domingo, 27 de octubre de 2013

Sobre una misteriosa historia absurda

Una lápida en blanco



Xavier Cocacolo era un hombre de pocas palabras. Tenía tan pocas que casi ni hablaba. De hecho, no hay nadie que pueda decir que lo hubiera escuchado. Ni a solas hablaba. Casi ni pensaba. Cuando era un bebé no lloraba. Nunca pudo hacer la primera comunión porque no confesó nada. Tampoco llegó a casarse, porque decir “Sí” habría  sido necesario. Cuando se murió o –mejor– lo mataron, todos decidimos que hacerle una lápida en blanco era un justo homenaje.

Incluido en El tamaño sí importa: cuentos desmesuradamente cortos.

viernes, 25 de octubre de 2013

La biblioteca del más allá


   Si alguien me hubiera preguntado por Boecio hace diez días, me habría visto obligado a reconocer mi ignorancia o habría corrido a Wikipedia, para no admitir ese vacío lamentable. Es posible que me haya cruzado una o dos veces con el título de su libro más conocido: El consuelo de la filosofía, pero nunca tuve el propósito de leerlo. Era una de esas obras de nombre llamativo que nunca me tomaría la molestia de leer.
He llegado a los libros de maneras diversas. A unos vecinos universitarios les debo la precocidad y los traumas de haber leído a Nietzsche a los doce años y un novelón rumano horriblemente hermoso titulado El defensor tiene la palabra. Mi padre puso en mis manos el I ching y Calila y Dimna y, si no hubiera tenido más libros, aquel par de tesoros habrían sido suficientes. Juan Carlos, mi mejor amigo, siempre estaba descubriendo cosas nuevas, compartiéndolas; a él le debo, entre otras cosas, haber llegado a La rama dorada y La muerte de Virgilio.

   Uno de los objetos más queridos que tuve en la adolescencia fue mi carné de la Biblioteca Pública Piloto. Me gustaba moverme entre los estantes leyendo los lomos de los libros, deteniéndome a hojear, aprendiendo a saber en poco tiempo lo que podían depararme. Mi pasión por la lectura se extendió como un rizoma. Un libro conducía hacia otro libro. Una mención abría puertas hacia nuevos horizontes. Muy pronto comprendí que por muy larga que fuera la vida no podría alcanzarme para tanto libro interesante del que tenía noticias.
    
    Podría escribir toda mi vida a partir de las bibliotecas que he amado: la biblioteca de Comfenalco, en la avenida la Playa; la Bartolomé Calvo, en Cartagena; la biblioteca de East Pyne, en Princeton; la biblioteca Douglas, en la Universidad de Rutgers, que tantas veces me acogió en sus silencios nocturnos, cuando me sentía el hombre más solo de la tierra.

    Hace unos pocos días conocí otra biblioteca. He olvidado los detalles del día que antecedió a ese sueño. Yo viajaba por el mundo más resignado que contento. Empezaba a encontrarle su extraño placer al desapego. En el sueño había algo como dos vagones de tren dispuestos como una letra ele. En uno de los vagones estaba Marilla, la presencia que me ama y que me cuida, como asomada a un cristal, incapaz de salir, diciéndome con gestos que entrara al otro vagón. Entonces me vi en una biblioteca luminosa, amplia y acogedora; me vi buscando, leyendo lomos de libros sin saber lo que buscaba. Después de un tiempo, el sueño empezó a ser opresivo, porque ningún libro que miraba me interesaba. Finalmente ascendí unas escalas de madera y me arrastré por un ático. Alcancé a sentir claustrofobia por el techo tan bajo, pero el lugar se hizo más amplio y un hombre cuyos rasgos he olvidado puso un libro frente a mis ojos: Arcana celeste, de Boecio. Desde ese momento el sueño se detuvo y por más que quise moverme lo único que veía era ese libro y la orden silenciosa de leerlo.

   Salté de la cama a buscar noticias de Boecio. Como no había escrito un libro con ese título, decidí empezar por El consuelo de la filosofía, el libro que escribió pocas horas antes de ser ejecutado,  y creo no haberme equivocado. Después de dar el consuelo que toda alma necesita, el libro se dedica a explicar la maquinaria divina, con unos argumentos que hacen caber a Dios mismo en la cabeza del lector. No tengo intención de hablar aquí de ese libro, porque creo que cada persona necesita un libro distinto. Pero no quiero quedarme sin decir que El consuelo de la filosofía me llegó dos días antes de un momento muy triste, y que al llegar ese momento estaba preparado para que una cosa así no consiguiera destruirme.


