómo se llama el más servicial.





domingo, 17 de abril de 2016

Como almas en pena

Un fragmento de Resplandor (Ediciones B)
La novela será presentada en la Feria del Libro de Bogotá,
el sábado 23 de abril a las 4 p.m.
Conversatorio con Esteban Carlos Mejía.
Auditorio Madre Josefa del Castillo.




Es la noche de Año Nuevo. El primer sol no ha salido todavía. Junto a las taquillas de la estación de trenes de Colombo hay una multitud que se apretuja. Hay una urgencia inexplicable en todo el mundo. Todos quieren llegar a su destino. En medio del tumulto está el viajero, levemente angustiado, algo desconcertado. En el lugar de donde viene la gente no se agolpa: todos esperan su turno, pacientes, civilizados.
El edificio principal de la estación es un caserón enorme que poco habrá cambiado en los últimos cien años. Las paredes y los techos no ocultan sus remiendos ni los trazos caprichosos de la humedad en el aire. El viajero vuelve a sentir que la distancia que lo separa de su mundo —de esos mundos que resultaron siendo suyos por elección o por nacimiento— no es sólo geográfica. Hay algo en el ambiente de Sri Lanka que lo hace sentir que cae hasta tiempos remotos, que regresa de un sueño, de una ilusión sin gracia.
El lugar está aún en tinieblas, y el viajero intenta abrirse paso, desatar ese nudo de gente exaltada. Una lámpara del alumbrado de la calle arroja una luz débil que apenas sirve para delinear las sombras. Los cuerpos se juntan y se empujan. Los rostros de ojos negros se hablan y se responden, se escupen sus alientos sazonados.
El viajero se pregunta cómo podrá llegar a la taquilla —donde el tumulto se eleva como una ola, y algunos se alejan triunfales pisando cabezas—, para no perder el tren de las seis de la mañana. El reloj de brazos fosforescentes le dice que el tiempo apremia —lo compró al otro lado de la calle, en el Pettah, la primera vez que visitó Colombo—. Sonrió al recordar el precio irrisorio. También su morral lo compró allí —se lo acomoda en el pecho—. Siente la alegría soberbia de saberse ligero de equipaje. Vuelve la atención a las angustias de ese instante. Muchos vinieron a Colombo a celebrar con sus familias la noche de Año Nuevo. Ahora procuran regresar.
En medio de ese amasijo de brazos y de piernas, el viajero intenta serenarse. Piensa que todo saldrá bien, que en las taquillas venderán los boletos a tiempo para que todos tomen sus trenes. Se dice que el asunto será sólo un contratiempo pasajero, otra anécdota curiosa que podrá contar a su regreso. Si regresa. Si no muere en Sri Lanka. Si no es que ya está muerto. Siente la improbabilidad y la rareza de lo que está viviendo: ese instante perdido en la vida de un hombre perdido en la vida de un mundo perdido en un vasto universo perdido.
Incapaz de moverse a voluntad, decide tener paciencia. Mira los rostros oscuros, los ojos de terror que parecen flotar en aguas fosforescentes. Aprecia la música de ese coro de voces que no entiende. Vuelve a la meditación fugaz de los últimos días. Se repite: “Estoy en Sri Lanka”. Se dice que pronto hará dos semanas que llegó. Hace un breve inventario: Punta Galle y Colombo, Makola y Kelaniya, la montaña de Adán, Gampola con Sunethra, Kandy la incandescente. Sabe que en esos días han pasado más cosas que en el casi medio siglo que lleva en este mundo. Piensa que parece estar escrito, en algún libro allá en el Cielo, que la luz del primer día del año lo encontrara perdido en ese mar de gente, en la estación de trenes, de donde partiría a otro sitio entrañable y aún no visitado: Anuradhapura, la imponente y voluptuosa primera capital, allí donde llegaría, dieciséis siglos tarde, a su cita con Fa Hsien.
Pero antes de llegar a Anuradhapura tenía que llegar a la ventanilla de la estación, y el tiempo transcurría; y en lugar de avanzar, retrocedía. Por un momento, consideró aceptar su derrota: esperar hasta que fuera imposible abordar el tren, buscar zafarse de ese enredijo de gente y regresar en bus a casa de Mala y de Praxíteles, para arrojarse en el sofá de la sala y decir —como la zorra— que, al fin y al cabo, las ganas de visitar Anuradhapura no eran tantas. También Merton se quedó sin visitarla; pero en ese mismo instante era igual de difícil darse por vencido que seguir intentando llegar a esa taquilla, donde se formaba una montaña de hombros y cabezas y brazos que extendían billetes y bocas que les gritaban a los agobiados funcionarios.
El hombre que estaba delante se volvió para hablarle e indicarle con gestos enfáticos que tres amigos suyos que acababan de llegar tenían todo el derecho de incorporarse con él a la fi la. ¿Qué podía decir? No hablaba singalés. Stuti, la única palabra que sabía no había sido necesaria en esa isla hasta cuando llegaron los europeos a adueñarse de todo. Era poco probable que el hombre entendiera alguna cosa de su inglés aparatoso o de su latín mostrenco. De inmediato sintió que lo empujaban. Miró atrás y vio cuatro o cinco rostros enfurecidos que le hablaban con manoteos dificultosos. Temió que ocurriera una tragedia. “Una avalancha de gente como las que ocurren en La Meca”, pensó. Esa muerte no la había considerado. Imaginó su nombre en la lista de las víctimas que darían los noticieros. Imaginó las reacciones de conocidos y parientes al otro lado del mundo. Entonces alzó la mirada al techo manchado de humedad, vio las ruinas polvorientas de una vieja telaraña, y se resignó a que lo arrastrara ese vaivén de almas en pena.




