martes, 28 de octubre de 2014

Santa María del Diablo

Este 5 de noviembre
llega a las librerías



Fundada a finales de 1510, Santa María de la Antigua del Darién fue la primera ciudad española en el continente americano.  Estaba situada en la costa occidental de lo que hoy se conoce como el Golfo de Urabá, llegó a tener una población superior a la de Madrid y fue el primer centro de la colonización en Tierra Firme.
Personajes como Vasco Núñez de Balboa (el descubridor de la Mar del Sur), Pedrarias Dávila (la Cólera de Dios), Gonzalo Fernández de Oviedo (el cronista de la Corona, el Dios de las tijeras y el autor de la primera novela escrita en el Nuevo Mundo), Francisco Pizarro y Diego de Almagro (los conquistadores del Perú), y Bernal Díaz del Castillo (cronista de la expedición de Hernán Cortés), entre otros, protagonizan la historia de este pequeño imperio en la selva que surgió y se esfumó en menos de quince años.

La historia de Santa María de la Antigua desborda los límites de la imaginación y explica en buena parte lo que ha sido Hispanoamérica desde entonces. Aquí están el deslumbramiento de los europeos con el Nuevo Mundo, el desconcierto y la aniquilación de las poblaciones nativas, la exuberancia de la naturaleza, el encuentro de culturas, las enfermedades de los cuerpos y las almas. El cielo y el infierno se juntaron en esta ciudad que fue escenario de convivencia apacible entre españoles e indios, pero también de intrigas, desafueros y grandes crueldades. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Estos indios de Cueva

 - Un fragmento de 'Santa María del Diablo'-


Estos indios de Cueva son algo mayores que los de las islas, y de la misma color. Suelen andar desnudos. Los varones llevan su miembro viril en un caracol o en un canuto de madera, ceñido con un hilo, y los testigos llevan por fuera. Las mujeres traen naguas, que son mantas pequeñas de algodón, desde la cintura a las rodillas o más alto, rodeadas al cuerpo. Las señoras y mujeres principales, a las que llaman espaves, traen estas naguas hasta los tobillos. Hombres y mujeres por igual usan adornos de oro y hermosos penachos. Los señores principales, en lugar del caracol, llevan un canuto de oro, torcido o liso. Las espaves, por su parte, se preciaban mucho de sus tetas y, para que no se les cayeran y estuvieran más altas y más tiesas, ponían por debajo una barra de oro muy fino, con figuras de pájaros en relieve. Estas mujeres del golfo acuden a las batallas con sus maridos, y a veces son señoras de la tierra y mandan y capitanean a su gente. Suelen hacerse collares y brazaletes de caracoles grandes y de conchas y otros objetos pequeños y de colores, y se los ponen en las muñecas y los tobillos y debajo de las rodillas, en especial las mujeres que son principales, que traen estas cosas en las partes que he dicho, y en las gargantas, y llaman cachiras a estos sartales y a las cosas hechas desta manera. Traen asimesmo zarcillos de oro en las orejas, y en las narices hacen un agujero entre las ventanas, y se cuelgan de allí sobre el labio alto otro zarcillo o se ponen allí un palillo tan grueso como una péñola de escribir.



jueves, 23 de octubre de 2014

La maldición de Santa María



    Siempre que se habla de la llamada Conquista, se piensa en Hernán Cortés y en Pizarro y en los aztecas y los incas, pero poca atención se presta al lugar donde empezó toda esa historia. Si uno pregunta cuál fue la primera ciudad española en Tierra Firme, algunos responden como alumnos aplicados que fue Santa María de la Antigua del Darién. Pero, más allá del nombre, pocos conocen las vicisitudes de aquel imperio efímero. Fundada en 1510, Santa María llegó a tener más habitantes que Madrid, y estaba llamada a ser una especie de Nueva York en el Caribe. En 1514, la Corona española envió allí la flota más grande que cruzó el océano: veinte barcos con dos mil personas, pero las divisiones internas, la codicia y  la crueldad fueron causa de su ruina. Después de catorce años, fue destruida, y la selva cubrió el lugar donde se hallaba.

