lunes, 16 de septiembre de 2019

Esas alegrías que alientan


Bienvenido, André

Un viejo texto de Wenceslao Triana, 
publicado en Cartagena en Línea
en septiembre de 2006



La vida está llena de ironías, de circunstancias absurdas que nos obligan a tragarnos nuestras palabras, a digerirlas y rumiarlas, aún después de que nos hemos olvidado de haberlas pronunciado.
Las palabras en general están sobrevaloradas, en especial las escritas, pues tienen la capacidad de hacer perdurables estados de ánimo que duran instantes, confusiones de segundos, malestares pasajeros. Es por eso que casi no me gusta leer diarios personales. La gente suele escribir cuando está aburrida o preocupada y, rara vez, cuando está feliz. Al final el resultado es siempre sombrío y uno queda con la sensación de que Virginia Woolf jamás sonrió y que Kafka nunca llegó a retorcerse de la risa.
Hace poco leí una biografía de Samuel Beckett donde la autora se refería al carácter engañoso de lo escrito y citaba una anécdota que ilustraba perfectamente esa idea. Un día cualquiera de su vida Beckett dedicó la tarde a escribir cartas a sus amigos. En una carta le decía a alguien que se sentía miserable, que esa vida que llevaba no era vida. Otra carta, escrita esa misma tarde, decía lo contrario: Beckett se sentía contento, lleno de vida y de proyectos.
Un mal biógrafo, uno que no se hubiera tomado el tiempo de buscar y confrontar esas dos cartas, se habría quedado con una impresión general y parcial, habría concluido que ese día, o que en ese período de su vida, Beckett fue feliz o miserable, una de dos o de dos una.
Cuando uno piensa en esa anécdota no le queda otro remedio que recordar el viejísimo dictum de Heráclito: “Las opiniones de los hombres son juegos de niños”, y agregar de paso que, cuando se expresan por escrito, las opiniones se convierten en juegos de manos, esos juegos de villanos que siempre terminan con alguien lastimado.
He hecho este larguísimo preámbulo para referirme a una opinión que he expresado con más frecuencia de la que habría debido. Me refiero a mi rechazo al aparato de televisión, a esa caja embobadora que se la pasa diciéndonos lo que debemos pensar.
Mi opinión estaría incompleta si no digo que también a esa cosa le debo buena parte de mis experiencias, de mis miradas al mundo, de mi vida en general. Siempre que he visitado a Colombia he quedado con la sensación de que los colombianos están envueltos en una adicción terrible a la televisión, pero he tardado en comprender que yo también lo estoy, que mi vida sería demasiado simple y plana si no pudiera encender el aparato y tener la sensación de estar participando en las cosas que pasan.
Este descubrimiento, sin embargo, no me hace perder las proporciones, ni me lleva a abrazar sin criterio todo lo que la televisión ofrece. Sigo pensando que muy pocas películas y series se salvan, sigo pensando que lo único de verdad valioso que se puede hallar allí son los espectáculos en vivo.
Esta semana, por ejemplo, me tocó ser testigo de un espectáculo maravilloso: la despedida de André Agassi, en el abierto de tenis de los Estados Unidos, el final de su carrera, su llanto y su alegría.
Seguí con emoción ese partido que prolongó el suspenso hasta el último servicio. Siempre estuvo viva la ilusión de que Agassi ganara un título más, a los treinta y seis años de edad, veintiún años después de haber emprendido la aventura de las canchas. Pero los años pesaban, eran crueles, despóticos, y hacían que este descendiente de iraníes y franceses aprendiera una de las lecciones más fuertes que debe aprender el ser humano: la de la decadencia, la del envejecimiento, la de la entrada en el último trayecto de la vida.
Todo en aquellos minutos fue bello, trascen­dente: el llanto que Agassi fue incapaz de contener cuando terminó el partido, el tributo del público, la incomprensión de sus hijos pequeños, quizá preguntándose por qué su padre estaba llorando, si era sólo un partido.
Me emocionaron hasta las lágrimas sus palabras de gratitud, el momento en que dijo que llevaría por el resto de su vida el recuerdo del cariño recibido. También me horrorizó la muerte implícita en esa afirmación, lo injusta que es la vida con los deportistas, lo pronto que los obliga a aprender la lección definitiva.
Mirando esas imágenes de adiós recordé aquel cuento prodigioso de Onetti, "Bienvenido Bob", ese cruel homenaje al envejecimiento que todo joven debería leer en el momento de la plenitud, para entender lo valioso y fugaz de los tiempos que vive, también lo inevitable de la decadencia.
Pero, de todos los instantes de aquella despedida, me quedo con uno en particular. No fue el llanto abierto, mezcla de tristeza y deber cumplido. No fue la ovación general y prolongada, ni las palabras certeras del hombre que se marchaba. Ahora guardo, como un recuerdo propio, como si fuera un instante de mi vida, el momento en que Agassi se disponía a recibir el último servicio.
En ese momento creía que sus gestos no eran vistos. Se sentía a solas en su juego y en el mundo. Trató de ser optimista y pensar que podría remontar el marcador, hacer un acto heroico y ganar. Pero de repente supo, con una certeza abrumadora, que perdería ese juego, que sólo unos segundos lo alejaban del vacío.
Allí, esperando la última bola de su vida, Agassi entendió que ese juego y su carrera eran historia, sintió la vejez apoderarse de sus células, sus ojos se inundaron de tristeza y se supo concluido.



