viernes, 20 de julio de 2012

Pobres viejos




El verano se resiste a retirarse y eso asusta en estas tierras donde el frío del invierno y estaciones aledañas tiene instinto criminal. Todavía hay ropas breves, faldas leves y escotes que parecen anuncios de doble página. El sudor aún se asoma cuando uno acelera el paso, cuando teme llegar tarde y apresura, con la nariz como proa y los brazos como remos, su periplo en la tibieza general.
El viejo viaja entusiasta. Además de la rutina de ejercicios y la dieta saludable con que aspira a disolver los achaques del final, hay cosas breves y leves y anuncios publicitarios que lo exaltan aún más.
Frente a un edificio enorme, el viejo siente una ráfaga que lo obliga a detenerse y preguntarse si el mundo o el camino se acabaron de repente, si se está quedando ciego, tal vez loco, o las dos cosas sumadas a su vieja propensión a alucinar.
Pero pronto se repone y encuentra una explicación: es joven, cabello largo, es hermosa, piernas finas que se elevan como columnas de humo, camina delante suyo y no lo vio cuando salió del edificio y lo obligó a detener su caminar.
La verdad es que pocos lo ven desde que tuvo la ocurrencia de envejecer. A veces tiene la tentación de parar a alguien en la calle y preguntarle: “Dísculpe, ¿sería tan amable de decirme si soy visible?” Pero siempre se contiene por miedo a comprobar que también es inaudible.
Después de salir del edificio, la hermosura veraniega traza una elipsis, permite ver su perfil inobjetable y sigue por la acera en la misma dirección que el viejo llevaba antes. Apurando un poco el paso, consigue mantenerse a unos cinco metros de ella: de sus sandalias menudas, de sus pies café con leche y sensitivos como manos.
“Qué belleza”, piensa el viejo. “Dios es loco o alucina cuando inventa cosas de esas”.
Veterano y resabido, cuando de mirar se trata, el anciano disimula el entusiasmo que le inspira esa hermosura que navega bajo el sol. Parece reconcentrado, casi siempre mira el piso, a veces alza la vista, como pronosticando cambios de clima, a veces lanza miradas generales a todos los que pasan y otras veces, muy pocas y fugaces, regresa a aquella danza que prosigue a pocos pasos, a esa gracia cimbreante que no deja de brillar.
Es bueno ser invisible cuando uno persigue diosas por entre la multitud. Es bueno si uno no tiene otra intención que la de ver y adorar. Tranquiliza tener claro que manjares como ése jamás se van a probar.
Y el viejo observa los rostros de los hombres y mujeres que la diosa se cruza en el camino: Las quijadas destempladas, los gestos como de huérfanos, las miradas enojadas o famélicas. De repente se le ocurre que está viendo lo que ven cuando caminan por el mundo las mujeres como ella y que es triste lo que ven: gente sufriendo y agonizando.
El viejo desacelera, ve alejarse la tragedia, encuentra un banco en un parque, levanta el rostro hacia el cielo, desciende la cortina de los párpados y dice, con voz muy queda:
“Estás loco y alucinas, pobre viejo.”

Wenceslao Triana, Septiembre de 2007.





jueves, 19 de julio de 2012

Sobre la fuerza de nuestra fantasía -La columna de Vivir en El Poblado




“Si, en el momento de la concepción, una mujer piensa en otro hombre —presente o ausente— el niño que nazca tendrá semejanza con el hombre en quien la mujer pensaba”. La afirmación es de Lemnius, un médico holandés del siglo 16, y aunque la ciencia de hoy diga lo con­trario nuestro pensa­miento insiste en proponernos que algo cierto debe haber en esa afirmación. El hecho de que el hombre en quien la mujer piensa pueda estar “presente o ausente” le agrega a la escena unas curiosas posibi­lidades.

Cuenta Heliodoro que Persina, una reina de Etiopía, negra como la noche, tuvo un bebé blanquísimo por andar obsesio­nada con un cuadro de Perseo y Andrómeda. Bale, por su parte, sostiene que una de las concubinas del papa Nicolás tercero dio a luz un monstruo por haber visto un oso poco antes de quedar embarazada. En la Grecia de Pericles se con­taba que un próspero comerciante quiso contrarrestar la feal­dad suya y la de su esposa comprando una pintura de figu­ras hermosas y colgándola en una pared del tálamo. Pero sus efectos en la concepción son sólo el comienzo de la influencia poderosa que la imagi­nación ejerce en nuestras vidas.

