lunes, 29 de abril de 2013

“La literatura nace de una pérdida”: Un diálogo de Ricardo Piglia y Tomás Eloy Martínez



En la primavera del 2002 tuve el honor de moderar una charla entre dos de los escritores argentinos más influyentes de las últimas décadas. Tuvo lugar en la Universidad de Rutgers y fue organizada por los estudiantes graduados del Departamento de Español y Portugués. Esta versión del encuentro fue publicada originalmente en la revista Yzur.

Por Gustavo Arango
Uno de los temas de moda en las universidades norteamericanas es la disolución de las fronteras. Ahora que miles de personas abandonan sus naciones para hacerse ciudadanos del mundo, la idea del exilio parece haber tomado sentidos diferentes a los que tenía hace dos o tres décadas. Cada vez son más los que insisten en que el mundo quizá sea mejor si los nacionalismos se convierten en cosa del pasado. El crítico palestino Edward Said, profesor de Columbia University, en Nueva York, dice que el exilio puede producir rencor y tristeza, pero también puede dar una visión más aguda a quien lo vive.  Agrega  que el recuerdo de lo que se ha dejado atrás se convierte en un lente para ver la realidad. Para Said, el exilio y la memoria  van siempre de la mano y es “lo que uno recuerda del pasado, y cómo lo recuerda, lo que determina la manera como mira el futuro”.

miércoles, 24 de abril de 2013

Coming soon... Muy pronto...



Since no one is ever too young to die, a few months ago I started to ask myself what my life would be lacking if death were to arrive soon. I didn’t have to look very hard for an answer. After dismissing the idea of floating on the Moon, there was only one idea that returned with insistence:
to visit Sri Lanka.

Bilingual edition
English-Spanish.
More than 300 pictures


Como nadie es tan joven que no pueda morir mañana, hace unos meses empecé a preguntarme qué experiencia le faltaría a mi vida si la muerte llegara apresurada. No tuve que buscar mucho para encontrar la respuesta. Descartado el sueño de flotar en la luna, sólo había una idea que volvía insistente: visitar Sri Lanka.
Edición bilingüe
Español-Inglés.
Más de 300 fotografías

domingo, 21 de abril de 2013

Salcedo, el divertido


Alberto Salcedo Ramos acaba de ganar en España el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. 
Reproduzco una nota que escribí sobre él, en Centrópolis, en junio de 2011.




Salcedo, el divertido

  Conocí a Alberto Salcedo hace ya veinte años, cuando se cumplió mi sueño de trabajar en El Universal de Cartagena, el periódico donde García Márquez había comenzado. Por esos días, Salcedo fue nombrado jefe de redacción y siempre fue generoso en sus comentarios sobre los textos que yo empezaba a publicar en el suplemento Dominical.  Yo nunca me atreví a elogiar los suyos, aunque no dejaba de leerlos con una mezcla de envidia y admiración. Pronto nos dimos cuenta de que nuestros caminos eran similares, que para ambos la escritura era el sentido de la vida.

domingo, 14 de abril de 2013

Novel and Romance


  
San Jorge y el Dragón, por Paolo Uccello

 Doubtless the main difference between the novel and the romance is in the way in which they view reality. The novel renders reality closely and in comprehensive detail. It takes a group of people and set them going about the business of life. We come to see these people in their real complexity of temperament and motive. They are in explicable relation to nature, to each other, to their social class, to their own past. Character is more important than action and plot, and probably the tragic or comic actions of the narrative will have the primary purpose of enhancing our knowledge of and feeling for an important character, a group of characters, or a way of life. The events that occur will usually be plausible, given the circumstances, and if the novelist includes a violent or sensational occurrence in his plot, he will introduce it only into such scenes as have been (in the words of Percy Lubbock) "already prepared to vouch for it." Historically, as it has often been said, the novel has served the interests and aspirations of an insurgent middle class.