jueves, 12 de septiembre de 2019

El aire y las almas

La columna de Vivir en El Poblado




El sur de España tiene un encanto especial. Su historia no está libre de crueldades, pero esas mezquitas convertidas en catedrales, esas ruinas romanas, esas infaltables juderías, esas plazas y calles estrechas y coloridas nos recuerdan que el hombre se hace mejor cuando las culturas aprenden unas de otras.
Por razones que parecen obvias, el turismo prefiere a Sevilla y a Granada. Pero la joya verdadera es Córdoba, ese territorio mágico a orillas de un incipiente Guadalquivir y recostado a las faldas de la Sierra Morena. En Córdoba había estado de paso y, ya que estaba en Madrid, decidí visitarla. Un bus de veinte euros y un cuarto barato en el centro me volvieron cordobés por unos días.




martes, 3 de septiembre de 2019

Una tesis de grado


Una tesis de grado, sobre "El país de los árboles locos",  en Rider University.
Perdonen que chicanee, pero si uno mismo no cacarea nadie se entera...











Novedad en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín

"Lecturas cómplices: En busca de García Márquez, Cortázar y Onetti", publicado por la Editorial Universidad de Antioquia, novedad en la 13 Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.









viernes, 30 de agosto de 2019

El barrio de las letras

La columna de Vivir en El Poblado


Conversación en La Catedral. Con Dasso Saldívar. Madrid, julio de 2019.


La cita es junto a la estatua del oso y el madroño. El verano de Madrid es criminal y el símbolo de la ciudad no ofrece mucha sombra.  Espero a Dasso Saldívar. Hace un cuarto de siglo fuimos corresponsales (en aquel tiempo se escribían cartas).
Dasso acababa de publicar su biografía de García Márquez y yo acababa de escribir un libro sobre sus inicios.
Llega a la hora acordada. Trae ropa ligera, una sonrisa permanente y una edición de las Vidas paralelas de Plutarco. Sugiere caminar al café La catedral, para ponernos al día.
Dasso nació en el Nordeste antioqueño y andaba de paso por Madrid cuando lo sorprendió el revolcón social tras la muerte del dictador Francisco Franco.  Su intención era seguir hasta París, con la idea de que allí se haría escritor. Pero España lo fue envolviendo y se fue quedando.











Hablando de libros

En "Contar para editar", un programa de Radio Bolivariana
Diciembre 7 de 2018





jueves, 29 de agosto de 2019

La cuna de Occidente

La columna de Vivir en El Poblado




Atenas se ajusta de manera perfecta a la definición de símbolo: ese objeto o imagen sensible que expresa una realidad inabarcable y muchas veces abstracta. Este lugar donde las piedras brillan bajo un sol que parece más radiante contiene y expresa las dichas y desdichas y los logros y miserias de esa bestia decadente que, más por la costumbre, seguimos hoy llamando humanidad.
Atenas es el centro de la grandiosa Hellas –conocida como Grecia por todos menos ellos, una suma de islas apenas sombreada por laureles y olivos, donde nació Occidente hace veinticinco siglos. En este paraje pedregoso se les dieron respuestas, todavía satisfactorias, a las viejas preguntas sobre el mundo, sobre el lugar del hombre en ese mundo y sobre sus deberes consigo y con los otros.







jueves, 22 de agosto de 2019

Criatura perdida




     Criatura perdida en Editorial y Librería UPB.

     En esta oportunidad Gustavo Arango te invita a conocer su novela Criatura perdida.
    ¿De qué se trata?  "De viajes; de viaje por el tiempo, de viaje por el espacio, de viaje por la vida. Es un texto sumido en la poesía. Su idioma es de una gran precisión y de una soberana hermosura". Gustavo Ibarra Merlano.     
 ¡Embárcate en esta historia y déjate atrapar por el Caribe colombiano que narra este autor!

    Más información de la obra: https://bit.ly/2NjqNYt









domingo, 4 de agosto de 2019

viernes, 2 de agosto de 2019

"Debéisme cuanto he escrito"

Consuelo Triviño en la columna de Vivir en El Poblado.