lunes, 11 de abril de 2016

Noticias de Resplandor, la historia de un monje que buscaba un libro.

Una reseña de Esteban Carlos Mejía en Vivir en El Poblado. Abril 22 de 2016.


Leer la reseña en Vivir en El Poblado



Una entrevista de Ángel Castaño Guzmán, en Arcadia.
Abril 11, 2016.


Leer la entrevista en Arcadia.


Una entrevista para la emisora Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, durante la Feria del Libro de Bogotá 2016.



Libro recomendado en El Colombiano.



En la Librería Nacional de Unicentro y Hacienda Santa Bárbara en Bogotá.
Abril 1, 2016.





Abril 1, 2016





*


La primera reseña



Leer la reseña de Gustavo Colorado en miblog-acido.


*


Marzo 4 de 2016: Ya existe!! Pronto estará en librerías.






martes, 29 de marzo de 2016

Resplandor en la Feria del Libro de Bogotá

La novela Resplandor será presentada en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 
el sábado 23 de abril de 2016, a las 4 pm 
en el auditorio Madre Josefa del Castillo.

La presentación estará a cargo de Esteban Carlos Mejía.


Ver la página del autor en el sitio web de la Filbo.




Firma de libros...






jueves, 5 de noviembre de 2015

The Land of the Crazy Trees and other stories

“If you want to remember what you’ve lost, and now you’re searching restlessly, praying for the time and strength to make it, then you will have to travel to the land of the crazy trees.”


Includes the stories:
His Last Word Was Silence  
I Confess that I’ve Killed
 The Land of the Crazy Trees 




viernes, 10 de abril de 2015

En la Feria del Libro de Bogotá

Todos están invitados a las presentaciones que tendré en la Feria del Libro de Bogotá: 




Jueves 23 de abril:

4:30 pm, Encuentro Internacional de Periodismo, homenaje a García Márquez: "Los años de formación”: El Universal y el Heraldo (1948-1952)". (Organizan la Filbo y Universidad Externado de Colombia).

Viernes 24 de abril:

6:00 pm: Presentación del libro "Gabito nuestro de cada día" (Collage Editores). Auditorio Álvaro Mutis.

Sábado 25 de abril

2:00 pm: Presentación de Santa María del Diablo (Ediciones B). Salón JOsé Eustasio Rivera.

3:30 pm: Encuentro Internacional de Periodismo, homenaje a García Márquez: "Las novelas periodísticas".