Dicen que las cicatrices que les salían a San Francisco y a San Dagoberto venían de la intensidad con que ima­ginaban las heridas de Cristo. La historia de la humanidad abunda en casos de personas a quienes su propia imagi­nación transformó en lobos, perros, burros, ranas y toda clase de animales. Dicen que quienes padecen de hidro­fobia ven la figura de un perro cuando miran su reflejo en el agua. Dicen también que los enfermos y los melan­cólicos conciben cosas tan extrañas como que son mujeres, siendo hombres, así como lo contrario, o que piensan que son reyes, insectos, livianos, pesados, trans­pa­rentes, de vidrio, grandiosos, minúsculos, insensibles, y hay algunos que creen que están muertos.

Muchas enfermedades se contagian por exceso de imaginación. En el siglo 16 en Inglaterra se contaba la historia del hombre que murió en presencia de alguien que se creía contagiado por la peste (aunque después se supo que estaba sano). Los adivinos ganan crédito por sembrar en sus clientes aprehensiones que provocan lo predicho. Cuenta Aristóteles que en Grecia había gente que moría cuando veía a alguien ahorcado. En Francia en el siglo 16 hubo un judío que caminó por la noche sobre un tablón muy estrecho, pero murió al día siguiente, al ver la altura del tablón sobre el abismo.

Hace meses me propuse escribir sobre el libro más entrete­nido que conozco, el mamotreto que me llevaría a la isla desierta o a cualquier sitio donde fuera. Ahora mismo lo tengo conmigo durante una breve estadía en la ardorosa capital del mundo. Pero el tiempo me fue revelando lo imposible de mi tarea. Robert Burton (1577-1640) dedicó casi toda su vida a escribir y reescribir su Anatomía de la melancolía. Quizá tomaría también una vida hacerle justicia a este compendio de la rareza humana. Aquí solamente he mencionado algunas curiosas obser­vaciones que aparecen en dos de sus casi mil páginas. Imaginen el resto y concluyan. Mientras tanto los dejo con unas preguntas que aparecen en esas mismas páginas: ¿Por qué el bostezo de una persona hace bostezar a otra? ¿Por qué una persona que orina hace que otra quiera orinar? ¿Por qué un cadáver sangra de nuevo cuando vuelve a estar en presencia del asesino? Para Burton, todo indica que estos y otros misterios similares se pueden explicar por el influjo poderoso de nuestra propia fantasía.


Publicado en Vivir en El Poblado el 19 de julio de 2012.

miércoles, 18 de julio de 2012

Cuento desmesuradamente corto



Sullivan era solo. Vivía en un edificio de apartamentos pequeños, no muy lejos del centro. El suyo era el último al final del pasillo del segundo piso. Había seis apartamentos en cada piso, excepto en el primero piso y esto es una solemne güevonada y mejor me piso.

jueves, 5 de julio de 2012

Un negro en la cancha - La columna de Vivir en El Poblado



El fútbol dejó de interesarme cuando en uno de los países más brutales de que se tiene noticia mataron a un jugador de su selección por haber hecho un autogol. Si he vuelto a ver partidos es por las emociones, por las implicaciones, y no por el destino que le espere a la pelota. En las últimas semanas vi la Eurocopa y me llamó la atención el reflejo en la cancha de las crisis de Europa. El gran tema de este torneo fue el respeto por la diversidad. La cosa suena bien, palabras bonitas por todos lados. Pero creo que nadie hizo tanto por ese tema como un negro que hizo dos goles en la semifinal.

Sólo en tiempos recientes Europa se ha atrevido a dejar ver el rostro plagado de colores que le dejó su pasado colonial, y no deja de haber cierta ironía en el asunto. Uno ve a varios negritos marcando los goles de Inglaterra, mientras en las tribunas fanaticadas impecablemente blancas celebran como suyas las hazañas. Uno ve a los italianos gesticular compla­cidos cuando un negrito adoptivo les ayuda a propinar un garrotazo a los altivos alemanes. Todo sirve para reivindicar orgullos en esa Europa que se cae a pedazos, incluso la hipo­cresía.

Vivimos en un mundo que pasó, en cuarenta años, de la discriminación más descarada a la inexistencia del color. No son negros, son afro-esto o aquello. Hoy en día es pecado mencionar el color de la gente. Como si notar diferencias no fuera la más natural de las actitudes humanas. El problema es que la farsa se sigue revelando en pequeños detalles: en la distancia con que los blancos abrazan al negrito que les salvó la jornada, en el hecho de que países como España no se atrevan todavía a exhibir su pasado de infamia.

