jueves, 21 de junio de 2012

Raimundo y su mundo - La columna de Vivir en El Poblado



Si hubiera nacido en los tiempos en que traducían los nombres de los escritores, lo habríamos conocido como Raimundo y no habría faltado quien dijera que en su nombre ya estaba contenido su destino. A Raimundo ninguna de las cosas de este mundo le resultaba ajena. Su curiosidad era tan grande que a veces necesitaba de otros mundos. Pero nos ha llegado con algo como un nombre de músico o boxeador, un sonoro y vistoso conjunto de palabras que parecen producto de su imaginación.

Chesterton decía que la grandeza de un hombre se aprecia en el hecho de que sus admiradores no lo entien­den y sus opositores lo tergiversan. En el caso de Ray Bradbury, lo primero es evidente en el hecho de que nadie ha sabido dónde ubicarlo. Se le etiqueta por lo menos en cuatro categorías: horror, misterio, ciencia ficción y fantasía. Su aparente falta de opositores radica en que aquellos a quienes critica no se dan por aludidos, estamos enceguecidos creyéndonos mejores de lo que somos.

En literatura hay otra prueba de grandeza: el elogio de Borges. Bradbury fue el último sobreviviente de esa estirpe de admirados. A Borges le encantaban las Crónicas marcianas, en especial aquella donde un astronauta llega a una réplica de su pueblo natal, es recibido por réplicas de su familia y se va a dormir a una réplica de su cuarto de infancia. Nadie vuelve a acostarse en su cama tranquilo después de leer esa historia de Bradbury.

Fanrenheit 451 es como la puerta de entrada al mundo de Raimundo. Hay una belleza majestuosa en esos personajes que escaparon al embrutecimiento de las pantallas y se dedicaron a mantener con vida en su memoria los libros destruidos. Las crónicas marcianas nos devuelven la capacidad de asombro frente a nuestro propio mundo. Uno no vuelve a ver a esas criaturas de dos ojos y una boca y coronados de plantas como si fueran la cosa más trivial del universo. Los cuentos, por su parte, son como el inventario de todos nuestros sueños.

Cada lector de Bradbury puede citar al menos una historia que le ha cambiado la vida, que lo ha estremecido hasta la médula. Sus libros tienen la extraña propiedad de contarnos historias que todos hemos vivido, presenciado, soñado o imaginado. Producen el efecto de lo ya visto. En sus páginas leer es recordar los misterios esenciales de la vida, los temores y dichas, la noche eterna a la que asomamos por un instante breve esa mirada monstruosa que llamamos entendimiento.


Si algún día llegara a ocurrir que hay que salvar a Bradbury del olvido, yo elijo convertirme en la versión viviente del primer capítulo de El vino del estío. El mo­mento en que Douglas se descubre en el mundo es poesía en su estado más puro. Confieso que en una de mis nove­las traté de volver a escribir ese momento en que un niño se hace consciente de sí mismo, pero la copia salió pálida. Quizá si lo sigo intentando me saldrá bien algún día. Siento, de todos modos, que fue mi forma de rendirle un homenaje al gran contador de historias que hizo hasta de su muerte un hermoso relato; pues se marchó de este mundo a bordo de un planeta diminuto que tuvo la osadía de querer tapar el sol. 


Publicado en Vivir en El Poblado el 21 de junio de 2012.





martes, 19 de junio de 2012

Desde el club de escritores

Una reseña de la colección "Club de Escritores UPB", en el suplemento Generación, de El Colombiano.
La risa del muerto es el número 4 de la colección.









jueves, 14 de junio de 2012

Sobre El origen el origen del mundo

Miguel Falquez Certain lee fragmento de su análisis sobre el libro de Gustavo Arango, El origen del mundo. MacNally Bk Store - NYC Junio 2012. Durante la presentación de Hybrido Magazine.

miércoles, 6 de junio de 2012

Un viejo futuro



Por Wenceslao Triana 

El azar televisivo me deparó hace poco una grata sorpresa. Yo andaba a la deriva por entre los canales, cuando hallé algo que llamó mi atención: una película viejísima y querida, Fahrenheit 451.