domingo, 29 de marzo de 2015

The Land of the Crazy Trees and other stories

Coming soon...
Translated by Sean Cook



Chapter 22

When I was about ready to give up, when I started to firmly believe that Mia Swenson had lied or was delirious, that there was no such land, with no such trees, when I had started to go back and forth from one end of the earth to the other –as I had traveled before among books, feeding my curiosity about trees– thinking that I had resorted to my old obsession without even knowing the cause behind it, the Toothless Sailor came to my rescue.
It might seem rather ironic, me talking about rescue, if I were to say that when I met my savior he was lost in an extraordinary drunkenness, in the corner of some godforsaken bar on the Island of Cucumbers. I had gone there to see the trees that lay down to go to sleep, but my run-in with that man changed my intentions and my life. This story wouldn’t be what it is if I hadn’t walked into that place, if I hadn’t paid any attention to the roar of laughter, or the paradox of his perfect glimmering-white teeth.
My interest was first captivated by those teeth that he exhibited with pomp and pride. It seemed strange to me that everyone there knew him as the Toothless Sailor. I looked at him from the bar, presiding over his table, absolute master of all stories. Sometimes, the inebriation would get the best of him and his head would fall to the table and he’d start to snore, but he’d always get back on track, and I’d wait for him to let loose a big burst of laughter to see if any of the thirty-two pieces were missing. But all were accounted for.
There I was, amazed, when I saw him put his peg leg over the table and proudly declare:
“It’s made out of wood from the Land of the Crazy Trees, a place from which almost no one ever leaves.”
I feel like it was an eternity before I could really understand what I had heard. I knew that it was the confirmation that I had been looking for since I left Princeton. Two people talking about the same thing made it real. So the one place on earth where my entire life would have clarity was actually real.
I tried to find a way to join the conversation. I waited for the Toothless Sailor to come to from one of his sleeping episodes. I took advantage of his slumber to glance at the strange murkiness of his peg leg. I knew that as much as I might try, I would never be able to imagine just how that place would give me the answers I was searching for.
The Toothless Sailor lifted his head up, but it seemed like he was so drunk that it would be difficult for him to carry on a conversation. Some of the patrons got up and left in search of other entertainment. I took a seat beside him and said:
“Excuse me, sir. I’d like to know a little more about the place you’ve mentioned.”
“Place?”, he said. “What place are you talking about? You’re delirious, boy.”
“I’m talking about the Land of the Crazy Trees.”
“What?”, said the Toothless Sailor with a lost stare, raising his eyebrows, trying with that movement to keep his face from falling back on to the table.
“The Land of the Crazy Trees,” I insisted, patient, convinced that it wouldn’t be easy, but at the same time convinced that there wasn’t any other alternative except to wait for him, to try to get him to snap out of his liquor-induced stupor.
The Sailor let his forehead fall onto the table and he started to snore. I felt distraught. The world seemed disproportionately large, my solitude disproportionately sad and life, too absurd to justify.
Now it was just the two of us at the table. I decided that I would get him out of that place and try to bring him back to sobriety. When I was able to get one of his arms over my shoulder and lift him up, the owner of the bar came over and charged me for everything that had been consumed at that table for the past three weeks. And I had to pay him. 

An excerpt from The Land of the Crazy Trees




viernes, 13 de marzo de 2015

Por las tierras del oficio más hermoso del mundo

La crónica de cuando empezó la FNPI,
la Fundación de Gabo
  El Universal, martes 4 de abril de 1995, página cinco.


Por Gustavo Arango

Cada uno de los actos que componen nuestra vida se llena de sentido con el paso de los años. La evidencia de este hecho se ve por estos días en la sede de un periódico muy viejo con unas salas enormes llamado El Universal.
Después de un largo viaje de décadas, ha regresado lleno de gloria un hombre que dio sus primeros pasos en este diario, y la vida del periódico y del viejo reportero han adquirido un sentido adicional.
Ambos, el hombre y el periódico, han cambiado. El uno ha dejado su frágil anonimato de aquel tiempo para ser uno de los escritores más famosos y respetados del planeta, un hombre con un sitio asegurado en la inmortalidad. El otro, ha cambiado de sede, se ha modernizado y es una próspera empresa. Ambos se parecen muy poco a lo que eran la primera vez que se encontraron.
Pero el motivo del reencuentro llena de significados esa lejana experiencia compartida, cuando ambos sólo eran proyectos esperanzados.