    En Santa María vivieron personajes como el cronista de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo (autor de la primera novela escrita en territorio americano) y el porquerizo Francisco Pizarro, quien llegaría a ser uno de los hombres más ricos del mundo en todos los tiempos. Allí también estuvieron Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur, y Pedrarias Dávila, fundador de la ciudad de Panamá y uno de los hombres más crueles que pisaron Tierra Firme. Se dice que, bajo el mando de Pedrarias, los españoles mataron cerca de dos millones de indios, saquearon el oro de estas poblaciones, destruyeron sus culturas, sus lenguas y sus sabidurías ancestrales. Es por eso que el Darién se encuentra virtualmente despoblado. 

martes, 21 de octubre de 2014

El fin de la inmortalidad

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La vida es una cosa muy rara. Uno a veces se despierta con ojos enrojecidos, asoma la cabeza desde sueños imposibles de entender en la vigilia y vuelve a formularse las preguntas sin respuesta, las de veras importantes: qué es esto que llaman mundo, por qué estoy aquí y ahora, qué es esta cosa tan rara a la que estoy apegado -este cuerpo, esta voz que farfulla desde adentro-, de dónde vine a este sitio, qué me espera cuando esta bolsa de órganos esté tendida y sin vida.
El niño que apenas se está asomando a la pubertad aún no regresa del asombro que le ha dado la noticia. No importa cuántas muertes haya visto en las películas, ni los muertos que lleva encima por los juegos de video. No cuentan para nada las historias que ha escuchado o ha leído (el libro que está al lado de su cama habla de las muertes accidentales más comunes). La primera muerte suya, propia, cercana, lo ha dejado tan pasmado como si nunca nadie hubiera tenido la delicadeza de informarle que la vida es un asunto que termina.
La inmortalidad termina el día que tenemos el primer muerto cercano. Una de las razones por las que la infancia suele ser vista como un paraíso es el hecho simple de que entonces no tenemos la conciencia arraigada de la muerte. Animales o vecinos o parientes remotos no cuentan. Hasta ese momento nos sentimos inmunes, eternos, instalados para siempre en un paraíso inabarcable. Entonces llega la verdad contundente, aterradora, del primer muerto inoportuno con quien teníamos un vínculo cercano. Ya no le diremos nunca lo que pensábamos decirle. Ya nunca haremos juntos aquello que estábamos planeando. Su voz no sonara ya nunca más. Sus gestos se esfumaron. Su manera de pensar.
Al casi niño la noticia lo tiene pasmado. Tiene dolor de cabeza. Llora y se detiene a preguntarse de qué sirve llorar. Siente que el estómago da vueltas. Vuelve y se repite la noticia que su incredulidad no termina de aceptar. Descubre otro aspecto minúsculo de su pérdida. Empieza a construir altares con objetos que alguna vez estuvieron en las manos de ese…, de eso, de aquello misterioso que un día estaba aquí y que ahora ya no está.
Y con nuestro primer muerto nuestro va llegando esa certeza que nunca va abandonarnos: “Nadie sale vivo de esta fiesta a la que fuimos invitados. Todos, sin excepción, llegaremos a ese día en que yacemos como piedras”. El resto de la vida está marcado por la impresión de ese momento. Recibimos periódicas visitas de la curiosa lucidez que nos aborda en ese instante. Dedicamos la vida a evadirla. Nos llenamos de ruido, de distracciones, de gente, de televisores y de computadores, de videos y de redes virtuales.  Conseguimos aturdirnos por meses y por años. Por momentos creemos haber recuperado el paraíso de la infancia. Y así nuestra propia muerte nos encuentra muy poco preparados.
Después de darle muchas vueltas al asunto, el niño se da cuenta de que la vida sigue. En algún momento hay que comer. Descubre que ha pasado un largo rato sin pensar en su muerto. Llega un momento en que ríe y no se siente culpable de reír. Logra poner a su muerto en un lugar que le permita recordarlo sin que la vida toda sea una constante pesadilla. Al final cae rendido y en medio del sueño pregunta en voz alta: “¿Dónde está? ¿Adónde fue?” Entonces se despierta horas más tarde con ojos enrojecidos, asoma la cabeza desde sueños imposibles de entender en la vigilia, vuelve a formularse las preguntas sin respuesta, las de veras importantes, y se sabe mortal.

Oneonta, Nueva York, Julio de 2011.