miércoles, 10 de abril de 2013

Para leer Pedro Páramo




Guía de lectura para leer Pedro Páramo, de Juan Rulfo

1. Vine a Comala...
Yo: Juan Preciado.

2. Era ese tiempo...
Juan Preciado.
Diálogo en el camino (Abundio, 4).
Voz de la madre (itálicas)

3. Era la hora
J.Preciado busca a doña Eduviges.
Voces en itálicas.

4. Me había quedado
Diálogo en el camino (Abundio)

5. Soy Eduviges Dyada
Juan Preciado y Eduviges Dyada (hablan de Doloritas, la madre de JP)

6. El agua que goteaba
Niño encerrado en el excusado:
Abuela: ¿Qué tanto haces?
Niño (PP): “Pensaba en ti Susana. (segunda persona: Tú)

7. Abuela, vengo a ayudarle
Niño (PP). La madre y la abuela lo envían a  hacer mandados.

8. Por la noche volvió a llover
Niño (PP)
Conversación con la madre: ¿Por qué no fuiste a la novena de tu abuelo?
Salto narrativo:
Juan Preciado-Eduviges.
Historia de Eduviges y Dolores P.
Historia de Dolores P. y de Juan P.
Voces en itálicas.

9. “El día que te fuiste...
Niño (PP), cuida el niño y el negocio de Rogelio.
Habla con la abuela.
Muestra su carácter.
Salto narrativo:
Juan preciado y Eduviges.
Muerte de Miguel Páramo (hijo de PP).

10. ¿Qué pasó?
Narra Eduviges: Muerte de Miguel Páramo
Salto narrativo:
Lo despiertan: “Tu padre ha muerto”.

11. “Hay aire y sol...
Padre Rentería.
Muerte de Miguel Páramo.
Pedro Páramo pide (compra) perdón para su hijo.

12. Durante la cena
Padre Renteria y su sobrina Anita.
Anita relata la violación.

13. Un caballo pasó...
Rumores en torno a la muerte de Miguel Páramo...
Múltiples voces

14. Había estrellas fugaces
Padre Rentería a solas
Piensa en su deber, en el perdón
María pide perdón para su hermana Eduviges...
No hubo perdón, no hubo dinero

15. Más te vale
Eduviges y Juan Preciado
Juan Preciado va a dormir, grito.
Damiana Cisneros

16. Fulgor Sedano
Muerte de Toribio Aldrete.

17. Tocó con el mango
Fulgor Sedano visita a Pedro Páramo.
Negocios: deuda con las Preciado.
PP decide casarse con Dolores P.
Aldrete: problema de límites.

18. ¿De dónde diablos...
Fulgor Sedano piensa con sorpresa sobre PP.
                                                                                                                                                                                                                                                                                       
19. Fue muy fácil...
Fulgor Sedano habla con Dolores Preciado.
Se arregla la boda.

20. Ya está pedida...
Arreglos para la boda
Instrucciones sobre Aldrete.
¿Y las leyes?
La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros.

21. Tocó nuevamente
Fulgor Sedano –Pedro Páramo.

22. Este pueblo está lleno de ecos
Damiana Cisneros y Juan Preciado.
Damiana habla de las voces.
JP se queda solo.

23. Oí que ladraban los perros...
Muchachas ven pasar a Filoteo Aréchiga.

24. La noche
Galileo (esposo de Felicitas) y su cuñado hablan.
“Dicen que le vendiste las tierras a PP...
“A nadie se las he vendido...

25. ...Mañana, en amaneciendo
Hombre le pide a Chona que se vayan...

26. Ruidos. Voces...
Las voces

27. Vi pasar las carretas
Las carretas.
Voces (Itálicas)
Juan Preciado encuentra a un hombre y una mujer desnudos.

28. La madrugada fue apagando
Hablan el hombre (Donis) y la mujer, voces distintas.
Juan Preciado  despierta, habla con la mujer.
¿Cómo se va uno de aquí?
La mujer habla del pecado.
De otros que tal vez viven en el pueblo.
Historia del obispo.
Regresa el hermano.

29. Por el techo abierto...
Juan Preciado:
Lo que sucedió mientras el hombre y la mujer estaban afuera.
Vea una mujer.
El hombre y la mujer regresan?
La luna y la estrella.