Siempre me ha fascinado esa novela de Ray Bradbury. Se trata de un libro que cuenta la historia de un hipotético futuro donde los libros han sido prohibidos. En aquel tiempo, también, los incendios ya no existen y la única función de los bomberos es rastrear bibliotecas e incendiarlas. Montag, uno de los bomberos, empieza a sentir curiosidad por esos libros que debe destruir. Su esposa es un sujeto completamente “normal”, que pasa su tiempo pegada a las pantallas que embrutecen a todo el mundo. Pero Montag empieza a ser víctima de la fiebre de los libros, cada vez resulta más intrigado por lo que ocultan esos objetos capaces de llevar a algunos a morir por defenderlos, y decide tomar algunos de los que debía quemar y llevarlos a su casa para leerlos.

En medio del torbellino ideológico de los años sesenta, la novela de Bradbury y su version cinematográfica, pretendieron denunciar el poder alienador de los medios masivos y el interés de todo poder totalitario por abolir cualquier forma de independencia y de pensamiento.

El final de esa historia es de una gran hermosura. Montag es denunciado por su alienada esposa y se ve obligado a huir en medio de una cacería que es televisada para todo el país (uno recuerda esas persecuciones en vivo que hacen las delicias de los televidentes modernos) y, a pesar de que las pantallas muestran el momento en que lo capturan (o mejor, capturan a un doble, para dejar claro que nadie escapa al poder justiciero del sistema), Montag consigue ponerse a salvo y llegar a una colonia en las afueras de la que tuvo noticias a través de una chica también perseguida por tener libros.

Allí Montag se encuentra a un grupo de personas dedicadas a preservar el tesoro de los libros mediante una forma desesperada y sublime: memorizar cada uno un texto distinto, para que puedan disfrutarlo generaciones venideras.

Muchas cosas me ha dado para pensar mi reencuentro con este clásico. La primera, es lo evidente que resulta el comentario que la novela de Bradbury hace sobre nuestro propio tiempo: las pantallas están aquí, embruteciéndonos, los libros (si bien nadie los quema) han sido trivializados, su poder sublevador ha sido sometido.

Pero quizá lo más notorio de la versión cinematográfica es que demuestra, con su precario futurismo, con sus vehículos que ahora se ven ridículos, con esos cascos y vestuarios y cortes de pelo demasiado “años setenta”, que ni el cine, ni la televisión, tendrán nunca el poder de renovarse que tienen las obras literarias.

Quizá sea algo ingenuo pensar, hoy en día, que los libros –en general- significan una defensa contra la alienación. Los libros también han entrado en el juego de adormecer a todo el mundo. Defenderlos a todos sería una actitud ingenua. Pero ver la versión cinematográfica de una historia como la de Bradbury , ver lo ancladas que han quedado esas imágenes en el tiempo en que fueron hechas, ratifica –sin proponérselo- la supremacía incomparable de la palabra escrita. La película envejece sin remedio, mientras el libro parece haber sido escrito esta mañana. Sigue habiendo algo extraño –y potencialmente peligroso- en esa propiedad que la palabra impresa tiene para renovarse cada vez que alguien llega a leerla.


Julio 3 del 2002









lunes, 4 de junio de 2012

El país de los árboles locos

Fragmento de la novela
publicado por el suplemento
Generación, de El Colombiano.





Buscando la locura de los árboles visité muchos países y comprobé que no hay criatura más extraña en este mundo que los seres humanos. Otra noche, mi ángel, te hablaré de los humanos. Leer más

La Unidad

Cuento finalista del Premio Juan Rodríguez Freyle, 2001.