El jueves pasado, Italia aplastó a Alemania gracias a la inspiración de un jugador alto, negro y fornido al que sus padres adoptivos le dieron el apellido Balotelli. La celebración de su segundo gol ha sido de las cosas más extrañas que he visto en una cancha. Como hoy todo se sabe, descubrí que este hijo de inmigrantes de Ghana tiene 21 años y que está lleno de problemas disciplinarios. Supe de los intentos de su familia biológica por recuperarlo y de su afirmación de que mataría si le hacían comentarios racistas. Basta saber esto y leer los gestos de fiera acorralada para pensar que le esperan muchos dramas. Balo­telli es el Asprilla o el Usuriaga de los italianos. Es un niño frágil, vulnerable y asustado que quiere mostrar for­ta­leza. Es un hombre atormentado que pide sufrimiento.


Pero, con todo y eso, el pasado 28 de junio había algo sublime en ese gesto suyo tras el segundo gol. Balotelli se quitó la camisa y se quedó en silencio y detenido, como un ídolo de piedra, tensando orgulloso los músculos y con un fiero dolor en la mirada. En lugar de correr y de gritar, sólo hubo un endurecimiento demencial mientras llega­ban sus blancos compañeros a abrazarlo. La amarilla que le dieron por quitarse la camisa ha sido la más digna que he visto en mucho tiempo. Al exhibir su desnudez en la soledad de la cancha y enrostrarnos a todos su orgullosa negrura, Balotelli nos dijo que el respeto no está en ignorar las diferencias, sino en reivindicarlas.


Publicado en Vivir en El Poblado   el 5 de julio de 2012.





martes, 3 de julio de 2012

Del relato policial a la ortodoxia

Ensayo escrito para el curso "La ficción paranoica", 

dictado por Ricardo Piglia 

en Princeton University, Primavera de 2002



Por Gustavo Arango
De los numerosos puntos de encuentro –de diálogo– que existen entre Jorge Luis Borges y Gilbert K. Chesterton, el interés que ambos manifestaron por el género policial es uno de los más "misteriosos" y sugestivos.
           No fue un interés circunstancial. Ambos, en algún momento, señalaron la importancia que tenía para ellos ese género. Borges llamó a la novela policial una "síntesis superior hegeliana" (La Nación website) y resulta revelador que la haya elegido como uno de los temas de la serie de conferencias que presentó en la Universidad de Belgrano, en 1978, reunidas más tarde en el libro Borges oral. Para Borges, los cinco temas de las conferencias (los libros, el tiempo, la inmortalidad, Emanuel Swedenborg y la novela policial) "son temas que se relacionan con mi intimidad, temas que han atareado mi pensamiento" (Borges oral, 101).

Chesterton, por su parte, afirmó en un ensayo “sobre los ensayos” que encontraba, tal vez, su más grande placer literario en leer ese tipo de textos, después de necesidades verdaderamente serias del intelecto "as detective stories and tracts written by madmen" (On essays, 3)

Para Borges, Chesterton era el mejor heredero de la tradición policial iniciada por Edgar Allan Poe: "Chesterton dijo que no se habían escrito cuentos policiales superiores a los de Poe, pero Chesterton -me parece a mí- es superior a Poe (…). Chesterton hizo algo distinto, escribió cuentos que son, a la vez, cuentos fantásticos  y que, finalmente, tienen una solución policial" (Borges oral, 78)

Borges y Chesterton emprendieron también una caracterización del género policial, con puntos de encuentro interesantes, como lo relativo a la formación de un tipo de lector desconfiado, con quien el texto entabla un duelo. Ambos, de algún modo, se propusieron establecer las reglas del género. Pero sus empeños pueden decirnos más sobre ellos como lectores, sobre sus propias opiniones y expectativas, que sobre el género mismo.

Deseo referirme en detalle a un artículo de Chesterton titulado “How to write a detective story”, incluido en el libro The Spice of Life. Pero antes quiero llamar la atención sobre el rasgo esencial que para Borges implica la novela policial: la idea de orden.

¿Qué podríamos decir como apología del género policial?  Hay una que es evidente y cierta: nuestra literatura tiende hacia lo caótico. Se tiende al verso libre porque es más fácil que el verso regular; la verdad es que es muy difícil. Se tiende a suprimir personajes, los argumentos, todo es muy vago. En esta época nuestra, tan caótica, hay algo que, humildemente, ha mantenido las virtudes clásicas: el cuento policial. Ya que no se entiende un cuento policial sin principio, sin medio, sin fin. (…) Yo diría, para defender la novela policial, que no necesita defensa; leída con cierto desdén ahora, está salvando el orden en una época de desorden. (80)

El artículo de Chesterton, por su parte, está lleno de paradojas. Su título mismo le da pie para afirmar que su persistente fracaso a la hora de escribir le concede la autoridad necesaria para propponer las reglas de una forma ideal del género: “I have failed a many good times. My authority is therefore practical and scientific, like that of some great statesman or social thinker dealing with Unemployment or the Housing Problem” (15).

