sábado, 22 de diciembre de 2012

Juegos de alcoba

“De caoba, mi señora”. Había comprendido que debía hablarle a ella. El hombre se escondía detrás de las gafas, el bigote y un balbuceo que sería igualmente indiscernible si uno se acercara para oírlo.
Pero ella lo oía, entendía los murmullos de ese hombre que podía ser su padre, que seguramente era su amante, a juzgar por las constantes miradas a la calle, el inocultable temor a ser visto allí con ella. Era un buen observador. Años de vender artículos para el hogar le habían dado la suspicacia para detectar la más leve huella de infidelidad.
Del especial 'La Navidad es un cuento', de Vivir en El Poblado.


Ilustración de Saúl Álvarez Lara


Juegos de alcoba


“De caoba, mi señora”. Había comprendido que debía hablarle a ella. El hombre se escondía detrás de las gafas, el bigote y un balbuceo que sería igualmente indiscernible si uno se acercara para oírlo.

Pero ella lo oía, entendía los murmullos de ese hombre que podía ser su padre, que seguramente era su amante, a juzgar por las constantes miradas a la calle, el inocultable temor a ser visto allí con ella. Era un buen observador. Años de vender artículos para el hogar le habían dado la suspicacia para detectar la más leve huella de infidelidad.

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domingo, 16 de diciembre de 2012

domingo, 9 de diciembre de 2012

Una noche de tragos con la Academia Sueca (En el Especial de Generación)


Una noche de tragos con la Academia Sueca
 
“En Estocolmo me dijeron las razones de la Academia Sueca para no darle el Nobel a Borges”, dice García Márquez durante el segundo día del taller. “Cuando uno va a recibir el Premio Nobel hay un programa muy duro, muy apretado. En Suecia no sucede otra cosa que la entrega de los premios. El primer punto de la agenda era la cena con los de la Academia. Allí se cuentan todos los secretos. Fue una noche muy divertida. Como estaban pasados de tragos, empezaron a hablar y llegamos a los ‘nobelizables’.
 
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jueves, 6 de diciembre de 2012

La extraña fascinación que producen los títulos desmesuradamente largos

La extraña fascinación que producen los títulos desmesuradamente largos
(La columna de Vivir en El Poblado)
                                                                                                                                                                                                                                       David Markson

Por Gustavo Arango

Los títulos son todo. Bueno, son casi todo. Son seducción y promesa. Son enigma y profecía. Se podría escribir una historia de la literatura a partir de los títulos de los libros. Hubo un tiempo en que no eran necesarios o llegaban de manera accidental: Dante escribió una ‘Comedia’ que el tiempo llamó ‘Divina’. Cervantes llamó a su hidalgo “Ingenioso”, pero por siglos los títulos solían ser nombres: Ana Karenina, Jane Eyre, María. Luego vinieron los títulos alegóricos: La tierra baldía, El corazón de las tinieblas. Hoy en día predominan los títulos poéticos. La historia debe incluir curiosidades: títulos más largos que el texto (como El dolor, cuyo texto dice: “¡Ay!”), títulos repetidos (Twilight, El origen del mundo). Capítulo aparte merecen los títulos largos.

Siempre me han fascinado los títulos largos, parecen caballos impacientes por correr. El primero que conocí fue el de García Márquez, “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”, y me pareció insuperable. Pero le llegó la hora. Al final, David Markson me dio este banquete: La balada de Dingus Magee, siendo la saga inmortal y verdadera del malandrín más notorio y desesperado de los viejos tiempos, su constante arruinar vidas de mujeres indefensas, etcétera; incluyendo también el único testimonio fidedigno jamás ofrecido al público de su combate a tiros con el sheriff C. L. Hoke Birdsill, en el Hoyo de Yerkey, New Mexico, en 1884, y con comentarios adicio­nales sobre el fatal y misterioso incendio de un burdel ocurrido el mismo año; complementado además con perfiles confiables y desvergonzados de “Blusa Grande” Belle Nops, Anna “Aguaca­liente”, Agnes “Cara de caballo” y otras, de las cuales casi ninguna quedó con vida al final. Compuesto en el elegante inglés moderno a partir de la información tomada de manera diligente de los archivos por David Markson.

Uno llega al final como a la cima de una montaña, con mareo por falta de oxígeno.


Pensaba que Markson era lo máximo, pero pronto descubrí que ya había sido superado. En 1887, un tal Henry Davenport publicó un libro titulado: Tierra, mar y cielo, o las maravillas del uni­verso, siendo una descripción completa y gráfica de todo lo que es maravilloso en cada continente del globo, en el mundo de las aguas y en los cielos estrellados; incluyendo estremecedoras aventuras en mar y tierra, descubrimientos renombrados de los exploradores más grandes del mundo y de todas las épocas, y fenómenos notables en todos los reinos de la naturaleza, abarcando los impactantes detalles físicos de la tierra, las características peculiares de la raza humana, de animales, de pájaros, de insectos, etcétera, inclu­­­yendo una descrip­ción vívida de los océanos Atlántico, Pacífico e Índico y de los océanos polares, los monstruos de las profundidades, las hermosas conchas marinas y las plantas, los peces singulares y otros habitantes del mundo de las aguas, las notables corrientes marinas, etcétera; junto con los maravillosos fenómenos de los sistemas solares y estelares; comprendiendo en general un vasto tesoro de todo lo que es maravilloso y extraor­dinario en la tierra, el mar, el aire y los cielos.


 Publicado en Vivir en El Poblado el 6 de diciembre de 2012.