Texto publicado originalmente
en el periódico Centrópolis, de Medellín.

sábado, 18 de octubre de 2014

Todo es cortezas y engaños


Todo es cortezas y engaños. Desnudos vinimos y desnudos nos vamos. Nada trajimos a este mundo y de él nada nos llevamos. Falsamente diremos que algo es nuestro mientras aquí nos estamos. Pero hasta los que dicen o creen estar cerca de Dios sucumben a la codicia. Hace apenas unos años, durante mi último viaje a España, estando ya radicado en Santo Domingo, conocí a un clérigo que venía del Perú. Allí alcanzó, o hubo, ciertas esmeraldas, entre las cuales había una que estimaba de manera especial. De verdad era una esmeralda lindísima, rica y limpia y en toda perfección y tamaño como de gruesa avellana con su cáscara. El clérigo decía que no la daría por doce o quince mil ducados, que a darla por tan poco prefería llevarla a Europa, para servir con ella a un gran príncipe o hasta al mismísimo Papa. Estaba flaco y enfermo y, no obstante, se puso en camino. Nos encontramos en la villa de Aranda del Duero, en el año de mil quinientos cuarenta y ocho. Hablamos y me hizo el favor de mostrarme, como amigo y en secreto, la deslumbrante esmeralda. Me rogó que le diera mi parecer. Yo le dije que pensara bien lo que hacía y que cuidase de su persona y salud. También le dije que encomendara todo aquello a nuestro Señor.
Lo veía tan débil que pensé que la salud no le alcanzaba para el camino que quería emprender. Traté de alejarlo de su obsesión. Pero como él estaba determinado a seguir su propósito, puso por obra aquel viaje. Hace poco me enteré de que llegando a Zaragoza de Aragón le tomó la muerte sin conseguir el capelo. En un mesón de camino se acabaron sus desvelos y vanos deseos. Las esmeraldas pararían en manos de alguno de los mozos o del mismo mesonero, que no trabajó para venirlas a buscar allende la equinoccial zona, o zona tórrida, donde el padre ya dicho estuvo granjeando el fin que cultivó. No me creyó. Se pasó la advertencia por la faja. No hizo caso. Partió de Aranda falto de seso y de salud, y su codicia concluyó aquella traza de deseos fundada en esmeraldas y piedras preciosas y vano propósito.
Cuarenta y tres años ha que ando y curso en estas Indias occidentales, y son pocos los hombres que he visto conducirse con provecho de su alma. Aquí los buenos corren peligro. Los más de ellos pierden el decoro, van cediendo y entregan su voluntad a los ministros de Satanás. Obediencia y servicio al Diablo parecen aquí la norma.

Estando en Santa María de la Antigua fui testigo y también supe de infinitos atropellos. En una de las muchas entradas que se hicieron a saquear y a despoblar poblados, un devoto clérigo que cierto capitán Badajoz llevaba consigo (porque era costumbre que con los más de los capitanes que salían a entrar iba un clérigo), una noche, hizo echar a un cacique debajo de su hamaca y, a vista de su marido, tomó a su mujer y durmió con ella o, mejor diciendo, no la dejó dormir ni estar sin entender en su adulterio. Por cierto, este tal clérigo mejor se pudiera llamar onocentauro, porque en griego onos quiere decir asno, y por este nombre es figurada la lujuria, según da testimonio el profeta Ezequiel, diciendo: “las carnes dellos serán así como carnes de asnos”. Si este clérigo tuvo alguna noticia de San Pablo, oído habría que ni los fornicarios, ni los que sirven a los ídolos, ni los adúlteros, poseerán el reino de Dios. 

Fragmento de Santa María del Diablo.

domingo, 12 de octubre de 2014

Un abrebocas

A propósito de lo que se recuerda el 12 de octubre, aquí va un abrebocas de Santa María del Diablo: La delirante y triste historia de la primera ciudad española en Tierra Firme

Publicada por Ediciones B, en su colección de Novela Histórica, Santa María del Diablo estará en librerías la primera semana de noviembre.


                                                          Escudo de armas de Santa María de la Antigua del Darién.