30. Como si hubiera retrocedido
La luna y la estrella.
JP habla con la mujer,
Menciona a su hermana.
El hombre se ha ido “a buscar el becerro”.

31. ¿No me oyes?
Juan Preciado y su madre.

32. Regresé al mediotecho...
Juan Preciado y la mujer,
Va a costarse con ella.

33. El calor me hizo despertar
Juan Preciado despierta de noche a lado de la mujer.
NO había aire.

34. ¿Quieres hacerme creer que te mató...
Doroteo(a) habla con Juan Preciado muerto. Me mataron los murmullos.
Voces en itálicas. La ilusión. Historia de D. Enterrados juntos.



35. Al amanecer, gruesas gotas
Fulgor Sedano y Miguel Páramo.
Damiana Cisneros y MP, hablan de Dorotea. Trato de MP con Dorotea.
Fulgor Sedano piensa sobre MP
FS y PP, hablan de MP.

36. Allá afuera debe estar variando el tiempo...
Juan Preciado y Dorotea.
Sobre el cielo y el alma.

37. Llamaron a su puerta...
Llevan el cadáver de MP.
PP recuerda la muerte de su padre (10).

38. El padre Rentería
Padre Rentería, la noche en que murió MP. Recuerda cuando le llevó el hijo a PP. Al padre R. le niegan la absolución.
Habla con su sobrina, Ana.
Padre Rentería y Dorotea.

39. Estoy acostada...
Monólogo: Estoy muerta.
SS recuerda la muerte de su madre.
Habla con Justina.

40. ¿Eres tú la que ha dicho...
Juan Preciado y Dorotea.
Voz de mujer: Doña Susanita.
Voz de hombre. PP mató a muchos tras la muerte de tu padre.
PP tras la muerte de Susana.

41. Fue Fulgor Sedano
Fulgor S y PP.
Está aquí Bartolomé San Juan.
El y su mujer (hija?)

42. Esperé treinta años...
PP le habla a Susana de la espera

43. Hay pueblos que saben...
Bartolomé habla con su hija, Susana San Juan. ¿Estás loca?
Claro que sí, Bartolomé. ¿No lo sabías?

44. ¿Sabías, Fulgor
Fulgor Sedano y Pedro Páramo.
PP ordena matar a Bartolomé San Juan.

45. Sobre los campos del valle
Los indios en Comala.
Justina Díaz compra romero.
Justina Días y Susana.
El padre va a despedirse.

46. Muchos años antes...
Recuerdo de infancia: calavera, monedas. Susana ríe.

47. Los vientos siguieron soplando...
Susana oye el golpe del viento.
Susana y su (el) padre.

48. Un hombre al que decía el Tartamudo...
Mataron a Fulgor Sedano, los revolucionarios.
PP viejo, piensa en Susana.
¿Cuál era el mundo de SS?

49. “Mi cuerpo se sentía a gusto...
Juan Preciado y Dorotea: habla SS
Sobre al mar y él.

50. Pardeando la tarde...
Los rebeldes en casa de Pedro Páramo.
La causa por la que luchan?
PP les ofrece dinero y hombres.
El Tilcuate, atrás, y Perseverancio.

51. ¿Quién crees tú que sea...
PP y el Tilcuate (Damasio).

51. ¿Qué es lo que dice...
Juan Preciado y Dorotea
Ella, SS, habla de las veces que dormía con él y del dolor de la muerte de otro.
52. Esa noche volvieron a sucederse los sueños
Es el sueño le anuncian la muerte de Florencio. PP la mira, a SS. PP se va.
Ella sigue durmiendo, se despierta, se desnuda. El padre Rentería llega a verla.

53. ¿Sabe, don Pedro que derrotaron al Tilcuate?
PP y Gerardo, el abogado.
Hablan de la derrota del Tilcuate, por los villistas. De los documentos.
Gerardo espera una recompensa.

54. Don Pedro, he regresado
Gerardo regresa donde PP.
Pide dinero. Recuerda lo que hizo por Lucas, Pedro y Miguel.

55. Faltaba mucho para el amanecer
La noche. Damiana Cisneros.
Ve a PP entrando al cuarto de Margarita.
Flashback..”Entonces ella era muchacha”. Ve hombres: “Son cosas que a mí no me interesan”.