Chesterton establece varios principios fundamentales que rigen las buenas historias de detectives. El primero, que el propósito de todas esas historias, “is not darkness but light” (16).  Para Chesterton estas historias se escriben para el momento en que el lector entiende, no para los momentos preliminares en que no entiende. Aquí hace una afirmación categórica sobre las características y funciones del secreto en el relato policial: no sólo es necesario esconder un secreto, también es necesario “tener” un secreto y, además, tener un secreto que valga la pena de ser escondido. Pero las reflexiones de Chesterton sobre el género parecen estar siempre apuntando a un más allá del lenguaje que sólo puede vislumbrarse si se consideran otras obras suyas. Al hablar de la luz, como propósito del relato policial, parece estar insinuando algo que trasciende el género mismo: “It is still permissible to insist that it is the people who sat in darkness who have seen a great light; and that the darkness is only valuable in making vivid a great light in the mind” (17). Añade Chesterton que siempre le ha interesado la “sorprendente coincidencia” de que las mejores historias de Sherlock Holmes, como “Silver Blaze” (donde el objeto supuestamente robado, “el caballo”, es al mismo tiempo el asesino), contienen alusiones al concepto de iluminación.

El segundo gran principio que Chesterton encuentra en las novelas de detectives consiste en que no es la complejidad, sino la simplicidad, el alma de esas historias. “The secret may appear complex, but it must be simple; and in this also it is a symbol of higher misteries” (18). Agrega que el escritor debe explicar el misterio, pero de una manera tan clara que no tenga que explicar la explicación.

El tercer principio consiste en que el hecho o la figura que lo explique todo deben ser familiares. Para Chesterton, el criminal “should be in the foreground, not in the capacity of criminal, but in some other capacity which nevertheless gives him a natural right to be in the foreground” (18). En la novela policial perfecta, la verdad debe ser siempre demasiado simple y obvia. El agente debe ser una figura familiar en una función poco familiar. La conclusión a la que se llega debe ser siempre algo que el lector “reconoce”. De lo contrario, no puede haber sorpresa en lo que es sólo novedad.

A great part of the craft or trick of writing mystery stories consist in finding a convincing but misleading reason for the prominence of the criminal, over and above his legitimate business of committing the crime. (18)

 Chesterton concede especial atención al juego que se entabla entre los autores y lectores de novelas policiales. Para él, el lector entabla un combate, no contra el criminal, sino contra el autor. El lector de novelas policiales se está preguntando todo el tiempo por qué el autor pone a sus personajes en las situaciones en que los pone. Esa misma actitud desconfiada y alerta por parte del lector es puesta en evidencia por Borges en su ensayo sobre el cuento policial, cuando dice que el género “ha creado un tipo especial de lector” (67). Para ese lector, la advertencia de que un texto cualquiera, por ejemplo El Quijote, es un texto policial, activará de inmediato una serie de procesos mentales tendientes a encontrar en cada frase del texto las huellas de un crimen y un criminal.

La reflexión sobre el crimen mismo lleva a Chesterton a delinear el cuarto principio de su manual para escribir novelas policiales: “In the classification of the arts, mysterious murders belong to the grand and joyful company of the things called jokes” (20). La ficción policial se ofrece como una ficción deliberadamente ficticia, como una forma muy artificial de arte donde el lector entabla con el texto la misma relación que un niño establece con un juguete. Ante un lector que, además de inteligente, es denconfiado, Chesterton sostiene que la presencia del criminal en la historia debe obedecer no sólo a razones realistas, sino también a razones artísticas.

The ideal mystery story is one in which he is such a character as the author would have created for his own sake, or for the sake of making the story move in other necessary matters, and then be found to be present there, not for the obvious and sufficient reason, bur for a second and secret one (20)

Chesterton concluye que toda buena historia de detectives debe estar basada en una verdad; “and though opium may be added to it, it must not merely be an opium dream” (21). 