                              Jerónimo de Aguilar


Por Gustavo Arango

A principios de 1519, llegó a la isla de Cozumel, cerca de Yucatán, una expedición al comando de don Hernán Cortés. Por las conversaciones con los indios, Cortés pudo entender que en Tierra Firme, no lejos de allí, había hombres extranjeros de piel pálida y barbas largas. Conjeturó que aquellos hombres eran castellanos perdidos, y les escribió una carta en la que les decía quién era, qué buscaba y a dónde iba. Agregó que quería ponerlos en libertad pero que, por la costa tan mala, no podía hacerlo con toda la armada. Les pidió que regresaran con los indios mensajeros a Cozumel, en un navío que les enviaría hasta la costa. Para que los otros indios no vieran la carta, la escondió entre los cabellos de uno de los mensajeros que tenía trenzas largas.
El capitán Diego de Ordaz partió con veinte ballesteros, llevó a los emisarios hasta la costa y les dijo que esperaría allí ocho días a que volvieran con los extranjeros. Al cumplirse el plazo, nadie había aparecido, y Ordaz ordenó que regresaran a Cozumel. Pocos días después llegaron al campamento en una canoa cuatro hombres en carnes, los cabellos trenzados y revueltos, y con arcos y flechas. Uno de los capitanes de Cortés acometió a los recién llegados, y tres de los indios intentaron regresar a la costa, pero el cuarto los tranquilizó y habló luego a los castellanos en su lengua.
“Señores, cristiano soy”.
Cuando los hombres de Cortés lo reconocieron como uno de los suyos, el hombre blanco, ataviado como indio, cayó de rodillas y se echó a llorar. Preguntó si era miércoles y, cuando se lo confirmaron, soltó una carcajada sin interrumpir el llanto. Les rogó a los que allí estaban que dieran gracias a Dios porque le había puesto de nuevo entre los cristianos. Andrés de la Tapia lo abrazó, y todos los demás hicieron lo mismo y lo consolaron. Llegados los indios a la presencia de Cortes, éste tardó en saber cuál era el castellano, porque su piel quemada no era distinta de la piel de los otros e iba trasquilado a manera de esclavo. Llevaba en la mano un arco y, en los hombros, un carcaj con flechas y una red con comida. Él y sus compañeros untaron de saliva la mano derecha, la pusieron en el suelo y luego en el corazón. Era el signo de reverencia y acatamiento que usaban en esas tierras con los príncipes y señores, dando a entender que se humillaban ante ellos como la tierra que pisaban.
Cortés estaba ansioso por conocer la historia del indio castellano. Quiso abrigarlo con una capa, pero él la rechazó amable. Dijo llamarse Jerónimo de Aguilar, natural de Elcija, en Andalucía. Descubrieron que era pariente del licenciado Marco de Aguilar, a quien Cortés había conocido en La Española. Le preguntaron si sabía leer y escribir, y él respondió que sí. Extrajo un viejo breviario, y explicó que con él había llevado la cuenta de los días. Cortés mandó  darle de comer y de beber, pero él rechazó el ofrecimiento. Explicó que ya había perdido la costumbre de la comida de los españoles, y que le estragaría el estómago. Contó que era ordenado de evangelio, y que por eso nunca quiso casarse, a pesar de que los indios le insistieron en que tomara esposa.
Cortés mandó que lo vistiesen, pero Aguilar dijo que ya estaba habituado a andar desnudo. Contó que había venido a las Indias en uno de los viajes de Colón y que después acompañó a Diego de Nicuesa en su expedición a Tierra Firme. En febrero de 1511, después de haber pasado muchas penurias en Veragua, los pocos sobrevivientes de la expedición de Nicuesa habían terminado en Santa María. Describió la ciudad del Darién como un hermoso caserío entre colinas fértiles, al lado de un río de aguas diáfanas. Allí los castellanos y los indios habían aprendido a convivir en armonía y cordialidad. Salvo por algunas diferencias entre las gentes del pueblo, todos vivían contentos. Los colonos trabajaban en las minas y en las granjas, y en las noches departían entre juegos y música. Todos los domingos iban a misa. Al lado de los padres Andrés de Vera y Pedro Sánchez, había ayudado a levantar la iglesia y había catequizado y bautizado a muchos indios. Cuando Aguilar estaba en Santa María, se tuvieron por primera vez noticias de la existencia del Mar del Sur y de los reinos dorados junto a sus costas. Los colonos vivían bien, soñando con las riquezas que los estaban esperando. Lo único que necesitaban era más hombres, para emprender la expedición. Aguilar salió de Santa María en el viaje de Juan de Valdivia a La Española. Partieron el 11 de enero de 1512, pero jamás llegaron a su destino.