Oneonta, Noviembre de 2009.

Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado

domingo, 20 de octubre de 2013

Los niños perdidos



Maté la que me estaba matando. La maté con unos deliciosos champiñones en su salsa, una carne en trocitos en otra salsa y unos trocitos de algo que jamás sabré qué fue –también con su salsa peculiar. Todo eso lo combiné con un arroz que se dejaba echar salsas de todo tipo y multiplicaba, prolongaba, los mejores sabores del plato. Maté la que me estaba matando y aprendí una cosa nueva. Se aprende mucho en esta ciudad a la que llegué hace como una hora, el problema es que te cobran por el aprendizaje y te lo cobran caro y de contado. Lo que aprendí es que todo lo que parece regalado, tarde o temprano te lo terminan cobrando.

viernes, 18 de octubre de 2013

Erskine Caldwell



Es tiempo de caza. Por todos lados hay perros ansiosos, hombres armados, animales que huyen. En medio de los ires y venires, escuchamos una voz ahogada. Un negro ha caído en un pozo y pide nuestra ayuda. Es un conocido nuestro. Está herido, lleva allí varias horas y empieza a desfallecer. El asunto es casi divertido. Sólo es cuestión de arrojarle una cuerda y decirle que procure ser más cuidadoso. Entonces recordamos que nos falta un perro para tener el número mágico. Uno más y la caza será un placer sin límite. Así que decidimos prolongar la charla. Le preguntamos al negro si retribuiría nuestra generosidad de sacarlo con la generosidad de regalarnos uno de sus perros. El hombre intenta explicar que no puede pagarnos de ese modo; propone otras formas de retribuirnos. Entonces perdemos el entusiasmo por ayudarlo. Lo dejamos a solas en el pozo. Es probable que su ausencia pase desapercibida por varios días. Al final, quizá tengamos muchos más perros de caza.

jueves, 17 de octubre de 2013

La patria del lenguaje

Palabras de agradecimiento durante el homenaje de la Feria del Libro Hispana Latina de Nueva York,
el viernes 11 de octubre de 2013, en la Renaissance Charter School, de Jackson Heights, New York.



jueves, 10 de octubre de 2013

Invitación a la Feria


Este es un fin de semana de celebración y de encuentros significativos. 

Los días a solas escribiendo reciben de repente una compensación en sonrisas y abrazos y aprecio genuinos.

A todos los amigos que están en Nueva York los invito a asistir este fin de semana a la Feria del Libro Hispana Latina, en la Renaissance Charter School, de Jackson Heights (81 st. -35 av).

La ceremonia de homenaje será este viernes, 11 de octubre, a las 7:30 de la noche.

El sábado al mediodía hablaré sobre ‘El origen del mundo’.

Desde el viernes hasta el domingo hay una programación muy completa y variada, para todos los gustos. 


Gracias a todos los amigos que me han hecho llegar sus mensajes de felicitaciones y su aprecio.

Gracias a los que asistirán de corazón.

Serán días para renovar energías, antes de volver a seguir atendiendo mi llamado.

jueves, 3 de octubre de 2013

Una conversación sobre 'El origen del mundo' en la Feria Hispana/Latina de Nueva York


Los príncipes sometidos



Maquiavelo no era un hombre maquiavélico. Si los muertos se quedan dando vueltas para ver qué hacen los vivos, el fantasma de don Niccolo lleva siglos sufriendo por el pésimo uso que le han dado a su nombre. El agudo funcionario florentino se ha vuelto, con el tiempo, sinónimo de perverso, de intrigante, de persona sin escrúpulos. Eso pasa cuando leemos “de oídas”. Maquiavelo no era todo eso tan malo que quieren atribuirle. Era un tipo bastante aterrizado que además tenía razón.

Dos situaciones separan a El Príncipe, la obra más conocida de Maquiavelo, de los lectores contemporáneos. La primera es el rechazo inmediato que despierta en mucha gente el rótulo de clásico. Para los que consideran a Maquiavelo maquiavélico, un clásico es un libro que jamás hay que leer, pero de cuyo contenido conviene estar un poco enterados. Lo otro que nos separa es nuestra incapacidad para traducir, a nuestra propia experiencia, los consejos que ese libro les daba a los monarcas. 

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