Llegados a este punto, conviene aplicar a Borges y a Chesterton la misma desconfianza y perspicacia que ellos le atribuyen a los lectores de historias policiales. Quizá la primera pregunta que podemos hacernos es por qué para ambos este tipo de historias resultan tan importantes. El hecho de que se trate de juegos de intelecto no parece explicar que Borges llame a esas historias una de sus preocupaciones íntimas y que Chesterton las considere como una necesidad.

La respuesta quizá puede encontrarse en lo que estos dos autores creen encontrar en este tipo de relatos. Borges, como hemos visto, ve en ellos una noción de orden, una forma donde lo clásico perdura por encima del caos de lo moderno. Chesterton, por su parte, ve en los relatos policiales manifestaciones de la luz, de la verdad, de la simplicidad, así como símbolos de los más altos misterios.

Quizá una cita, tomada no muy al azar, donde reaparece ese lenguaje chestertoniano, nos acerque a la sospecha que subyace en este ensayo.

I felt in my bones; first, that this world does not explain itself. It may be a miracle with a supernatural explanation; it may be a conjuring trick, with a natural explanation. But the explanation of the conjuring trick, if it is to satisfy me, will have to be better than the natural explanations I have heard. (Orthodoxy, 65).

Este fragmento de Ortodoxia, el libro de ensayos donde Chesterton desarrolla su visión a favor del criatianismo, nos muestra a un “lector de relatos policiales” tratando de concebir a un “autor” de la creación y exigiendo explicaciones y respuestas satisfactorias, verdaderas. Allí proliferan las mismas figuras de la oscuridad y de la luz, de la simplicidad, de los altos misterios con que Chesterton caracteriza la novela policial. Quizá no sea muy aventurado afirmar que, en la novela policial, Chesterton encuentra el modelo de indagación apropiado para las reflexiones teológicas.

También es posible encontrar en Borges algo que podríamos llamar una avidez religiosa. No en vano, al lado de su conferencia sobre el cuento policial, Borges reflexiona sobre la vida y la obra del místico Emanuel Swedemborg. Esa misma avidez de orden con que lee los relatos policiales parece ajustarse muy bien a la idea de lo religioso como restitución (re ligare), como un "atar cabos" para explicar, para recuperar la unidad, el orden.

Pero justificar estas posiciones no es fácil en un tiempo donde lo religioso se encuentra tan desprestigiado. Sería necesario empezar por discernir entre lo religioso institucional y la actitud religiosa. Sería un error afirmar que un autor como Borges defiende una doctrina religiosa determinada o que Chesterton propugna por ese equívoco general que solemos designar bajo el nombre de catolicismo.

Quizá la prueba de que ese orden, esa luz, esa verdad que encuentran en los relatos policiales –y en el pensamiento místico del que esos relatos son modelo- no son los conceptos domesticados que solemos atribuirle a esos términos, se encuentra en esta defensa que Chesterton hace de la ortodoxia.

There never was anything so perilous or so exciting as ortodoxy. It was sanity: and to be sane is more dramatic than to be mad. It is easy to be a mad man: it is easy to be a heretic. It is always easy to let the age have his head; the difficult thing is to keep one’s own. It is always easy to be a modernist; it is easy to be a snob. It is always simple to fall, there are an infinity of angles at which one falls, only one at which one stands. (Orthodoxy 101)

 Desde esta perspectiva, la verdad, la luz que se revela al final de los relatos policiales es siempre un hallazgo que desborda las expectativas generadas por su búsqueda. Detrás del simple juego de encontrar criminales donde menos se sospecha, este tipo de relatos parece proponer un tipo de persona capaz de preguntarse todo el tiempo por la trama secreta que gobierna la realidad. La misma actitud del lector que intenta adivinar las intenciones de un autor llega por extensión a ser la actitud de alguien que quiere indagar por los misterios de la más primordial y misteriosas de todas las creaciones. También del primer crimen que podemos concebir.



Bibliografía



Borges, Jorge Luis. Borges oral. Buenos Aires: Emecé Editores/Editorial Belgrano. 1979.

___________. Otras inquisiciones. Bogotá: Biblioteca El Tiempo. 2000.

___________. "Una sentencia del Quijote" Buenos Aires: La Nacion Line. 03/27/02. (http://www3.lanacion.com.ar/suples/cultura/0213/supl.asp?pag=p01.htm)

Chesterton, Gilbert Keith. Come to think of it. New York: Dodd, 1931.

___________. Orthodoxy. New York: Doubleday. s.f.

___________. The spice of life, and other essays. Beaconsfield, D. Finlayson, 1966.


* Ensayo escrito para el curso "La ficción paranoica", dictado por Ricardo Piglia en Princeton University, Primavera de 2002.