Siete años más tarde, con el testimonio de Aguilar, se tenía por fin noticia cierta de lo que había ocurrido. En Santa María pensaron que Valdivia había escapado con el oro que Balboa y otros colonos le enviaron al Rey. Habían naufragado cerca de Cuba. Los pocos que sobrevivieron fueron a dar a las costas que quedaban al Norte de Veragua, en una zona rica en yucas, llamada Yucatán. Allí los indios los habían engordado para comérselos. Jerónimo de Aguilar y Gonzalo de Guerrero huyeron en una noche oscura, estando ya la tribu sosegada, y encontraron refugio en una poblado rival de los caníbales.
Aguilar contó que el cacique Taxmar lo tuvo como esclavo por tres años. Fue obligado a cargar leña, agua y pescado, y tenía que obedecer lo que cualquier indio del pueblo le ordenara. Aun si estaba comiendo, debía interrumpirse para hacer lo que pedían. Por su obediencia y diligencia, se ganó la simpatía de todos. Taxmar decidió mejorar la posición de Aguilar en la tribu, y trató de que tomara esposa entre sus hijas. Pero Aguilar se negaba, procurando no ofender. Una vez lo habían enviado a pescar a un río cercano, en compañía de una india hermosa, de catorce años, quien tenía instrucciones de seducirlo. Como debían esperar al amanecer, que era el mejor momento para la pesca, la india colgó la única hamaca que les asignaron, se echó con una manta y empezó a llamar a Aguilar y a pedirle que se acostara con ella. Habló con voz dulce y quejumbrosa. Dijo que tenía frío, y le pidió que la abrazara. Pero Aguilar estaba decidido a cumplir con su voto de castidad. Se puso de rodillas y empezó a combatir con oraciones la terrible tentación. La impúdica damisela siguió empleando ardides y zalamerías luciferinas para quebrantar la voluntad de su acompañante. Cuando vio que no podía vencerlo con cantos de sirena e incitaciones cordiales, se dedicó a insultarlo irritada, a hacer burla de su hombría, a herir su amor propio y sus sentimientos. Pero Aguilar siguió orando de rodillas en la arena. Al otro día, completada la pesca, regresaron al poblado. La muchacha refirió lo ocurrido, y el jefe de la tribu desistió de la idea de casarlo. Pero, como le tenía mucha estima, le confió la guardia de su casa y de sus esposas, sus hijas y toda la servidumbre.
Todos amaban y respetaban a Aguilar. En una ocasión, había un grupo de indios practicando tiro con flechas y uno de ellos le dijo:
“Aguilar, ponte ahí, que queremos ver si podemos atinarte en los ojos”.
“Soy tu esclavo”, respondió. “Puedes hacer conmigo lo que quieras. Pero no creo que quieras perder un esclavo como yo, que tan bien te servirá en lo que mandares”.
El indio soltó una risotada. Le dijo que aquello era otra prueba que Taxmar había pedido que le hicieran. Como su amo estaba enemistado con otros caciques de la comarca, un día Aguilar se ofreció para participar en los combates. El cacique mandó darle rodelas y macanas, arcos y flechas. Al ver la fuerza y determinación del gigante blanco, los adversarios se llenaron de miedo. Era tan exitoso en la batalla que ningún indio se atrevía a enfrentarlo. Uno de los vecinos de Taxmar le dijo al cacique que los dioses estaban enojados con él, por albergar a Aguilar, y que debía sacrificarlo. Taxmar dijo que no pensaba pagar mal a quien tan bien le servía, y que no creía que los dioses miraran con malos ojos a quien tanto favorecían.
