sábado, 18 de octubre de 2014

Todo es cortezas y engaños


Todo es cortezas y engaños. Desnudos vinimos y desnudos nos vamos. Nada trajimos a este mundo y de él nada nos llevamos. Falsamente diremos que algo es nuestro mientras aquí nos estamos. Pero hasta los que dicen o creen estar cerca de Dios sucumben a la codicia. Hace apenas unos años, durante mi último viaje a España, estando ya radicado en Santo Domingo, conocí a un clérigo que venía del Perú. Allí alcanzó, o hubo, ciertas esmeraldas, entre las cuales había una que estimaba de manera especial. De verdad era una esmeralda lindísima, rica y limpia y en toda perfección y tamaño como de gruesa avellana con su cáscara. El clérigo decía que no la daría por doce o quince mil ducados, que a darla por tan poco prefería llevarla a Europa, para servir con ella a un gran príncipe o hasta al mismísimo Papa. Estaba flaco y enfermo y, no obstante, se puso en camino. Nos encontramos en la villa de Aranda del Duero, en el año de mil quinientos cuarenta y ocho. Hablamos y me hizo el favor de mostrarme, como amigo y en secreto, la deslumbrante esmeralda. Me rogó que le diera mi parecer. Yo le dije que pensara bien lo que hacía y que cuidase de su persona y salud. También le dije que encomendara todo aquello a nuestro Señor.
Lo veía tan débil que pensé que la salud no le alcanzaba para el camino que quería emprender. Traté de alejarlo de su obsesión. Pero como él estaba determinado a seguir su propósito, puso por obra aquel viaje. Hace poco me enteré de que llegando a Zaragoza de Aragón le tomó la muerte sin conseguir el capelo. En un mesón de camino se acabaron sus desvelos y vanos deseos. Las esmeraldas pararían en manos de alguno de los mozos o del mismo mesonero, que no trabajó para venirlas a buscar allende la equinoccial zona, o zona tórrida, donde el padre ya dicho estuvo granjeando el fin que cultivó. No me creyó. Se pasó la advertencia por la faja. No hizo caso. Partió de Aranda falto de seso y de salud, y su codicia concluyó aquella traza de deseos fundada en esmeraldas y piedras preciosas y vano propósito.
Cuarenta y tres años ha que ando y curso en estas Indias occidentales, y son pocos los hombres que he visto conducirse con provecho de su alma. Aquí los buenos corren peligro. Los más de ellos pierden el decoro, van cediendo y entregan su voluntad a los ministros de Satanás. Obediencia y servicio al Diablo parecen aquí la norma.

Estando en Santa María de la Antigua fui testigo y también supe de infinitos atropellos. En una de las muchas entradas que se hicieron a saquear y a despoblar poblados, un devoto clérigo que cierto capitán Badajoz llevaba consigo (porque era costumbre que con los más de los capitanes que salían a entrar iba un clérigo), una noche, hizo echar a un cacique debajo de su hamaca y, a vista de su marido, tomó a su mujer y durmió con ella o, mejor diciendo, no la dejó dormir ni estar sin entender en su adulterio. Por cierto, este tal clérigo mejor se pudiera llamar onocentauro, porque en griego onos quiere decir asno, y por este nombre es figurada la lujuria, según da testimonio el profeta Ezequiel, diciendo: “las carnes dellos serán así como carnes de asnos”. Si este clérigo tuvo alguna noticia de San Pablo, oído habría que ni los fornicarios, ni los que sirven a los ídolos, ni los adúlteros, poseerán el reino de Dios. 

Fragmento de Santa María del Diablo.

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