El Instituto Cervantes de Madrid ocupa un edificio enorme y palaciego, a pocos metros de la Puerta de Alcalá y el parque del Retiro. El sitio es austero y solemne. Cuesta imaginarse a Cervantes recorriéndolo. Allí trabaja Consuelo Triviño. Se dedica a darles vida y vuelo a las mejores expresiones del idioma.




La vida leída

Gustavo Colorado reseña "Lecturas cómplices",
en La cola de la rata 











martes, 30 de julio de 2019

Criatura aparecida


La editorial UPB acaba de publicar la primera edición colombiana de Criatura perdida, mi primera novela, publicada inicialmente en los Estados Unidos, en el año 2000, en una edición privada.

Esta primera edición colombiana incluye un apéndice con entrevistas, reseñas y apreciaciones críticas sobre la obra.




“Criatura perdida es una novela de viaje; de viaje por el tiempo, de viaje por el espacio, de viaje por la vida. Es un texto sumido en la poesía. Su idioma es de una gran precisión y de una soberana hermosura”.
Gustavo Ibarra Merlano

“En esta novela, Gustavo Arango ha tirado su red en nuestra geografía y la ha extraído plena de imágenes para la construcción de una sombría, compasiva y lúcida reflexión sobre la enigmática aventura del hombre sobre la tierra”.
Rómulo Bustos Aguirre







jueves, 25 de julio de 2019

El trágico triunfo de S. S. Van Dine

La sección "Vidas de artistos"en la revista virtual Cronopio



Los lectores de novelas de detectives son legión. Basta mencionar el tema para que empiecen a hacer memoria de autores y personajes: Conan Doyle y su Sherlock Holmes, Agatha Christie y su Hércules Poirot. Si la fiebre por el tema es elevada, entrarán en controversia sobre el origen del género. Unos dirán que empezó con Edgar Allan Poe y sus crímenes de la calle Morgue; otros, que con la ya milenaria pesquisa de Edipo para concluir que él mismo era el asesino de su padre.
Con el tiempo, los relatos policiales fueron recibiendo un lugar en el Olimpo de la alta literatura. Nadie discutía la calidad de la obra de Hammett o Simenon, y autores como Borges y Chesterton elogiaron las virtudes del género como alegoría de las preguntas esenciales del hombre. Pero no siempre había sido así. En sus comienzos, las novelas de detectives eran consideradas un género inferior, algo así como la zona de tolerancia de la literatura.






miércoles, 24 de julio de 2019

El fantasma de Amherst

La columna de Vivir en El Poblado

    
     Aquí pasó buena parte de su vida Emily Dickinson. En este cuarto amplio y luminoso se atrincheró contra el mundo y escribió unos poemas que se adelantaron a su tiempo. El espacio natural de la poeta anacoreta permite sentir su presencia de manera más viva.

    La casa es bella, grande, familiar. Corona una colina y refleja la alegría de cuando allí vivía su más célebre habitante: el fantasma de Amherst, como la llamaban sus contemporáneos. Los alrededores conservan vestigios del aspecto que tenían en el siglo 19. El viejo camino entre Boston y el río Connecticut es hoy una avenida. Ahí está, enorme y de sombra generosa, el roble blanco que sembró su abuelo. La huerta y los jardines despliegan los aromas y colores que fueron su inspiración. Aquella abeja es tataranietísima de una que vuela en sus poemas. Se ha hecho un esfuerzo notable para reconstruir la biblioteca y el comedor. Pero la impresión más poderosa se siente en su cuarto.













viernes, 12 de julio de 2019

Cataratas


La columna de Vivir en El Poblado





Las cataratas del Niágara son una cosa extraordinaria. Perdonen que use un adjetivo tan ordinario, pero son de lo poco que aún consigue que quede boquiabierto. No son las más grandes del mundo, pero son monumentales, y por siglos mantuvieron estatura de leyenda. Visitarlas era un hecho que podía dividir la vida entera en un antes y un después.

“Las sombras de las nubes, el receptáculo del cauce, los juegos de la luz y de la sombra combinados, y la reverberación vegetal, dan a las espumas del monstruo, según del lado que se las mire, un tinte de esmeralda muy bello, que hace un juego hermoso con los albos copos de la onda despedazada y de la bruma”.








domingo, 23 de junio de 2019

Vallejo y Huidobro: el caído y el cayente

Un viejo ensayo perdido y reencontrado.