56. Supe que te había derrotado
Damasio, no fue derrotado, se ha unido a los villistas. Habla con PP.
Necesitamos dinero.
Le dice que asalte Contla.
PP se queda solo. Piensa en la muchachita, en SS.

57. En el comienzo del amanecer...
Justina y SS. Sobre el infierno y la muerte.
PP y Justina: ¿Cómo está la señora?
El padre Rentería estuvo confesándola la noche anterior. PP la mira desnuda y retorciéndose. La cubre. Entra el PR a darle comunión.
SS: “Hemos pasado un rato muy feliz, Florencio” Y se volvió a hundir entre la sepultura de sus sábanas.

58. ¿Ve usted aquella ventana...
Ángeles y doña Fausta...
Hablan sobre SS, sobre PP, sobre sus preparativos para la Navidad.

59. Tengo la boca llena de tierra
SS y el padre Rentería.
SS muere.

60. Yo.
Dorotea: Yo vi morir a doña Susanita.
3 líneas.

61. Al alba, la gente
8 de diciembre.
Suenan las campanas de las iglesias, a los tres días todos están sordos.
Viene gente de todas partes.
La cosa se convirtió en fiesta.
PP juró vengarse de Comala.

62. El Tilcuate siguió viniendo:
Con PP:
Ahora somos carrancistas.
El Padre R. se fue a luchar.
PP: Haz lo que quieras.

63. Pedro Páramo
PP delira, le habla a Susana.

64. A esa misma hora
Doña Inés barre la entrada de la tienda de su hijo Gamaliel Villalpando.
Llega Abundio.
Se le murió la Refugio.
Le da trago barato a cambio de que le diga a la mujer muerta que interceda por ella. Abundio va a la Media Luna.
Damiana grita.
Se llevan a Abundio.

65. Allá atrás

lunes, 8 de abril de 2013

9 de abril de 1948

Fragmentos de Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal

Humo


“El tiempo es una gota de silencio
que rueda por todos los caminos”.
Gustavo Ibarra Merlano


Nadie miró el atardecer. Aunque todos alzaron su mirada hacia las nubes sólo vie­ron al viejo y archi­conocido humo.
El humo, el mismo humo de las hogueras primiti­vas, el humo de los conquistadores españo­les, el de pestes e invasiones de piratas, volvió a elevar­se como un árbol tibio y negro sobre la ciudad amu­rallada. La furia y el temor habían vuelto a encen­derse en medio de musgosas cons­truc­ciones milita­res, a la sombra de conventos conver­tidos en cuar­teles y hospita­les, en casonas dividi­das y calles de ladri­llo y macadam.
Los primeros escarceos comenzaron a la una y veinti­cinco de la tarde, a la hora en que lle­garon las primeras noticias por la radio.
Alguien recuerda haber visto al doctor Domingo López Escau­riaza cruzar lívido la Plaza de la Adua­na a la una y treinta y siete de la tarde. A esa hora, en ese sitio, la gente seguía des­preveni­da, aún no recibían la noticia que haría que queda­ran bo­quiabiertos.
 Según quien lo recuer­da, el doctor López traía el som­bre­ro en la mano –como sólo sucedía en casos excep­cio­nales– y su voz fue entrecortada al infor­mar, sin detener­se, que iba para su periódi­co, que acababan de aten­tar contra Gaitán. El doctor López Escauriaza era un hombre alto y solem­ne con la espalda siempre erguida, un ser obstinado y reflexivo a quien algu­nos, en broma, llamaban el único prócer vivo y otros, por sus rígidos principios, el domingo al que no seguía ni el lunes. La persona que lo vio cruzar la Plaza de la Adua­na siguió al doctor López por la calle de la Amargura, tuvo apu­ros para igualarle el paso en la calle de San Pedro Claver y llegó hombro a hombro con él a la sede del periódi­co, una casa macilenta y encorvada en la calle San Juan de Dios.
Poco antes de llegar, el doctor López bajó el ritmo de sus pasos, quebró el ala del sombrero y dibujó en su rostro de pájaro un gesto de fastidio. Tres soldados nerviosos y armados custo­diaban la entrada de la casa.
El periódico tenía sólo un mes de nacido y era la única publicación de oposición en esa vieja ciudad con rezagos colo­niales.
“¿Qué quiere?”, preguntó el soldado que bloqueó la entrada.
El doctor López miró al soldado con una indigna­ción que lo obligó a apartarse.
Adentro, sentado en una silla detrás del mos­trador, Julio Pretelt Olier esperaba su llegada.
“¿Qué se supone...?”, pudo decir Domingo López Escauriaza con su lengua inutilizada.
Miró en torno suyo: dos soldados más, el rostro de Zabala –tan pálido y brillante como sus gafas–, Eduardo Ferrer, dos redac­to­res de pie, pasmados, mi­rando desde la sali­ta de redac­ción sin decidirse a sentar­se y seguir escri­biendo.
El periódico era un linotipo trastabi­llante, una gastada máquina rotaplana, una salita para perio­distas que daba grima y unos cubículos de vidrio y de madera que parecían inodoros. Pero en la mente del doctor López Escauriaza era una mezcla de espa­da y de bandera que esgrimía por las causas libera­les.
Julio Pretelt Olier se puso de pie y caminó hacia el doctor López Escauriaza.
“No demos rodeos, doctor Escauriaza”, dijo. “Que­remos tener la primicia de lo que piensa publi­car”.
El doctor López miró a su gente, habló en silencio con Zabala, calmó a sus reporteros, perdió la rigidez que había en su espalda y dijo, con voz tranquila y perfectamente audible:
Si es así, entonces saldremos con el edito­rial en blanco”.