Por esos días la carta de Cortés llegó a manos de Jerónimo de Aguilar, quien sintió una enorme alegría. El diácono leyó la carta al jefe de la tribu y le ponderó el poderío de los españoles que estaban cerca y querían llegarse a esas tierras. El cacique quedó espantado y admirado del modo en que se entendían los ausentes. Aguilar hizo seguir el mensaje de Cortés a Gonzalo Guerrero, quien estaba en la vecina población de Chetemal, donde ya era jefe indio y tenía varias mujeres y muchos hijos. Guerrero tenía la piel tatuada y la nariz perforada. Se sentía satisfecho con la vida que llevaba, y declinó la invitación a seguir a las toldas de Cortés. Como Guerrero no aparecía, Aguilar pidió permiso a Taxmar para marcharse. El cacique se llenó de tristeza, pero él y todos en la tribu estuvieron de acuerdo en respetar su decisión. Fue entonces cuando Aguilar salió con los otros tres indios hacia Cozumel.
Cortés decidió ponerlo al tanto de lo acontecido desde su naufragio. Le contó que él mismo pudo haber sido parte de la historia de Santa María, pues estuvo a punto de embarcarse con la expedición de Alonso de Ojeda que partió de La Española, en noviembre de 1509, a tomar posesión de la gobernación de Nueva Andalucía. Cortés no pudo viajar, a causa de una dolencia en una pierna, que lo tenía inutilizado. Entre los hombres de Cortés que recibieron a Jerónimo de Aguilar en Cozumel había uno que vivió cuatro años en la capital del Darién. Su nombre era Bernal Díaz del Castillo, y era natural de Medina del Campo. Bernal Díaz contó a Aguilar detalles de lo acaecido en aquella villa, después de su partida con Valdivia. Le dio noticias de la enorme expedición, comandada por Pedrarias Dávila, que llegó a Santa María en junio de 1514. Le habló de las expectativas de los viajeros y de la decepción cuando no encontraron los castillos, ni los reinos de esplendor que habían imaginado, sino incomodidades y trabajos, y un clima difícil de sobrellevar. Contó cómo las pestilencias dieron cuenta de muchos de los recién llegados. Describió aquel tormento alucinante de la peste de modorra. Habló de la tortura de los mosquitos y de las llagas que se formaban en todas partes del cuerpo. También reveló detalles de las diferencias entre el gobernador Pedrarias y el hidalgo Vasco Núñez de Balboa, hombre rico y antiguo líder de Santa María. Dijo Bernal Díaz que Pedrarias casó a Balboa con una hija suya que se decía doña Fulana Arias de Peñalosa, y luego mandó degollar a su yerno por sospechas de que se quería alzar con unos soldados para irse por la Mar del Sur. Las arbitrariedades de Pedrarias y los enfrentamientos entre sus capitanes hicieron que muchos procuraran marcharse. A eso se sumaba que los soldados llegados con Pedrarias habían arrasado en poco tiempo con aquellas regiones, y no quedaba nada por conquistar. Santa María estaba moribunda cuando Bernal Díaz decidió probar suerte en Cuba, que estaba nuevamente ganada y poblada, bajo el mando de Diego Velásquez. Allí se había unido a la expedición de Hernán Cortés, quien ahora se arrimaba a la región de Yucatán y muy pronto dejaría a Velásquez soplándose las manos.
Jerónimo de Aguilar lamentó la suerte de Santa María y se sumó gustoso a la conquista de lo que en pocos años se conocería como Nueva España. Los caciques se sorprendían y se mostraban más amables cuando descubrían que uno de los blancos hablaba su lengua. Cuentan que la madre de Aguilar  había enloquecido años atrás, cuando creyó que su hijo fue almorzado por caníbales. Cada vez que veía carne en el asador, lanzaba alaridos de dolor y decía que aquella carne era la de su hijo.


jueves, 9 de octubre de 2014

Lanza del Vasto - La columna de Vivir en El Poblado




Cuando era muy joven, el escritor y místico franco-italiano Lanza del Vasto llegó a la biblioteca de su universidad y, con un aire optimista y decidido le dijo al bibliotecario: “Quiero leer a Santo Tomás”.
El bibliotecario lo miró con una mezcla de sorna e incredulidad.
“¿Está usted seguro?”, le preguntó.
“Sí”, dijo Lanza del Vasto.
El bibliotecario lo condujo a un cuarto y movió su mano en dirección a una enorme estantería:
“Todo esto es Santo Tomás”.
Para ocultar su desconcierto, Lanza del Vasto agregó: “Quiero la Summa Teológica”.
El bibliotecario siguió sonriendo y le mostró una hilera de treinta libros.

“Quiero el volumen dedicado a la Santísima Trinidad”.