El hombre encargado de buscar la unidad pasó por peligros terribles pero consiguió encontrarla. Llamó del aeropuerto y dijo que vendría sin demora, dijo que tomaría un taxi de inmediato. Se nos ocurre ahora que fue una imprudencia dejarlo tomar un taxi.

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viernes, 1 de junio de 2012

Falta de tuercas - La columna de Vivir en El Poblado




Siempre he desconfiado de los biopics, esas películas que pre­ten­den mostrarnos en menos de dos horas el alma de una persona. Si cada uno de nosotros es un misterio para sí mismo, cómo podemos esperar que un director y sus guionistas puedan saber cómo era alguien, qué rasgos lo definían, qué pensaba, qué cosas lo movían o aterraban, cuáles fueron los momentos de su vida de veras impor­tantes.

Borges decía que una persona puede ser representada de maneras muy distintas, como si fuera varias personas, si cambiamos las anécdotas que elegimos para contar su vida. Las canalladas y cobardías mostrarán a alguien que inspira des­precio o compasión. Los heroísmos y emo­cio­nes elevadas invitarán a que se pida la canoni­zación. Es claro que hay rasgos demasiado notorios: una nariz peculiar, una expresión repetida, un hecho en el que coinciden todos los testigos. Sobre esa precaria base se justifican las películas biográficas, su garantía de que dicen la verdad.

Una buena película sobre los problemas de las bio­grafías fue una falsa biografía. En Citizen Kane, Orson Welles mostró el recorrido de un hombre desde sus orí­genes humildes hasta la muerte solitaria en su mansión de millonario. La película es una pesquisa para descifrar el enigma de su última palabra: “Rosebud”. Al final po­demos comprender que era la inscripción que tenía su juguete más simple y temprano, un des­li­zador de madera que le dio más felicidad que todas las riquezas que llegó a acumular. Toda película es una búsqueda del Rosebud del personaje, pero termina mostrando el Rosebud del director. Toda biografía es autobiografía. Es una especie de secuestro de la imagen del biografiado que le permite a un artista explorar su propia vida.

He vuelto a pensar en el asunto raíz de un par de biopics que he visto en las últimas semanas. La primera, J. Edgar, me había negado a verla. Con toda la admiración que me despierta Clint Eastwood, me parecía un poco exagerado pensar que figuras como Howard Hughes y Edgar Hoover tuvieran ambos la cara y el tono neutro de un mesero del Titanic. Pero el avión no ofrecía muchas opciones y me dediqué a ver esa historia de un homo­sexual reprimido que se dedicó a reprimir y a querer ajustar la realidad a su capricho. La biografía abunda en silen­cios y ése es, quizá, su mayor acierto. Sugiere cosas sin llegar a asegurarlas: como que Hoover fue el santo patrono de los crea­dores de “falsos positivos”. La película se salva porque no pretende decir la última palabra sobre el personaje. Pero sigo a la espera de otra película de Eastwood. No sería justo que cerrara su obra con ese biopic.

La otra película no deja de indignarme. Me acuerdo de ella y me da rabia. La elección de John Cusack para encarnar a Poe sería uno de los errores de casting más graves en la historia del cine, si la película de la que hablo, El cuervo, no fuera ni mereciera pasar lo más pronto posible al olvido. Un grupo de guionistas probablemente borrachos y presumiblemente dro­gados se dedicaron a acumular disparates para llenar los últi­mos días de Poe, ese misterio que nadie ha podido descifrar. Nunca vi a Poe, no sé cómo era su voz o cómo se movía, pero de una cosa estoy seguro: el Poe de la película no tiene nada que ver con Poe. No sé qué tiene Edgar Allan que invita a que la gente le tenga compasión. Con todo y que fue el inventor de la literatura moderna, es común la tendencia mirarlo como a un borrachito al que le faltaban tuercas. Con esta pobre película, esa imagen sigue viva: a los que hicieron ese desastre también les faltaban tuercas.




Publicado en Vivir en El Poblado el 1 de junio de 2012.