Esa tarde mucha gente se apuró a buscar refugio tras la puerta de su casa, se asomó furti­vamente por ventanas entrea­biertas, oyó gritos y disparos, vio en el cielo el humo espeso y corrió a encender la radio.
“Pueblo de Cartagena”, decía un vozarrón emocio­nado. “Ha llegado la hora de la revolución. Como Virgilio al Dante, así mismo os guiará mi voz”.
La voz era solemne, con un dramatismo acen­tuado por los gritos y disparos de la calle. La gente la escuchó como si anun­ciara el fin del mundo. Pero toda la tensión se diluyó con las si­guientes pala­bras.
“No les diré mi nombre, pero seré su guía. Esta es una emisora clandestina”.
En medio de la furia y el temor, una ola de risas recorrió la ciudad. Llevaban muchos años escuchando por la radio aquella voz que se nega­ba a dar su nombre.
“Carajo, oigan la última ocurrencia del Negro Artel”, se escuchó en muchas casas ce­rradas.
Afuera seguían los gritos. Los grupos de seres de rostro indistinguible corriendo como endemonia­dos, golpeando puertas de almacenes, disparando al aire, perdidos en ese feroz juego de escondidas para adultos.
Y hubo fuego. El fuego de las hogueras primi­ti­vas, el fuego de piratas y españoles, el de pestes y de casas que se pierden para siempre volvió a encen­derse en la vieja ciudad amurallada.
Algunos que huyeron de los dispa­ros y el desor­den en los botes del mer­cado recuer­dan toda­vía la imagen que ofre­cía la ciudad desde el refugio del mar. Era un horno de piedra que humeaba sin parar, contra un atardecer que nadie había mirado.
Tal vez nunca se sepa todo lo que sucedió en aquella fecha. Algunos recuerdan los disparos. Otros hablan de turbas enfureci­das que derribaron puertas de almacenes para proveerse de machetes y de hachas. De las calles desaparecieron cientos de metros de cables de energía y de teléfono. Se sabe que hubo ataques contra los dos diarios con­servadores: El Fígaro fue incendia­do y el Diario de la Costa reportó daños en sus oficinas.
Dicen que un grupo de mu­cha­chos libe­rales se tomó la Alcaldía y trató de esta­blecer un gobierno revolu­cionario que sólo estuvo en el poder durante diez minutos.
Pero en la memoria todo es humo.