Vallejo y Huidobro
El caído y el cayente

En su estudio sobre la poética, Jean Cohen expresa que el objetivo de la estilística es la identificación de los rasgos comunes, inmanentes a la desviación de la norma que llamamos estilo y que es peculiar a cada voz poética.
Dice Cohen que, si bien cada voz se desvía de manera diferente en relación con un hipotético lenguaje neutral, es en el estudio de las constantes, las tendencias comunes, donde pueden obtenerse revelaciones importantes sobre el acto poético en general.
Mi propósito en este ensayo es encontrar esas constantes inmanentes en dos autores cuyos estilos, en apariencia, difieren de manera radical.
La reflexión sin embargo, no acoge de manera integral los postulados de Cohen y tiene siempre la perspectiva planteada por Yurkiévich, en el sentido de que el objeto de la ciencia poética es indefinible, imprecisable, debido a los múltiples factores extralingüísticos que gravitan en torno a la palabra.
Encuentro que lo común a ambos autores –César Vallejo y Vicente Huidobro– es justamente todo aquello que permite calificarlos de vanguardistas. Para seguir con una caracterización hecha por Yurkiévich, en ambos autores se manifiestan de manera análoga (pero con rasgos singulares que precisaré al final de este ensayo) la conciencia agónica de la realidad, el cuestionamiento y la innovación formal, y la búsqueda de una subjetividad nueva, diferente, en oposición a lo que cada uno consideró una tradición lírica gastada e incapaz de expresar la complejidad del yo.
Veamos en primer lugar la conciencia agónica. Esa sensación general de derrota, de fracaso de los proyectos sociales y estéticos, es un rasgo central en la poética de Vallejo y de Huidobro. En Vallejo está dada por la insistencia en el tema del dolor, de la tristeza, de lo perdido de manera irremediable, que está referido a temas como la madre muerta, la soledad, la infancia remota, la amada lejana.
En Huidobro, por su parte, la reacción frente a la sensación de desesperanza, se manifiesta con un darle la espalda al mundo y crear un mundo poético alterno que se autoabastece, una especie de cosmos personal que denigra del cosmos original por considerarlo fallido e imperfecto.
Si ante la agonía y la ruina Vallejo reacciona con dolor y lamentos, Huidobro reacciona con soberbia. Estos rasgos se aprecian en el tópico de la divinidad. Mientras Vallejo dice que “Dios estaba enfermo/grave” cuando creó al hombre, Huidobro desbanca a Dios de su lugar  –con su madre santísima incluida– y se propone superar la labor del creador.
La innovación formal es otro rasgo común a las poéticas de Vallejo y de Huidobro. Ambos manifiestan a su manera la insatisfacción, la sensación de inadecuación que experimentan frente al lenguaje recibido.
En Vallejo, la insatisfacción con su instrumento se expresa fracturándolo, rompiéndolo, imponiéndole virajes sintácticos nuevos que permitan vislumbrar acercamientos nuevos a la realidad y que activen en el lector un estado de alerta, de atención agudizada, que es una nueva forma de conciencia.
En Huidobro la insatisfacción con el lenguaje se manifiesta desintegrándolo, reduciéndolo a un balbuceo primigenio que denuncia la vacuidad de todo lenguaje, el distanciamiento irreparable frente a lo que pretende designar.
Pero hay también peculiaridades en la manera de asumir la rebeldía formal. Mientras Huidobro desintegra el lenguaje por completo, lo desmantela hasta emparentarlo con los murmullos de la naturaleza con la que se decidió rivalizar y a la que se propuso no servir, Vallejo se desliga del lenguaje (especialmente en Trilce), de su tradición formal, para realizarse luego con una fuerza expresiva renovada.
También en la manifestación de una subjetividad en conflicto, en pugna con lo heredado y necesitada de expresar facetas desconocidas de sí misma, encontramos puntos de encuentro entre Huidobro y Vallejo. En ambos encontramos imágenes de encierro, de escisión y extrañamiento frente a sí mismos. Ambos intuyen, también, que bajo lo que expresan las palabras hay un vasto espacio innominado. Este espacio para Vallejo es la eternidad que subyace en cada instante, la muerte que ilumina cada instante de vida (“hoy he muerto qué poco en esta tarde”), el furor milenario de su sangre (toda la tradición indígena que incorpora a su discurso) y la comunidad de los hombres que alimenta la utopía en muchos de sus poemas.
Para Huidobro, por su parte, ese elemento inexpresable que es parte integral de su subjetividad, lo encontramos en la búsqueda de una unidad genérica primordial, en el afán por encontrar una perspectiva cósmica que lea y escriba de manera diferente toda la realidad.
Como hemos visto, son muchos los rasgos de fondo que emparentan la poesía de César Vallejo y de Vicente Huidobro. Pero sería un error pensar en ellos solo en función de sus semejanzas. Cada uno personifica derroteros diferentes –y muchas veces antagónicos– dentro de la poesía. Podríamos concluir este análisis comparativo, fijando la atención en una diferencia sustancial entre ambos poetas.
Al asumir el dolor, la dureza de la realidad, la miseria cotidiana de los hombres, César Vallejo es y se sabe a sí mismo un poeta caído, separado de la unidad primordial, alejado para siempre del paraíso perdido, desarraigado y escindido de la plenitud y la armonía, Vallejo ha encontrado apoyo en la dureza del suelo y de las piedras.