Una escuela de periodismo
En 1994, Gabriel García Márquez volvió a sorprender al mundo al anunciar la creación de una Escuela de Periodismo. En esa ocasión recordó su trayectoria en el que ha denominado ‘el oficio más hermoso del mundo’ y recalcó la importancia de ese oficio en su carrera literaria.
El anuncio de que la Escuela de Periodismo tendría como sede la ciudad de Cartagena, se sumó a una serie de actividades y proyectos que Gabriel García Márquez ha adelantado, en los últimos años, con la ciudad como epicentro.
La construcción de la casa de sus sueños, la colaboración incondicional con el Festival de Cine y el hecho de que la ciudad sea escenario, total o parcial, de sus tres últimas novelas, habla de un verdadero romance, del escritor hoy consagrado, con la ciudad que fue testigo de sus primeros pasos.
Ahora la Escuela de Periodismo ha comenzado a trabajar.
Por circunstancias que tal vez nadie consiga explicar completamente, el primer curso de la Escuela se viene realizando en el periódico donde Gabriel García Márquez aprendió a hacer periodismo. Un círculo extraño y enorme de tiempo se ha cerrado en el momento en que ese joven reportero ha regresado, ahora convertido en el maestro.
En la mañana del primer lunes de abril de 1995, ha llegado un grupo de reporteros jóvenes y tímidos –de diferentes partes del país– a recibir las enseñanzas que él quiere proporcionarles.
Muchos de ellos han visto por primera vez de cerca a ese hombre mítico y famoso, han escuchado su voz de hombre satisfecho con la vida que ha forjado.
Y en el fondo de todo eso, rebosante de sentido, cargado de profundas resonancias, está un día remoto de hace cuarenta y siete años, cuando este maestro era un joven tan perdido como ellos que cruzó lleno de susto y de esperanza la puerta de un periódico, ignorando que el secreto que buscaba en ese sitio se veía claramente encima de la puerta que acababa de cruzar.




lunes, 9 de marzo de 2015

Gajaka, el adelantado

Una reseña de Santa María del Diablo,
escrita por Gabriel Jaime Caro
en ViceVersa.



“Santa María del Diablo”, 2015, una novela que te lleva por la pesadilla de la historia del siglo XVI, en la Tierra Firme del Mar Caribe.

Leer el texto completo en ViceVersa.

sábado, 10 de enero de 2015

Santa María del Diablo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín

     Fundada a finales de 1510, Santa María de la Antigua del Darién fue la primera ciudad española en el continente americano. Estaba situada en la costa occidental de lo que hoy se conoce como el Golfo de Urabá, llegó a tener una población superior a la de Madrid y fue el primer centro de la colonización en Tierra Firme.
     Personajes como Vasco Núñez de Balboa (el descubridor del Mar del Sur), Pedrarias Dávila (la Cólera de Dios), Gonzalo Fernández de Oviedo (el cronista de la Corona, el Dios de las tijeras y el autor de la primera novela escrita en el Nuevo Mundo), Francisco Pizarro y Diego de Almagro (los conquistadores del Perú), y Bernal Díaz del Castillo (cronista de la expedición de Hernán Cortés), entre otros, protagonizan la historia de este pequeño imperio en la selva que surgió y se esfumó en menos de quince años.
     La historia de Santa María de la Antigua desborda los límites de la imaginación y explica en buena parte lo que ha sido Hispanoamérica desde entonces. Aquí están el deslumbramiento de los europeos con el Nuevo Mundo, el desconcierto y la aniquilación de las poblaciones nativas, la exuberancia de la naturaleza, el encuentro de culturas, las enfermedades de los cuerpos y las almas. El cielo y el infierno se juntaron en esta ciudad que fue escenario de convivencia apacible entre españoles e indios, pero también de intrigas, desafueros y grandes crueldades.  







martes, 9 de diciembre de 2014

Mi historia




    Mi historia


    Pronto habré reunido la tristeza necesaria
    para escribir mi historia

    Pronto, esta noche tal vez
    o mañana temprano,
    la vida me dará lo que me falta:
    la opresión, el dolor, el desencanto,
    el vacío, la rabia o la dicha postrera
    para no esperar nada y saberme concluido
    ajeno para siempre a lo que pasa

    Entonces seré libre
    para componer mi canto,
    el último grito del que sabe que se marcha
    y –sabiéndose perdido­–
    se rebela cantando a las piedras
    hablándole al olvido

    Y hay algo de alegría en esta espera,
    algo de regocijo
    en este aliento recortado
    que aguarda con paciencia e imagina
    la desgracia que llegará a colmarlo

    y a expatriarlo para siempre de la vida



De Penínsulas Extrañas. Poesía 1990-2010.





jueves, 6 de noviembre de 2014

Santa María del Diablo

Publicada por Ediciones B Colombia, 
Santa María del Diablo salió al mercado el 5 de noviembre de 2014.

La novela cuenta la historia de Santa María de la Antigua del Darién,
la primera ciudad española en Tierra Firme.


Aquí algunos enlaces de interés:








Sobre la novela



Un fragmento de la novela en el suplemento Generación, de El Colombiano.
Noviembre 9 de 2014.


En El Espectador. Domingo 16 de noviembre de 2014.