* * *

La sopa ya había llegado por la nariz, pero el plato humeante seguía en la cocina.
Al joven García, más conocido como Gabito, se le había hecho tarde para almorzar y la dueña de la pensión bogotana de estu­diantes costeños lo castiga­ba haciéndolo esperar.
Miró el cuadro del comedor, el hombre en un árbol muy cerca de un río y el caimán que lo estaba espe­rando. Tamborileó sobre la mesa y cantó en voz baja. Cuando la sopa se asomó en la puerta de la coci­na, escuchó los gritos en la escalera. Un joven agitado llegó al comedor, se pegó a la pared cerca del cuadro y miró al joven en la mesa y a la mujer en la puerta:
“Se jodió el país. Mataron a Gaitán”.
Gabito miró con desconsuelo su plato de sopa y se dejó arrastrar escaleras abajo hasta una multi­tud revuelta. Casi en la esquina de la carrera sép­tima con la avenida Jiménez de Quesada, vio un co­rrillo inquieto y pálido.
La gente rodeaba un charco de sangre frente a la som­brere­ría San Francisco y contaba retazos de lo sucedi­do: a la víctima la habían subido a un taxi, estaba agonizan­te; al victimario lo había desca­la­brado un lustrabotas con su cajón de traba­jo y la gente seguía golpeán­dolo y arrastrán­dolo, carrera sépti­ma abajo, rumbo al Palacio Presi­den­cial.
Gabito pensó que, visto lo visto y sabido lo sabido, se iría a buscar ese plato de sopa que Bogo­tá estaría enfriando sin miseri­cordia. Cuando iba por la calle doce, rumbo a la calle de Florián, Gabito vio salir de un edificio al doctor Carlos H. Pareja, su profesor de Derecho Adminis­tra­tivo.
“¿Para dónde vas?”, le dijo su profesor, mirán­dolo y mirando la agitada multitud.
“Voy a almorzar”, respondió.
“¿A almorzar?”, lo miró escandalizado el doctor Pareja. “Cómo se te ocurre pensar en almor­zar en un momento como éste. Te vas ya mismo para la Univer­sidad”.
Gabito pasó toda la tarde de un lado para otro, gritan­do con rabia y los puños en alto, gol­peando y pateando a esa ciudad helada, turbia e insensi­ble al dolor de su des­tie­rro.
Al anochecer –cansado, sudoroso y liberado– pensó en volver a casa y encontró que la pensión estaba en manos de las llamas que habían comenzado en la Gobernación. Sintió el calorcito en su cara, el estupor milena­rio de los hombres frente al fuego, y escuchó los crujidos de adiós de la pensión de estudiantes costeños.
Se quemaba la sopa que nunca iba a tomarse. Se quemaba ese hombre en el árbol, ardía con el río y el caimán. Se quemaba su ropa. Se quemaba el privi­legio alimenticio, subsidia­do por su padre, de un huevo adicio­nal al desa­yuno. Bajo las llamas sedientas se iba para siempre su primera máquina portátil, ese otro regalo de su padre. Se iban sus cuentos, los que había publicado y los nuevos borrado­res, entre ellos una historia de un fauno en un tranvía bogotano. Se preguntó si sería capaz de volver a escribir los relatos malogrados y, en medio de la duda, deci­dió entrar a bus­carlos. Pero amigos oportunos lograron dete­nerlo.
Alguien irrecordable le ofreció refugio contra el desorden. Toda la noche permanecieron en vela, escuchando los disparos, los gritos y sirenas. Escuchando los ríos de sangre descritos en la radio.
El cuerpo destrozado del asesino –con una cor­bata de rayas azules y rojas como única prenda– bloqueó varios días la entrada del Palacio de Go­bierno. Sobre el charco de sangre del caudillo, liberales compungidos pusieron una bandera y arrojaron una llovizna de flores.
Pocos días después, Gabito retornaba del exilio. Cansado y aterrado regresaba a la tibieza de su tierra.