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Huidobro, por su parte se ha evadido. Olvidado del suelo desde donde alzó el vuelo, Huidobro ha borrado de sí mismo ideas como suelo o gravedad. Ha encontrado en la caída sin fin y sin dirección una forma de unidad y de quietud que se parece mucho a esa unidad que, como hombre, no le es posible conquistar.
Las contribuciones de estos dos poetas a la vanguardia hispanoamericana son innegables. En cierta forma, este análisis es un inventario de tales contribuciones. Las repercusiones de su legado no han cesado de presentarse. Las vemos en la audacia que exhibió la literatura latinoamericana en décadas tan fructíferas como la del sesenta. Pero el análisis sería marcadamente histórico –y descuidadamente humano– si no notamos otro significado que el término vanguardia tiene y ha tenido desde que el hombre es hombre y ha enfrentado los retos de su tiempo, peleando en su interior con el pasado, rompiendo las cadenas y alimentándose con ellas, para nacer más nuevo, más auténtico.
Desde esa perspectiva, vanguardia son los vivos y el resto son los muertos.
New Brunswick. N0viembre 3, 1999.



sábado, 22 de junio de 2019

Lista la lista para la lista

La columna de Vivir en El Poblado

El autor de El laberinto (1973), Humberto Rodríguez Espinosa



En cuestiones literarias, nunca he sido amigo de las listas. Cuando las encuentro, pienso: “Ni están todos los que son, ni son todos los que están”. El arte no es como los deportes, donde clasifican los que llegan primero o anotan más puntos. Aquí cada quien está a solas peleando a puño limpio contra sus propios límites y casi siempre pierde.
La familiaridad con los libros puede desarrollar el gusto en el lector y un ojo sensible a los aciertos y las torpezas. Esa ha sido mi vacuna para no hacerle fiestas a tanto globo inflado que hoy suele celebrarse como obra maestra. Pero eso no significa que sea posible declarar la superioridad de un buen libro sobre otros. Decir, por ejemplo, que Cien años de soledad es mejor que, digamos, Celia se pudre, es tan descabellado como dictaminar que las ardillas voladoras son mejores que las ranas marsupiales.
Otro problema que veo con las listas es que suponen que todas las obras tienen idéntica visibilidad, cuando el hecho es que hay factores de todo tipo (políticos, sociales, económicos, raciales, de género) que hacen que muchas obras se deslicen hacia el olvido sin ser leídas.
Pero, como al que no quiere caldo le dan dos tazas, por invitación de la Universidad Tecnológica de Pereira terminé haciendo una lista de las 200 obras más relevantes de la literatura colombiana. La idea es sumar opiniones para una lista definitiva, con motivo de los 200 años de la Independencia. Acepté el reto porque pensé que podría tomar posición contra las modas literarias y, al lado de los insoslayables, me dediqué a nombrar libros y autores que es posible que nadie más mencione.
Felipe Pérez, Humberto Rodríguez Espinosa, Alberto Sierra, Antonio Curcio Altamar, Óscar Delgado, Carmen Victoria Muñoz, José Bertel Melgarejo, Víctor Escobar Navarro, Leonidas Castillo, Juan Carlos Guardela y hasta un tal Gustavo Arango son algunos de los ninguneados que incluí. Con el mayor gusto omití los paquetes chilenos que la publicidad y las relaciones públicas nos quieren imponer.
La publicación de la lista en mi blog ha despertado un diálogo agitado. Los buenos lectores han sentido la necesidad de sugerir otros nombres. Algunos de los poquísimos autores vivos que incluí me agradecieron el gesto. Otros han pedido a nombre propio, o por interpuesta persona, que los incluya. Y, aunque imagino que las modas y maquinarias al final van a imponerse, disfruté el reto de intentar reconocer obras y autores olvidados que he tenido la suerte de leer y de cuyas virtudes innegables puedo ofrecer testimonio.




sábado, 8 de junio de 2019

Piezas de museo

La columna de Vivir en El Poblado



Nunca he vivido en la ciudad de Nueva York. Sospecho que yo mismo he saboteado las oportunidades que la vida me ha ofrecido de ser un habitante de la Gran Manzana. Temo que me abrumarían las multitudes, que sus rutinas apagarían el asombro frente a sus desproporciones y contrastes. Quizá sean las razones de la zorra con las uvas, pero me alegra haber vivido a distancias que me han permitido regresar con frecuencia, con los sentidos frescos, con algo del temblor emocionado de quienes la visitan por primera vez.
Con las tibiezas que anuncian el verano suelen venir amigos que nos sirven de excusa para revisitar lugares cuya fascinación resulta inagotable. Uno de esos lugares es el Museo Metropolitano de Arte: una cápsula del tiempo que resguarda tesoros culturales de todas partes del mundo.


lunes, 3 de junio de 2019

200 obras relevantes de la literatura colombiana


Por invitación de los programas de Maestría y Doctorado en Literatura
de la Universidad Tecnológica de Pereira, me he puesto en la tarea nada fácil de elaborar una lista de las 200 obras más relevantes de la literatura colombiana.
El inventario que resulte de la suma de opiniones contribuirá a la reivindicación de un gran número de autores y de obras. 
Las condiciones: no más de cinco obras por autor y tener en cuenta todos los géneros.


Es inevitable ser injustos. Al hacer mi lista he decidido eliminar el adverbio (más), porque el "literaturómetro" todavía no ha sido inventado. También he procurado omitir obras y autores cuya cercanía en el tiempo y el efecto de la publicidad hacen que parezcan imprescindibles.

 Todo buen lector sentirá la necesidad de sugerir inclusiones y, cuando se junten las listas, estaremos más cerca de un consenso.
Pero, igual, me gustó el reto y prefiero abrirles campo a autores muy olvidados que he tenido la suerte de leer y de cuyo mérito puedo dar testimonio.

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1.   Cien años de soledad – Gabriel García Márquez.
2.  El otoño del patriarca – Gabriel García Márquez.
3.  Noticia de un secuestro – Gabriel García Márquez.
4.  El amor en los tiempos del cólera – Gabriel García Márquez.
5.  Los funerales de la mama grande – Gabriel García Márquez.
6.  La casa grande – Álvaro Cepeda Samudio.
7.  Todos estábamos a la espera - Álvaro Cepeda Samudio.
8.  La muerte en la calle – José Félix Fuenmayor.

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9.  Respirando el verano – Héctor Rojas Herazo
10.  En noviembre llega el arzobispo - Héctor Rojas Herazo
11.    Celia se pudre - Héctor Rojas Herazo.
12.  Desde la luz preguntan por nosotros - Héctor Rojas Herazo
13.  Señales  y garabatos del habitante - Héctor Rojas Herazo
14.  El oscuro sello de Dios – Rómulo Bustos.
15.   El país del viento – William Ospina.
16.  La tejedora de coronas – Germán Espinosa.
17.   Los cortejos del diablo – Germán Espinosa.
18.  Dos o tres inviernos – Alberto Sierra.

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19.  El laberinto – Humberto Rodríguez Espinosa.
20.La cárcel – Jesús Zárate.
21.  Imina - Felipe Pérez.
22. Episodios de un viaje – Felipe Pérez.
23. El caballero de Rauzán – Felipe Pérez.
24. Carlota Corday – Felipe Pérez
25. Diana cazadora – Clímaco Soto Borda.
26. María – Jorge Isaacs.
27. La vorágine – José Eustasio Rivera.

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28. De sobremesa – José Asunción Silva.
29. Gotas amargas – José Asunción Silva.
30.La hora de tinieblas – Rafael Pombo.
31.  Juliana los mira - Evelio Rosero Diago.
32. Mateo solo – Evelio Rosero Diago.
33. Los ejércitos – Evelio Rosero Diago.
34. Que viva la música – Andrés Caicedo.
35. Calicalabozo – Andrés Caicedo.
36. El sueño de las escalinatas- Jorge Zalamea.

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37. Changó el gran putas – Manuel Zapata Olivella.
38. Hemingway el cazador de la muerte - Manuel Zapata Olivella.
39. Pasión vagabunda - Manuel Zapata Olivella.
40.El remordimiento – Fernando González.
41.  Viaje a pie – Fernando González.
42. El Cristo de espaldas – Eduardo Caballero Calderón.
43. Hotel Sangri-La     – Octavio Escobar Giraldo.

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44. Historia de todas las cosas – Marco Tulio Aguilera.
45. Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor - Marco Tulio Aguilera.
46. Tambores en la noche - Jorge Artel.
47. Deborah Kruel - Ramón Illán Bacca.
48. Escolios a un texto implícito - Nicolás Gómez Dávila.
49. Hasta el sol de los venados - Carlos Perozo.
50. El hombre bajo la tierra - José Antonio Osorio Lizarazo.
51.   Aire de tango - Manuel Mejía Vallejo.
52. El día señalado - Manuel Mejía Vallejo.
53. El transeúnte – Rogelio Echavarría.
54. Biografía del Caribe – Germán Arciniegas.

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55.  La nieve del almirante – Álvaro Mutis.
56. Los elementos del desastre – Álvaro Mutis.
57.  De la barbarie a la imaginación – Rafael Humberto Moreno Durán.
58. Libro de relatos - León de Greiff.
59. Ordalías – Gustavo Ibarra Merlano.
60.En diciembre llegaban las brisas – Marvel Moreno
61.  El hostigante verano de los dioses - Fanny Buitrago
62. La eterna parranda - Alberto Salcedo.
63. Evolución de la novela en Colombia - Antonio Curcio Altamar.
64. Cuatro años a bordo de mí mismo – Eduardo Zalamea Borda.
65. Suenan timbres – Luis Vidales.
66. Guayabo negro y otros cuentos – Efe Gómez.
67. Crítica literaria – Hernando Téllez.
68. Ingermina o la hija de Calamar – Juan José Nieto.
69. Gotas de tinta – Luis Tejada Cano.
70. Poesía completa – José Manuel Arango.
71.   Morada al sur – Aurelio Arturo.        
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72. Juego de damas - Rafael Humberto Moreno Durán.
73. El toque de Diana – Rafael Humberto Moreno Durán.
74. Finale Capriccioso con Madonna – Rafael Humberto Moreno Durán.
75.  Mateo el flautista – Alberto Duque López.
76. En la diestra de Dios Padre – Tomás Carrasquilla.
77.  La marquesa de Yolombó – Tomás Carrasquilla
78. Ritos - Guillermo Valencia.
79. Para antes del olvido – Tomás González.
80.Primero estaba el mar – Tomás González.
81.  Sin remedio – Antonio Caballero.
82. El oro y la sangre – Juan José Hoyos.
83. Tuyo es mi corazón - Juan José Hoyos.
84. La ternura que tengo para vos - Darío Ruiz Gómez.
85. Los parientes de Ester – Luis Fayad.
86. La otra raya del tigre -  Pedro Gómez Valderrama.
87. Lo amador y otros cuentos - Roberto Burgos Cantor.

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88. Lecciones de vértigo - Pedro Badrán.
89. Hotel Bellavista y otros cuentos - Pedro Badrán.
90.En la parte alta abajo - Helí Ramírez Gómez.
91.  La ceniza del libertador - Fernando Cruz Kronfly.
92. Logoi – Fernando Vallejo.
93. Una holandesa en América – Soledad Acosta de Samper
94. Epistolario de un joven pobre - Lucas Caballero Calderón (Klim)
95. Yo, Lucas - Lucas Caballero Calderón (Klim)
96. Memorias de un amnésico - Lucas Caballero Calderón (Klim)
97. La canción del caminante – Silvio Villegas.
98. Evocación de una sombra – Ernesto Volkening
99. Poesía completa – Oscar Delgado.
100.      Poesía completa – Elkin Restrepo.
101.        Los domingos de Charito - Julio Olaciregui               
102.      Las semillas del tiempo - Juan Carlos Botero.
103.      Las estrellas son negras – Arnoldo Palacios.
104.      Historia detrás de la historia de Colombia – Eduardo Lemaitre.
105.       Monteadentro - Jorge García Usta.
106.      Hasta el sol del hoy - Jaime Arturo Martínez.
107.       Entre la soledad y los cuchillos - José Luis Garcés González
108.      Camposanto – Marcela Villegas.
109.      Perros de paja – Rigoberto Gil Montoya
110.        Risaralda - Bernardo Arias Trujillo.
111.          Andágueda- Jesús Botero Restrepo.
112.        Lejos del nido – Juan José Botero.
113.        La tierra nativa – Isaías Gamboa.
114.        Manuela – Eugenio Díaz.
115.         Pax- Lorenzo Marroquín y José María Rivas Groot.
116.        Memoria compartida - Oscar Collazos.
117.         Catalina - Elisa Mujica.
118.        Cóndores no entierran todos los días Gustavo Alvarez Gardeazábal 
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119.        De mi villorio – Luis Carlos López
120.      Posturas difíciles – Luis Carlos López
121.        Las hipótesis de nadie – Juan Manuel Roca.
122.       Érase mi alma - Giovanni Quessep.
123.       Si mañana despierto – Jorge Gaitán Durán.
124.       Los pasos contados – Eduardo Carranza.
125.       Tengo miedo – María Mercedes Carranza.
126.       Laúd memorioso – Meira Delmar.
127.       Los sueños – Eduardo Cote Lamus.
128.       Los perros de Benares: y otros retablos peregrinos – Eduardo Márceles Daconte
129.       El cadáver de papá – Jaime Manrique.
130.      Mañanayer – Miguel Falquez-Certain.
131.        Nocturnos y otros sueños – Fernando Charry Lara
132.       La muerte de Alec – Darío Jaramillo Agudelo.
133.       Amanecer en el Valle del Sinú - Raúl Gómez Jattin
134.       Besos como balas – Gustavo Colorado Grisales
135.       La canción de la vida profunda y otros poemas - Porfirio Barba Jacob.
136.       Poesía – Julio Flórez.
137.       Obra negra -  Gonzalo Arango
138.       Sombrero de ahogado – Jaime Jaramillo Escobar.
139.       La mañana del tiempo y otros poemas – Víctor Gaviria.
140.      Salón Júpiter y otros cuentos – Julio Paredes.
141.        Con la luz que me queda basta - John Junieles.
142.       Poesía – Candelario Obeso. 
143.       Jorge Isaacs. Verás huir la calma – María Cristina Restrepo.
144.       Los amigos del hombre – Celso Román.
145.       Zoro – Jairo Aníbal Niño.
146.       La alegría de querer – Jairo Aníbal Niño.
147.       Tríptico de la infamia – Pablo Montoya.
148.       Al oído de la cordillera – Ignacio Piedrahita Arroyave.
149.       Cinema árbol y otros cuentos – Efraim Medina. 

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150.    Diarios – José María Vargas Vila.
151.         Ibis – José María Vargas Vila.       
152.       Terrateniente – Rocío Vélez de Piedrahita.
153.       Mi alma se la dejo al diablo – Germán Castro Caicedo.
154.       Ah mar amargo! – Oscar Castro García.
155.        Las ceremonias del verano – Marta Traba.
156.       Para matar el tiempo – Eligio García.
157.        Días así – Raimundo Gómez Caseres.
158.       Batatabati tinto – Víctor Escobar Navarro.
159.       Entendimiento: la novela de Spinoza – José Guillermo Ánjel.
160.      La poesía de Antonio Machado – Ramón de Zubiría.
161.        Prohibido salir a la calle - Consuelo Triviño
162.       Un hombre llamado todero – Mario Escobar Velásquez
163.       Los elegidos - Alfonso López Michelsen
164.       De ciertas damas - Carlos Lleras Restrepo
165.       Los pecados de Inés de Hinojosa – Próspero Morales Pradilla
166.       Por qué me llevas al hospital en canoa, papá? – David Sánchez Juliao.
167.       Elogio de los oficios – Carlos Castro Saavedra.
168.       Himnos de Orfeo: sonetos – Germán Pardo García
169.       Memoria sobre el cultivo del maíz –Gregorio Gutiérrez González
170.       Mientras llueve – Fernando Soto Aparicio
171.         Una lección de abismo – Ricardo Cano Gaviria.

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172.       Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón – Alba Lucía Ángel
173.       Dos veces Alicia -  Alba Lucía Ángel.
174.       El árbol secreto del sagrado Corazón – Rodrigo Parra Sandoval.
175.        Metatrón - Philip Potdevin.
176.       Los cuadernos de N: una antinovela – Nicolás Suescún.
177.        Poemas en blanco y negro – Pedro Arturo Estrada.
178.       Provocaciones – Rafael Gutiérrez Girardot.
179.       Elogio de la dificultad y otros ensayos – Estanislao Zuleta.
180.      Quién no ha besado a Teresa – Carmen Victoria Muñoz.
181.        Notas de crítica literaria y literatura colombiana – Carlos J. María.
182.       Cartas del soldado desconocido – Pedro Blas Julio Romero.
183.       Perros de presa – José Ramón Mercado.
184.       Summa del cuerpo - Harold Alvarado Tenorio
185.       La puerta – José Bertel Melgarejo.
186.       Labor de taracea - Leonidas Castillo
187.       Historia doble de la costa – Orlando Fals Borda
188.       Prosas – Juan de Dios Uribe.        
189.       La lección del olvidado - Hernado Valencia Goelkel.
190.      No  morirás – Germán Santamaría.
191.        Sitio de brujo – Juan Carlos Guardela.
192.       Un tal Bernabé Bernal – Álvaro Salom Becerra.       
193.       Desterrados; crónicas del desarraigo – Alfredo Molano.
194.       Los escogidos – Patricia Nieto Nieto.
195.       Fiesta en Teusaquillo - Helena Araújo Ortiz. 
196.       El rumor del astracán - Azriel Bibliowicz
197.       I love you putamente – Esteban Carlos Mejía.
198.       Hildebrando – Jorge Franco Vélez.
199.       El olvidado arte de leer - Juan Gustavo Cobo Borda.
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200.    Santa María del Diablo – Gustavo Arango.